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¿Qué fue lo que ocurrió con las Pinturas Rupestres de Torrelodones?

                                 Historias para el Olvido                                 24 de julio de 2006

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Voy a consentirme el lujo de lo que me quiero permitir colgar en Internet, además, como la web es mía nadie me lo va a censurar.

 

Allá por los años 1.970 yo era un ingenuo chaval que vivía en un mundo muy ajeno a las realidades que por España y el resto del mundo ocurrían. Junto a mi familia, primos y pocos más estábamos considerados como “veraneantes” del pueblo de Torrelodones y por no decir que poco más que “forásteros”. En aquella  época, el Pueblo y la Colonia estaban bastante distantes en cuanto a las relaciones entre las familias “veraneantes” de la Colonia y la del propio Pueblo, esto nos suponía dos “guerras” transversalmente directas, una que éramos “veraneantes” del Pueblo, aunque nuestras estancias en el Pueblo estaban basadas fundamentalmente en concurrir junto con nuestros padres, prácticamente por los fines de semana, las Navidades y Semana Santas de aquellos años. Es decir, en realidad no eran las casas de verano, sino que, tal y como se llamaban por aquel entonces eran las “casas o chalet de la sierra” (además, no tenían porqué ser de veraneo, ya que, en nuestra mayoría o casi todos nos íbamos a la playa un mes de verano a los diferentes puntos costeros y de moda de aquella peculiar España: Fuenterrabía, La Toja, Santander, Torremolinos, etc., etc…).

 

La otra “guerra” la teníamos con la Colonia, pues si en el Pueblo éramos “veraneantes forasteros”, para los de la Colonia éramos meramente del Pueblo con lo que se nos “impugnaba” doblemente convirtiéndose en una imposible e inmedicable situación de hostilidad campal. Como sería que en el Pueblo, casi todos los años, terminábamos en pequeños altercados con “los del Pueblo de siempre” y, obviamente, todo lo zanjábamos terminando vestidos en la fuente del caño, porque los del pueblo no solo eran más bestias, sino que muchos más y esto nos exigía que nos mantuviéramos un tanto al margen y guardando una justa distancia. De forma innegable había que comprender las pelusas lógicas de los chicos del Pueblo hacia esos chavales vistos como “niñatos de capital” envueltos en celofán, peinaditos y con olor a colonia de “Nenuco” que todos los años aparecían tocando los bemoles con sus bicis de última generación, cuando no eran las ruidosas motos o los vehículos de nuestros propios papás (motos o coches) que solían ser de lo ultimito. Y que, cuando se aparcaba en la plaza del pueblo a tomar algo en algún bar y te asomabas, el vehículo estaba totalmente rodeado de algunos curiosos que miraban el artefacto como si de una nave espacial se tratara, especialmente se hacía mucho hincapié en el cuentakilómetros…

 

Nuestra relación a nivel pandillas estaba reducida tan solo entre los que formábamos los denominados por los del Pueblo como “veraneantes”, primos, amigos y algún que otro “nuevo” que antes de dejarle entrar en pandilla, se le hacía un reconocimiento exhaustivo tanto por parte de nuestros padres como por nosotros mismos, incluso llegando a realizar actos tipo sufragio para la admisión del “pollo” en el grupo. Con el resultado habitual de que más de alguno quedaba fuera al no conseguir la mayoría de los votos necesarios para el acceso al grupo o pandilla y con la fatídica y lógica consecuencia de la tirria y el odio del “nuevo” y de sus propios padres, derivado de este desalmado motivo (por no decir cruel), hacia nosotros, los “veraneantes de siempre”, es decir: los del olor a “Nenuco” y

 

 

 

 

 

merienda, aseo y vestimenta impoluta y obligada a las seis de la tarde para pasar el resto del día pululando de aquí para allá por todo el pueblo.

