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Manuel Castells
(1942) |
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Manuel Castells, nacido en España en 1942 y emigrado a Francia a los
veinte años, es en la actualidad catedrático y director del Instituto
Universitario de Sociología de Nuevas Tecnologías en la Universidad
Autónoma de Madrid y catedrático de Planificación Regional de la
Universidad de California (Berkeley), así como miembro del Instituto de
Estudios Internacionales de la Universidad de Berkeley. Profesor en la
UOC y temporalmente se encuentra investigando en la Universidad de
Michigan.
Doctor en Sociología por la Universidad de París, en 1967, ha
sido sucesivamente investigador en el Laboratoire de Sociologie
Industrielle (Universidad de París), profesor de la Universidad de
París-Nanterre,
profesor y consultor de la UNESCO en la Facultad Latinoamericana de
Ciencias Sociales, profesor en el Departamento de Sociología de la
Universidad de Montreal, profesor-visitante en el Centro de Desarrollo
Urbano de la Universidad Católica de Chile y profesor en la Universidad
de Wisconsin (EUA). Durante la década de los setenta ha sido profesor y
catedrático de Sociología en la Ecole Pratique de Hautes Etudes (Sorbonne, París), donde dirigió el seminario de Sociología Urbana,
tuvo a su cargo el seminario de Metodología
para el doctorado en
Sociología y fue responsable del equipo de investigación urbana en el
Centro de Estudios de los Movimientos Sociales de dicha institución.
Su producción bibliográfica es muy amplia y está
disponible esencialmente en castellano. Entre sus libros están
Crisis urbana y cambio social (1981); La ciudad y las masas.
Sociología de los movimientos sociales urbanos (1986); La ciudad
informacional (1989); Tecnópolis del mundo: la formación de los
complejos industriales del siglo XXI (1994); La sociedad red (1996);
Local y global: la gestión de las ciudades en la era de la información
(1997); etc.

El
ciudadano y el autómata
Por
René Lefort
Para este sociólogo español, la revolución
tecnológica no sólo transforma profundamente la economía y las
comunicaciones: los fundamentos de la sociedad industrial vacilan; surge una
nueva “sociedad informacional”. ¿Qué poder tendrá en ella el ciudadano?
La última reunión del G8 (las siete
principales potencias económicas del planeta y Rusia) estimó por primera vez
que había que “humanizar” la mundialización. ¿Significa ello que ésta es
inhumana?
Es muy humana y muy creativa para los fuertes y sumamente inhumana para los débiles:
provoca una polarización sin precedentes.
El nivel de vida, así como los medios culturales y tecnológicos de un tercio
de la población mundial, han aumentado considerablemente. Sin embargo, del último
Informe sobre Desarrollo Humano del PNUD* se desprende que se han acentuado de
manera extraordinaria las desigualdades y la pobreza –se trata de dos nociones
diferentes–, así como la exclusión social y la marginación en el mundo en
su conjunto, con grandes excepciones como la India, China o Chile. Cuarenta por
ciento de los habitantes del planeta viven mal, con menos de dos dólares
diarios. Entre ellos, una proporción creciente sufre una miseria aguda y sobre
todo una extrema pobreza cultural: es totalmente incapaz de sacar partido de la
aparición de la sociedad informacional. Por consiguiente, “humanizar” la
mundialización exigiría orientar la extraordinaria potencia creadora de las
nuevas tecnologías, de las nuevas productividades económicas y de la
comunicación universal a través de Internet, de modo que no beneficie sólo a
los sectores más avanzados, educados y cultos de los países más poderosos.
Pero por el momento esta exigencia es una expresión de buenos deseos. Se afirma
que habría que actuar de otra manera, pero no existe un verdadero empeño por
corregir esos efectos de discriminación, sino todo lo contrario.
¿Esta discriminación coincide con la frontera que separa lo que usted llama
la “mano de obra genérica” de la “mano de obra autoprogramable”?
