|
Una
obra cumbre:
La
Democracia en América es una de esas obras cumbres que,
cumpliendo con su destino, es extraordinariamente poco leída. Sin
embargo, y aunque es cierto que esto no suele ser frecuente, es una
pena que así sea. La lucidez de Tocqueville y sus atinados
comentarios sobre la aparición de un nuevo modelo político, la
democracia, y sus consecuencias sociales, no debieran perderse de
vista, por mucho que hayan pasado más de 150 años desde que fueron
realizados.
Como
ha escrito Enrique González Pedrero, "pensadores como Alexis
de Tocqueville han elaborado la materia prima para la formación
de lo que hoy conocemos con los académicos nombres de sociología
política y ciencia política".
El
libro es el producto de un viaje de nueve meses a los Estados
Unidos de Norteamérica, que realizara Tocqueville en compañía
de Gustave de Beaumont con la intención de conocer y analizar el
american way of life.
El
resultado de aquel viaje, que inició el 11 de mayo de 1831, fue un
monumental retrato de la sociedad y de la política norteamericanas
que refleja, por un lado, la esencia y el funcionamiento de sus
instituciones, como producto de las costumbres de sus habitantes y,
por el otro, un caleidoscópico muestrario de la vida cotidiana de
ese país. De aquí, Tocqueville extrajo los principios en que se
basa, o debería basarse, un Estado democrático. A más de un
lector de su época sorprendió el análisis de Tocqueville en torno
a la tentación hacia los abusos en que podría caer el poder
mayoritario, como si fuera igual de tiránico que un poder monárquico.
También llamó la atención su análisis de los partidos políticos
y el papel de la prensa como influencia sobre el gobierno.
Finalmente, hasta la fecha resalta su diagnóstico sobre las
influencias de la democracia en la vida social política e incluso
económica de los norteamericanos. Pero principalmente desconciertan
al lector de hoy las predicciones que llegó a formular Tocqueville
en 1832 y que la ronda de la historia hizo que se cumplieran.
El
caso es que Tocqueville demuestra no sólo una gran capacidad de
observación referida a fenómenos sin duda nuevos, como eran los
producidos por el comienzo de la aplicación de la democracia, sino
también una sorprendente visión de futuro. Todas y cada una de las
cuestiones expuestas por el francés están todavía de
extraordinaria actualidad, y sus impresiones sobre las consecuencias
de la generalización del sufragio y su empleo como método de
gobierno se han demostrado impresionantemente certeras. Precisamente
por este motivo las reflexiones vertidas en La democracia en América
en torno a asuntos como la tiranía de la mayoría siguen siendo en
la actualidad, sencillamente, imprescindibles.
La
conocida obra fue objeto de gran éxito desde su misma publicación
y mereció una interesante réplica a cargo de John Stuart Mill
("Sobre la democracia en América"), que nos traslada a
una época "extravagante", en la que la gente leía
libros, escribía y reflexionaba hasta el punto de llegar a entablar
largas y enriquecedoras discusiones por esta vía.
Configuración
exterior de la América del Norte
La
América del Norte dividida en dos vastas regiones, una que
desciende hacia el polo, otra hacia el ecuador — Valle del Misisipí
— Huellas que en él se encuentran de las revoluciones del globo
— Orillas del océano Atlántico, en que se fundaron las colonias
inglesas — Diferente aspecto que presentaban la América del Sur y
la América del Norte en la época del descubrimiento — Selvas de
la América del Norte — Praderas — Tribus errantes de indígenas.
Su exterior, sus costumbres sus lenguas — Huellas de un pueblo
desconocido
LA AMÉRICA
DEL NORTE presenta, en su configuración exterior, rasgos generales
que es fácil discernir al primer golpe de vista.
Una
especie de ordenación metódica presidió allí la separación de
las tierras y de las aguas, de las montañas y de los valles. Un
arreglo tácito y majestuoso se nos revela entre la confusión de
los objetos que nos van a servir de estudio y la extremada variedad
de cuadros.
Dos
vastas regiones la dividen de una manera casi igual.
Una
tiene por límite, al Septentrión, el polo ártico; al este y al
oeste, los dos grandes océanos. Se adelanta en seguida hacia el
sur, y forma un triángulo cuyos lados irregularmente trazados se
encuentran más abajo de los grandes lagos del Canadá.
La
segunda comienza donde acaba la primera, y se extiende por todo el
resto del continente.
Una
está ligeramente inclinada hacia el polo, la otra hacia el ecuador.
Las
tierras comprendidas en la primera región descienden al norte por
una pendiente tan insensible que se podría casi decir que forman
una planicie. En el interior de este inmenso terraplén, no se
encuentran ni altas montañas ni profundos valles.
Las
aguas serpentean allí como al azar; los ríos se entremezclan, se
juntan, se separan, se vuelven a reunir, se pierden en mil pantanos,
se extravían a cada instante en medio del laberinto húmedo que
formaron, y no ganan, en fin, los mares polares sino después de
innumerables circuitos. Los grandes lagos que lamen esta primera
región no están encauzados, como la mayor parte de los del antiguo
mundo, entre colinas y rocas; sus riberas son planas y no se elevan
más que unos pies sobre el nivel del agua. Cada uno de ellos forma
como una enorme vasija llena hasta los bordes y los más ligeros
cambios en la estructura del globo precipitarían sus ondas hacia el
lado del polo o hacia el mar de los trópicos.
La
segunda región es más accidentada y mejor preparada para llegar a
ser morada permanente del hombre. Dos largas cadenas de montañas la
dividen en toda su longitud: una, bajo el nombre de Alleghanys,
sigue la orilla del océano Atlántico; la otra corre paralelamente
al mar del Sur.
El
espacio encerrado entre las dos cadenas de montañas comprende
228843 leguas cuadradas. Su superficie es, pues, aproximadamente
seis veces mayor que la de Francia.
Este
vasto territorio no forma, sin embargo, más que un solo valle que,
descendiendo de la cima redondeada de los Alleghanys, vuelve a
subir, sin hallar obstáculos, hasta las cumbres de las montañas
Rocallosas.
En el
fondo del valle, corre un río inmenso. Hacia él acuden por todas
partes las aguas que bajan de las montañas.
Antaño,
los franceses lo llamaron el río San Luis, en recuerdo de la patria
ausente; y los indios, en su lenguaje, lo denominaron el Padre de
las Aguas o Misisipí.
El
Misisipí tiene su origen en los límites de las dos grandes
regiones de que hablé antes, en la parte más alta de la planicie
que las separa.
Cerca
de él nace otro río que va a depositar sus aguas en los mares
polares. El propio Misisipí parece durante algún tiempo seguro del
camino que debe tomar: varias veces vuelve sobre sus pasos y; después
de disminuir su marcha en el seno de los lagos y de los pantanos, se
decide por fin y traza lentamente su cauce hacia el sur.
Unas
veces tranquilo en el fondo del lecho arcilloso que le ha excavado
la naturaleza, otras inflado por las tormentas, el Misisipí riega más
de 1000 leguas en su curso.
Seiscientas
leguas atrás de su desembocadura, el río tiene ya una profundidad
media de 15 pies, y barcos de 300 toneladas lo remontan durante un
trayecto de cerca de 200 leguas.
Cincuenta
y siete grandes arroyos navegables van a tributarle sus aguas. Se
cuenta, entre ellos, un río de 1300 leguas de curso, otro de 900,
uno de 600, otro más de 500 y cuatro de 200, sin hablar de
innumerables riachuelos que acuden de todas partes a perderse en su
seno.
El
valle que el Misisipí riega parece haber sido creado para él solo;
prodiga a voluntad el bien y el mal, y es como su dios. En los
alrededores del río, la naturaleza desarrolla una inagotable
fecundidad; a medida que se aleja de sus orillas, las fuerzas
vegetales se agostan, los terrenos se debilitan, todo languidece y
muere. En ninguna parte las grandes convulsiones del mundo han
dejado huellas más evidentes que en el valle del Misisipí. El
aspecto entero de la región atestigua el trabajo de las aguas. Su
esterilidad como su abundancia es su obra. Las olas del océano
acumularon en el fondo del valle enormes capas de tierra que han
tenido tiempo de nivelarlo. Se encuentran en la orilla derecha del río
llanuras inmensas, lisas como la superficie de un campo sobre el que
el labrador hubiera hecho pasar su rodillo.
A
medida que se aproxima uno a las montañas, el terreno, al
contrario, se vuelve cada vez más desigual y estéril; el suelo está,
por decirlo así, agujereado en mil parajes, y rocas primitivas
aparecen aquí y allá, como los huesos de un esqueleto después de
que el tiempo consumió los músculos y la carne. Una arena granítica
y piedras irregularmente talladas cubren la superficie de la tierra;
algunas plantas impulsan con gran esfuerzo a sus retoños a través
de esos obstáculos; se diría un campo fértil cubierto por los
restos de un vasto edificio. Al analizar esas piedras y esa arena,
es fácil observar una analogía perfecta entre sus elementos y las
que componen las cimas áridas y resquebrajadas de las montañas
Rocosas. Después de haber precipitado la tierra hasta el fondo del
valle, las aguas acabaron sin duda arrastrando consigo una parte de
las rocas mismas. Las arrastraron sobre las pendientes más cercanas
y, después de haberlas triturado unas contra otras, sembraron la
base de las montañas con los despojos arrancados a sus cimas.
El
valle del Misisipí es, probablemente, lo mejor que Dios ha creado
para la vida y el descanso del hombre y, sin embargo, se puede decir
que no forma todavía más que un vasto desierto.
Sobre
la vertiente oriental de los Alleghanys, entre el pie de sus montañas
y el océano Atlántico, se extiende un largo conjunto de rocas y de
arena que el mar parece haber olvidado al retirarse. Ese territorio
no tiene más que 48 leguas de anchura media, pero cuenta 300 leguas
de largo. El suelo, en esta parte del territorio norteamericano, no
se presta más que con esfuerzo a los trabajos del cultivador. La
vegetación es aquí pobre y uniforme.
Sobre
esta costa inhospitalaria fue donde se concentraron al principio los
esfuerzos de la industria humana. En esa lengua de tierra árida
nacieron y crecieron las colonias inglesas, que debían llegar a
convertirse un día en los Estados Unidos de América. Es en ella
todavía donde se sitúa aún hoy el mejor antecedente de su poder,
en tanto que en éstos se unen casi en secreto los verdaderos
elementos del gran pueblo al que pertenece sin duda el porvenir del
continente.
