Un relato de Pedro M. Martínez

 

el patio de mi casa


AL PATIO LLEGA PEDRO M. MARTÍNEZ. SU ENCONTRONAZO CON LA LECTURA FUE EN EL MADRILEÑO BARRIO DE CHAMBERÍ, EN LOS AÑOS DUROS DEL FRANQUISMO. AUPADO POR EL ESTÍMULO DEL PADRE, GRAN LECTOR, DESDE CHICO LE VIENE EL GUSTO POR LOS LIBROS. DEVORÓ CIENTOS DE NOVELAS, DE LIBROS DE TODO PELAJE... Y "DESPUÉS DE VIEJO, TAMBORILERO", COMO DICEN EN ASTURIAS: LE ENTRARON GANAS DE ESCRIBIR, Y DALE QUE PA'LUEGO ES TARDE. TAMBIÉN TIENE OTROS AMORES, LA MÚSICA, MUCHO, Y LA FOTOGRAFÍA Y LA RADIO AFICIONADA. 


EL TESORO OCULTO

 

Aquel tramo de la calle Fernández de la Hoz estaba muy quieto, casi desierto, como todos los años por las mismas fechas. El verano tocaba a su fin, pero todavía las noches eran calurosas, casi viscosas, entre los modernos edificios de apartamentos que arrumbaban las viejas construcciones del siglo pasado. La luz de las farolas se reflejaba macilenta sobre el techo de los pocos coches aparcados al borde de las aceras y sólo las campanadas del reloj de la iglesia de La Milagrosa, habían interrumpido, hacía muy poco y por cuatro veces, el pastoso transcurrir del tiempo.

Sin embargo, la ciudad seguía viva alrededor de aquel islote de calma: el sonido estridente de unas sirenas se aproximó desde Abascal, al tiempo que la calle se iluminaba con un carrusel de luces blancas, naranjas y azules. Pocas ventanas se iluminaron en las fachadas, cuando entre portazos y voces una ambulancia y un coche de la policía bloquearon la calzada.

Un hombre de edad madura, cuya cabeza sujetaba una rubia teñida, vestida muy acertadamente para la canícula, estaba tumbado en el suelo. Una segunda mujer, con las manos en la boca y el ceño fruncido, contemplaba la escena. Dos sanitarios se acercaron al cuerpo tendido y abrieron una enorme maleta que dejaron en el suelo, cerca de él. La rubia, retrocedió y se reunió con la otra mujer, que ya estaba siendo interrogada por un policía sudoroso, despechugado y con cara de pocos amigos, que había dejado la gorra sobre el capó del coche.

Llegó, instantes después, una moto con dos jóvenes. La terrible escena de la persona agonizante, con el pecho conectado al desfibrilador, entre los dos médicos, se tiñó con la luz intensa de la antorcha de una cámara de televisión. El cámara probó el sonido ambiente: "… vuelve a cargar, que se nos va, ¡corre, corre! ", escuchó decir a uno de los sanitarios a través de los auriculares.

–¡Corre, corre!, que no nos vean.

Recordó nítidamente la tarde de aquel domingo. Los recuerdos desfilaron ante él con gran claridad y precisión. Su hermano, Pedro, trepaba con dificultad la verja, hecha con barrotes en forma de lanzas, que protegía el viejo y semiderruido palacete de dos plantas, que sobrevivía entre matorrales y un par de palmeras viejas, casi secas. Carlos y él ya habían cruzado a la carrera el viejo jardín hasta la puerta de madera agrietada, que sabían se abriría fácilmente pues no era la primera vez que visitaban la casa, y vio como Pedro, al fin, se reunía con ellos después de correr aquellos pocos metros, sujetando cómicamente el brazo que le habían escayolado hacía tres semanas.

Abrieron la puerta y entraron en el caserón, en la Casa del Miedo, nombre con que le había bautizado Pedro, la semana pasada. La planta baja estaba igual que el domingo anterior. Las habitaciones de ambos lados del vestíbulo mostraban los mismos restos de pequeños fuegos, latas vacías y escombros sucios de excrementos. En las dos visitas anteriores no se habían atrevido a llegar hasta la segunda planta y aquel domingo estaban decididos a hacerlo: quizás no volviera a presentarse la oportunidad, las vacaciones estaban a punto de terminar.

Le pareció volver a sentir el mismo escalofrío que le recorrió la espalda cuando empezaron a subir, primero despacio, luego a la carrera, los escalones de la escalera semicircular que conducía a la segunda planta. Allí tenía que haber murciélagos, ratas… pero, sobre todo, les esperaba el final de la aventura; estaban seguros que desentrañarían el gran misterio oculto de aquella casa.

La cámara enfocó a la pareja de mujeres, ahora cerca del coche policial: parecía que estuvieran escuchando los mensajes que escupía la radio. Llegó un tercer vehículo, esta vez de la policía municipal, y aparcó con las ruedas montadas sobre la acera, en el primer lugar que encontró. Los médicos acababan de poner una inyección en el pecho del hombre y se disponían a darle una nueva descarga; todo indicaba que no podría superar el colapso y continuaba terriblemente quieto sobre las baldosas de la acera.

–Veintiocho… cuarenta y seis… noventa y dos… ¡Ahora! – Dijo uno de los médicos y la descarga eléctrica hizo saltar el cuerpo tendido.

