Premio Cervantes - Francisco Ayala - Ceremonia

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Francisco Ayala (España, 1906)


Francisco Ayala

1991

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Discurso

Por una coincidencia que no sabría cómo calificar, el mismo día en que se me otorgaba este galardón tan preciado y honroso que hoy recibo, me encontraba postrado a las puertas de la muerte. En versiones varias, corre por el mundo una leyenda folklórica según la cual, un moribundo obtiene por gracia especialísima un aplazamiento en el último trance, para que entre tanto pueda llevar a cabo aquello que su imprevisión le había hecho descuidar. Con implícita ironía, pretende la leyenda que casi siempre, al cumplirse el término prescrito, y una vez agotado ya el plazo, la tarea siga inconclusa, de modo que todo haya sido en vano. En mi caso, si en tal caso me pongo, una al menos de mis obligaciones pendientes queda solventada en este acto de hoy: la de hallarme aquí presente para recibir de tan suprema instancia el premio que tanto agradezco, y explicar de paso alguna de las particularísimas razones por la que debo estimarlo en el más alto grado.

Aunque, si bien se considera, tal explicación resulta innecesaria. ¿Cómo hubiera podido ser de otra manera? Para empezar, la advocación de Cervantes tenía que tener una resonancia de intensa simpatía en quien, como yo, ha dedicado muchas horas de su larga vida, y llenado muchas páginas, en continua aplicación al estudio de su obra; y, sobre todo, para un autor de ficciones literarias que, no menos que cualquier escritor de invenciones tales, ha debido moverse dentro del ámbito espiritual y trabajar mediante los recursos técnicos que, para universal magisterio, estableciera el autor del Quijote.

Esto, como digo, por cuanto significa para mí el premio que invoca su nombre. Pero es que éste -el premio mismo tal cual se encuentra instituido- presenta además rasgos peculiares que a juicio mío le prestan un carácter de especial relieve. He afirmado a veces, en conformidad con otros colegas, que la patria del escritor es su idioma. Pues bien, el Premio Miguel de Cervantes está dedicado a destacar los méritos de quienes cultivan las letras en lengua castellana, cualquiera sea la ciudadanía civil de cada uno. Queda reconocida y sustantivada así la comunidad cultural cuya base sólida es el idioma, sobreponiéndose a los muchos equívocos ocasionados por la historia política del pasado siglo, cuando la ideología nacionalista, instrumento intelectual de que en su día se sirvieron los movimientos americanos de independencia, llevó a involucrar la creación poética con los sentimientos e intereses del patriotismo local. Pero los azares de la política, por mucho que apremien y condicionen y apasionen, no llegan sin embargo a erosionar seriamente el suelo firme de una comunidad idiomática.

Por lo demás -y éste es otro acierto complementario-, la administración del Premio ha sabido hacerse cargo sin embargo de lo arraigadas que todavía siguen estando confusiones tales de lo literario con lo político, y ha establecido sutilmente en consecuencia una especie de turno informal entre escritores nacidos a una u otra orilla del Atlántico, entre escritores españoles y escritores hispanoamericanos. Sería inoportuno, y por lo demás ocioso, discurrir ahora acerca del alcance y de la cuestionable validez de diferenciaciones tales, pero sí parece loable desde luego la discreción de haberlas tenido en cuenta.

Por cuanto a mí personalmente concierne, podría preguntarme, si hubieran de darse por válidas esas categorías, a cuál de ellas debo pertenecer yo -cuestión que en términos diversos cabría plantear también alrededor de otras biografías de literatos, y cuya más adecuada respuesta quizá fuese ésta: que propiamente y de lleno, quizá no pertenezco a ninguna; pues es lo cierto que en alguna manera se encuentra uno emplazado en tierra de nadie. Nacido en Andalucía, tomé parte desde Madrid, durante la época juvenil de mi vida en los movimientos literarios de vanguardia, que se desenvolvían en estrecha correspondencia con los simultáneos de Barcelona, Buenos Aires, México y La Habana. Luego, las consecuencias de nuestra guerra civil, en la que actué como ciudadano (pero no por cierto como escritor) al lado de la República, me llevarían a reanudar mi producción literaria en varios países de América; hasta que por fin, veinte años más tarde, me fue dado reintegrarme (en puridad, casí reintegrarme) a España, el curso de cuya literatura había sido entre tanto -también a consecuencia de la guerra misma- un curso anómalo por relación al del resto de las letras castellanas. Así, una parte considerable de mi obra fue desconocida, o tardíamente reconocida, en este mi país natal, sin que aquellos críticos e historiadores que se ocupan de catalogar, ordenar y categorizar el cuerpo de la producción literaria sepan bien dónde colocar la de un escritor exiliado, cuyo nombre por lo pronto se encontraba inserto ya en los cuadros de la vanguardia española, y que por otro lado, a partir de su regreso en los años sesenta, había vuelto a hacer acto de presencia cada vez más intensa en el ambiente intelectual madrileño, pero que durante la fase intermedia (un lapso de nada menos que un cuarto de siglo) debió actuar bajo la condición ambigua de "escritor español en América", tenido allí por propio y por ajeno a un tiempo mismo... Como bien se advierte, el intento y la práctica de encuadrar la literatura de lengua española dentro de marcos nacionales no está libre de perturbadoras dificultades. Por eso me parece muy laudable el hecho de que el Estado español mantenga, como mantiene, premios para galardonar obras literarias de sus ciudadanos escritas en cualquiera de los idiomas reconocidos como oficiales dentro del ámbito peninsular, pero que al mismo tiempo haya instituido también, bajo la advocación de Cervantes, este Premio singular que contempla el panorama entero de las letras castellanas, cualquiera sea la ciudadanía del escritor, un premio extendido, pues, a la gran patria espiritual que tantos pueblos comparten.