Entre estos “nuevos”, a base de muchos veranos, algunos llegaban a entrar en el grupo pero otros terminaban más solos que un insigne granado en medio del desierto de Almería, o bien desaparecían y dejaban de venir a Torrelodones o, como en la mayoría, se juntaban entre ellos (los “nuevos”) formando una pandilla denominada por nosotros como “los nuevos”, “seres” que no tenían ni la mitad de derechos que los “veraneantes de siempre”, especialmente ante los del “pueblo de siempre”… Antes se iba al caño uno “nuevo” que uno “antiguo”…

 

Con el paso de los veranos, no fuimos expandiendo y poco a poco, “nuestro feudo” tuvo que desviarse hacia otros lugares más alejados que no fuese la Colonia, dada nuestra poca solidez contra la firme resistencia receptiva por parte de estos últimos, que seguían erre que erre que éramos “pueblerinos”, recurriendo por nuestra parte hacia una joven urbanización, Los Peñascales, que por aquella época se estaba empezando a llenar de gente veraneante que no solía dejarse ver por el Pueblo, ya que su zona de “movimiento” era más proclive hacia el pueblo colindante de Las Matas que hacia “el nuestro”. Así que, poco a poco y con el tiempo, se fueron creando nuevas pandillas del mismo “rango social”, ya que todos votábamos positivamente y además disponíamos del visto bueno por parte de nuestras familias. Muchos de ellos eran de “cunas ilustres” del histórico Madrid que con solo decir el apellido, daba igual si el chaval era lerdo, bobo o imbécil, simplemente era admitido y punto. Ahora, como fuese de un barrio “villano” del Madrid ignominioso sin “ámbito notorio”… otro más para “dejar en las astas del toro” y a su “libre” albedrío… pero, además, en un contexto de total desidia por nuestro lado.

 

Nos llamaban “veraneantes” y “forasteros” en el pueblo y “pueblerinos” en la Colonia, así que, por muchos años tuvimos un “dominio autóctono” en Los Peñascales y otro compartido y guardando siempre las distancias en el Pueblo. Pero de la Colonia a lo más… solo aparecíamos cuando nuestros padres nos llevaban al cine y luego nos recogían, o en las fiestas de “abajo” (La Estación) que era como se le llamaba a la Colonia. Donde también teníamos nuestros pequeños percances y tensión con los “veraneantes” de la Colonia.

 

Toda una anécdota para llegar a donde, desde un principio, pretendo acabar.

 

Uno de nuestros mayores retos eran las “excursiones de merienda”, simplemente era hacerse con una mochila con una botella de naranjada o cola y unos bocadillos e intentar pasar la tarde practicamente en dos lugares muy definidos y estrictamente vedados a su acceso. Uno era ir al Torreón (finca de las Marías) o a “el pinar” que tenía detrás de este y el otro, a la finca de Jaraquemada, esta última era de mayor interés, ya que disponía de mejores lugares para divertirse. El linde del pueblo con la finca de Jaraquemada quedaba muy cerca, tan solo a unos 200 m. del final del pueblo y esta, a su vez y por el fondo, lindaba con la “Casa de Franco” que era como llamábamos al palacio de El Canto del Pico.

 

Entrar en Jaraquemada no era difícil, pero, una vez dentro, si no se andaba con mucho sigilo y enorme cuidado, no se duraba mucho porque los guardas en seguida nos perseguían con los perros. De acercarnos a la “Casa de Franco”, ni especularlo, era prácticamente inexpugnable, además de que te la estabas jugando con la Guardia Civil y eso no era para broma alguna. Lo malo era que, según nos decían, la Benemérita tenía un pacto con los guardas de Jaraquemada, porque cuando accedíamos a esta última, desde arriba, la Guardia Civil nos distinguiría y lo más probable es que, al advertirnos, avisara a los de Jaraquemada, porque lo que no era normal es que, casi siempre, nos “pillaban” tras una persecución tipo encerrona que parecía estar estratégicamente planeada y controlada desde lo alto, pues era prácticamente imposible escapar a no ser que nos desparramáramos. Cada vez que nos cogían… directos al “cuartelillo” con la ya consabida bronca por parte de nuestros padres. Aunque enseguida se nos borraba de la memoria pronto reincidíamos en los mismos hechos,  pues lo prohibido, ya se sabe, es lo que más atrae a los chavales.

