Todo empezó el 15 de Julio de 1942 en el campo de concentración de Altdorf

EL HIJO PRÓDIGO

 

The Kaisher

 

 “Si hoy estoy aquí sentado escribiendo mis últimas líneas es porque quiero que el mundo entero conozca el suceso que me abrió los ojos, el que despertó la fe en mí. Hace ya tanto tiempo; más de sesenta años.

 

 Nací en 1907 en una pequeña aldea al norte de la actual Alemania. Su nombre no importa. Creo que ya ni existe siquiera. La guerra y la pobreza acabaron con ella. Mi infancia estuvo marcada por la guerra, como la de todos los muchachos de entonces. Mi padre y mi hermano mayor murieron “defendiendo el honor de la grandiosa e imperial patria alemana”. Mi madre tuvo que sacarnos adelante a mis otras dos hermanas y a mí sin ayuda. Tuvo que trabajar en el campo, arando u ordeñando vacas. Nosotros ayudábamos como podíamos. Cualquier trozo de pan o pieza de fruta era bienvenida en casa. Mi madre no cesaba de murmurar contra el resto de Europa por la muerte de mi padre y de mi hermano y por la humillación que toda Alemania había sufrido. Al crecer, mis hermanas se casaron con unos ricos comerciantes de la zona y poco a poco nuestra situación mejoró. Me alisté en el ejército, esperando una oportunidad para la venganza. Entonces, el partido socialista nazi ganó las elecciones y Adolf Hittler se hizo con el poder. Aún recuerdo cuando asistí por primera vez a uno de sus discursos. Me había bebido cada una de sus palabras, aplaudiéndolas con energía. Ahora me rió de mi propia necedad. Pronto comenzó a perseguirse a los judíos por todo el país y a encerrarlos en campos de concentración. Yo fui destinado como centinela al campo de concentración cercano a Altdorf, en el sur. Poco a poco fui escalando posiciones hasta llegar a dirigirlo. Y entonces empezó.

 

  Era el 15 de Julio de 1942. Ese día llegaron un grupo de prisioneros, todos ellos judíos, procedentes de diversas cárceles de Berlín. Fueron cacheados y encerrados en la nave número tres, en la zona este. Al día siguiente empezaron a trabajar en las minas de carbón situadas unos kilómetros al norte. No habrían destacado sobre los demás de no ser por un tal Emmanuel Liebermann. Al parecer, este personaje daba largos discursos en los que hablaba de rebelión., y sus compañeros empezaron a perder el miedo. Un par intentaron desarmar a uno de los guardias. La situación empezaba a descontrolarse, así que decidí cortar por lo sano: Liebermann fue fusilado al día siguiente. Era el 20 de Julio.

 

Con su muerte las cosas parecieron volver a su cauce. No hubo más altercados y los prisioneros continuaron con su trabajo en las minas. Sin embargo, tres días después, ocurrió algo increíble. De los grifos empezó a brotar sangre. Mandé revisar las tuberías, pero los fontaneros no encontraron una explicación. Simplemente, el agua había desaparecido y en su lugar ahora fluía la sangre. Ordené que se trajera agua de un pueblo que estaba situado al otro lado de la montaña, pero los camiones que la transportaban se averiaban misteriosamente o caían por profundos barrancos. Apenas teníamos agua, pero los presos no parecían notar su ausencia. Al contrario, parecían más frescos y con más energía. Todo el campamento fue torturado, buscando una explicación, pero no confesaron nada, ni siquiera cuando empezamos con los asesinatos aleatorios. Parecían burlarse de nuestra sed, por lo que se aumentaron sus horas de trabajo, pero sucedió algo extraño.

 

 De la mina empezaron a surgir ranas, centenares de ellas. Era imposible trabajar allí y los centinelas se quejaban del olor y el ruido. Intentamos eliminar a los batracios con el gas, pero fue inútil. Nadie se explicaba de dónde podían salir. Tuvimos que dinamitar la mina para cortar la plaga. A partir de entonces los hechos se aceleraron. Los guardias se pegaban los piojos los unos a los otros mientras millares de moscas zumbaban a su alrededor desviando su atención de los prisioneros a los que debían vigilar. Los guardias de la zona norte caían bajo la peste, infectados por las ratas que habían surgido de la nada. En la zona sur, los guardias gritaban aquejados de úlceras y sarpullidos que nuestros médicos no podían explicar. Ambas zonas fueron clausuradas con los guardias dentro para evitar el contagio con el resto. Sin embargo, y por extraño que pareciera, los  prisioneros permanecían encerrados en sus naves, libres de parásitos y enfermedades. Perecían felices y contentos e incluso algunos guardias habían oído música como si se estuviera celebrando una fiesta. Era humillante, parecían reírse de nosotros, así que se intensificaron las torturas y se dobló el número de ejecuciones. Eso pareció enfriar los ánimos de los reclusos, pero no duró.

