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Durante
la Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill dijo que la mayor cruz
que había tenido que soportar fue la Cruz de Lorena (el símbolo de Charles
De Gaulle). Después de 1945, Estados Unidos se dio cuenta de que ésta se
había convertido en su cruz. Francia ha seguido coherentemente una
política extranjera «gaullista» bajo todos sus gobiernos de posguerra, sea
dirigida por De Gaulle, por gaullistas, o por cualesquiera otros. La
esencia de la política extranjera gaullista es que Francia, como parte y
parcela de «Occidente», se ha asegurado el derecho a sus propios puntos de
vista respecto a cómo configurar el orden mundial, y ha insistido en que
Estados Unidos, en cuanto país más poderoso de Occidente, debe tener en
cuenta estos puntos de vista. Francia, a diferencia de cualquier otro de
los aliados de Estados Unidos, ha procurado rechazar siempre el liderazgo
«unilateralista» de EE.UU. de una manera significativa.
Durante los últimos cinco años, Estados Unidos ha tratado cada vez que
pudo de disuadir a Francia de tal actitud: diálogo amable, fuerte presión,
conspiración, indignación. Nada de lo que Estados Unidos hizo pareció
cambiar la posición básica de Francia. Cuando hace poco Donald Rumsfeld
descartó despectivamente a la «vieja Europa», era a Francia a la que tenía
principalmente en mente. En el pasado, Estados Unidos había contado con
Alemania para moderar los puntos de vista de Francia, o al menos para no
alinearse junto a ésta. Es con enorme malestar cómo la administración Bush
ha observado el giro Schroeder/Fischer en la política exterior alemana.
Los halcones de los EE.UU. se sienten traicionados.
Así, resulta particularmente irritante para EE.UU. que Francia constituya
hoy la clave respecto a si la próxima invasión norteamericana a Irak será
considerada «legítima» o no por la mayoría de la gente en el mundo
occidental, e incluso más allá. Si Francia se alinea con los EE.UU., de
todos modos a regañadientes, la guerra será considerada en el mundo como
algo sancionado por las Naciones Unidas y en consecuencia por esa
misteriosa entidad, la «comunidad internacional». Si Francia rechaza este
alineamiento, arrastrará detrás de sí no sólo a Alemania, sino también a
Rusia, China, Canadá y México -una poderosa formación. Japón ha hecho
saber que seguirá a la «opinión internacional», queriendo decir obviamente
que sólo si los EE.UU. consiguen la cobertura de la ONU.
Francia determina incluso la posición de Gran Bretaña. En The Independent
del 30 de enero, Donald Macintyre escribió un artículo titulado: «Blair
está arriesgando mucho, y necesita que Chirac venga en su ayuda».
Macintyre analiza las dificultades que Blair tiene en casa, la
«amenazadora revuelta» dentro del Partido Laborista, y dice que si ésta
triunfa o no depende de la postura francesa. «No es hablar demasiado
ligeramente si decimos que su futuro [el de Blair] podría ser decidido no
en la Casa Blanca, ni en el Nº. 10 [Downing Street, la residencia del
primer ministro británico], sino en el Eliseo [la residencia oficial de
Chirac].»
¿Qué es lo que da a Francia este poder? Evidentemente no es su rectitud
moral. Francia está tan deseosa como Estados Unidos de enviar tropas para
defender sus intereses. Su actual intervención en Costa de Marfil, y sus
actuales dificultades allí como resultado de esta intervención, son el
testimonio del papel continuado de Francia como un poder mini-imperial en
África. Ni tampoco es porque Francia sea de algún modo antiamericana en su
fuero interno. Sin duda, hay una buena cantidad de consignas
antiamericanas en Francia (pero también hay una buena cantidad de
consignas antifrancesas en Estados Unidos). Sin embargo, en general, los
franceses (tanto las élites como la gente corriente) encuentran mucho que
apreciar en Estados Unidos, recuerdan con gratitud su papel en las dos
guerras mundiales, y comparten la mayoría de los valores básicos y la
mayoría de los prejuicios básicos de Estados Unidos.
Lo que da a Francia este poder es la sensación, en todo el mundo, de que
Estados Unidos es a menudo, como decimos en buen slang americano,
«demasiado grande para sus pantalones». Y esto es especialmente cierto
ahora que los halcones se han apoderado del gobierno de Estados Unidos. El
resentimiento de Francia ante esto, el deseo de Francia de limitar los
efectos de la arrogancia de Estados Unidos, es compartido en todas partes,
con muy pocas excepciones. De manera que cuando Francia resiste las
presiones de EE.UU., como lo está haciendo ahora, es celebrada en privado
por todos aquellos gobiernos que no se atreven a hacer lo mismo o que no
se atreven a hacerlo en voz tan alta -como Egipto o Corea o Brasil, o
seguramente Canadá.