 

Uno de los lugares predilectos para nosotros era el conjunto amontonado de rocas de granito propias de la zona que está al pie de El Canto del Pico y que se apela como El Canto de la Cueva. Este conjunto granítico, aparte de su gran elevación, especialmente sobre la cota del peñón principal y de las vistas se que tiene desde este, donde se divisa hacía el este, sur, suroeste comenzando en la finca de El Pardo en triángulo con Madrid capital y Brunete y sus aledaños términos, y al noroeste, desde los términos limítrofes del norte del pueblo de las Rozas hasta el Escorial dejando a su paso, Comenarejo, Galapagar y Valdemorillo… En fin, si forjar más sobre aburridos puntos cardinales y geográficos, que además no es lo mío. En resumidas cuentas: posee unas vistas impresionantes; pero además de todo esto, goza de otro factor que para nosotros era determinante para alargar nuestra estancia y hacer de la excursión una aventura con más intriga y confabulación que el simple hecho de una sutil merienda con refrescos de “Mirinda”, cola y música de “Comediscos”… Y esto era, la inmensa cantidad de oquedades y covachas que había para esconderse en caso de “emergencia”. Tal era su cuantía que, lo más probable, ni el propio guarda las conocía en su totalidad o bien no se atrevía a entrar por temor a lo ignorado.

 

Entre algunas de las oquedades, recuerdo que aún quedaban restos perfectamente colocados de piedras apiladas que hacían de muro contra las paredes y los techos a modo de cabaña o refugio y que, la gente mayor del pueblo, cuando se o comentábamos, decía que eran restos de los refugios de la Guerra Civil Española y que debían ser muy consistentes para cualquier ataque. La verdad es que no eran para menos, bien es verdad que muchos de ellos, además de lo que decían ser, parecían haber sido empleados como resguardo de pastores con sus ovejas, más que nada por los restos de lumbres y de excrementos que estas reses dejan, restos que resisten muchísimo tiempo sin deshacerse, especialmente si estos están bajo cubierto.

 

 

 

 

 

 

 

Así que, entre los muchos casos de avisos o avistamientos de presencia de algún guarda cerca de nosotros, todos salíamos desperdigados buscando un hueco donde esconderse y entre muchas tantas ocasiones, siempre se encontraba o descubría un nuevo hueco o covacha “novedosa” para nosotros con la que nos avisábamos de su existencia una vez transcurrido el peligro con el fin de tenerlo en cuenta en posteriores ocasiones de “urgente desbandada discrecional”.

 

Entre los muchos huecos de todos los tamaños, con salida y sin ella, había uno muy especial. Más que nada porque parecía que su fondo oscuro no era tal fondo, es decir, en muchas ocasiones se apreciaba que el viento proveniente de esa oscuridad era mucho más fresco que el que había en el ambiente, especialmente en verano,  era una brisa que provenía de aquella oscuridad repleta de mosquitos a la que bajo ningún concepto se nos ocurriría ni acercarnos y menos introducirnos. Más por miedo y recelo que otra cosa.

 

Pero un día se nos ocurrió investigar sobre este hueco oscuro y algunos decidimos ir, provistos de linternas y con la más que probable e intrépida o alocada decisión por parte de los que éramos más animosos hacia la diversión y la aventura o la indagación por todo lo desconocido. Y así fue. Fuimos varios amigos con la mochila, sin merienda ni refrescos, pero con grandes linternas y pequeñas azadillas y palas de los jardines de nuestras casas.

 

Cuando llegamos y accedimos por primera vez hacia lo más oscuro, nuestra tensión era acongojante, los mosquitos nos breaban la cara y las piernas descubiertas y el viento húmedo y frío que provenía de su interior era más intenso conforme te acercabas, un lóbrego lugar silencioso y repleto del silencio y el silbidos ventisquero que destacaba sobre aquel misterioso mutismo por parte de todos. El que iba abriendo camino tenía las agallas de un aventurero intrigante e incauto al que, de vez en cuando, se la apagaba la luz de su linterna obligando a parar y amontonarse apretujándonos unos con otros y para colmo alguno desprovisto de linterna. Lo peor era para el que iba el último, que se abrumaba desoladamente en el terror silencioso, al mirar atrás y ver que la oscuridad se le quedaba justo al lado y con el pavor que se crea en la mente un chaval de esta edad, que hace que se rehunde así mismo y de forma cada vez más obsesiva, esa desconfianza y esa sospecha pavorosa de que alguien o algo te sigue y te arrea “achuchándote” virtualmente tras tus pasos, zancadas o sobresaltos.

