Realmente, el primer
ciclón de la temporada sobrevino cuatro días después de que Daniel invitara a la
jabá a la primera encamada. Aquel martes fue un día raro, hubo un muerto, venta
libre de pescado, perendengues, un incendio y hasta una desagradable confusión.
Un día que había comenzado espléndido, con un sol de lengua larga pero no
afilada, y se había ido enturbiando, cifrando en el cielo la tormenta sobre la
tierra.
Octubre
dominaba el calendario y en las calles se erguían aburridos los típicos
cartelones enfilados a mantener alerta la conciencia ciudadana. La Jornada
Camilo-Che menudeaba en consignas adosadas a las efigies de los dos
revolucionarios tan respetados por el cubano, pero había un extra: el trigésimo
aniversario de la Crisis de Octubre, y los misiles volvían a estar a punto, de
otra forma, pero jeringando igual.
María
Eva Mercedes de la Caridad Lopategui Valdés respetaba mucho a los ciclones. Se
acordaba con pavor de aquel Flora que entró, salió y volvió a entrar, en un
abrazo mortal sobre varias provincias. Pero por lo pronto, ahora, en ese
instante, ella estaba en otra trova: se sentía un chorro de agua fresca
brotando del centro del cosmos.
Todas
las mujeres de su familia eran María y algo más. Lo de Mercedes fue por la
abuela paterna, prodigio de negritud, sabiduría y buen talante; en los años
veinte había enamorado a un vasco viudo, anclado en La Habana y con ciertos
ahorros, que le puso encajes blancos a la maciza negra de curvas arriesgadas y
firmó con orgullo su Lopategui en los papeles, después que se adelantaran a
iniciar con frenesí los dos primeros afluentes Lopategui en la mayor de las
Antillas. El Mercedes también venía por el orisha protector de María Eva:
Obatalá, el dueño de las cabezas. Había nacido un 24 de septiembre, en
el camino de Obanlá Ochanlá, el más típico para el sincretismo afrocubano de
Obatalá con la Virgen de las Mercedes. Lo de Caridad cayó por ser el nombre de
su madrina, el Eva era la dosis de desafío. Le encantaba abreviarse en ese
María Eva transgresor que enroscaba a la madre del Hijo con la primera mujer y
pecadora, a la que habían penalizado por su curiosidad y sus placeres. Y
disfrutaba, como ahora, cuando un hombre se lo salivaba en el oído, mientras
todo su interior estallaba de gozo. Daniel arremetía y ella gritaba sus propias
consignas pidiendo más, más misiles y más luces, odiando los apagones, el bloqueo
y ajena al aniversario de la crisis del '62.
Cuando
acabaron con esa calentura temprana de la mañana, María Eva se asomó, con las
tetas al aire, a la ventana de la habitación. Sentía mucho calor, pero no había
agua, tendría que seguir a trabajar con el sudor de los trajines del sexo
endulzando el café con leche de su piel. La posada para amores de a rato estaba
frente al cementerio de Colón. Se fijó en los enormes carteles que ostentaba el
paseo de entrada de la necrópolis, uno recordaba el aniversario de la Crisis de
Octubre y otro acoplaba: «¡Aquí no se rinde nadie!» Como si hiciera falta la
precisión en ese lugar –se dijo María Eva–, nosotros los cubanos, tan
exagerados, sí, hemos hecho una Revolución más grande que nosotros mismos.
Ahora hay que resistir. Yo resisto, tú resistes, él resiste, qué paso
más chévere, el de mi conga es, ¡eh! Canturreando la conga, terminó de
peinarse, se puso el ajustador para disciplinar la rebeldía de su populoso
pecho y se abrochó la blusa de algodón rojo. Le encantaba el color rojo, eso
sólo hubiera bastado para que se enrolara en la izquierda en cualquier parte.
Daniel salía del baño, maldiciendo que no hubiera ni un cubo de agua para echar
al inodoro. Miró el reloj, repitió coño varias veces, le besó una mejilla y con
un «vamos, mi china» la apuró a salir.
En
la acera, cada uno cogió por su lado. Al trabajo no llegarían puntual, pero
tratarían que lo menos tarde posible. Total, el transporte funcionaba tan mal
que era una excusa ideal para casi todo. Él iba a ver si enganchaba una guagua
para Guanabacoa, algo así como irse de expedición a la selva amazónica sin
llevar guía, y la dejó sacando los tres candados a su bicicleta, amarrada en el
estacionamiento de la posada. Para María Eva la bici era la garantía de llegar,
si no ocurría un reventón de goma. Hay que pensar positivo –se
autoconvenció–, y dale pa’lante, chica, este es el primer día del resto de
tu vida, aquí lo que no hay que hacer es morirse. Arriba, María Eva, no hay que
rajarse, sólo los cristales se rajan.
