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CÓMO EL SISTEMA POTENCIA LA ANOREXIA : Mujeres en guerra consigo mismas JUANA ÁLVAREZ


Muchos historiadores coinciden en señalar la revolución femenina como uno de los grandes avances del siglo XX. Se afirma, con razón, que la incorporación de la mujer al mercado de trabajo ha dislocado en parte las bases del sistema patriarcal que tradicionalmente alejaba a la mujer del proceso productivo y la relegaba a un exclusivo papel de reproducción y educación de las nuevas generaciones de trabajadores. Esta función de reproducción se realizaba en el marco de la familia. De ahí que la división del trabajo haya encerrado a la mujer durante siglos en el estrecho contorno de las cuatro paredes del hogar. Este modelo, consustancial con el capitalismo, está empezando a hacer aguas. La incorporación masiva de la mujer al mercado de trabajo conlleva cambios en la relación familiar y en la misma concepción de familia, surgiendo nuevos modelos parentales. Asimismo, determina una nueva forma de ver el sexo como disfrute y gozo y no exclusivamente como medio para la procreación. La emancipación económica que proporciona el trabajo le permite afrontar su propia vida con más seguridad, confianza y libertad, sin dependencias externas. Sin embargo, cada vez que las mujeres experimentan avances sociales, tienen que afrontar también retrocesos importantes. La mujer de hoy se ve asaltada diariamente por una dañina presión sociocultural y estética que potencia un ideal de belleza escuálida e irreal, en favor de los llamados cuerpos diez. La estrategia mediática consiste en un continuo bombardeo realizado en dos etapas sucesivas y continuas. En un primer nivel, se trata de fomentar, mediante los concursos de misses, las pasarelas de modas, etc, un modelo de mujer extremadamente delgada que se asocia al ideal de belleza femenina. En una segunda etapa, mediante la publicidad, se ofrece a la mujer insatisfecha consigo misma la posibilidad de parecerse a ese modelo de belleza establecido mediante un pequeño desembolso económico. El resultado de este proceso es doble: en primer lugar, millones de mujeres mantienen un odio a su propio cuerpo y una obsesión por la imagen, lo que crea inseguridad y falta de confianza; en segundo lugar, conforme aumenta esta obsesión se disparan los sacrosantos beneficios de la industria cosmética y quirúrgica de la belleza. Para lograr ese ideal de mujer diez potenciado por esta macabra industria de la belleza, muchas mujeres se someten a regímenes de adelgazamiento basados en dietas de hambre y píldoras dietéticas, absolutamente nefastos para la salud. Cuando es evidente el fracaso de los mismos se recurre a operaciones de estiramiento de piel, liposucciones, tratamiento con láser, etc Todo vale con tal de paliar los disgustos que da la báscula o el pavor al verano con la celulitis al aire libre. En definitiva, el sistema contrarresta las conquistas de la mujer con una nueva y moderna esclavitud de la imagen, donde se hace dinero con nuestros cuerpos gracias a los complejos que este entramado industrial logra desarrollar en las mujeres, al definir como feo o como enfermedad algo que es constitutivo de nuestros cuerpos sanos, convirtiéndolo en fuente de sufrimiento y de tortura; en objeto de consumo y lucha sin fin contra nosotras mismas. Muchas trabajadoras gastan una considerable parte de sus ingresos en las necesidades artificiales creadas por la publicidad de la imagen. No es que estén locas; simplemente siguen las normas escritas y no escritas de las exigencias sociales y laborales. Contrariamente a la creencia popular, las mujeres no están genéticamente predispuestas a este comportamiento. En las últimas décadas, a la vez que la mujer se introducía en el mundo laboral y se organizaba, también tenían que enfrentarse con la dictadura del culto a la imagen. Se necesitan muchos billones de pesetas para sacar publicidad, revistas de moda y todo el lavado de cerebro necesario para convencer a las mujeres de que están en guerra consigo mismas. La propaganda comienza cuando la mujer es muy joven. Mantener el odio al propio cuerpo y la obsesión con la imagen proporciona enormes beneficios, a la vez que inocula en las mujeres una enorme desconfianza en sí mismas que contrarrestar su espíritu de lucha. Los estudios sociológicos sobre esta cultura de la delgadez han demostrado que las chicas jóvenes son especialmente sensibles a los modelos sociales establecidos. En una encuesta reciente realizada en el Reino Unido, sobre 30.000 jóvenes de entre 9 y 16 años, sólo un