Conviene establecer desde
ahora mismo algunas ideas claras y precisas, para que nadie se llame a
engaño ni pretenda sacar provecho de una debilidad inexistente.
Principio básico: España es el sujeto histórico que sirve de marco, sin
limitación temporal, a nuestra convivencia social y política. El derecho
a ser españoles pertenece también a las generaciones futuras y no puede
ser enajenado por hipotéticas mayorías coyunturales, ni por la presión
conjunta de la violencia y el oportunismo. Álava, Guipúzcoa y Vizcaya
son parte constitutiva de España. En este contexto, el País Vasco
disfruta de un grado de autonomía superior a cualquier otra entidad
infraestatal en Europa. Hasta aquí las reglas del juego.
Por desgracia para todos, la historia del
nacionalismo vasco es la crónica de un fracaso lamentable. El PNV y sus
satélites han sido incapaces de aprovechar, en beneficio general, el
proyecto de vida en común que ofrece la España constitucional: paz,
progreso y libertad como ejes de la incorporación (irreversible y
definitiva) de nuestro país a la modernidad. España, a la altura de los
tiempos. Igual que todos y mejor que la mayoría en muchos aspectos. Es,
sin duda, un proyecto sugestivo en el sentido orteguiano. El
nacionalismo excluyente ha producido, por el contrario, una sociedad
dual, atemorizada por una banda de criminales que pierde cada día
posiciones según todos los índices macroeconómicos, exporta exiliados y
presenta una imagen siniestra de muchos lugares antes privilegiados.
Ésta es la realidad del pueblo vasco, ídolo falso y
prisionero en la práctica de intolerantes y sectarios. Víctima de una
ideología demencial, la más reaccionaria de Europa. Apelar al sano
sentimiento jurídico popular; añorar un Estado «völkisch»; jugar con
argumentos racistas... Nazismo puro. Nadie en las democracias
contemporáneas se atreve a llegar tan lejos, ni siquiera Le Pen y sus
amigos. Quiere hacer de aquella tierra un desierto y luego llamarlo paz,
como denunciaba Tácito de las antiguas guerras. No lo van a conseguir,
porque, como bien sabía don Miguel de Unamuno, «el desierto oye, aunque
no oigan los hombres». El nacionalismo ha dilapidado el honroso derecho
de mucha gente de bien a ser españoles y a ser vascos, con plena
normalidad en una y en otra condición. ¿Quiere también enterrar su
derecho a ser europeos?
El despropósito anunciado en el debate parlamentario
manipula, una vez más, términos ya conocidos. Se trata de buscar esa
«equidistancia» sombría entre la Constitución y los asesinos. Si somos
benévolos, el lenguaje de Ibarretxe recordaba, hasta ahora, al tibio
personaje de Goethe: «Cuando cree haber dicho una cosa atrevida, no cesa
de limitar, modificar, quitar y poner...». Ahora va más allá. Quiere
provocar, pero sólo produce hastío: otra vez Estella, de nuevo el
documento de julio pasado. Leamos el texto desde el punto de vista de
las ideas políticas. Los nacionalistas dan por supuesto el derecho de
autodeterminación. Siempre atentos a la moda, descubren la soberanía
compartida (¿Gibraltar?; ¿Perejil?) y apuntan a un extravagante Estado
libre asociado (Puerto Rico, quizá). Lenguaje maximalista, que repugna a
la inmensa mayoría. Desde su asteroide (hay más de cien mil sólo en el
sistema solar), el lehendakari regresa a la tierra: planea la reforma
del Estatuto; aplaza la ilegal consulta popular; reclama nuevas
competencias y funciones; amenaza con tomarlas por vía de hecho:
insólito es el adjetivo más suave. Pero, ¿es así como se proclama la
soberanía? Léase con atención sobre este punto la Tercera del sábado de
José Antonio Zarzalejos. Formula Ibarretxe distinciones artificiosas.
Palabras sobre palabras que nada significan. La realidad es sencilla: la
ideología cerrada combinada con el poder absoluto conduce al
totalitarismo.
Saben de sobra los estrategas de la tensión cuál va a
ser la respuesta ante el nuevo desafío: son tantas veces ya... Los dos
grandes partidos nacionales hablan claro y hablan bien; ojalá no
reaparezcan tentaciones inútiles. Nadie se engaña por la coincidencia
del golpe policial a ETA con el anuncio de nuevos gestos en favor de
Batasuna o sus sucedáneos. El PNV sigue dando juego a quienes sustentan
sin pudor el terrorismo. ¿Cómo se entiende el recurso de
inconstitucionalidad contra la ley de Partidos? Todo sea por un puñado
miserable de votos radicales. La propuesta se plantea, con la delicadeza
habitual, días después de otro crimen infame... España va a continuar su
devenir histórico porque es una nación firme y segura de sí misma. La
dignidad no es negociable. La vida irrepetible de cada ser humano está
por encima de locuras fanáticas y egoísmos mezquinos. Defendemos la
justicia y el pluralismo, principios nucleares de la legitimidad
democrática. Pero, sobre todo, amamos la vida civilizada y la sociedad
abierta en contra de quienes demuestran su miedo (a veces, pánico) hacia
la libertad, ese «fruto delicado», como decía Lord Acton.
Los españoles hemos aprendido, después de mucho
dolor, a pensar desde nuestra perspectiva propia acerca de estos
asuntos. Repito algo que escribí hace poco, a propósito de la pobre
Silvia, la niña asesinada en Torrevieja: «Se trata de pensar en nosotros
y no en ellos, esto es, en los que se dicen nacionalistas y se comportan
como reaccionarios y defensores de privilegios absolutistas». Vamos a
ganar la batalla contra los criminales y vamos a triunfar en la
contienda política, sin ceder ni un milímetro ni alterar las reglas del
Estado de Derecho. Hay una respuesta única ante las doctrinas
soberanistas, más o menos diluidas o enrevesadas. Sólo hay un poder
constituyente: la decisión del pueblo español se llama Constitución y
está plenamente en vigor.
El domingo, día de fiesta campera, han vuelto las
palabras gruesas (tal vez con formas menos agresivas) para intimidar a
unos y provocar a todos. Las hemos oído ya muchas veces. Se comprende el
cansancio infinito que afecta a tantas personas honradas. Padecemos esa
suerte de «tristeza cívica» que invade al melancólico personaje de
Dostoievski. Lo hemos intentado todo. Pero, pase lo que pase, no vamos a
desfallecer, porque la España moderna y constitucional es -aquí y ahora-
la herencia más valiosa que queremos dejar a nuestros hijos.
(*) Benigno Pendás es Catedrático y profesor de
Historia de las Ideas Políticas