Era un día como otro cualquiera en la pequeña aldea élfica de Latos. A las afueras se encontraba la granja de Altherion, gran soldado en su juventud y granjero en la actualidad. La historia de Altherion es la de un joven soñador y lleno de energía que acaba de forma trágica debido a los Elfos Oscuros. En efecto, Altherion fue un gran soldado. Fue uno de los mejores guerreros de su época y llegó a luchar junto al Rey. Altherion se había enamorado de Lylian, una hermosa elfa de su aldea natal. Todo le iba bien y no solo a él, sino también a todo el país. Fue entonces cuando los Anyi, los Elfos Oscuros, decidieron volver a extender su maldad en Ulthuan. Tras la batalla en la que los nobles Altos Elfos habían vencido a los Elfos Oscuros, un puñado de soldados enemigos huyó hacia los grandes y peligrosos bosques a los pies de las montañas Gae. Nadie los vio. En su loca fe en Gultar, el Dios Oscuro, decidieron acabar con todo ser viviente que vieran en el bosque. Ajenos a estos sucesos, Altherion y Lylian se casaron. Tuvieron un hijo, al que llamaron Creos. Una tarde, Altherion y Lylian salieron a pasear por el lindero del bosque. Habían dejado a Creos al cuidado de Althor, su mentor, así que disponían de todo el tiempo del mundo para regresar. O eso creían ellos.

 

  De repente, mientras Lylian se arrodillaba para recoger unas flores, un dardo de una ballesta surgió del bosque y se clavó en el pecho de la hermosa elfa. Mientras un grito de dolor rompía el silencio, un segundo dardo se clavó en la pierna izquierda de Altherion, que cayó al suelo. De la nada surgieron tres Elfos Oscuros, uno de ellos armado con una ballesta y los otros dos con espadas. Reían mientras veían cómo su compañero cargaba de nuevo la ballesta para acabar con la vida de Altherion, pero éste, haciendo gala de todos sus años de entrenamiento como soldado, le propinó una gran patada con su pierna buena a uno de ellos, haciéndole perder pie y arrebatándole el arma. Su compañero, al verlo, se abalanzó contra él con tan mala fortuna que el dardo se le clavó en la espalda. Altherion se puso en pie como pudo y a duras penas empezó a luchar contra el ballestero. El enfrentamiento duró pocos minutos, ya que la furia con la que Altherion descargaba sus golpes contra su adversario pilló de sorpresa al Elfo Oscuro, que pronto yacía en el suelo decapitado. Altherion miró los cuerpos sin vida que junto a él yacían. Uno, el del Elfo Oscuro al que le había propinado la patada, se había golpeado la cabeza con unas rocas al caer, muriendo casi al instante. Junto a él, el cuerpo de su compañero, con una flecha mortal clavada en su inerte cuerpo, y la cabeza del ballestero, que había llegado hasta allí rodando. Pero en lo único en lo que Altherion se fijó fue en su esposa, que estaba tendida sobre el suelo, con un pequeño ramo de violetas en la mano. Altherion se acercó a ella. Aún respiraba, pero le costaba mucho.  Se arrodilló mientras la miraba fijamente a los ojos, unos ojos hermosos y puros, unos ojos llenos de vida, una vida que poco a poco abandonaba el cuerpo de la hermosa elfa. Lylian abrió la boca, intentando decir algo a su marido, pero estaba muy débil para hablar. Altherion arrancó el dardo de su pierna de un gran estirón, aguantando el dolor. Tomó a su esposa en brazos y la llevó a la aldea en busca de ayuda, pero ya era demasiado tarde. Los sanadores de Latos no pudieron más que certificar la muerte de la hermosa elfa.

 

  Latos se cubrió de luto durante los tres días siguientes. Toda la aldea asistió al funeral, que tuvo lugar en la graja de Altherion, en el hermoso patio en el que Lylian tantas veces había reído, rodeada de las rosas que ella misma había plantado. Allí mismo, delante de los ojos inundados en lágrimas de sus parientes, delante de todos los aldeanos que se habían juntado para honrarla por última vez, allí fue incinerada con la llama sagrada procedente del templo de Abrahem, deseando que su alma descanse por toda la eternidad. Aquel mismo día, Altherion juró ante el fuego que consumía el cuerpo de su esposa que no descansaría hasta acabar con la oscuridad que para el mundo representan los Anyi.

 