Cuando
los europeos abordaron las orillas de las Antillas, y más tarde las
costas de la América del Sur, se creyeron transportados a las
regiones fabulosas que habían celebrado los poetas. El mar
resplandecía con las luces del trópico; la transparencia
extraordinaria de sus aguas descubría por primera vez a los ojos
del navegante la profundidad de los abismos. Aquí y allá se
mostraban islas perfumadas que parecían flotar como canastillas de
flores sobre la superficie tranquila del océano. Todo lo que, en
esos lugares encantados, se ofrecía a la vista, parecía preparado
para las necesidades del hombre, o calculado para sus placeres. La
mayor parte de los árboles estaban cargados de frutos nutritivos, y
los menos útiles al hombre deleitaban su mirada por el brillo y la
variedad de sus colores. En una selva de limoneros olorosos, de
higueras silvestres, de mirtos de hojas redondas, de acacias y de
laureles, entrelazados por lianas floridas, una multitud de pájaros
desconocidos por Europa dejaban resplandecer sus alas púrpura y
azul, y mezclaban el concierto de sus voces a las armonías de una
naturaleza llena de movimiento y de vida.
La
muerte estaba oculta bajo manto tan brillante; pero no se le hacía
caso todavía, entonces, y reinaba por lo demás en el aire de esos
climas no sé qué influencia enervante que ataba al hombre al
momento que vivía y lo tornaba inconsciente del porvenir.
La América
del Norte apareció bajo otro aspecto. Todo en ella era grave, serio
y solemne. Se hubiera dicho que había sido creada para llegar a ser
los dominios de la inteligencia, como la otra la morada para los
sentidos.
Un océano
turbulento y brumoso envolvía sus orillas. Rocas graníticas le
servían de protección. Los bosques que cubrían sus orillas
mostraban un follaje sombrío y melancólico; no se veía crecer en
ellos sino el pino, el alerce, la encina verde, el olivo silvestre y
el laurel.
Después
de penetrar a través de ese primer recinto, se encaminaba uno bajo
las sombras de la floresta central. Allí se encontraban confundidos
los más grandes árboles que crecen en los dos hemisferios: el plátano,
el catalpa, el arce de azúcar y el álamo de Virginia enlazaban sus
ramas con las del roble, del haya y del tilo.
Como
en las selvas sometidas al dominio del hombre, la muerte hería aquí
sin dar cuartel; pero nadie se encargaba de levantar los restos. Se
acumulaban, pues, unos sobre otros: El tiempo no era bastante para
reducirlos rápidamente a polvo y preparar nuevos lugares. Pero
entre estos mismos restos, el trabajo y la producción proseguían
sin cesar. Plantas trepadoras y hierbas de toda especie se abrían
paso a través de los obstáculos. Se arrastraban a lo largo de los
árboles abatidos, se encontraban entre el polvo, levantaban y
quebraban la corteza herida que los cubría abriendo camino para sus
tiernos retoños. Así era como venía en cierto modo a ayudar a la
vida. Una y otra estaban frente a frente y parecían haber querido
mezclar y confundir sus obras.
Esas
selvas encerraban una oscuridad profunda. Mil arroyuelos, cuyo curso
no había podido aún dirigir el trabajo del hombre, mantenían en
ellas una eterna humedad. Apenas se veían algunas flores, algunas
frutas silvestres y algunas aves.
La caída
de un árbol derribado por la edad, la catarata de un río, el
mugido de los búfalos y el silbido del viento eran los únicos que
turbaban el silencio de la naturaleza.
Al
este del gran río, los bosques desaparecían en parte y en su lugar
se extendían praderas sin límites. La naturaleza, en su infinita
variedad, ¿había negado tal vez la simiente de los árboles a esas
fértiles campiñas o, más bien, la selva que las cubría había
sido destruida antaño por la mano del hombre? Ni las tradiciones ni
la
investigación
han podido descubrirlo.
Esos
inmensos desiertos no estaban, sin embargo, enteramente privados de
la presencia del hombre. Algunos pueblos caminaban errantes desde
hacía siglos bajo las sombras de la selva o entre los pastos de las
praderas. A partir de la desembocadura del San Lorenzo hasta el
delta del Misisipí, desde el océano Atlántico hasta el mar del
Sur, esos salvajes tenían entre sí puntos de semejanza que
atestiguaban su origen común. Pero, por lo demás, diferían de
todas las razas conocidas; no eran ni blancos, como europeos, ni
amarillos como la mayor parte de los asiáticos, ni negros como los
africanos; su piel era rojiza, sus cabellos largos y relucientes,
sus labios delgados y los pómulos de sus mejillas muy salientes.
Las lenguas que hablaban los pueblos salvajes de Norteamérica diferían
entre sí por las palabras, pero todas estaban sometidas a las
mismas reglas gramaticales. Esas reglas se apartaban en varios
puntos de aquellas que hasta entonces habían parecido presidir la
formación del lenguaje entre los hombres.
El
idioma de los norteamericanos parecía el producto de combinaciones
nuevas; denotaba, por parte de sus inventores, un esfuerzo de
inteligencia de que los indios de nuestros días parecen poco
capaces.
El
estado social de esos pueblos difería también en varios aspectos
de lo que se veía en el viejo mundo: se hubiera dicho que se habían
multiplicado libremente en el seno de sus desiertos, sin contacto
con razas más civilizadas que la suya. No se encontraban en ellos
esas nociones dudosas e incoherentes del bien y del mal, esa
corrupción profunda que se mezcla de ordinario a la ignorancia y la
rudeza de costumbres, de las naciones civilizadas que se han vuelto
de nuevo bárbaras. El indio no se debía más que a sí mismo; sus
virtudes, sus vicios, sus prejuicios, eran su propia obra: había
crecido en la independencia salvaje de su naturaleza.
La
grosería de los hombres del pueblo, en los países civilizados, no
procede solamente de que son ignorantes y pobres, sino de que siendo
tales se encuentran diariamente en contraste con los hombres
ilustrados y ricos.
La
convicción de su infortunio y de su debilidad, que día a día
enfrenta la dicha y el poder de algunos de sus semejantes, excita en
su corazón la cólera y el temor y el complejo de su inferioridad y
de su dependencia los irrita y humilla. Este estado interior del
alma se manifiesta en sus costumbres, así como en su lenguaje; son
a la vez insolentes y zafios.
Esta
verdad se prueba fácilmente por medio de la observación. El pueblo
es más grosero en los países aristocráticos que en cualquiera
otra parte; en las ciudades opulentas que en los campos.
En
esos lugares, donde hay hombres poderosos y ricos, los débiles y
los pobres se sienten como agobiados por su bajeza. No contando con
ningún medio para volver a obtener la igualdad, desconfían
enteramente de ellos mismos y caen por debajo de la dignidad humana.
Cuando
llegaron los europeos, el indígena de la América del Norte
ignoraba todavía el valor de la riqueza y se sentía indiferente
ante el bienestar que el hombre civilizado adquiere con ella. Sin
embargo, no se notaba en él nada grosero; imperaba por el contrario
en su manera de obrar su reserva habitual y cierta clase de cortesía
aristocrática.
Dulce
y hospitalario en la paz, implacable en la guerra, más allá de los
límites conocidos de la ferocidad humana, el indio se exponía a
morir de hambre por socorrer al extranjero que llamaba en la noche a
la puerta de su cabaña, y destrozaba con sus propias manos los
miembros palpitantes de su prisionero. Las más famosas repúblicas
antiguas no habían admirado jamás valor más firme ni almas más
orgullosas, ni más elocuente amor por la independencia, que los que
se ocultaban entonces en los bosques ignorados del Nuevo Mundo. Los
europeos produjeron poca impresión al abordar las orillas de la América
del Norte y su presencia no hizo nacer ni envidia ni miedo. ¿Qué
imperio podían tener sobre hombres semejantes? El indio sabía
vivir sin necesidades, sufrir sin quejarse y morir cantando. Como
todos los demás miembros de la gran familia humana, aquellos
salvajes creían en la existencia de un mundo mejor, y adoraban bajo
diferentes nombres al Dios creador del universo. Sus nociones sobre
las grandes verdades intelectuales eran en general simples y filosóficas.
Por
primitivo que parezca el pueblo cuyo carácter trazamos aquí, no se
podría dudar, sin embargo, de que otro pueblo más civilizado, más
adelantado que él, lo hubiese precedido en las mismas regiones.
Una
tradición oscura, pero difundida entre la mayor parte de las tribus
indias de las orillas del Atlántico, nos enseña que antaño la
morada de esas mismas tribus había estado establecida al oeste del
Misisipí. A lo largo de las riberas del Ohio y en todo el valle
central, se encuentran aún cada día montículos levantados por la
mano del hombre. Cuando se excava hasta el centro de dichos
monumentos, se encuentran, según dicen, osamentas humanas,
instrumentos extraños, armas y utensilios de todas clases hechos de
diferentes metales, que hacen pensar en usos ignorados por las razas
actuales.
Los
indios en nuestros días no pueden dar ninguna información sobre la
historia de ese pueblo desconocido. Los que vivían hace 300 años,
a raíz del descubrimiento de América, nada dijeron tampoco para
deducir siquiera una hipótesis. Las tradiciones, monumentos
perecederos del mundo primitivo, renacientes sin cesar, no
proporcionan ninguna luz. Allá, sin embargo, vivieron millares de
semejantes nuestros; no puede dudarse. ¿Cuándo llegaron, cuál fue
su origen, su destino y su historia? ¿Cuándo y cómo perecieron?
Nadie podría decirlo.
Cosa
extraña, hay pueblos que han desaparecido tan completamente de la
tierra, que el recuerdo mismo de su nombre se ha borrado; sus
lenguas se han perdido, su gloria se desvaneció como un sonido sin
eco; pero no sé si hay uno sólo que no haya dejado al menos una
tumba en recuerdo de su paso. Así, de todas las obras del hombre,
la que más dura es la que se refiere a sus despojos y sus miserias.
