El prestigio del Gobierno
yace en el fondo del mar con el Prestige. Incluso partidarios y
militantes del Partido Popular admiten cabizbajos que sacarlos a
flote será difícil o imposible, y sólo cabe limitarse a sospechar
cuánto veneno brotará de ese lecho oscuro y remoto. Uno comprende
que barcos y políticos se hundan, pero ¿cómo interpretar este
naufragio simultáneo? Mi tesis es que la ideología intervencionista
predominante ni contempla accidentes ni disculpa imperfecciones.
Las grandes alarmas públicas, como las guerras o
las catástrofes, son llamaradas hobbesianas: todos pedimos al
poderoso que haga honor al contrato primigenio que supuestamente
firmamos para cederle nuestra libertad y nuestros bienes a cambio de
protección, paz y seguridad. Anhelos de tal suerte se han registrado
en estos días, y ríos de tinta corrieron en torno a la política: que
si Fraga caza o no, que si Aznar va o no va a Galicia, que quién
manda aquí, que cuándo llega el Ejército, que dónde está el
Gobierno.
En principio, este escenario de desazón debería
ser idílico para las autoridades: todos los focos las alumbran,
todas las ansias las aguardan. Sólo deben ponerse al frente de la
manifestación, organizar a un pueblo que sólo desea ser organizado,
desfacer el entuerto y recoger después una copiosa cosecha de
réditos políticos y electorales.
El principal obstáculo que se alza frente a tal
desiderátum es el propio pensamiento único que los políticos y la
opinión pública y publicada comparten y propugnan. Se supone que no
hay órdenes espontáneos, o no debe haberlos: la sociedad está
estructurada por las autoridades, irreemplazables e inmejorables en
su eficiente, barata y abnegada dedicación a resolver los problemas
de los ciudadanos; al mismo tiempo, todo lo que sucede es provocado
o en cualquier caso cabe atribuir siempre responsabilidades a
alguien.
De repente, el Prestige. La lógica del
pensamiento único se impone, y es inevitable concluir que el
Gobierno, haga lo que haga -en especial si, misteriosamente humano,
duda-, no lo ha resuelto bien y sobre todo, dadas sus destrezas, por
qué no lo ha previsto. Este desasosiego afecta a los mandatarios
mismos, y se nota. Surge una gran mancha conspirativa que ahoga la
mera sospecha de que quizá los políticos no son imprescindibles,
quizá la sociedad podría organizarse de modo más libre, eficaz y
barato -como han hecho tantos voluntarios-, quizá este ministerio o
aquél no deberían existir, quizá estos políticos o aquéllos no sólo
no resuelven ningún problema, sino que los crean.
En este proceso de largar tinta como el calamar,
y hablando de animales útiles, se vuelve a comprobar que el mejor
amigo del hombre no es el perro sino el chivo expiatorio. No hay
accidentes sino culpables, pero no pueden ser los políticos, que
siempre aportan la solución. Se abre la veda, y normalmente sobre
las mismas piezas: los empresarios, malditos codiciosos que nos
chupan la sangre, y además la ensucian; Gibraltar, cueva de piratas
-por cierto, el Prestige no lo tenía como destino final-, pero aquí
nadie pidió excusas, igual que nadie dice que los barcos repostan en
Gibraltar por razones políticas, es decir, porque los políticos con
sus impuestos hacen que sea mucho más caro acudir, por ejemplo, a
Algeciras. En su inopia habitual, algunos ecologistas le echaron la
culpa ¡al petróleo!
El único bicho inocente es la política, y
refulgen héroes como Loyola de Palacio, que cuando selecciona a los
culpables con lenguaje entre justiciero y arrabalero parece como si
la política pudiera hacer en cualquier momento cualquier cosa,
gratis y sin consecuencias. Cuando habla parece como si la inmediata
supresión de los petroleros de un solo casco fuera factible y
careciera de costes, o como si no hubiera habido nunca vertidos en
buques tanque de doble casco. Incluso parece como si los accidentes
con petroleros fueran frecuentes y en aumento, cuando la verdad,
aquí también, es justo la contraria.
La propia industria se ha ido adelantando a las
normas y mejorando los barcos, y trabajando con las autoridades en
aspectos que se pueden corregir, como el aclarar cuándo se ofrece y
niega puerto a un barco en emergencia, o los mecanismos de
inspección; todo, por cierto, se podría hacer sin reglamentaciones
públicas excesivas, pero eso es difícil de aceptar cuando, como es
la norma, nadie presta atención al funcionamiento habitual de las
empresas y los incentivos virtuosos y viciosos que los políticos les
inoculan. Las empresas son, como siempre, culpables hasta que se
demuestre lo contrario. Y a veces, aunque se lo demuestre.
Producido el mal, la reacción habitual es
exagerarlo en dos sentidos. La oposición (al principio, toda ella),
los ecologistas, los que van a cobrar ayudas y los periodistas lo
exageran siempre al alza: es lamentable la demagogia en todos estos
frentes, hablando por ejemplo de daños irreversibles al ecosistema,
algo seguramente tan alarmista como falso. En este circo del
intervencionismo UGT y CC OO exigieron a las autoridades que nunca
más se produzca una calamidad así. No dijeron, claro, cómo. Pero
aquí todo es provocado, con lo que todo puede ser impedido.
Desde la perspectiva del Gobierno la tendencia es
a exagerar primero a la baja, pero después al alza, no sólo para
cobrar ayudas internacionales sino también, críticamente, para
disolver su responsabilidad en un caos olímpico que incluso a los
semidioses supera.
Y mientras el Gobierno pone énfasis en la
redistribución -que eso sí que puede hacer, gastar dinero ajeno en
beneficio (también) propio- y acude a «los técnicos», que ignoran
cuando no hay daño político en el horizonte, el PSOE cambia de
táctica. Empezó aprovechando descaradamente el desastre, pero ahora
ya pide pactos, probablemente porque las mayores cotas de demagogia
son más aprovechadas por quienes no pueden gobernar -la extravagante
IU y los radicales del BNG, como editorializó ayer ABC. Los pactos
políticos, véase el de Toledo, tienen como objetivo, otra vez,
principalmente resolver los problemas de los firmantes. Y como el
PSOE aspira a recuperar el poder -algo no improbable a tenor de cómo
se las gasta el PP- también le interesa mantener a raya la
subversiva idea de que hay accidentes no provocados, perjuicios
superiores a lo que se ve (¿quién indemnizará a los que viven del
turismo, más importante que la pesca?), y una sociedad que puede
dejar atrás el letargo y comprobar cuántas veces resolvemos nuestras
dificultades a pesar del Gobierno. Y de la oposición.