|
  |
|
Jeremy Rifkin (1943) |
|
Más Información
Entrevista
Artículos
Libros
|
Jeremy Rifkin (1943, Colorado) es licenciado en Economía y en
Relaciones Internacionales. Es profesor de la Escuela Wharton de
Finanzas y Comercio, y presidente de la Foundation on Economic Trends,
con sede en Washington, una fundación que estudia las tendencias económicas.
Ha escrito 14 libros sobre el impacto de la ciencia y la tecnología
en la economía, en la sociedad y el medio ambiente, entre ellos 'Entropía:
hacia el mundo invernadero', 'Las Guerras del Tiempo' y
'El Siglo de la Biotecnología'. Sus obras han sido traducidas a
15 idiomas. Es consultor de jefes de Estado y de empresas en todo el
mundo, y en particular del Vicepresidente Al Gore en la administración
demócrata de Bill Clinton. En 1995, su libro "El fin del
trabajo" se constituyó en un "best seller" y un punto
obligado de referencia así como de fuertes controversias, en los
debates políticos y académicos.

El
fin del trabajo
Por
Emiliano Cotelo
Jeremy Rifkin es licenciado en Economía y en
Relaciones Internacionales. Es profesor de la Escuela Wharton de
Finanzas y Comercio, y presidente de la Foundation on Economic
Trends, con sede en Washington, una fundación que estudia las
tendencias económicas. Ha escrito 14 libros sobre el impacto de
la ciencia y la tecnología en la economía, en la sociedad y el
medio ambiente. Sus obras han sido traducidas a 15 idiomas. Es
consultor de jefes de Estado y de empresas en todo el mundo. Desde
1995, su libro "El fin del trabajo" es un "best
seller" y un punto de referencia en los debates políticos y
académicos.
Usted viene del Hotel Belmont, donde se alojó anoche y
donde coincidió con la primera dama de los Estados Unidos, la señora
Hillary Clinton. ¿Ustedes se conocen?
JEREMY RIFKIN:
Yo viví durante 28 años en Washington, una ciudad pequeña.
Es extraño, por supuesto, encontrarse con la primera dama en un
hotel aquí en Montevideo. Fue muy interesante verla. Hablamos
unos momentos sobre su visita y la mía a Uruguay y sobre las
cuestiones de Estado. Como ustedes saben, al igual que el
presidente, la primera dama está muy interesada en el tercer
sector y su impacto en la sociedad. Y también me encontré con
una persona de su comitiva que hacía mucho tiempo que no veía.
Fue para mí muy interesante.
EC - Es una buena oportunidad ésta para preguntarle si
efectivamente usted ha asesorado al presidente de los Estados
Unidos, Bill Clinton.
JR - Bueno: creo que ha habido algún mal entendido en
esto. Yo he trabajado con el Vicepresidente Gore y con otra gente
de la administración Clinton en temas económicos y en especial
en lo relacionado con los efectos de la ciencia y tecnología, y
algunas de mis ideas han sido tomadas por este gobierno. Pero en
realidad no he sido un consultor directo del presidente Clinton.
La primera dama me dijo muy generosamente anoche que había estado
leyendo mi material sobre el tercer sector y que lo había
encontrado muy útil e interesante para lo que ella está
haciendo. También me dijo que estaba totalmente de acuerdo con la
propuesta de promover al tercer sector como empleador de refugio
para los desempleados. Creo que mis ideas y mis libros han
interesado a la Administración y, naturalmente, a muchas personas
en el Senado y en el Congreso de los Estados Unidos.
EC - En su libro "El fin del trabajo", y también
en sus conferencias y disertaciones, usted advierte que vamos
"hacia la gran revolución económica que caracterizará al
siglo que viene: la revolución de la informática y de la
biotecnología". Usted dice: "Se podrán producir los
bienes y servicios para la economía global del siglo XXI
utilizando apenas una fracción de la fuerza laboral que estamos
utilizando ahora". Sostiene, además, que se trata de una
revolución tan importante, "que va a forzarnos a todos a
repensar el contrato social, a reformular nuestro concepto de
trabajo en sociedad". ¿Puede explicarnos brevemente cuál es
su razonamiento?
JR - Estamos en medio de una transformación fundamental
que va a tener un gran impacto en la producción de bienes y
servicios y en la naturaleza del comercio. Este cambio es tan
importante como el cambio de la agricultura medieval a la revolución
industrial. De modo que vamos a tener que repensar el contrato
social. Eso incluye a las políticas públicas, a la forma en la
que organizamos el trabajo y a los relacionamientos entre los
componentes de la sociedad en su conjunto.
En los últimos 40 años han estado desarrollándose dos
revoluciones tecnológicas en forma paralela: las ciencias de la
información (computación, telecomunicaciones) y las ciencias de
la vida (la biotecnología y la ingeniería genética). En los últimos
dos años estas tecnologías han empezado a reforzarse mutuamente
para crear una nueva base tecnológica muy poderosa para la nueva
era. La computación es el idioma de esta nueva revolución económica,
pues genera la posibilidad de manejar grandes cantidades de
información a bajo costo. En otras épocas, por ejemplo, en la
primera revolución industrial, lo fue la máquina a vapor y el
acero barato lo que potenció una ola de crecimiento que duró
varias décadas, más recientemente, fue la energía barata lo que
posibilitó el boom industrial de este siglo.
