|
La organización de la sociedad civil |
|
|
¿Una alternativa respecto a los partidos políticos? |
|
|
GABRIEL MURILLO CASTAÑO (*) |
|
Introducción
Cuando se generaliza la crisis de los partidos políticos en los países del
hemisferio americano, nos ubicamos frente a la siguiente encrucijada: o los
reformamos a fondo para rescatar su sentido como opciones políticas viables
para acceder al ejercicio democrático del poder público o construimos
nuevas formaciones que, diferenciándose de las tradicionales, reflejen
nuevos proyectos políticos capaces de enfrentar y resolver los graves
problemas de nuestras sociedades en el nuevo milenio. No cabe duda de que
para sacar adelante cualquiera de estas dos opciones, la sociedad civil se
constituye en la esfera política determinante.
La fragmentación y la atomización de la sociedad civil se constituyen en
severos problemas limitantes de la contundencia política que tanto se desea
para el fortalecimiento de nuestras democracias. Pero resulta muy difícil
ignorar el arraigo de los dos principales fenómenos políticos que han
impedido la cohesión deseada. Tanto el clientelismo como el corporativismo
han echado raíces muy profundas en los procesos de desarrollo republicano
de nuestros países. El descrédito de los partidos históricos que mayor
protagonismo han tenido en el manejo público nacional no ha impedido que el
clientelismo siga siendo un elemento articulador preponderante de la política
en muchos países latinoamericanos, empezando por el mío propio. Por su
parte, es conocido de marras que los articuladores de los intereses políticos
más eficientes y reconocidos en muchos países, son las asociaciones de
interés, también conocidas como grupos de presión.
Así, por un lado, se sostiene la exclusión del clientelismo que reproduce
las maquinarias electorales hasta donde alcanza el beneficio de las
prebendas que otorgan los partidos tradicionales. Por el otro lado, persiste
la asimetría resultante del hecho de que sólo las entidades provistas de
los recursos organizativos y económicos logran ejercitar la influencia (advocacy)
y el cabildeo (lobbying) para obtener respuestas satisfactorias a sus
demandas. La alternativa filosófica y política a estas dos fuerzas
regresivas y persistentes (el clientelismo y el corporativismo) se apoya en
el ideal de la construcción de una sociedad civil más fuerte y cohesionada
que, en vez de sustentarse en las clientelas electorales o en la membresía
corporativizada, quiere apoyarse en una base ciudadana capaz de apropiarse
de la política en el buen sentido del término. La ciudadanía subyacente
en este modelo alternativo debe estar conformada por individuos conscientes
de que el orden social al que pertenecen no está dado, que se puede
cambiar, y que están dispuestos a propugnar por el cambio. Por individuos
distintos de aquellos que permanentemente son instrumentalizados por la retórica
facilista que siempre los alude sin realizar que ellos en realidad no son
tenidos en cuenta como entes políticos. Por actores proclives a reivindicar
su protagonismo en la búsqueda de soluciones a los problemas sociales. Por
personas empoderadas para actuar políticamente y dispuestas a romper con el
monopolio político que siempre ha manejado la llamada clase política
tradicional.
El modelo ideal de la democracia participativa
Este nuevo modelo entiende que la esfera de la sociedad civil es por
naturaleza un compendio heterogéneo de componentes que lo único que tienen
en común es representar individualidades o colectividades externas al
Estado que están prestas a actuar políticamente en pos del cambio para la
obtención de un mayor bienestar y progreso. Es decir, es un modelo que
valora la pluralidad y el respeto a las diferencias, culturales, étnicas y
religiosas. Un modelo que aprecia y respeta la existencia de diferencias
expresiones de acción colectiva, tendientes a la articulación y a la
representación de los intereses. Que valora las agremiaciones, las
cooperativas, la acción comunal, las organizaciones no gubernamentales, las
fundaciones sin ánimo de lucro que representan apéndices de las empresas
lucrativas con responsabilidad social y, en general, toda la gama de entes
convergentes en el llamado sector solidario, el célebre tercer sector. Un
modelo que liga esta heterogeneidad con la participación como el común
denominador o el eje transversal de tanta diversidad. Finalmente, un modelo
que propugna por el fortalecimiento y la progresión de la democracia como
el régimen político acorde con el logro de la justicia social sin importar
si esta se da en los Estados de Derecho a secas o en los Estados Sociales de
Derecho. Los primeros, fundamentados en los valores esenciales de la
democracia liberal convencional y, los segundos, en una gama valorativa
todavía más ambiciosa y difícil de alcanzar que supone la disponibilidad
de una cultura política inexistente en nuestros países.
El problema de este modelo, es su misma esencia. Se trata apenas de un
modelo, de un prototipo, de un ideal. Es algo que sin lugar a dudas se apoya
en un completo y sólido diagnóstico. Algo que explica en forma clara,
precisa y reiterada que los partidos políticos ya no son la correa de
transmisión entre la Sociedad Civil y el Estado. Que hay un enorme divorcio
entre gobernantes y gobernados. Que los partidos carecen de liderazgo. Que
perdieron su fundamentación ideológica y programática. Que se redujeron
al logro de unas cuotas burocráticas para asegurar su permanencia política.