Aunque
el vasto territorio que se acaba de describir estuviese habitado por
numerosas tribus indígenas, se puede decir con justicia que en la
época de su descubrimiento no era más que un desierto. Los indios
lo ocupaban, pero no lo poseían. Por medio de la agricultura es
como el hombre se apropia del suelo, y los primeros habitantes de la
América del Norte vivían del producto de la caza. Sus implacables
prejuicios, sus pasiones indómitas, sus vicios y tal vez más sus
salvajes virtudes, los conducían a una destrucción inevitable. La
ruina de esos pueblos comenzó el día en que los europeos abordaron
a sus orillas, continuó después y en nuestros días acaba de
consumarse. La Providencia, al colocarlos entre las riquezas del
Nuevo Mundo, parece no haberles concedido sobre ellas más que un
corto usufructo. Estaban allí, en cierto modo, como esperando. Esas
costas, tan bien preparadas para el comercio y la industria, esos ríos
tan profundos, el inagotable valle del Misisipí, el continente
entero, fueron entonces como la cuna aún vacía de una gran nación
Allí
fue donde los hombres debían tratar de construir la sociedad sobre
cimientos nuevos, y donde, ensayado por primera vez teorías hasta
entonces desconocidas o reputadas inaplicables, se iba a dar al
mundo un espectáculo para el cual la historia del pasado no lo había
preparado.
Punto
de partida y su importancia para el porvenir de los angloamericanos
Utilidad de conocer el punto de
partida de los pueblos para comprender su estado social y sus leyes
— Norteamérica es el único país en el que se ha podido percibir
claramente el punto de partida de un gran pueblo — En qué se
parecían todos los hombres que fueron a poblar la América inglesa
— En qué diferían — Observación aplicable a todos los
europeos que fueron a establecerse en las playas del Nuevo Mundo —
Colonización de la Virginia — Colonización de la Nueva
Inglaterra — Carácter general de los primeros habitantes de la
Nueva Inglaterra — Su llegada — Sus primeras leyes — Contrato
social — Código penal tomado de la legislación de Moisés —
Ardor religioso — Espíritu republicano — Unión íntima del
espíritu de religión y del espíritu de libertad.
UN
HOMBRE acaba de nacer. Sus primeros años transcurren oscuramente
entre los juegos o los trabajos de la infancia. Crece, la virilidad
comienza, las puertas del mundo se abren en fin para recibirle y
entra en contacto con sus semejantes. Se le estudia entonces por
primera vez, y cree uno ver formarse en él el germen de los vicios
y de las virtudes de la edad madura.
Es
esto, si no me engaño, un gran error.
Volvamos
hacia atrás; examinemos al niño en los brazos de su madre; veamos
el mundo exterior reflejarse por primera vez en el espejo aún
oscuro de su inteligencia; contemplemos los ejemplos que hieren su
mirada; escuchemos las primeras palabras que despiertan en él las
potencias dormidas del pensamiento; asistamos, en fin, a las
primeras luchas que tiene que sostener; y solamente entonces
comprenderemos de dónde vienen los prejuicios, los hábitos y las
pasiones que van a dominar su vida. El hombre se encuentra, por
decirlo así, entero en los pañales de su cuna.
Sucede
algo análogo entre las naciones. Los pueblos se resienten siempre
de su origen. Las circunstancias que acompañaron a su nacimiento y
sirvieron a su desarrollo influyen sobre todo el resto de su vida.
Si
nos fuese posible remontarnos hasta los elementos de las sociedades,
y examinar los primeros monumentos de su historia, no dudo que podríamos
descubrir en ellos la causa primera de los prejuicios, de los hábitos,
de las pasiones dominantes, de todo lo que compone, en fin, lo que
se llama el carácter nacional. Encontraríamos en ellos la
explicación de usos que, actualmente, parecen contrarios a las
costumbres imperantes; leyes que parecen en oposición con los
principios reconocidos; opiniones incoherentes que se encuentran aquí
y allí, en la sociedad, como esos fragmentos de cadenas rotas que
se ven colgar aún a veces de las bóvedas de un viejo edificio, y
que no sostienen nada ya. Así se explica el destino de ciertos
pueblos que una fuerza desconocida parece arrastrar hacía una meta
que ellos mismos ignoran. Pero hasta aquí faltaron los hechos para
un estudio semejante; el espíritu de análisis no se ha conocido en
las naciones sino a medida que envejecen, y cuando por fin pensaron
en contemplar su cuna el tiempo la había envuelto en una nube y la
ignorancia y el orgullo la rodearon de fábulas, tras de las cuales
se oculta la verdad.
Norteamérica
es el único país en donde se puede asistir al desenvolvimiento
natural y tranquilo de una sociedad, en que es posible precisar la
influencia ejercida por el punto de partida sobre el porvenir de los
Estados.
En la
época. en que los pueblos europeos arribaron a las orillas del
Nuevo Mundo, los rasgos de su carácter nacional estaban ya bien
definidos; cada uno de ellos tenía una fisonomía distinta; y como
habían llegado ya a ese grado de civilización que lleva a los
hombres al estudio de sí mismos, nos han transmitido el cuadro fiel
de sus opiniones, de sus costumbres y de sus leyes. Los hombres del
siglo XV nos son casi tan conocidos como los del nuestro. Norteamérica
nos muestra, pues, a plena luz lo que la ignorancia o la barbarie de
las primeras edades sustrajeron a nuestras miradas.
Bastante
cerca de la época en que las sociedades norteamericanas fueron
fundadas para conocer en detalle sus elementos y bastante lejos de
este tiempo para poder juzgar ya lo que esos gérmenes produjeron,
los hombres de nuestros días parecen estar destinados a ver más
allá que sus antecesores los acontecimientos humanos. La
Providencia nos ha puesto al alcance una antorcha que faltaba a
nuestros padres, permitiéndonos discernir, en el destino de las
naciones, las causas primeras que la oscuridad del pasado les
ocultaba.
Cuando,
después de haber estudiado atentamente la historia de Norteamérica,
se examina con cuidado su estado político y social, se siente uno
profundamente convencido de esta verdad: que no hay opinión, hábito,
ley y hasta podría decir acontecimiento, cuyo punto de partida no
se explique sin dificultad. Los que lean este libro encontrarán en
el presente capítulo el germen de lo que va a seguir y la clave de
casi toda la obra.
Los
emigrantes que vinieron, en diferentes periodos, a ocupar el
territorio que cubre hoy día los Estados Unidos de América diferían
unos de otros en muchos puntos; su objetivo no era el mismo, y se
gobernaban según principios diversos.
Esos
hombres tenían sin embargo entre sí rasgos comunes, y se
encontraban todos en situación análoga.
El
lazo del lenguaje es tal vez el más fuerte y más durable que pueda
unir a los hombres. Todos los emigrantes hablaban la misma lengua;
eran todos hijos de un mismo pueblo. Nacidos en un país agitado
desde siglos por la lucha de los partidos, donde las facciones habían
sido obligadas, alternativamente, a colocarse bajo la protección de
las leyes, su educación política se había realizado en esa ruda
escuela, y se veían en ellos difundidas más nociones de los
derechos y más principios de verdadera libertad que en la mayor
parte de los pueblos de Europa. En la época de las primeras
emigraciones, el gobierno comunal, ese germen fecundo de las
instituciones libres, había entrado ya profundamente en las
costumbres inglesas, y con él el dogma de la soberanía del pueblo
se había introducido en el seno mismo de la monarquía de los Tudor.
Se
estaba entonces en medio de las querellas religiosas que agitaron al
mundo cristiano. Inglaterra se había lanzado con una especie de
furor por esa nueva vía. El carácter de los habitantes, que había
sido siempre grave y reflexivo, se hizo austero y razonador. La
instrucción se acrecentó mucho con esas luchas intelectuales y el
espíritu recibió en ellas una cultura más profunda. Mientras se
estaba ocupado en hablar de religión, las costumbres se habían
vuelto más puras. Todos esos rasgos generales de la nación se volvían
a encontrar reproducidos poco más o menos en la fisonomía de
aquellos de sus hijos que habían ido a buscar un nuevo porvenir en
las orillas opuestas del océano.
Una
observación, por otra parte, a la que tendremos ocasión de volver
más tarde, es aplicable no solamente a los ingleses, sino aun a los
franceses, a los españoles y a todos los europeos que fueron
sucesivamente a establecerse a las riberas del Nuevo Mundo. Todas
las colonias europeas contenían, si no el desarrollo, por lo menos
el germen de una completa democracia. Dos causas llevaban a ese
resultado: se puede decir que, en general, a su partida de la madre
patria, los emigrantes no tenían ninguna idea de superioridad de
cualquier género, unos sobre otros. No son por cierto los más
felices y poderosos quienes se destierran, y la pobreza, así como
la desgracia, son las mejores garantías de igualdad que se conocen
entre los hombres. Sucedió, sin embargo, que en varias ocasiones
grandes señores pasaron a Norteamérica a consecuencia de querellas
políticas religiosas. Se hicieron allí leyes para establecer en la
nueva patria la jerarquía de los rangos, pero pronto se dieron
cuenta de que el suelo norteamericano rechazaba absolutamente la
aristocracia territorial. Se vio que, para cultivar esa tierra
rebelde, eran precisos todos los esfuerzos constantes e interesados
del propietario mismo. Cultivado el predio, se cayó en la cuenta de
que sus productos no eran bastantes para enriquecer a la vez a un
patrón y a un campesino. El terreno se fraccionó, pues,
naturalmente en pequeñas parcelas que sólo el propietario
cultivaba. Ahora bien, en la tierra es donde se hace la
aristocracia, es en el suelo donde se arraiga y apoya; no son sólo
los privilegios los que la establecen, no es el nacimiento lo que la
constituye, sino la propiedad rústica hereditariamente transmitida.
Una nación puede tener inmensas fortunas y grandes miserias; pero
si esas fortunas no son territoriales, se ven en su seno pobres y
ricos y no hay, a decir verdad, aristocracia.
Todas
las colonias inglesas tenían entre sí, en la época de su
nacimiento, un gran aire de familia. Todas, desde un principio,
parecían destinadas a contribuir al desarrollo de la libertad, no
ya de la libertad aristocrática de su madre patria, sino de la
libertad burguesa de la que la historia del mundo no presentaba
todavía un modelo exacto.
En
medio de este tinte general se percibían, sin embargo, muy fuertes
matices que es necesario señalar.
Se
pueden distinguir en la gran familia angloamericana dos brotes
principales que, hasta el presente, han crecido sin confundirse
enteramente, uno al sur y otro al norte.