Ahora estamos viviendo el pasaje de esa economía global de los
minerales petroquímicos y los combustibles fósiles a un nuevo
modelo en el que el motor es la biotecnología. La modificación
genética es la base de los proyectos que se realizan para casi
todo: para la producción de alimentos y sus nuevas formas, para
la bioquímica y la medicina. Y la computadora es la forma de
organizar este nuevo idioma. De modo que ésta es una de las
grandes revoluciones de la historia y, por supuesto, tiene muchas
ventajas económicas. Pero va a acarrear también problemas
sociales y éticos. Ahora vamos a ser los arquitectos de esta
revolución, vamos a dejar en manos de los científicos y las
corporaciones científicas el poder a para diseñar los cambios
fundamentales que se producirán en la sociedad.
Ustedes saben que la era industrial se basaba en el trabajo masivo
para producir enormes cantidades de bienes y servicios. Pero la
era de la biotecnología se caracterizará por masas laborales más
pequeñas que están acompañadas cada vez más por un
"software" inteligente, es decir, la tecnología de la
computación, la informática. Hoy estamos en la víspera de una
revolución que va a poder darnos extraordinarias posibilidades de
producción, pero utilizando sólo una fracción de la fuerza
laboral actual. Por ejemplo: con la agricultura moderna nosotros
podemos alimentar a todo el mundo con una mínima porción de la
fuerza laboral que teníamos en el campo de la agricultura. Y va a
pasar lo mismo con la industria y los servicios.
El tema real es que esta transición puede ser un gran salto
adelante o puede crear una gran desestabilización y un tumulto o,
quizás, disturbios sociales. Ese es el dilema al que nos estamos
enfrentando. Esto es un desafío.
EC - Usted no habla del "fin del empleo" sino
del "fin del trabajo". O sea, habla de algo más grave aún.
¿Qué quiere decir con "fin del trabajo"?
JR - Lo que quiero decir con esto es que en las puertas
de las fábricas del siglo XXI -las fábricas de computadoras o de
software- no vamos a ver miles y miles de obreros. Tenemos que
hacernos a la idea de que vamos a poder producir bienes y
servicios con una fuerza laboral más reducida. Dentro de 20 años
menos del 2,5% va a seguir estando en el trabajo tradicional de
las plantas de ensamblaje o de montaje.
La última vez que vine aquí estuve hablando con el presidente
Sanguinetti de la diferencia entre los países de alta tecnología
en el Norte y aquellos que tienen otro tipo de industria en el
Sur. No vamos a poder entrar al siglo XXI con servicios o con fábricas
del tipo tradicional, más intensiva en puestos de trabajo. El
obrero más barato del mundo no lo será tanto como la tecnología
que lo pueda reemplazar. En cualquier país -Uruguay, India, México,
Malasia- van a ver lo mismo: la tecnología de punta que está
surgiendo, más automatizada, como la que ustedes ven ahora en
Estados Unidos. Y esto es cierto para las industrias de fabricación
de bienes y para los servicios.
Uno de los argumentos que ustedes escuchan de los economistas y de
los líderes políticos es que si bien es cierto que estamos
destruyendo empleos, también estamos en camino de crear nuevos
empleos. Es cierto. Nuestra imaginación no tiene límites, y
siempre encontraremos formas para desarrollar nuevos empleos en el
mercado.
Ahora, una parte de nuestros obreros son científicos, técnicos,
consultores y educadores. Estos son los obreros de la revolución
científica y tecnológica. Los políticos y los economistas van a
decir: "Bueno, miren: lo que tengo que hacer es mejorar la
calidad de la fuerza laboral y preparar la próxima generación
con las capacidades que se necesitan para esta economía tan
competitiva a nivel global". Un problema que encuentro en los
líderes con los que yo trabajo es que creen que así van a
encontrar nuevos puestos de trabajo para toda la gente. Y no es así.
Aunque capacitemos a todo el mundo para estos trabajos es posible
que no haya suficiente número de empleos para absorber a toda la
gente, porque la capacidad de trabajo que se requiere actualmente
para la producción de bienes y servicios ya no es masiva como
antes.
En el siglo XXI nuestra fuente de trabajo va a ser la tecnología.
Actualmente tenemos una tecnología secuencial, que evoluciona en
etapas más o menos predecibles. Pero en el siglo próximo vamos a
tener una forma de tecnología completamente diferente, por
ejemplo podremos tener una informática de otro tipo. Quiero
hablarles de la importancia del ADN. El ADN es el procesador de
información más eficiente que se conoce en la naturaleza. Su
capacidad de proceso es sorprendente. Apenas se pueda terminar de
dominar el conocimiento del ADN para darle un uso como forma de
procesar información podremos tener computadoras con ADN que ¡van
a ser un millón de veces más rápidas que las computadoras que
tenemos ahora!
Les daré un ejemplo sobre la tecnología informática. Hay un
nuevo campo en el que vemos que los científicos están clonando
animales tales como ovejas y cabras que van a tener genes
especiales de los que resultarán productos químicos. De modo que
convertimos animales en fábricas genéticas: un rebaño de 20
cabras con determinada información genética va a poder elaborar
muchos más productos farmacéuticos con su leche que miles de
obreros en una fábrica normal. Así, muchos de los trabajos
biotecnológicos hechos hasta ahora por hombres van a ser
realizados por el "software" o por la tecnología de los
genes. Esta es una gran revolución que nos va a llevar a repensar
la naturaleza del trabajo.
Las circunstancias actuales son como un cuchillo de doble filo.
