La catástrofe del Prestige ha
provocado efectos colaterales múltiples. El gobierno ha visto seriamente
erosionada su imagen de eficacia y el partido socialista la de una
oposición serena y responsable. Unos por defecto y otros por exceso han
visto su credibilidad oscurecida con la marea negra. El mismo Estado ha
sido cuestionado. O más concretamente las obligaciones de un Estado
moderno y la responsabilidad que, en la falta de medios para prevenir y
combatir tragedias similares tienen la austeridad fiscal y la reducción
del tamaño del sector público.
El debate sobre las obligaciones y responsabilidades
del Estado es tan antiguo como las doctrinas políticas y el pensamiento
económico. Para unos, es obligación del Estado proteger a los ciudadanos
de toda tragedia, de todo infortunio, y todo gasto es poco para asegurar
el bienestar de los ciudadanos. Esta concepción que podríamos denominar
estatista del mundo encuentra hoy su expresión políticamente correcta en
el intervencionismo keynesiano. Una verdadera doctrina única que emerge
con fuerza a cualquier oportunidad. El hundimiento del Prestige es una de
ellas. Como lo ha sido también el estancamiento alemán para llevarse por
delante el Pacto de Estabilidad y Crecimiento.
Frente a esta tradición absolutista nació en el mundo
occidental el pensamiento liberal. Una concepción que en su expresión
política limita el poder del Estado en la consecución del bien común y en
su versión económica desconfía de la capacidad del mismo para crear y
distribuir riqueza. Pero es una concepción del mundo permanentemente
amenazada por la búsqueda de la seguridad total. Por eso cualquier
catástrofe supone un golpe a la credibilidad del pensamiento liberal. No
hay nada más humano ante el infortunio que acudir a la providencia, divina
o estatal, para que aparte de nosotros estas penas.
La apelación al Estado ha resurgido con fuerza estos
días. Sobre todo porque la acción concreta, posible y realista del Estado,
ha llegado tarde y no ha sobresalido en eficacia. Es lógico que sea así.
Pero también que pasadas las horas de ceguera emocional, recuperemos la
perspectiva adecuada. La estabilidad presupuestaria no es la culpable de
la marea negra; ni de la respuesta más o menos acertada del gobierno. No
ha sido la falta de medios económicos la que está dificultando las tareas
de limpieza y recuperación del litoral noroeste.
El llamado consenso de Washington y las grandes
orientaciones de política económica de la Unión Europea subrayan el
concepto de un Estado pequeño pero eficaz. Y de una sociedad civil fuerte.
Ambos son dos caras de la misma moneda. No hay Estado eficaz posible sin
una sociedad civil organizada que le estimule, le exija y le complemente.
La tradición continental europea subraya en exceso las dos primeras
funciones. En España donde el Estado moderno ha fracasado hasta muy
recientemente en la provisión de los servicios mínimos, la sociedad sólo
se ha organizado esporádicamente en un movimiento pendular para exigir
actuaciones concretas al Estado y se ha retirado luego a la comodidad del
hogar en cuanto esas cuestiones han sido resueltas.
La tragedia del Prestige nos ha ofrecido un ejemplo de
comportamiento cívico, pero también algunas manifestaciones extemporáneas.
La labor de los voluntarios ha sido encomiable. Desde los jóvenes
universitarios que han acudido tan rápido a limpiar las playas que han
pillado por sorpresa al Estado, a los propietarios de pequeños negocios
que se han ofrecido a alojarlos y alimentarlos. Me contaban que hasta la
esposa de un conocido banquero se ha ofrecida voluntaria para ir a hacer
bocadillos a Galicia. Algunas grandes empresas también han ofrecido sus
recursos materiales, económicos y hasta humanos y sus nombres han sido
publicados. La tragedia nos ha traído una versión acelerada del concepto
anglosajón de responsabilidad social que tanta falta hacía al mundo
corporativo español, sobre todo después de los últimos escándalos éticos.
Pero también ha habido excesos. El más notorio, la tentación de culpar al
déficit cero.
El déficit cero, o más exactamente la cultura de la
estabilidad presupuestaria, no es responsable de lo ocurrido. Antes bien,
es lo que permite al Estado dar una respuesta económica rápida y
satisfactoria a las necesidades de recuperación. Han pasado ya los tiempos
en que ante cualquier infortunio el Estado empobrecido corría a ponerse en
manos de los banqueros genoveses o flamencos, hipotecando las
posibilidades de las generaciones futuras. O aquellos más recientes en que
era Bruselas el destino de nuestras peticiones. Como socios de la Unión
Europea nos corresponderán las ayudas que estén establecidas. Pero como
miembros de una Unión de 25 países, y como un miembro relativamente rico,
nos corresponde también la responsabilidad de tener la casa en orden y las
finanzas domésticas saneadas.
El impacto humano, ambiental y hasta psicológico de la
tragedia ha sido terrible. El impacto político probablemente también
importante. Pero el impacto económico no es tan grande. La actividad
pesquera significa sólo el 7 por ciento del producto bruto gallego, aunque
esté muy concentrada en determinadas áreas. Conozco cálculos bastante
fiables que estiman en sólo el 2,5 por ciento del PIB gallego las pérdidas
económicas originadas por la marea negra. Una cifra importante pero
perfectamente asumible por el Estado, gracias a la estabilidad
presupuestaria. No es pues denostando el esfuerzo de racionalidad fiscal
como contribuiremos a hacer estas catástrofes menos dolorosas, ni menos
posibles.
Porque el pensamiento único se ha lanzado a culpar de
la propia tragedia a las políticas de reducción del Estado. Pero conviene
subrayar que al margen de las evidentes responsabilidades del armador y de
las insuficiencias del derecho del mar en la economía globalizada, la
supresión inmediata de los petroleros monocasco no es posible. No sólo
políticamente porque se resisten a ello importantes países que han
prosperado gracias al tráfico marítimo, sino también por una razón
meramente estadística: no son buques marginales, sino más de la mitad de
los cargueros actuales. Siempre existen Savanarolas de turno que agitan a
las masas con el grito de la santa ira. Y siempre existe la tentación
proteccionista de culpar a los marineros del Tercer Mundo. Pero la
realidad es tozuda. A los economistas nos gusta repetir que no hay nunca
comidas gratis. El coste de asegurar inmediatamente que una tragedia como
la del Prestige no volverá repetirse es prohibitivo. Tan alto que de
pagarse sería puro espejismo, porque provocaría un empobrecimiento tal que
haría imposible su cumplimiento. A los políticos les toca explicarlo con
datos y cifras concretas. A aquellos que fueron más precavidos, como las
hormigas de la fábula, les sobran recursos para hacer frente a las
dramáticas consecuencias de la tragedia. Y si no actúan con eficacia y
prontitud, que la sociedad se lo demande en las próximas elecciones. Pero
no destruyamos el fundamento de la capacidad de respuesta de una sociedad
moderna, la estabilidad presupuestaria. Permítanme terminar con una
anécdota, probablemente falsa pero muy ilustrativa. Se cuenta de un
candidato a alcalde de una gran capital que ha comentado a los suyos la
suerte que ha tenido de encontrarse las arcas municipales llenas, gracias
a la gestión de un regidor impopular que por su frugalidad, y otras muchas
cosas supongo yo, no repite. No cometamos el mismo error.
(*) Fernando Fernández es Rector de la Universidad Europea de Madrid.