Que no movilizan a las grandes masas. Que sólo reclutan clientelas que
controlan sus jefes indisciplinados y egoístas como microempresas
electorales. Que permiten que sean los candidatos quienes hablen a título
personal y no institucional sobre el proyecto de cambio. Que son objeto de
proyectos retóricos y vacíos de reforma constitucional. Que están
representados por voceros cada vez menos calificados para gobernar y menos
comprometidos con una gestión responsable, transparente y sin rendición de
cuentas (muchos son outsiders a cabalidad). En fin, que consistentemente
obtienen los más altos niveles de rechazo y desconfianza por parte de la
opinión pública de los países en donde persisten. En pocas palabras, que
son vistos como actores colectivos responsables en buena medida de la
ingobernabilidad existente.
Está por salir un estudio comparado a nivel latinoamericano, publicado por
Daniel Zovatto del Institute for Democracy and Electoral Assistance,
IDEA, de Suecia sobre la vida en el interior de los partidos políticos. En
el capítulo sobre el tema de las elecciones internas el autor, apoyándose
en datos de Manuel Alcántara de la Universidad de Salamanca y del Latinobarómetro
de 1998, concluye afirmando: “el proceso iniciado en los últimos años en
busca de mayores niveles de democratización interna de los partidos políticos
ha sido lento, gradual e irregular, llegando a abarcar en la actualidad, de
una manera u otra, a algo más de la mitad de los países de la región. Sin
embargo, a la fecha, el corto tiempo transcurrido desde la implantación de
estos procedimientos en la mayoría de los países y la rica casuística de
los mismos[,] no permite sacar conclusiones definitivas sobre sus posibles
efectos, ni sobre la credibilidad de los partidos, ni sobre la mejora de los
niveles de representación y participación, ni incluso sobre la misma
democratización interna de los partidos. De ahí que los análisis sobre
esta materia solamente puedan realizarse en el plano de la mera especulación
y con limitaciones importantes en el sostén empírico”.
Este modelo de la democracia participativa se vuelve más problemático y
restante, aún cuando realizamos que para su existencia se requiere de un
cambio de comportamiento en la expresión de las dos esferas
interdependientes en la política: la sociedad civil y el Estado. Estas
esferas pueden mantenerse aisladas como ocurre en el caso del modelo de la
democracia representativa o en el llamado modelo neo-corporativista. Más
bien, ellas deben superponerse entre sí y, al hacerlo, van generando una
intersección sobre la cual se localiza la coincidencia de intereses y
acciones realizadas en beneficio de lo público cuya proyección se puede
reflejar en una tercera esfera, el espacio público, que va incorporando la
sumatoria de los comportamientos coincidentes que expresan tanto los actores
de la Sociedad Civil como los del Estado.
Pero para comprender bien el sentido de toda esta complejidad, es necesario
realizar que los comportamientos convergentes en el espacio público
resultan de nuevas actitudes y visiones de los actores cívicos
pertenecientes a ambas esferas.
Requerimientos del Nuevo Modelo en la Esfera de la Sociedad Civil
Ha quedado claro entonces que en el ámbito de la sociedad civil es menester
disponer de ciudadanos a cabalidad. Es decir, de actores políticos que se
apropian del marco institucional subyacente (el conjunto de reglas del
juego) a conciencia de que este existe como resultado de un proceso de
conquistas graduales que han venido posibilitando la apertura y la progresión
democráticas. Es decir, de ciudadanos empoderados que con su accionar
responsable y justo socialmente reivindican su protagonismo participativo en
la toma de decisiones conducente al cambio social. Ciudadanos libres y críticos
que le exigen al Estado el desempeño de una gobernabilidad sistémica,
democrática y consecuente con la gama de retos que conlleva la coexistencia
de lo local, lo nacional y lo global. En suma, ciudadanos que reflejan una
cultura política que, además de disponer de información y de un claro
entendimiento del marco institucional del Estado, puedan actuar de acuerdo
con el significado de los valores filosóficos consagrados por el régimen
democrático de sus respectivos países.
Requerimientos del Nuevo Modelo en la Esfera del Estado
En el ámbito del Estado, se requiere de regímenes políticos liderados por
gobernantes claros frente a sus limitaciones y posibilidades. De estados
modernos, racionalizados y democráticos. De gobiernos capaces de liderar
agendas gubernativas integradas y sistémicas en donde lo interno se
compagine lógicamente con lo externo. En donde la desburocratización y la
desregulación sean consecuentes con la urgencia de que el aparato estatal
se reduzca y se pueda concentrar en el cumplimiento de sus tareas esenciales
en cuanto a la satisfacción de las necesidades básicas de los gobernados,
a la salvaguarda del orden público y a la generación de la verdadera
justicia social en donde se supere la descoordinación interinstitucional de
las entidades públicas y se acabe con la colisión de poderes. En donde se
balancee el equilibrio entre los poderes públicos como expresión del
compromiso con la gobernabilidad democrática. En síntesis, un Estado que
reconozca que ante el imperio de la escasez, el concurso de los gobernados,
de la sociedad civil y del sector solidario en general es indispensable para
lograr el progreso nacional y fortalecer la democracia.