Podemos liberar a las generaciones futuras, porque no necesitamos
a los jóvenes en el mercado para que sigan trabajando largas
horas. Y esto puede significar tanto un "renacimiento"
como un abismo con un futuro que nos asusta. Porque, ¿qué vamos
a hacer con los jóvenes, si no van a tener empleos en el mercado
laboral? Por eso, parte de mi trabajo es abrir los ojos, y decir:
"En realidad estamos enfrentando a un mundo con grandes desafíos,
y debemos pensar en el tercer sector".
EC - En seguida me va a interesar conversar con usted a
propósito, justamente, de cuáles serían los pasos que habría
que dar -entre ellos el fortalecimiento del "tercer
sector"- para que estas oportunidades o estas condiciones que
se están dando con el avance tecnológico condujeran a lo que
usted denomina un "renacimiento". También me va a
interesar conocer las soluciones que usted propone. Pero antes, si
le parece, vamos a charlar sobre algunas críticas que su tesis
-su diagnóstico, su pronóstico- ha recibido, y en qué medida su
visión de este desempleo generado por el avance tecnológico es
aplicable realmente a países como Uruguay.
EC - Una de las objeciones que ha recibido su libro es
que se trata de un pronóstico "apocalíptico" o
"catastrofista". Algunos de quienes opinan que usted
exagera recuerdan que años atrás, por ejemplo, cuando se
avizoraba el auge de la computación y de los computadores
personales, hubo quienes pronosticaron el fin del papel impreso. Y
ello no ocurrió. ¿Qué responde usted?
|
"Si
se reduce la semana laboral a 35 horas y aumentan los
salarios (...) tendremos más gente trabajando que, a su
vez, podrá gastar y pagar más impuestos Yo creo que
Uruguay es un país donde se puede implementar esta
medida. Tiene un muy buen contrato social y muy buenas
relaciones entre los patrones y los empleados".
|
JR - Le propongo examinar lo
que está sucediendo ahora en el mundo. Porque los últimos
acontecimientos pueden llevar a pensar que tal vez mis previsiones
han sido incluso un poco conservadoras. Mire lo que ocurre en este
momento en los mercados.
En mi libro hablé de la ciencia clásica, y cuando vemos
la revolución que ha tenido lugar en la sociedad vemos que
tenemos la capacidad de producir bienes y servicios en mayor
escala y también en mayor cantidad cada vez con menos mano de
obra. La capacidad de crear una demanda agregada para satisfacer
esta nueva producción siempre está en retraso. Tenemos que
alentar a las personas a usar esos nuevos bienes y servicios, pero
también tiene que haber una presión de parte del público, a
través de los sindicatos o de los partidos políticos, para que
se puedan compartir los frutos de esta nueva tecnología, para que
puedan mejorar su poder adquisitivo para adquirir los nuevos
inventarios que se producen.
Lo que ha sucedido a fines de las décadas del ´80 y del ´90 es
que hemos tenido una producción masiva que ha llevado a una
depresión económica. También sucedió esto en su momento con la
introducción de la electricidad.
Lo que ahora tenemos es una sobreproducción. Hay demasiados
proveedores y no tenemos suficientes ingresos para poder comprar
los bienes y servicios que producimos. Y la razón es que la
tecnología que aumenta la productividad es la misma que hace que
los obreros no sean ya necesarios, porque la tecnología es más
barata y más eficiente, y los reemplaza. Ese es el nudo de la
contradicción.
Debemos saber encontrar formas para que millones de obreros entren
en esta ecuación. Tenemos millones de personas que están
subempleadas o desempleadas, y la cuestión es qué hacemos con
ellas.
EC - Pero, casualmente, Estados Unidos tiene hoy uno de
los índices de desempleo más bajos de los últimos años, acompañado,
además, de un índice de inflación de los más reducidos de la
historia. ¿Cómo se explica esto, si es que vamos al fin del
trabajo, como usted dice?
JR - Me alegra que me pregunte sobre este asunto. El
presidente Clinton dice que tenemos el 4,7 por ciento de desempleo
y que hemos creado muchos puestos de trabajo. Pero esa afirmación
en realidad no cuenta toda la historia. Primero, ese 4,7 por
ciento de desempleo no registra a aquellos americanos desempleados
que ya no buscan empleo. En mi país, si usted no busca más
empleo, lo llamamos un desempleado desalentado y no figura en las
estadísticas. Usted puede ir por las ciudades de Estados Unidos y
ver mucha gente que está parada ahí, en la calle, que no busca
empleo. Segundo: después de la segunda recesión, hemos tratado
de emplear a personas por tiempos más cortos. Tenemos ahora
numerosos empleados "part-time", a medio tiempo, y
empleados que trabajan cada tanto, en forma ocasional. Entonces,
cuando yo hablo del fin del trabajo me refiero a la disminución
del trabajo de tiempo completo no al empleo de tiempo parcial.
El secreto mejor guardado en Estados Unidos es cómo logramos que
la gente volviera a trabajar después de la última recesión. Ese
secreto son las tarjetas de crédito. A mis colegas no les gusta
que yo hable de esto. Pero es así. Tenemos la deuda privada más
alta del mundo. Millones de americanos siguen siendo consumidores
y manteniendo el funcionamiento de la economía gracias a sus
tarjetas de crédito. En mi país, una familia- tipo destina
alrededor del 20% de sus ingresos al servicio de la deuda que
tienen con las tarjetas de crédito. Por esa razón el año pasado
muchos entraron en quiebra.
