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Las reuniones del Fondo
Monetario Internacional donde quiera que se produzcan seguirán congregando
a miles de manifestantes que protestaran contra la política de la
Organización Mundial de Comercio (OMC). Ellos dirán que el Fondo Monetario
Internacional (FMI) es arrogante. Que no escucha realmente a los países en
desarrollo a los que supuestamente ayuda. Dirán que el FMI actúa de modo
confidencial y se guarda de la rendición de cuentas democrática. Dirán que
los "remedios" económicos del FMI frecuentemente empeoran el estado
de cosas: transforman las caídas de la economía en recesiones y las
recesiones en depresiones.
Y tienen razón. Yo fui economista principal del Banco Mundial (BM) desde
1996 hasta el mes de noviembre del año 2000, durante la más grave crisis
económica global en medio siglo. Pude ver cómo el FMI, en tándem con el
Departamento del Tesoro de los Estados Unidos (2), respondió a esa crisis.
Y quedé horrorizado.
La crisis económica global comenzó en Tailandia el 2 de julio de 1997. Los
países de Asia Oriental venían de tres décadas asombrosas: los ingresos se
habían incrementado, la salud había mejorado y la pobreza se había
reducido de modo impresionante. No solamente la alfabetización era ahora
universal, sino que en pruebas internacionales de ciencia y matemáticas
muchos de estos países presentaban mejores resultados que los Estados
Unidos. Algunos de ellos no habían tenido ni un solo año de recesión en
tres décadas.
Pero las semillas del desastre habían sido plantadas. A comienzos de la
década del 90, los países de Asia Oriental habían liberalizado sus
mercados financieros y de capitales. No porque necesitaran atraer más
fondos (la tasa de ahorro oscilaba alrededor del 30% o más) sino a causa
de presiones internacionales, incluidas algunas provenientes del
Departamento del Tesoro. Estos cambios provocaron una inundación de
capital de corto plazo, esto es, la clase de capital que busca el máximo
retorno al día, semana o mes siguiente, muy diferente a la inversión a
largo plazo en ramas como la fabril. En Tailandia, este capital a corto
plazo contribuyó a producir un insostenible auge de la propiedad raíz. Y,
como la gente en todo el mundo (incluido los norteamericanos) ha aprendido
dolorosamente, cada burbuja de la propiedad raíz tarde o temprano
revienta, a menudo con consecuencias catastróficas.
Tan repentinamente como entró, el capital salió. Cuando todo mundo trata
de sacar su dinero al mismo tiempo, se origina un problema económico. Un
problema económico de grandes dimensiones. El último conjunto de crisis
financieras había ocurrido en América Latina en el decenio de 1980, cuando
déficit públicos inflados y políticas monetarias laxas condujeron a la
inflación galopante. Allí, el FMI había impuesto correctamente la
austeridad fiscal (presupuestos equilibrados) y medidas monetarias más
rigurosas, exigiendo que los gobiernos aplicaran esas políticas como
condición previa para recibir ayuda. De suerte que en 1997 el FMI le
impuso las mismas exigencias a Tailandia. La austeridad, expresaron los
líderes del Fondo, restauraría la confianza en la economía tailandesa. En
cuanto la crisis se extendió a otras naciones de Asia Oriental,y
precisamente cuando la evidencia del fracaso de la política aumentaba, el
FMI a duras penas parpadeó al darle la misma medicina a cada nación
desfalleciente que aparecía en sus umbrales.
Pienso que esto fue un error. Primero, a diferencia de las naciones
latinoamericanas, los países de Asia Oriental ya estaban manejando
excedentes presupuestarios. En Tailandia, el gobierno operaba con
excedentes tan grandes que en realidad estaba privando a la economía de
las tan necesarias inversiones en educación e infraestructura, esenciales
ambas para el crecimiento económico. Y también las naciones de Asia
Oriental ya tenían rígidas políticas monetarias: la inflación era baja y
seguía en descenso. (En Corea del Sur, por ejemplo, la inflación se
mantenía en un muy respetable 4 por ciento) El problema no era de un
gobierno imprudente, como en América Latina; el problema radicaba en un
sector privado imprudente: todos aquellos banqueros y prestatarios, por
ejemplo, que habían apostado a la burbuja de la propiedad raíz.
