La crisis venezolana parece desbordarse. El paro
general, convocado por la Coordinadora Democrática, organismo que
aglutina a la oposición, cumplió este lunes 9 su octavo día. El
funeral de tres opositores muertos violentamente el viernes pasado
se transformó en otra manifestación de repudio al presidente Hugo
Chávez. La ceremonia luctuosa se convirtió en un cacerolazo nocturno
que alcanzó incluso los alrededores de la sede de la empresa estatal
de petróleo (PDVSA), custodiada por grupos chavistas y efectivos
militares en acatamiento al llamado presidencial de pasar a la
ofensiva, en defensa de su Revolución Bolivariana. Caracas es el
epicentro de la guerra declarada entre chavistas y antichavistas,
como se denomina grosso modo a cada bando de esta sociedad
confrontada.
El cuest! ionado mandatario ha convocado a sus
partidarios, civiles y militares, a ayudarlo "en las calles, todos
los días y todas las noches, para impedir que cuaje el golpe
petrolero". Sin embargo, también admitió que en el corto plazo habrá
que prepararse para acudir a las urnas en unas elecciones que se
celebrarán "cuando corresponda" y en las cuales no duda en que
derrotará a sus opositores, un extraña mezcla de empresarios,
sindicalistas, militares y medios de comunicación. Ahora, en su más
reciente declaración de prensa, Chávez amenazó con decretar el
estado de excepción si la huelga afecta la industria del petróleo,
lo que podría suceder pronto, pues el paro ya afecta los envíos de
crudo y el abasto interno.
Ante este enrarecido panorama, muchos analistas
esperan que esta misma semana se produzca el desenlace de la crisis
política, aunque nadie se anima a predecir cuál será el resultado
final. Desde hace un mes, el secretario general d! e la Organización
de Estados Americanos (OEA), César Gaviria, busca acercar a las
partes para encontrar una salida pacífica al conflicto, pero su
mediación ha sido obstaculizada. La mesa de negociación, reactivada
este fin de semana por Gaviria, fue suspendida tras los hechos
violentos del viernes que dejaron tres muertos y 29 heridos
opositores, lo que desencadenó una revancha en la que también hubo
daños y heridos en las filas oficialistas. La situación podría
explotar en poco tiempo y en medio de este ambiente no es fácil
identificar a quienes apoyan al gobierno. ¿Cómo se llegó a este
grado de confrontación, a este estado de cosas que, según diversos
analistas, configuran la peor crisis social y política de la
historia moderna de Venezuela?
Hugo Chávez llegó a la Presidencia en febrero de
1999 con un alto nivel de aceptación. Sus promesas de combatir la
corrupción, el desempleo y la pobreza conquistaron al electorado. De
hecho, se estima que la ascensión de Chávez se gestó desde mucho
tiempo atrás. En 1987, una crisis financiera de grandes proporciones
sorprendió al mundo provocando una brusca disminución de los precios
internacionales del crudo. En Venezuela, esta situación se tradujo
en un crecimiento vertiginoso de la deuda externa, una presión a la
baja sobre el bolívar y graves desajustes en las cuentas públicas,
lo que precipitó el agotamiento de las reservas nacionales y la
quiebra del país. La pobreza, producto de la desigualdad en la
distribución de la bonanza petrolera, se agudizó. Esto explica que
se haya producido una gran polarización entre las clases sociales.
Las personas que vivían en la miseria pasaron del 5 por ciento en
1985 al 33 por ciento en 1993, y los d! e pobreza crítica de 27 por
ciento al 66 por ciento en el mismo período (según datos oficiales).
A consecuencia de esos desajustes, la pobreza
alcanzó para 1995 hasta un 71 por ciento de la población.
