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De
chica no entendía por qué mis padres, mis hermanos y yo vivíamos en
Montreal mientras el resto de mi familia -abuelos, tías, tíos y primos-
estaba esparcido por los Estados Unidos. Durante los largos viajes en auto
para ir a visitar a mis parientes en Nueva Jersey y Pennsylvania, mi
familia hablaba de la guerra en Vietnam y de los miles de militantes
pacifistas como nosotros que a fines de los años sesenta habían huido a
Canadá. Me contaban que el gobierno canadiense no sólo se había mantenido
neutral durante el conflicto sino que ofrecía refugio a los ciudadanos
norteamericanos que se negaban a tomar parte de una guerra que
consideraban injusta. Ridiculizados como "rebeldes al orden", eran
recibidos del otro lado de la frontera como objetores de conciencia. Mi
familia decidió emigrar a Canadá antes de que yo naciera, pero estas
historias románticas me dejaron en la mente una idea fija cuando todavía
era demasiado joven para reflexionar sobre ello: Canadá tenía una relación
con el mundo radicalmente diferente de la de Estados Unidos. Y no obstante
las semejanzas exteriores y la proximidad geográfica, era un país
inspirado en valores más humanos y de orientación menos intervencionista.
En fin, creíamos estar en un país soberano.
Desde entonces, busqué -sin éxito- elementos que sostuvieran esta
convicción infantil (o pueril, como dirían algunos). Hasta la guerra con
Irak, cuando la política exterior canadiense se apartó de la
norteamericana como nunca antes había sucedido desde la época de la guerra
de Vietnam. Pero, como en los años sesenta, la posición de Canadá sobre la
invasión a Irak tampoco estuvo exenta de hipocresías. Enviamos 31 soldados
al Golfo para dar apoyo a militares ingleses y americanos, y estuvimos
presentes en la región con tres buques de guerra para sostener, como
precisó el primer ministro Jean Chrétien, la "guerra contra el
terrorismo", no la guerra contra Irak. Aun cuando la primera fue
oficialmente lanzada como continuación de esta última (una demostración de
que nunca logramos estar al día con las modas).
De todos modos, es indiscutible que, después de haber seguido a Estados
Unidos por décadas en toda gran campaña militar, Canadá no sostuvo esta
guerra. "Si comenzamos a cambiar los regímenes, ¿dónde terminaremos?", se
preguntó Chrétien. Tan significativa como ésta fue la posición asumida por
el presidente mexicano Vicente Fox. A pesar de todas sus cautelas, también
él declaró abiertamente: "Nosotros estamos en contra de la guerra". Estos
tibios, prudentes y hasta ambiguos rechazos aparecen particularmente
espectaculares frente a los discursos políticos altisonantes que recorren
Europa, China y gran parte del mundo árabe. Y sin embargo, las
decisiones de Canadá y México representan seguramente un desafío mucho
mayor para las excesivas ambiciones del imperio americano que cualquier
ruidosa protesta llegada de ultramar.
Después de todo, que los países árabes y europeos se enfrenten a Estados
Unidos es algo que se da casi por descontado. Pero, ¿qué decir de Canadá y
México, dos Estados bastante más que amigos y aliados estratégicos? En
ambos casos, se trata de dos países satélite, dos extensiones, al sur y al
norte, del patio de la casa de Estados Unidos. El primero provee energía a
bajo costo; el segundo, mano de obra a buen precio. Y los dos son parte
del Nafta, el área de libre comercio de Norteamérica. Esto es lo que
vuelve tan importante el hecho de que ambos hayan tenido una posición
contraria a la de Estados Unidos durante la guerra, aunque no hayan
querido llamar demasiado la atención.
Los imperios necesitan colonias para sobrevivir, es decir, países tan
dependientes desde el punto de vista económico y tan inferiores en el
plano militar que vuelven inconcebible cualquier iniciativa autónoma de su
parte. El gran éxito del Nafta fue justamente reforzar estos temores y
esta dependencia en los países vecinos a los Estados Unidos, que son
además sus principales socios comerciales. Los números hablan por sí
solos: el 86 por ciento de las exportaciones de Canadá y el 88 por ciento
de las de México se dirigen a Estados Unidos, que, si cerrara las
fronteras, en represalia pondría inmediatamente en crisis a ambas
economías.