El que este hermoso y preciadísimo galardón me sea entregado en el presente año, cuando se está celebrando el Quinto Centenario del Descubrimiento de América, es circunstancia que añade a mis conmovidos sentimientos, junto al de una profunda gratitud por verme así tan honrado en mi país natal, también otro sentimiento que reafirma mi afinidad profunda con aquel mundo nuevo, con ese continente del que era nativa la madre de mi hija y donde había de nacer nuestra nieta; con la América fabulosa adonde Miguel de Cervantes intentó ir sin que su deseo pudiera verse cumplido.

Comencé refiriéndome a lo mucho que como escritor debo a Cervantes. Ya en la infancia, cuando apenas podía entender el significado de muchas de sus palabras, leí el Quijote y para escándalo de quienes pudieran oírme incorporé a mi vocabulario algunas de esas palabras, entonces malsonantes, cuyo significado ignoraba; más tarde, escritor novicio ya, los críticos lectores de mi primera novela pudieron señalar en ella algo que era bastante obvio: los ecos inconfundibles del Quijote; y por fin, ahora, escritor valetudinario, he dedicado mi última prosa, todavía inédita, a comentar y en alguna manera recrear cierto maravilloso pasaje del Quijote, el del encuentro de su protagonista con un caballero granadino. Todavía, en la presente ocasión, cuando debo recibir y agradecer el premio Cervantes, quisiera remitirme una vez más con breves palabras a otro pasaje del Libro fundamental. Es uno de esos episodios donde con arte único se mezclan en increíble mixtura el patetismo y la comicidad. Me refiero al capítulo que relata cómo las personas afectas a don Quijote han decidido, entre su primera y su segunda salida, expurgar piadosamente la biblioteca del hidalgo para quemar los malditos libros de caballerías. Después de haberlo hecho, tapiarán la pieza donde se guardaban, "porque cuando se levantase no los hallase"; y en efecto, "de allí a dos días levantóse don Quijote, y lo primero que hizo fue ir a ver sus libros: y como no hallaba el aposento donde le había dejado, andaba de una en otra parte buscándole. Llegaba a donde solía tener la puerta, y tentábala con las manos, y volvía y revolvía los ojos por todo, sin decir palabra ... ".Mucho se ha especulado alrededor del significado que en la secreta intención del autor pudiera encerrar el famoso escrutinio y quema de los libros. Sin necesidad de entrar en la cuestión, y dejándola aparte para atenerme a la mera y directa lectura del episodio, me parece a mí que esa búsqueda silenciosa de la condenada puerta es más penosa que todos los descalabros sufridos por el caballero en sus aventuras; que esa bien intencionada acción de quienes bien lo quieren, al prohibirle el acceso al lugar de la lectura, resulta más cruel que cuantos escarnios le fueron infligidos, pues cierra el paso al campo de la libre imaginación, al que se supone no pueden ponérsela puertas. La imagen de don Quijote tentando en vano el ciego muro que veda la entrada al paraíso de su fantasía me ha resultado, siempre que he vuelto a ella, patética en el más alto grado.

Ese pasaje del Quijote hace pensar desde luego en las condenaciones, trabas y vetos que tradicionalmente han solido imponer quienes se consideran autorizados para proteger al prójimo de los supuestos peligros de la lectura; pero hoy, cuando dichas restricciones pueden darse por desaparecidas en la sociedad actual, otros nuevos obstáculos, y de eficacia tanto mayor al no ser de índole coactiva, nos amenazan. Aludo, claro está, al progreso pujante e irresistible de los medios de comunicación audiovisual, cuyos servicios han sustituido, tanto para la información como para la recreación de las grandes masas, al recurso de la palabra escrita. Por su causa, las gentes abandonan la práctica de la lectura, y pierden la costumbre de sentarse con un libro en la mano para ejercitar la mente y cultivar la imaginación interpretando su contenido. Y así, el centro de la autoridad idiomática se desplaza desde la letra impresa hacia posiciones desde donde se difunde una oralidad desaliñada, regida por criterios de urgencia.