La Educación Cívica
El cambio de comportamientos de los actores de estas dos esferas le exige
además a cada una de ellas una acogida a la educación cívica, a la
construcción de ciudadanía y al logro del capital social requerido para la
expansión tanto de la intersección de estas dos esferas como de su reflejo
en el espacio público. Aquí es importante subrayar sin tapujos que la
efervescencia de la sociedad civil, que en muchos países latinoamericanos
se refleja en la existencia de incontables acciones cívicas y colectivas
responsables y comprometidas con lo público, no es suficiente aún para
poder hablar de la existencia de una sociedad civil fuerte. Menos aún es
posible hablar de una sociedad civil fuerte que corresponda a un Estado
fuerte porque es creíble, legítimo, gubernativo y realmente viable. Estas
dos esferas interdependientes están obligadas a trabajar más en la
construcción de la ciudadanía requerida para el cambio deseado. Están en
mora, hay que decirlo, en priorizar la educación para la democracia, la
educación cívica y la pedagogía institucional o constitucional necesaria
para socializar a los ciudadanos en democracia. La educación requerida para
que este concepto no siga siendo utilizado instrumentalmente como un
“comodín” cada vez que se busca un facilismo discursivo. Urgente para
que de esta retórica se pase a una acción prioritaria y tangible.
La sociedad civil vive hoy una turbulencia en la medida en que por causa
principalmente del avance en las comunicaciones se clarifica lo que los
expertos en la teoría de los nuevos movimientos sociales denominan como el
repertorio de contestación y el escenario de oportunidad. Estas dos
nociones claves de la sociología política aluden a la visibilidad de la
acción colectiva que, al superar la latencia, entran en el escenario de las
reivindicaciones populares por causa de la agudización de la pobreza y de
la asimetría socio-económica imperante en América Latina. Aquí los
actores cívicos de la sociedad civil entran en la siguiente disyuntiva: o
permanecen impasibles “esperando a ver qué pasa”, dándole espacio a
los proyectos populistas que hoy acechan en varios países, o actúan como
constructores de más ciudadanía responsable y democrática. La mejor
manera de contrarrestar el peligro del aumento de la antipolítica
distorsionante y populista, creo yo, es incorporándose a la causa de la
educación para la democracia. Esta causa, por fortuna, permite desarrollar
múltiples vías de trabajo educativo formal y no formal para educar a la niñez
y a la juventud o para reeducar a los adultos y a los mayores que han vivido
procesos de socialización ajenos al nuevo modelo de la democracia
participativa.
El Estado que de manera creciente evidencia la insuficiencia de recursos y
la presencia de un alto déficit fiscal y una limitada disponibilidad de
recursos para la inversión pública, aún posee una capacidad movilizadora
para priorizar una política de educación para la democracia, tanto en la
educación pública como en la educación privada. Se trata de una política
basada en la certeza de que el énfasis en la construcción de ciudadanía
se constituye en una inversión que si bien no se verá en el corto, y difícilmente
tampoco en el mediano plazo, va a generar el recurso primordial para
disponer de un aliado con el cual avanzar efectivamente en al superación de
la brecha entre retórica y acción. En la actualidad la efervescencia de la
sociedad civil ya mencionada es notable. Sin embargo, aún se carece de la
fuerza necesaria para obtener la consecuencia entre los marcos normativos e
institucionales teóricos y los comportamientos y las acciones prácticas
derivadas que permitan el cambio deseado.
El aporte de los Partidos Políticos
En la ejecución de una política de Estado a largo plazo orientada a la
construcción de ciudadanía, los partidos políticos poseen una importancia
potencial singular. Su acción protagónica no sólo implicaría un
beneficio directo para el entorno político nacional sino una clara ventaja
para que las organizaciones partidistas se fortalezcan en sí mismas. Lo que
resulta injustificable es que ni los partidos tradicionales en cuanto
organizaciones como tales, ni su representación en el poder ejecutivo o en
el legislativo sean hoy los promotores de políticas o al menos de Proyectos
de Ley atinentes al fortalecimiento de la educación para la democracia y a
la construcción de ciudadanía. Una de sus principales limitaciones se
refleja en esta debilidad. Ni los partidos de gobierno, ni los de oposición
están haciendo de este propósito cívico una de sus banderas principales.