No del todo. El trabajador autoprogramable posee la información, la educación
y la cultura suficientes para adaptarse a los cambios constantes de las
condiciones tecnológicas y profesionales. No obstante, en este sistema laboral
que ha pasado a ser puramente individualizado, sin apoyo ni solidaridad
sociales, pertenecer a esta categoría no es sinónimo de invulnerabilidad: el
menor tropiezo serio –accidente físico o psicológico, dificultades
familiares, etc.– precipita a la persona del otro lado de la barrera. Por
ejemplo, los hijos de cuadros medios que comienzan a drogarse a los 18 o 20 años
terminan en la cárcel y entran también en el engranaje de la exclusión
social.
En cuanto a la mano de obra genérica, es decir, los trabajadores que por falta
de calificación específica y por no haber llegado al nivel exigido de educación
y cultura no son capaces de integrarse en el sistema productivo dominante –y
las máquinas pueden o podrían reemplazarlos–, cabe afirmar que se divide en
dos categorías. Los que aún están relativamente protegidos y conservan un
trabajo porque son empleados de instituciones o viven en países que los ayudan
y les garantizan cierto nivel de vida. Y los que están totalmente excluidos por
vivir en zonas, tanto de países desarrollados como subdesarrollados, que no
disponen ni de infraestructuras ni de empresas que permitan y garanticen el paso
a una sociedad informacional. En ese caso, la exclusión social es resultado de
la ausencia de trabajo.
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“Humanizar”
la mundialización exigiría orientar la extraordinaria potencia
creadora de las nuevas tecnologías, de las nuevas productividades
económicas y de la comunicación universal a través de Internet,
de modo que no beneficie sólo a los sectores más avanzados. |
Usted estima que el capitalismo actual es más brutal que sus formas
precedentes. ¿Por qué?
Porque ha roto el contrato social. Hoy la estructura en redes permite conectar
todo lo que tiene valor para el sistema dominante y conferir así a los
conectados un extremo dinamismo. Pero esa estructura permite también no
conectar todo lo que está desvalorizado a sus ojos: individuos, regiones,
sectores, empresas, etc., y condenarlas de ese modo a la decadencia. Y puesto
que logra apropiarse de todo lo que podrá procurarle valor, el capitalismo
actual puede mostrarse sumamente selectivo e imponer sus reglas. Tanto más
cuanto que los Estados y las instituciones, políticas o parapolíticas, que
cumplían un papel de contrapeso durante la revolución industrial, ejercen un
control muy limitado sobre los procesos mundiales de comunicación, de circulación
de capitales, de desarrollo tecnológico, de producción. Es pues la ley del más
fuerte, una dinámica puramente darwiniana.
¿Nadie escapa a ella?
Se impone en cierto modo independientemente de la voluntad de las empresas:
negar esa ley implicaría para ellas ser eliminadas por la competencia dado que
justamente las redes sólo integran a las fuertes. Se impone además en el seno
mismo de la empresa, más allá de sus dirigentes o de sus accionistas
exteriores. Veamos el ejemplo del capitalismo avanzado de Silicon Valley que,
entre paréntesis, encarna hasta cierto punto el ideal de autogestión marxista
de los años sesenta. La remuneración de sus empleados no es un salario, sino
sobre todo acciones. Por consiguiente tienen interés en que el valor de éstas
aumente lo más posible, incluso si para ello hay que despedir a un colega
porque no es suficientemente productivo.
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Las
Naciones Unidas según Castells
A
las organizaciones internacionales como la UNESCO
les corresponde a mi juicio un papel muy importante: pueden actuar
como un nexo entre, por una parte, los gobiernos, que a pesar de
todo siguen siendo instrumentos políticos, y, por otra, las
exigencias de las poblaciones, especialmente en el terreno del
desarrollo y de la paz. Por consiguiente, deben servir de puntos
de encuentro pero también, cada vez más, de foros que impulsen
proyectos prácticos. Por ejemplo, todo el mundo está de acuerdo
en que la educación es la clave de la disminución de las
desigualdades y de la exclusión. Pero ¿qué significa
exactamente educar? ¿Qué debe hacerse a escala mundial para que
el tipo de educación indispensable llegue a los dos tercios de la
humanidad que actualmente están al margen de ella? Evidentemente
la respuesta han de darla los gobiernos. Pero la Unesco es
justamente el tipo de organización donde puede elaborarse una
estrategia mundial de educación.