Virginia
recibió la primera colonia inglesa. Los inmigrantes llegaron en
1607. Europa, en esa época; estaba aún convencida de que las minas
de oro y plata hacen la riqueza de los pueblos, idea funesta que ha
empobrecido más a las naciones que se dedicaron a mantenerla y acabó
con más hombres en Norteamérica, que la guerra y todas las malas
leyes juntas. Fueron, pues, buscadores de oro los que se enviaron a
Virginia, gente sin recursos y sin conducta cuyo espíritu inquieto
y turbulento trastornó la infancia de la colonia, e hizo inseguros
sus progresos. En seguida llegaron los industriales y los
cultivadores más morales y tranquilos, que no se elevaban casi del
nivel de las clases inferiores de Inglaterra. Ningún noble
pensamiento, ninguna combinación inmaterial presidió la fundación
de los nuevos establecimientos. Apenas la colonia había sido
creada, se introdujo allí la esclavitud. Ése fue el hecho capital
que debía ejercer una inmensa influencia sobre el carácter, las
leyes y el porvenir del sur.
La
esclavitud, como lo explicaremos más tarde, deshonra el trabajo;
introduce la ociosidad en la sociedad, y con ella la ignorancia y el
orgullo, la pobreza y el lujo. Enerva las fuerzas de la inteligencia
y adormece la actividad humana. La influencia de la esclavitud,
combinada con el carácter inglés, explica las costumbres y el
estado social del sur.
Sobre
este mismo fondo inglés se dibujaban, al norte, matices muy
contrarios. Aquí se me permitirá dar algunos detalles.
Fue
en las colonias inglesas del norte, más conocidas con el nombre de
estados de la Nueva Inglaterra, donde se llegaron a combinar las dos
o tres ideas principales que hoy día forman las bases de la teoría
social de los Estados Unidos.
Los
principios de la Nueva Inglaterra se extendieron primero por los
estados vecinos. En seguida ganaron, poco a poco, hasta los más
lejanos, y concluyeron, si puedo expresarme así, penetrando en la
confederación entera. Ejercen ahora su influencia más allá de sus
limites sobre todo el mundo norteamericano. La civilización de la
Nueva Inglaterra ha sido como esas grandes hogueras encendidas en
las alturas que, después de haber expandido su calor en torno a
ellas, tiñen aún con sus claridades los últimos confines del
horizonte.
La
fundación de la Nueva Inglaterra presentó un espectáculo nuevo:
todo era allí singular y original.
Casi
todas las colonias tuvieron como primeros habitantes hombres sin
educación y sin recursos, a quienes la miseria o la mala conducta
empujaban fuera del país que los había visto nacer, o
especuladores ávidos y empresarios de industria. Hay colonias que
no pueden ni siquiera reclamar parecido origen; Santo Domingo fue
fundado por piratas y, en nuestros días, las cortes de justicia de
Inglaterra se encargan de poblar Australia.
Los
emigrantes que fueron a establecerse en las orillas de la Nueva
Inglaterra pertenecían todos a las clases acomodadas de la madre
patria. Su reunión en suelo norteamericano presentó, desde el
origen, el singular fenómeno de una sociedad en donde no se
encontraban ni grandes señores ni pueblo y, por decirlo así, ni
pobres ni ricos. Había, guardada la proporción, una mayor masa de
luces esparcida entre esos hombres que en el seno de ninguna nación
europea de nuestros días. Todos, sin exceptuar tal vez a nadie, habían
recibido una educación bastante avanzada, y varios de ellos se habían
dado a conocer por su talento y por su ciencia. Las otras colonias
habían sido fundadas por aventureros sin familia; los emigrantes de
la Nueva Inglaterra llevaban consigo admirables recursos de orden y
de moralidad; se encaminaban al desierto acompañados de sus mujeres
y de sus hijos. Pero lo que los distinguía sobre todo de los demás,
era el objeto mismo de su empresa. No era la necesidad la que los
obligaba a abandonar su país; dejaban en él una posición social
envidiable y medios de vida asegurados; no pasaban tampoco al Nuevo
Mundo a fin de mejorar su situación o de acrecentar sus riquezas;
se arrancaban de las dulzuras de la patria para obedecer a una
necesidad puramente intelectual: al exponerse a los rigores
inevitables del exilio, querían hacer triunfar una idea.
Los
emigrantes o, como ellos se llamaban a sí mismos, los peregrinos (pilgrims),
pertenecían a esa secta de Inglaterra a la cual la austeridad de
sus principios había dado el nombre de puritana. El puritanismo no
era solamente una doctrina religiosa; se confundía en varios puntos
con las teorías democráticas y republicanas más absolutas. De eso
les habían venido sus más peligrosos adversarios. Perseguidos por
el gobierno de la madre patria, heridos en sus principios por la
marcha cotidiana de la sociedad en cuyo seno vivían, los puritanos
buscaron una tierra tan bárbara y abandonada del mundo, que les
permitiese vivir en ella a su manera y orar a Dios en libertad.
Algunas
citas harán comprender mejor el espíritu de esos piadosos
aventureros que todo lo que pudiéramos añadir nosotros.
Nathaniel
Morton, el historiador de los primeros años de la Nueva Inglaterra,
entra así en materia:
He
creído siempre —dice— que era un deber sagrado para nosotros,
cuyos padres recibieron prendas tan numerosas y memorables de la
bondad divina en el establecimiento de esa colonia, perpetuar por
escrito su recuerdo. Lo que hemos visto y lo que nos ha sido contado
por nuestros padres, debemos darlo a conocer a nuestros hijos, a fin
de que las generaciones venideras aprendan a alabar al Señor; a fin
de que la estirpe de Abraham, su siervo, y los hijos de Jacob, su
elegido, guarden siempre la memoria de las milagrosas obras de Dios
[Salmo CV, 5, 6]. Es preciso que sepan cómo el Señor ha llevado su
viña al desierto cómo le preparó un lugar, enterrando
profundamente sus raíces, y la dejó en seguida extenderse y cubrir
a lo lejos la tierra [Salmo LXXX, 15, 13]; y no solamente esto, sino
también cómo guió a su pueblo hacia su santo tabernáculo, y lo
estableció sobre la montaña de su heredad [Éxodo, XV, 13]. Estos
hechos deben ser conocidos, a fin de que Dios obtenga el honor que
le es debido, y que algunos rayos de su gloria puedan caer sobre los
nombres venerables de los santos que le sirvieron de instrumentos.
Es
imposible leer este principio sin sentirse dominado, a pesar
nuestro, por una impresión religiosa y solemne. Parece que se
respira en él un aire de antigüedad y una especie de perfume bíblico.
La
convicción que anima al escritor realza su lenguaje. No es ya a
nuestros ojos, como a los suyos, una pequeña tropa de aventureros
que va a buscar fortuna allende los mares; es la simiente de un gran
pueblo que Dios va a depositar con sus manos en una tierra
predestinada.
El
autor continúa y pinta de esta manera la partida de los primeros
emigrantes:
Así
fue —dice— como ellos dejaron esta ciudad [Delf-Haleft] que
había sido para ellos un lugar de reposo; sin embargo, estaban
tranquilos; sabían que eran peregrinos y extranjeros aquí abajo.
No se engreían con las cosas de la tierra, sino que elevaban los
ojos hacia el cielo, su cara patria, donde Dios había preparado
para ellos su ciudad santa. Llegaron al fin al puerto donde el
barco les esperaba. Un gran número de amigos, que no podían
partir con ellos, había por lo menos querido seguirles hasta allí.
La noche transcurrió sin sueño; se pasó en desbordamientos de
amistad, en piadosos discursos, en expresiones llenas de una
verdadera ternura cristiana. Al día siguiente, ellos se
dirigieron a bordo; sus amigos quisieron todavía acompañarles;
fue entonces cuando se oyeron profundos suspiros, se vieron lágrimas
correr de todos los ojos, se escucharon largos ósculos y
ardientes plegarias que conmovieron hasta a los extraños.
Habiendo sonado la señal de partida, cayeron de rodillas, y su
pastor, alzando al cielo sus ojos llenos de lágrimas, los
encomendó a la misericordia del Señor. Se despidieron finalmente
unos de otros, y pronunciaron ese adiós que para muchos de ellos
debía ser el postrero.
Los
emigrantes eran un número de ciento cincuenta poco más o menos,
tanto hombres como mujeres y niños. Su objeto era fundar una
colonia a las orillas del Hudson; pero, después de haber andado
errantes largo tiempo en el océano, se vieron al fin forzados a
abordar en las costas áridas de la Nueva Inglaterra, en el lugar
donde se alza hoy día la ciudad de Plymouth. Se muestra aún la
roca donde descendieron los peregrinos.
Pero
antes de ir más lejos —dice el historiador que cito—,
consideremos un instante la condición presente de ese pobre
pueblo, y admiremos la bondad de Dios que lo ha salvado.
Habían
pasado ahora el vasto océano, llegaban al término de su viaje,
pero no veían amigos para recibirlos, ni habitación que les
ofreciese abrigo; se estaba en medio del invierno, y los que
conocen nuestro clima saben cuán rudos son los inviernos, y qué
furiosos huracanes asuelan entonces nuestras costas. En esa estación,
es difícil atravesar lugares conocidos, con mayor razón
establecerse en orillas nuevas. En torno de ellos no aparecía
sino un desierto hórrido y desolado, lleno de animales y de
hombres salvajes, cuyo grado de ferocidad y cuyo número
ignoraban. La tierra estaba helada; el suelo cubierto de selvas y
zarzales. Todo tenía un aspecto bárbaro. Tras de ellos, no
percibían sino el inmenso océano que los separaba del mundo
civilizado. Para hallar un poco de paz y de esperanza, no podían
dirigir sus miradas sino hacia arriba.
No
hay que creer que la piedad de los puritanos fuera solamente
especulativa, ni que se mostrara extraña a la marcha de las cosas
humanas. El puritanismo, como lo dije antes, era casi tanto una teoría
política como una doctrina religiosa. Apenas desembarcados en esa
orilla inhospitalaria, que Nathaniel Morton acaba de describir, el
primer cuidado de los emigrantes es organizarse en sociedad.