Y si lo anterior es así, podría afirmarse a continuación que el costo de
oportunidad derivado de este descuido aumenta el divorcio entre la sociedad
civil y los partidos políticos que en realidad no debería existir. Es
preciso subrayar que estas dos instancias políticas, la sociedad civil en sí
misma y los partidos políticos, no deben verse bajo la lógica del juego de
suma cero. Tanto la primera como los segundos resultan indispensables para
la progresión democrática. Entre ellos debería existir un eslabonamiento
lógico en virtud del cual se pudiera superar la confusión persistente y
determinada por el gran desprestigio de la política convencional. Debería
existir claridad en cuanto al significado y valor del empoderamiento con
toda su carga semántica alusiva a la conciencia individual y colectiva de
los actores acerca de su potencial como agentes reivindicativos
transformadores de la sociedad desigual. Así mismo, debería entenderse que
son los diversos componentes de la sociedad civil los llamados a repotenciar
a los partidos políticos para que estos resurjan provistos de la
fundamentación ideológica y programática requerida para articular y
representar principalmente los intereses de la heterogeneidad propia de la
esfera de la sociedad civil o, en menor grado, las especificidades
aglutinadoras de los movimientos sociales y cívicos proclives a convertirse
en partidos tal como ya se ha visto en Alemania y Bélgica con los verdes y
como ahora se insinúa en Estados Unidos con los seguidores de Ralph Nader.
No se entiende tampoco por qué los líderes de los partidos políticos históricos
no se convierten en los determinantes primordiales de los procesos de cambio
que retórica y tímidamente proponen los gobiernos de nuestros países. Por
ejemplo en Colombia, la reforma al régimen de los partidos políticos ya
lleva casi dos décadas posicionada como uno de los temas más recurrentes
en los ímpetus de cambio que dicen tener los legisladores y los gobernantes
y, a pesar de eso, no se registran alusiones directas a la necesidad de
trabajar en educación cívica. Inclusive en la Constitución Política de
1991 se incluyen principios ideales sobre la importancia del fortalecimiento
educativo democrático para el logro de la verdadera participación en el
Estado Social de Derecho que ya lleva una década como objetivo del cambio
político y socioeconómico nacional.
Para nadie es un misterio que en México existe una notable paradoja entre
un envidiable y avanzado proceso de ciudadanización electoral frente a la
parsimonia de la consagración constitucional de formas alternativas de
participación ciudadana y del amplio código de derechos y obligaciones
ciudadanas que, en cambio, se refleja en las cartas del Estado Social de
Derecho de otros países tan disímiles como España y Colombia. Sin
embargo, allí ya hace varios años que se viene adelantando una seria
reflexión sobre la interrelación entre la sociedad civil y sus
componentes, por un lado, y los partidos políticos, por el otro, frente al
fortalecimiento de la democracia.
En un coloquio sobre partidos políticos y sociedad civil promovido por el
Centro de Estudios para la Reforma del Estado realizado en 1995 en el
Distrito Federal, el catedrático mexicano de la UNAM, Manuel Cifuentes
Vargas, señalaba con razón como los partidos políticos y las
organizaciones de la sociedad civil no son entes contrarios sino realidades
complementarias. Para él se trata en ambos casos de entidades compuestas
por ciudadanos que sólo se diferencian entre sí en razón de su naturaleza
jurídica primordial. Los partidos políticos son entes de interés público
y las asociaciones civiles son figuras que pueden tener un interés ya sea
privado o público, o los dos a la vez. El fin primordial de los primeros
debe ser el acceso al poder político formal a través de sus candidatos.
Pero además tienen otros deberes que normativamente pueden cumplir: la
gestión social, la formulación de propuestas económicas y la difusión de
la cultura. Las segundas, si bien tienen un carácter eminentemente social y
cultural, no tienen como imperativo la lucha por el poder público en la
medida en que carecen de todos los elementos requeridos para esa finalidad.
Lo importante para el jurista Cifuentes Vargas es que en tanto ambas
modalidades organizativas buscan el bien común en distintos niveles, ellas
están llamadas a apoyarse recíprocamente. Las organizaciones cívicas no
deben pretender suplantar a los partidos políticos, pero a la vez, con su
insistencia en aparecer como apartidarias (y no apolíticas), deben cuidarse
de evitar el divorcio con ellos. La intermediación que ambas formas
organizativas representan debe seguir siendo válida en el entendido de que
existe una obvia diferencia en cuanto al alcance de la representación y
articulación de intereses que cada forma puede acarrear. Si bien Cifuentes
Vargas no lo advierte explícitamente, es lógico deducir que con el
planteamiento anterior no está diciendo que la organizaciones cívicas
justifiquen la sostenibilidad del corporativismo fragmentante. Cuando señala
que los partidos políticos son los únicos entes que válidamente pueden
aspirar a representar de modo global y no únicamente en un aspecto puntual,
los intereses verdaderamente generales, está reconociendo que estos pueden
beneficiarse del carácter aglutinador más funcional y compacto que logran
las organizaciones cívicas comprometidas con aspectos puntuales pero
determinantes del bien común deseado. En otras palabras, se está diciendo
que entre más compromisos parciales y especializados haya con la búsqueda
de lo ético y el bien común, mayores ventajas obtendrán los partidos políticos
nuevos comprometidos con el difícil reto de rescatar la confianza que la
heterogeneidad social le reiteró a sus antecesores, los partidos
tradicionales.