Creo oportuno, cuando nos hallamos reunidos para honrar la memoria de Cervantes, insistir sobre las indispensables virtudes del ejercicio literario, que no consiste tan sólo en escribir, sino también, por supuesto, en leer. La solemnidad de este acto, presidido por los reyes de España, en el que cada año se selecciona a un cultivador de las letras castellanas para distinguirlo de manera particular, constituye una reiterada afirmación del valor de la literatura misma, y sin duda contribuye de manera muy resuelta a darle el prestigio social que tanto necesita cuando diversos rasgos de la realidad contemporánea muestran una tendencia a descuidar su estudio y a desestimar su importancia. Este año ha sido a mí a quien le ha tocado agradecer en nombre de todos esto que considero un servicio inestimable a la cultura general. Muchas gracias, pues, Majestades; muchas gracias, señores y amigos.


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Palabras de S.M. El Rey

Un año más la Reina y yo acudimos gustosos a esta cita de la Corona con el mundo de la cultura, que es la entrega del Premio Cervantes. De nuevo el viejo y siempre nuevo recinto de la Universidad de Alcalá de Henares acoge este acto ya tradicional en las letras de España y de América. Un acto que marca un momento importante para la reflexión sobre nuestra querida lengua española, que une a más de trescientos millones de seres humanos a lo largo y ancho de toda la geografía universal, y que se engrandece con la obra de tantos y tantos autores como han recibido hasta hoy el galardón que aquí nos convoca.

Pero en esta ocasión, la entrega del Premio Cervantes tiene una significación muy especial. Este año conmemoramos el Quinto Centenario del Descubrimiento de América, o lo que es lo mismo, el principio de la larga y fecunda aventura del español como lengua universal. Y al mismo tiempo, el inicio de ese mestizaje cultural que ha dado frutos gloriosos, nacidos a un lado y otro del océano, pero hermanados siempre por el idioma común, por la expresión en una lengua que se ha ido enriqueciendo con el paso de los siglos.

Porque el Quinto Centenario debe ser también, y muy especialmente, la celebración de la lengua. Un pretexto único para ser conscientes del privilegio que supone podernos comunicar en el mismo idioma en el que Cervantes o Sor Juana Inés de la Cruz, Juan Ramón Jiménez o Rubén Darío, expresaron sus sentimientos y mostraron al mundo sus formas de ser. Hoy el español es más universal que nunca y goza de unas posibilidades de difusión como nadie pudo soñar. Por eso recibimos en su día con tanta satisfacción la creación del Instituto Cervantes, con sede muy cerca de aquí, en el Colegio del Rey, y cuyo Patronato nos cabe a la Reina y a mí el honor de presidir. Precisamente la obra de Francisco Ayala se ha desarrollado en las dos orillas del idioma y ha bebido en su origen y en su crecimiento la identidad plural de la cultura hispánica, mientras se remansaba en los últimos años en la realidad gozosa de la España del reencuentro. Ayala contempla desde la altura de sus fecundos ochenta y seis años el discurrir de la historia y la cultura españolas del presente siglo como alguien que ha contribuido decisivamente a su propia construcción.

Desde sus años más jóvenes, cuando publica sus primeros libros al amparo intelectual de Ortega y Gasset y su Revista de Occidente, allá por el año 1925, Francisco Ayala es ya un hombre ligado radicalmente a su tiempo. Un tiempo de frenética actividad creadora en el que se dan cita muchas de sus corrientes literarias y artísticas que han ido consolidando lo más importante de la cultura de nuestros días. Pero un tiempo también en el que la vida política y social de España vivirá avatares decisivos que habrán de desembocar en hechos de obligado recuerdo a la hora de hablar de Francisco Ayala. Porque tras la guerra civil vendrá el exilio, la continuidad de la vida y de la obra en la América de habla hispana que con tanta generosidad acogió a esa España peregrina de la que formaron parte tantos hombres y mujeres de nuestras artes y nuestras letras. Todo ello lo explica muy bien Francisco Ayala en sus memorias que bajo el significativo título de Recuerdos y olvidos recogen una vida apasionante.

