Levantó un muro de acero puro. Nuestras manos entrelazadas notaron como se desgarraban los dedos; chasqueaban sus pequeños huesos, sangraban amputados.
No nos vimos más. Al mirar nos estrellábamos en una noche sin luna, desestrellada. El tiempo, aliado de ella, se multiplicó; en su eterno devenir nos lanzó una lluvia ácida y salada. Una tormenta de rayos y truenos se aclopó en la frontera, nos igualó desafiante, poseída de su poder, se burló cruelmente.
Las noches largas, los días sin sol, el dolor, el dolor clavado de nuestras manos: nos desangrábamos por las manos. Y aquel olor a llanto, aquel olor mojado. Caíamos desmayadas, inconscientes, al respirar el aire envenenado de nuestros aullidos rotos en la noche. La mente nublada, los ojos vueltos, la cara desfigurada. Por qué era la pregunta. Y el muro, como un brujo ponzoñoso, echando madera al fuego contestaba con serpientes verdes que se enroscaban y hacían letras y formaban palabras y frases: decían cosas terribles; arrastrándose una y otra vez, tarareaban el himno del desamor; con puñales de odio rajaban la esperanza verde, como mi amor. El reloj marcaba un tiempo irreal, una cuenta atrás; era cuestión de llegar al punto y la bomba estallaría, cinco, cuatro, tres...
¡Qué tiempo de oscuridad, qué noche más larga!. ¡Qué dolor de manos, qué río de sangre cuajada!. Nuestra mirada chocaba en aquel acero puro, en aquel maldito muro que se agrandaba por días, monstruo crecido en orgullo, gigante absurdo.
El sueño vino callado, se presentó en silencio, sin ser notado, espía del amor nos consolaba. En medio de una pesadilla nosotras soñando. Yo soñaba contigo montada en caballo blanco: galopabas desbocada por un campo verde. Yo quería alcanzarte y corría en pos de tí, corría como loca: me despertaba sudando. Tú, soñabas con un perro de ojos tristes, casi humanos, te recordaban a alguien; te despertabas llorando. ¡Cuántos sueños vinieron, vinieron y se quedaron!. El sueño, con su red de deseo nos atrapó la mente, nos enredó el corazón. Soñar, cerrar los ojos y vivir, soñar el deseo de sentir.
El deseo nos dio media vuelta sobre nosotras mismas, nos puso de espaldas al muro y nos dio pies y ganas de andar muy lejos, sin mirar atrás, sin ver ese acero frío de hielo. Un muro es infranqueable, el nuestro, además, indestructible. Nuestros pasos, al principio titubearon, dudosos, temerosos como un niño que empieza a andar. Poco a poco pisamos fuerte y con paso firme; tropezamos alguna vez, por apresurarnos, por no controlar la zancada.
El equilibrio, el ritmo, el compás de nuestros pasos lo alcanzamos escuchando la música de nuestro corazón. Para ello hay que pararse, de pie, en silencio escuchar la música callada, retenerla muy bien; repasarla, sabérsela de memoria, recitarla, y entonces, en ese momento en que crees poseerla dar un paso; animarte, dar otro; tener confianza, crecerse, estar seguro; seguir, andar, andar, andar...
Eso hicimos tú y yo. Eso hicimos y estamos haciendo. Va siendo clara tu silueta en el horizonte. En ese círculo en el que estábamos, vamos llegando por el camino más largo, pero por el único por el que podemos encontrarnos. No es arduo el camino, hay que alejarse de ese lugar maldito que nos hizo tanto daño, que nos cogió a traición, que nos tomó coraje o qué se yo... Quizá los dioses no soportaron nuestra felicidad y, envidiosos, nos castigaron: "nosotras que nos queríamos tanto...". A medio camino nos encontraremos.
Teo. 1993
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