Bajo tales circunstancias yo temía que las medidas de austeridad no
reavivarían las economías del Asia Oriental sino que las zambullirían en
la recesión o incluso en la depresión general. Las elevadas tasas de
interés podrían aniquilar las empresas altamente endeudadas, ocasionando
más bancarrotas e insolvencias. La reducción del gasto gubernamental sólo
contraería aún más la economía.
Por esta razón abogué por un cambio de política. Hablé con Stanley
Fischer, un distinguido ex- profesor de economía del Instituto de
Tecnología de Massachusetts (MIT) y ex-economista principal del Banco
Mundial, quien había llegado a ser subdirector administrativo del FMI. Me
reuní con colegas economistas del Banco Mundial que podían tener contactos
o influencia dentro del FMI, instándolos a hacer todo lo que pudieran para
que la burocracia de esta institución actuara.
Convencer a la gente del Banco Mundial de mi análisis resultó fácil;
cambiar las mentes en el FMI fue virtualmente imposible. Cuando conversé
con importantes funcionarios del FMI explicando, por ejemplo, cómo las
altas tasas de interés podrían aumentar las bancarrotas, con lo que sería
aún más arduo restaurar la confianza en las economías de los países de
Asia Oriental al principio estuvieron renuentes. Luego, después de
fracasar en traer a colación un real argumento en contra, ellos
recurrieron a otra respuesta: ojalá yo entendiese la presión proveniente
de la junta de directores ejecutivos del FMI, el organismo designado por
los ministros de finanzas de los países industriales desarrollados que
aprueba todos los préstamos del Fondo. El significado de lo que decían era
claro. La junta se inclinaba a ser incluso más severa, mientras esta gente
personificaba en realidad una influencia moderadora. Mis amigos, que eran
directores ejecutivos, expresaron que quienes estaban siendo presionados
eran ellos. El asunto era enloquecedor, no simplemente porque la inercia
del FMI era tan difícil de acabar, sino porque, como todo ocurría entre
bastidores, era imposible saber quién era el verdadero obstáculo para
lograr el cambio. ¿Era este personal el que apremiaba a los directores
ejecutivos, o eran éstos los que apremiaban al personal? A ciencia cierta,
todavía no lo sé.
Obviamente, todos en el FMI me aseguraron que serían flexibles: si sus
políticas realmente resultaban demasiado restrictivas, forzando las
economías de Asia Oriental a entrar en una recesión más profunda que la
necesaria, entonces las revertirían. Escuchar esto me produjo escalofrío.
Una de las primeras lecciones que los economistas enseñan a sus
estudiantes universitarios es la importancia de los intervalos: un cambio
en la política monetaria (elevando o bajando la tasa de interés) se demora
entre 12 y 18 meses para producir plenos efectos. Cuando yo trabajaba en
la Casa Blanca como Presidente del Consejo de Asesores Económicos,
centrábamos toda nuestra energía en pronosticar dónde estaría la economía
en el futuro, así podíamos saber qué políticas recomendar hoy. Jugar a
ignorar qué pasará en el futuro era el colmo de la locura. Y, sin embargo,
eso era precisamente lo que los funcionarios del FMI se proponían hacer.
Yo no debería haber estado tan sorprendido. Al FMI le gusta ocuparse de
sus asuntos sin extraños que hagan demasiadas preguntas. En teoría, el
Fondo apoya las instituciones democráticas en las naciones que atiende. En
la práctica, socava el proceso democrático mediante la imposición de
políticas. Oficialmente, por supuesto, el FMI no "impone" nada.
Solo "negocia" las condiciones para recibir ayuda. Pero todo el
poder en las negociaciones está en un lado: el del FMI; y éste rara vez
concede suficiente tiempo para lograr un amplio consenso o incluso para
consultas extensas con los Parlamentos o la sociedad civil. A veces el FMI
prescinde de fingir total transparencia y negocia pactos secretos.
