EL mundo no sería tan entretenido si el invento
del socialismo liberal no tuviese algunas contradicciones. Rodríguez
Zapatero aduce que rebajar impuestos también es de izquierdas y
luego imputa la catástrofe del «Prestige» a una política de
reconducción liberal del Estado. Ese es un equívoco habitual:
consiste en dar por supuesto que la limitación de los poderes del
Estado implica su debilitamiento. Dar más confianza al mercado sería
como desmerecer el Estado providente. Es el hilo conductor de la
crítica socialista a la actuación del Gobierno del PP en el caso del
«Prestige»: de no haber practicado las privatizaciones y las
políticas de desregulación, la mancha de petróleo no estaría
llegando a las costas gallegas. Esta tesis implica que las políticas
de liberalización han despojado al Estado de recursos para actuar
frente al vertido de fuel, la avalancha de nieve o el desbordamiento
de los ríos.
Llegados al cabo de la calle, el pensamiento de
Adam Smith es el responsable del hundimiento del «Prestige» y no el
oleaje o la piratería que opera por los entresijos de la ordenación
jurídica del transporte marítimo. Por supuesto, al Gobierno le
incumben sus responsabilidades en el caso, pero uno también puede
preguntarse si las actitudes del líder de la oposición más bien no
se habrán circunscrito a la irresponsabilidad activa. Si algo ha
fallado es la política, y no las dimensiones del Estado. Si algo no
ha estado a la altura de las circunstancias pueden ser las
políticas, a la vez del Gobierno y de la oposición, pero no la
práctica de una liberalización sistemática y positiva de la economía
española.
Muy lejos de proponer un Estado mínimo, de lo que
se trata es de garantizar su permanencia y solidez poniéndole en su
lugar conveniente con la devolución a la sociedad de todo aquello
que por sí misma sabe hacer y hace con más eficacia que el Estado.
Sería ilustrativo llegar a discernir si los argumentos de Rodríguez
Zapatero son de escenografía ocasional o si realmente cree que hay
que volver a incentivar una bulimia del Estado. Hasta ahora se
suponía que el socialismo posible aceptaba la tendencia de
planificar menos, regular menos y reducir el sector público. Quizás
Rodríguez Zapatero se propone un giro espectacular con retorno a la
economía mixta. Quizás haya descubierto que para generar empleo hay
que expandir el Estado. Tal vez sea partidario de institucionalizar
la inflación.
Los costes e inercias del Estado benefactor han
llevado a los países de la Unión Europea a la transacción de
políticas de convergencia y rigor fiscal. En un mundo globalizado,
los mercados votan al segundo, en tiempo real. Al mismo tiempo, las
fuerzas indomables de la naturaleza quiebran buques, arrasan
ciudades y devastan vastas zonas de cultivo. Es tanta la complejidad
de lo que vivimos que algunos buscan su explicación más solvente en
los paradigmas de la teoría del caos.
Esa misma complejidad hace saber a los ciudadanos
que los Gobiernos no debieran equivocarse y que la oposición
tampoco. A tantos años de la transición democrática, el clásico «¿Piove?
¡Porco governo!» está bien para la hora del dominó pero no para
presentarse como alternativa de Gobierno. En definitiva, la magnitud
de la catástrofe del «Prestige» se impone, tanto para el Gobierno
como para la oposición. Cualquiera entiende que ahora urge más
controlar las manchas de petróleo que buscar votos en la playa. Al
final, incluso el oro negro se disuelve. Queda el oleaje,
intemporal, la vida dañada y un perjuicio económico que ni Rodríguez
Zapatero podría solventar saltándose a Adam Smith para dar mayor
volumen al Estado.