|
ECONOMÍA CAMPESINA Y GLOBALIZACIÓN
-Algunos elementos para la discusión-
Por: Jorge Santos
Byron Garoz
Programa Estudios para el Desarrollo Rural
Coordinación de ONG y Cooperativas -CONGCOOP-
Actualmente Guatemala, es el país más rural del continente
americano ya que del total de su población (12 millones
aproximadamente) la mayoría habita en el campo lo que redunda en
que sea este espacio en donde se encuentra la mayor fuente de
empleo y de generación de divisas, según el Programa de
Desarrollo de la Naciones Unidas -PNUD- cerca del 40% de la
Población Económicamente Activa -PEA- todavía se desempeña en
el sector agrícola, sector que genera un poco más del 23% del
Producto Interno Bruto (PIB). En el área rural radica el 77% de
los trabajadores no remunerados del país y el 70% de las
personas dedicadas al trabajo domestico, mujeres casi en su
totalidad.
En ese sentido el sistema económico estructurado alrededor de
extensos latifundios dedicados a cultivos de exportación que se
formó a partir de la época liberal promovió la inserción del
país a la economía mundial. La reforma liberal no solo desplaza
y expropia a los terratenientes conservadores y a la iglesia como
gran propietaria de tierras, sino que también usurpa las tierras
comunales, conformándose con ello una nueva clase terrateniente,
que a partir del cultivo y exportación del café, inicia un
nuevo ciclo de acumulación de riqueza sobre el trabajo forzado
de la población indígena y campesina, sin que ello en el
tiempo, hasta la actualidad haya tenido cambios sustanciales.
Ese modelo agro exportador de desarrollo está condicionado a
tres productos agrícolas de escaso o bajo valor agregado, como
lo son el café, la caña de azúcar y el banano que necesitan de
grandes extensiones de tierra, creando así una estructura
agraria altamente concentradora y de carácter dual o sea la
conformación de latifundios vas. minifundios. En donde el
minifundio es el espacio donde la mayoría campesina trabaja para
el autoconsumo y genera un excedente mínimo para el mercado
interno. A lo anterior descrito hay que adicionarle que la
imposición que se da desde los mercados internacionales a la
cantidad y calidad de dichos productos, así como su precio esta
controlado por estructuras mono u oligopólicas que impiden el
desarrollo de las economías pobres.
En el caso guatemalteco es a partir de la década de los ochenta
que las políticas de corte neoliberal se empiezan a implementar
con más fuerza, con notables consecuencias en el agro. Estas políticas
se ven concretadas en la importancia que le dan los gobiernos a
los subsidios y protección para los productos destinados para la
exportación descuidando y desprotegiendo el mercado interno a
través de la poca relevancia que se le da al pequeño y mediano
productor.
Lo anterior refleja que la globalización neoliberal ha hecho a
los países latinoamericanos cada vez más dependientes y para el
caso guatemalteco es aun más abrumador ya que ante cualquier
desequilibrio externo causa problemas serios en nuestra economía.
Principalmente en la recesión económica que actualmente está
afrontando EE.UU., principal socio comercial de nuestro país.
Entendemos que esta globalización neoliberal impide que cada uno
de los países pueda ir concretando desde su realidad nacional un
proyecto de desarrollo que atienda las necesidades de su población,
basados en la equidad y la justicia social por encima de los hábitos
de consumo inducidos, del capital y las ganancias.
Es en este marco en el que actualmente Guatemala se sumerge a una
profunda crisis de agotamiento de su modelo de desarrollo
evidenciado en parte de nuestra población rural, población que
está viviendo casos extremos de hambruna, llegando a la
pauperización de varias comunidades y municipios principalmente
de la parte oriental, con fuertes amenazas de extenderse en todo
el territorio nacional.
Los campesinos y campesinas del agro guatemalteco mantienen su
economía basada en pequeñas extensiones de tierra (minifundios)
la que emplean para la producción de granos básicos para el
autoconsumo, primordialmente el maíz. Producto de las políticas
neoliberales y su doctrina los precios del café han tenido una
baja significativa por un problema en la oferta de este producto
a escala mundial, lo que ha provocado que los miles de campesinos
que migran año con año al corte de este producto queden
desempleados y en el abandono total, aunado a esto la sequía
producida por la irracionalidad en el uso de los recursos
naturales, principalmente por las grandes empresas nacionales y
transnacionales y cambios climáticos importantes que mantienen
en peligro de hambruna a 25 municipios de los Departamentos de
Totonicapán, Quiché y Sololá. En la Costa Sur se perderá
entre el 50 y 60 por ciento de la producción de maíz y en el
caso más extremo, en Jocotán y Camotán han muerto más de un
centenar de personas debido a la pérdida casi total de la
producción de los campesinos y campesinas.