Tenemos un problema que va a ser mucho más serio que en la década
de los '20. En esa época la energía eléctrica barata reemplazó
a la máquina de vapor. Ahora muchos obreros marginales van a ser
desempleados porque tenemos una tecnología que permite producir
en forma mucho más barata y más eficiente. El problema es que no
vamos a tener suficientes compradores para comercializar esos
bienes y servicios. Debemos tratar de convencer a las personas de
que compren cosas con el dinero que tienen para poder seguir
rebajando los "stocks" que tenemos. Pero para la década
del 90 la deuda de los consumidores era tan grande que tuvimos una
gran depresión, que estamos enfrentando ahora. Estamos muy
cercanos a la situación que teníamos a finales de la década del
´20.
Una reflexión más: Estados Unidos está en el lugar 56 en la
disparidad económica a nivel mundial. Tenemos dos economías
dispares: por un lado la del 5% de las personas de mayores
ingresos que está creciendo muy rápido, y por otro la del 95%
restante, que lo que están haciendo es mantenerse y que ven que
su calidad de vida se está deteriorando. Para ellos las
perspectivas no son tan buenas. Creo que tenemos que tener un
enfoque mucho más realista de cuál es la economía americana en
este momento.
EC - Usted habló hace unos minutos del caso uruguayo. Yo
quiero detenerme algunos minutos más en ese capítulo: ¿su tesis
vale para todo tipo de países? Voy a leer una frase de su libro:
"Nos acercamos rápidamente a una encrucijada histórica en
el devenir de la humanidad. Las empresas multinacionales son
capaces en la actualidad de producir un volumen de bienes y
servicios sin precedentes con una cada vez menor fuerza
laboral". Utilizo esta frase porque en ella usted habla de
las empresas multinacionales. Entonces, ¿las consecuencias que
usted vislumbra, no valen sólo para ese tipo de empresas? En un
país como Uruguay, donde pesan de una manera preponderante las
pequeñas y medianas empresas -las que, en la escala de los
Estados Unidos, serían empresas infinitesimales, su enfoque puede
no parecer realista.
JR - Yo suelo reunirme con líderes y empresarios,
incluso en los países en desarrollo. Y mi experiencia me dice que
hay muy poca diferencia con los otros países, si es que la hay.
La tecnología a la que me refiero está en todas partes: en la
industria manufacturera y los servicios. Lo que quiero decir es
que el trabajador más barato en el mundo no va a ser tan barato
como la tecnología que está ingresando en este momento y que va
a reemplazarlo.
Sé que hay líderes que no están de acuerdo con esto. Pero yo
insisto: No importa si la empresa es una transnacional, o es una
pequeña o mediana empresa; o si está en Estados Unidos o
Uruguay. No tiene ninguna importancia. Si usted quiere competir,
necesita tener los costos de producción más baratos; y esta
tecnología va a ser más barata. De hecho, yo trabajo con
empresas cuyos directivos dicen que la tecnología va a ser tan
barata que lo que van a hacer es dársela, regalársela, a sus
clientes. A esto lo llaman una "plataforma", y la usan
para modificar la relación con los clientes. Lo que van a hacer
es co - manejar, co - gerenciar el negocio con los clientes.
Creo que tenemos que entender que la presente revolución nos va a
afectar a todos a la misma velocidad. Veamos dos ejemplos de este
fenómeno en los países en desarrollo. En la industria textil,
los ingenieros acaban de lograr la automatización de la costura.
Ahora se están automatizando los componentes electrónicos que
permiten terminar ese proceso de automatización.. Imagínense la
importancia que tendrá esto en países como Camboya, India,
China, Malasia, cuando hayamos automatizado los últimos dos
mercados que permitían generar oportunidades laborales para los
trabajadores más baratos. No vamos a necesitar más a esos
trabajadores.
Pero es importante que se entienda que la tecnología también nos
brinda una gran oportunidad. El problema sería que no la veamos
como tal porque no hemos podido crear una visión política que
sea lo suficientemente sólida para que pueda justificar una
relación directa con este poder que nos da la tecnología. Cuando
solo vemos una crisis potencial es porque en realidad no estamos
viendo las posibilidades que se abren para tener una nueva
estructuración del trabajo.
EC - Asumiendo que las consecuencias graves en materia de
desempleo debido al avance tecnológico también valgan para países
como Uruguay, queda por ver otro ángulo: ¿no podrán crearse, no
podrán surgir, nuevas actividades industriales o de servicios que
puedan absorber a los trabajadores dejados cesantes por la
revolución tecnológica? Aquí me detengo en el caso de Uruguay.
Por ejemplo: ante el avance tan arrollador de la producción tan
automatizada y en serie; ante la perspectiva de una uniformización
extrema de los productos, puede crearse un espacio amplio,
interesante, para las producciones artesanales. Producciones
diferenciadas, de alta calidad, que escapen a la rutina de lo
producido masivamente. Este sería un caso.
Otro espacio en el que el Uruguay tiene mucho para hacer es el
turismo, donde la tecnología no parece jugar un papel tan fuerte.
¿Qué dice usted de estas dos posibilidades?
JR - Creo que la industria turística es una posibilidad
y, por supuesto, requiere muchos empleados.
Pero creo que la mejor analogía que se puede hacer es con la
agricultura. Ahora nosotros podemos alimentar a todo el mundo con
una fuerza laboral muy pequeña, así que llegamos al extremo de
pagarle a los granjeros para que no produzcan. Eso es una pena y
una vergüenza. Hemos intentado repartir los frutos de la tecnología
para que la gente pueda comprar, y estamos yendo a la misma
situación con los bienes y servicios. La capacidad de producir va
a incrementar casi exponencialmente el tema, pero lo que no
tenemos es personas que puedan comprar lo que se produce, para
poder hacerlo tendrían que tener poder adquisitivo.