Teniendo bien presente todo esto, John Ibbiston se enfrentó durante la
guerra a la audacia de los parlamentarios canadienses que habían osado
poner en discusión la legitimidad del ataque de Bush a Irak: "Si ustedes
fueran de esos millones de canadienses cuyo puesto de trabajo depende del
libre comercio de bienes y servicios con Estados Unidos, estarían
furiosos". En otras palabras, dejemos que los europeos tengan sus nobles
ideas sobre el derecho internacional, y pensemos en cambio en las piezas
de repuesto para autos que debemos entregar just-in-time.
Sin embargo, a pesar de la extrema dependencia económica de estos dos
países y de sus temores ante posibles represalias, la aplastante mayoría
de canadienses y mexicanos respaldó su oposición a la guerra de sus
respectivos gobiernos. Pero este coraje no nació de la nada: es la
afirmación de una autonomía ganada, aun cuando la administración Bush
parece a veces olvidarlo. Después del 11 de septiembre, los Estados Unidos
dejaron improvisamente de lado los planes para legalizar la situación de
millones de mexicanos sin documentos que trabajan sin ningún tipo de
protección en territorio norteamericano: un feo golpe que dañó seriamente
la popularidad del presidente Fox en su tierra. Y en lugar de facilitar el
paso de los mexicanos a través de su frontera, dificultaron aún más el
ingreso de los canadienses. De hecho, quienes nacen en estos países a los
que Washington considera una amenaza deben sortear humillantes trámites
para entrar en los Estados Unidos, obligados a dejar registro de sus
rostros y sus huellas digitales.
Pero el coraje de Canadá y México se explica también con el hecho de que
resulta más fácil poner en peligro los acuerdos de "libre comercio"
después de haber comprobado que, defraudando muchas promesas, siguen
siendo siempre mal vistos. Durante la guerra, el Washington Post comprobó
que si bien el volumen de intercambio de México se triplicó a partir de la
entrada en vigor del Nafta, la pobreza se extendió de forma dramática, con
19 millones de mexicanos reducidos a peores condiciones que las existentes
veinte años atrás.
Y ahora, después que México y Canadá decidieron asumir una posición
independiente con relación a la guerra en Irak, lo más sorprendente es que
no pasó absolutamente nada. No hubo ni una represalia ni una reacción
violenta, apenas una nota de lamento por parte del embajador
norteamericano en Canadá. Probablemente en Washington estaban tan
furiososcon los franceses que no nos hicieron caso. Y ahí está la
verdadera importancia de la posición de México y Canadá. Todos los
imperios, incluso los más poderosos, tienen un punto débil: la arrogancia
del poder esconde su dependencia con los colonizados en todo tipo de
rubro, desde la mano de obra hasta las bases militares en sus territorios.
Si algunos países buscan oponer su resistencia aisladamente, en el caso de
México y Canadá es evidente que se trata de dos países no sólo
dependientes sino también indispensables. En forma separada, pueden ser
más o menos obviados. Unidos, en cambio, eso resulta mucho más difícil.
Juntos representan el 36 por ciento del mercado de exportaciones de
Estados Unidos. Proveen además el 36 por ciento de las necesidades
energéticas de Estados Unidos y el 26 por ciento de la demanda
petrolífera. Y a pesar de que sus gobernantes piensen de otra forma, los
Estados Unidos no son una isla. Comparten 12 mil kilómetros de frontera
con Canadá y México, que no pueden proteger sin la ayuda de esos mismos
vecinos. Quizá nadie había pensado que estas cifras se podían sumar.
En realidad, el Nafta nunca fue un acuerdo trilateral sino más bien una
combinación de dos acuerdos bilaterales: uno entre Estados Unidos y
Canadá, el otro con México. Esta situación está comenzando a cambiar en
tanto es cada vez más evidente que si Estados Unidos puede comportarse
como una isla que no depende de nadie, en realidad vive en medio de otros
dos países. En el exterior, los norteamericanos pueden incluso afirmarse
con la fuerza de las armas, pero en su propia casa se encuentran
automáticamente rodeados. Así, mientras Europa teme la gestación de un
nuevo imperialismo, en Norteamérica estamos asistiendo, curiosamente, al
proceso contrario: es decir, a la sorprendente vulnerabilidad de una
superpotencia, tanto más dependiente cuanto más peligrosa. Es posible que
Estados Unidos pueda prescindir de las Naciones Unidas, y probablemente de
Francia. Pero así como no podrá aislarse del resto del mundo, tampoco
logrará proteger económica y físicamente a su población sin la ayuda de
México y Canadá. Esto tendrá seguramente consecuencias de largo alcance,
porque no pueden existir superpotencias imperiales sin colonias leales. |
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