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Dos prioridades
mesoamericanas: soberanía alimentaria y soberanía laboral
Armando Bartra
Hambre y éxodo, dos palabras que resumen la problemática
mayor del Sur mexicano y de Centroamérica.
La cintura del continente está habita por una población de
damnificados crónicos siempre al filo del desastre. En una región
pródiga y de lluvias abundantes, donde por lo general son
posibles dos cosechas anuales, la combinación de sequía
circunstancial y persistente caída de los precios del café
incuba hambrunas multitudinarias. Pero las calamidades no son
coyunturales sino de estructura y en mesoamérica hay quince
millones de personas que no comen como debe ser, dos terceras
partes de las cuales se encuentran en el campo. Según la
Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la
Alimentación (FAO), una quinta parte de los mesoamericanos están
desnutridos, porcentaje que casi duplica el de toda América
Latina. Con el agravante de que mientras que en el subcontinente
el índice disminuyó dos puntos en la última década, en los países
del istmo se incrementó en dos puntos porcentuales.
La mesoamericana es también una humanidad peregrina. Las tierras
que conocieron el esplendor y la caída de la civilización maya
se están vaciando de nueva cuenta en una catástrofe
civilizatoria de la misma magnitud. Desahuciados en sus patrias,
los centroamericanos emprenden la larga marcha al norte, aunque
los nicaragüenses más pobres apenas tienen fuerzas para emigrar
a Costa Rica o Panamá. Y el tránsito es arduo y mortífero
también en tierras del hermano mayor, cuya "alianza estratégica"
con los estadounidenses a transformado en cancerbero. Aun así,
una tercera parte de los salvadoreños logró escapar y vive en
el extranjero, mientras que México ya es un pueblo binacional,
pues el más reciente censo de Estados Unidos indica que habitan
ahí casi 22 millones de personas de origen mexicano.
Si éxodo y hambruna nos definen, dos son también las
prioridades mesoamericanas insoslayables: soberanía alimentaria
y soberanía laboral.
Soberanía alimentaria no significa sólo garantizar estratégicamente
la producción y el abasto de productos básicos, significa también,
y sobre todo, asegurar a todos los mesoamericanos el ingreso que
les permita acceder con dignidad a una alimentación adecuada y
suficiente. Pero en nuestros países sucede lo contrario. Así,
en el último lustro del siglo XX México importó 80 millones de
toneladas de granos básicos y la dependencia alimentaria se
incremento en 30%, al mismo tiempo que se perdían millones de
empleos agrícolas. En concreto: para 1999 dependíamos de
Estados Unidos para el 60% del arroz, la mitad del trigo, el 43%
del sorgo, el 23% del maíz y casi la totalidad de la soya. En el
caso de Guatemala, la caída de la producción cerealera durante
los noventa fue del 40%, y la inseguridad alimentaria y
nutricional es severa en Nicaragua, Honduras y El Salvador.
Soberanía laboral significa que todos los nacidos en la región
encuentren en ella opciones de trabajo dignas, seguras y bien
remuneradas, de modo que la ocasional migración sea opción
enriquecedora y no compulsión de la pobreza. Pero en mesoamérica
los buenos empleos son una especie en extinción, de modo que
durante el último cuarto de siglo se desató el éxodo laboral.
En México, mientras que en la década de los sesenta migraron
270 mil, en la de los ochenta lo hicieron 2.5 millones, casi diez
veces más, y en los noventa los trashumantes ya fueron 3
millones. Así, en el arranque del milenio uno de cada doscientos
hogares mexicanos depende de las remesas que envían los
migrados.
Soberanía alimentaria y soberanía laboral son dos caras de una
misma moneda: sin trabajo digno no hay ingreso suficiente y sin
ingreso hay hambre, desesperanza, migración. Y en una región
fuertemente agraria y con notable presencia campesina, como
continua siendo mesoamérica, las dos caras del problema son
también las dos caras de la solución; pues si la miseria y el
éxodo resultan de la crisis de la economía agrícola y en
particular de la campesina, el remedio está en reactivar y
reorientar de la pequeña y mediana producción rural, tanto
alimentaria como de materias primas.
Quizá esta no es toda la solución, pero sin duda es una parte
sustantiva. Sin impulsar la agricultura y en particular el sector
campesino y asociativo, el sureste no tiene remedio. No hay que
subestimar la importancia de la inversión en nuevas empresas,
que buena falta nos hacen y serán bienvenidas siempre y cuando
respeten normatividades ambientales y laborales, pero lo
prioritario en mesoamérica es apoyar la producción realmente
existente revirtiendo la crisis en que se encuentra.
Ante todo, hay que rescatar la rama de la actividad económica de
la que depende primordialmente nuestra soberanía laboral y
alimentaria, la producción que más empleo e ingreso genera en
mesoamérica: la economía campesina tradicional conformada por
la milpa, la huerta y el traspatio.
Los hombres de maíz, de quienes hablaba con admiración el
antropólogo Morley refiriéndose a los mayas, siguen siendo
hombres de maíz; grano del que anualmente se cosechan en la región
unos diez millones de toneladas, y que junto con medio millón de
toneladas de frijol, más las frutas, animales y hortalizas de la
huerta y el traspatio, a lo que se añaden la artesanía, la
recolección, la caza y la pesca rivereña, entre otras labores
domésticas, sustentan mal que bien la alimentación de los
mesoamericanos. En el caso de México, aunque están a leguas de
los rendimientos del maíz de riego de Sinaloa, las milpas
temporaleras de los estados del centro y sur producen las tres
cuartas partes de nuestra cosecha, y organizan la economía de
unos tres millones de productores.