Aquí es conveniente rescatar el sentido de la noción de la democracia
electoral planteada por Sartori y frente a la cual los promotores de la
democracia amplia y participativa han expresado duras críticas señalando
su limitado alcance por causa de la gran dependencia en los marcos
electorales existentes en los procesos de adecuación democrática de los países
latinoamericanos. Si bien es cierto que los principales aglutinantes de la
democracia electoral gravitan alrededor de la participación electoral
restringida que los partidos en competencia movilizan en los comicios
existentes, también resulta apropiado reconocer que los partidos políticos
deben disponer de diferentes apoyos ciudadanos, familiarizados y
comprometidos con aspectos puntuales y parciales de la búsqueda del bien
común y susceptibles de ser integrados con otros provenientes de otros
apoyos parciales adicionales y afines que puedan sumarse bajo un eje
transversal que exprese la existencia de un proyecto político partidista más
abarcante y presto a competir por el acceso al poder formal, para desde allí
emprender la transformación del marco estructuctural que no puede seguir
perpetuando las diferencias y las asimetrías socio-económicas. Se trata
entonces de reivindicar la coexistencia de la democracia electoral en cuanto
plataforma de la libre competencia interpartidista, con la democracia
participativa que promueva la existencia simultánea de organizaciones más
precisas, temática y funcionalmente, pero convergentes en un proyecto
partidista amplio y orientado hacia la búsqueda incuestionada de la
progresión democrática basada en la justicia social.
Lamentablemente y a pesar de los avances de la ingeniería política y de
las reformas políticas progresivas en varios países (Brasil, Colombia,
Paraguay, México y Venezuela...) los partidos políticos dominantes siguen
actuando sin percatarse de que ya es hora de abrir el reconocimiento a la
interdependencia con las entidades cívicas. El incremento de la
ciudadanización que demanda la democracia participativa exige que los
partidos reconozcan y por ende promuevan el fortalecimiento de estas
entidades en concreto y de las demás formas organizativas convergentes en
la compleja esfera de la sociedad civil de nuestros países, en general.
Pero resulta preocupante constatar que con el paso del tiempo y con la
intensificación de la fragilidad de nuestras democracias en toda América
Latina y en la Subregión Andina en particular, los partidos políticos
tradicionales insistan en aferrarse a la tabla de salvación del
clientelismo y de la corrupción. Tal es el caso de los partidos históricos
prácticamente desaparecidos de Venezuela, o de la fragmentación
multipartidista de Perú y Ecuador, o de la desorganización y la
indisciplina del bipartidismo colombiano. Pero más grave aún es la
insuficiencia que se refleja en las nuevas organizaciones partidistas que se
proyectan con pretensiones independentistas de base ciudadana, pero que aún
no reflejan claridad en cuanto a la organización de sus estrategias de
representación en la rama legislativa. Esto en la medida en que responden a
liderazgos unipersonales y pretenden esgrimir estrategias de movilización
suprapartidistas.
El Dilema de los Proyectos Partidistas Alternativos
No se ve claramente que los proyectos partidistas alternativos
latinoamericanos estén contemplando líneas de trabajo que incluyan
recursos humanos para asumir la función legisladora al mismo nivel de
importancia con el que están vislumbrando el liderazgo para la conducción
ejecutiva del Estado que buscan gobernar. Sus tenues tácticas organizativas
no reflejan con claridad proyectos orientados a la superación de la crisis
de respresentación. Develan miopía en cuanto a la inexistencia de señalamientos
propositivos orientados a la construcción de cuadros y líderes ubicables
en la acción legislativa. Daría la impresión de que aún no son
conscientes de la necesidad inaplazable de empezar a revertir la tendencia
hacia el centralismo presidencialista. Tanto los líderes de estos proyectos
partidistas alternativos como sus seguidores y asesores están sumergidos en
una planificación estratégica para el ejercicio de la gobernabilidad
propiamente dicha. Parecería que no captan que para poder ejecutar el
“buen gobierno” es indispensable disponer de apoyos en el Congreso. Que
ignoran que las mayorías parlamentarias permanecen en manos de los
representantes de los partidos tradicionales frente a los cuales pretenden
ser la alternativa real. Que si no prevén oportuna y equilibradamente
acciones prioritarias dirigidas a modificar la correlación de fuerzas
partidarias en los cuerpos colegiados tanto de nivel nacional (Senado y Cámara
o Asamblea, según el país) como a nivel regional- intermedio y
local-municipal, el posible ejercicio de la conducción del gobierno se verá
abocado a la incertidumbre frente a la eventualidad de si los legisladores
apoyarán u obstaculizarán las iniciativas de cambio. Es bien sabido que
una de las principales dificultades para el ejercicio de la gobernabilidad
está determinada por la necesidad de tener que estar gastando tiempo y
energías en la consecusión de aliados parlamentarios que apoyen los planes
de acción y que aseguren las mayorías aprobatorias de iniciativas
gubernativas. También por la incertidumbre de tener que negociar favores
políticos que no sólo merman la legitimidad y la autoridad ejecutiva sino
que generan costos y limitaciones adicionales al ritmo de trabajo que se
busca imponer.