Creo que hay muchos otros campos que van a estar abiertos a la
intensividad de la mano de obra, y un ejemplo es la biotecnología.
Usando estas nuevas herramientas podemos llegar a producir
alimentos biotecnológicos que tal vez sean riesgosos desde el
punto de vista ambiental. Creo que debería repensarse esa política
porque no hay ningún seguro que pueda proteger las pérdidas
catastróficas a largo plazo si estos genes pasan a crear peligros
o riesgos. Sin embargo, la misma biotecnología puede llevarnos a
entender cómo podemos producir mejor las plantas tradicionales
que teníamos, en lugar de hacer una reingeniería de las plantas
en laboratorio. Ese nuevo camino hacia lo tradicional puede ser
mucho más saludable.
Tenemos que entender que hay muchas opciones. En este momento
creemos que los supuestos de la industria de la revolución
industrial todavía son ciertos. Pero ya no lo son.
EC - La última pregunta en el plano de las objeciones.
En los últimos años, los organismos especializados de las
Naciones Unidas han rectificado pronósticos demográficos
anteriores que aseguraban un permanente aumento de la población
mundial. Y en algunos países, y en especial entre los más
industrializados -por ejemplo, Japón- las proyecciones demográficas
son ahora regresivas. Es decir que, con el correr de los años,
habrá menor presión sobre el mercado laboral. ¿En qué medida
estas nuevas proyecciones demográficas afectan las conclusiones
de su análisis? ¿Usted las tuvo en cuenta?
|
"Tenemos
que pensar en la política como un taburete de tres patas
y crear nuevas asociaciones entre el gobierno, la
comunidad empresarial y el tercer sector".
|
JR - No las afectan en términos
globales. Hay países, como Italia, que se están moviendo hacia
una tasa de natalidad negativa, y esto también se ve en otras
partes de Europa y en Japón. Por otro lado, todos los estudios
demográficos sugieren que en términos generales vamos a ver una
duplicación de la población mundial en una generación. Creo que
el tema real es la población creciente de jóvenes que se
enfrenta a la reducción de las oportunidades laborales. Ya
tenemos en este momento un billón (mil millones) de personas
desempleadas o subempleadas: imagínese cuánta gente va a estar
en esta situación cuando se duplique la población mundial y
cuando las fuerzas laborales se vean acompañadas, además, por la
tecnología. Y esto va a suceder en los próximos 20 años.
Lo que tenemos que hacer es ajustarnos a esta realidad. Y dejar de
verla como algo que rechazamos, para tomarla como una oportunidad.
Creo que podemos encaminar algunas soluciones relacionadas con el
empleo en el sector privado y en el Estado. Pero también creo que
el mercado es esencial pero no es suficiente para el tipo de
trabajo que tenemos que crear. Vamos a tener que tener a jóvenes
que trabajen más allá del gobierno y del mercado. Vamos a tener
miles de organizaciones en el tercer sector formando el capital
social. Es lo que vamos a ver en el siglo próximo.
EC - Usted ya lo ha mencionado a lo largo de esta charla:
frente a este panorama de desempleo estructural que advierte,
plantea como grandes soluciones, dos: la reducción de la semana
laboral y el fortalecimiento del tercer sector. Le propongo que
veamos primero la reducción de la semana laboral: en qué
consiste su propuesta, cuáles serían sus ventajas.
JR - Si ustedes no necesitan a personas que trabajen
durante muchas horas, esas personas van a tener tiempo libre. Lo
que tenemos que hacer es elegir una visión, elegir la tecnología
para nuestra propia salvación. A través de las movilizaciones de
los sindicatos, nuestros padres y nuestros abuelos y nuestros
bisabuelos lograron ir reduciendo la semana laboral de 80 horas a
60, a 50, y a 40 horas, como es en la actualidad. Al mismo tiempo
hemos aumentado los beneficios y las condiciones. Y eso se ha ido
dando en todas las partes del mundo. Primero tuvimos la revolución
del vapor, luego la de la electricidad y ahora tenemos la de la
tecnología. Si ustedes creen que las ganancias de productividad
de esta tercera revolución van a estar al mismo nivel que las de
las otras revoluciones, vamos tener que reducir la semana laboral.
Podemos tener una semana laboral de 30 horas en las próximas décadas.
(Piensen que si hoy tuviéramos una jornada laboral de 50 o 60
horas, tendríamos muchos más desempleados.)
Creo que una semana laboral de 30 horas sería realmente una
bendición, porque significaría que las personas podrían volver
a sus casas y tener más tiempo para el resto de la familia y para
su vida personal.
EC - ¿Cómo se financia la reducción de la semana
laboral?
JR - Primero, creo que es esencial que las compañías
mantengan la posición competitiva. Segundo, no hay nadie que esté
en desacuerdo en tener una semana laboral más corta para que la
gente pueda aprovechar su tiempo libre. Entonces el tema es ver cómo
podemos financiar este cambio. En realidad, nunca he visto un
presidente de una compañía que, luego de que yo le haya
explicado cómo puede hacerse esto, me diga que no se puede hacer.
Le voy a dar un ejemplo: el vicepresidente de la Hewlett Packard,
en Grenoble, Francia, se despertó un día y les dijo a los
sindicatos: "Tenemos todas esta tecnología nueva en Hewlett
Packard, en Grenoble, pero no estamos trabajando 24 horas por día.
