En
una primera ronda electoral de la que lo menos que se
puede decir es que estuvo viciada por serias irregularidades -un
sistema de recuento anticuado; un adelanto de fecha respecto del
debido plazo legal, al que se llegará realmente el próximo 10 de
octubre; la candidatura de Menem, que no podía presentarse a
elecciones sin dejar pasar un período de cuatro años, y que si gana,
asumirá siete meses antes de lo jurídicamente aceptable- han salido
dos triunfadores virtuales, con muy poca diferencia: Néstor Kirchner
y el ya nombrado ex presidente. Lo que equivale a decir que el
aparato del justicialismo, aun dividido, se alza con más del sesenta
por ciento del padrón, si se incluye en el total a Rodríguez Saá;
que el Partido Radical, su único rival posible, ha quedado fuera del
juego; que en la Argentina no hay izquierdas ni derechas en el
sentido tradicional de esos términos, sino exclusivamente pugnas en
el interior de las maquinarias seudopolíticas para hacerse con el
poder, sin programas definidos ni compromisos a largo plazo con el
electorado. Tanto es así que otro de los deberes legales que debían
cumplirse antes de esta convocatoria, la realización de elecciones
internas abiertas en los partidos para designar candidatos, fue
obviada con un argumento medieval: el de que no había garantías para
que se llevaran a cabo sin violencia.
Dentro de dos semanas, se irá a la segunda ronda.
Parece bastante improbable que Menem, rechazado por la mayoría de la
sociedad hasta el punto de dar el triunfo hace poco más de tres años
a un candidato tan difícil como De la Rúa, que arrastró incluso una
parte del voto peronista, sea el vencedor en esos comicios. Pero
suponer que Néstor Kirchner, que se llevará más de la mitad de los
sufragios, será representativo de la mayoría, es tan arriesgado como
suponer que lo son Jacques Chirac o George Bush, más legitimados por
las excepcionales circunstancias del ascenso de Le Pen, en un caso,
y del 11 de setiembre de 2001, en el otro, que por sus propuestas de
campaña, su pensamiento en general, su imagen personal o las ideas
que realmente alientan en las cabezas de los ciudadanos. Una vez
más, en la Argentina, como en otras partes del mundo, habrá un
presidente consagrado por el voto en contra, antes que por el voto a
favor.
Pero lo que más llama la atención en todo este
proceso es que la única candidata -inviable, por otra parte, por
razones que ya expuse en este periódico- que llevó como bandera la
lucha contra la corrupción, Elisa Carrió, se quedó en un 14 por
ciento. Los demás, tanto los vencedores como los desplazados del
domingo, eludieron el tema por la cuenta que les trae.
Carlos Menem, como culpable ostensible de
vaciamiento de las arcas del Estado, vio crecer su fortuna personal
en sus años de mandato por encima del importe de la deuda externa
del país: todo el mundo, incluido ese argentino de cada cuatro que
le acaba de votar, lo sabe, como todo el mundo sabe que no está en
la cárcel porque ni De la Rúa ni Duhalde reformaron una Suprema
Corte de Justicia hecha a la medida de su antecesor en el cargo,
podrida hasta los huesos e integrada por jueces que no poseen ni la
pericia técnica ni la probidad moral mínimas para formar parte de
tan alta institución. Muchos argentinos con arraigo, y con proyectos
personales y nacionales, se verían impulsados a la emigración por un
retorno de Menem al poder. No porque se vieran necesariamente
empobrecidos, ni porque su libertad individual fuese sensiblemente
coartada en el plano jurídico, sino por ese motor de exilio, aún
insuficientemente analizado, que es la vergüenza: la vergüenza
ajena, la vergüenza terrible e intolerable que produce en uno la
conducta de otros. No la conducta de Menem, sino la de quienes le
devolvieran al poder, en olvido completo del pasado. ¿Cómo va a
hablar semejante candidato de lucha contra la corrupción?
Néstor Kirchner es hombre de Eduardo Duhalde,
quien lleva dieciséis meses en la función presidencial, precedidos
por demasiados años como gobernador de la provincia de Buenos Aires,
y cuyo currículum, detallado desde sus inicios como socorrista en
una piscina y, consecuentemente, miembro del correspondiente
sindicato, continuado como amistoso informador de los militares de
la dictadura y, en debido premio, intendente (alcalde) de Lomas de
Zamora, un municipio de 700.000 almas, donde era célebre protector
del tráfico de drogas, y culminado en la primera magistratura sin
más apoyo que el de alguna de las mafias que imperan en el Senado,
sería demasiado extenso para estas páginas. Baste recordar que
Duhalde tuvo en sus manos en este último tiempo la posibilidad de
reformar la ley electoral, de modo de hacer más transparente el
proceso, renovar íntegramente el Senado y la Cámara de Diputados, y
remover a los miembros de la Corte mediante la simple derogación de
un decreto, y no hizo absolutamente nada de eso. Si Kirchner es el
presidente, Duhalde seguirá mandando. Tampoco era lógico que este
señor, que tiene causas abiertas por hechos ocurridos durante su
gestión como gobernador de Santa Cruz, hablara de corrupción.
¿Debía hacerlo López Murphy? Tampoco podía. Venía
de ese radicalismo que Raúl Alfonsín, para su desgracia y para mal
general, asoció definitivamente con el poder menemista a través de
incontables pactos, concesiones y complicidades, y que De la Rúa
mostró en lamentable acción. El mismo De la Rúa del que López Murphy
fue ministro de Defensa y fugaz ministro de Economía, antes de ceder
el testigo al tristemente célebre Domingo Cavallo tampoco él tenía
autoridad para hablar de corrupción. De Rodríguez Saá, el menos
votado de los pretendientes, sólo hay que repetir que todo su papel
como gobernador de la provincia de San Luis se limitó a cobrar
subsidios para el desarrollo industrial, ingresados en su cuenta
particular, sin haber creado en muchos años una sola empresa ni un
solo puesto de trabajo, para entender por qué debía callar.
¿Habrá que decir, como hacía ayer un columnista
de una publicación digital, que los argentinos han llevado a término
su suicidio histórico en estas elecciones? No. Han tenido que
escoger entre propuestas demasiado parecidas, entre personas
demasiado parecidas, en condiciones limitadamente democráticas: la
Argentina cívica de hoy está más cerca del caciquismo español
decimonónico que de una democracia moderna. Si de algo son culpables
los argentinos es de no haber terminado con un sistema de partidos
arcaico y no representativo, pero habría que comprender que para
perpetuar ese régimen se hizo desaparecer a treinta mil personas y
exiliarse a más de un millón, para perpetuar ese régimen actuaron
las sucesivas dictaduras desde 1966 hasta 1983, con escasos y
relativos respiros, y para perpetuar ese régimen trabajaron los
gobernantes electos a partir de esa fecha. El gobierno Kirchner, que
es de prever asuma el próximo 25 de mayo, habrá de ser una etapa
creadora para la sociedad argentina, más allá de lo que se haga
desde el poder. Ninguno de los partidos actuales, en su forma actual
y con sus dirigentes actuales, tiene que ser la opción inevitable
dentro de cuatro años. Si el 25 de mayo es Menem quien jura el
cargo, no habrá posibilidad alguna para nadie durante muchos años. Y
no será suicidio, sino simple putrefacción.