La Cárcel Real de Sevilla
donde se engendró EL QUIJOTE
Por LUIS J. PEDREGAL
Abogado del I. Colegio de Sevilla.
De la Revista de Estudios Penitenciarios
Año 1.946
«Célebre universidad de la picardía», en ella estuvieron presos Miguel de Cervantes, Mateo Alemán, los escultores Juan Bautista Vázquez y Alonso Cano, el pintor Ruberto, el entallador Juan Giraldo.
En la Cárcel Real comparece Cervantes a 13 de marzo de, 1591 (estando, pues, en libertad ) y ante notario público, otorga escritura, constituyéndose en fiador, ante Ana de Figueroa, de Francisco Laguna, portero de la Cámara del Rey, que debía a la anterior una determinada cantidad.
Testimonios literarios sobre la cárcel
Agustín de Rojas, en su «Viaje entretenido», al hablar de Sevilla, pone en boca de Ríos: «Lo que más me espanta es la Cárcel de Sevilla, con tanta infinidad de presos por tan extraños delitos, las limosnas que en ella se dan, las Cofradías tan ricas que tiene, la vela de toda la noche que en ella se hace, y el vino y el bacalao tan bueno que en ella se vende».
Mateo Alemán, hijo de un cirujano de la misma, preso en ella, al igual que Cervantes, por los azares de la fortuna, nos ha guardado curiosas notas de la vida de la «trena» en los capítulos VII y VIII del libro III de la segunda parte de su «Guzman de Alfarache», quien, por sus malas andanzas, va a parar a la sucursal del infierno, en Sevilla. He aquí cómo Alemán define la Cárcel: «Ella es un paradero de necios, escarmiento forzoso, arrepentimiento tardo, prueba de amigos, venganza de enemigos, república confusa, infierno breve, muerte larga, puerto de suspiros, valle de lágrimas, casa de locos donde cada uno grita y trata de sola su locura. Siendo todos reos, ninguno se confiesa por culpado ni su delito por grave».
A Santa Teresa de Jesús llamó la atención, durante su estancia en Sevilla, el imponente edificio y sus costumbres, diciendo de la Cárcel «que es aquí como un infierno», en carta de 29 de abril de 1576 a la Madre María Bautista, del Convento de Valladolid.
El entremés «La Cárcel de Sevilla», atribuído por Rodríguez Marín al Procurador Chaves, retrata las licenciosas costumbres de la Cárcel Real.
Lope de Vega situó en la Cárcel Real la acción de la tercera jornada de su comedia «El amigo hasta la muerte».
Exterior y entrada.
Ved cómo describía su exterior, en 1587 el historiógrafo Alonso Morgado: «Véase, pues, a la boca de la calle de la Sierpe, por la parte de la Plaza de San Francisco, junto a ella, la Cárcel Real, que campea más que otra casa y se deja bien conocer aún de los más extranjeros, así por el concurso innumerable que sin cesar entra y sale por su principal puerta a todas horas del día y que la noche da lugar, como también por los letreros que tiene en su gran portada, con las armas reales y de Sevilla. Y, en lo alto, por remate, una figura de la Justicia, con una espada levantada, en la mano derecha, y, en la izquierda, un peso enfilado, con las dos figuras a sus lados, de la Fortaleza y la Templanza, todas tres de bulto de cantería. labrada»
Dice el Padre León : «Tiene esta cárcel tres puertas: a la primera llaman de oro, porque lo ha de tener y no poco, el que ha de quedarse en la casapuerta o aposento del Alcaide, que están antes de la primera reja de arriba, a mano derecha como subimos por la escalera, porque para contentar al Alcaide y porteros de la puerta de calle es menester todo esto y más. A la segunda puerta, que es la primera reja de hierro al cabo de la escalera, llaman de hierro o cobre, porque bastan a los que entran por allí que tengan dineros de cobre o vellón. A la tercera reja, también de hierro que es la tercera puerta que sale a los corredores, llaman de plata porque ha menester plata el que ha de quedar allí sin grillos, o mucho favor que no les cueste menos, sino mucho más, que todo lo allana y hace fácil la plata y el favor». (Capítulo XXIX.)
«Pero por dentro...»
Pero por dentro-sigue diciendo Alonso Morgado-, ¡ qué abominable dédalo, qué confusión indescriptible ! ¡ Cuánto crimen, y cuánta miseria y cuánta desgracia en aquel gran patio de treinta pasos en cuadro!. Por aquellas tres puertas, llamadas, por alusión a la codicia de los desalmados cancerberos, la de oro, la de plata y la de cobre; en aquella infinidad de ranchos, denominados «traidor, de los bravos, de la tragedia, pestilencia, miserable, casa de meca, limasorda... » y, entre aquella muchedumbre copiosísima de reclusos que, de ordinario, pasaban de mil ochocientos !