Francisco Ayala es andaluz, granadino. Su formación vital y literaria se desarrolla, por tanto, en un paisaje especialmente favorable, en un cruce de culturas que él recibirá con los ojos bien abiertos. La madurez llegará en Madrid, con su Doctorado en Derecho. Y la culminación de su aprendizaje, en Alemania. Tras la guerra civil vendrá la dolorosa experiencia del exilio, que le llevará a Argentina, a Puerto Rico, a las universidades norteamericanas de Princeton, Nueva York o Chicago. Nunca consideró el exilio Francisco Ayala como un destierro cultural. Para él, la creación desarrollada en aquellos tiempos pertenece a la integridad de la cultura española, y posee con la que se siguió haciendo dentro de nuestras fronteras el rasgo unificador del uso común del idioma castellano. Ayala ha puesto así el acento en una cultura no diferenciada, sino enriquecida por los hechos históricos.

La Corona, vocacionalmente aglutinadora de todos los modos de sentirse español, encuentra en personalidades como la de Francisco Ayala, el ejemplo más claro de una España definitivamente reunida. Francisco Ayala es, no lo olvidemos, un polígrafo. Es decir, alguien que asume la escritura como vehículo para expresar su pensamiento por cauces diversos. Profesor de sociología, posee por ello una concepción del mundo no sólo literaria, sino próxima al ámbito científico. Cosmopolita, ciudadano de América y de Europa, ha vivido de primera mano los cambios de la vida contemporánea. Y ha plasmado su testimonio de las cosas no sólo en su obra estrictamente literaria, en sus novelas y sus narraciones breves, sino en multitud de artículos que nos han mostrado su diagnóstico siempre certero de una realidad cambiante.

Ayala ha sido, por tanto, un intelectual que opina. Alguien que no puede renunciar a analizar lo cotidiano porque considera que es su obligación hacerlo. Y esa disposición al análisis y al comentario debe ser agradecida por una sociedad que vuelve hoy a pedir a sus intelectuales un debate enriquecedor, capaz de aportar nuevas esperanzas en el futuro. En un tiempo de creciente materialización de una sociedad en la que aflora el fantasma de la insolidaridad y de la intolerancia, la presencia del intelectual como conciencia de nosotros mismos, como voz de los que muchas veces no alcanzan a tenerla, cobra de nuevo toda su trascendente dimensión.Recientemente se ha referido Francisco Ayala al desmoronamiento de las últimas utopías, a la pérdida de los elementos objetivos que hasta ahora habían servido de orientación a muchos seres humanos.

Y decía que al escritor sólo le queda el recurso de expresar su subjetividad. Pero sin duda en esa subjetividad, y desde lo más íntimo de su reflexión, aún puede y debe ayudar a sus lectores a encontrar esa posibilidad para entender la realidad que muchas veces es la literatura. Esa literatura que también, como a lo largo de los siglos, debería seguir sirviéndonos de consuelo. En esa unión de lo razonado y lo sentimental está con frecuencia la verdadera grandeza de las palabras. Hay algo que no quiero dejar de destacar de la personalidad de Ayala: su permanente curiosidad, su deseo por seguir viendo pasar la vida con la misma ilusión del primer día, aunque sea disfrazada de escepticismo. Y lo que es tan importante hoy para nosotros, utilizando el castellano como instrumento de su reflexión. Que en este 1992 entreguemos el Premio Cervantes a un escritor español, que ha vivido en América, que ha recibido la hospitalidad vital e intelectual del otro lado del Océano, constituye todo un símbolo.

Ayala es, desde su sillón en la Real Academia Española, uno de los encargados de seguir haciendo de nuestra lengua un vehículo capaz de transmitir nuestras mejores tradiciones. En un libro reciente, precisamente titulado La imagen de España, Ayala termina afirmando que nuestra patria ha dado una última sorpresa al mundo afirmando su "normalidad", afrontando los retos de cambios muy profundos desde la seguridad de que cada ciudadano puede libremente intervenir en tales cambios. Los españoles, dice el escritor, nos hemos "reinstalado en la historia" y hemos aprendido la lección de que las páginas de esa historia debemos escribirlas juntos. Juntos, sí. Pero con la ayuda de esos intelectuales que, como Francisco Ayala, gozan del privilegio y sufren la responsabilidad de indicarnos cuál estiman ellos que sea el camino más oportuno.

Gracias, pues, a Francisco Ayala por su obra. Por sus mundos de ficción y por sus cavilaciones científicas sobre la sociedad. Pero gracias, sobre todo, por seguir estando bien despierto frente a las realidades del mundo y del hombre. Por haberse ligado conscientemente a esa tradición cervantina del mostrar la vida como es por medio de las maravillas de la palabra. En él vuelve a cumplirse un año más este gozoso encuentro que reúne cada 23 de abril, en el recuerdo del más grande genio de nuestras letras, a la Corona y a la cultura.
Abril, 1992


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