Cuando el FMI decide ayudar a un país, despacha una "misión" de
economistas. Éstos frecuentemente carecen de experiencia suficiente en ese
país. Lo más probable es que tengan mayor conocimiento de primera mano
sobre sus hoteles de cinco de estrellas que de los pueblos que salpican su
zona rural. Ellos trabajan duro, absortos en los números hasta altas horas
de la noche. Pero su tarea es imposible. En un período de días o, a lo
sumo, de semanas, están encargados de desarrollar un programa coherente
que refleje las necesidades del país. Sobra decir que rumiar números rara
vez proporciona el entendimiento que precisa la estrategia de desarrollo
para toda una nación. Aún peor, la rumiadura de los números no siempre es
buena. Los modelos matemáticos que el FMI usa frecuentemente son
defectuosos o anticuados. Los críticos acusan a la institución de enfocar
la economía como si se tratase de un molde para hacer galletas, y tienen
razón. Se ha sabido que equipos de trabajo para un país han redactado
borradores de informes antes de visitarlos. He oído historias de un
desafortunado incidente ocurrido cuando los miembros de un equipo copiaron
extensos apartes del informe correspondiente a un país y los trasladaron
en su totalidad al de otro. Habrían conseguido su propósito si la función
"buscar y reemplazar" de su procesador de palabras no hubiera
presentado fallas, dejando el nombre del primer país en algunas partes. ¡Habrase
visto! No es justo decir que a los economistas del FMI no les importan los
ciudadanos de las naciones en desarrollo. Pero los hombres más viejos que
conforman el personal del Fondo, y ellos son predominantemente hombres
viejos, actúan como si sobre sus hombros llevaran la que Rudyard Kipling
describió como carga del hombre blanco.
Los expertos del FMI creen ser más brillantes, más educados y estar
menos motivados políticamente que los economistas de los países que ellos
visitan. De hecho, los líderes económicos de esos países son bastante
buenos, en muchos casos más brillantes o mejor educados que el personal
del FMI, el cual frecuentemente lo integran estudiantes de tercer nivel de
las universidades mejor calificadas. (Créanme: he enseñado en la
Universidad de Oxford, en el MIT, en la Universidad de Stanford, en la
Universidad de Yale y en la Universidad de Princeton, y casi nunca el FMI
tuvo éxito en reclutar a los mejores estudiantes.) En el último verano,
dicté un seminario en China sobre la política de competencia en
telecomunicaciones. Por lo menos tres de los economistas chinos presentes
en el auditorio hicieron preguntas tan complejas como las que hubieran
podido hacer las mejores mentes en Occidente.
Con el paso del tiempo, mi frustración creció. (Uno podría haber pensado
que ya que el Banco Mundial estaba contribuyendo literalmente con miles de
millones de dólares a los paquetes de rescate, su voz sería escuchada.
Pero fue ignorado casi tan resueltamente como lo es la gente de los países
afectados) El FMI sostuvo que todo lo que pedía a los países de Asia
Oriental era que equilibraran sus presupuestos durante la recesión. ¿Todo?
¿La administración de Clinton no había tenido que librar una gran batalla
en el Congreso para evitar una reforma del equilibrio presupuestario en
este país? ¿Y no fue el argumento clave de esa administración que, frente
a la recesión, algo de gasto deficitario podría ser necesario? Esto es lo
que yo y la mayoría de otros economistas hemos venido enseñado a nuestros
graduados durante 60 años. Con toda franqueza, un estudiante que hubiera
dado la respuesta del FMI a la pregunta "¿cuál debe ser la postura
fiscal de Tailandia para encarar una caída económica?", habría
reprobado con un cero.
Cuando la crisis se extendió a Indonesia, me preocupe aún más. Una nueva
investigación del Banco Mundial mostraba que la recesión en un país tan
étnicamente dividido podría desencadenar toda clase de turbulencias
sociales y políticas. De modo que a fines de 1997, en una reunión de
ministros de finanzas y directores de bancos centrales celebrada en Kuala
Lumpur, emití una declaración que preparé cuidadosamente y fue revisada
por el Banco Mundial, en la que sugerí que un programa monetario y fiscal
excesivamente contraccionista podría conducir a la perturbación política y
social en Indonesia. Una vez más, el FMI se sostuvo en su posición. El
director administrativo del Fondo, Michel Camdessus, repitió allí lo que
había dicho en público: que el Asia Oriental simplemente tenía que apretar
los dientes tal como lo había hecho México. Prosiguió su intervención
anotando que a pesar del padecimiento durante un corto plazo, México había
surgido más fortalecido de esa experiencia.