tercio de las chicas estaban conformes con su peso. Más del 60% quería adelgazar. Recientes estudios han evaluado el papel que desempeñan diversos factores en el desarrollo de los desórdenes alimentarios. La disconformidad con la imagen corporal (peso, tamaño y forma) es uno de los principales precursores de los trastornos alimentarios. Además, otros factores sociales, socioculturales y del desarrollo pueden jugar un papel importante. Por ejemplo, factores relacionados con los medios de comunicación como la exposición e interiorización de imágenes idealizadas puede contribuir a no estar a gusto con el propio cuerpo y a enfermedades relacionadas con la alimentación (anorexia nerviosa, bulimia, etc) También, la reacción social negativa que se burla de la apariencia de las personas, puede favorecer el desarrollo de disfunciones relacionadas con la imagen corporal y los desórdenes alimentarios. La moda dominante impone un prototipo femenino que no se corresponde con el modelo natural y anatómico de la mayoría de las mujeres. Esto está ocasionando problemas de salud en muchas mujeres. Se estima que la anorexia afecta al 1% de las jóvenes de entre 12 y 30 años (en los varones la proporción es 10 veces menor), y en el caso de la bulimia esta cifra se multiplica por cuatro. Una de cada cinco adolescentes está en situación de riesgo de padecer anorexia, mientras que el 30% de las personas que la sufren no llegan a superarla. Es la paradoja: mientras millones de personas mueren en todo el mundo por no tener nada que echarse a la boca, otras tantas mueren en vida por un odio tenaz a la comida (muchas veces, causado por miedos más profundos). Vivir a gusto con el propio cuerpo es difícil, sobre todo, en edades tempranas, debido al martilleo publicitario que sufrimos diariamente. No obstante, las mujeres tendremos que definir nuevos conceptos de belleza que nos liberen de las imposiciones de la moda y la publicidad, asumiendo una actitud crítica y de rechazo hacia toda acción que tienda a descalificar nuestro cuerpo. Las mujeres tendremos que romper el pensamiento único que promueve esa industria que explota nuestra inseguridad, exigiendo diversidad de modelos femeninos en la publicidad (delgadas y “más rellenitas”) y promoviendo una alimentación saludable, sin vincularla a los estereotipos de belleza física. Juana ÁlvarezMujeres en guerra consigo mismas JUANA ÁLVAREZ Muchos historiadores coinciden en señalar la revolución femenina como uno de los grandes avances del siglo XX. Se afirma, con razón, que la incorporación de la mujer al mercado de trabajo ha dislocado en parte las bases del sistema patriarcal que tradicionalmente alejaba a la mujer del proceso productivo y la relegaba a un exclusivo papel de reproducción y educación de las nuevas generaciones de trabajadores. Esta función de reproducción se realizaba en el marco de la familia. De ahí que la división del trabajo haya encerrado a la mujer durante siglos en el estrecho contorno de las cuatro paredes del hogar. Este modelo, consustancial con el capitalismo, está empezando a hacer aguas. La incorporación masiva de la mujer al mercado de trabajo conlleva cambios en la relación familiar y en la misma concepción de familia, surgiendo nuevos modelos parentales. Asimismo, determina una nueva forma de ver el sexo como disfrute y gozo y no exclusivamente como medio para la procreación. La emancipación económica que proporciona el trabajo le permite afrontar su propia vida con más seguridad, confianza y libertad, sin dependencias externas. Sin embargo, cada vez que las mujeres experimentan avances sociales, tienen que afrontar también retrocesos importantes. La mujer de hoy se ve asaltada diariamente por una dañina presión sociocultural y estética que potencia un ideal de belleza escuálida e irreal, en favor de los llamados cuerpos diez. La estrategia mediática consiste en un continuo bombardeo realizado en dos etapas sucesivas y continuas. En un primer nivel, se trata de fomentar, mediante los concursos de misses, las pasarelas de modas, etc, un modelo de mujer extremadamente delgada que se asocia al ideal de belleza femenina. En una segunda etapa, mediante la publicidad, se ofrece a la mujer insatisfecha consigo misma la posibilidad de parecerse a ese modelo de belleza establecido mediante un pequeño desembolso económico. El resultado de este proceso es doble: en primer lugar, millones de mujeres mantienen un odio a su propio cuerpo y una obsesión por la imagen, lo que crea inseguridad y falta de confianza; en segundo lugar, conforme aumenta esta obsesión se disparan