 

 Una tarde, la del 27 de Julio, empezó a llover insistentemente. Mandé almacenar toda el agua posible, pues nuestros suministros seguían sin ser suficientes. La lluvia se intensificó hasta convertirse en granizo. Piedras como pelotas de ping pong caían sobre los guardias, que corrieron a refugiarse en sus barracones. Yo permanecí en mi despacho, rellenando informes mientras oía el chocar del granizo en el tejado y en la ventana. De repente se oyó una gran explosión y al asomarme vi lo ocurrido. Inexplicablemente, el almacén de la munición había estallado, propagando el fuego entre los barracones de los soldados, quienes empezaron a usar el agua recogida para apagarlo. El incendio se extinguió al amanecer, al igual que la granizada. Los daños eran evidentes: barracones reducidos a cenizas, vehículos dañados,… Habíamos perdido toda la munición del almacén y las cámaras de gas habían saltado por los aires. Nuestros técnicos no pudieron averiguar gran cosa del incendio, salvo que parecía haberse iniciado en la parte superior del almacén. El origen estaba claro: uno de los prisioneros, aprovechando la confusión del momento, se habría deslizado hasta el almacén y le habría prendido fuego. Las torturas comenzaron de nuevo, ahora con menos medios, pero nadie confesó, así que decidí fusilar a un grupo entero para que cundiera ejemplo. Elegí al grupo de la nave tres, ya que todo había comenzado con su llegada.

 

  Los presos elegidos fueron dispuestos en fila delante de las ruinas del almacén. Los demás fueron obligados a ver la ejecución. Los guardias se pusieron delante de los condenados, rifle en mano. Todo estaba preparado, tan solo restaba mi orden. Pero no llegaron a disparar. De repente, del cielo cayó una lluvia de langostas que cubrió a los guardias, que empezaron a disparar para ahuyentarlas. Dos de ellos cayeron muertos por los disparos. El resto de los presentes corrimos para protegernos en los edificios cercanos. Me encontré en mi despacho, rodeado de judíos y una docena de guardias. Saqué mi pistola y les ordené que encerraran a los prisioneros en las diversas habitaciones y que se cercioraran de que todas las ventanas estaban cerradas. Al principio hubo algo de jaleo debido al gran número de presos, pero dos muertos y media hora después estuvieron todos encerrados. En el exterior las langostas seguían volando, buscando a aquellos que no habían logrado esconderse. La situación era caótica. No había forma de comunicarse con el resto de la base porque los insectos seguían fuera y parecían crecer en número. Buscaban cualquier rendija por la que colarse en los edificios. Ya había anochecido cuando ordené a los guardias que vigilaran a los prisioneros y me metí en mi despacho para intentar dormir. Los últimos días habían sido muy y difíciles y apenas había dormido.

 

 Aún estaba oscuro cuando desperté, así que me di la vuelta para acomodarme y vi que el reloj marcaba las nueve de la mañana. Miré la ventana. Sí, la persiana estaba subida, pero el exterior permanecía en la más absoluta oscuridad. Ni sol, ni luna, ni una maldita bombilla, tan solo oscuridad. No se veía absolutamente nada. Intenté encender la luz, pero no funcionaba. Al menos ya no había rastro de las langostas, aunque más valdría asegurarse. Salí del despacho y ordené al guardia que sacara a uno de los prisioneros y lo sacara fuera. Así lo hizo y esperamos unos minutos, pero allí fuera no había nada. Salí receloso, mirando a mi alrededor, temiendo que los insectos aparecieran por sorpresa. Después de todo lo ocurrido me creería cualquier cosa. No se oía nada, no podía ver más allá de mis narices. Era aterrador. De repente, un grito, y de nuevo el silencio. Corrí hacia el edificio, o hacia dónde yo creía que estaba, porque no lo encontré. Un nuevo grito sacudió la noche. El sudor corría por mi frente mientras buscaba a la desesperada la oficina. Por fin la encontré, al tiempo que sonaba otro grito. Provenía del interior. Penetré en el vestíbulo con la pistola en la mano. Allí yacían once de los guardias, todos muertos y con diversas heridas en manos, pies y pecho. Estaban tumbados sobre la alfombra, con el torso desnudo y con una mueca de terror en sus rostros. Subí por las escaleras. De la rendija de la puerta de mi despacho salía luz. Al entrar me encontré con un macabro espectáculo: el último de los guardias estaba allí, crucificado en el suelo. Me acerqué a él, pero ya estaba muerto. La puerta se cerró de golpe. Me giré y me encontré frente a frente con una figura vestida de blanco que parecía irradiar luz propia. Se trataba de Emmanuel.

