Quartz golpeó con su martillo el hierro candente, dándole forma

QUARTZ MATADRAGONES

 

 

 

UNA HISTORIA ORIGINAL E INÉDITA DE

THE KAISHER

 

 

 

 Quartz golpeó con su martillo el hierro candente, dándole forma. La herrería de su padre había recibido un encargo de hachas del ejército. Por lo visto se habían detectado naves de Knaik en las costas del norte y el rey Vaeldrán quería estar preparado en caso de invasión. Llevaba su melena pelirroja, símbolo de gran guerrero, recogida en una coleta y su barba le llegaba hasta el pecho. Ancho de hombros y de recia constitución, no superaba el metro y medio. Tenía unos 38 años, apenas un muchacho en la sociedad enana. Nariz y boca grandes, ojos pequeños, cejas pobladas y voz grave. Él y su familia vivían en Gre Grak, ciudad enana situada en el centro de las montañas Gae. Pertenecían al clan de los Jaeltran, “los Hijos de Jael”, los domadores del metal. Sus antepasados habían vivido en Gre Grak desde siempre, habían trabajado en la misma fragua en la que Quartz moldeaba impecablemente el hacha. Se le daba muy bien trabajar con las manos. Pronto aprendió todos los trucos del oficio. No en vano, su padre era uno de los mejores herreros del reino. De su forja habían surgido armas escudos que habían sido empuñados por nobles y reyes.

 

 El sol estaba en su punto más alto cuando apareció Grimka, uno de los mejores generales del reino y amigo íntimo de Topak, su padre. Llevaba una capa roja que arrastraba por el suelo, su armadura y su hacha al cinto, ambas forjadas por Topak.

 

-Saludos, Quartz. Ya veo que Topak no te da ni un minuto de descanso.

-No hay tiempo para descansar, Grimka. El encargo debe estar terminado antes del próximo cambio de luna. Y aún no hemos terminado ni la mitad. No podemos perder ni un momento.- respondió sin apartar la vista de su tarea.

-Deberías contratar a más gente.

-Sabes que mi padre se opone rotundamente. Se niega a permitir que otros enanos conozcan los secretos de nuestro arte.

-Oh, ya. Es muy testarudo, como su padre, el padre de su padre, tu hermano y tú. ¡Vamos, no me mires así! Lo llevas en los genes.

-Lo sé.- Contestó Quartz al tiempo que sacaba su pieza del agua y la admiraba con la luz del ocaso.- Perfecta. Como todas las demás.

-Sí, vuestro trabajo es el mejor de todo el reino. Si tu padre se decidiera a contratar a más gente, podrías abastecer a todo el reino con las mejores armas y armaduras.

-Tal vez,- replicó Topak desde el fondo de la fragua.- pero prefiero que haya pocas de mejor calidad.

-Oh, vaya, ¿no te enseñaron que es de mala educación escuchar las conversaciones ajenas, viejo cabeza de roca?

-¿Y a ti nadie te dijo que no se debe manipular a los hijos ajenos? Ven a mis brazos, viejo amigo.

 

 Ambos enanos se abrazaron como si llevaran años sin verse mientras Quartz sonreía y continuaba con su trabajo. Topak y Grimka  habían sido amigos desde siempre. Se conocieron en una taberna de Trugrak, un pueblo costero en el norte. Al parecer, el pueblo fue atacado por la noche por un grupo de Knaik. Ambos enanos lucharon codo con codo por defender la plaza central durante dos días, tras los cuales, llegaron los refuerzos del rey. Grimka comentaba a menudo que, de no ser por él, Topak habría caído allí. Curiosamente, Topak decía justo lo contrario, que había sido él quien evitó que una flecha se clavara en el pecho del general. “Cuentos de viejos” pensaba Quartz cada vez que uno u otro empezaban con alguna de esas historias.