A
sí misma se llamaba por su nombre, en sus soliloquios, muy intensivos en el
último año. Mientras pedaleaba con todo el peso de su nombre completo en las
pantorrillas, pensó que no había estado mal esa salida íntima con Daniel, pero
tampoco pasaría a la historia y dudaba de una eventual segunda vez. Tenía ganas
de tomar jugo de toronja, y la asociación de ideas enlazó al Daniel que no
haría historia con aquel Cordón Alimentario de La Habana, donde invirtió
cientos y cientos de horas y sólo sacó en limpio un amante tierno pero de corta
duración, dos buenas amistades, Felicia y Juanita, y un montoncito de papeles
certificando su aporte de trabajo voluntario. Estaba decepcionada. Sus cuarenta
y cuatro años de edad la desarticulaban en un montón de dudas después de una
aventura sentimental. Se sentía como la patria, siempre en guardia y esperando
sacrificios, pero nunca satisfecha ni en paz, como si el jaque mate pintara ser
eterno.
Su
naufragio más reciente había sido Luciano, un matemático militando
fervorosamente en la planificación socialista que sacaba cuentas para proponer
una variable salvadora al plan económico del país. Ése ni siquiera había podido
definir la relación de pareja, pegoteado como estaba a su madre, tanto como a
las directivas de la superestructura del Poder, pensó María Eva. Siete meses
duró la desgastante relación con Luciano; a Daniel lo había encontrado dos
semanas atrás, en una jornada dominical de trabajo voluntario recogiendo
toronjas. A su marido también lo había conocido en la agricultura. María Eva
tenía demasiado enredados sus amores con la tierra. ¿Y si probaba en el aire, o
en el mar?, se preguntaba. Con el fuego, no; le daba miedo. Para fuego, sus
entrañas, su pensamiento. Y el fuego del sol caribeño, y aquella candela que se
encendía en su trabajo, en las reuniones delirantes para racionar
equitativamente lo que no había. No, fuego no. Había excedente.
A
la jabá le inquietaba el derrotero de la isla desde que tres años atrás
comenzara a apestar aquella cochambre disfrazada de socialismo que había
marcado al lejano Este como se burlaba. Aquel allá con su sálvese
quién pueda repercutía demasiado. María Eva traducía en algo masticable y
lavable la alta política y ese billibilló entre imperialismo y socialismo; en
lo cotidiano y concreto, cada día era más difícil poner algo en el plato y
cosas simples como jabón, shampú, desodorante y polvo de lavar alcanzaban
estatura de dioses del Olimpo, inaccesibles, o más acá, cerca de la tierra,
resonancias de mala palabra: carajo, pinga, mierda. «¡Coño, no hay! ¡No hay
esto ni aquello, coño, na de na, nananina!» Esta era la consigna no
oficial que corría a lo largo de la isla.
María
Eva Mercedes de la Caridad Lopategui Valdés se preguntaba «por qué tantos golpes
sobre Cubita la bella, la que se agacha y no se mea». No era justo, no, la
Revolución era un tren de sanas intenciones y buenos proyectos, pero los rieles
no ayudaban. O no habían sido planificados. En algún lugar había un dios
indiferente a tantos sacrificios. Tanto bloqueo, amenazas, conspiraciones de la
CIA, tantos discursos, retos, cumplimientos y sobrecumplimientos, tanto
esfuerzo decisivo, siempre decisivo y con insuficiente rédito práctico, y nada,
nananina, no había forma de parar la cabeza, estaban tocando fondo. Al paso que
iban, la conga iba a sonar a marcha fúnebre. La desesperaba tener ideas
pesimistas, a veces no podía evitarlas.
Cuando
entró a la oficina del Ministerio del Comercio Interior, donde trabajaba hacía
diez años, en contabilidad, se enteró enseguida de que iba a ser ascendida a
jefa de sección. «¿Cómo?, si Cucusa es una jefa ejemplar», se sorprendió María
Eva. «Nada, chica, Cucusa fue, fue, me oíste, hoy estamos de velorio», explicó
Juanita. «¡¿Qué?!, pero si ayer la vimos... », seguía sorprendiéndose María
Eva. «Ayer la vimos agitada pinchando entre los papeles por el cierre del
balance mensual, y hoy la veremos en el cajón, relajada, olvidada ya de la
migraña y la úlcera, conociendo a los angelitos, es lo que se merece esa mujer.