Se culpó de este drástico deterioro a la clase
política tradicional, representada por los partidos Acción
Democrática y Copei y por el gremio patronal Fedecámaras, que tenían
en sus manos las riendas del país desde las tres décadas anteriores
y basaban su poder en el Pacto de Punto Fijo, suscrito en 1958 tras
la caída del dictador Marcos Pérez Jiménez. AD y Copei compartieron
el poder durante más de 30 años, prácticamente sin contratiempos
sociales o políticos, gracias a las fabulosas rentas petroleras. En
febrero de 1989, al poco tiempo de que el socialdemócrata Carlos
Andrés Pérez asumiera su segunda presidencia y pusiera en práctica
un programa de "ajuste duro" siguiendo las directivas del Fondo
Monetario Internacional (FMI), estalló el d! escontento social y se
manifestó en el llamado caracazo.
La toma violenta de comercios por hordas
populares fue reprimida por el ejército, acción que se saldó con más
de 2 mil muertos.
Durante la década de los noventa, la situación
fue empeorando y la desigualdad creciendo. En ese tiempo, Hugo
Chávez, coronel del Ejército, comenzó a hacer política cuestionando
a los partidos políticos tradicionales y cabildeando con militares y
líderes sindicales. Tras el frustrado golpe de Estado que encabezó
en 1992, prometió una revolución pacífica que destruyera el poder
que el Pacto de Punto Fijo confirió a esos partidos y a la
burocracia sindical. Propuso construir una democracia participativa
en la que estaría incluido el estamento castrense. Una democracia
esencialmente basada en la unidad entre pueblo y ejército, línea
política maestra que dejó dibujada en vari! os discursos.
Siguiendo este criterio, en 1998 Chávez emprendió
una campaña electoral atacando la pobreza y la corrupción en sus dos
frentes de actuación: el externo, prometiendo declarar la moratoria
de la deuda externa (por "escandalosa e ilegal") y defender el
patrimonio nacional; el interno, comprometiéndose a incentivar el
aparato productivo del país y eliminar la corrupción política.
También prometió poner a la Asamblea Nacional como poder supremo,
por encima de los tres poderes. Chávez impugnó la Constitución
Nacional de 1961 por privilegiar a los partidos políticos, cuyos
representantes en el Congreso tenían poderes que iban desde la
nominación de jueces hasta la aprobación de promociones militares.
Con esos compromisos, el 12 de junio de 1998
Chávez fue votado por el 56.2 por ciento de los electores, derrotó a
los partidos tradicionales y su partido, Movimiento por la V
República, pasó a ser mayoría absoluta en el Congreso barriendo del!
mapa político institucional a adecos y copeyanos.
En febrero de 1999, Chávez tomó posesión del
cargo proponiendo un referéndum para elegir una Asamblea General
Constituyente, encargada de redactar una nueva constitución.
Provisionalmente funcionó un "Congresillo", nombre popular dado a la
comisión legislativa que llenó el vacío dejado por el disuelto
Congreso. También fueron sustituidos los titulares del principal
órgano de Justicia del país y se cambió a quienes estaban a cargo de
organismos de contraloría. Estos movimientos, obviamente, atentaron
contra los intereses de la clase política ligada a la oligarquía.
Pero eso era sólo el principio. El proceso
político prácticamente paralizó los mecanismos normales de gobierno,
de modo que el presidente Chávez obtuvo el 22 de abril de 1999 una
Ley habilitante que le facultó para ejercer durante seis meses l! as
potestades legislativas por decreto.
Chávez aprovechó esta provisionalidad y
desorganización del nuevo Estado venezolano para distribuir los
cargos políticos ejecutivos de mayor importancia social y
trascendencia política entre militares del Movimiento Revolucionario
Bolivariano. De este modo, el vacío institucional fue cubierto en
buena parte por correligionarios de Chávez.
