Existe un acuerdo colectivo en que se debe combatir la delincuencia. Pero… ¿cómo se hace?
UNA
PROBLEMÁTICA
COMPLEJA
El tema es
de gran
complejidad.
El enfoque
que ha
prevalecido
en amplios
sectores de
la sociedad
hasta ahora
se ha
orientado a
exigir a las
autoridades
hacer
más de lo
mismo.
Eso
significa,
entre otros
aspectos,
tratar de
reforzar y
ampliar el
sistema
policial,
dar mayor
discrecionalidad
a la
policía,
penar las
formas más
primarias de
delito,
aumentar las
penas, bajar
la edad de
imputabilidad
para poder
meter presos
a los niños
y
adolescentes,
y hay
quienes
reclaman
poder
encarcelar a
los padres
de los niños
delincuentes.
Las iglesias, las organizaciones de derechos humanos, asociaciones de juristas, han reclamado que muchas de estas medidas violan la legislación internacional, los tratados mundiales firmados, y en definitiva normas éticas básicas, como el mensaje bíblico de que se deben hacer todos los esfuerzos por recuperar a los que se salen del camino.
RESPUESTAS
CONTRAPRODUCENTES
Pero hay
otra
pregunta
adicional.
El enfoque
puramente
represivo
ha
demostrado
ser muy
ineficiente.
En
Centroamérica
algunos
líderes
políticos
resolvieron
aplicarlo a
fondo en los
últimos años
frente al
crecimiento
de las
maras,
peligrosos
grupos de
jóvenes
delincuentes.
Esa
estrategia
gana votos a
corto plazo
ante la
legítima
desesperación
ciudadana,
pero,
¿responde al
interés
colectivo?
No parece. El número de miembros de las maras sigue creciendo. Se estima en 100 mil individuos en Honduras, otros 100 mil en Guatemala, cifras aún mayores en El Salvador. En este último país se aplicó en los últimos años la mano dura, y ante sus limitados resultados la súper mano dura. Se llegó a poner fuera de la ley en varios países a los jóvenes que tuvieran tatuajes, porque las maras los utilizan. Nada de todo ello logró hacer bajar las tasas delincuenciales. Lo más probable es que quienes han creído que este era el camino más adecuando tengan que responder ante sociedades cada vez más preocupadas por el fenómeno.
LA MANO DURA
QUE GENERA
MÁS
VIOLENCIA
Veinte
prominentes
organizaciones
sociales de
la sociedad
civil han
dicho
recientemente:
los
planes de
mano dura y
las leyes
antimaras
violan
normas de
las
constituciones,
la
Convención
de los
Derechos del
Niño, y
Tratados
internacionales...
y son
ineficaces.
No han
reducido los
índices de
violencia y
de
criminalidad,
por el
contrario
generan más
violencia…
Brasil, con cifras graves de delito, subió progresivamente el gasto en seguridad pública y privada. En 2001 representaba el 10,3 por ciento del Producto Bruto --según estudios del BID--, el equivalente al Producto Bruto anual de Chile. Brasil gasta un Chile completo anual en represión. Sin embargo, esa estrategia no mejoró la situación del país. En México, el gasto en seguridad pública subió en 3.000 millones de dólares entre 2000 y 2004. A pesar de ello, el delito siguió creciendo.
RENOVAR LA
LÓGICA DEL
DEBATE
Parece haber
llegado la
hora de
renovar la
lógica del
debate.
Dejar de
analizar
este tema
como una
cuestión
sólo
policial, en
donde la
discusión es
qué nuevo
tipo de
endurecimiento
se adopta.
Eso no va más. No está generando buenos resultados. El único efecto práctico es que aumenta aceleradamente la población de jóvenes en las cárceles. Como son a su vez verdaderos infiernos, se convierten en una incubadora de nuevos crímenes.
Louis Wacquant señala en su agudo libro Las cárceles de la miseria que no hay correlación estadística entre aumentar el número de presos jóvenes y la reducción del delito a mediano y largo plazo. No afecta sus causas estructurales.
Pero existe otro camino. Algunas de las ciudades con mejores resultados del mundo lo están aplicando. Por un lado hay que distinguir diversos tipos de criminalidad. La sociedad tiene que defenderse vigorosamente frente al crimen organizado, los grupos de narcotráfico, las bandas del secuestro y las mafias. Todo el peso de la ley sobre ellos. Pero hay una inmensa criminalidad de jóvenes que se inician con delitos menores, o ingiriendo drogas, y después pueden ir mucho más lejos. Hay que preguntarles: ¿por qué lo hacen?
LA
DESOCUPACIÓN
JUVENIL
Hay extensa
investigación
al respecto,
de la
Organización
Panamericana
de la Salud
(OPS),
UNESCO,
UNICEF, y
muchas otras
fuentes. Por
lo menos
tres grandes
causas
inciden.