Olvidarse de todo el infierno que le tocó. Es la vida, mi niña, la vida que nos
sopla para encendernos y apagarnos como simples velitas del cake de
cumpleaños».
La
filosofía de Felicia dio paso al recuento de Juanita: la víspera, Cucusa salió
muy tarde de la oficina, con treinta grados que la noche se empecinaba en no
refrescar; había pedaleado trece kilómetros en bici hasta su casa, la cabeza se
le partía de los dolores. Llegó a su edificio en La Lisa y no había corriente,
apagón total en la zona, fuera de programación: tú sabes, chica, ¿no?, el
imperialismo tenía la culpa con su bloqueo. Y allá va Cucusa con la bici a
cuestas subiendo nueve pisos. Tranquilizó a la madre, enferma de los nervios y
sin pastillas, y a los tres hijos que emulaban con el azogue; el marido andaba
reunido en el puerto ajustando lo de la salida de la flota atunera, iba a ser
una reunión sangreá y larga, no había combustible para todos los barcos y nadie
quería quedarse en tierra.
La
jabá cree estar viendo la película: apagón, cero televisor, los niños
intranquilos, la vieja con su cantaleta, hay calor, quieren bañarse y comer, no
hay agua. Como no hay corriente, el motor no hala agua del tanque, y la
combativa allá va eso, agarra dos cubos
y baja los nueve pisos, a llenar, de rodillas, inclinando cabeza y torso, como
la adoradora apasionada de algún culto, los cubos desde la cisterna. Después
devora las alturas con ánimo de adolescente, pensando que siempre se puede más,
echa el agua en el depósito de emergencia que hay en la cocina y vuelta a
bajar, con los cubos vacíos, pero ya sintiendo que dejó de ser adolescente.
«Eso es una madre ejemplar, una heroína», dice Felicia, y María Eva piensa que
no, que eso es ser una reverenda comemierda. En la tercera subida, que iba a
ser la última, Cucusa siente que el aire comenzaba a estar racionado, como si
también hiciera falta meterse con el aire para completar el período especial
que engurruñaba a la isla. Un vecino que bajaba la notó rara, y ahí, a la
entrada de su apartamento, justamente cuando la luz llegaba, qué coincidencia
–detalla con primor Juanita–, la muerte súbita se apiadó de ella. «¡Qué
fatalidad, chica! ¡Con lo que esa mujer valía!», comentó Griselda, la
chismosona del piso, que se había acercado al grupo. «¡Muerte estúpida!»,
sentenció María Eva, y se fue a ver al jefe de Departamento para comenzar a
ventilar el karma que le tocaba.
Griselda,
en una de sus idas y venidas entre las oficinas para aventar la mala noticia,
dejó caer una colilla en el cesto de papeles de la difunta. Todos corrieron a
sofocar la candela, hasta el jefe de Departamento; el fuego devoró el
escritorio de Cucusa y atacó los estantes aledaños. Los extintores no estaban
cargados y los tres cubos disponibles en el piso, uno por cada baño, no daban
abasto para controlar la situación. Los bomberos radicaban a tres cuadras y
afortunadamente el incidente no clasificó para la primera división. Pero se
achicharró el cuidadoso informe de cuentas que Cucusa había preparado. Presa de
un ataque de nervios, Griselda fue llevada al hospital, gritando que ella no
había querido sabotear a su querido ministerio, que, por favor, nadie se
confundiera con ella, que no la fueran a perjudicar. El jefe, exhausto por un
día sobregirado en tensiones, pidió a todos los del piso que fueran al velorio
de la compañera. Y se quedó a escribir el informe sobre el "caso
Griselda".
María
Eva se había quedado impresionada con el fuego en la oficina que compartía con
Cucusa; lo vio como un signo y se prometió a sí misma ir a ver a su madrina Caridad
y consagrarle un trabajito a Obatalá; reconocía que últimamente lo tenía
abandonado y los orishas son muy susceptibles Sí, podía haber malas influencias
en el trabajo. Habría que resguardarse. Una nunca sabe.