Los proyectos partidistas alternativos a las fuerzas históricas de dominación
hegemónica deben planear estrategias de movilización y gobierno que
incorporen, desde el inicio, orientaciones claras en cuanto a la inclusión
de recursos humanos propios o afines distribuidos en los distintos niveles
en que operan los cuerpos colegiados. Este es tal vez el dilema estratégico
más omitido en los afanes del liderazgo unipersonal que suele caracterizar
estos proyectos. Y al persistir esta omisión, simplemente se descuida el
manejo que se le debe dar a una de las fuerzas políticas más importantes
del modelo democrático en el que se desea trabajar políticamente. Por último,
pareciera que ni la planeación estratégica, ni los liderazgos de los
movimientos partidistas alternativos entendieran que ante la actual
presencia de los cuadros partidistas tradicionales en las bancadas de los
parlamentos, las asambleas y los consejos, resulta inaplazable la orientación
de planes y líneas de acción dirigidos hacia el trabajo de la construcción
de la base una intencionalidad parlamentarista. Esto, si se trata de ser
consecuentes con la lógica y el sentido de la gobernabilidad sistémica en
democracia.
Consideraciones sobre el caso Colombiano
Es bien probable que Colombia no sea el único país latinoamericano que
ante el cúmulo de problemas políticos, económicos y sociales, esté
viviendo un momento interesante en la configuración de competencia
interpartidista. Este momento se caracteriza por una dinámica intensa y
poco clara. Los partidos tradicionales Liberal y Conservador han sufrido un
retroceso significativo pero esto no permite afirmar que el mismo se debe al
fortalecimiento de terceras fuerzas o de los proyectos partidistas
alternativos. Según datos del politólogo Miguel García, las cifras
correspondientes a las últimas elecciones municipales realizadas en
Colombia el pasado 29 de octubre, señalan que en comparación con el mismo
tipo de comicios realizados en 1997, los liberales pasaron de tener el 44.8%
al 39.3% de las alcaldías del país y los conservadores lo hicieron del
35.1% al 28.5%. Por su parte las terceras fuerzas aumentaron del 14% al 21%
de los municipios colombianos. No obstante, hoy en Colombia es innegable el
fraccionamiento interno de los partidos tradicionales así como la
multiplicidad de nuevas fuerzas. Según el mismo autor, en el país se
reflejan 5 fracciones conservadoras y 4 liberales, mientras que las llamadas
terceras fuerzas se subdividen en 35 partidos y movimientos pequeños. En
estas últimas se presentan numerosas tangencias y coincidencias tanto de
carácter nominal como programático que tienden a confundirlas aún más.
Por lo anterior resulta imposible afirmar que esta turbulencia al interior
de los movimientos alternativos al bipartidismo tradicional refleje que
ellas constituyen el indicio de cambio real en el sistema de la competencia
interpartidista colombiana. Pero lo que si refleja es que esta gama de
nuevas fuerzas políticas o nuevos movimientos, como también se las conoce,
es el deseo firme de estimular la participación ciudadana e incidir en el
fortalecimiento democrático de Colombia. Con esta extensión de la
efervescencia ya mencionada de la sociedad civil, se refleja la intención
de crear un nuevo modelo de hegemonía ideológica y moral que posibilite
ampliar la superposición acumulativa de las distintas expresiones de la
crisis política de Colombia. Un modelo de movilización que le ofrezca a
los colombianos un sentido de futuro mediante una acción transformadora,
que los saque del desasosiego y la angustia imperantes. Aquí se expresa un
claro ejemplo de complementariedad que puede y debe existir entre las
organizaciones cívicas y los proyectos partidistas alternativos a los
partidos históricos. Buena parte de los estadios antecedentes a estas
nuevas fuerzas y movimientos eran variantes de la acción colectiva
aglutinada en grupos indígenas, religiosos, de mujeres, de obreros o
sencillamente de activistas comprometidos con la defensa y protección del
medio ambiente, de los derechos humanos, de la búsqueda de la paz y en
general de la defensa de los intereses de las minorías cansadas de tanta
desigualdad e injusticia. Al darse el paso de estas formas de acción
colectiva a nuevas fuerzas y proyectos políticos inmersos en la competencia
movilizadora y proselitista para acceder al poder político en sus distintos
niveles, estos jóvenes actores organizados representan la misma
reivindicación de la “política para la gente” anteriormente basada en
ciudadanos emanados de la sociedad civil colombiana. Así nuevas expresiones
políticas partidistas tales como el Frente Social y Político, el Partido
de Socialismo Democrático, el Partido Visionario, la Alternativa Política
Colectiva, APC, el Partido Oxigeno Verde hacen su ingreso en el panorama de
la competencia interpartidista colombiana. A ellas se suma el Movimiento Sí
Colombia orientado por la ex-candidata presidencial de origen conservador,
Nohemí Sanín, quien en las pasadas elecciones de 1998 obtuvo cerca de 3
millones de votos con su proyecto independiente de carácter suprapartidista.