Pero ésta era una analogía absurda. México no se había recuperado debido
a que el FMI lo hubiera forzado a fortalecer su débil sistema financiero,
el cual continuaba débil años después de la crisis.
Se recuperó en razón de una oleada de exportaciones a Estados Unidos, la
cual se produjo gracias al auge económico norteamericano y al Nafta. En
contraste, el principal socio comercial de Indonesia era Japón, que por
entonces estaba, y aún permanece, atorado en el estancamiento. Además,
Indonesia era política y socialmente mucho más explosiva que México, con
una historia mucho arraigada de disensiones étnicas. Un resurgimiento de
disensiones causaría la huída masiva de capitales (facilitada por el
relajamiento de las restricciones a los flujos monetarios alentado por el
FMI). Pero ninguno de estos argumentos importaron. El FMI apremió
exigiendo reducciones en el gasto del gobierno. En consecuencia, las
subvenciones para satisfacer necesidades básicas como las de alimentos y
combustible fueron eliminadas en el preciso momento en que las políticas
contraccionistas hacían que esas subvenciones fueran más necesarias que
nunca.
En enero de1998 las cosas habían tomado un rumbo tan malo que el
vicepresidente del Banco Mundial para Asia Oriental, Jean Michel Severino,
invocó las temidas palabras "r" (recesión) y "d" (depresión)
al describir la calamitosa economía en Asia. Lawrence Summers, entonces
subsecretario del Tesoro de los EE.UU., se fue lanza en ristre contra
Severino por hacer que las cosas parecieran peores de lo que eran. Pero
¿qué otra manera había para describir lo que estaba pasando? La producción
en algunos de los países afectados cayó el 16 por ciento o más. La mitad
de los negocios en Indonesia estaban implícitamente en bancarrota o
próximos a caer en ella y, como resultado, el país no pudo ni siquiera
aprovechar las oportunidades de exportación que le brindaba el tipo de
cambio más bajo. En países que en esencia carecían de redes de seguridad
social, el desempleo se elevó, incrementándose hasta diez veces y los
salarios reales se desplomaron. El FMI no sólo no lograba restaurar la
confianza en la economía del Asia Oriental, sino que estaba socavando el
tejido social de la región. Y entonces, durante la primavera y el verano
de 1998, la crisis se esparció más allá de Asia Oriental llegando al país
más explosivo de todos: Rusia.
El descalabro en Rusia compartía características claves con el desastre
en Asia Oriental, sin que fuera la menor el papel que jugaron las
políticas del FMI y el Tesoro de los Estados Unidos en instigarlas. Sin
embargo, en Rusia, la instigación comenzó mucho antes. A continuación de
la caída del muro de Berlín, dos escuelas de pensamiento habían surgido
respecto a la transición a una economía de mercado en Rusia. Una de éstas,
a la que yo pertenecía, la conformaba una mezcla de expertos sobre la
región, ganadores del premio Nóbel como Kenneth Arrow y otros. Este grupo
ponía énfasis en la importancia de la infraestructura institucional de la
economía de mercado, desde las estructuras legales que hacen forzoso el
cumplimiento de los contratos hasta las estructuras reglamentarias que
hacen funcionar el sistema financiero. Arrow y yo habíamos formado parte
de un grupo de la Academia Nacional de Ciencias que, diez años antes,
había discutido con los chinos su estrategia para la transición. Nosotros
pusimos énfasis en la importancia de fomentar la competencia, más que
limitarse a la simple privatización de las empresas de propiedad estatal,
y apoyamos una transición más gradual hacia una economía de mercado
(aunque estábamos de acuerdo en que para combatir la hiperinflación
ocasionalmente podían ser necesarias medidas fuertes).
El segundo grupo estaba integrado en su mayor parte por macroeconomistas,
cuya fe en el mercado no era desafiada por la apreciación de las sutilezas
de sus bases, es decir, las condiciones que requiere el mercado para
funcionar efectivamente. Estos economistas se caracterizaban por su poco
conocimiento de la historia o las singularidades de la economía rusa y no
creían necesitar ninguno. La gran fortaleza, y fundamental debilidad, de
las doctrinas económicas en las que se apoyaban radica en que las
doctrinas son, o se supone que deben ser, universales. Las instituciones,
la historia, o incluso la distribución del ingreso, simplemente no
importan. Buenos economistas son los que conocen las verdades universales
y pueden ver más allá del montón de hechos y detalles que oscurecen esas
verdades. Y la verdad universal es que la terapia de choque funciona para
países en transición a la economía de mercado. Verdad que se amplía con
esta idea: mientras más fuerte sea la medicina (y más dolorosa la
reacción), más rápida será la recuperación. Por ahí iban los argumentos.