Hay máquinas que están ociosas parte del día y en el fin de
semana". Les propuso a los operarios turnarse de modo de
poder operar esa tecnología las 24 horas, todos los días. Así
la producción podría triplicarse y las ganancias adicionales
podrían compartirse con los accionistas y los trabajadores. Y los
sindicatos estuvieron de acuerdo.
(N. de R.: En "El fin del trabajo" Rifkin
explica que los 250 empleados de la empresa trabajan en la
actualidad 26 horas y 50 minutos en el turno de la noche, 33 hora
y 30 minutos en el de la tarde, y 34 horas y 40 minutos en el de
la mañana. Reciben los mismos salarios que cuando trabajaban 37
horas y 30 minutos, a pesar de que trabajan un promedio de casi
seis horas menos a la semana. La paga extra es considerada por la
dirección como una compensación a los empleados por trabajar con
un programa de horas flexibles.)
Hace poco, el presidente de Hewlett Packard Grenoble participó en
uno de mis cursos en la Wharton School of Busines. Me confirmó
que el nuevo sistema seguía dando ganancias y me confesó que una
de sus grandes frustraciones era no haber logrado convencer a
otros directivos de Hewlett Packard en otras partes del mundo para
que siguieran el mismo camino.
¿Y el gobierno qué tiene que hacer? El gobierno también
puede tener espíritu empresarial y decir al sector privado:
"Bueno, miren: nos interesa a todos la reducción de la
semana laboral, para que todos puedan trabajar y llevar dinero a
su casa". De modo que el presidente de Uruguay puede decir:
"Si ustedes reducen la semana laboral a 35 horas y contratan
más empleados, van a beneficiarse con exoneraciones fiscales, de
modo que no pierdan dinero en esta expeiencia.". Por
supuesto, el gobierno va a tener en principio una rebaja en la
recaudación, pero lo va a compensar ya que, al tener una semana
laboral más corta, habrá más gente que está trabajando, que a
su vez va a poder gastar y pagar más impuestos. De modo que ésta
es una posibilidad.
He trabajado bastante tiempo, como usted sabe, en Italia y Francia
con esta propuesta. Y los gobiernos de Italia y de Francia han
aprobado una legislación para reducir la semana laboral de 40 a
35 horas, pagando por 39. Esta es una forma de pensar en las
iniciativas legislativas en torno a esto. Yo creo que Uruguay es
uno de los buenos países en donde se puede implementar esta
medida. Tiene un muy buen contrato social, tiene relaciones muy
correctas entre los patrones y los empleados.
EC - Ese papel que usted le atribuye al Estado o al
gobierno promoviendo este tipo de soluciones, como la de la
reducción de la semana laboral con ese tipo de incentivos, es
interesante. Porque, justamente, una de las varias objeciones que
aquí se le han formulado a su libro es: a la hora de financiar la
semana laboral, ¿qué pasa con aquellas empresas que realmente no
puedan realmente enfrentar ese aumento de los costos? Por ejemplo,
empresas uruguayas que hoy están muy acuciadas por problemas de
competitividad en los mercados internacionales.
JR - Tenemos que hacer este cambio de manera que las
empresas se mantengan competitivas. Si no, no habrá una buena
transición. El gobierno puede jugar un papel activo, proponiendo
un contrato de este tipo: "El Estado financia el aumento de
costos que ustedes van a tener, y ustedes van a seguir dando
empleo. Vamos a ver cómo funciona esto".
Piense en este otro ángulo del tema. Estamos aprendiendo cada vez
más sobre cronobiología y los tiempos de nuestro cuerpo. Y lo
que se está viendo es que la mayor parte de los individuos tienen
solamente tres o cuatro horas en las que pueden producir bien.
Esto es así biológicamente. De modo que, pasadas esas horas, el
resto del tiempo que esa persona permanece en el trabajo, en
realidad le están pagando por un desempeño que es cada vez
menor. Así que cuanto más horas las empresas tienen a sus
empleados trabajando, lo que en realidad están haciendo es perder
dinero. Porque la performance, el desempeño, de esos empleados
baja después de las cuatro horas. Entonces, por ejemplo, si
tenemos empleados en un régimen de seis horas corridas, sin
pausa, su productividad va a aumentar. Les vamos a pagar por las
30 horas de trabajo en las que tienen una producción pico.
Entonces, lo que tenemos que hacer es empezar a ajustar nuestros
sistemas de trabajo a los ritmos que nosotros tenemos como seres
humanos. Y ese es sólo un ejemplo de las correcciones que podemos
hacer. Otro ejemplo: Los jóvenes pueden trabajar más tiempo,
porque no tienen tantas obligaciones. Y cuando se casan y tienen
hijos, pueden pasar a trabajar menos. Y cuando los hijos crezcan,
entonces pueden volver a trabajar más.
Tenemos que flexibilizar nuestros esquemas de trabajo en función
de los ritmos de vida. Aprovechando los conocimientos científicos
podremos quizás medir cuál es la temperatura específica de un
trabajador ese día y determinar cuándo es su pico de desempeño
en el día. Tal vez, un empleado produzca más o mejor entre las
dos y las seis de la tarde. Con los nuevos tests genéticos vamos
a poder repensar el trabajo de una forma mucho más sofisticada.
No tenemos que estar en nuestros lugares de trabajo durante largas
horas con productividades reducidas. Esa no es una buena inversión,
y tampoco es una buena inversión para los obreros.