Al
mediodía fueron al velorio, a las cuatro era el entierro. Todo rápido, el
marido lo quiso así, tenía que salir un día después en el barco, con un
exigente plan de captura de atún; los niños irían junto con la suegra nerviosa
a casa de una tía. Cucusa ya era parte del anecdotario del mes, y punto. María
Eva se sentía muy mal con toda esta historia y dejó la bicicleta en el trabajo,
no quería tener un accidente, no tenía la cabeza para circular. Desde que a las
seis y media de la mañana salió de su casa pedaleando y se ponchó en la primera
cuadra, y tuvo que cambiar solita la cámara, con lo que le fastidiaba hacerlo,
presintió que el día sería pesado. Y ahora, en frío pero sudada, y aunque no le
desagradó, echaba pestes por la cita extemporánea que tanto le había reclamado
Daniel, y su torpeza llevándola a una posada sin agua; ya Cucusa le había
partido el día por el medio muriéndose, le dejaba en herencia el maldito cargo,
justo en tiempos de tanto salpafuera, cuando lo recomendable era no coger lucha
para no reventar.
Acompañada
de Felicia y Juanita, María Eva salió antes de que terminara el velorio,
necesitaba aire fresco. Se fueron caminando hacia la necrópolis y llegaron
antes que el coche fúnebre y la familia. En la esquina había una pescadería y
estaban vendiendo pescado por la libre. Una buena entre tantas pálidas, pensó
la jabá. Faltaba la corriente desde la mañana y no querían perder la mercancía,
así que olvidaron el racionamiento. La cola no era muy larga. Felicia consultó
con María Eva y Juanita, y acordaron marcar; la jabá cubriría la primera media
hora, era la más amiga de la difunta y quería estar presente en el momento en
que la bajaran al hueco. Las otras la dejaron en la cola y fueron a reunirse en
la entrada del cementerio con los compañeros de trabajo y vecinos que esperaban
la llegada del féretro.
Y
María Eva quedó allí, pensativa, entre los olores del pescado, preguntándose
por qué se sentía tan cansada y angustiada en los últimos meses y ni los
hombres la avivaban. ¡Ah, los hombres! Siempre había amado a tipos fracasados o
erráticos, desguabinados por los sueños. José Manuel, el padre de su única
hija, María José, estudiante universitaria, de Leyes, la había dejado en un
pozo seco, yéndose a escarbar extrañas victorias en tierras angolanas. La había
dejado para que se encamara con tres medallas, con tres medallas se sentara a
la mesa y frente al televisor, y a tres medallas les contara sus problemas y
sus miedos. Ellas eran muy frías, sordas y mudas; si veían, de nada le servía a
María Eva, y para huir de esas terribles parcas, había aceptado otro tipo de
infierno, un año movilizada en labores de la agricultura. Con su disposición la
oficina ganaba puntos en la emulación interdepartamental, podrían quedarse con
la banderita colorá de Departamento Vanguardia, exhibida con orgullo en el
mural junto a los ascensores. Además, en el campo se comía bien y algunos
brazos aparecerían para encomendarles sus insomnios. Total, no era tan malo el
campo, cuando pasaran los primeros dolores musculares ya le cogería el compás y
disfrutaría de la sana vida en el verde. Pero lo más importante: imaginaba
ganar una tranquilidad de colores distintos a los de una ciudad que amaba y que
la entristecía. La Habana, ah, la bella Habana. La veía llenándose de mugres y
estantes vacíos, invadida por apagones en la noche y en buena parte del día, y
por falta de agua durante el día y casi toda la noche, una ciudad que parecía
enfrentarse desnuda a los depredadores, de bolsa negra, colados, oficiales o de
truco, con un son distinto cada mañana, sensual, retozando en miradas y
sonrisas, intentando zafar en pasos apurados para todo, todo a las apuradas,
siempre, una ciudad ennoblecida por el mar, el mismo mar que la ensangrentada,
y que se acurrucaba a esas madrugadas que rumiaban boleros, soñando despertar
para lo diferente.
Ay,
Habana, hermosa Habana, piensa María Eva, sabiendo que la ciudad es su delirio.
¡¿Qué es eso?!, se dijo, y rápidamente se volteó para encarar la situación. Ya
no era un quizá, tal vez sí, seguramente no. No: era un sí rotundo. Le habían
tocado el trasero por segunda vez. Sin la menor duda y con el mayor desparpajo
se lo volvieron a tocar pero lentamente, con premeditación y fino tacto.
Sus
ojos oscuros, llenos de ira, sablearon a otros oscuros, muy por encima del
nivel de su mirada. Y la sonrisa del desconocido le derramó un jarro de agua
con azúcar, listo para poner al fuego y hacer un almíbar espeso, para endulzar
lo que sea, como sea. La voz la desarmó al pedirle disculpa por el gesto
equivocado:
–La
he confundido con una vieja amiga –aclaró el hombre.
–Y
por las nalgas la conoce, ¿no?, la conoce y la saluda. Una buena amistad,
supongo –ironizó María Eva.