Para infortunio de Rusia, la segunda escuela ganó la discusión en el
Departamento del Tesoro de Estados Unidos y en el FMI. O, para ser más
preciso, tanto el uno como el otro hicieron cuenta de que no había debate
abierto y entonces prosiguieron ciegamente por la segunda vía. Aquellos
que se opusieron a ese curso de acción no fueron consultados o no los
consultaron durante mucho tiempo. En el Consejo de Asesores Económicos,
por ejemplo, había un brillante economista, Peter Orszag, quien había
servido como estrecho consejero del gobierno ruso y había trabajado con
muchos de los economistas jóvenes que con el tiempo asumieron posiciones
de influencia allí. Era precisamente el tipo de persona cuya pericia le
era necesaria al Tesoro y el FMI. No obstante, quizás porque conocía
demasiado, casi nunca lo consultaron.
Todos sabemos lo que sucedió después. En las elecciones de diciembre de
1993 los electores rusos les infligieron a los reformistas una gran
derrota, de la cual, realmente, todavía tienen que recobrarse. Strove
Talbott, encargado en ese entonces de los aspectos no económicos de la
política en Rusia, admitió que este país había experimentado un "excesivo
choque y muy poca terapia". Y todo ese choque no había llevado a Rusia
a ninguna verdadera economía de mercado. La rápida privatización urgida a
Moscú por el FMI y el Departamento del Tesoro había permitido que un
pequeño grupo de oligarcas ganara el control de los activos del Estado. El
FMI y el Tesoro habían modificado los incentivos económicos en Rusia, lo
que está bien, pero de manera equivocada. Al no prestarle atención
suficiente a la infraestructura institucional que permitiría el
florecimiento de una economía de mercado, y al facilitar el flujo de
capitales hacia dentro y fuera de Rusia, el FMI y el Tesoro habían sentado
las bases para el pillaje de los oligarcas. Mientras el gobierno carecía
del dinero para pagar a los pensionados, los oligarcas estaban enviando a
cuentas bancarias de Chipre y Suiza el dinero obtenido del despojo de los
activos y la venta de los valiosos recursos nacionales del país.
Los Estados Unidos se implicaron en estos sucesos abominables. A
mediados de 1998, Summers, en vísperas de ser nombrado sucesor de Robert
Rubin como secretario del Tesoro, realmente convirtió en una exhibición
pública su presencia junto a Anatoly Chubais, el arquitecto principal de
las privatizaciones en Rusia. Con tales actos los Estados Unidos parecían
alinearse junto a las mismas fuerzas que empobrecían al pueblo ruso. Nada
tiene de asombroso que el antinorteamericanismo se propagara rápidamente.
Al principio, no obstante la admisión de Talbott, los verdaderos
creyentes dentro del Tesoro y el FMI continuaban insistiendo en que el
problema no era demasiada terapia sino muy poco choque. Pero, a mediados
de la década del 90, la economía rusa continuaba hundiéndose. La
producción había caído a la mitad. Mientras sólo el dos por ciento de la
población había vivido en la pobreza incluso al final del deprimente
período soviético, la "reforma" vio cómo los índices de pobreza se
elevaron casi en 50 por ciento, con más de la mitad de los niños de Rusia
viviendo bajo la línea de pobreza.
Solo recientemente el FMI y el Departamento del Tesoro han reconocido
que la terapia fue menospreciada, aunque ahora insisten en que siempre lo
dijeron así.
Hoy, Rusia sigue en estado de desesperación. Los altos precios del
petróleo y la largamente resistida depreciación del rublo, han ayudado a
recobrar cierto terreno. Pero los niveles de vida permanecen muy por
debajo de donde estaban al comienzo de la transición. La nación vive
asediada por la enorme desigualdad y la mayoría de los rusos, amargados
por la experiencia, han perdido confianza en el libre mercado. Una caída
significativa en los precios de petróleo casi seguramente reversaría el
modesto progreso que se ha logrado.