 

Aquella covacha comenzó a estrecharse hasta el punto de que nos obligaba a andar en fila india al principio, inclinado después, luego agachas y finalmente reptando sobre un suelo arenoso y mojado y con un techo lóbrego con el que nuestras cabezas se golpeaban y se restregaban con lo que parecía al tacto como telaraña, hasta que hubo un momento en el que solo entraba el cuerpo tumbado y totalmente estirado, de manera que para avanzar, había que empujarse con la punta de los pies y a la vez y como se podía, levemente con los codos, mientras el primero abría hueco con la pala y la azadilla. Mientras, el que no llevaba linterna tenía que aguantar el tirón a oscuras durante aquel horripilante tramo y al último solo se le oía gimotear de forma desconsolada y sumisa, ya que ni siquiera tenia la opción de volverse, una porque, o lo hacía macha atrás, con la dificultad que aquello conllevaba y la otra, la más grave, por esa lapa de la acechona oscuridad que le perseguía.

 

Por fin, aquel pasillo se empezaba a ensanchar y dimos con una cavidad más amplia, un inciso que nos hizo reunirnos a los que éramos. Todos nos mirábamos los unos a los otros callados, boquiabiertos y repletos de arena, barro y telaraña por toda la cabeza. Indudablemente aquello estaba infestado de arañas y apestado de mosquitos, muchas de esas arañas eran blanquecinas, de esos insectos que vemos en los documentales que nunca les ha dado la luz… ¿quizás serían ciegas? Ojalá… prefiero no recordarlo.

 

Pues bien, una vez todos allí, comenzamos a iluminar hacia el techo desigualmente abovedado… y cual fue nuestra sorpresa cuando observamos que allí ya había estado alguien, porque el techo de aquel cascarón estaba lleno de pinto rojeadas figuras humanas muy simplonas, dibujos de seres humanos que parecían correr con un artilugio alargado a modo de lanza, muchas otros dibujos eran imprecisos, pero al enfocarlas de lejos se apreciaba que aquello eran animales, pero animales grandes tipo vaca o búfalo, incluso recuerdo uno que más bien parecía como un rinoceronte. La verdad es que nuestra primera reacción fue el enojo por la frustración como “descubridores” de la cueva así como nuestro enfado porque el hecho de que además de haber entrado otro antes que nosotros, este parecía haberse querido mofar de quien viniera después dejando aquellas signos absurdos como reminiscencia de su estancia,  señales a modo de rúbricas repletas de muñequitos y animalitos, signaturas que me recuerdan a esas firmas que muchas veces hemos visto todos en otros lugares históricos que dicen fechados: “Aquí estuvo, comió, orinó, etc…  Pepe AÑO 1.912”.

 

Otra de la reacciones fue la de comentar entre nosotros que a qué chiflado se le ocurriría ir hasta el Canto de la Cueva cargado con un bote de pintura y un pincel, ya que, demostradamente, ya era bastante incordio ir portando aquellos mamotretos de linternas abriendo camino entre unas jaras que por aquel entonces eran altísimas y que no había ni señal de camino o senda, apenas alguna que otra vereda de conejo o jabalí y, si te subías a una roca para ver por donde ibas, solo se veía alrededor más y más monte y este, al mismo tiempo, cada vez más cerrado.

Así que dedujimos que aquellos dibujitos los debió de hacer alguno de los que allí pasaron la Guerra Civil, porque sino no sería lógico.

 

Continuamos con la “hazaña”, que ya no era considerada ni como proeza, sino como una excursión más del montón al concebir el hecho de ir de “segundones”.

