Ojalá que en los otoños de mi pueblo las hojas no te rocen el cuerpo cuando caigan para que no las puedas convertir en pavimento desmoronado de empedrado alquitrán. Ojalá que la lluvia deje de ser el milagro de agua clara y limpia por el instante en que baje por tu cuerpo y la conviertas en turbia, oscura e indecente. Ojalá que en las noches frías de inviernos despejados la luna pueda salir sin ti. Ojalá que la tierra de este pueblo no bese las huellas de tus pasos. Ojalá se diluya tu áurea falsa de corrala. Ojalá se te acabe esa mirada constante, esa palabra precisa, esa sonrisa solemne de tabla fastuosa con escasa diferencia de un perverso plagiado pulcro. Ojalá pase algo que te ignore de esta interminable Historia de mi pueblo de pronto, con una luz cegadora o un bolazo de nieve... Ojalá, por lo menos, que cuando me lleve la muerte y me entierren en mi pueblo sea en tu ausencia, y que ni las esquinas de mi ataúd siquiera puedan advertirte, para no distinguirte tanto, para no verte perpetuamente en todos los segundos, en todas las visiones y que tu imagen se disipe con la primera pala de tierra y no discierna en mi tumba: ojalá que no pudiera nombrarte ni en mis palabras ni escritos, ni en mis sueños ni después de la muerte.
Ojalá que la aurora no de gritos que caigan en mi espalda. Ojalá que tu nombre se le olvide a esa Voz de efeméride y a esta nuestra verdadera Historia. Ojalá los muros del torreón no retengan el ruido de tu ruinoso camino. Ojalá tu olor desaparezca y se difumine en el olvido. Ojalá mis hijos no sepan nunca de tu existencia más que para recordar el crimen devastador que has hecho en nuestro Pueblo. Ojalá que el deseo se vaya tras de ti, a tu viejo gobierno de extintos y espinos. Ojalá nunca hubieras venido como un espectro del mal, no hubieras aparecido como un alma en pena… ojalá te borrara de mi memoria.
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Ojalá fuese un vecino con gozo.