 

 Topak acompañó a su invitado al interior de la casa. Pronto pudieron oírse el entrechocar de las jarras de cerveza, las risas de Grimka y los gritos de Topak. Quartz salió, sabiendo que su padre no lo echaría de menos, y se dirigió hacia los cuarteles. Tenía ganas de ver a Zapik, su hermano mayor. Desde pequeño, Zapik había deseado entrar en el ejército. Grimka consiguió que fuera reclutado en los Thornnek, “los Caballeros del Martillo”,  los guerreros de élite del rey. Quartz lo envidiaba por ello.

 

 Cruzó el campo de entrenamiento buscando a su hermano con la mirada, pero no lo encontró. Lo encontró bebiendo en la taberna de oficiales. “Parece que la testarudez no es lo único que se hereda” pensó Quartz para sus adentros.

 

-Ya veo como aprovechas tu entrenamiento, hermano.- dijo mientras se sentaba junto a él.- Con guerreros como tú, ningún enano del reino debe preocuparse de los Knaik.

-¡Por las barbas de Grom! ¡Quartz! ¿No deberías estar trabajando? Como padre te pille desearás no haber nacido.

-Bah, padre tiene mejores cosas que hacer que estar pendiente de mí. Lo he dejado junto con Grimka.

-Je, je. Entonces tienes como mínimo un par de horas hasta que padre se de cuenta de tu ausencia. ¿Vienes a practicar con el hacha?

 

 Asintió al momento. Quartz deseaba seguir los pasos de su hermano, pero Topak no se lo permitía. No quería que sus hijos abandonasen el trabajo que su familia había ejercido durante siglos. Los dos hermanos se dirigieron a una zona apartada del campo de entrenamiento. Allí, empezaron a luchar, Quartz con el hacha y Zapik con el martillo. Zapik practicaba todas las semanas, por lo que estaba más o menos al mismo nivel que su hermano. La lucha duró una hora tras la cual ambos hermanos se despidieron agotados y Quartz regresó a la fragua. Su padre seguía bebiendo junto con Grimka., que no se fue hasta bien entrada la noche. Al entrar en casa tras cerrar la fragua, Quartz oyó a su padre roncando en su habitación mientras su madre, Autuk, terminaba de preparar la cena. Cenaron los dos, comentando los rumores que se oían acerca de los Knaik y de un posible ataque a gran escala. Autuk no les daba mucha importancia, pues, como solía decir, “cada dos o tres meses, algún charlatán aparece diciendo haber visto una nave Knaik”. Tras cenar,   Quartz se acostó. No tardó en dormirse.

 

 A la mañana siguiente lo despertaron unos fuertes golpes en la puerta. Cuando salió de la habitación, vio a Grimka hablando con su padre con gesto serio. Ambos se quedaron callados al verlo.

 

-¿Qué haces aquí tan temprano, Grimka? ¿No tuviste suficiente con lo de ayer?- esbozó una sonrisa, pero la borró cuando vio sus caras.- ¿Es que ha ocurrido algo?

-Me temo que sí.- Contestó el general.- Parece que los Knaik preparan una ofensiva contra el reino.

-¿Cómo lo sabes?

-Un ejército atacó anoche Grak Tok. Nuestros guerreros lograron derrotarlos, pero al perseguirlos, se  encontraron con un ejército enorme de Knaik. Solo uno logró volver a la ciudad para contar lo ocurrido.

-Bah, ningún ejército, por muy grande que sea, puede tomar Grak Tok. Ocupa toda una montaña, desde las faldas hasta la cima. Sus murallas son altas, y están bien defendidas. Además, los barcos de vapor se encargarán a cañonazos de cualquier torre de asedio. La ciudad es inexpugnable. Grak Tok ya ha derrotado a otros ejércitos de Knaik.

-Tal vez, pero dime, ¿Qué pasará cuando los barcos se hundan y las murallas caigan?

-¿Bromeas? Nada puede hundir nuestros barcos ni tirar nuestros muros. ¿Verdad, padre?