A mediados de marzo de ese año, durante un
mensaje a la nación, explicó su programa económico para los dos años
siguientes, llamado Plan Bolívar, y anunció que durante ese período
se privatizarían las empresas estatales del aluminio, distribución
eléctrica e hipódromos: "Venezuela sacará a la venta parte del
aluminio venezolano, manteniendo la producción de bauxita y alúmina
en manos del Estado", anunció. También puso en conocimiento de la
opinión pública su propósito de iniciar la privatización del sistema
de generación y distribución de energía eléctrica, con excepción de
la ! empresa de generación hidroeléctrica.
En este periodo empezaron a surgir las primeras
muestras de inconformidad por parte de la clase alta y, a poco de
ponerse en marcha el Plan Bolívar, el gobierno debió enfrentar
denuncias de corrupción por apropiación indebida de algunos miles de
millones de bolívares formuladas contra varios mandos militares de
reciente nombramiento a cargo de los fondos asignados a ese
proyecto. Para limpiar su imagen, el mandatario sacrificó a varios
altos militares instalados en puestos de gobierno, con lo que se
ganó el resentimiento de varios sectores castrenses.
El 25 de abril de 1999 se realizó un referéndum y
la mayoría de los votantes (88 por ciento) aprobó la convocatoria a
una Asamblea Nacional Constituyente para redactar un nuevo "contrato
social". Esa votación significó una segunda gran derrota para los
partidos del establishment: Acción Democrática, COPEI y Proyecto
Venezuela, que fueron completamente ba! rridos de las instituciones
de Estado venezolanas. La propuesta chavista de poner los organismos
de la "democracia participativa" por encima del parlamento
tradicional encendió de júbilo a millones de creyentes en la
revolución bolivariana. Sin embargo, la expectativa de los grupos de
poder económico y político desplazados era otra.
Realizada la tarea de redactar la nueva
Constitución fundacional de la V República, la Asamblea Nacional
Constituyente convocó otro referéndum para el 15 de diciembre. En
éste, la nueva Constitución, hecha a la medida de Chávez, fue
aprobada por abrumadora mayoría. El 6 de enero de 2000, Chávez y el
Consejo Nacional Electoral acordaron convocar nuevas elecciones para
legitimar los poderes públicos y ajustarlos al nuevo marco
constitucional: no sólo se trató de un refrendo del mandato ganado
en las urnas en 1998, sino de una reelección. El 30 de julio de ese
año, Chávez volvió a ganar los comicios con el 59 por ciento de los
votos escrutados.
En octubre siguiente se venció el plazo de la
Ley Habilitante, pero el 7 de noviembre Chávez obtuvo de la
Asamblea Nacional un nuevo otorgamiento de poderes especiales, esta
vez durante un año, para legislar por decreto en materia social,
económica y de administración pública, Habían transcurrido nueve
meses desde la toma de posesión, periodo durante el cual el
Movimiento por la V República, plenamente legitimado para ejercer el
gobierno, se limitó a recrearse formalmente organizando cinco
convocatorias electorales ganadas por Chávez. Mientras tanto, el
presidente seguía despotricando contra el FMI, pero continuaba
pagando puntualmente los vencimientos de la deuda externa. Sobre la
economía del país pendía la amenaza de otra crisis económica
inducida por el descenso brusco en los pr! ecios del petróleo, pero
el Presidente no se atrevió a decretar el control de cambios para
prevenir la posibilidad cierta de una nueva fuga de capitales, como
la de febrero de 1983, o como la de Argentina en noviembre pasado.
Sin embargo, la salida de divisas causada por el
miedo a políticas intervencionistas continuó y sólo en julio y
agosto de 2000 alcanzó los 3 mil millones de dólares. Al siguiente
año, 2001, la inconformidad siguió creciendo y, ante los resultados
de una mayor capitalización de las rentas del petróleo durante 2000,
cuyos precios aumentaron 9.5 dólares por barril respecto a 1999, el
movimiento obrero comenzó a movilizarse para exigir demandas
postergadas y echó por tierra el "decreto de congelación de las
reclamaciones sindicales" emitido por Chávez. En enero de 2001,
Caracas se convirtió en un caótico escaparate de conflictos, con
incidentes o manifestaciones casi a diario en liceos y colegios
públicos, recintos universitar! ios, calles y plazas congestionadas
por protestas de trabajadores del metro, taxistas, vendedores
ambulantes o funcionarios.
