Los Olvidados

 

Jon caminaba por las oscuras cavernas de Umadhun junto a sus compañeros, Neil y Dilav. Su misión era clara: averiguar que había sucedido con sus compañeros y rescatarlos si siguieran vivos. Jon iba al frente del grupo con la antorcha y la espada listas para evitar cualquier sorpresa.

 

  Todo había comenzado unos meses atrás, cuando los magos consiguieron desviar el curso de lava que ocultaba la Puerta. De inmediato, los altos mandos de los Nuevos Dragones se reunieron y decidieron enviar una patrulla de tres dragones para averiguar si aún quedaban sheks allí. La patrulla salió al día siguiente. Nunca volvió, así que enviaron un grupo de rescate. Los elegidos para formarlo fueron Jon, un experimentado soldado humano; Neil, un mago yan; y Dilav, un semigigante que cumplía su primera misión su primera misión.

 

 Lo primero que vieron al entrar fue el escenario de una lucha. En el suelo, los tres dragones destrozados, junto al cuerpo inerte de un shek. Entre los pedazos de madera encontraron los cadáveres de dos de sus compañeros, pero ni rastro del tercero. Ante ellos se abría la boca de un túnel, la única a la vista. Así es como se internaron en la negra oscuridad de Umadhun.

 

 Por el camino se encontraron con restos antiguos de sheks e incluso con el esqueleto de un verdadero dragón. A su alrededor se abrían tantos túneles que Jon tenía que ir marcando las paredes para recordar el camino, y más de una vez se encontraron con túneles ya pintados. Finalmente llegaron a una caverna mucho más espaciosa que el resto. En las paredes se abrían multitud de nichos y del techo colgaban amenazantes estalactitas. Entraron en ella vigilando sus pasos, pero no eran rivales para sus enemigos. En apenas unos segundos, tres sheks descendieron y los atraparon entre sus anillos. La antorcha se había apagado, por lo que Jon no veía nada. Casi podía sentir sus huesos crujiendo cuando oyó un furioso siseo. Entonces, la presión de su captor menguó y surgió una voz en su mente.

 

“Dadme una buena razón para que no ordene vuestra muerte.”

 

- ¡Puedes matarnos, bestia asquerosa!- gritó Dilav.- Pero otros vendrán en nuestro lugar y acabarán con vosotros.

 

“Eso me temo.”- contestó la voz.- “Pero lo último que queremos es una guerra con los sangrecalientes. Mi pueblo quiere paz.”

 

- Típicodevosotros.- dijo Neil.- Empezáisunaguerra, peroosretiráiscomocobardes-

cuandolaperdéis. Nohaylugarparavosotrosenningúnmundo.

 

“¿Guerra, dices? No, nosotros no empezamos la guerra, ni participamos en ella. Somos los Olvidados, aquellos demasiado viejos y cansados como para seguir al Nigromante o a la féerica. Decidimos quedarnos aquí para vivir lo que nos resta de vida en paz. Pero fuisteis vosotros, los sangrecalientes, los que vinisteis aquí con vuestros falsos dragones para asesinarnos. Vosotros sois los que deseáis la guerra, no nosotros.”

 

- Palabras vacías. Lo único que pretendéis es que bajemos la guardia para atacar de nuevo Idhún.

- Cierra el pico, Dilav.- replicó Jon.- Pero tiene razón. ¿Qué pruebas tenemos de que realmente deseáis la paz?

 Un nuevo siseo se oyó y de inmediato fueron liberados por sus captores. Neil hizo aparecer una llama que creció hasta iluminar toda la caverna, y lo que vieron le llenó de terror. Decenas de sheks surgían de los nichos siseando furiosamente mientras los rodeaban. Frente a ellos, un shek enorme, con las escamas negras, los miraba fijamente.

 

“Mi nombre es Shelliok, Rey de los Olvidados. Nací en Umadhun, como muchos de mis compañeros, y aquí pienso morir. Jamás he estado en Idhún ni luché contra los sangrecalientes. Pero vosotros os empeñáis en atacar a los míos. Si queréis pruebas, pruebas tendréis. Os dejaremos regresar a Idhún junto con vuestro compañero a condición de que ninguno de los vuestros vuelva aquí jamás.”

 

 Del fondo de la caverna apareció el tercero de los pilotos, sin heridas aparentes. Abrazó a Jon y les dio las gracias por ir a ayudarles. Dos sheks los escoltaron hasta la Puerta. Por el camino, el piloto les contó su historia.

 

- Mi nombre es Xanathos. Me enviaron junto a Lympus y Peter, mis compañeros, para rastrear a los sheks, como bien sabréis ya. Nada más cruzar, nos encontramos con un shek. Acabamos con él pero destrozó los tres dragones y mató a Lympus y Peter. Entonces llegaron más sheks. Estaba solo, desarmado y herido. Me atraparon y me llevaron ante su rey. Me contó lo mismo que a vosotros y me dijo que no pensaba matarme. Quería que me recuperara y volviera a Idhún para buscar la paz.

 

 Finalmente llegaron a la Puerta. Recogieron los cuerpos de los caídos y cruzaron rumbo a casa. Al otro lado los esperaban unos centinelas que los llevaron al campamento. Mientras se alejaban a Jon le pareció oír una explosión, pero, como nadie dijo nada, se lo calló. Una vez en el campamento los recibió Mapu, un hombre de ampulosos modos que estaba al cargo de la zona.

 

- Perfecto, muchachos, enhorabuena. Sabía que podríais rescatarlo. Lástima lo de los otros pilotos. Pero contadme, ¿qué hay al otro lado?

- Nada.- respondió Xanathos. Jon y los otros lo miraron, pero no abrieron la boca.- Cavernas, túneles y ni rastro de vida.  Un mundo muerto y oscuro. Parece que fue abandonado hace tiempo.

- ¿En serio? Entonces, ¿qué les sucedió a tus compañeros?

-  Fue imposible mantener el control de los dragones al cruzar la Puerta. El techo de la caverna era muy bajo y chocamos contra las estalactitas. Tuve suerte de sobrevivir.

- Entiendo. En fin, parece que esas malditas serpientes serán difíciles de encontrar. Id ahora a descansar. Os lo merecéis.

 

- ¿Por qué no le has contado la verdad?- le preguntó Jon ya a solas.

- Fue una promesa. Shelliok sabía que aunque dijera la verdad no serviría para nada y que los Nuevos Dragones volverían a atacar, así que me contó su plan. Yo debía volver y contar esa historia. Mientras, Shelliok y los suyos taponarían la entrada a Umadhun.

- Entiendo. Muy astuto.

- ¿Sabes una cosa? Durante mi estancia allí aprendí mucho de ellos. No son los monstruos asesinos que todos piensan. Me hicieron plantearme muchas cosas.

- ¿Y ahora que harás?

- Creo que voy a dejar los Nuevos Dragones. Me compraré una casa, me buscaré una mujer y empezaré a vivir una nueva vida.

- Muy buena elección. Yo debería hacer lo mismo. Buena suerte compañero.

- Buena suerte. Amigo.