 

Se volvió hacia su padre, el cual estaba sentado en un sillón, pensativo. Alzó la cabeza y, dirigiéndose a Grimka, dijo:

 

-Tienes razón. Me llevaré a mi familia a la capital, a Tor Wygar. Allí estaremos seguros.

 

Quartz se quedó con la boca abierta. Su padre, Topak Jaeltran, el mejor herrero del reino, que nunca había consentido en abandonar la casa de sus padres ahora lo hacía por un ejército que se encontraba lejos, en el norte, atacando otra ciudad que ya antes había resuelto situaciones similares.

 

-Pero, ¿por qué, padre? No tenemos por qué preocuparnos. Los Knaik están lejos, no podrán conquistar Grak Tok y mucho menos llegar hasta Gre Grak. Aquí estaremos a salvo.

-Quartz,  los Knaik no están solos.- dijo Grimka.- Junto a ellos marchan magos Slaink.

-¿Slaink? Eso no tiene lógica. Esos orejas picudas están en guerra contra los Knaik y todas las demás criaturas corrompidas por Gultar.

-Supongo que algunos de entre ellos han sido corrompidos, al igual que ocurrió con los Knaik.- apuntó Topak, que seguía sentado y se había puesto algo pálido. Quartz jamás lo había visto así.

-Eso es lo que pensamos.- continuó Grimka.- Grak Tok no podrá resistir mucho tiempo contra la magia. Ya hemos enviado mensajeros a los bosques Gaenarl, pero ya sabéis como son los elfos. Puede que no nos crean hasta que vean con sus propios ojos a los de su raza descendiendo por las Gae. Por eso tenéis que refugiaros en Tor Wygar. Aunque los Knaik y los Slaink llegaran hasta allí, no tendréis que temer nada. El rey ya tendrá reunidos sus ejércitos de toda Wygar listos para el combate. Además, los elfos de Tor Asthar y Tor Enshi ya habrán respondido a nuestra petición de ayuda. Pero debéis salir de inmediato. El viaje será largo y no sé cuanto tiempo podremos resistir.

-¿No vendrás con nosotros? ¿Y qué pasará con el resto de los ciudadanos?

-Se les evacuará si Grak Tok cae. Y no, yo no voy. Mi deber como general es defender esta ciudad hasta la victoria o la muerte.

-¿Y qué pasa con Zapik?

 

 Quartz se volvió. Vio a su madre apoyada en el marco de la puerta, mirando fijamente a Grimka esperando una respuesta.

 

-Zapik tendrá que quedarse, como soldado del rey que es. Si se fuera con vosotros sería una deshonra con la que cargaría el resto de la vida. Tendría que afeitarse la barba y vivir al margen de la sociedad.

 

Autuk asintió sin decir nada. Aparentemente tenía la misma expresión, pero Quartz notó como desaparecía el brillo de sus ojos. La enana se metió a la habitación y empezó a preparar el equipaje. Grimka empezó a despedirse cuando alguien llamó insistente a la puerta. Quartz abrió y entró un soldado, que se dirigió a Grimka.

 

-Mi general. Mensaje urgente de Tor Asthar.

-¿Cómo es posible?- se extrañó Quartz.- Hay dos días de aquí hasta el lindero del bosque y, hasta donde sé, Tor Asthar está situada en lo más profundo de él. El mensajero no ha podido ser tan rápido.

-Hay te equivocas, mi querido Quartz.- Grimka sonrió por primera vez desde que entró en casa de los herreros.- Como bien dices, Tor Asthar está algo lejos, sí.. Así que enviamos a uno de los girocópteros de Grak Asted. Solo podía que llegar hasta el lindero del bosque, pues loes elfos no permitirían que volase sobre sus árboles. Una vez allí, el mensajero solo tendría que dar el mensaje a uno de los numerosos puesto de guardia de los elfos. Y ellos se comunicarían con la ciudad a través de magia. Y ahora a ver que nos cuentan los orejas picudas.