Realizan inmediatamente un acto trascendente:
Nosotros,
cuyos nombres siguen, que, por la gloria de Dios, el desarrollo de
la fe cristiana y el honor de nuestra patria, hemos emprendido el
establecimiento de la primera colonia en estas remotas orillas
convenimos en estas presentes, por consentimiento mutuo y solemne,
y delante de Dios, formarnos en cuerpo de sociedad política, con
el fin de gobernarnos, y de trabajar por la realización de
nuestros designios; y en virtud de este contrato convenimos en
promulgar leyes, actas, ordenanzas y en instituir según las
necesidades magistrados a los que prometemos sumisión y
obediencia.
Esto
pasaba en 1620. A partir de esa época la emigración no se detuvo
ya. Las pasiones religiosas y políticas, que desgarraron el imperio
británico durante todo el reinado de Carlos I, empujaron cada año,
a las costas de América, nuevos enjambres de sectarios. En
Inglaterra, el hogar del puritanismo continuaba colocado entre las
clases medias, y del seno de las clases medias era de donde procedía
la mayor parte de los emigrantes. La población de la Nueva
Inglaterra crecía rápidamente y, en tanto que la jerarquía de los
rangos clasificaba aun despóticamente a los hombres en la madre
patria, la colonia presentaba cada vez más el espectáculo nuevo de
una sociedad homogénea en todas sus partes. La democracia, tal como
no se había atrevido a soñarla la antigüedad, se escapaba muy
fuerte y bien armada del medio de la vieja sociedad feudal.
Contento
de arrojar de sí gérmenes de perturbación y elementos de
revoluciones nuevas, el gobierno inglés veía sin pena esa emigración
numerosa. Llegaba hasta a favorecerla con todo su poder, y parecía
no ocuparse apenas del destino de los que iban a suelo
norteamericano a buscar un asilo contra la dureza de sus leyes. Se
hubiera dicho que miraba a la Nueva Inglaterra como una región
entregada a los sueños de la imaginación, que se debía abandonar
a los libres ensayos de los novadores.
Las
colonias inglesas, y ésta fue una de las principales causas de su
prosperidad, han gozado siempre de más libertad interior y de más
independencia política que las colonias de los demás pueblos; pero
en ninguna parte ese principio de libertad fue más rígidamente
aplicado que en los Estados de la Nueva Inglaterra.
Era
generalmente admitido entonces que las tierras del Nuevo Mundo
pertenecían a la nación europea que, primero, las había
descubierto.
Casi
todo el litoral de la América del Norte volvióse de esta manera
una posesión inglesa hacia fines del siglo XVI. Los medios
empleados por el gobierno británico para poblar esos nuevos
dominios fueron de naturaleza diferente: en ciertos casos, el rey
sometía una parte del Nuevo Mundo a un gobierno de su elección,
encargado de administrar el país en su nombre y bajo sus órdenes
inmediatas, que es el sistema colonial adoptado en el resto de
Europa. Otras veces, concedía a un hombre o a una compañía la
propiedad de ciertas porciones del país Todos los poderes civiles y
políticos se encontraban entonces concentrados en manos de uno o de
varios individuos que, bajo la inspección y el control de la
corona, vendían las tierras y gobernaban a los habitantes. Un
tercer sistema consistía, en fin, en dar a cierto número de
emigrantes el derecho de formarse en sociedad política, bajo el
patronato de la madre patria, y de gobernarse a sí mismos en todo
lo que no era contrario a sus leyes.
Este
modo de colonización, tan favorable a la libertad, no fue puesto en
práctica sino en la Nueva Inglaterra.
Desde
1628, una constitución de esta naturaleza fue concedida por Carlos
I a unos emigrantes que fueron a
fundar
la colonia de Massachusetts.
Pero,
en general, no se otorgaron constituciones a las colonias de la
Nueva Inglaterra sino largo tiempo después de que su existencia húbose
considerado un hecho consumado. Plymouth, Providencia, New Haven, el
estado de Conecticut y el de Rhode-Island fueron fundados sin el
concurso y en cierto modo sin conocimiento de la madre patria. Los
nuevos habitantes, sin negar la supremacía de la metrópoli, no
bebieron en su seno la fuente de los poderes; se constituyeron por sí
mismos, y no fue hasta treinta o cuarenta años después, bajo
Carlos II, cuando una carta magna real vino a legalizar su
existencia.
Por
lo tanto, es a menudo difícil al recorrer los primeros monumentos
históricos y legislativos de la Nueva Inglaterra, precisar el lazo
que une a los emigrantes al país de sus antepasados. Se les ve en
cada instante hacer acto de soberanía, nombrar sus magistrados,
fraguar la paz y la guerra, establecer reglamentos de policía y
darse leyes como si hubiesen sólo dependido de Dios.
Nada
más singular y más instructivo a la vez que la legislación de esa
época. En ella es, sobre todo, donde se encuentra la clave del gran
enigma social que los Estados Unidos presentan al mundo de nuestros
días.
Entre
esos monumentos, distinguiremos particularmente, como uno de los más
característicos, el código de leyes que el pequeño estado de
Conecticut se dio en 1650.
Los
legisladores de Conecticut se ocupan primeramente de las leyes
penales; y, para formularlas, conciben la idea extraña de
inspirarse en los textos sagrados.
"Quienquiera
que adore a otro Dios que no sea el Señor, será reo de
muerte."
Siguen
diez o doce disposiciones de la misma naturaleza, tornadas
textualmente del Deuteronomio, del Éxodo y del Levítico.
La
blasfemia, la hechicería, el adulterio y la violación son
castigados con la pena de muerte; el ultraje hecho por un hijo a sus
padres es castigado con la misma pena. Se trasladaba así la
legislación de un pueblo rudo y semicivilizado al seno de una
sociedad cuyo espíritu era ilustrado y sus costumbres dulces: por
consiguiente, jamás se vio la pena de muerte más prodigada en las
leyes, ni aplicada a menos culpables.
Los
legisladores, en este cuerpo de leyes penales, se preocupan sobre
todo por el cuidado de mantener el orden moral y las buenas
costumbres en la sociedad; penetran así sin cesar en el dominio de
la conciencia, y no hay casi pecados que no dejen de someterse a la
censura del magistrado. El lector ha podido observar con qué
severidad esas leyes castigaban el adulterio y la violación. El
simple escarceo entre personas no casadas está también severamente
reprimido. Se deja al juez el derecho de infligir a los culpables
una de estas tres penas: la multa, los azotes o el matrimonio; y si
hay que dar crédito a los registros de New Haven, las condenas de
esta naturaleza no eran raras. Allí se encuentra, con la fecha del
1º de mayo de 1660, un juicio decretando multa y reprimenda contra
una joven a la que se acusaba de haber pronunciado palabras
indiscretas y de haberse dejado dar un beso. El código de 1650
abunda, en medidas preventivas. La pereza y la embriaguez son en él
severamente castigadas. Los hosteleros no pueden proporcionar más
de cierta cantidad de vino a cada consumidor. La multa o el látigo
reprimen la simple mentira cuando puede hacer daño. En otros
pasajes, el legislador, olvidando completamente los grandes
principios de libertad religiosa reclamados por él mismo en Europa,
obliga, bajo pena de multa, a asistir al servicio divino, y llega a
amenazar con penas severas y a menudo de muerte a los cristianos que
quieren adorar a Dios con métodos distintos al suyo. Algunas veces
en fin, el ardor reglamentario que lo domina lo lleva a ocuparse de
menesteres indignos de él. Así se encuentra en el mismo código
una ley que prohí5be el uso del tabaco. No hay que perder de vista
que esas leyes extrañas o tiránicas no eran impuestas; que solían
ser votadas por el libre concurso de los mismos interesados, y que
las costumbres eran más austeras y puritanas que las leyes. En
1649, se constituye en Boston una asociación solemnemente que tiene
por objeto prevenir el lujo mundano de los cabellos largos.
Parecidos
extravíos son sin lugar a duda una vergüenza para el espíritu
humano; atestiguan la inferioridad de nuestra naturaleza que,
incapaz de discernir firmemente lo verdadero y lo justo, se ve
reducida muy a menudo a no elegir sino entre dos excesos.
Al
lado de esta legislación penal tan fuertemente impregnada de
mezquino espíritu sectario y de todas las pasiones religiosas que
la persecución había exaltado, que fermentaban todavía en el
fondo de las almas, se encuentra situado, y en cierto modo
eslabonado con ellas, un cuerpo de leyes políticas que, trazado
hace 200 años, parece adelantarse todavía desde muy lejos al espíritu
de libertad de nuestra época.
Los
principios generales sobre los que descansan las constituciones
modernas, principios que la mayor parte de los europeos del siglo
XVII comprenden apenas, y que triunfaban entonces imperfectamente en
la Gran Bretaña, son todos reconocidos y fijados en las leyes de la
Nueva Inglaterra: la intervención del pueblo en los negocios públicos,
el voto libre de impuestos, la responsabilidad de los agentes del
poder, la libertad individual y el juicio por medio de jurado, son
establecidos sin discusión y de hecho.
Esos
principios generadores consiguen una aplicación y un desarrollo que
ninguna nación de Europa se ha atrevido a darles.
En el
estado de Conecticut, el cuerpo electoral se compone, desde su
origen, de todos los ciudadanos, y esto se concibe sin dificultad.
En
ese pueblo naciente imperaba entonces una igualdad casi perfecta de
fortunas y más todavía en las inteligencias.
En el
estado de Conecticut, en esa época, todos los agentes del poder
ejecutivo eran elegidos, incluso el gobernador del estado.
Los
ciudadanos de más de 16 años eran llamados a filas y formaban una
milicia nacional que nombraba sus oficiales y debía encontrarse
dispuesta en cualquier tiempo para la defensa del país.
En
las leyes de Conecticut, como en todas las de la Nueva Inglaterra,
es donde se ve nacer y desarrollarse la independencia comunal, que
constituye aún en nuestros días el principio y la vida de la
libertad norteamericana.
En la
mayor parte de las naciones europeas, la preocupación política
comenzó en las capas más altas de la sociedad, que se fue
comunicando poco a poco, y siempre de una manera incompleta, a las
diversas partes del cuerpo social.
En
Norteamérica, al contrario, se puede decir que la comuna ha sido
organizada antes que el condado; el condado antes que el estado y el
estado antes de la Unión.
En la
Nueva Inglaterra, desde 1650, la comuna está completa y
definitivamente constituida. En torno de la individualidad comunal,
van a agruparse y a unirse fuertemente intereses, pasiones, deberes
y derechos. En el seno de la comuna se ve dominar una política
real, activa, enteramente democrática y republicana. Las colonias
reconocen aún la supremacía de la metrópoli; la monarquía es la
ley del Estado, pero ya la república está plenamente viva en la
comuna.