En Noviembre de 1996 en reunión de la FAO, los jefes de Estado o
de Gobierno de casi todas la naciones del mundo, o sus
representantes fueron signatarios de la "Declaración de
Roma sobre la Seguridad Alimentaría Mundial" y un
"Plan de Acción sobre la Alimentación" comprometiéndose
asegurar el derecho a la alimentación y declararon
"intolerable que más de 800 millones de personas en todo el
mundo y en particular de los países en desarrollo, no dispongan
de alimentos suficientes para satisfacer sus necesidades
nutricionales básicas" y asumieron el compromiso de
consagrar su voluntad política y hacer el esfuerzo necesario
para erradicar el hambre de todos los países.
A cinco años de tan "noble" compromiso la humanidad es
testigo de cómo los poderes económicos de los países
desarrollados aumentan sus ganancias en detrimento del
empobrecimiento acelerado y del crecimiento de la deuda externa
de los países en desarrollo, así como la globalización
neoliberal ha concentrado más el mercado agrícola internacional
en unas cuentas empresas transnacionales que genera mayor
dependencia e inseguridad alimentaría de la mayoría de los
pueblos.
Es en ese sentido que el hambre, la desnutrición y la exclusión
de millones de personas al acceso a bienes y recursos productivos
tales como la tierra, el bosque, el mar, el agua, las semillas,
la tecnología y el conocimiento, no son efecto de la fatalidad
de un accidente, de un problema de geografía o de los fenómenos
climatológicos. Ante todo son una consecuencia de determinadas
políticas económicas, agrícolas y comerciales a escala
mundial, regional y nacional que han sido impuestas por los
poderes de los países desarrollados y sus corporaciones en su afán
de mantener y acrecentar su hegemonía política, económica,
cultural y militar en el actual proceso de reestructuración económica
global.
Lo anterior nos demuestra que los problemas del hambre no se
resuelven a través del mero aumento de la producción agrícola
en nuestros países; el problema es mucho más complejo que eso y
se refiere a la falta de ingreso y de empleo y la consiguiente
prevalencia continua de altos niveles de pobreza.
En contraposición a lo que se nos ofrece a través de la
globalización y sus muy variados mecanismos, la observancia
atenta de las tendencias mundiales, nos indican un fenómeno
creciente de marginación de las grandes mayorías nacionales en
los beneficios del desarrollo, distribución regresiva del
ingreso, concentración creciente del poder económico en algunos
países y en algunas grandes empresas. Esto ha generado fuertes
aumentos de las migraciones rural-urbanas y hacia los países
desarrollados como puede observarse en sus principales ciudades.
Esto revela que hoy hay una globalización de la pobreza. Se nos
ha dicho que estamos en el fin de la historia. Que solo hay una
manera única, absoluta, de conducir la economía. Esa visión,
extremadamente ideologizada, que deifica el neoliberalismo y el
mercado omnipotente, es notablemente errada y causante de los
males más graves que nos aquejan. Hoy más que nunca hay sobre
expoliación en el trabajo, hay falta de empleo, de ingreso, de
equidad, hay crecimiento mediocre y nada de desarrollo y
predominan una alta inestabilidad e incertidumbres variadas.
Es necesario que el Estado como tal, sea el que retome su papel
de promotor, de conductor del desarrollo y no las fuerzas del
mercado que hasta la actualidad sólo han desarticulado todo el
aparato estatal que tenía como obligación atender las
necesidades sociales -que no son competencia del mercado- como lo
son la salud, la educación y desde luego el derecho a la
alimentación.
Es en ese sentido que Guatemala, y América Latina en su
conjunto, tiene un gran reto en su presente y en su futuro ante
la oleada de políticas neoliberales impuestas por los países
ricos a través de los organismos financieros internacionales.
Esperamos que este evento contribuya a la búsqueda de soluciones
sobre este y otros temas de trascendencia continental.
Guatemala, noviembre del 2001