El maíz es cultura y proporciona el 70% de las calorías que
reciben las familias rurales; pero también es materia prima de
productos crecientemente globalizados como la tortilla, que hoy
se produce en Estados Unidos, Europa, Asia y Australia, y genera
5 mil millones de dólares anuales a una sola empresa establecida
en EEUU. Por si fuera poco, la milpa y la huerta, bien manejadas,
preservan una parte sustantiva de nuestra biodiversidad silvestre
y domesticada, reproduciendo cientos de variedades de plantas que
mesoamérica entregó al mundo y sustentan tanto nuestra
identidad cultural como nuestra diversidad culinaria.
Sin duda la milpa tradicional tiene problemas: la productividad
está estancada, pues el cultivo se extendió sobre tierras
forestales sin vocación maicera y las parcelas sobrexplotadas se
erosionaron, perdieron fertilidad y demandan dosis crecientes de
fertilizante; además la roza-tumba-quema mal practicada,
ocasiona destructivos incendios. Pero todo esto tiene remedio.
Soluciones que ya se están aplicando, como la roza-tumba-pica o
la incorporación de leguminosas, que restauran la fertilidad y
contrarrestan las plagas sin necesidad de recurrir al fuego, y la
labranza de conservación que preserva los suelos y aumenta los
rendimientos.
Así pues, restringir drásticamente las importaciones de maíz y
otros granos básicos al tiempo que se vitaliza y reorienta la
agricultura campesina de bienes alimentarios, es uno de los ejes
estratégicos del desarrollo incluyente y justiciero del sureste.
Pero si la milpa, la huerta, el traspatio y en general la
producción campesina de alimentos básicos, fortalecen nuestro
mercado interno, tanto local como regional y nacional, la
globalidad es canija y también importa amarrar nuestra inserción
en el mercado externo.
En mesoamérica hay una actividad productiva que aprovecha
extraordinariamente las ventajas comparativas trasformándolas en
competitivas, una labor que genera riqueza y proporciona unos
cinco millones de empleos entre directos e indirectos, una
producción globalizada y exportadora orientada a nichos de
mercado exclusivos y de altas cotizaciones relativas que mete
divisas y medio nivela nuestra deficitaria balanza comercial; una
producción con tecnología de punta pero sustentable. Esta
bendición es el café.
Porque, contra lo que dijo el responsable del PPP, Florencio
Salazar, la mayoría de los huerteros mexicanos no produce
garbanza (aunque los consumidores mexicanos sí la tomemos en el
desayuno y en la cena pues la absurda norma nacional permite
vender como café una mezcla con hasta 30% de impurezas); al
contrario, la mayor parte del café mexicano es lavado, de altura
y está clasificado dentro de los "otros suaves" de
calidad semejante a la colombiana. Y de parecida condición es el
aromático que se cosecha en los países centroamericanos.
Aunque, hoy por hoy, ninguno tenga precio.
Sin duda hay mucho que hacer en el mundo y en particular en
mesoamérica, para reestructurar la producción cafetalera, pero
el grano amargo es vocación natural de amplias zonas de la región
y reactivarlo es otro de los ejes prioritarios de un PPP
realmente comprometido con el desarrollo popular.
Y lo que decimos del café podría extenderse a la caña de azúcar,
el cacao y la copra, a las frutas, bienes comerciales y
exportables que a la vez son de producción mayoritariamente
campesina. Cultivos que sin duda enfrentan problemas, pero
corresponden a nuestras vocaciones agroecológicas y merecen ser
reanimados y reestructurados.
Estas prioridades hay que agregar el fomento a los proyectos
comunitarios de manejo sustentable de los bosques. Línea estratégica
si las hay, pues además de detener y revertir la pérdida de
superficie silvícola, proporciona invaluables servicios
ambientales y ayuda a preservar la tierra, el agua, el aire, el
clima y la biodiversidad. Y la conservación no se logra
decretando vedas sobre las forestas existentes y plantando
seudobosques artificiales sin diversidad biológica; pero sin
duda se consigue cuando quienes ahí viven aprovechan la
diversidad biológica existente de manera múltiple y
sustentable, como lo hacen ya numerosas comunidades del sureste,
como las de la Sierra Juárez, en Oaxaca, y las de el Sur de
Quintana Roo.
¿Porqué estás evidentes prioridades del sureste no parecen
serlo de los megaplanes que conforman el PPP? Incluso en la
perspectiva netamente gerencial al uso, si queremos apoyar a
empresarios emprendedores, insertos en la globalización, que
transforman ventajas comparativas en competitivas, integrados
horizontal y verticalmente, que articulan producción primaria,
industrialización y mercadeo, que operan agroindustrias
sofisticadas y uniones de crédito, que se mueven como peces en
el agua en el mercado de futuros pues operan con bienes
bursatilizados. Si queremos apoyar a empresarios hechos y
derechos ¿Porqué no respaldamos estratégicamente a las
empresas cafetaleras del sector social, o a las mieleras, las
cacaoteras, las silvícolas...? ¿Porqué no diseñamos un plan
de desarrollo para Centroamérica y el sureste mexicano
sustentado en la producción campesina, tanto alimentaria de
mercado interno como agroexportadora? ¿Porqué el PPP prácticamente
no los toma en cuenta?
Quizá por que siendo empresarios son también pobres, campesinos
e indios. Lástima.