Por lo demás, instancias como el Fmi, el Banco Mundial o el G8 se
ocupan de los sistemas de corrientes mundiales pero con especial
hincapié en la innovación tecnológica, la productividad económica
y el desarrollo informacional. Su poder ha de ser contrapesado por
organizaciones internacionales como la UNESCO,
la OMS
o la OIT,
que serían capaces de elaborar el nuevo contrato mundial de carácter
social y cultural, tal como las primeras hacen respecto de la
economía y la tecnología. Pero sólo lo lograrán si ganan una
legitimidad y una potencia equivalentes aprovechando a su vez la
fuerza de las redes... |
¿Ilustra este ejemplo una tendencia a su juicio fundamental de la nueva
sociedad: la individualización del trabajo en perjuicio de su organización
colectiva?
Más allá de los mitos difundidos actualmente sobre el impacto del nuevo
sistema tecnoeconómico en el empleo, medido esencialmente por la disminución
de desempleo, el cambio esencial reside en la flexibilidad de las relaciones de
trabajo. El funcionamiento de las empresas en redes, entre ellas y en su seno,
está liquidando el principio del puesto de trabajo estable y seguro, que nació
con la era industrial.
En Inglaterra, que fue la cuna de ese principio, todas las formas de trabajo
temporal, precario, con jornada parcial o autónomo, conciernen a 55% de la
población activa. El trabajo organizado de acuerdo con el modelo tradicional se
ha vuelto minoritario. La misma evolución se observa en las ciudades del Tercer
Mundo, cada vez más urbanizado, en las que predomina la llamada economía
informal. Las relaciones laborales se caracterizan por la ausencia de un empleo
estable y regular a largo plazo. Las actividades pueden ser sumamente
rudimentarias, pero algunas son muy complejas.
Nos guste o no, la organización flexible del trabajo es tanto más eficaz para
las empresas, comparada con sus formas anteriores, que las que siguen
funcionando con una mayoría de mano de obra asalariada y un modo de trabajo
estable y fijo están condenadas por las reglas de la competencia. Por eso, las
empresas se apoyan cada vez más en un núcleo de trabajadores calificados que
desean conservar y en una vasta periferia de trabajadores temporales y
subcontratistas. En resumen, se produce una individualización de las relaciones
de trabajo entre los asalariados y los patrones, por un lado, y en el seno mismo
de la población de trabajadores autónomos, por otro: todo el mundo subcontrata
con todo el mundo.
Pero esta evolución introduce entonces una correlación de fuerzas
totalmente desigual entre los trabajadores y la empresa...
Sí, pero también entre los propios trabajadores. Los más fuertes tienen un
verdadero poder de negociación en función de lo que pueden aportar a su
empresa o a cualquier otra en el mercado. En cambio, los no calificados carecen
de esa fuerza y, por tanto, de una capacidad real de negociación colectiva a
través de los sindicatos: en el sector privado, ahora dominante, éstos han
quedado reducidos a su mínima expresión y la tasa de sindicalización
disminuye constantemente. Por eso hay que rechazar el retroceso de la protección
social y apoyar el paso de una protección de los individuos en su calidad de
trabajadores, como ocurre en la mayoría de los casos actualmente, a un sistema
de protección generalizada de las personas, trabajen o no.
El panorama que usted describe es particularmente sombrío...
Un análisis que redujera los efectos de las profundas transformaciones actuales
a la mera exclusión social no resulta aceptable. Esos efectos son sumamente
positivos para una proporción importante de la población, la misma que a nivel
mundial forja modelos y crea la opinión. No se trata de una elite reducida, de
una minoría oligárquica: 30% a 40% de los habitantes de países como Estados
Unidos o Francia pertenecen a ella. Ese sector ha ganado inmensas posibilidades
de creatividad no sólo económica sino también social, intelectual, cultural.