 

 Grimka cogió el sobre le tendía el soldado, rompió el sello y empezó a leer en voz alta:

 

Estimado Grimka, General de la Ciudad del Metal:

 

 He recibido vuestro mensaje y he mandado convocar al Consejo de inmediato. Sabemos que la situación no es fácil, pero debéis comprender que vuestras insinuaciones acerca de elfos corrompidos por el Oscuro no pueden ser tomadas a la ligera. En breve recibiréis otro mensaje con la respuesta del Consejo.

 

Que los dioses os guarden.

 

Atte. Gaeldrin, Rey de los elfos y Señor de Tor Asthar”

 

- Puedes retirarte. Y no comentes nada a nadie.- una vez el soldado hubo salido de la casa, Grimka volvió a hablar.- Ya veis, tal cómo os lo dije. Los elfos no lo creerán hasta que los Knaik quemen sus bosques. Su rey permitirá que nos ataquen. Maldito sea siete veces más una, el y todos los orejas picudas amantes de árboles.- se guardó el mensaje en el interior de su túnica y se dirigió a sus anfitriones.- Ya veis cómo están las cosas. Debéis partir de inmediato.

 

 Topak asentía. Había recuperado el color en su cara. Entonces, Quartz tomó una decisión. Se dirigió hacia su padre y se arrodilló ante él diciendo:

 

-Padre, os pido permiso para permanecer en Gre Grak y defender nuestro hogar.

 

Topak se le quedó mirando, desconcertado por la petición de su hijo. Jamás se habría imaginado algo así.

 

-Pero hijo, ¿no has oído? quedarse aquí es casi una condena sin la ayuda de los elfos no podréis resistir.

-Tal vez, pero sería una deshonra para mí huir mientras mi hermano permanece aquí luchando por nosotros. Os lo ruego, dejadme permanecer aquí. Los elfos no han dicho claramente no, aún debemos tener esperanza. Acabarán por venir, estoy seguro.

 

Topak miro a los ojos de su hijo. En ellos vio fuego, fuerza, pasión, valor y firmeza. Sabía que Quartz no se rendiría hasta obtener lo que quería, así que, tras un suspiro, le dijo:

 

-Hijo, debes hacer lo que te dicte el corazón. Sea cual sea tu decisión, tendrás mi apoyo. Pero te voy a pedir una cosa: piénsalo bien. No me des una respuesta hasta la comida. ¿De acuerdo?

-De acuerdo padre. Iré a los cuarteles a ver a Zapik.

-Te acompañare.- dijo Grimka.

 

Ambos enanos salieron y empezaron a andar por las frías calles empedradas. Hacía pocas horas que había amanecido, y la ciudad empezaba a despertar. Veían a comerciantes abrir sus tiendas, panaderos terminando de hornear el pan, algunos niños corriendo, soñando con escapar de sus maestros.

 

-¿Sabes el gran dolor que les causarías a tus padres si te quedaras?- preguntó Grimka.

-Se que no les será fácil, y tampoco lo será para mí, pero algo en mi interior dice que debo quedarme y luchar.

-Entiendo.

 

 Una vez ya en los cuarteles, Grimka se separó de él para dirigirse a su despacho. Quartz fue hasta la habitación de su hermano, que estaba durmiendo. Lo despertó y le contó toda la historia.

 

 - No seas estúpido y vete con padre y madre.- le dijo Zapik cuando terminó.- Piensa en lo mucho que sufriría madre si ambos cayésemos aquí.

- Tranquilo, no caeremos. Los elfos llegarán a tiempo para derrotar a los Knaik.

- Entonces por qué quieres quedarte.

- Dime una cosa, ¿por qué te metiste en el ejército?

- Supongo que para defender a mi reino y a los míos.

- ¿Defenderlos de qué?

- Pues de los Knaik y demás cosas por el estilo.

- ¿Y qué te empujó a hacerlo? ¿Quién te insufló el deseo de proteger aquello que más querías?

- Nadie, es un sentimiento que tenemos todos.