 

Vio delante de él la segunda planta. Había varias habitaciones vacías y otra escalera, esta pequeña y de mampostería, que llevaba a una especie de desván también con suelo de madera. En el desván tampoco había nada, no había absolutamente nada, sólo la desnudez de las paredes, el polvo de los años y la frustración del misterio perdido. Sin embargo, no podía darse por vencido y comenzó a golpear las paredes, seguro que había algún túnel o puerta secreta; aquella casa guardaba algo…

Golpeando una de las paredes, saltó el yeso y, efectivamente, había algo detrás. Sintió el gozo de haber triunfado: él tenía razón, la casa tenía oculto algún tesoro, quizás lujosos collares o algún cofre repleto de monedas. Sus padres le premiarían y los amigos del barrio iban a saber quién era él, por fin.

El yeso, viejo y cuarteado, se desgajó sin casi esfuerzo bajo los golpes y vio un fragmento de tela que había sido de lunares, ya podrida. Unos centímetros más hacia arriba, aparecieron los huesos negruzcos de una mano. El horror le atenazó el pecho y durante unos instantes creyó que no volvería a respirar. Aquello no era su tesoro, allí había algo muy malo.

Tendría que haberse ido, pero el trozo de hierro que estaba usando para picar en la pared pareció tener vida propia. Cayeron más trozos de yeso, y desde el boquete recibió la mirada de las cuencas oculares vacías de un cráneo todavía con algunos cabellos pegados a la trágica calva.

Sintió un tapón en la garganta pero al fin pudo liberar un grito y le pareció que volaba hacia la salida, dejando atrás el siniestro hueco en la pared. Recordó como la huida le hizo recuperar las fuerzas y bajó los escalones de dos en dos, escuchando la respiración atropellada de Pedro y el amigo a su espalda. Salió al jardín, que ahora le pareció largo, muy largo, y al fin sintió el tacto rugoso y oxidado de la verja; trepó frenéticamente por ella y cuando llegó a lo alto se tiró y cayó de culo después del impacto contra el suelo. Estaba salvado, y corría, le pareció que muy despacio pero corría por la acera de Fernández de la Hoz, hacia la calle García de Paredes.

Sin embargo, se detuvo. Quería escapar, huir del terror, pero oyó a lo lejos los gritos de su hermano. El camino de regreso a la Casa del Miedo le pareció como andar entre cardos con pantalones cortos. Pedro seguía allí, aullando en lo alto de la verja: se había introducido una de las flechas entre el brazo y la escayola y no podía soltarse. Carlos le gritaba, pero no era capaz de hacer otra cosa; como él mismo, que se quedó pasmado allí, sin saber que hacer. Les cogerían y tendrían que contar lo que habían visto. Seguramente les meterían en la cárcel y ya no volvería a ver ni a su madre ni a su padre; quiso llorar.

Llegaron dos hombres y treparon por la verja para liberar a su hermano. Sintió que alguien le puso una mano detrás de la cabeza y le dijo algo, no pudo recordar el qué, tan grande era la parálisis que el miedo le producía. Tenía que venir su madre, ella le salvaría de toda aquella gente que comenzaba a rodearlos y escuchaba incrédula los gritos de Pedro: "¡la muerte, la muerte, hemos visto a la muerte…!

No podía hablar, algo terrible se lo impedía. Deseaba decir su nombre, donde vivía: al lado de la lechería de la señora Dioni y de Pardal, en el primer piso. Que le dejaran allí y no dijeran nada a sus padres ni al señor maestro; que no le hicieran nada, por favor. Pero su hermano no dejaba de hablar de la muerte, ahora entre sollozos. Llegó un coche muy grande de la policía, gris, con una luz azul oscuro en el techo, que le sobrecogió aún más. Había que escapar, pero las manos que le sujetaban por detrás se lo impedían. Su hermano dejó de gritar quizás asustado por los uniformes, también grises y con correas negras a los lados, y sollozó en silencio. Pensó que ya daba todo igual, cuando vio como uno de los guardias rompía el candado de la puerta y entraba en la casa.

Por fin, uno de los guardias le cogió de la mano y le dijo que le siguiera; detrás su hermano y Carlos, que seguía sin abrir la boca, y un par de mujeres cariacontecidas. Cruzaron Abascal y García de Paredes y llegaron ante el portal de su casa.

Y por fin, vio a su madre. Corría hacia él, desde el interior del portal, con las mejillas arrebatadas y los brazos extendidos. ¡Que guapa era su madre!, pensó. Gritaba y extendía sus brazos hacia él al tiempo. Soltó al guardia y corrió hacia ella sumergiendo la cabeza en su regazo. Sintió la tibieza de su vientre a través de la fina tela del vestido y respiró el suave olor de sus brazos, cuando le abrazó.

Ahora estaba todo bien, ahora podía cerrar los ojos sin que nada le asustara. Ni la Casa del Miedo, ni los guardias vestidos de gris, ni la espantosa imagen de la muerte podrían hacerle ya daño.

 

–Hubo un momento en que pareció reaccionar –dijo uno de los doctores ante el micrófono–, pareció estabilizarse, pero a continuación dejó de respirar; infarto severo de miocardio. Hemos practicado las técnicas normales de rehabilitación, incluida una inyección directa de Angionex al corazón, pero no ha conseguido superar la crisis.

–Muchas gracias, doctor. –La reportera giró su cabeza hacia la cámara– La policía nos ha informado que llevaba encima su documentación, así que se sabe que tenía cuarenta y nueve años y, además, se da la trágica circunstancia que hoy sería el día de su cumpleaños. La noche de Madrid, señoras y señores, ha vivido un nuevo drama que han atendido con gran eficacia los servicios sanitarios del Ayuntamiento, la policía nacional y la municipal. Ahora son las cinco menos veinte de la madrugada. Desde el barrio de Chamberí, para Tele Madrid, Lucía del Bosque.

24 de junio 2000

© PEDRO M. MARTÍNEZ CORADA 

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