En primer lugar, la desocupación juvenil. Excede el 20 por ciento en todas las grandes ciudades de América Latina. Hay un ejército gigantesco de millones de jóvenes que han debido desertar del sistema educativo, por pobreza, y están fuera del mercado de trabajo.
El 25 por ciento de los jóvenes latinoamericanos está en esa situación. Están fuera de todo, desesperados, son vulnerables y carne de cañón para el crimen organizado.
LA
DESARTICULACIÓN
DE LA
FAMILIA
En segundo
lugar, la
desarticulación
de la
familia. Los
estudios son
concluyentes.
Si la
familia
funciona
bien y
entrega los
códigos
éticos, es
ejemplo de
conducta
cotidiana, y
tutorea a
los jóvenes
desde el
amor,
previniendo
la
criminalidad.
Nadie más
puede
hacerlo así.
En efecto,
en diversos
países (como
Estados
Unidos y
Uruguay) los
estudios
muestran que
dos tercios
de los
delincuentes
jóvenes
vienen de
familias
desarticuladas.
La tercera causa es la baja educación. Sobre 40.000 presos en las cárceles argentinas, sólo el 5 por ciento había terminado la secundaria o la Universidad (según cifras del Ministerio de Educación argentino de 2004).
Es necesario enfrentar el crimen organizado. Pero al mismo tiempo, hay que romper con el enfoque únicamente policial de un asunto muy grave.
ESTADOS
UNIDOS SIGUE
OTRO CAMINO
Mientras que
muchos en
América
Latina
intentan
convencer a
la opinión
pública de
la necesidad
de una mano
más dura --e
invocan a
supuestas
experiencias
estadounidenses--
lo cierto es
que en
Estados
Unidos se
están dando
fuertes
tendencias
inversas. El
aumento de
la población
carcelaria y
de las
sentencias
ha llevado a
una
inflación
fenomenal
del gasto en
prisiones y
juzgados (un
154 por
ciento en
los últimos
20 años).
En 2001, los distintos Estados del país gastaban tanto en ese rubro como todo lo que gastaba en salud pública y hospitales. Según indica el New York Times, ante los escasos resultados de este enfoque y asustados por la tendencia de la sangría, más de la mitad de los Estados han tomado medidas legislativas para modificar las leyes duras que aprobaron en los noventa. En el campo de la drogadicción hay en Estados Unidos una presión creciente por suplantar prisión por tratamientos.
CAUSAS
PROFUNDAS
El 73 por
ciento de
los
ciudadanos
de Maryland,
por ejemplo,
uno de los
estados que
cambió su
legislación
en tal
sentido,
consideran
que el
tratamiento
es un camino
mejor que la
prisión para
parar el uso
de la droga.
Se estima
que cada
dólar
gastado en
rehabilitación
de
drogadictos
genera 8
dólares de
beneficios,
por su
incidencia
en el
descenso de
la
criminalidad
y el aumento
de la
productividad.
Para reducir la criminalidad en América Latina hay que actuar sobre las causas profundas. Es necesario crear empleo para jóvenes a gran escala. Una gran alianza entre política pública y empresa privada al respecto puede aportar mucho. Al mismo tiempo, hay que proteger la familia, en serio, con medidas de fondo.
INVERTIR EN
EDUCACIÓN
Por otra
parte, la
opinión
pública debe
respaldar
vigorosamente
el aumento
de la
inversión en
educación.
La decisión
de llevarla
al 6 por
ciento del
Producto
Bruto para
2010 es una
de las
mejores
inversiones
que puede
hacer una
sociedad
para
enfrentar de
verdad el
problema de
la
delincuencia.
UNICEF concluye sobre las maras centroamericanas que el tema no puede ser visto sólo como un problema de seguridad.
En la misma dirección, el presidente argentino Néstor Kirchner ha advertido estos días --en un país alarmado por el problema de la inseguridad-- que la seguridad no se construye con un palo en la mano.
CAMBIAR EL
DISCO DURO
La seguridad
es un camino
a construir
colectivamente
en una
región que
ha visto
crecer a
niveles
inéditos el
desempleo y
la exclusión
social en
los años
noventa, y
generó tasas
de desempleo
y pobreza
juvenil
récord (en
diciembre de
2002, el 75
por ciento
de los
jóvenes
argentinos
menores de
18 años eran
pobres).
Por esta razón, hay que mejorar los instrumentos de lucha contra el crimen organizado, como la policía y la justicia. Pero según la encuesta Latinobarometro, dos tercios de los latinoamericanos desconfían de la policía y en muchos casos la ven como parte del problema.
No podrá haber más dilaciones, ni vueltas: hay que abrir oportunidades a los jóvenes, fortalecer la familia --que es la mayor unidad preventora del delito con la que cuenta la sociedad-- y brindar educación a todos.
Para empezar, hay que cambiar el disco duro mental sobre la criminalidad, y mejorar la calidad del debate.