Tanto las nuevas fuerzas como el movimiento Sí Colombia coinciden en el
rechazo a las prácticas clientelistas, corruptas y excluyentes de los
partidos tradicionales. Al plantearse como alternativas modernas y democráticas,
comprometidas con el logro de la justicia social verdadera, tienden a
reivindicar el rescate de la esencia del Estado Social de Derecho consagrado
en la Constitución de 1991. Se orientan a un amplio y variado segmento de
colombianos cansados de la desidia de liberales y conservadores y
necesitados de una orientación que lleve el país hacia el logro de la paz
en equidad y en democracia. Unos y otros buscan movilizar la ciudadanía
responsable y consciente del impostergable compromiso colombiano. Entre
ellos es posible establecer tendencias ideológicas distintas a lo largo de
un continum de izquierda - centro , que van desde los pronunciamientos más
contestatarios convergentes en el Frente Político y Social o de la APC,
pasando por el Partido de Socialismo Democrático, por el Partido Visionario
o por el Partido Oxígeno Verde, hasta llegar a la tendencia centrista de Sí
Colombia. Sin embargo, no es fácil registrar diferencias ideológicas ni
programáticas de fondo. Se trata de proyectos políticos provistos de
niveles de apoyo electoral (con tendencia “al alza”) pero que no
permiten saber a ciencia cierta como responderán sus electores potenciales
en las contiendas futuras. Sus esperanzas están fundamentadas en éxitos
relativos provenientes de la movilización de seguidores que aún no han
podido expresar niveles de compromiso y lealtad constantes. Al presentarse
como frentes amplios y plurales o como proyectos independientes de carácter
suprapartidista, sin quererlo, incurren en la incertidumbre de no saber con
claridad quienes responderán a sus llamados. Esto se dificulta aún más
con las coincidencias en sus lineamientos programáticos y con las cercanías
en el continum ideológico centro – izquierda sobre el que todos se
quieren ubicar. Con excepción del liderazgo de Sí Colombia, las otras
fuerzas alternativas al bipartidismo hegemónico están encabezadas por
actores que a pesar de su trayectoria pública, ya sea de tipo
parlamentario, gremial o intelectual, aún no son figuras identificables y
diferenciables a nivel nacional.
Se trata entonces de un cúmulo de obstáculos que no permite concluir estas
notas con un planteamiento optimista en cuanto a la consolidación eventual
de las nuevas fuerzas partidistas en Colombia que buscan reemplazar a los
partidos tradicionales. Estos últimos siguen dando la pelea que les ha
permitido mantenerse como el elemento articulador de la competencia política
a todo lo largo del desarrollo republicano colombiano. Su descenso en las
pasadas elecciones regionales se explica más por la lucha entre liberales y
conservadores en sí misma que por el crecimiento relativo de las nuevas
opciones partidistas. (Al fin y al cabo, las derrotas fuertes en algunas
ciudades importantes del país, como Medellín y Tunja para los
conservadores, fueron propinadas por sus eternos adversarios, los
liberales).
Conclusiones
El caso colombiano, que seguramente no es singular en América Latina, a mi
juicio resulta elocuente para valorar la necesidad de seguir propugnando por
el aumento de las tangencias y de la superposición relativa entre las
organizaciones cívicas y los nuevos partidos políticos. Aún ambos tipos
de organización carecen de la fuerza, la madurez o el desarrollo
suficientes como para prescindir la una de la otra. La insuficiencia de una
ciudadanía cabal es un reto para que ambas continúen trabajando para
fortalecerse a sí mismas y entre sí. La viabilidad del modelo deseable de
la democracia participativa va a depender en gran medida de una sociedad
civil fuerte y articulada cuyos intereses y demandas al Estado, legítimo y
creíble, deben ser canalizadas a través de partidos compuestos por
ciudadanos responsables y conscientes de sus derechos, obligaciones y
posibilidades en democracia. Sólo así se dispondrá en América Latina de
Estados orientados por gobiernos provenientes de partidos políticos democráticos
dispuestos a fortalecer la construcción de más ciudadanía. Por gobiernos
que cuenten con el concurso de la sociedad civil satisfecha que se propongan
incrementar la superposición entre estas dos esferas vitales de la política
que se reflejará en el gran espacio público necesario. Los nuevos partidos
políticos de los países latinoamericanos, no sólo son indispensables para
fortalecer nuestras debilitadas democracias sino para liderar los procesos
de refundación de los nuevos pactos sociales requeridos para la superación
de tantos conflictos y desigualdades. A pesar de la existencia de las
particularidades idiosincráticas en cada país de la región que impiden
una generalización simplista, ésta parece ser la mejor forma de salir de
la encrucijada planteada al comienzo de este ensayo. Ellos son los llamados
a articular los variados segmentos ciudadanos que están dispuestos a
participar en la transformación y en el logro de la gobernabilidad democrática
necesaria para alcanzar el desarrollo humano sustentable que nuestros países
requieren. Son los articuladores capacitados para incorporar nuestra
diversidad, ayudándola a comprender que ellos mismos no están ahí para
resolver los problemas específicos de sus afiliados sino para impulsar la
construcción de ese nuevo pacto social, así estén en el gobierno o en la
oposición democrática.