Paralelamente a la exclusión social, hay que destacar los aspectos creadores y
liberadores de esta revolución tecnológica.
¿Por ejemplo?
Internet ha reducido el poder de los grandes monopolios de los medios de
comunicación y la capacidad del aparato estatal de controlar a las personas.
Una de las consecuencias es una mayor transparencia, sobre todo respecto de la
corrupción política: históricamente los poderosos espiaban a los ciudadanos;
ahora puede producirse el fenómeno inverso. El trabajo puede tornarse más autónomo
y las perspectivas profesionales más diversificadas: ya no se está condenado a
permanecer toda la vida en la misma burocracia ascendiendo sólo gracias a la
antigüedad. El nivel de educación de las mujeres se eleva extraordinariamente
(constituyen por ejemplo la mayoría de los diplomados universitarios en Estados
Unidos) y, pese a la discriminación que evidentemente persiste, sus
perspectivas profesionales son cada vez mayores. Es mejor que la reclusión en
el hogar.
Esta dinámica de la sociedad informacional, que constituye el tema central
de sus investigaciones, engendra al mismo tiempo su propia oposición. ¿Cómo?
El proceso es sumamente complejo. Primer punto: el Estado moderno (liberal,
socialista o marxista) se construyó sobre la negación de las identidades
primarias e históricas. El Estado hacía la nación, y no a la inversa. Pero
había logrado fundir esas identidades originales en el crisol de una nueva
identidad abstracta: la ciudadanía. Y protegía a sus ciudadanos. Ahora bien,
la mundialización hace que el Estado ya no consiga ser ese instrumento de
protección, ni ese transmisor de cohesión que encierra la noción de ciudadanía.
Entonces, y ése es el segundo punto, en el proceso de instauración de una
sociedad informacional que coloca a la competencia en la cúspide de sus
valores, dos reacciones son posibles. Para los más fuertes, los que tienen
dinero y poder, la competición puede dar sentido a sus existencias si se forjan
una identidad totalmente individualista, incluso narcisista y consumidora: gano
mucho y gasto mucho. Toda sociedad en red es fundamentalmente individualista. Es
la ideología de la elite técnica y económica dominante, liberal y libertaria.
Pero, a su alrededor, numerosas personas no tienen lisa y llanamente los medios
de acceder a esta ideología individualista, o la rechazan. Dan entonces sentido
a su existencia construyéndose identidades comunitarias. Las erigen sobre códigos
culturales que expresan valores simples y sólidos: Dios, la etnia, el terruño,
el género... Tienen la sensación de que éstos les brindarán cierta protección
frente a las corrientes mundiales de las que han perdido el control.
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Un
trabajo de titán
“Desmesura”,
“desafío insensato”, “trabajo enciclopédico”, “erudición
impresionante”: la publicación de la obra maestra de Manuel
Castells fue saludada con críticas ditirámbicas.
Es cierto que la ambición del autor puede parecer un tanto
excesiva: nada menos que “comprender nuestro mundo”—todo
nuestro mundo— “para tratar de dar sentido a lo que hoy
aparece como un espantoso caos”. “En el último cuarto de
siglo, una revolución tecnológica, centrada en torno a la
información, ha transformado nuestro modo de pensar, de producir,
de consumir, de comerciar, de gestionar, de comunicar, de vivir,
de morir, de hacer la guerra y de hacer el amor.” Manuel
Castells explica por qué y cómo en tres volúmenes de casi medio
millar de páginas cada uno,* fruto de doce años de un trabajo
que se burló de las fronteras geográficas y las barreras
disciplinarias. Afirma allí que la organización de la sociedad
industrial —economías, unidades políticas, conjuntos
industriales, identidades culturales— se producía siempre en
torno a centros. Estos desaparecen. En la “sociedad
informacional” una lógica de redes se impone en todos los
sectores. “El poder de los flujos predomina sobre los flujos de
poder.”