 

De aquel ensanchamiento, que tan solo nos dejaba estar en posición sentada, partían dos recorridos, uno hacia arriba, muy incómodo y serpenteado con estrechos, por donde apenas se podía pasar y entraba algo de luz exterior, pero con la curiosidad de que por su interior y posicionándose en algunos puntos incomodísimos, se apreciaban más dibujitos irreconocibles con formas como de un sol o algo similar. Y la otra alternativa, obligada para continuar, era la de seguir adelante por otra estrecha galería que fue mucho más corta y menos apurada que la anterior, pero igual de oscura y, como siempre, repleta de bichos de todo tipo, hasta alguna escolopendra se la veía deslizándose por ahí… y a saber…

 

 

 

Esta corta galería daba a otra bóveda, pero en este caso mucho más grande, más alta y con un espacio mucho más amplio que la anterior. Se podía estar de rodillas sin darte en la cabeza, eso si, siempre con el suelo de arena de río muy húmeda, con lo que se hacía incómodo la estancia. Supongo que con el paso de los años, las lluvias torrenciales estaban llenando estas covachas con sedimentos del propio granito y de ahí tanta arena y “aguijonera” china suelta. En esta bóveda entraba la luz exterior  por una gran ranura, era un esplendor que definía perfectamente el lugar, incluso nos dejaba con ver con detalle sin la necesidad de tener que emplear la iluminación artificial de nuestras pesadas linternas.

 

En esta bóveda recuerdo que había dos dibujos, aunque mucho más grandes y uno de ellos era claramente una especie de rinoceronte, al menos tenía un cuerno. Pero este asunto no nos cautivaba ya, tan solo queríamos saber por dónde o qué zona se iba a salir de esa cueva para así tener un control exacto a la hora de huir de los guardas de la finca de Jaraquemada. Y así fue, finalmente salimos por un lugar bastante opuesto al de la entrada y entre tantos huecos que tiene este complejo rocoso, tomamos buena nota de este “descubrimiento” como otro nuevo escondrijo para nuestras hazañas de escapadas inmediatas.

 

Durante el resto de años siguientes, uno va creciendo y madurando y todo esto de las rocas y las excursiones pasaron en mi vida a un segundo plano, pero no a olvidar lo que en mi niñez había visto y pasado.

 

Un hermano mío inferior a mi en cuatro años (esto es mucha edad cuando se tienen los 17 años) se había vuelto un “forofo” de las antigüedades, monedas, piezas arqueológicas, fósiles, etc… Incluso de las épocas anteriores a la Romana y posteriores a esta  y, especialmente, muy envuelto en asuntos y temas sobre la Guerra Civil Española donde se comenzó a cultivar llegando a especializarse en varios ámbitos de este desgraciado evento bélico de la historia de España.

 

Un día, charlando y recordando el Canto del Pico como una localización más o un lugar de posible refugio durante la Guerra Civil, le narré la historia anterior acerca de las oquedades, los muros a base de piedras que aún estaban, las covachas y la famosa cueva. Así que decidimos ir a ver como estaba todo aquello y tal y como se lo conté aún seguía en la misma situación y el mismo aspecto que entonces con una salvedad, que ya se advertía que no había guardas que vigilaran aquella finca de Jaraquemada, o al menos, no había ese control tan exhaustivo como el que entonces había sobre los “intrusos” a la finca.

 

Tras ir al Canto de la Cueva bien preparados, observar lo que había, las piedras apiladas, las covachas, la cueva y sus dibujos que seguían intactos decidimos dedicarnos durante mucho tiempo a seguir buscando por los alrededores de este gran complejo granítico y así volvimos con la misma intención durante varios días, aprovechando unas vacaciones navideñas, curiosamente localizamos muchos más dibujos muy similares a los de el interior de la cueva, con la salvedad de que en muchos de ellos se definía perfectamente lo que se quería simbolizar: Cacerías, ciervos, animales domésticos (al menos bovinos), etc…

 

 

Al ver que no era lógico que el autor de estos dibujos, al que tanto reprochamos,   se hubiera dedicado a ir pintando, no solo los interiores de la cueva, sino también las rocas de los exteriores o alrededores de el Canto de el Pico, dedujimos la posibilidad de que fuesen pinturas rupestres, sin dejar de pensar sobre una bobada sobre la realidad o la vana idea de un tesoro, inclusive la paradójica ilusión de tener en Torrelodones un “Altamira” más… o cosas así.