EC- Estábamos hablando de la reducción de la semana
laboral -la primera solución que usted propone- y estábamos por
pasar ahora a la otra. Usted impulsa la nueva formulación de un
nuevo contrato social, por el cual queden bien asentadas las
"tres patas del taburete de la sociedad: el sector público,
el mercado y el tercer sector". ¿Qué es exactamente el
tercer sector? Se lo pregunto porque en este sector del mundo es
un concepto que no manejamos frecuentemente. Usted mismo en su
libro dice que en Estados Unidos, el tercer sector, que es muy
importante, no tiene conciencia de que es un sector.
JR - El tercer sector es el más viejo y el más grande,
pero en los últimos 50 años ha estado marginalizado en un estado
"colonial". El tercer sector lo conforman todas las
organizaciones e instituciones de la comunidad que no son una
corporación y no son una agencia del gobierno. Es mucho más
amplio que las organizaciones no gubernamentales. Las entidades de
servicios sociales, las iglesias, las organizaciones
ambientalistas, los teatros, los museos, las asociaciones de
vecinos, las organizaciones juveniles... son todas las
instituciones que forman la cultura de las comunidades. Aquí
mismo, en Uruguay, si desapareciera el tercer sector de la noche a
la mañana, el país se paralizaría. A pesar de que el tercer
sector está muy atrasado en su desarrollo en comparación con los
otros dos, sin él los países no podrían funcionar. De ahí que
yo sostengo que le hemos dado un nombre equivocado. No es el
tercer sector; es en realidad el primer sector. Es el más
importante y el más antiguo. Las comunidades perciben a los
mercados y a los gobiernos, pero éstos no perciben al tercer
sector. Lo que pasa es que hemos perdido la visión sociológica y
antropológica de la realidad. Cuando estudiamos la antropología
cultural vemos que históricamente los seres humanos establecieron
primero las comunidades, después las instituciones sociales,
luego desarrollaron intercambios y crearon el "capital
social", que es la confianza entre los actores sociales. Y
recién después que hay un desarrollo social importante, es
entonces cuando pueden abrirse los mercados y se crean los
gobiernos. No conozco ejemplos en la historia en que primero se
haya creado el mercado y después la comunidad (salvo en casos en
los que se da un proceso repentino de desarrollo económico, por
ejemplo en torno a una mina de oro; pero esas sociedades duran
poco). No conozco ejemplos en que primero se haya creado el
gobierno y después la comunidad.
El tercer sector es la fuente que crea el capital social, que
alimenta y renueva permanentemente la confianza entre los actores
sociales, y que es esencial para que funcione el mercado. En este
punto está lo importante: cuanto más fuerte sea el tercer
sector, mayor va a ser el mercado y más fuertes van a ser los
gobiernos. Cuanto más débil sea el tercer sector, más débil
serán también el mercado y el gobierno.
EC - Entonces, ¿qué significa fortalecer el tercer
sector, y cómo repercutiría esto en la búsqueda de soluciones
al problema del desempleo?
JR - Vamos a empezar a movernos de una política de dos
sectores a una política de tres sectores. Creemos que la política
siempre está marcando el rumbo. Pero en Estados Unidos y en otros
países ésa es una lectura falsa de la realidad. En verdad, la
política tiene tres patas, como un taburete: el sector público
crea capital social, y sin el capital social los otros dos
sectores no pueden funcionar.
Yo creo que este tercer sector está por ser liberado de
su estadio neo colonial (de esa dependencia que hoy tiene del
gobierno), por la simple razón de que los gobiernos (federales,
regionales y municipales) están reduciendo sus competencias. Los
gobiernos son cada vez más globales y están menos involucrados
en la vida de la comunidad. Las empresas son menos locales y más
globales, y hasta llegan a moverse en el ciberespacio. ¿Quién va
a llenar ese vacío? La carrera por llenarlo está entre el tercer
sector y el "cuarto sector", que es la economía
informal y la delincuencia.
Creo que lo importante es que ese vacío institucional sea llenado
por el tercer sector. Uno de los problemas de este sector es que
ni siquiera sabe que existe como tal. Por eso, yo opino que la
clave para el siglo XXI está en la renegociación del contrato
social, y en el surgimiento del tercer sector como una fuerza política,
social y económica suficientemente poderosa como para poder
relacionarse con los otros dos en condiciones de igualdad.
Una parte importante de este análisis son los puestos de trabajo,
las nuevas posibilidades de empleo. Los nuevos empleos, los más
interesantes, los que presentan más desafíos no van a estar en
el mercado ni en el gobierno. Van a estar en el tercer sector. Serán
millones y millones de puestos. El tipo de trabajo que hace en
estas entidades sociales y culturales es enormemente complejo,
sofisticado y humano, y no lo extinguen las nuevas tecnologías.
Estas, por más evolucionadas que sean, no pueden sustituir a una
maestra que atiende a 25 niños de entre uno y cuatro años en un
jardín de infantes. Si un presidente de una empresa cree que su
trabajo es importante, que se tomen una semana e intenten desempeñarse
como maestros de pre-escolares. Uno de esos niños puede pararse
frente a su maestro y preguntarle, por ejemplo, qué es Dios, cómo
nacen los bebés, por qué la gente se muere, o por qué tiene que
compartir sus juguetes con el niño que está a su lado. Con sus
respuestas, el maestro está moldeando las mentes de esos niños,
está "conectando" el sistema neurológico de ese pequeño
ser humano.