- Sí, cierto, pero no todos se hacen soldados. Un granjero lucharía por defender a su familia al igual que tú. Entonces, ¿por qué tú eres soldado y él no?

- No sé, supongo que los dioses tengan algo que ver.

- Exacto, los dioses. Unos seres superiores a nosotros y que son quienes deciden nuestro destino.

- ¿A dónde quieres llegar con todo esto?

- Hermano, sé que tal vez creas que estoy loco, pero siento cómo si los dioses desearan que me quedara aquí por alguna razón desconocida.

- Tienes razón. Estás loco.

- Tal vez, pero pienso quedarme y luchar.

- Haz lo que quieras, yo ya te he dicho lo que opino. Y mantengo lo dicho: vete y no hagas el imbécil.

 

Zapik terminó de vestirse y salió para entrenar. Quartz regresó a su casa y le comunicó a su padre su respuesta.

 

- Confiaba en que cambiarías de opinión, pero eres demasiado cabezota. Pasa y despídete de tu madre. No sabe nada.

 

Quartz la encontró en la cocina, preparando la que sería la última comida en la casa.

 

-Quartz, cariño, acércame la pimienta.- Su voz sonaba grave y distante.

- Madre, quiero quedarme aquí y luchar si es necesario.

- No se por qué, pero tenía la sensación de que lo harías. Siempre has sido muy impulsivo. Nunca te rendías ante nada. ¿Recuerdas aquel rompecabezas que te regaló tu padre por tu decimosexto cumpleaños? Tardaste cinco días en resolverlo, cinco días en los que apenas dormías y comías. En fin, sé que no hay nada que pueda hacerte cambiar de opinión. Pero prométeme que tendrás cuidado, que no harás tonterías ni arriesgarás tu vida inútilmente.

- Tienes mi palabra.

 

Comieron en silencio. Tras la comida, llegó Zapik para despedirse de sus padres. Ambos hermanos se quedaron callados en el umbral de la fragua viendo como sus padres abandonaban la ciudad. No dijeron nada más. Zapik volvió a los cuarteles y Quartz se acostó. Soñó con fuego, gritos, dolor y unos ojos dorados que lo miraban fijamente mientas caía al vacío. Pegó un gritó y despertó lleno de sudor. Bebió un vaso de agua y volvió a la cama. Las pesadillas no regresaron.

 

 Al día siguiente, durante el desayuno, recibió un mensaje de Grimka en el que le pedía que se reuniera con él en su despacho.  Cuando llegó, el general lo invitó a sentarse.

 

- Quartz, hay malas noticias. Grak Tok ha caído durante la noche. Los Knaik se dirigen hacia acá. He mandando evacuar a todos los ciudadanos, pero no sé si llegarán muy lejos. Los Knaik llegarás aquí dentro de tres días como mucho. Supongo que cualquier opción de que te vayas con el resto de la ciudad es estéril, ¿verdad?

- Cierto. ¿Se sabe algo de los elfos?

- No, y creo que mantienes demasiadas esperanzas en esos orejas picudas.

- No hay otro remedio. Hoy en día, son nuestra única opción.

- Me temo que tienes razón. En fin, si vas a combatir necesitaras armaduras. Acompáñame al  almacén.- de repente, cuando Grimka iba a abrir la puerta entró un soldado con un sobre. Grimka lo cogió.- Gracias, Hael. Puedes retirarte. Es de los elfos.- dijo dirigiéndose de nuevo a Quartz.- Veamos que nos cuentan esta vez.

 

“Estimado Grimka, General de la Ciudad del Metal:

 

 El Consejo ha analizado la situación y ha decidido que, a falta de tiempo para poder comprobarlas, vuestras suposiciones de elfos corruptos son verdaderas. Un ejército de un centenar de nobles elfos se dirige ya hasta vuestra ciudad. Llegarán dentro de un día, al amanecer.

 

Que los dioses os protejan en estos tiempos revueltos.