Se necesitaba tal vez una trayectoria original para elaborar un
pensamiento tan iconoclasta. En 1962, a los veinte años de edad,
Manuel Castells, entonces “un poco marxista pero no
leninista”, mucho más “anarquista y libertario”, abandona
su España natal para estudiar en Francia. Será expulsado de ese
país en mayo del 68 y regresará dos años más tarde. El azar lo
lleva a interesarse por la sociología urbana, de la que pasará a
ser una figura destacada. Su tesis, The City and the Grassroots,
recibió en 1983 el premio C. Wright Mills a la mejor obra de
ciencias sociales en Estados Unidos. Enseña esta disciplina en la
Universidad de Berkeley, después de haber sido profesor de
sociología en París durante doce años. Es miembro de la
Academia Europea y del Alto Comité de Expertos sobre la Sociedad
de la Información de la Comisión Europea.
Cordial y convincente, expone sus ideas con sencillez y una punta
de ironía. Se niega a ser un gurú, insistiendo constantemente en
los límites de su trabajo. “Cada vez que un intelectual ha
querido responder a la pregunta ‘¿qué hacer?’, se ha
producido una catástrofe.”
*
Manuel Castells, La era de la información: (vol. 1 La
sociedad red; vol. 2 El poder de la identidad; vol. 3 Fin
de milenio), Madrid, Alianza Editorial. |
Pero esas identidades son ambivalentes...
Pueden ser abiertas cuando entablan diálogos con los que reivindican otras
identidades. Pero cuando se afirman de modo tajante replegándose en sí mismas
y excluyendo a todas las demás, pueden ser fundamentalistas. Ahí está la
clave del problema: todo el mundo no puede ser argentino o serbio, católico o
islamista, mujer u homosexual; la afirmación pronunciada de una identidad
exclusiva como única forma de dar sentido a la existencia conduce a la
fragmentación en tribus, a una suerte de atomización colectiva.
La única respuesta ante ese grave peligro es lograr tender puentes entre esas
identidades tan diversas. Y el principal reto lanzado al Estado es que
establezca, además del contrato político entre ciudadanos, un contrato, de carácter
cultural esta vez, para que esos múltiples códigos culturales, esas múltiples
identidades se comuniquen entre sí. Sólo apoyado en ese contrato podrá el
Estado garantizar la coexistencia de éstas teniendo en cuenta al mismo tiempo
su afirmación. Sin embargo, dada la forma en que se constituyó históricamente,
no está en buenas condiciones para hacerlo...
Frente a este doble peligro de exclusión y de fragmentación, ¿cómo podría
surgir una conciencia colectiva que se tradujera en una acción política
global?
Ese es el interrogante esencial, al que no doy ninguna respuesta. Mi trabajo no
es prospectivo, se basa en la observación. Y lo que observo es una exacerbación
de las resistencias frente al poder del sistema de redes, algunas de las cuales
ya no obedecen a una lógica humana: han pasado a ser lo que yo llamo autómatas.
El mejor ejemplo de ello es el mercado financiero mundial: controla todo, nadie
lo controla, ni siquiera los Estados. En primer lugar, acoge todo dinero
cualquiera que sea su origen, no sólo el de los financieros sino el de
cualquier hijo de vecino, incluido el suyo (gracias a sus ahorros o a su fondo
de pensión). A continuación, son los soportes lógicos y circuitos electrónicos
los que animan su circulación permanente. Por último y sobre todo, ésta
obedece a reglas que sólo son parcialmente económicas: lo que yo llamo las
turbulencias de la información cumplen en ella un papel esencial. Diversos
actores, incluidos los políticos, lanzan mensajes y crean imágenes que mueven
a una multiplicidad de actores a reaccionar en ese mercado. Pero no están
coordinados entre sí, y ninguno puede prever a ciencia cierta la reacción de
los mercados. Múltiples actores, algunos con más poder que otros, pueden por
consiguiente influir en la situación en la que se producen todas esas
transacciones financieras. Practican así juegos de estrategia, pero nadie puede
controlar ni el desarrollo ni el desenlace del partido: se ha creado un autómata.
¿Qué pasa entonces con la política?