La
comuna nombra a todos sus magistrados; establece el presupuesto;
reparte y percibe el impuesto por sí misma. En la comuna de Nueva
Inglaterra, la ley de representación no es admitida. En la plaza pública
y en el seno de la asamblea general de ciudadanos es donde se
tratan, como en Atenas, los asuntos que conciernen al interés
general.
Cuando
se estudian con atención las leyes que fueron promulgadas durante
esa primera época de las repúblicas norteamericanas, se sorprende
uno de la inteligencia gubernamental y de las teorías avanzadas del
legislador.
Es
evidente que tienen de los deberes de la sociedad hacia sus miembros
una idea más elevada y más completa que los legisladores europeos
de entonces, que les impone obligaciones que no tenían en cuenta
todavía en otras partes. En los estados de la Nueva Inglaterra,
desde su origen, el porvenir de los pobres queda asegurado; tómanse
medidas severas para el mantenimiento de las carreteras y se nombran
funcionarios para vigilarlas, las comunas tienen registros públicos
donde se inscribe el resultado de las deliberaciones generales, los
fallecimientos, los matrimonios y el nacimiento de los ciudadanos;
se designan escribanos para llevar esos registros, oficiales para
encargarse de administrar las sucesiones vacantes, otros para
vigilar los límites de las heredades y varios tienen por principal
función mantener la tranquilidad pública en la comuna.
La
ley entra en mil detalles distintos para prevenir y satisfacer un
gran número de necesidades sociales, de lo que se tiene aún en
nuestros días una idea confusa en Francia.
Pero
en los acuerdos relativos a la educación pública es donde, desde
el principio, se ve con toda claridad el carácter original de la
civilización norteamericana.
"Considerando
—dice la ley— que Satanás, enemigo del género humano, halla en
la ignorancia de los hombres sus armas más poderosas, y que nos
interesa a todos que las luces que trajeron nuestros padres no
permanezcan sepultadas en su tumba; considerando que la educación
de los niños es una de las primeras preocupaciones del Estado, con
la asistencia del Señor..." Siguen unas disposiciones que
crean escuelas en todas las comunas, obligando a sus habitantes,
bajo pena de fuertes multas, a comprometerse a sostenerlas. De la
misma manera se fundan escuelas superiores en los distritos más
populosos. Los magistrados municipales deben velar por que los
padres envíen a sus hijos a las escuelas; tienen derecho a multar a
los que se resistan a ello y, si la resistencia continúa, la
sociedad, colocándose entonces en el lugar de la familia, se
apodera del niño y desposee a los padres de los derechos que la
naturaleza les dio, pero de los que tan mal uso habían hecho. El
lector habrá observado sin duda el preámbulo de esas ordenanzas:
en Norteamérica la religión es la que lleva a la luz, y la
observancia de las leyes divinas es la que conduce al hombre a la
libertad.
Cuando,
después de haber dirigido una mirada rápida a la sociedad
norteamericana de 1650, se examina la situación de Europa hacia la
misma época, se siente uno sobrecogido de profunda sorpresa: en el
continente europeo, a principios del siglo XVII, triunfaba en todas
partes la monarquía absoluta sobre los restos de la libertad oligárquica
y feudal de la Edad Media. En el seno de esa Europa brillante y
literaria, nunca fue tal vez más completamente desconocida la idea
de los derechos; los pueblos nunca habían vivido menos su vida política;
jamás las nociones de la verdadera libertad habían preocupado
menos a los espíritus. Fue entonces cuando esos mismos principios,
no conocidos en las naciones europeas o despreciados por ellas, se
proclamaron en los desiertos del Nuevo Mundo y llegaron a ser el símbolo
de un futuro gran pueblo. Las más atrevidas teorías del espíritu
humano se hallaban convertidas a la práctica en esa sociedad tan
humilde en apariencia, de la que sin duda ningún hombre de Estado
de entonces hubiera dignado ocuparse. Entregada a la originalidad de
su naturaleza, la imaginación del hombre improvisaba allá una
legislación sin precedente. En el seno de esa oscura democracia,
que no había engendrado aún ni generales, ni filósofos, ni
grandes escritores, un hombre podía erguirse en presencia de su
pueblo libre, y dar, entre las aclamaciones de todos, esta bella
definición de la libertad:
No
nos engañemos sobre lo que debemos entender por nuestra
independencia. Hay en efecto una especie de libertad corrompida,
cuyo uso es común a los animales y al hombre, que consiste en
hacer cuanto le agrada. Esta libertad es enemiga de toda
autoridad; se resiste impacientemente a cualesquiera reglas; con
ella, nos volvemos inferiores a nosotros mismos; es enemiga de la
verdad y de la paz; y Dios ha creído un deber alzarse contra
ella. Pero hay una libertad civil y moral que encuentra su fuerza
en la unión y que la misión del poder mismo es protegerla; es la
libertad de hacer sin temor todo lo que es justo y bueno. Esta
santa libertad, debemos defenderla en todas las ocasiones y
exponer, si es necesario, por ella nuestra vida.
Ya he
hablado sobre esto lo suficiente para esclarecer el carácter de la
civilización angloamericana. Es el producto — y este punto de
partida debemos tenerlo siempre presente— de dos elementos
completamente distintos, que en otras partes se hicieron a menudo la
guerra, pero que, en América, se ha logrado incorporar en cierto
modo el uno al otro y combinarse maravillosamente: el espíritu de
religión y el espíritu de libertad.
Los
fundadores de la Nueva Inglaterra eran a la vez ardientes sectarios
y renovadores exaltados. Unidos por los lazos más estrechos de
ciertas creencias religiosas, se sintieron libres de todo prejuicio
político.
He ahí
dos tendencias distintas, pero no contrarias, cuya huella es fácil
encontrar por doquiera, tanto en las costumbres como en las leyes.
Unos
hombres sacrifican a una opinión religiosa a sus amigos, a su
familia y a su patria. Se les puede considerar absortos en la
prosecución de ese bien intelectual que compraron a tan alto
precio. Se les ve, sin embargo, buscar con ardor casi igual la
riqueza material y los goces morales: el cielo en el otro mundo y el
bienestar y la libertad en éste.
Bajo
su mano, los principios políticos, las leyes y las instituciones
parecen cosas moldeables, que pueden torcerse y combinarse a
voluntad.
Ante
ellos se hunden las barreras que aprisionaban a la sociedad en cuyo
seno nacieron; la viejas opiniones, que desde hacía siglos dirigían
al mundo, se desvanecen; una carrera casi sin límites y un campo
sin horizonte se descubre; el espíritu humano se precipita en
ellos; los recorre en todos sentidos; pero, llegado a los límites
del mundo político, se detiene por sí mismo; abandona temblando el
uso de sus más temibles facultades; abjura de la duda; renuncia a
la necesidad de innovar; se abstiene incluso de levantar el velo del
santuario y se inclina ante verdades que admite sin discutirlas.
Así,
en el mundo moral, todo aparece clasificado, coordinado, previsto, y
decidido de antemano. En el mundo político, todo está agitado,
puesto en duda e incierto. En el mundo predomina la obediencia
pasiva, aunque voluntaria; en el otro la independencia, el
menosprecio de la experiencia y la sospecha de toda autoridad.
Lejos de perjudicarse, esas dos tendencias, en apariencia tan
opuestas, caminan de acuerdo y parecen prestarse mutuo apoyo.
La religión ve en la libertad civil un noble ejercicio de las
facultades del hombre; en el mundo político, un campo concedido por
el Creador a los esfuerzos de la inteligencia. Libre y poderosa en
su esfera, satisfecha. del lugar que le ha sido reservado, sabe que
su imperio está bien establecido porque no reina más que por sus
propias fuerzas y domina sin apoyo externo sobre los corazones.
La libertad ve en la religión a la compañera de sus luchas y de
sus triunfos; la cuna de su infancia y la fuente divina de sus
derechos. Considera a la religión como la salvaguarda de sus
costumbres y a las costumbres como garantía de las leyes y la
prenda de su propia duración.
RAZONES DE
ALGUNAS SINGULARIDADES QUE PRESENTAN LAS LEYES Y LAS COSTUMBRES DE
LOS ANGLOAMERICANOS
Restos de instituciones aristocráticas en el seno de la más
completa democracia —¿Por qué? —Es preciso distinguir con
cuidado lo que es de origen puritano o de origen inglés.
NO ES necesario
que el lector saque conclusiones demasiado generales o demasiado
absolutas de lo que precede. La condición social, la religión y
las costumbres de los primeros emigrantes ejercieron sin duda una
inmensa influencia sobre el destino de su nueva patria. Sin embargo,
no dependió de ellos fundar una sociedad cuyo punto de partida eran
ellos mismos. Nadie puede desligarse enteramente del pasado y lo que
les ha sucedido fue que mezclaron, ya sea voluntariamente o sin
darse cuenta, con las ideas y con los usos que les eran propios,
otras costumbres y otras ideas que procedían de su educación o de
las tradiciones nacionales de su país.
Cuando se quiere conocer y juzgar a los angloamericanos de nuestros
días, se debe distinguir con cuidado lo que es de origen puritano o
de origen inglés.
Se encuentran a menudo en los Estados Unidos de América leyes y
costumbres que contrastan con todo lo que las rodea. Esas leyes
parecen redactadas con un espíritu opuesto al espíritu dominante
en la legislación norteamericana, esas costumbres parecen
contrarias al conjunto del estado social. Si las colonias inglesas
hubieran sido fundadas en un siglo de tinieblas, o si su origen se
perdiera ya en la noche de los tiempos, el problema sería
insoluble.
Citaré un solo ejemplo para hacer comprender mi pensamiento.
La legislación civil y penal de los norteamericanos no conoce más
que dos medios de acción: la prisión y la fianza. El primer paso
en el procedimiento consiste en obtener caución del demandado, o si
rehúsa, en aprehenderlo. Se discute entonces la validez del título
o la gravedad de los cargos.
Es evidente que semejante legislación está dirigida contra el
pobre y no favorece sino al rico.
El pobre no siempre encuentra la caución, aun en materia civil y,
si se ve obligado a esperar la justicia en la cárcel, su inacción
forzada lo reduce pronto a la miseria.
