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Un profundo sentimiento de
angustia recorrió los pasillos de Bruselas semanas atrás cuando los
líderes europeos se reunieron para discutir sobre el futuro de la Unión
Europea. Casi todos los participantes habían expresado su preocupación
sobre las divisiones surgidas entre las potencias europeas después del
fracaso de los esfuerzos diplomáticos con relación a Irak. Muchos se
preguntaban abiertamente si este agravamiento de las diferencias no
comprometería las propias perspectivas de la UE. Pero, mientras se
estrechaban las manos, ninguno recordó la extraordinaria transformación
producida en estos últimos meses entre la gente común de toda Europa. La
crisis iraquí había unido a los pueblos de todo un continente que ya
tenían una incipiente pero clara conciencia de los valores compartidos y
una visión común de futuro. Millones de personas habían salido a las
plazas, dando vida a la mayor manifestación de protesta colectiva en la
historia de Europa. Por primera vez, ciudadanos de diferentes extracciones
sociales y tendencias políticas, de diferentes edades y grupos étnicos, se
habían reunido para condenar la política unilateral de Bush en Irak y, al
hacerlo, expresaban por primera vez de modo inequívoco una nueva identidad
europea.
Observando la situación desde EE.UU., resulta claro que
las emociones manifestadas en las plazas y las apasionadas discusiones en
los salones son un fenómeno nunca antes experimentado en todos los largos
años que viví en Europa. Estas personas no hablaban como franceses,
italianos, alemanes, húngaros o irlandeses, sino como europeos. Y por
cuanto sabemos este sentimiento común es algo sin
precedentes, al menos en el arco de años de mi vida. Incluso en Gran
Bretaña, Italia y España, cuyos gobiernos se alinearon oficialmente con
Estados Unidos, la abrumadora mayoría de la población hizo sentir su voz
opositora. Y las mayores manifestaciones se produjeron justamente en esos
países cuando centenares de miles de personas invadieron las plazas.
Esto es una señal clara de que el sentido de
pertenencia nacional ha cedido paso a una nueva conciencia europea.
Incluso en los diez países de la Europa central y oriental que deberían
pasar a ser parte de la UE el próximo año, más del 70 por ciento de la
población fue contraria a la posición filoamericana de sus gobiernos.
Estamos asistiendo a un fenómeno de proporciones
históricas, aun cuando esto no significa que los tantos millones de
personas que están comenzando a hablar con una sola voz se identifiquen
inmediatamente con la UE. Probablemente ningún manifestante se considere
un ciudadano de esta última. Pero si Bruselas está lejos de la mente de la
mayoría, lo que une a los europeos es su repudio a la geopolítica del
siglo XX y un fuerte interés en una nueva "política de la biosfera" a
desarrollar en el curso del siglo que apenas se inició. Las señales
reveladoras de esta identidad naciente son visibles en todos lados. Los
europeos están preocupados por el recalentamiento de la Tierra y por otros
problemas ecológicos. Apoyan el Tribunal Internacional como órgano capaz
de garantizar el respeto de los derechos humanos. Son favorables a las
ayudas al desarrollo de los países pobres del tercer mundo y a la
reducción de la brecha entre ricos y pobres, y consideran a las Naciones
Unidas el lugar más apropiado para resolver los conflictos
internacionales. Siempre más numerosos son quienes además ven a los
Estados Unidos como abiertamente contrarios a estos valores. Y hasta con
relación a cuestiones éticas fundamentales, como la abolición de la pena
de muerte, los europeos tienen la sensación de que la brecha entre el
Viejo y el Nuevo Mundo se está ampliando.
La negativa de Estados Unidos a firmar los Acuerdos de
Kioto, el Tratado sobre la Biodiversidad y la Nueva Convención sobre Armas
Biológicas, así como su retiro del Tratado sobre Misiles Antibalísticos, y
ahora su decisión de pasar por encima del Consejo de Seguridad de la ONU y
actuar unilateralmente en Irak terminaron por convencer a muchos europeos
de que el gobierno norteamericano está irremediablemente influenciado por
una visión hobbesiana del mundo y que probablemente no cambiará nunca esa
orientación.