Hasta febrero, el gobierno de Chávez no había
respondido a los conflictos, pero la medida de utilizar la Guardia
Nacional (policía militarizada) para realizar labores de disuasión
ante la ola de protestas fue síntoma de que algo había cambiado en
la correlación de fuerzas entre el "gobierno revolucionario y la
oposición burguesa". Cada vez más personas de la clase media,
inconforme con el gobierno, salían a las calles y protestaban contra
Chávez. En febrero de ese año, los asalariados de la Siderúrgica del
Orinoco (SIDOR) hicieron una huelga de 24 horas para reivindicar la
reanudación de las negociaciones contractuales con la empresa,
suspendidas en septiembre de 1999 por imperativo legal. Amenazaron
con prolongar el paro indefinidamente en caso de negativa a atender
sus demandas salariales.
En ese momento, el principal sind! icato
petrolero, FEDEPETROL, también amenazó con realizar una protesta de
alcance nacional. La huelga estalló en octubre de 2001, lo que
provocó que PDVSA cediera formalmente a las demandas salariales de
los trabajadores. Sin embargo, las protestas continuaron y se
extendieron a otros sectores, como el hierro, el aluminio (que suman
20 mil asalariados en Guayana) y la construcción. Entonces, la
Confederación de Trabajadores de Venezuela (CTV), amenazó con llevar
a cabo una huelga general.
El 13 de noviembre de 2001, haciendo uso de la
segunda Ley habilitante aún en vigor, Chávez aprobó por decreto 49
leyes que fueron promulgadas el 10 de diciembre, entre las cuales
había algunas que afectaban seriamente los intereses del
stablishment económico subsistente, lo que fue considerado por los
especialistas como el principio del fin del romance de Chávez con
amplios sectores de la sociedad venezolana. Uno de esos decretos fue
la Ley de Tierras y Desarrollo ! Agrícola, que buscaba poner fin a
la concentración de la propiedad territorial: 10 por ciento de los
propietarios es dueño del 70 por ciento de la tierra cultivable,
pero no hacen productiva esa tierra. Se trata de una reforma agraria
que deja intangible la propiedad privada de la tierra pero pretende
"distribuir la riqueza eliminando el latifundio como sistema
contrario a la paz social en el campo". Esta medida no sólo
encolerizó a los terratenientes. La banca advirtió que la amenaza de
expropiación provocó que pocos agricultores quisieran atarse a un
nuevo crédito, y dado que, según esta ley, los fundos dejan de ser
garantía para las instituciones bancarias, se creó una incertidumbre
en la cartera crediticia, lo que imposibilitó otorgar nuevos
créditos sin respaldo concreto.
Los remedios de Chávez, aunque bien
intencionados, salieron peor que la enfermedad. Ya a fines de 2000,
la actividad económica había entrado en declive para caer
abruptamente a partir de agosto-septiembre de 2001. A fines de 2001
el PIB cayó cuatro puntos, contra un crecimiento de 2,7 previsto por
el gobierno para ese año. Esta depresión respondió al descenso de un
21.65 por ciento en los precios del petróleo que, de 25,91 dólares
en 2000, bajaron a 20,30 por barril en 2001, con lo que la balanza
comercial descendió de 13 mil 111 millones de dólares en 2000, a 4
mil 395 millones al cierre de 2001. Las reservas internacionales del
país bajaron 21,65 por ciento, de 15 mil 685 millones a 12 mil 289
millones de dólares en el mismo período. Este desaceleramiento de la
actividad económica se tradujo naturalmente en un aumento
significativo del desempleo que, de poco más del 10 por ciento en
1999, pasó al 15 por ciento en febrero de 2000.