Obras.
Hasta bien entrado el siglo XVI duró el primer edificio de la Cárcel, cuya restauración fué costeada a expensas de la benefactora doña, Guiomar Manuel.
El Maestro Mayor del Consejo Hispalense, Hernán Ruiz, hizo nuevos planes e inició obras de reforma total, que terminó en 1569 (reconstruyéndose casi por completo el edificio) su sucesor en el cargo, Benvenuto Tortello, de origen napolitano.
Hernán Ruiz cesó en 1554.
(A Benvenuto Tortello o Tortillo, ilustre arquitecto, dedicó el señor López Martínez-Don Celestino-dos artículos en el «Noticiero Sevillano» números 11.842 y 11.844).
En 1616, Juan de Oviedo; en 1629, Andrés de Oviedo, y en 1635, Marcos de Soto, se preocuparon de nuevas obras que había que verificar en la Cárcel famosa (Archivo Municipal Hispalense),
En 1732 se llevaron a cabo reparaciones, y también en la portada, en 1755, como consecuencia del terremoto de 1 de noviembre de este último año.
Melchor Cano, Arquitecto mayor de Sevilla, informó sobre el valor del edificio para su enajenación. Lo apreció en 83.680 reales, y se vendió, por fin. en 63.000 reales. Fué derribado en 1838, trasladándose los presos al edificio del ex Convento del Pópulo, donde prosiguieron hasta 1932, en que se inauguró la actual Prisión Provincial de la Cruz del Campo (Ranilla).
Despuiés de la reconstrucción efectuada en 1569, la Cárcel Real era un edificio de planta trapezoidal, que ocupaba 1.677 varas superficiales, midiendo su principal fachada-calle Sierpes-diecisiete varas y en altura, sesenta y cinco pies (veintiuna varas aproximadamente).
Vicisitudes
En el reinado de Felipe II, los ya grandes apuros del erario acarrearon, entre otros males, el de aumentar escandalosamente la enajenación, temporal o perpetua, de los edificios de la Corona. A esto se debió que, en virtud de cierto préstamo de dinero hecho al Rey por el Duque de Alcalá, esta casa tuviese en empeño el alguacilazgo mayor de Sevlila; y como la Alcaldía de la Cárcel Real era dependencia del Alguacil mavor, lo mísmo que los alguacilazgos que se llamaban «de la Justicia, de las entregas de la tierra y de Triana, y el Duque de Alcalá discernía, estos cargos a quienes mejor se los pagaban», vino a suceder, por lo tocante a la dicha Alcaldía, que el régimen interior de la Cárcel llegó a ser tal, que con muchos visos de razón se decía que «el alcalde y sus ministros eran los mayores delincuentes que había de puerta a dentro».
(Extracto estas notas de la magistral monografía de Petit Caro, que después cito.)
Inmoralidades
De la pésima administración de esta Cárcel dan noticias muy curiosas y circunstanciadas las actas capitulares de la ciudad, y ya en 1590. el asistente de la misma, habida cuenta de que «en la Cárcel no hay, ni puede haber la custodia que se requiere para el castigo de los delitos, ni nadie puede cobrar su hacienda aunque prenda a su deudor», porque salían a la calle y vivían a sus anchas cuantos presos «querían y podían comprar la soltura», pidió al Cabildo que tratase de lo conveniente que sería suplicar a su Majestad que, mediante la entrega del dinero necesario para, desempeñar el oficio de Alcaide de la Cárcel, lo cediera a la ciudad, a fin de que, por turno, los sirviese sus caballeros Veinticuatro. Tal proyecto no salió adelante.
El juego.
Que se jugaba a los naipes en la Cárcel Real, dícenlo asimismo Cristóbal de Chaves y el Padre León: «Hay tabla de Juego alquilada, y pagan un tanto al alcaide y sotoalcaide, y sobre el juego suelen ser muy a menudo las pendencias». Y por lo que toca a otras distracciones de mero pasatiempo, tenían las tan cultas y edificantes como la que llamaban «Jugar a la justicia».
Jugar a la justicia.
« ... hacen un ajusticiado, con su verdugo, escribano y alguacil y también finge uno que sea el Padre Pedro de León-dice este mismo-, que, como padre carcelero, confesaba y ayudaba a bien morir a los condenados a la última pena; y, llevando al preso, lo van a ajusticiar entre dos, como si fuera en el jumento, y lo pasan por los corredores altos y bajos, y gritan: «Esta es la justicia que manda hacer»; y luego las risadas y alegría, como si no hubieran de venir a parar en semejantes veras, y no juego... ». En efecto, estas bromas se tornaban en tristes veras muy frecuentemente; habiendo de ser ajusticiado algún preso, iban muchos otros de noche, con su cera encendida, cantando las letanías, hasta el lugar en que estaba recogido; y, si era algún valentón, todos los de la hampa enviaban a la ropería por lutos alquilados para llegar a darle el pesame. También tenían los presos una cofradía de penitencia, la cual sacaban el Viernes Santo por toda la Cárcel, cuyo suelo regaban con su sangre, disciplinándose durante el trayecto.