 

Dado que estábamos ambos hermanos estudiando en el mismo colegio (San Estanislao de Kostka de Villafranca del Castillo) y que yo tenía como profesor de historia a una persona de la que se comentaba que era investigador del Museo Arqueológico de Madrid, y le comentamos el asunto con la prudencia de no hacer más que lo justo con el ridículo que en realidad y en su momento se podría hacer, relatando con pelos y señales todo lo que habíamos visto en las rocas del Pueblo de Torrelodones.

 

De manera sorprendente para nosotros, nos señaló que quería verlo por sí mismo y que para ello iba a organizarse con otros compañeros profesionales, colegas suyos especialistas en arqueología del Museo de Ciencias de Madrid, con el fin de investigar el caso in situ. Así que mi hermano y yo organizamos la reunión en el propio pueblo, concretamente en un frío sábado por la mañana con todo el material listo para la excursión prevista. Eso si, reincidiendo ambos hermanos en que no dejábamos de pensar por nuestros adentros el ridículo que íbamos a hacer si aquellas pinturas fuesen del supuesto mamarracho que en su día pensamos que fue su autor…

 

Estuvimos allí, en la cueva, en la exteriores, se hicieron fotografías, se tomaron muestras y finalmente y tras un ameno aperitivo con una larga charla sobre el parecido de los esbozos a las propias pinturas rupestres encontradas por otras zonas de la Comunidad de Madrid, se fueron, quedándonos pendientes del resultado de estas. Como nota importante haré hincapié acerca de este profesor: Hoy día es el Rector de la Universidad  SEK, Prof. Dr. D. Cesáreo Pérez González y si se indaga por Internet se puede observar que es una eminencia en cuanto a asuntos de investigación arqueológica de España gran parte del extranjero. http://www.sek.net/

 

Por fin, había pasado tan solo una semana cuando los resultados de la investigación dieron positivo en cuanto a su veracidad de pertenecer a la antigüedad arqueológica, por tanto, desde ese mismo instante, estas pinturas pasan a ser automáticamente a la propiedad del Patrimonio Histórico del Estado Español.

 

Así es. Todo quedaría supuestamente archivado en sus dossieres correspondientes que también pasarían a los registros del Museo Arqueológico de Madrid y del Patrimonio español para su pretendida y ulterior continuidad en los estudios e investigaciones al respecto…

 

 

 

 

 

 

Corrían los años 80,  eran la época que tuve que hacer el servicio militar en Córdoba y al coincidir prácticamente a la vez otros hermanos míos en la “mili”, nuestros padres, por motivos de salud, decidieron quedarse a vivir definitivamente en Torrelodones.

 

Cuando yo libraba, algunos fines de semana, solía venir al Pueblo de Torrelodones a casa de mis padres, como siempre y en cuanto tenía la ocasión, aprovechaba para hacer mis excursiones en solitario, bueno, acompañado con mis perros, pues siempre he tenido la obsesión con salir al monte ya fuese en solitario, a caballo o con mis perros, y especialmente pasear por los dispersados montes pertenecientes al término de lo que siempre he considerado como mi pueblo, de ahí que me gustó la idea de que mis padres decidieran quedarse definitivamente en este lugar, además de replantar de nuevo nuestras raíces familiares y de volver a vivir donde era mi tatarabuela y donde mi propio bisabuelo nació. Como anécdota, desde hace más de 60 años hay una calle muy céntrica que sale desde el centro del Pueblo y que posee su nombre y apellido. Antes era la más corta, pero ahora, con el crecimiento, llega casi hasta la urbanización de Los Robles (al pie del Canto del Pico).

 

Un día de entre tantos  fines de semana que “libraba”, concretamente por marzo de 1.986, me vino a oídos un rumor sobre la finca de Jaraquemada, un coto privado de una familia que desde siempre fue muy allegada a la mía, un cuchicheo donde se comentaba que esta preciosa finca, que tantos recuerdos me habían traído, había sido vendida a una empresa constructora. Esta finca, Jaraquemada, ya se había abierto públicamente desde hacía uno o dos años con el paso libre vecinal por sus caminos habituales. Sinceramente y si se quiere, egoístamente, esto no me hizo mucha gracia en su momento, pues era consciente de lo que podría ocurrir y de lo que posteriormente ocurrió… Conforme iban pasando las semanas y mientras yo estaba en Córdoba, cada vez que “libraba” un fin de semana, me asomaba y observaba que todo comenzaba a edificarse sin tener en cuenta nada de los que allí había, movimientos de tierras indiscriminados, encinas, jaras enormes, enebros… etc. Sin dejar de nombrar las moles de granito por las que allí salpicaban la zona de alrededor de El Canto de la Cueva (Resumiendo: Entre El Canto del Pico y el Pueblo de Torrelodones) Incluidas algunas rocas donde estaban algunas de las pinturas rupestres por las que tanto nos volcamos en su día.