 

-         No puede ser.- dije mientras retrocedía asustado.- Deberías estar muerto.

-         No puedes destruir a una persona,- su voz sonaba clara y tan firme que me hacía temblar.- tan sólo podrías romper su envoltura.

-         ¿Qué quieres decir?

-         Ese es vuestro problema, que no podéis comprenderlo. En vuestro corazón anida el mal, y mi deber es limpiar el mundo de ese mal.

-         ¿Tu deber?

-         Sí. Esta noche todos los centinelas del campamento han pagado sus deudas de sangre. Mi pueblo volverá a ser libre. Tan solo quedas tú.

 

Se acercó a mí lentamente. Yo estaba petrificado por el miedo, tenía la boca seca y sentía que las fuerzas me abandonaban. Sin embargo, conseguí reunir las suficientes para levantarme y saltas por la ventana. La caída fue dolorosa, pero me puse en pie inmediatamente y empecé a correr en la oscuridad. Llegué a la entrada pero no me detuve y me interné en el bosque. Tenía miedo de que aquel ser me hubiera seguido. Finalmente el cansancio pudo conmigo y me derrumbé en un claro. Cuando desperté estaba tumbado en una cama. Alguien había vendado mis heridas y lavado mi ropa. Intenté levantarme, pero me dolía mucho la cabeza. Un hombre vestido de negro se acercó.

-         Quieto, necesitarás reposo para curarte de esas heridas.

-         ¿Quién es usted?

-         Mi nombre es Frank Lylle. Soy el sacerdote de una pequeña aldea de las montañas. Te encontré malherido mientras paseaba. Te traje aquí y curé tus heridas.

-         ¿Por qué?

-         ¿Por qué qué?

-         ¿Por qué lo hizo?

-         ¿Y por qué no debería haberlo hecho? Usted era un hombre que necesitaba ayuda y yo se la presté. Ahora descansa, te irá bien. Voy a prepararte algo para comer.

 

 Pasé un mes con Frank, tiempo durante el que aprendí muchas cosas acerca del respeto y el amor. Conforme fui mejorando empecé a ayudarle en la iglesia como sacristán. Un día, me habló sobre el sufrimiento del pueblo de Israel en Egipto. Me habló sobre Moisés y las diez plagas con las que Dios azotó al faraón. Entonces entendí lo que había pasado en Altdorf. Dios se había valido de Emmanuel para liberar de nuevo a los judíos y castigar a sus opresores. Pensé que si yo había logrado huir había sido porque Dios así lo había querido y que tendría algún plan para mí. Por ello, le pedí a Frank que me ordenara sacerdote. En mí había crecido una fe fuerte, bien cimentada con sus enseñanzas. Al morir Frank, me ocupé yo su iglesia. De eso hace ya unos quince años.

 

 Anoche alguien llamó a mi puerta pasada la medianoche. Bajé a abrir y me encontré con un rostro familiar. Emmanuel pasó y se sentó en un sillón. No había signos de envejecimiento en su piel. Nos pasamos toda la noche hablando como si fuéramos viejos amigos. Me contó que había venido a por mí, no para matarme, sino para acompañarme en mi último viaje. Le pedí que esperar un día más para poder escribir todo lo que pasó. Sería una lástima que se olvidara lo que pasó. Ahora mismo está sentado junto a mí, sonriendo. Mi relato llegó a su fin, pero no yo. Como mucho, perderé mi envoltura, y después, Dios dirá.”

 

 Esta carta fue encontrada bajo el cuerpo de Joseph Halmiller, párroco de Bensch. La causa de su muerte fue un paro cardiaco. No existe ninguna prueba de la existencia del campo de concentración de Altdorf, ni de la presencia de su visitante. La carta está guardada en los Archivos Secretos del Vaticano.