Vidocq

Vidcoq. Dandysmo high tech en el apogeo del gore

Vidocq, la última película del francés Pitof (sobrenombre de Jean Cristophe Comar, colaborador de Jeunet y Caro en esos caleidoscopios envarados que son Delicatessen y  La ciudad de los niños perdidos) nos propone una historia inspirada en Eugène François Vidocq (cuya interpretación corre a cargo de Gérard Depardieu), detective francés del siglo XVIII a quien se atribuye el origen de la criminología moderna. Victor Hugo se inspiró en él para desarrollar los personajes de Jean Valjean y el inspector Javert de Los Miserables. También Balzac, para el Vautran de Pere Goriot recurrió a Vidocq, cuya excelente reputación como investigador de crímenes fue celebrada por Poe en sus Crímenes de la calle Morgue o por Melville en Moby Dick. Fugitivo de la justicia, Vidocq fue en primer término espía y confidente de la policía; captor más tarde de criminales, tarea por cuyo exitoso desempeño fue nombrado Jefe de Seguridad en 1811, dirigiendo una fuerza de 28 detectives, todos los cuales habían sido también criminales. Entre sus méritos se cuentan el registro de los acontecimientos en fichas, la ciencia balística, el reconocimiento de las huellas, el disfraz y las tintas indelebles. Fue también el fundador de la primera agencia de investigación: Le Bureau des Renseignements. Posteriormente, publicaría sus Memorias, auténtico best seller de su tiempo en Europa.

Más allá de la anécdota biográfica, no existe crítica posible, pues su argumento no encierra ninguna referencia más allá de sí mismo. Sus iconografías destruyen en su seno la panoplia digital de efectos. Cuesta no sustraerse a su atmósfera de sordidez epocal, como si el Gilles de Rais huysmansiano usurpara un escenario gore, la digitalización de la cual se burla en sus planos, para retocar los colores. Pitof manifiesta que se inspiró en Gustave Moreau como patrón estético. Trasposición decimonónica del cine negro en el París saturado e hiperexcesivo de 1830, prolija, (véase el homenaje a La dama de Shanghay en la escena de los espejos), el director sacrifica la imagen a la úlcera del tratamiento digital, como si lo apenara su obra, excesiva. Su acabamiento, la mismidad de su vacío, su universo referencial de videoclip áspero son un simulacro asincrónico, el neto resto de un orden visual deconstruido, inteligible apenas de forma intuitiva: no otra es la sintaxis exacta de la pornografía.

Siendo el zapping una forma de conocimiento (el placer de la discontinuidad o el fragmento que caracteriza al consumidor indiferenciado de TV), en el éxtasis paranoide del aburrimiento que es Vidocq no cabe otra estrategia visual / narrativa. Citando a Omar Calabrese, ante el vértigo de las escenas, es para el espectador esencial vincularlas instantáneamente “infiriendo su contenido de pocas escenas, recreando sus propios palimpsestos personales y sobre todo eliminando diferencias históricas entre las diversas imágenes percibidas”.

El vacío de su argumento, las viñetas infográficas del Parnasse Contemporain redescritas, nos fascinan en Vidocq, así como las servidumbres de sus temas esteticistas. Si hemos hablado de Huysmans y su Gilles de Rais, no estará de más recordar la hibridación fetichista de la masculinidad dandy, el simulacro del naturalismo. Y en Vidcoq todas las mujeres son estériles o están entregadas a la névrose. No son nunca índices de sexualidad sino trágicos anagramas. Si el hombre dandy se define desde su femineidad, la mujer es también aquí le théâtre d´une sexualité surchargée. No hay aquí estilemas de género de una pararrealidad hologramática, sino la ilusión bidimensional del mundo, una representación del mundo simbólica, abiertamente falaz, lo cual rescata Vidocq de la penumbra pictorialista del nuevo cine hiperreal. Y esa flânerie finisecular, y esa belleza corrupta, y l´esquisse d´un monde châtré.