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Un paseo
por el pasado de Torremolinos
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Según algunos estudios, se estima que los primeros pobladores de Torremolinos se remontan a hace unos 150.000 años. Uno de esos estudiosos, el profesor alemán e historiador Oeljeschlajer mantenía haber descubierto en la zona de la Punta de Torremolinos restos que parecían ser de la Edad de Piedra. A pesar de ello, las primeras pruebas contrastables de existencia de pobladores se refieren al Neolítico (5.000 A.C.). De forma más concreta, Juan Temboury afirma que un pueblo neolítico con origen en Mesopotamia cruzó el estrecho de Gibraltar, asentándose, finalmente, en lo que hoy se conoce como Torremolinos, debido a su buen clima, abundante caza, pesca, agua y, también, a la existencia de albergues rupestres. Desde el siglo III A.C. toda la zona septentrional y sur de Hispania pasaría a ser de dominio romano. Tal y como reflejan los restos encontrados (ánforas, pilas, fábricas de salazón) Torremolinos fue un asentamiento romano más. Nuevamente, la Punta de Torremolinos es la zona elegida para estos asentamientos. De esta época está datada la calzada que cruzaba Torremolinos y que unía Malaka (Málaga) y Gades (Cádiz). El agua que brota de los manantiales ha sido y, todavía, de alguna manera, sigue siendo el elemento fundamental sobre el que ha girado la historia de Torremolinos. Los árabes utilizaron ese cauce que nacía en la sierra y llegaba hasta la playa, construyendo a lo largo de su recorrido hasta diecinueve molinos. Lo vulnerable de la población desde el mar, incentivó hacia el año 1300, cuando se estaba bajo la dominación de los nazaríes, la construcción de una torre defensiva situada en lo que hoy es el final de la Calle San Miguel. Esta torre, junto a los molinos, anteriormente citados, componen el nombre de Torremolinos.
Un año después de la toma de Málaga, comenzaría lo que se convertiría en el principio del fin de los molinos. Tanto los Reyes Católicos en la Carta Puebla de 1488 y de 1489, como la Reina Juana en la Real Cédula de 1511, concedieron a la capital Malagueña la propiedad de las aguas de los manantiales de Torremolinos. La primera localización de Torremolinos como núcleo urbano en la cartografía de la provincia se observa en el mapa del marqués de Ensenada de 1748, confeccionado por el ingeniero Francisco Llobet, quien lo describe en el documento como T. Molinos. Una escritura otorgada por el escribano Fernández de la Herranz de 18 de mayo de 1763, ante quien compareció el ingeniero de los Reales Ejércitos, Antonio Jiménez Mesa, recoge el interés de éste por la construcción de un castillo o batería que defendiese del levante y del poniente a los navegantes y que sirviese de cobijo a embarcaciones frente al acoso de las naves corsarias. El ingeniero ofreció al rey construir el fuerte a cambio del gobierno vitalicio del mismo. La construcción estaría compuesta de seis cañones de 24 libras, con cuarteles para caballería e infantería, vivienda, capilla y almacenes. Todo ello se construyó en 1770. La fortaleza permaneció como centro militar hasta la muerte de Jiménez Mesa (1830), tras lo que pasó a ser cuartel de carabineros y, posteriormente, propiedad privada. A finales del siglo XIX y debido a la necesidad de mayores recursos acuíferos para continuar su expansión demográfica e industrial, haría que el Cabildo malagueño hiciese efectiva aquella histórica concesión en 1876 y en 1923 con dos proyectos de desvío a Málaga de las aguas de Torremolinos, materializándose la conversión del municipio en barriada de Málaga. A comienzos del siglo XX es cuando se produce la gran transformación y expansión de Torremolinos. Poca antes (1898) Sir George Langworthy y su esposa compran el Castillo de Santa Clara que, como se comentó anteriormente, fue castillo y cuartel de carabineros, transformándolo en residencia. El fallecimiento de la esposa de Langworthy en 1913, lo afecta profundamente. Tras participar en la Iª Guerra Mundial, Langworthy dedica su tiempo a fomentar el amor hacia los demás. El Castillo del Inglés (como se llamaba a su residencia) se convierte en albergue de gente necesitada, a los que ayuda y auxilia entregándoles una peseta a cambio de la lectura de algún pasaje de la Biblia (de ahí el origen de su apodo: "el inglés de la peseta"). Así perdió en poco más de quince años toda su fortuna. En 1918 se le nombra hijo adoptivo y predilecto de Torremolinos, como reconocimiento público a su labor solidaria. En 1930 para aliviar su economía decide convertir el castillo en hotel-residencia. Así nació el primer establecimiento hotelero de la Costa del Sol. En 1933 Carlota Alexandri sigue su ejemplo y convierte su cortijo de la Cucazorra en el Parador de Montemar. En 1942 abre sus puertas el hotel La Roca. En 1948 abre el restaurante y sala de fiestas de El Remo en La Carihuela. Todos estos hechos ocurren en una época en que diversos colectivos malagueños comienzan a ver Torremolinos como zona de ocio y descanso. Se le atribuían a sus aguas propiedades benéficas para el tratamiento de enfermedades respiratorias, de ahí la construcción del sanatorio antituberculoso, hoy Hospital Marítimo (actualmente también existe un centro de Talasoterapia). La actividad de los vecinos era diversa, mientras los vecinos de la parte alta se dedicaban al cuidado de la huerta y al trabajo en los molinos, la parte baja se dedicaba, fundamentalmente, a la pesca.
Las playas comienzan a cambiar su aspecto y comienzan a aparecer las primeras hamacas y sombrillas. En 1966 comienzan las obras del paseo marítimo de El Bajondillo. Las huertas se convierten en terrenos para la construcción de edificios. La Calle San Miguel, arteria del casco urbano se peatonaliza y comienzan a abrir y a multiplicarse los comercios. A finales de los 80 se pone en marcha el movimiento ciudadano por la autonomía del municipio que, tras numerosas movilizaciones y actos, culmina el 28 de septiembre de 1988 cuando Torremolinos vuelve a ser municipio independiente.
Tras los difíciles años 80 y principios de los 90 en los que se descuida el aspecto del municipio y en los que los resultados turísticos son más que discretos, Torremolinos vuelve hoy a recuperar el prestigio perdido, incorporando nuevas opciones de ocio, como el relanzamiento del Palacio de Congresos o la explotación del complejo deportivo construido junto al recinto ferial de la localidad.
Fotografías: Francisco Javier Moya Delfa
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