Hoy día no es definida por los medios de información sino en el seno del
espacio mediático. Son esencialmente las innumerables cadenas de televisión de
tipos cada vez más diversos las que lo ocupan, y progresivamente el Internet. Sólo
tiene existencia política, o sea sólo pasa a ser una opinión política en la
mente de la gente, lo que aparece en los medios de comunicación. Evidentemente,
los actores políticos tradicionales se organizan ahora en función de esta
escena mediática. Pero distan mucho de desempeñar allí los papeles
principales. Una pluralidad y una multiplicidad de lobbies, de grupos de
intereses, de organizaciones profesionales de creación y de manipulación de
mensajes y de imágenes se han sumado a ellos. Estas últimas crean nuevamente
turbulencias de información, fruto de sus estrategias deliberadas y del grado
de autonomía de los propios medios de información. Pero el resultado político
final –el impacto sobre la decisión de los ciudadanos– es independiente de
la voluntad de cada uno de los actores. Es la culminación “automática” de
interacciones que nadie controla.
¿Cómo reacciona el ciudadano ante este “automatismo”?
Observo que hace dos cosas: primero, vota en contra. Los principales cambios
electorales, debidos a oscilaciones de sólo 5% a 10% del electorado, son
consecuencia de movimientos de oposición a un acontecimiento o a una decisión
pasados y no de adhesión a un proyecto político por aplicarse. Esos votos de
desconfianza prueban que el ciudadano tiene una relación defensiva con el
sistema político. A continuación, sitúa a los actores de este sistema en el
nivel más bajo del prestigio social. Los juzga corruptos, dispendiosos,
ineficaces. En consecuencia, la gente piensa cada vez más que la política ya
no es un instrumento para cambiar la vida.
¿Qué pueden hacer entonces los que quieren cambiarla?
Nuestra generación vivió convencida de que el Estado era la palanca
fundamental en la que había que apoyarse para que prosperara un proyecto político
que respondiera a las expectativas y las necesidades de la sociedad civil. Pero
¿qué puede hacer hoy el Estado, condicionado como está por el autómata
financiero y el autómata mediático? Su margen de maniobra es sumamente
estrecho. En lo sucesivo, en aquellos que sienten una voluntad de transformación
o aspiran a que su vida no consista solamente en ganar dinero, se desarrolla un
nuevo tipo de acción política, esta vez sin ninguna intervención del Estado.
Llegan a actuar políticamente con un enfoque ético y práctico: obtener un
cambio muy concreto en un área geográfica determinada, en un momento dado, en
un ámbito limitado. Ese cambio es a todas luces insignificante si se tiene en
cuenta la escala de las transformaciones que se necesitan, pero por lo menos es
efectivo. Se trata de una política empírica con resultados inmediatos. La ong
Médicos sin Fronteras, por ejemplo, o el movimiento Jubileo 2000, que ha
obtenido resultados indiscutibles para aliviar la deuda de los países más
pobres, han seguido esta vía con éxito.
¿Esta política de corto alcance está a la altura de los desafíos
existentes?
Mi apuesta es que todas esas acciones parciales y fragmentarias, llevadas a cabo
por miles de personas, constituirán poco a poco una red. Mi esperanza es que el
desarrollo de las redes se fortalezca hasta englobar incluso a aquellos que
quieren combatir sus efectos inaceptables. Que junto a las redes del dinero, de
la tecnología, de la información, se constituyan redes igualmente poderosas, y
por ende igualmente eficaces, pero alternativas, que transmitan valores
diferentes y que terminen por generar nuevas estrategias políticas globales.
Pero las transformaciones fundamentales se producen ya sin esperar esta última
etapa. Fíjese en el movimiento femenino. Ha impuesto la mayor revolución
cultural de la historia de la humanidad, y sin seguir los cauces políticos
tradicionales. Sin embargo, los cambios de los códigos culturales, que primero
tuvieron lugar en la mente de las mujeres, eran tan profundos que finalmente
fueron institucionalizados por los sistemas políticos, al menos cuando éstos
son dinámicos y democráticos.
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