Régimen Interior.
El sotoalcalde, al entregarse de los nuevos presos, cosas que sucedían seis y aun ocho o diez veces cada hora, entablaba este diálogo con el portero que más allá guardaba la puerta llamada de hierro: «¡ Hola !», gritaba aquél. Y éste respondía : « ¡ Hola !» Volvía a gritar el primero: « !Allá va un preso!» Y preguntaba el otro: «¿Por qué?» Y proseguía el diálogo, hasta decirlo al sotoalcaide y darse por enterado el portero. Aun más frecuente y de mayor ruido era el procedirniento de llamar a los reclusos: en cada una de las dos grandes rejas, alta y baja, sustentábanse siete u ocho presos pobres de las propinas que recibían por el trabajo de llamar por sus nombres a los que deseaban ver las personas que entraban de fuera, y acaecía andar todos gritando a diferentes sujetos: «¡ Ah, Fulano; hola !» Era aquella la mayor confusión del mundo. Dadas las diez de la noche, hora en que se cerraban las puertas, andaban cinco hombres por toda la Cárcel diciendo a gritos: «¡ Ah del patio! ¡ Arriba los de la Galera Nueva !» Y otro llamaba «¡ Acá los de la Galera Vieja !» Y análogamente, los demás; y, ya que estaban encerrados los presos en sus ranchos, en cada uno de los cuales había un altar, todos, antes de acostarse, «con humildad de santos», rezaban de rodillas y a coro la salve y otras oraciones, con lo cual hacían espantable ruido, entre tanto que fuera de los aposentos sonaba una gran voz que pausadamente decía: «¡Ah, de la calle.. ahao! ¿Quién sale fuera?» «¡Que se lleven las llaves !» «¡ A la una..., a las dos...,-a la tercera !» «¡ Este es el postrero! » Y dicho esto, cerraban con estrépito las puertas, con reiterados golpes, hasta la mañana siguiente.
Ni durante las horas del sueño se disfrutaba de silencio y reposo en la Cárcel Real de Sevilla: «En siendo las diez de la noche-escribía el Padre León-, el Alcaide pone tres velas (centinelas) en lo alto y bajo de la Cárcel, y, como si fuesen naos o fortalezas, están, todos tres, remudándose con otros, por sus cuartos, hasta después de amanecer, diciendo a voces: «¡Vela!», «¡Vela!» «¡Ahao!», y lo mismo responden los demás».
Cervantes.
En esta Cárcel, donde,
como en ninguna otra de España, «toda incomodidad tenía
su asiento y todo triste ruido hacía su
habitación», estuvo preso dos veces, ninguna por motivos deshonrosos,
Miguel de Cervantes Saavedra. «No hay hecho de tanta injuria-dice el
doctor Suárez Figueroa- como el de una cárcel indebida,
por tener más parte de pena que de custodia. Todas las plagas de Egipto,
todas las penas del infierno se cifran en aquel asqueroso albergue, donde
se hallan corrompidos casi todos los elementos. Abunda la tierra de sabandijas;
el aire, de mal olor y de mal sabor, el agua. Apenas hay quien exercite acto
de piedad. Cuesta los ojos el recado, el billete. Pues, ¿qué?
¡Si el preso no tiene familia y le es forzoso dormir en ropa del carcelero
! ¡ Qué hedionda ! ¡Qué cara... ! ¡ La compañía,
no digan que se puede apetecer: Junta de incorregibles, mezcla de facinerosos,
turba de bergantes, desalmados, blasfemos sin modo, sin discreción,
sin cristiandad !».
El interior de la Cárcel: Régimen, costumbres, inmoralidades
«En el patio hay una fuente con agua de pie, adonde juegan y hacen sus suertes, mojándose unos a otros y entreteniéndose para pasar el tiempo y desechar melancolías». (Padre León, Cap. XXIX.)
«Al patio se abrían las puertas de los calabozos, y en él se hallaban cuatro tabernas o bodenes arrendados a catorce y quince reales cada día, y suele ser el vino del Alcaide y el agua del tabernero, porque no faltan baptimos prohibidos en toda ley; y aunque el Asistente los visita cada martes y mira el vino, y el precio a como se vende, hay cuidado de poner cuatro jarros de vino riquísimo, uno en cada bodegón, y de aquél hace muestra, dando a entender que de aquél es el que venden a los pobres, siendo el que le dan la pura hiel y vinagre».