En realidad, el gobierno de EE.UU. es consciente del poder político de
Francia. Esta es la razón por la cual Colin Powell fue capaz de convencer
a Bush de que fuera a las Naciones Unidas en primer lugar, y lo que
explica el regreso de Estados Unidos a las Naciones Unidas la semana
próxima para presentar alguna «evidencia» sobre Saddam Hussein. Estados
Unidos no cree que esta «evidencia« vaya a convencer a nadie. Más bien
cree que al presentar la evidencia le dará a Francia la excusa para seguir
lo que el gobierno de EE.UU piensa que son los intereses económicos de ese
país. El razonamiento de la administración de EE.UU., sobre el cual hablan
en la prensa casi abiertamente, es que Francia se dirá a sí misma lo
siguiente: 1) EE.UU. invadirá Irak a pesar de todo. 2) EE.UU. ganará
fácilmente. 3) Si Francia envía tropas, aunque no tengan importancia
militarmente, se le permitirá participar en la división de los despojos
(petróleo); pero si se mantiene al margen, será excluida.
Los halcones de EE.UU. hacen así un análisis «marxista vulgar» de la
política exterior de Francia -una correlación uno-a-uno de corto plazo
entre el beneficio económico y la posición política. Pero el marxismo
vulgar nunca funciona, porque nada es uno-a -uno y el corto plazo es
«polvareda», como decía Fernand Braudel. El problema, considerado desde la
perspectiva de Francia, y más particularmente desde la de Chirac, se
plantea de manera completamente diferente. Antes que nada, la opinión
pública francesa (como toda la de Europa Occidental) se opone ampliamente
a la guerra y es altamente escéptica respecto a los motivos de EE. UU.,
tanto los de corto como los de largo plazo. La izquierda francesa se ha
alineado sólidamente contra la guerra. La extrema derecha, por otras
razones, ha hecho otro tanto. Y el partido conservador en el poder, la UMP,
está dividido entre aquellos que compran el argumento de EE. UU. y apoyan
una política exterior «a lo Blair» y aquellos que se mantienen «gaullistas»
en espíritu.
En consecuencia, Chirac ha mantenido sus opciones abiertas. Ha tenido que
sopesar las consecuencias políticas internamente. Si comete un error,
podría producirse un efecto negativo a largo plazo tanto en el futuro de
su partido, al que recientemente ha logrado transformar en una fuerza
poderosa, como en los esfuerzos de Francia por crear una Europa fuerte e
independiente. En segundo lugar, Chirac no está del todo convencido de una
victoria militar rápida de EE.UU. Demasiadas figuras militares en todo el
mundo se muestran escépticas, y éstas incluyen probablemente a algunos de
los jefes militares franceses. En tercer lugar, el gaullismo ha funcionado
hasta ahora, y siempre ha implicado un equilibrio delicado. Francia no
quiere separarse de EE.UU. Pero por una vez Francia está apenas aislada en
su resistencia a la acción de EE.UU. Éste no parece ser el momento para
abandonar la posición gaullista.
Estados Unidos, como se podía esperar, está jugando todas sus cartas. Ha
reunido a cinco de los actuales quince miembros de la Unión Europea para
decir en una misiva colectiva que apoyan la postura de EE.UU. Por
supuesto, estos cinco gobiernos ya habían dicho lo mismo en realidad. Pero
la carta colectiva está dirigida a presionar a Francia. En efecto, EE.UU.
está tratando de convencer a los franceses de que si no los acompañan,
intentarán activamente dividir a Europa. EE.UU tiene una segunda amenaza
en su arsenal. Si el «poder suave» de Francia consiste en su encarnación
de una decepción mundial respecto al unilateralismo de EE.UU., su «poder
duro» consiste en su veto en el Consejo de Seguridad. Así que EE.UU. dice
que si no obtiene el respaldo que necesita de las Naciones Unidas,
marginará el papel del Consejo de Seguridad y por tanto reducirá el «poder
duro» de Francia. Pero desde luego el poder de veto de Francia no es de
mucha utilidad si este país nunca puede hacer uso de él, por miedo a que
el Consejo de Seguridad se convierta en irrelevante.
EE.UU. cree que Francia necesita a EE.UU. urgentemente. Sin embargo,
podría darse el caso de que sea en realidad EE.UU. el que necesite a
Francia urgentemente. Sea cual fuere la decisión de Francia, las
consecuencias últimas podrían ser determinadas en parte por la guerra
real. Una guerra fácilmente ganada tendería a premiar a todos aquellos que
se alinearon con EE.UU. Una guerra que se prolongue castigará sin duda a
todos aquellos que se alinearon con EE.UU. Sin embargo, una guerra ganada
unilateralmente, incluso si fuera rápida, podría dañar tanto como ayudar a
EE.UU. Una guerra «multilateral» haría menos daño a la posición de EE.UU.
Nelson Mandela advirtió a este país que está llevando al mundo hacia un
holocausto. Los halcones están absolutamente sordos.
El hecho es que, como resultado de su gaullismo, Francia es hoy el único
país del mundo que puede tener algún impacto significativo sobre la
posición geopolítica de EE.UU. -no Gran Bretaña, no Rusia, no incluso
China. Esto no es porque Francia sea tan fuerte, sino porque ella promueve
coherentemente un mundo multipolar y en consecuencia encarna una poderosa
fuerza mundial. Que Francia misma sea la beneficiaria directa de semejante
transformación gepolítica es mucho menos importante para la mayoría de la
gente de la mayor parte de los países que el hecho de que Francia pueda
tener éxito hasta cierto punto en crear algo que todos quieren. Pronto
sabremos cómo Francia juega sus cartas. Y el mundo entero percibirá la
diferencia. |
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