El rico, al contrario, logra siempre escapar de la prisión en
materia civil. Más aún, si ha cometido un delito, se sustrae fácilmente
al castigo que debía alcanzarle, que después de haber otorgado
fianza desaparece. Puede decirse que, para él, todas las penas que
inflige la ley se reducen a multas. ¿Hay algo más aristocrático
que
semejante legislación?
En los Estados Unidos, sin embargo, son los pobres los que hacen la
ley y reservan naturalmente para ellos mismos las mayores ventajas
de la sociedad.
En Inglaterra es donde hay que buscar la explicación de este fenómeno:
las leyes de que hablo son inglesas. Los norteamericanos no las han
cambiado, aunque desprecien el conjunto de su legislación y la
mayor parte de sus ideas.
Lo que un pueblo cambia menos, después de sus costumbres, es su
legislación civil. Las leyes civiles no son familiares sino a los
legistas, es decir, a quienes tienen un interés directo en
mantenerlas tales como son, buenas o malas, por la sencilla razón
de que las conocen. La mayor parte de la nación las ignora. No las
ve operar más que en casos particulares, y no acierta a percibir fácilmente
su tendencia, sometiéndose a ellas sin reflexión.
He citado un ejemplo y hubiera podido señalar otros muchos.
El cuadro que presenta la sociedad norteamericana está, si puedo
expresarme así, cubierto de una apariencia democrática, bajo la
cual se ven de cuando en cuando asomar los antiguos colores aristocráticos.
Estado
social de los angloamericanos
EL
ESTADO social es corrientemente el producto de un hecho, a veces de
las leyes y muy frecuentemente de ambas cosas unidas; pero, una vez
que existe, se le puede considerar a él mismo como la causa primera
de la mayor parte de las leyes, de las costumbres y de las ideas que
rigen la conducta de las naciones. Así, lo que no rinde, lo
modifica. Para conocer la legislación y las costumbres de un pueblo
es necesario comenzar por estudiar su estado social.
El
punto saliente de los angloamericanos es esencialmente democrático
Primeros emigrantes de la Nueva
Inglaterra —Iguales entre sí —Leyes aristocráticas
introducidas en el sur — Época de la revolución —Cambio de las
Leyes de sucesión —Efectos producidos por esos cambios
—Igualdad llevada a sus últimos límites en los nuevos estados
del oeste —Igualdad entre las inteligencias.
SE
PODRÍAN hacer varias objeciones importantes al estado social de los
angloamericanos; pero hay una que domina todas las demás.
El
estado social de los norteamericanos es eminentemente democrático.
Ha tenido este carácter desde el nacimiento de las colonias; lo
tiene aún más en nuestros días.
He
sostenido en el capítulo precedente que predominaba una gran
igualdad entre los emigrantes que fueron a establecerse a las
orillas de la Nueva Inglaterra. El germen mismo de la aristocracia
no fue trasladado nunca a esa parte de la Unión. Nunca se pudieron
asentar allí más que influencias intelectuales. El pueblo se
acostumbró a reverenciar ciertos nombres, como emblemas de luz y de
virtud. La voz de algunos ciudadanos obtuvo sobre él un poder que
se habría llamado, tal vez con razón, aristocrático, si pudiese
transmitirse invariablemente de padres a hijos.
Esto
pasaba en el este del Hudson, El sudoeste de este río, y bajando
hasta la Florida, era de otra manera.
En
la mayor parte de los estados situados al sudoeste del Hudson fueron
a establecerse grandes propietarios ingleses. Los principios
aristocráticos, y con ellos las leyes inglesas sobre sucesiones,
habían sido transportados allí. Di a conocer ya las razones que
impedían que se estableciese en Norteamérica una aristocracia
poderosa. Esas razones, sin dejar de subsistir al sudoeste del
Hudson, tenían, sin embargo, menos fuerza que al este de ese río.
Al sur, un solo hombre podía, con ayuda de esclavos, cultivar una
gran extensión de terreno. Se veían, pues, en esa parte del
continente a ricos propietarios del suelo; pero su influencia no era
precisamente aristocrática, como se entiende en Europa, puesto que
no poseían ningunos privilegios y el cultivo por medio de esclavos
no les daba señorío y, por consiguiente, tampoco protección. Sin
embargo; los grandes propietarios, al sur del Hudson, formaban una
clase superior, con ideas y gustos propios, concentrando en general
la acción política en su seno. Era una aristocracia poco diferente
de la masa del pueblo, que hacía propios fácilmente sus pasiones e
intereses, sin despertar ni amor ni odio. En suma, era débil y poco
vivaz. Esta clase fue la que, en el sur, se puso a la cabeza de la
insurrección, y la revolución de Norteamérica le debe sus más
grandes hombres.
En
esa época la sociedad entera quedó desquiciada. El pueblo, en cuyo
nombre se había combatido, transformado en una potencia, concibió
el deseo de actuar por sí mismo; los instintos democráticos se
despertaron; al romper el yugo de la metrópoli, se adquirió gusto
por toda suerte de independencia; las influencias individuales
dejaron poco a poco de hacerse sentir y las costumbres, como las
leyes, comenzaron a caminar de acuerdo hacia el mismo fin.
Pero
la ley sobre sucesiones fue la que hizo dar a la igualdad su último
paso.
Me
sorprende que los publicistas antiguos y modernos no hayan atribuido
a las leyes sobre las sucesiones una gran influencia en la marcha de
los negocios humanos. Esas leyes pertenecen, es verdad, al orden
civil; pero deberían estar colocadas a la cabeza de todas las
instituciones políticas, porque influyen increíblemente sobre el
estado social de los pueblos, cuyas leyes políticas no son más que
su expresión. Tienen además una manera segura y uniforme de obrar
sobre la sociedad, apoderándose en cierto modo de las generaciones
antes de su nacimiento. Por ellas, el hombre está armado de un
poder casi divino sobre el porvenir de sus semejantes. El legislador
reglamenta una vez la sucesión de los ciudadanos, y puede descansar
durante siglos; dado el movimiento a su obra, puede retirar la mano;
la máquina actúa por sus propias fuerzas, y se dirige por sí
misma hacia la meta indicada de antemano. Constituida de cierta
manera, reúne, concentra, agrupa en tomo de alguna cabeza la
propiedad y muy pronto, después, el poder, haciendo surgir de algún
modo la aristocracia de la tierra. Conducida por otros principios, y
lanzada en otra dirección, su acción es más rápida aún: divide,
reparte y disminuye los bienes y el poder. Ocurre a veces que
sorprende la rapidez de su marcha, desconfiando de detener su
movimiento, se intenta al menos poner ante ella dificultades y obstáculos
y se quiere contrabalancear su acción por medio de esfuerzos
contrarios. ¡Cuidados inútiles! Porque tritura o hace volar en
pedazos todo lo que halla a su paso; se yergue y vuelve a caer por
tierra, hasta que no se presenta ante la vista más que un polvo
movedizo e impalpable, sobre el cual se asienta la democracia.
Cuando
la ley de sucesiones permite y con más fuerte razón ordena el
reparto por igual de los bienes del padre entre todos los hijos, sus
efectos son de dos clases. Importa distinguirlos con cuidado, aunque
tiendan al mismo fin.
En
virtud de la ley de sucesiones, la muerte de cada propietario
provoca una revolución en la propiedad. No solamente los bienes
cambian de dueño, sino que cambian, por decirlo así, de
naturaleza. Se fraccionan sin cesar en partes cada vez más pequeñas.
Ése
es el efecto directo en cierto modo material de la ley. En los países
donde la legislación establece la igualdad en el reparto, los
bienes, y particularmente las fortunas territoriales, tienen una
tendencia permanente a reducirse. Sin embargo, los efectos de esta
legislación no se dejarían sentir sino a la larga, si la ley
estuviera abandonada a sus propias fuerzas; puesto que, aunque la
familia no se componga más que de dos hijos (y el promedio de las
familias en un país más poblado que Francia es, según se dice, de
tres cuando menos), esos hijos al repartirse la fortuna de su padre
y de su madre no serán más pobres que cada uno de éstos
individualmente.
Pero
la ley del reparto igual no solamente ejerce influencia sobre el
porvenir de los bienes; actúa sobre el ánimo de los propietarios y
suscita pasiones en su ayuda. Sus efectos indirectos son los que
destruyen rápidamente las grandes fortunas y sobre todo las grandes
propiedades territoriales.
En
los pueblos donde la ley de sucesiones está fundada sobre el
derecho de primogenitura, pasan más o menos de generación en
generación sin dividirse. Resulta de ello que el espíritu de
familia se materializa de cierto modo en la tierra misma. La familia
representa a la tierra, la tierra representa a la familia; perpetúa
su nombre, su origen, su. gloria, su poder y sus virtudes. Es un
testigo imperecedero del pasado, y una prenda preciosa de la
existencia futura.
Cuando
la ley de sucesiones establece el reparto igual, destruye la unión
íntima que existía entre el espíritu de familia y la conservación
de la tierra, la tierra cesa de representar a la familia, puesto
que, no pudiendo dejar de ser repartida al cabo de una o de dos
generaciones, es evidente que debe reducirse sin cesar acabando por
desaparecer enteramente. Los hijos de un gran propietario
territorial, si son en pequeño número, o si la suerte les
favorece, pueden tener la esperanza de no ser menos ricos que su
padre, pero no la de poseer sus mismos bienes. Su riqueza se
compondrá necesariamente de otros elementos.
Ahora
bien, desde el momento en que se priva a los propietarios
territoriales de un gran interés de sentimiento, de recuerdos, de
orgullo y ambición para conservar la tierra, se puede estar seguro
de que tarde o temprano la venderán, porque tienen un gran interés
pecuniario en venderla, ya que los capitales mobiliarios producen más
intereses que los demás, y se prestan mejor a satisfacer las
pasiones del momento.
Una
vez divididas, las grandes propiedades territoriales no vuelven a
rehacerse, porque el pequeño agricultor obtiene más utilidad de su
parcela, guardada la proporción, que el gran propietario y lo puede
vender más caro que él. Así los mismos cálculos económicos que
han llevado al hombre rico a vender sus propiedades, le impedirán,
con más fuerte razón, comprar otras pequeñas para recomponer las
grandes.