Los analistas estimaron que, por razones de
estabilidad de los sectores externo y fiscal, el Banco Central debió
haber revisado su política cambiaria y establecer ! un sistema de
libre flotación del bolívar. Sin embargo, Chávez se negó a devaluar
calificando de "nefasta" la opción de abandonar el sistema de bandas
cambiarias introducido en 1997 como un arma contra la inflación.
La promulgación de las 49 leyes en momentos de
dificultades económicas tan graves generó una fuerte ofensiva
patronal liderada por Fedecámarás, que, con el apoyo de la
burocracia sindical adscrita al partido Acción Democrática, tuvo
capacidad para sumar, además del descontento de la pequeña
burguesía, el de buena parte de los asalariados. Al exitoso paro
cívico del 10 de diciembre de 2001 le siguió una multitudinaria
marcha pacífica contra la ley de tierras, el 23 de enero de 2002,
que igualó y por momentos superó a una manifestación oficialista
simultánea encabezada por 200 mil campesinos.
A partir de este momento, se exacerbó la
confrontación entre seguidores de Chávez, provenientes de las clases
populares urbanas y del sector agra! rio, y la clase media, junto
con representantes de las Fuerzas Armadas. El 7 de febrero de 2002,
el coronel en activo de la Aviación, Pedro Soto, pidió públicamente
la renuncia de Chávez. Tras él, una serie de militares, también con
mando de tropa, se unieron a la exigencia de Soto protagonizando una
rebelión que en un principio pareció extenderse a todo el ejército,
pero se desinfló a fines de ese mes.
El 14 de febrero, tras haber amenazado con
nacionalizar la banca, el presidente Chávez respondió a la ofensiva
patronal y decretó la libre flotación del bolívar, medida que se
enmarcó en un doble plan de estabilización con recortes fiscales
destinados a reducir de cuatro a dos por ciento el déficit fiscal,
para paliar los desajustes causados en el presupuesto por el
descenso de los precios del petróleo y relanzar las exportaciones,
todo ello inspirado en la directivas del FMI.
Paralelamente, el 25 de febrero, Chávez designó a
un nuevo presidente y a ci! nco miembros de la junta directiva de
PDVSA, lo que provocó la insurrección de los ejecutivos destituidos
y más de 3 mil seguidores entre los empleados de la estatal
petrolera, quienes decidieron no reconocer a la junta directiva
designada por el gobierno. Denunciaron que los nuevos directivos
fueron nombrados por criterios puramente políticos al margen de sus
méritos profesionales. El 4 de marzo, los trabajadores petroleros
solidarizados con sus directivos plantearon un ultimátum al gobierno
para que destituyera la junta nombrada por él.
Un día antes, siempre en la línea política del
FMI, Chávez anunció que durante todo el año 2002 no habría aumento
de sueldos para nadie.El 6 de marzo Acción Democrática y COPEI,
junto a la Confederación de Trabajadores Venezolanos (CTV), se
hicieron visibles en alianza con los grandes medios noticiosos,
Globovisión y el periódico El Nacional, los directivos de la cámara
de comercio (Fedecámaras) y los jerarcas de la Ig! lesia católica,
para formular las "Bases para un Acuerdo Democrático", proyecto
encaminado a sacar a Chávez del poder. El nuevo acuerdo declaró que
el Estado debe respetar la autonomía de las instituciones económicas
y civiles (en clara referencia a PDVSA), la prensa corporativa y la
Iglesia católica.