El
tipo soltó la carcajada y explicó que realmente la otra había sido su esposa,
hacía años no se encontraban.
–Las
ex esposas, cuando son razonables en la separación, pueden ser muy buenas
amigas ¿Usted no tiene experiencia? – argumentaba él.
–No,
soy viuda –respondió ella.
–Ah,
perdone, no quise ofender –se apresuró a aclarar el hombre.
–No
ofende –suavizó María Eva, sumiéndose en la duda: ¿por qué quería suavizar?
El
hombre la miraba de una forma que le removía viejos tiempos, de allá de su
primera juventud. Era un hombre alto, posiblemente un poco más joven que ella.
Le dijo que estaba en la cola del pescado para hacerle el favor a un amigo, de
vacaciones en Camagüey, con la mujer, y como él había tenido que viajar a La
Habana, su amigo le había dejado el apartamento. Estaba a una cuadra, frente al
cementerio. Un lindo apartamento. Con todo. Los ojos le brillaron al decirlo.
Con todo. Hasta tenía cerveza. Y como había freezer, seguramente la
cerveza estaría fría, no importaba que desde el mediodía no hubiera corriente
en el barrio. María Eva escuchaba y pensaba que no había tutía: el tipo le
estaba proponiendo algo. Qué día tan loco, pensó para sí, mirando con pena los
ojos fríos de los pescados sobre el mostrador; contestó que no tenía tiempo,
iba a un entierro. «Los muertos son para siempre, los entierros no», susurró el
hombre junto a su oreja. Qué descarado, pensó la jabá, pero estaba contenta.
Cuando llegó Felicia para
defender el turno en la cola, le dijo que se apurara, que la pobre Cucusa había
llegado y había jaleo, la madre de la muerta gritaba, toda descompuesta, y los
niños lloraban. María Eva salió corriendo, y el desconocido detrás, pegadito al
trasero.
–¿Y
su pescado? –preguntó la jabá.
Él
la tranquilizó:
–No
importa, yo no como pescado, hacía la cola pensando en mi amigo, y porque no
tenía otra cosa que hacer.
–Ah,
¿y qué piensa hacer ahora? –preguntó María Eva,
–Acompañarla
en su sentimiento –respondió el tipo, mirándola demasiado fijo, y no con ojos
de pescado.
En
ese instante, María Eva supo que del entierro saldría para otro: el de su luto
erótico. Hacía una tonga de años que no se sentía tan excitada con la sola
cercanía de un hombre mirándola. Supo que en algún lugar tomaría cerveza fría,
burlándose del corte de corriente, y brindaría por Cucusa en un rincón de la
alegría, aunque fuese una alegría pasajera, una alegría como un simple quilo,
chiquitica y sin vuelto.
Estuvieron
juntos muy cerca de la fosa, las flores estaban feas, mustias; ella lloró y el
desconocido la abrazó; le mojó la camisa. Después hubo una confusión y más
llanto, llegó otro coche mortuorio con un tal Felipe. Los sepultureros
comenzaron a discutir a quién le correspondía el hueco. Todos los presentes
estaban tensos, como si en el ambiente se hubiera encendido la telenovela de
las nueve. A la madre de Cucusa hubo que llevársela; Felicia ayudó a una hija a
alejarla de la tumba, le dio tremendo perendengue a la pobre vieja, de contra
sin pastillas. Se puso a gritar, a patalear, se tiró al suelo. Alguien sacó
unas pastillas a saber de qué y le metió un par en la boca. Felicia dijo que
era una irresponsabilidad, que no se hacía cargo si eso traía cola con flor de
muerto. El viudo también se metió en la discusión con los sepultureros y hasta
recordó que había combatido en Playa Girón. Pobrecita Cucusa. Hasta en la
muerte estaba en medio de un jaleo. María Eva se acordaba de los desafiantes
planteamientos de su amiga en algunas reuniones. Finalmente, cuando la
confusión fue aclarada por un empleado de la Dirección General de la
necrópolis, el ataúd de Cucusa fue trasladado unos metros más allá.
María
Eva aprovechó el remandingo y se llevó algunas flores del infortunado Felipe,
que estaban más frescas, y se las dio a la otra cuando la estaban depositando
en la fosa. El compañero Felipe no iba a levantar la mano para criticarla.