BIBLIOGRAFIA
Bonamusa, Margarita. “¿Para Qué se Fortalece la Sociedad Civil?”, en
Documentos Ocasionales No. 41 del – Centro de Estudios Internacionales –
CEI de la Universidad de los Andes. Bogotá, enero – marzo de 1996.
Cifuentes Vargas, Manuel. “Partidos Políticos, Actores Principales de la
Democracia Electoral” en Gilberto Rincón gallardo (Coord.) Partidos Políticos
y Sociedad Civil, Centro de Estudios para la Reforma del Estado, A.L., 1995,
pp. 141-149.
Coyuntura Política No. 17. Los Nuevos Movimientos Políticos. Corporación
Diálogo Democrático. Bogotá, Octubre 2000.
Dretz, Henry A. y Shidlo, Gil. Urban Elections in Democratic Latin America.
SR Books, Wilmington, 1998.
García, Miguel. “Elecciones Municipales. Bipartidismo, Un Paso Atrás”,
en Periódico de la Universidad Nacional de Colombia No. 16, Bogotá,
Noviembre 19 de 2000, pp. 8.
García Duarte, Ricardo. “Mito y Partido” en Coyuntura Política No. 17.
Corporación Diálogo Democrático, Bogotá, Octubre 2000, pp. 3-6.
Harrison, Lawrence E. y Huntington, Samuel P. Culture Matters. How Values
Shape Human Progress, Basic Books, Nueva York, 2000.
Loaiza Ramírez, Javier. “Cuarta Generación de Partidos Políticos” en
Avance, Revista de la Fundación para la Investigación y Desarrollo de la
Ciencia Política, FIDEC No. 11, 2000, pp 18-22.
Institute for Democracy and Electoral Assistance, Tribunal Electoral del
Poder Judicial de la Federación, Instituto Federal Electoral, IFE. Manual
para el Diseño de Sistemas Electorales de Idea Internacional. México,
2000.
Melucci, Alberto. Acción Colectiva, Vida Cotidiana y Democracia. El Colegio
de México, México, 1999.
Murillo Castaño, Gabriel y Mejía, Juliana. “Hacia una Definición
Operacional de la Sociedad Civil”, en Documentos Ocasionales No. 41, del
Centro de Estudios Internacionales, CEI, de la Universidad de los Andes.
Bogotá, enero-marzo de 1996.
Murillo Castaño, Gabriel y Dávila Ladrón de Guevara, Andrés. “Las
Virtudes y Deibilidades del Sistema Electoral en Colombia” en Jorge
Ignacio Pretelt Chaljub y Juan Manuel Ramírez Pérez, Democracia Política
y Electoral en América Latina. Universidad Sergio Arboleda – Organización
de Estados Americanos, OEA, Bogotá – 2000.
Pretelt Chaljub, Jorge Ignacio y Ramírez Pérez, Juan Manuel
(Compiladores). Democracia Política y Electoral en América Latina.
Universidad Sergio Arboleda – Organización de Estados Americanos, OEA,
Bogotá – 2000.
Rangel, Alfredo. Colombia: Una Democracia sin Partidos, Revista Foro, No.
10, Bogotá, Septiembre de 1989.
Rincón Gallardo, Gilberto (coordinador de la publicación). Partidos Políticos
y Sociedad Civil, Centro de Estudios para la Reforma del Estado, A.C., 1995.
Tilly, Charles. Roads from Past to Future. Lanham, Rowman y Little Field,
Maryland, 1997.
Sartori, Giovanni. Partidos y Sistemas
de Partidos. Alianza Editorial, Madrid, 1987.
Este trabajo ha sido especialmente
preparado para el Seminario Internacional: Partidos Políticos en América
Latina, Transición hacia dónde? organizado y patrocinado por el Centro
Interdisciplinario de Estudios sobre el Desarrollo Latinoamericano, CIEDLA,
de la Fundación Konrad Adenauer con sede en Buenos Aires. Próximamente será
publicado en la Revista Contribuciones de esta misma entidad.
* El autor es también Magíster en Ciencia Política, Universidad de Nueva York, Buffalo y del MIT en Boston. Profesor Titular del Departamento de Ciencia Política de la Universidad de los Andes, del cual fue su director durante 12 años. Autor de numerosos libros y artículos sobre gobernabilidad, crisis política, partidos políticos, organización, sistema electoral y participación, entre otros. Consultor de diversos organismos internacionales en temas electorales, de modernización del Estado, gobernabilidad y sociedad civil. Actualmente combina su labor docente con la coordinación de la parte andina del proyecto hemisférico “Red Interamericana para la Democracia”, de la cual es miembro fundador.