Asia Oriental está en mejores circunstancias, aunque todavía lucha
también. Cerca del 40 por ciento de los préstamos de Tailandia todavía no
se recuperan; Indonesia permanece atascada hondamente en la recesión. Las
tasas de desempleo continúan mucho más altas que lo que estuvieron antes
de la crisis, incluso en países de Asia Oriental que tuvieron un mejor
desempeño, como es el caso de Corea. Los partidarios del FMI sugieren que
el fin de la recesión es una prueba de la eficacia de las políticas de
esta agencia. Absurdo. Toda recesión finalmente termina. Todo lo que el
FMI hizo llevó a que las recesiones en Asia Oriental fueran más profundas,
más largas y más severas. En realidad, Tailandia, que siguió las
prescripciones del FMI más estrictamente, tuvo un desempeño peor que el de
Malasia y Corea Sur, que siguieron cursos más independientes.
Me han preguntado a menudo cómo gente sagaz, incluso brillante, pudo
haber elaborado tan malas políticas. Una razón es que esta gente lúcida no
practicaba una ciencia económica acertada. Una y otra vez yo me quedaba
consternado al ver cuán anticuados y cuán discordantes con la realidad
eran los modelos de Washington utilizados por los economistas. Por
ejemplo, fenómenos macroeconómicos tales como la bancarrota y el temor a
la insolvencia estaban en el centro de la crisis del Asia Oriental. Pero
los modelos macroeconómicos utilizados para analizar estas crisis no
estaban enraizados típicamente en microfundamentos, de modo que esos
modelos no tomaban en cuenta las bancarrotas.
Mas la mala economía era solo un síntoma del problema de fondo: el
sigilo. Las personas agudas son más proclives a hacer cosas estúpidas
cuando se aíslan de la crítica y el consejo que les llega de afuera. Si
hay algo que he aprendido estando en el gobierno, es que la apertura es
más esencial en aquellos ámbitos donde la pericia parece ser lo más
importante. Si el FMI y el Departamento del Tesoro hubieran acogido un
mayor escrutinio, su necedad se habría tornado más evidente, mucho antes.
Críticos de derecha, tales como Martin Feldstein y George Shultz,
respectivamente presidente del Consejo de Asesores Económicos y secretario
de Estado de Reagan, se unieron a Jeff Sachs, Paul Krugman y yo en
condenar esas políticas. Pero, con el FMI insistiendo en que sus políticas
estaban más allá de los reproches, y sin ninguna estructura institucional
que los obligara a prestar atención, nuestras críticas eran de poca
utilidad. Críticos más timoratos, incluso internos, particularmente
aquellos bajo responsabilidad democrática directa, fueron mantenidos en la
penumbra. El Departamento del Tesoro es tan arrogante con respecto a sus
análisis y prescripciones económicos, que frecuentemente mantiene un
control estricto, demasiado estricto, incluso sobre lo que el presidente
ve.
La discusión abierta habría suscitado preguntas profundas a las que aún
se les presta poca atención en la prensa estadounidense: ¿en qué medida el
FMI y el Departamento del Tesoro propugnan políticas que realmente han
contribuido a la crecida volatilidad económica global? (El Tesoro impulsó
la liberalización en Corea en 1993 saltándose la oposición del Consejo de
Asesores Económicos. El Tesoro ganó la batalla interna en la Casa Blanca,
pero Corea, y el mundo, pagaron un alto precio.) ¿Algunas de las duras
críticas del FMI en Asia Oriental fueron hechas con la intención de
distraer la atención sobre la culpabilidad propia de la agencia? Lo que es
más importante, ¿Estados Unidos, y el FMI, impulsaron esas políticas
porque nosotros, o ellos, creíamos que ayudarían al Asia Oriental o porque
creíamos que ellas beneficiarían los intereses financieros de los EE.UU. y
el mundo industrial desarrollado? Y, si nosotros creíamos que nuestras
políticas ayudaban al Asia Oriental, ¿dónde estaba la prueba? Como
participante en estas discusiones, procuré ver la prueba. No había
ninguna.