Europa, en cambio, después de tantas guerras y
conflictos seculares, está a la búsqueda de un orden mundial basado en la
idea kantiana de la paz perpetua. Y ve cada vez más en la política y en
los diseños de los Estados Unidos un obstáculo al desarrollo de una
auténtica conciencia universal. Es justamente esta percepción
fundamentalmente diferente del mundo la que está llevando a muchos
europeos a concluir que sus intereses, sus esperanzas y su visión del
futuro divergen cada vez más respecto de aquellas de los viejos amigos
americanos, de un modo que parece ya irremediable por la única vía de la
diplomacia.
De todos modos, aun si los ciudadanos europeos, y sobre
todo los jóvenes, son profundamente pacifistas y prefieren el diálogo al
enfrentamiento y al conflicto, es innegable que si Estados Unidos no
hubiese sido propenso a conservar su poder en el mundo y a emplear la
fuerza militar para mantener la paz, las guerras entre grupos étnicos y
políticos rivales y Estados soberanos probablemente habrían transformado
al mundo en esa perpetua pesadilla hobbesiana que muchos europeos
aborrecen. ¿En qué situación se encuentra entonces Europa en este momento
histórico? El dato positivo está en el hecho de que millones de habitantes
descubrieron su sentido de pertenencia a Europa. Su profunda aversión a la
política de Bush los ha unido como nunca antes. Pero esta nueva identidad
debe ser todavía ligada a aquello que, en teoría, debería ser el marco
dereferencia político del Viejo Continente: la Unión Europea. Sin embargo,
esta ligazón será difícil hasta que la población y las instituciones
comunitarias se dediquen realmente de lleno a la búsqueda de instrumentos
eficaces para conseguir una política externa auténticamente europea y
crear a la vez un sistema de defensa que pueda asegurar la paz.
El problema de fondo es que los europeos no podrán
continuar recostándose sobre la fuerza militar de los Estados Unidos para
mantener la paz y el orden en su continente y en el resto del mundo, a la
vez que se verán en la necesidad de repeler los métodos usados por
Washington para alcanzar esos objetivos. Guste o no, el gobierno
norteamericano será con el tiempo siempre menos propenso a poner en
peligro la vida de sus jóvenes y a continuar desembolsando millones de
dólares de sus contribuyentes para garantizar la seguridad de Europa,
sobre todo si se piensa que al menos la mitad de la población
estadounidense tiene una visión del mundo muy diferente de la de los
europeos. La verdadera prueba consistirá entonces en ver si los Estados
miembro de la Unión Europea están en condiciones de asegurar una presencia
militar capaz de mantener la paz en el mundo y de adoptar una política
externa lo suficientemente unitaria como para hablar en nombre de toda la
población del continente. La Fuerza Europea de Intervención Rápida, un
ejército de casi 60 mil personas, debería ser operativa a partir de este
mismo momento con una triple misión: asistir a los civiles amenazados por
crisis externas a la UE; adherir a las operaciones de mantenimiento de la
paz autorizadas por las Naciones Unidas; y jugar un rol de intermediación
entre las facciones en guerra.
Este nuevo contingente debería ser mucho más que una
fuerza de policía y mucho menos que un ejército tradicional, es decir, un
cuerpo militar creado para asegurar la paz tanto como para hacer la
guerra. Existen todavía muchas dudas sobre su capacidad para garantizar a
los europeos un cierto grado de seguridad en un mundo siempre más
inestable y precario. Pero esto se verá con el tiempo. Una moneda única y
un mercado común no son suficientes para unir a los pueblos del
continente. La nueva conciencia europea que emergió con los eventos
traumáticos de estos últimos meses representa una oportunidad. Ahora el
problema es ver si esta identidad común, que ya tomó forma por primera
vez, podrá conseguir una expresión institucional en la Unión Europea. |
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