De manera que lo que vamos a ver en el próximo siglo es que no va
a ser el sistema capitalismo lo más importante. Lo que él va a
hacer es darnos una enorme oportunidad. A través del incremento
colosal de la productividad, consecuencia de la aplicación de
nuevas tecnologías, el capitalismo nos ofrecerá la oportunidad
de liberar a buena parte de los individuos de las generaciones
futuras de la esclavitud del trabajo. Habrá que redefinir el
trabajo más allá del mercado y del gobierno.
EC- ¿Cómo se financia el fortalecimiento del tercer
sector?
JR- Creo que hay diferentes formas. Vamos a tener que
tomar una pequeña porción de las grandes ganancias adicionales
que surgirán de esta revolución de la informática y la
biotecnología. Creo que vamos a tener que tomar parte de ese
capital a través de los impuestos y otros medios para poder crear
-en cada comunidad, provincia o Estado- un "fondo" que
se destine a la educación, para poder preparar a los jóvenes en
miles de empleos dentro de este tercer sector, y para poder
pagarles luego salarios competitivos.
El tercer sector no siempre confía en el mercado ni en el
gobierno. Tenemos todos los recursos humanos ahí para que el
sector sea fuerte pero el problema es que no hemos desarrollado
recursos para que las comunidades puedan tener una economía
fuerte.
EC- La pregunta que se puede formular a su propuesta es
¿quién garantiza la eficiencia de este sector, qué garantías
hay de que esos recursos que se destinen a financiarlo van a ser
empleados racionalmente, cómo evitar que ese sector termine
sumido en los mismos problemas de burocracia, ineficiencia, exceso
de personal, que llegaron a caracterizar al estado de bienestar de
las últimas décadas?
JR- No puedo asegurar que el tercer sector no va a tener
problemas. Está en la naturaleza del ser humano. Va a haber todo
tipo de dificultades como sucede en todas las soluciones, pero la
historia muestra que el tercer sector es mucho más efectivo en
prestar servicios políticos y sociales que el propio gobierno,
porque el tercer sector está más cerca de las personas,
compuesto por gente de los barrios, de las comunidades. Estas
personas saben lo que necesitan sus semejantes, así que también
saben cómo hacer un empleo más eficiente de los recursos. Es un
sector que tiene una alta motivación porque trabaja con seres
humanos que quieren tener éxito. El problema es que el sector se
dé cuenta de esto. Ahora está subdesarrollado, sin conciencia de
su poder potencial dentro de la sociedad. Una vez que valore su
poder y entienda que es el primer sector del cual dependen el
gobierno y el mercado, vamos a tener un escenario político muy
diferente. Vamos a poder crear nuevas oportunidades laborales.
Pero tenemos que pensar en la política como un taburete de tres
patas y crear nuevas asociaciones entre el gobierno, la comunidad
empresarial y el tercer sector.
EC- No quiero que quede fuera de esta entrevista el
factor educación. Usted sostiene que el problema del desempleo
generado por la tecnología no se arregla simplemente con educación,
y maneja algunos ejemplos al respecto: "algunos ingenieros de
calidad media", dice usted, "ya no son necesarios porque
tenemos computadoras que pueden hacer el trabajo de cálculo que a
ellos les corresponde. Lo mismo sucede con los médicos, los
abogados... En el futuro recurriremos a los mejores pero no
necesitaremos una gran variedad". La consulta es: ¿cómo
deben orientarse los sistemas educativos en sus distintos niveles,
si queremos que sean útiles en este nueva era que usted define
como el fin del trabajo o de renacimiento, si se dieran las
condiciones necesarias.
JR- Creo que la educación es clave. Muchos educadores
americanos están preocupados porque estamos preparando a los jóvenes
para el mercado del ciberespacio (les damos computadoras y les
enseñamos a manejarlas), pero después no los vamos a necesitar.
No vamos a precisar tantos profesionales en estas áreas. Los
estamos educando para una desilusión.
Por eso en Estados Unidos se está poniendo en marcha una nueva
revolución educativa. Estamos empezando a preparar para el tercer
sector. Llamamos a esto la educación civil. En cada escuela, en
cada liceo, en cada universidad, están comprendiendo que los
estudiantes aprenden mejor cuando lo que se les enseña es
experimental y está relacionado con la resolución de problemas
referidos a su comunidad. Si su hijo está emprendiendo los temas
de zoología lo mejor es ver qué es lo que sucede en su entorno a
propósito de esos asuntos; así los principios de la ciencia van
a ser más claros porque los alumnos los sienten como propios.
Estamos teniendo un cambio que pasa por integrar la educación en
la clase y la de la comunidad. Además se implica a los padres,
los estudiantes, maestros y organizaciones locales. Los
estudiantes se desempeñan mucho mejor porque su aprendizaje tiene
una relación directa con quiénes son como seres humanos, y eso
va fortaleciendo el capital social.
Hasta ahora nuestro sistema educativo estaba poniendo énfasis en
cosas que no son tan relevantes. Una vez que un niño sabe que
tiene relaciones con otros seres humanos en el tercer sector es
que vamos a poder darle lo que necesita, pero si no lo hacemos así
vamos a preparar ese niño para algo a lo que no va a poder
ajustarse en el futuro. Tenemos que considerar la educación civil
como un modelo para preparar a miles de jóvenes acostumbrándolos
a tener una relación directa con las organizaciones del tercer
sector. Al hacerlo vamos a ir consolidando una generación que
estará capacitada para tres tipos de trabajo: para trabajos en la
función pública, en el gobierno y en empleos pagos del tercer
sector. Vamos así a ampliar las oportunidades laborales, que
pueden ir más allá del Estado y del Gobierno.
|