 

Atte. Gaeldrin, Rey de los elfos y Señor de Tor Asthar”

 

- En fin, parece que finalmente vendrán.- dijo Grimka.- Tenías razón, Quartz. Y ahora, vamos a por tu armadura.

 

 Tras estar adecuadamente armado, Grimka mandó a Quartz y al resto de soldados a dirigir las tareas de evacuación. Al anochecer, la ciudad estaba vacía y silenciosa, como muerta. Quartz durmió en los cuarteles, en una habitación alejada de la de su hermano, al que no había visto en todo el día. Se dejó caer en la cama agotado y se durmió con la armadura puesta.

 

Al amanecer, los centinelas divisaron a los elfos. Grimka salió a recibirlos a las puertas de la ciudad.

- Bienvenidos, guerreros elfos.- dijo.- debéis estar agotados. ¿Querréis acompañarme hasta los cuarteles? Allí podréis descansar tras el duro viaje.

- Gracias por vuestra amabilidad, maese enano.- dijo el elfo que iba a la cabeza. Su voz era melódica y suave. Iba montado sobre un corcel blanco y su armadura estaba hecha de oro.- Mi nombre es Saji, General de Tor Asthar. El viaje ha sido largo, desde luego, pero no hay tiempo para comodidades. Nuestros guerreros han de estar listos para el combate. ¿Cuándo llegaran los Slaink?

- Según nuestras informaciones, en un par de días, quizás, mañana mismo estén aquí.

- De acuerdo. Pondremos a diez elfos como aporte de centinelas en las murallas. No es que no me fíe de los enanos, desde luego, pero ya sabéis que cuatro ojos ven más que dos.

- Desde luego.- gruñó Grimka por lo bajo.- ¿Deseáis algo más?

- No, gracias por vuestra hospitalidad en estos tiempo violentos.

 

 Quartz se despertó antes de que Grimka regresara. Desayunó en el comedor y fue al campo de prácticas. Mientras entrenaba con otros enanos, vio como aparecía Grimka junto a los elfos. Se quedó paralizado al verlos, deslumbrado por su belleza. Llevaban escudos dorados y lanzas, arcos y carcajs a la espalda y brillantes armaduras. Algunos iban a caballo, unos corceles blanco hermosísimos, pero la mayoría iban a pie. Quartz se acercó a ellos, como el resto de los enanos del campo. Ninguno de ellos había visto nunca un elfo. Grimka empezó a pedirles que se apartaran cuando lo vio.

 

- Quartz, acércate. Saji, os presento a Quartz, que mantuvo viva la esperanza de vuestra llegada.

- Es un placer conoceros, maese Quartz.

- El gusto es mío.

- Bien, maese Grimka, no podemos perder ni un segundo. ¿Dónde podríamos planificar las defensas?

- En mi despacho, si hacéis el favor de seguirme. Hael, instala a nuestros invitados en el ala oeste. Quartz, busca a tu hermano. Os espero a ambos en mi despacho.

 

Dadas las órdenes, ambos generales se fueron. Quartz buscó a su hermano en su habitación, en el comedor, en el templo y en la biblioteca sin resultado. Nadie sabía dónde estaba. Entonces se le ocurrió pasar por su casa. Entró en la antigua habitación de su hermano y lo encontró allí, tumbado en la cama.

 

- ¿Qué haces aquí?- preguntó Quartz.

- Nada, descansar en paz un rato. ¿Querías algo?

- Los elfos han llegado. Grimka quiere vernos en su despacho.

- De acuerdo. Vamos.

 

Cuando llegaron, vieron a los dos generales inclinados sobre un mapa de la ciudad. Grimka presentó a Saji y a Zapik. Entre los cuatro, empezaron a decidir la mejor defensa de la ciudad. Tras comer, Zapik y Quartz entrenaron hasta la noche.