El conflicto con PDVSA, que comenzó el 8 de
marzo, se prolongó durante todo ese mes, con varias paralizaciones
parciales de la empresa durante la última semana y primeros días de
abril, lo cual produjo trastornos considerables en la producción,
exportación y refinación del crudo. El 18, el gobierno amenazó con
militarizar la empresa. El 24 los trabajadores dieron plazo Chávez
hasta el 1 de abril para sustituir a los directivos nombrados. A
finales de marzo, el gobierno contestó ratificando a la directiva
cuestionada que procedió a aprobar las jubilaciones supuestamente
forzadas del consultor jurídico y del titular de relaciones públicas
de la empresa, lo cual fue ! interpretado por los empleados como una
represalia y una provocación. Esta acción del gobierno desbordó el
conflicto, que incluyó el inicio de la paralización de actividades
en cuatro refinerías y la suspensión de las labores de los camiones
cisterna que abastecen los puestos públicos de venta de gasolina,
así como la suspensión de labores administrativas.
El 9 de abril, en apoyo de los funcionarios de la
empresa petrolera, la CTV y Fedecámaras, fue convocado un paro
general, con una adhesión significativamente inferior a la huelga
del 10 de diciembre anterior. El 10 de abril, el presidente de la
CTV, Carlos Ortega, y el de Fedecámaras, Pedro Carmona, llamaron a
la huelga indefinida y a la desobediencia civil pacífica. Mientras
hacían este llamado, las manifestaciones de ambos bandos, chavistas
y antichavistas, degeneraron en enfrentamientos armados. El 11 de
abril, la marcha antichavista hacia el Palacio de Miraflores, sede
de gobierno, tuvo un cruento desenlace en ! el que murieron 12
personas y hubo decenas de heridos, en su mayoría víctimas de
disparos durante una poco esclarecida escaramuza en las
inmediaciones de la sede del gobierno. ¿Hubo provocadores de la
oposición, francotiradores o fue una represión ordenada por Chávez?
Todavía no se sabe. Esta situación fue aprovechada por una fracción
inconforme del Ejército para echarle la culpa al gobierno. El jefe
del Estado Mayor de la Armada, vicealmirante Héctor Ramírez, subrayó
que un gran grupo de militares estaba "convencido de que Chávez no
debía continuar como jefe del Estado, porque se había puesto a
dirigir una revolución que nunca nos explicó". Por su parte, el
comandante del Ejército, general de división Efraín Vásquez Velasco,
se declaró en contra del gobierno, al tiempo que acordó con el
Frente Institucional Militar echar a Chávez, con la promesa de no
romper la continuidad "democrática".
La fracción rebelde de las fuerzas armadas, e!
ncabezada por el General Vásquez Velasco, abrió las puertas a la
destitución de Chávez anunciando su renuncia la noche del 11 de
abril, para que no pareciera un ataque contra la institucionalidad
de la V República democráticamente electa. Entonces, Chávez fue
detenido y llevado a un cuartel del interior del país.
Sin embargo, cuando el nuevo presidente de facto,
Pedro Carmona, decretó la disolución de la Asamblea Nacional y de
todo el entramado institucional del Estado democrático bolivariano,
la correlación de fuerzas volvió a cambiar porque el poder militar
pasó nuevamente a manos de los chavistas, que sumó sus fuerzas al
sector institucionalista y el presidente Chávez, cuya carta de
renuncia firmada nunca apareció, volvió al palacio presidencial de
Miraflores.Tras el golpe que lo alejó del poder momentáneamente, el
presidente Chávez prometió aclarar lo hechos del 11 de abril, sobre
todo respecto a las muertes de civiles, y anunció un proyecto de
reconciliación nac! ional. Sin embargo, poco a poco, las aguas
volvieron a agitarse y el conflicto prosiguió exactamente donde se
había quedado antes del golpe. La Coordinadora Democrática volvió a
las calles, se sumaron más militares a la rebelión y PDVSA fue
utilizado como punta de lanza en la ofensiva opositora.
Los analistas estiman que, dado el panorama, no
hay certezas de que Chávez termine su gestión. Los acontecimientos
están sucediendo vertiginosamente y, otra vez, como en abril pasado,
el caos amenaza con desbordarse.