(P. León, Cap. citado.) También había «tiendas de fruta y aceite, las cuales arrienda el Soto-alcaide a tres reales cada día». (P. León, capítulo citado.) De estas tiendas y bodegones, dice el Padre León en el capítulo III de su obra: «Hay tabernas, y tienda en la Cárcel, y bodegón arrendado del Alcaide en muy gran precio, pero así venden las cosas carísimas, y solían los porteros de la Cárcel quebrar a los muchachos las limetas de vino que traían de las tabernas de la calle, para obligarles a los presos a que lo comprasen de las tabernas del Alcaide, pero yo di orden como esto no se hiciese, mandándoles los jueces, so graves penas, que dejasen entrar el vino que enviasen a comprar fuera de la Cárcel».
La desigualdad social, en sus manifestaciones de nobleza de sangre o de dinero, llegó hasta la propia Cárcel Real. El noble, por serlo, tenía trato privilegiado; el adinerado lo compraba.
De aquí que hubiera en la Cárcel habitaciones, con todas las comodidades que por aquel entonces se conocían, y otros aposentos, estrechos, sin apenas ventilación, donde se hacinaban gran número de desgraciados, carentes de medios para obtener trato de favor.
Comenzando por los que pudiéramos llamar aposentos comunes, existían en el patio quince calabozos.
Los calabozos se hicieron para encerrar un número bastante crecido de presos, pero fué muy distinto el uso que se les dió en los siglos XVI y XVII, por la rapacidad de los Alcaides y sus ministros. El Procurador Chaves, tratando del Soto-alcaide, dice: «Arrienda cada uno a dos presos, cada calabozo por un mes, catorce y quince reales. Y éstos viven en sus calabozos, porque el que quiere entrar en ellos, o meter su cama, lo vende como casa de camas o como si fuese suya; y pudiendo repartirse en estos calabozos cuatrocientos hombres y más, viven en todos ellos veintiocho personas».
Uno de los calabozos servía para dar tormento a los reos.
La Cámara de hierro comprendía tres ranchos: de matantes, de delitos y de malas lenguas, según nos lo ha referido el Padre Pedro León.
En tiempos del Padre León, fines del siglo XVI y comienzos del XVII, estaba al frente de la enfermería de la Cárcel un barbero, «el cual acude a curar a los heridos, echar ventosas, sangrar y tiene ración competente de la ciudad» (Padre León, Cap. XXXII).
Cárcel de mujeres.
En la Cárcel Real se hallaban separados ambos sexos, procurándose tener totalmente incomunicados los departamentos de varones y hembras, lo que no se consiguió plenamente, pues daba al patio de los hombres una reja, situada en lo alto, del departamento de mujeres. A través de ella, si bien no se podían ver, se hallaban diciendo mil galanterías, que a veces traspasaban los límites de la decencia, se cantaban coplas y tiraban billetes inflamados de ardientes frases, como nos narra Cristóbal de Chaves. El Arquitecto Navarro describe el departamento de las mujeres.
Tal cuidado se precisaba para guardar a las mujeres, entre las que había «valentonas» y «jayanas de popa», como dice el Padre León, que describe con minuciosos detalles esta Cárcel de las mujeres.
Había una monja que estaba al frente de la Cárcel de mujeres, para cuidarlas y regirlas, «si puede», en frase del Padre León.
Fué tal la desmoralización del régimen interno y carcelario de la Cárcel de Sevilla, que los Reyes Católicos, por Real Cédula, fechada en Alcalá de Henares, a 8 de febrero de 1486, vienen a corregir corruptelas y abusos. «Y si alguno hiciere prender a otro sin causa-dice en uno ds sus párrafos-que pague las costas y el encarcelaje».
BIBLIOGRAFIA
Relación..., de Cristóbal de Chaves, Procurador
de esta Real Audiencia.
Compendio, del Padre jesuíta Pedro de León.
Historia de Sevilla, la primera historia impresa de nuestra ciudad,
por Alonso Morgado o de Morgado.
Trabajos monográficos de Luis Montoto, Blanca de los Ríos
y Rodríguez Marín.
Celestino López Martínez, trabajos en el Noticiero Sevillano,
citados en el texto.
Y además, Maestros Mayores del Consejo Hispalense, Sevilla,
1927 (publicaciones del Laboratorio de Arte de nuestra universidad)
Folleto de la Asociación Española para el Progreso de
las Ciencias (trabajo presentado al Congreso de Cadiz), Madrid, 1027
Boletín de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, enero
de 1941, número 65.
Carlos Petit Caro, Archivo Hispalense, segunda época, 1945.
número 11.