los sacrosantos beneficios de la industria cosmética y quirúrgica de la belleza. Para lograr ese ideal de mujer diez potenciado por esta macabra industria de la belleza, muchas mujeres se someten a regímenes de adelgazamiento basados en dietas de hambre y píldoras dietéticas, absolutamente nefastos para la salud. Cuando es evidente el fracaso de los mismos se recurre a operaciones de estiramiento de piel, liposucciones, tratamiento con láser, etc Todo vale con tal de paliar los disgustos que da la báscula o el pavor al verano con la celulitis al aire libre. En definitiva, el sistema contrarresta las conquistas de la mujer con una nueva y moderna esclavitud de la imagen, donde se hace dinero con nuestros cuerpos gracias a los complejos que este entramado industrial logra desarrollar en las mujeres, al definir como feo o como enfermedad algo que es constitutivo de nuestros cuerpos sanos, convirtiéndolo en fuente de sufrimiento y de tortura; en objeto de consumo y lucha sin fin contra nosotras mismas. Muchas trabajadoras gastan una considerable parte de sus ingresos en las necesidades artificiales creadas por la publicidad de la imagen. No es que estén locas; simplemente siguen las normas escritas y no escritas de las exigencias sociales y laborales. Contrariamente a la creencia popular, las mujeres no están genéticamente predispuestas a este comportamiento. En las últimas décadas, a la vez que la mujer se introducía en el mundo laboral y se organizaba, también tenían que enfrentarse con la dictadura del culto a la imagen. Se necesitan muchos billones de pesetas para sacar publicidad, revistas de moda y todo el lavado de cerebro necesario para convencer a las mujeres de que están en guerra consigo mismas. La propaganda comienza cuando la mujer es muy joven. Mantener el odio al propio cuerpo y la obsesión con la imagen proporciona enormes beneficios, a la vez que inocula en las mujeres una enorme desconfianza en sí mismas que contrarrestar su espíritu de lucha. Los estudios sociológicos sobre esta cultura de la delgadez han demostrado que las chicas jóvenes son especialmente sensibles a los modelos sociales establecidos. En una encuesta reciente realizada en el Reino Unido, sobre 30.000 jóvenes de entre 9 y 16 años, sólo un tercio de las chicas estaban conformes con su peso. Más del 60% quería adelgazar. Recientes estudios han evaluado el papel que desempeñan diversos factores en el desarrollo de los desórdenes alimentarios. La disconformidad con la imagen corporal (peso, tamaño y forma) es uno de los principales precursores de los trastornos alimentarios. Además, otros factores sociales, socioculturales y del desarrollo pueden jugar un papel importante. Por ejemplo, factores relacionados con los medios de comunicación como la exposición e interiorización de imágenes idealizadas puede contribuir a no estar a gusto con el propio cuerpo y a enfermedades relacionadas con la alimentación (anorexia nerviosa, bulimia, etc) También, la reacción social negativa que se burla de la apariencia de las personas, puede favorecer el desarrollo de disfunciones relacionadas con la imagen corporal y los desórdenes alimentarios. La moda dominante impone un prototipo femenino que no se corresponde con el modelo natural y anatómico de la mayoría de las mujeres. Esto está ocasionando problemas de salud en muchas mujeres. Se estima que la anorexia afecta al 1% de las jóvenes de entre 12 y 30 años (en los varones la proporción es 10 veces menor), y en el caso de la bulimia esta cifra se multiplica por cuatro. Una de cada cinco adolescentes está en situación de riesgo de padecer anorexia, mientras que el 30% de las personas que la sufren no llegan a superarla. Es la paradoja: mientras millones de personas mueren en todo el mundo por no tener nada que echarse a la boca, otras tantas mueren en vida por un odio tenaz a la comida (muchas veces, causado por miedos más profundos). Vivir a gusto con el propio cuerpo es difícil, sobre todo, en edades tempranas, debido al martilleo publicitario que sufrimos diariamente. No obstante, las mujeres tendremos que definir nuevos conceptos de belleza que nos liberen de las imposiciones de la moda y la publicidad, asumiendo una actitud crítica y de rechazo hacia toda acción que tienda a descalificar nuestro cuerpo. Las mujeres tendremos que romper el pensamiento único que promueve esa industria que explota nuestra inseguridad, exigiendo diversidad de modelos femeninos en la publicidad (delgadas y “más rellenitas”) y promoviendo una alimentación saludable, sin vincularla a los estereotipos de belleza física.