 

Cerca de la medianoche, los centinelas elfos dieron la voz de alarma. Los Knaik se acercaban. Pronto los guerreros, tanto elfos como enanos, se distribuyeron entre las almenas, preparando arcos y ballestas respectivamente. Grimka dirigía la sección central junto a Faeri, un mago elfo. A la derecha se encontraban Zapik y Saji. Y a la izquierda, Quartz y otro mago, Linnu. Pronto se divisó al ejército enemigo. Centenares de Knaik avanzaban, hacha en mano, hacía la ciudad. Llevaban escalas y empujaban altas torres de madera. Los defensores empezaron a disparar, retrasando el avance enemigo. Pero los Knaik eran interminables. De repente, una bola de fuego surgió de entre los Knaik y chocó contra las murallas. Los magos elfos empezaron a dirigir sus hechizos contra los magos Slaink. Pronto estuvieron enzarzados en diversos duelos mágicos. Los Knaik llegaron hasta el pie de las murallas y empezaron a levantar las escalas. Al llegar arriba, los guerreros enanos se lanzaron con furia contra los invasores. Quartz se abalanzó hacha en mano contra el primer Knaik que apareció en su sección. Le clavó el hacha en el pecho y dejó que su cuerpo muerto cayera al vacío. Al segundo lo decapitó. Y así hasta veintitrés Knaik más cayeron ante su furia. Gritó alzando el hacha, mirando al horizonte. Allí vio algo que le heló la sangre. Un Graegnak, un dragón, volaba directo a la ciudad. Tenía las escamas negras y unos ojos dorados que le eran familiares a Quartz. Lo montaba un Slaink, que lanzaba hechizos sobre los enanos y elfos sobre la muralla. Linnu lanzó una bola de energía contra el dragón, pero no logró dañarlo. El Slaink dirigió al dragón hacia el mago elfo. El dragón se posó sobre la muralla, devoró al elfo de un mordisco y, con un portentoso rugido que heló la sangre de cuantos lo oyeron, dirigió sus dorados ojos hacia Quartz. Éste se abalanzó contra el dragón, pero el hacha rebotó sobre las escamas del cuello de la bestia, la cual le lanzó un mordisco. Quartz lo esquivó, pero cayó al suelo y perdió su arma. El dragón estiró el cuello, dispuesto para devorar al joven herrero cuando un rayo azul se estrellara contra sus fauces abiertas. Quartz apenas tuvo tiempo de ver al elfo que lo había salvado antes de que su homólogo Slaink lo convirtiera en cenizas. El enano se puso de nuevo en pie, empuñando la daga que llevaba en el cinto y cargando contra su enemigo. El dragón fue rápido, pero no lo suficiente como para evitar que Quartz alcanzara una de sus alas y la desgarrara. Un sonoro aullido de dolor que a punto estuvo de derribar a su jinete surgió de lo más hondo de la garganta de la bestia, que empezó a retroceder. Sin embargo, esto no fue más que una pequeña victoria, ya que el dragón respondió con una llamarada. Quartz se tiró al suelo justo antes de que el ardiente aliento lo alcanzara, pero el olor a pelo quemado pronto llegó a su nariz. Entonces, vio la espada de Linnu junto al cadáver del elfo. La cogió y la alzo al tiempo que el dragón se abalanzaba contra él. La espada se clavó en sus fauces abiertas, atravesando el cráneo del animal Con una mirada de profundo odio, el dragón intentó usar de nuevo su llamarada, pero de su boca no salió sino una débil llama que no llegó a prender la barba del enano. Entonces, el dragón se desplomo muerto, cayendo desde lo alto de la muralla hasta el lejano suelo. El Slaink no pudo desatar sus arreos a tiempo, por lo que murió junto a su montura. Quartz miró a su alrededor. Gracias a los elfos, apenas quedaban Knaik en pie. Tanto el frente de Grimka como el de Zapik habían aguantado la embestida y rechazado al oscuro enemigo. Habían vencido. Quartz levantó la espada en señal de victoria. Vio como Grimka y Zapik hacían lo mismo con sus armas. Muchos enanos y elfos cayeron aquel día, pero habían logrado acabar con la horda oscura. Al menos, de momento…