 

De inmediato fui a mi casa a coger mi máquina de fotos y realicé todas las instantáneas que pude de alrededor, así como las del interior de la cueva, las revelé de inmediato y se las entregué fulminantemente (con la gravísima insensatez por mi parte de incluir los negativos en el sobre) a la persona que yo conocía en aquel momento y que estaba metida en el Ayuntamiento de Torrelodones, concretamente como Directora de la Revista Municipal. Por aquella época estaba como concejal Enrique Muñoz y este recibió de manos de dicha Directora de la Revista Municipal  las imágenes fotográficas originales de las polémicas situación de las pinturas rupestres con la finalidad de que parasen aquella barbaridad que se estaba cometiendo

 

 

 

 

Pero todo fue en vano, las rocas que habían alrededor del Canto del Pico volaron en mil pedazos… Desde mi casa se oían perfectamente los estruendosas explosiones y me acerqué a verlo… Así es, alejado,  vi con mis propios ojos como las moles de rocas de granito saltaban por los aires desperdigándose diseminados por doquier.

 

Me di cuenta de que desde ese momento y definitivamente, aquellas dos batallas concluyeron, la mía y la de los barreneros. Tuve la insensatez de acercarme al lugar sin saber si aún quedaba algún cartucho más por explotar y mientras me gritaban los operarios me acerqué aún más donde sabía que podía quedar algo, pero no… me giré y cuando estaba de vuelta topé con dos piedras en el suelo entre las que se encontraban un ciervo y lo que parecía una res, ambas las cogí y me las llevé… Las entregué a un coleccionista extranjero. Hoy día estarán expuestas en su país en algún lugar donde las cuidarán y podrán ser observadas y admiradas por gente civilizada. Posiblemente lleven una chapa grabada debajo que pondrá: <>

 

Esto va dedicado a la gente española que dice públicamente desear con sus proyectos conseguir tener ese mejor concepto que todos anhelamos que tengan los extranjeros de España, que no solo somos toreros, comemos paellas, bebemos sangría y decimos ¡¡Ole!!…

Lo que está claro es que ahora se nos ha incrementado que  también destrozamos nuestro patrimonio al estilo talibán.

 

Pasaron los años, en los 90 y uno, ya casado y cansado de todos estos asuntos de vano interés para nadie y sin desagravio personal alguno, ni compensación más que la de algún desalmado interesado; cuando leo la portada de un periódico local editada por la Parroquia de Torrelodones en la que se destaca en su titular principal: <>

 

El Ayuntamiento se sobresalta “sorpresivamente” con la “novedosa” noticia y manda cerrar la cueva con cuatro ladrillos que son derribados de inmediato por algún cicatero interesado porque esto termine de una vez, entrando “clandestinamente” en la cueva para desintegrar definitivamente con fuego las pocas pinturas que quedaban, mientras periódicos de mayor envergadura nacional querían investigar el pasado de algo que ya no tiene ninguna solución más que la de algunos de rellenar el asunto con más chalets adosados y el de la prensa intentando revivir los hechos con no más propósito que la de vender la noticia de una historia que ni siquiera la tiene.



El propio Ayuntamiento denunció los hechos y cerró a cal y canto la cueva de Ali Babá y los 500 ladrones para que esta pasase al olvido de todos los vecinos de Torrelodones y del resto de España.

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Corrámos un tupido velo… ¿Verdad?

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Ni que decir tiene que, si existe alguna otra pintura en una roca en mi pueblo, siempre diré que son los “grafittis” de los niñatos…. Aunque sea mentira.

 

 

Y mientras tanto, uno aquí haciendo de Galloclueco, cuando los webos hace ya tiempo que se quedaron en el olvido.

 

Saludos desde el Korral de ficción