  Al día siguiente desempolvó su armadura y afiló su hacha, la cual no usaba desde hacía años. A pesar de la inactividad desde su matrimonio, no había perdido práctica en el combate y, tras dos días de entrenamiento constante y uno de descanso, partió hacia el bosque. Se internó en él por caminos que solo los más experimentados guerreros élficos conocían. Su paso era ligero y decidido, siempre hacia delante. Atravesó un riachuelo y entonces los oyó. Reían a carcajadas, no muy lejos, en dirección norte. Tras unos minutos, alcanzó a ver a uno de ellos, armado con una ballesta, que parecía estar de guardia. Altherion se agachó entre la espesura y se acercó arrastrándose silenciosamente. Podía oír cómo el resto de sus enemigos reían y parloteaban en un claro unos pasos más adelante. Se colocó cerca del centinela y, cuando éste tuvo el descuido de mirar hacia atrás, Altherion se levantó de golpe y le clavó el hacha en el pecho. Recogió al vuelo la ballesta, evitando cualquier ruido. Los ojos de su abatido enemigo todavía reflejaban el terror que sintió al ver cómo el hacha del Alto Elfo se alzaba en el aire y se hundía en su pecho con la fuerza suficiente para atravesar su débil cuerpo y clavar parte de su hoja en el árbol que tenía justo detrás. Altherion sacó el arma del pecho de su oponente y tendió su cuerpo en el suelo lo más silenciosamente que pudo. El resto del grupo no había advertido nada de lo ocurrido y seguían hablando y riendo despreocupadamente. El noble elfo trepó por el árbol con el hacha colgada a la espalda. Ya en la copa, pudo observar la escena que se desarrollaba en el claro mientras planeaba sus acciones. Unos metros más abajo, unos quince elfos estaban en el claro, sentados en troncos o tumbados en mantas y bebiendo vino robado  de las carretas de transporte que salían de Latos en dirección a la capital, Tor Achare. Todos estaban desarmados, pero con las espadas al alcance de la mano. En el centro del claro había una hoguera sobre la cual se asaba la carne de un jabalí. Altherion ya tenía pensado su plan. Saltaría sobre el claro y, aprovechando la confusión y la sorpresa, acabaría con el mayor número de elfos posible. Para cuando sus oscuros parientes reaccionaran y cogieran sus armas, él ya se habría escondido de nuevo en la espesura del bosque. Empuñó su arma, pensó en su esposa y se preparó para saltar cuando oyó un rugido que le heló la sangre. Durante un segundo reinó el silencio en el claro. Los elfos oscuros estaban inmóviles. Ya no reían ni bebían. Estaban paralizados de terror, al igual que Altherion. Sonó otro rugido, ahora más cercano. Un elfo salió del trance y empezó a dar órdenes. Sus compañeros cogieron sus armas y se mantuvieron alerta. Algo salió corriendo de entre la espesura. Un elfo disparó su ballesta, hiriendo en el pecho a su objetivo, que cayó muerto. Se trataba de una simple liebre que huía del rugido. En el claro, entre los elfos se cruzaban miradas nerviosas. Estaban aterrados. No sabían a qué se enfrentaban, ni dónde estaba. Pero Altherion sí sabía qué criatura emitía ese tipo de rugidos. Los elfos miraban a su alrededor, preguntándose desde qué punto atacaría la bestia. “Craso error”, pensó Altherion mientras se escondía entre el follaje y miraba al cielo.

 

 De repente, algo cayó en picado desde las nubes, aterrizando en el claro al tiempo que atrapaba a un elfo con su fuerte pico y aprisionaba bajo sus garras a otro. Se trataba de un grifo. Uno de los nobles y bellos grifos que habitan en las cumbres de las Gae. Altherion, desde su escondite, no podía más que admirar la hermosura del animal. Las plumas de su cabeza mostraban varios tonos de grises, al contrario que las de sus alas, de un color negro azabache, al igual que su cuerpo de pantera. Su pico, en el cual aún mantenía a su presa, tenía un tono casi dorado, incluso parecía brillar. Era, sin duda alguna, un hermoso ejemplar. La bestia arrojó a su presa violentamente contra un árbol, matando al oscuro elfo, si no lo estaba ya. El resto de los Anyi estaban al fondo del claro, indecisos entre huir o hacer frente al animal. Éste se acercó a ellos, desplegando sus alas. Aquello fue definitivo. Los elfos empezaron una frenética huída hacia lo más profundo del bosque. El grifo empezó su persecución. Parecía que no permitiría la presencia de extraños en su hogar. El claro quedó en silencio, roto de vez en cuando por un elfo al que el grifo habría alcanzado. Con precaución, Altherion oteó desde la copa del árbol. No podía ver nada más que árboles y, a lo lejos, el humo de las chimeneas de su aldea. Descendió lo más silenciosamente que pudo. Se alegraba de que los asesinos de su mujer hubieran muerto, aunque le entristecía no haberla vengado él mismo. En el claro ya solo quedaban los restos del campamento, unos toneles, algunas ballestas y espadas y algo de comida. También estaba el cuerpo inerte del elfo que el grifo atrapara entre sus garras. Altherion se acercó. Seguramente habría muerto por las heridas de las garras en su pecho sin armadura. O tal vez no pudo soportar el enorme peso del animal. O simplemente murió de miedo. Altherion se dio media vuelta y lo que vio lo petrificó de terror al tiempo que su hacha se le resbalaba de las manos y caía al suelo. Frente a él estaba el grifo, imponente y orgulloso, con sus alas desplegadas y sus ojos color ámbar fijos en él. Altherion no podía hacer otra cosa más que mirar fijamente a la bestia mientras esperaba el zarpazo que ocasionaría su muerte y lo reuniría de nuevo con su amada esposa. Pasaron varios minutos sin que ninguno de los dos se moviera, mirándose fijamente el uno al otro. De repente, ocurrió algo increíble. El grifo se dio media vuelta y se internó entre la espesura. Altherion no se podía explicar lo ocurrido. Los grifos tenían un gran celo hacia su territorio y no permitían la presencia de extraños. Entonces se fijó en un detalle en el que no había reparado antes: una marca en los cuartos traseros del animal, un águila imperial bicéfala con una cruz de brazos iguales. Eso significaba que pertenecía a alguien, algún noble de Tor Achare. De alguna manera, el dueño lo había adiestrado para que no atacase a ningún Asur y para que cazase sin piedad a los Druchii. El elfo volvió a su casa; los luceros empezaron a abrir sus ojos mientras atravesaba el umbral de su hogar. Su hijo, al que había dejado al cuidado de Althor,  corrió a sus brazos; lo apretó contra su pecho. Tras la muerte de su esposa, era lo único que le quedaba. Cenaron y, una vez en la cama, el pensamiento de Altherion volvió al bosque. Más concretamente al grifo de aquella tarde. ¿Quién sería su dueño? ¿Quién lo habría domado de aquella forma?