Lo
que se llama el espíritu de familia está a menudo fundado sobre
una ilusión del egoísmo individual. Busca perpetuarse e
inmortalizarse de cierto modo en sus bisnietos. Allí donde termina
el espíritu de familia, el egoísmo individual reaparece en la
realidad de sus tendencias. Como la familia no se representa ya a
través de tal espíritu, sino como algo vago, indeterminado e
incierto, cada uno se concentra en la comodidad de su presente;
piensa en la generación que va a seguir, y nada más.
No
se busca perpetuar a la familia, o por lo menos se busca perpetuarla
por medios distintos a la propiedad territorial.
Así,
la ley de sucesiones no solamente hace difícil a las familias
conservar intactas las mismas propiedades, sino que les quita el
deseo de intentarlo, y las arrastra, en cierto modo, a cooperar con
ella para su propia ruina.
La
ley del reparto igual procede por dos vías: al operar sobre la
cosa, obra sobre el hombre o al obrar sobre el hombre, llega a la
cosa.
De
ambas maneras, logra herir profundamente a la propiedad territorial
y hace desaparecer con rapidez familias y fortunas.
Sin
duda no nos toca a nosotros, franceses del siglo XIX, testigos
cotidianos de cambios políticos y sociales que la ley de sucesiones
hace nacer, poner en duda su poder. Cada día la vemos pasar y
volver a pasar sin cesar por nuestro suelo, derribando a su paso los
muros de nuestras moradas y destruyendo el cerco de nuestros campos.
Pero si la ley de sucesiones ha hecho ya bastante entre nosotros, le
falta hacer mucho más todavía. Nuestros recuerdos, nuestras
opiniones y nuestras costumbres le oponen poderosos obstáculos.
En
los Estados Unidos, su obra de destrucción está casi terminada.
Allí es donde se pueden estudiar sus principales resultados.
La
legislación inglesa sobre la transmisión de los bienes fue abolida
en casi todos los Estados en la época de la revolución.
La
ley sobre las sustituciones fue modificada en forma de no estorbar,
más que de modo insensible, la libre circulación de los bienes.
La
primera generación pasó; las tierras comenzaron a dividirse. El
movimiento volvióse cada vez más rápido a medida que el tiempo
transcurría. Hoy día, cuando apenas han pasado sesenta años, el
aspecto de la sociedad es ya irreconocible; las familias de los
grandes propietarios territoriales se han sumergido casi todas en el
seno de la masa común. En el estado de Nueva York, donde se contaba
gran número de ellas, dos sobrenadan apenas sobre el abismo pronto
a absorberlas. Los hijos de esos opulentos ciudadanos son
actualmente comerciantes, abogados o médicos. La mayor parte ha caído
en la oscuridad más profunda. La última huella de las clases
sociales y de las distinciones hereditarias está destruida. La ley
de sucesiones ha pasado por todas partes su rasero.
No
es que en los Estados Unidos, como en otras partes, no haya ricos.
No conozco ningún país en el que el amor al dinero tenga más
amplio lugar en el corazón del hombre, y donde se profese un
desprecio más profundo hacia la teoría de la igualdad permanente
de los bienes. Pero la fortuna circula allí con una incomparable
rapidez, y la experiencia enseña que es raro ver a dos generaciones
recibir igualmente sus favores.
Este
cuadro, por coloreado que se le suponga, no da todavía sino una
idea incompleta de lo que pasa en los nuevos estados del oeste y del
sudoeste.
A
fines del siglo pasado, aventureros audaces comenzaron a penetrar en
los valles del Misisipí. Fue como un nuevo descubrimiento de la América
del Norte. Pronto, el grueso de la emigración se dirigió allí. Vióse
entonces cómo sociedades desconocidas salían de repente del
desierto. Estados, cuyo nombre ni siquiera existía pocos años
antes, se alinearon en el seno de la Unión Americana. En el oeste
es donde puede observarse la democracia llegada a su límite
extremo. En esos estados, improvisados de cierto modo por la
fortuna, los habitantes llegaron ayer al suelo que ocupan. Se
conocen apenas unos a otros, y todos ignoran la historia de su
vecino más próximo. En esta parte del continente americano la
población escapa, pues, no solamente a la influencia de los grandes
nombres y de las grandes riquezas, sino a esa natural aristocracia
que emana de la ilustración y de la virtud. Nadie tiene allí ese
respetable poder que los hombres conceden al recuerdo de una vida
entera ocupada en hacer el bien ante sus ojos. Los nuevos estados
del oeste tienen ya habitantes; pero la sociedad no existe allí
todavía.
No
solamente las fortunas son iguales en Norteamérica. La igualdad se
extiende hasta cierto punto sobre las mismas inteligencias.
No
creo que haya país en el mundo donde, en proporción con la población,
se encuentren tan pocos ignorantes y menos sabios que en Norteamérica.
La
instrucción primaria está allí al alcance de todos. La instrucción
superior no se halla casi al alcance de nadie.
Esto
se comprende sin dificultad y es, por decirlo así, el resultado lógico
de lo que hemos señalado más arriba.
Casi
todos los norteamericanos tienen tranquilidad económica. Pueden fácilmente
procurarse los primeros elementos de los conocimientos humanos.
En
los Estados Unidos, hay pocos ricos; casi todos los norteamericanos
tienen, pues, necesidad de ejercer una profesión. Ahora bien, toda
profesión exige un aprendizaje. Los norteamericanos no pueden
entregarse al cultivo general de la inteligencia sino en los
primeros años de la vida: a los quince entran en una carrera. Así,
su educación concluye muy a menudo en la época en que la nuestra
comienza. Si se prosigue hasta más lejos, no se dirige ya sino
hacia una materia especial y lucrativa; se estudia una ciencia como
se toma un oficio, y no captan más que las aplicaciones cuya
utilidad presente es reconocida.
En
Norteamérica, la mayor parte de los ricos comenzaron siendo pobres.
Casi todos los ociosos han sido, en su juventud, gente ocupada, de
donde resulta que, cuando se podría tener el gusto del estudio, no
se tiene tiempo para dedicarse a él, y cuando se ha conquistado el
tiempo para consagrarse a él, ya no se cuenta con el gusto de
hacerlo.
En
los Estados Unidos no existe clase en la cual la inclinación al
placer intelectual se transmita con la comodidad económica y los
ocios hereditarios, y que considere como un honor los trabajos de la
inteligencia.
Así
la voluntad de entregarse a esos trabajos es tan difícil de
encontrarla como el poder.
Está
establecido en Norteamérica, a través de los conocimientos
humanos, cierto nivel medio. Todos los espíritus se le han
acercado: unos elevándose, otros rebajándose.
Se
encuentra, pues, una cantidad inmensa de individuos que tienen el
mismo número de nociones, poco más o menos, en materia de religión,
de historia, de ciencias, de economía política, de legislación y
de gobierno.
La
desigualdad intelectual viene directamente de Dios, y el hombre no
podría impedir que se restablezca siempre.
Pero
sucede por lo menos, y esto se deduce de lo que acabamos de decir,
que las inteligencias, aun permaneciendo desiguales, tal como le
plugo al Creador, encuentran a su disposición medios iguales.
Así,
pues, en nuestros días, en Norteamérica, el elemento aristocrático,
siempre débil desde su nacimiento, está si no destruido, por lo
menos debilitado de tal suerte, que es difícil asignarle una
influencia cualquiera en la marcha de los negocios.
El
tiempo, los acontecimientos y las leyes, por el contrario, han hecho
al elemento democrático, no tan sólo preponderante, sino, por
decirlo así, único. Ninguna influencia de familia ni de cuerpo se
deja sentir allí. A menudo no se puede descubrir una influencia
individual que sea durable.
Norteamérica presenta, pues, en su estado social, el más extraño
fenómeno. Los hombres se muestran allí más iguales por su fortuna
y por su inteligencia, o, en otros términos, más igualmente
fuertes que lo que lo son en ningún país del mundo, o que lo hayan
sido en ningún siglo de que la historia guarde recuerdo.
Consecuencias
políticas del estado social de los angloamericanos
LAS
consecuencias políticas de semejante estado social son fáciles de
deducir.
Es
imposible comprender que la igualdad no acabe por penetrar en el
mundo político como en otras partes. No se podría concebir a los
hombres eternamente desiguales entre sí en un solo punto e iguales
en los demás; llegarán, pues, en un tiempo dado, a serlo en todos.
Ahora
bien, no sé más que dos maneras de hacer prevalecer la igualdad en
el mundo político: hay que dar derechos iguales a cada ciudadano, o
no dárselos a ninguno.
En
cuanto a los pueblos que han llegado al mismo estado social que los
angloamericanos, es muy difícil percibir un término medio entre la
soberanía de todos y el poder absoluto de uno solo.
No
hay que disimular que el estado social que acabo de describir se
presta casi tan fácilmente a una como a otra de esas dos
consecuencias.
Hay
en efecto una pasión viril y legítima por la igualdad, que excita
a los hombres a querer ser todos fuertes y estimados. Esa pasión
tiende a elevar a los pequeños al rango de los grandes; pero se
encuentra también en el corazón humano un gusto depravado por la
igualdad, que inclina a los débiles a querer atraer a los fuertes a
su nivel, y que conduce a los hombres a preferir la igualdad en la
servidumbre a la igualdad en la libertad. No es que los pueblos cuyo
estado social es democrático desprecien naturalmente la libertad.
Tienen por el contrario un gusto instintivo por ella. Pero la
libertad no es el objeto principal y continuo de su deseo; lo que
aman con amor eterno es la igualdad; se lanzan hacia ella por
impulsión rápida y por esfuerzos súbitos, y si no logran el fin,
se resignan; pero nada podría satisfacerles sin la igualdad, y
desearían más perecer que perderla.
Por
otro lado, cuando los ciudadanos son todos casi iguales, les resulta
difícil defender su independencia contra las agresiones del poder.
No siendo ninguno de ellos lo bastante fuerte para luchar solo con
ventaja, no hay más que la combinación de las fuerzas de todos que
pueda garantizar la libertad. Ahora bien, tal combinación no se
logra muchas veces.
Los
pueblos pueden sacar dos grandes consecuencias políticas del mismo
estado social: esas consecuencias difieren entre sí
prodigiosamente, pero emanan ambas del mismo hecho.
Sometidos
primero que nadie a esa temible alternativa que acabo de describir,
los angloamericanos fueron bastante afortunados para huir del poder
absoluto. Las circunstancias, el origen, las luces y sobre todo las
costumbres les han permitido fundar y mantener la soberanía del
pueblo. |
|
Textos de interés |