Luego se despidió del viudo y besó a los tres huérfanos, que habían dejado de
llorar después del show que metió la abuela. Le hizo una seña cómplice
de despedida a Felicia, de vuelta, y ya estaba saliendo del cementerio, con el
desconocido, cuando Juanita llegó con una enorme bolsa de nailon repleta de
pescado, y le preguntó si repartían ahora o mañana. María Eva dijo que mañana,
la abrazó y se fue. No miró hacia atrás, pero sabía que Felicia le estaría
chismeando a Juanita que había estado llorando abrazada por un extraño, y le
exageraría lo de Felipe, la vieja y el viudo. Al siguiente día, la historia
estaría estirada hasta lo increíble, rodando por las oficinas.
Al
salir de entre las tumbas, el agua amenazaba con desplomar el cielo y María Eva
se fijó en la ventana donde se había asomado esa mañana temprano. La cortina
estaba corrida. Y Cucusa, enterrada con cuarenta y dos años, tranquila, por
primera vez en la vida. En creativo sosiego, camino a convertirse en abono, en
yerba, en gorrión, en lluvia.
Caminaron
una cuadra por la acera del mismo cementerio; cruzaron la Avenida Zapata, en la
primera curva a mano izquierda, y entraron en un edificio bien pintado, de
cuatro pisos. Se amaron tan pronto cruzaron la puerta del apartamento del 4º-C,
se amaron con desesperación, ella clavada contra la pared, sintiendo que el
corazón se le trituraba por unos miedos que de tan viejos debían serle ajenos.
Pensó que en un segundo ella podría estar junto a Cucusa. Y se angustió,
sintiendo a la vez que el corazón le renacía con una oleada caliente e insospechadamente
tierna que le inyectaba ese desconocido, ese hombre con una mirada de hormigas
locas que se le colaban bajo la piel, entrándole por los ojos. María Eva quería
rascarse sus miedos, su angustia, su pasado; y sus gemidos arrebataron al
hombre.
Desde
que había visto aquella película tenía una imagen fetiche apuntalada en su
cabeza. Con José Manuel, su difunto marido, lo más que alcanzó fue a reunir
tres velas para encender en una noche de excesos. Ahora, el desconocido, al
saber de su ilusión, le encendía quince velas, que no quemaban con tanto swing
y olores como las del cine, pero eran ¡quince velas! María Eva se sentía reina
de todo.
El
diluvio había empezado después del segundo enfrentamiento, esa vez entre las
sábanas. La lluvia repicando en las ventanas le sonaba a estreno, y ella se
descubrió hablando de cosas que creía extraviadas en su memoria, él sonreía, y
la acariciaba con lentitud, le daba besos breves, todo sin apuro, le
preguntaba, seguía sonriendo, él contaba poco, por no decir nada. Anochecía, y
él le cogió todas las velas al dueño de casa, previsor de futuros apagones, y
encendió la ilusión de ella, disfrutando de sus carcajadas. El freezer
había mantenido fría la cerveza, tanto como ellos habían mantenido calientes
las ganas de darse.
«¿Mi
nombre?, el que prefieras», le dijo él. Y en el tercer combate renovaron los
créditos de fogueos, posiciones, lamidas, abrazos, confesiones susurradas,
volvieron a conjugar los códigos de las sensaciones y lo que hallaron les
gustó. Se quitaron todas las trampas y jugaron a engañarse. Él la nombró Salomé
como la reina de Saba, y Tina Modotti, la fogosa fotógrafa amante de Mella, el
comunista cubano que parecía portada de revista del corazón y al que mataron en
los años 20 en una calle de México. La llamó Anäis por aquella sensible amiga
de Henry Miller, y Ava por la seductora Gadner, y Simone, por la autora de La mujer rota. Durante unos minutos la
identificó con Betty Boop y pretendió hacerle el rulito sobre la frente. Rieron
con estruendo. Ella lo llamó Burt, por Lancaster, y lo sedujo cuando lo trató
como si fuera Batman, y le puso el blúmer como antifaz, y él resoplaba el
desgastado calzón de encaje, encandilado por los olores que reservaba; lo
confundió nombrándolo Benny, por aquel Benny Moré inmortal, y le pidió que le
cantara un bolero, él se divirtió mucho con la ocurrencia, luego se autobautizó
y modificando caricias para estar a la altura de sucesivos nombres, fue Neruda,
y la amasó con poemas, y fue audaz como D’Artagnan, el insigne mosquetero, y
Ulises, el que desafió los cantos de sirena. Llegó a ser en un momento mágico
el mambí Elpidio Valdés, sacándolo del dibujo animado del cine, y le hizo
cariños como si fuera un niño. Hacia el final de esa tercera ronda del deseo,
la tocó de un modo muy especial, le dijo que se llamaba Homero, que era un
poeta ciego, y sólo tocándola, así, podía encontrar palabras para sus versos.