Desde el fin de la guerra fría un inmenso poder se ha depositado en
gente encargada de llevar el evangelio del mercado a los más lejanos
rincones del globo. Estos economistas, burócratas y funcionarios actúan en
el nombre de los Estados Unidos y los otros países industriales avanzados,
y sin embargo hablan un lenguaje que pocos ciudadanos corrientes
comprenden y que pocos de quienes trazan la política se molestan en
traducir. La política económica es hoy quizás la parte más importante de
interacción de los Estados Unidos con el resto del mundo. Y sin embargo,
la cultura de la política económica internacional que existe en la
democracia más poderosa del mundo no es democrática.
Esto es lo que tratarán de decir los manifestantes que gritarán desde
afuera de los recintos del FMI. Por supuesto, las calles no son el mejor
lugar para discutir estos temas altamente complejos. Algunos de los
protestantes no están más interesados en la discusión abierta que lo que
están los funcionarios del FMI. Ni todo lo que los protestantes digan será
correcto. Pero si la gente a quienes confiamos el manejo de la economía
global,en el FMI y el Departamento del Tesoro, no comienza un diálogo y
toma sus críticas en serio, las cosas continuarán muy, pero que muy mal.
Yo ya he visto lo que ocurre.
(1) Joseph Stiglitz es profesor de Ciencia Económicas de la Universidad de
Stanford y académico de Brookings Institution. De 1997 a 2000 fue
economista principal y vicepresidente del Banco Mundial. También se
desempeñó como presidente del Consejo de asesores Económicos de 1993 a
1997. El artículo fue publicado en inglés bajo el título "The insider" en
The New Republic, el 17 de abril de 2000.
(2) En adelante, Tesoro se referirá a este organismo (N. Del T.)
Nota:
En enero de 1998 Stiglitz ya había criticado el Consenso de Washington,
calificándolo como "desorientador" y "frecuentemente desastroso".
Asimismo, en esa misma conferencia que dictó en Helsinki, afirmó que el
rápido crecimiento económico del sudeste asiático se debió en buena medida
al intervencionismo estatal y que, por el contrario, la crisis regional de
1997 se precipitó por las decisiones de los inversionistas privados,
quienes sin embargo le echaron el agua sucia al Estado y continuaron
promoviendo una mayor liberalización. También argumentó que una inflación
moderada es inofensiva, que los déficits presupuestales no son
necesariamente perjudiciales, que la privatización no es una panacea y que
la deregularización doméstica y los mercados financieros internacionales
pueden ocasionar graves perjuicios. En otras ocasiones sostuvo que los
trabajadores y los pequeños empresarios estaban siendo lesionados por no
estar adecuadamente representados en los procesos de toma de decisiones. Y
que restringir la libertad de los movimientos globales de capital podía
hacer que el mundo fuese menos propenso a las crisis.
Todo ello ocasionó que el presidente del Banco Mundial, James Wolfensohn,
le "tirase las orejas" y que Lawrence Summers, el secretario de Hacienda
de Clinton, le dijese a Wolfensohn que si quería otro periodo como
presidente del Banco Mundial Stiglitz tenía que salir. Entonces en
noviembre de 1999 se anunció su "renuncia". No obstante, fue mantenido
como consultor del Banco hasta que escribió el artículo transcrito, cuando
fue retirado totalmente de la institución en mayo de 2000.
Summers, quien purgó a Stiglitz y Ravi Kanbur (quien redactó el borrador
inicial del Informe del Banco Mundial del 2000, que en alguna medida se
apartaba de la línea tradicional propugnada por el Banco Mundial, por lo
que se le ordenó que lo cambiase, ante lo cual renunció), también había
ocupado el cargo de economista en jefe del Banco Mundial entre 1991 y
1993, donde había escrito memorandos sugiriendo que África estaba "vastamente
sub polucionada" y que "la lógica económica de arrojar una carga de basura
tóxica en un país de bajos salarios era impecable". Según Doug Henwood, el
periodista que escribió el artículo de donde se extrajeron los anteriores
datos ("Stiglitz y los límites de la reforma", publicado en The Nation el
2 de octubre del 2000), "ni Stiglitz ni Kanbur son radicales bajo ningún
parámetro; ambos son reformadores humanos a quienes sinceramente les
importan los pobres del mundo. Pero incluso eso fue demasiado para el
Banco Mundial y el FMI". |
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