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SAMUEL P. HUNTINGTON |
Está
surgiendo una nueva estructura de poder mundial que probablemente va a
establecer los parámetros de la política mundial de los próximos 15 años.
El primer nivel de dicha estructura lo forma EE UU, la única
superpotencia; el segundo, diversas grandes potencias regionales, como India,
China, Japón, Rusia y la Europa franco-alemana; el tercero, las que podríamos
llamar potencias regionales 'secundarias': Pakistán respecto a India, el Reino
Unido respecto al eje franco-alemán, Ucrania respecto a Rusia, o Corea, a Japón.
En esta estructura hay una tendencia natural al conflicto entre la
superpotencia y las principales potencias regionales. Como superpotencia única,
Estados Unidos piensa que tiene intereses y responsabilidades mundiales; las
potencias regionales se resisten a ello, pues consideran que deberían tener el
papel protagonista en su región. Esto, obviamente, genera tensión. Y la forma
en que Washington definió, durante el mandato de Clinton, su papel en el mundo
mientras impulsaba la globalización aumentó esta tensión.
También hay tensión entre las principales potencias regionales, que
intentan llevar la batuta, y las potencias secundarias. Los países secundarios
tenderán a ver a la superpotencia como un contrapeso de la supremacía de la
potencia regional, por lo que, tanto para Reino Unido como Pakistán, Ucrania o
Corea del Sur, es muy importante estrechar los vínculos con EE UU.
En otras ocasiones, las principales potencias regionales son las que
rivalizarán entre sí, especialmente si comparten fronteras. India y China
entran en conflicto a menudo. Rusia teme sobre todo a China, con una población
ocho veces mayor, una economía floreciente y miles de kilómetros de frontera
común. Cuando los rusos miran al Este ven un mundo amarillo, aunque por el
momento las relaciones entre ambos países son buenas y Rusia vende armas a
China. Las relaciones entre Rusia e India son también buenas, como lo fueron
durante la guerra fría.
Dichas potencias regionales manifiestan claramente hoy su resistencia a
la hegemonía de Estados Unidos, aunque nadie con más fuerza que el ministro
francés de Asuntos Exteriores, Hubert Védrine. Si no una alianza, existe,
pues, una resistencia geoestratégica frente a la amplia definición que Estados
Unidos hace de su papel en el mundo.
Pero las potencias regionales importantes tienen contradicciones. Por un
lado, se resienten contra la hegemonía estadounidense y su intento de
obligarlas a actuar de acuerdo con los intereses de EE UU, pero, por otro,
Washington puede hacer mucho por estos países, especialmente en lo que al
comercio, tecnología e inversión se refiere. Aunque puede cambiar en el
futuro, hoy ganan más con una buena relación con EE UU que con una buena
relación entre ellas. Esto es especialmente patente en el caso de Rusia, que,
bajo Putin, procura liderar la coalición antiestadounidense, en la medida en
que exista, pero también busca buenas relaciones con Washington.