María Eva se enloqueció: todas las claves para abrir las incógnitas del
universo parecían estar en los dedos de Homero.
A las dos de la madrugada ya no llovía y él la acompañó a
la parada de la guagua. Estuvieron una hora hablando de cualquier cosa, pero ya
nunca como antes de que María Eva lo conociera. Había mucho silencio. A
quinientos metros Cucusa dormía sola. María Eva sabía que demasiada soledad
espera por cada uno y todos para no tratar de conjurarla mientras se puede. Él
notó su ramalazo de tristeza, la abrazó fuerte, le dijo que ese día debía
resolver varias cosas: había viajado a La Habana, desde Camagüey, para ciertas
cosas. No dijo cuáles, pero sí que le había encantado conocerla, que había
sentido algo difícil de explicar.
–Quiero
verte otra vez –pidió él.
–¿Y
me sabrás explicar? –preguntó María Eva.
–Quizá
–dijo él.
–¿Y
nos citamos dónde?
–En
la puerta del cementerio –respondió el hombre, sonriente.
–¿Al
día siguiente? –preguntó ella, tratando de que la ansiedad no se le asomara
mucho en el tono.
–A
las tres de la tarde, ¿sí? –propuso, besándola en la oreja.
–Okey,
a las tres –aceptó María Eva, y después recordó–: Alabao, mijito, la hora en
que mataron a la Lola como dice la canción.
Él
se quedó sonriendo, en la acera llena de humedades, como ellos ese día, viendo
como la guagua escapada de las sombras se llevaba a la jabá, rechinando como un
lamento, con aquella carrocería azotada por las carencias.
En
el trabajo, Juanita y Felicia la persiguieron para que hablara sobre el
desconocido. Contó poco, se hizo desear el cuento, quería poder contar mejor.
Cuando llegó a su casa, María Eva le pidió a su hija que le prestara lo que
había escrito Homero; desde el secundario no lo había vuelto a leer y se pasó
toda la noche leyendo La Ilíada.
Siguió durante el apagón, pegada a un mechero de querosén que maldecía la luz
más que alumbraba. María José pensó que su madre había enloquecido.
El
día de la cita, pretextando un fuerte cólico, salió antes de horario, no sin
sufrir las risitas y bromas de Juanita y Felicia en el baño, donde se aseó un
poco aprovechando que, bendita casualidad, había agua. Llegó a la puerta del
cementerio diez minutos antes, llevó la bicicleta a un estacionamiento cercano,
la aseguró con tres candados, y dejó que su mirada vagara por las tumbas,
pensando en Cucusa, y en los muertos de su familia, y en los muertos que no
conocía pero que habían dejado heridas en otros. Pensó en José Manuel, que
explotó en los aires, en Angola, y era una herida que le dolía cada vez menos.
Y se preguntó si sería una pena honda para algunos cuando llegara el día que
esperaba por ella. Miró el reloj, eran casi las cuatro de la tarde. A Lola la
habían matado a las tres y a ella la habían embarcado en la cita. Tan
acostumbrada estaba a los embarques, que esperó hasta las cinco. De un momento
a otro iba a comenzar a llover, había un ciclón acercándose a la isla. Lanzó
varios coños y carajos y se fue a buscar la bicicleta, y pasó por el edificio.
Tocó pero no contestó nadie. ¿Habría corriente? No podía vocear el nombre: no
lo sabía. Ni el nombre del dueño del apartamento, ¿habría regresado de
Camagüey? La jabá se marchó triste a su casa, a seguir leyendo La Ilíada, para extrañeza de su hija.
Esa noche, por suerte, no hubo apagón, pero las horas eran de piedra y María
Eva se durmió muy tarde, con una duda: ¿le tocó o la eligió? Ella estaba
desgastada de que siempre le tocaran las cosas, y había querido saber. Le había
preguntado y él no le dio importancia, ¿acaso no era igual? No, pensó ella,
aunque no se lo dijo: entre una cosa y la otra cabía una eternidad de sueños.
En
la oficina tuvo que decir algo, necesitaba abrirse la angustia. «Coño, recoño,
y ni sé cómo se llama, esto sólo me pasa a mí por guanaja, y a mi edad, es una
maldición gitana, ese tipo me echó un bilongo, ni el médico chino me cura. ¡Qué
salación tengo! No sé lo qué hago, no sé lo que quiero, no sé ni lo que
encuentro. Estoy cansada de no ser pero no sé lo que quiero ser». Felicia la
abrazó, le regaló unos caramelos, un tesoro para la época, y como ella seguía
mortificándose con que no sabía ni el nombre del fulano, Juanita la consoló:
«Le dices Homero y sanseacabó, ¿ no fue así como te gusto más? Homero y listo».
Homero de La Habana, por unos días, y en la cola del pescado. Homero habitante
de Camagüey. ¿Sería cierto? Homero que debía explicarle lo que había sentido
difícil de explicarle aquella madrugada. Homero, Homero, sí, y Romeo, Romeo,
¿Romeo? María Eva no sirve para Julieta tropical, lo sabe, no. No tiene edad,
no tiene tiempo. No quiere morirse por error, está harta de los errores. Y hay
período especial, y la hermosa Habana se desmaya entre carencias y problemas.
El cansancio no se raciona, viene a granel. Y ella siente que quisiera armarse
para otra guerra, su propia guerra.
Al
tercer día, cuando salió del trabajo, llovía finito. Pedaleó hasta el edificio
frente al cementerio, pulsó el timbre, qué suerte, había corriente, y abrieron.
Un tipo amable le dijo que sí, que conocía a Ulises Pérez, que habían nacido y
crecido juntos en Camagüey, que eran como hermanos. Sí, Ulises, un buen tipo.
¿Homero es Ulises? Caramba, así que Homero. Ah, pero se fue. Sí, se fue. ¿Ella
no sabía? Pa’Miami. Se fue en una lancha. Pensaban que la salida iba a demorar
una semana pero todo se solucionó rápido, por suerte, y esto se lo contaba con
reserva absoluta. Sí, claro. No decir nada, sin lío, eh. Que las cosas cojan su
nivel de a poco. Él le había hablado de ella, ¿María Eva, no? Sí. Y ellos
habían llegado bien, telefoneó enseguida. Se fue con otros cuatro amigos, la
familia en Miami pagó para sacarlo, y una suerte que fuera una lancha, una
buena lancha, no corrieron riesgos como esos locos balseros cruzando el
Estrecho de la Florida, de madrugada, en octubre, con el ciclón por ahí. Fue
peligroso de todos modos, pero Ulises quería irse cuanto antes, le tenía miedo
a una sirena. Eso le dijo. Que había una sirena. Hablaba cosas extrañas en las
últimas horas que compartieron en aquella playa abandonada a la salida de La
Habana. Estuvieron tomando mucho ron. Ulises, por un momento, dudó en irse y
hasta lloró, pero al fin se fue, estaba nervioso, y dejó saludos para Penélope.
Lo repitió varias veces. Muy raro, comentó Julio, fue la última frase que dijo:
«Dale saludos a Penélope, dile que la quiero». ¿Ella sabía quién era ésa? Hacía
años los dos habían conocido a una Penélope, en Camagüey, pero debía estar
muerta, era muy vieja cuando la conocieron, trabajaba en una panadería.
El
día estaba raro, una atmósfera pesada, con el mal tiempo afilándose los
dientes. María Eva sentía que era un día agujereado, sí, con agujeros
producidos por el temor de la proximidad del huracán. Y ella era como un hilo
asustado por no encontrarse el cabo. Muchos ciclones le hacían trampa, el
extraño ciclón que enredaba a la isla cuando todo iba a mejorar, o parecía que
mejoraba; y el ciclón de los cubanos, tantos, tantísimos cubanos con ganas de echar
pa'lante y vencer, y el ciclón que se formaba en cada acto de la cotidianeidad
para delirio de las cosas mínimas y esenciales. Y el ciclón que venía, que ya
estaba a punto de llegar, y el ciclón que estuvo, y se fue. Sobre todo el que
se fue llorando.
Esa
noche hubo apagón. El ciclón Brian entraría en horas de la madrugada. María Eva
y su hija aseguraron bien las puertas y ventanas y recogieron agua en cuanto
cacharro sirvió a esos fines. Las provisiones eran escasas, no podían conseguir
más. Había medio litro de luz brillante para el mechero y cinco únicas velas en
la casa. María Eva, ante el asombro de su hija, decidió encenderlas todas.
Todas a la vez. Recordó que debía buscar sus viejas agujas de tejer, aunque no
hubiera lana ni le interesara conseguirla, ni hiciera falta lana con el calor
de Cuba todo el año, un verano eterno, un fuego, o casi. Sólo quería tocar las
agujas, lentamente; por un segundo pensó en el enorme cartel del cementerio:
«¡Aquí no se rinde nadie!». No, nadie. Sonrió, y luego comenzó, tranquila, a
leer La Odisea.
© ROSA ELVIRA PELÁEZ
Buenos Aires, 2001.
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