Coordenadas para un acuerdo de paz en Colombia
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ROBINSON
SALAZAR PÉREZ
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ESCENARIO COLOMBIANO
En
América Latina se han concretado tres acuerdos de paz en los últimos 20 años,
todos ellos en el área Centroamericana, cuyo conflicto tuvo en esa región
singularidades características que no son semejantes a las que acontecen en
Colombia, aunque en el plano observacional se muestran
actores armados con comportamiento guerrillero, otro militar
institucional y un gobierno que quiere ser juez y parte en un problema en que él
está involucrado como representante del Estado.
En Colombia
existe un conflicto añejo, cuya apreciación teórica o política varía en
función de quien pretenda analizarlo, a partir de qué periodo histórico y
bajo que argumentaciones teóricas, porque es tan unidiversitivo el conflicto en
ese país suramericano que puede ser visto y teorizado desde la vertiente del
conflicto mismo, como desde la perspectiva de la violencia; otros pueden
situarse bajo el paraguas de la crisis institucional y no podemos negar las
aportaciones de los historiadores que afirman que la singularidad conflictiva se
debe a que en ese país no existió el populismo, que de haberse dado, hubiese
creado mejores condiciones para que los valores de lealtad, honestidad,
solidaridad y pertenencia afloraran en momentos difíciles como los que ha
vivido Colombia.
No me
interesa abrazar argumentación alguna que estudia el conflicto, sobre ese hecho
los colombianos han llenado ciento de miles de páginas, todas ellas con
acierto, aunque hay que tener en cuenta que cada ensayo, artículo u obra
sistematizada que un autor elabore, en ella se refleja el holograma de su
biografía, de ahí que existan apreciaciones que defienden a la causa de los
grupos armados, otros a los partidos políticos, no dejan de asomarse los que
han sido victima y después se convierten en victimarios y otros más que se sitúan
en puntos críticos contra el sistema, ya sea por su debilidad o por su
fortaleza militar, en fin son muchas aportaciones donde hay que saber
seleccionar que es lo que nos interesa recuperar para re-argumentar un debate
sobre el conflicto colombiano.
Esta vez no
trato de re-argumentar sobre el conflicto en Colombia. Mi interés va en otro
sentido, busca situarse en un plano donde son pocos los foros de debate, la
resolución del conflicto, que no quiere decir, la solución de los problemas en
Colombia. Son dos campos indeterminados, aunque recíprocamente se inciden, pero
el avance en uno de los campos, en los acuerdos de paz, no lleva directamente al
zaguán de la solución de los problemas que demandan los grupos o actores
conflictuados.
Quiero
aclarar, antes de proseguir la construcción discursiva, que el conflicto que se
inició en Colombia en la década de los 40 as, no mantiene los mismos
ingredientes hoy día, por lo cual no es lo mismo una visión del conflicto
desde la perspectiva partidaria
liberal-conservador, que una mirada confrontativa de las FARC, aunque tienen
derecho a expresarse esas voces analíticas del conflicto, en el marco de la
pluralidad y la tolerancia, no quiere decir que son las más acertadas para
tenerlas presente en el marco de un acuerdo de paz.
El
conflicto de hoy, 2002, tiene particularidades que no son iguales a las de hace
10, 15 o 20 años. Hay una ambientación internacional que nos dice que la lógica
comportamental de los EE.UU. en
materia de política internacional hemisférica, prioriza la pre-política antes
que la política misma. Teniendo en cuenta que en la pre-política prevaleció
la toma de decisiones emotivas, sentimentales, pasionales y cargada de deseos
que no tienen en cuenta la razón. La venganza como arma efectiva para
resarcir el daño presenta significados reactivos que inducen a que se asuma
como el mejor medio para satisfacer el ego, para demostrar que soy capaz de
cobrar deudas o de darme a conocer que no hay un poder estadual sobre mi como
gobierno que me impida actuar cuando soy agredido.
Es
innegable que la venganza a partir
del fatal 11 de septiembre del 2001, y
se le adoptó como la mejor arma de la política, aunque bien sabemos fue el
medio efectivo de la pre-política. Se supone que el Estado surgió para
domesticar las pasiones y monopolizar el uso de la violencia, pero hoy que la
crisis en el estado entró como cáncer hasta la médula de su columna
vertebral, el monopolio se rompió y las pasiones se liberaron.
La
venganza debe ser materia de preocupación, porque se convierte, su actuación
consuetudinaria, en un espacio de aprendizaje para la sociedad; las comunidades
humanas se apropian de la venganza y sin el menor recato
la instrumentaliza en su vida cotidiana, en el campo laboral, político y
social. Imagínese si después de un acuerdo de paz, momento en que hay que
reinstitucionalizar nuevas formas de relaciones sociales, la venganza se resitúa
para cobrar los crímenes o ofensas de la guerra, sería altamente costoso para
el tejido deteriorado de la sociedad colombiana.
La
venganza contra el terrorismo está construida discursivamente en un contexto
sin límite ni fronteras, dado que el concepto terrorismo es tan vago, laxo y
escueto, que en él caben todos los insumisos, o todo aquel que muestre
inconformidad o desacuerdo con los EE.UU. en política internacional o en cada
país donde un o varios actores se rebelan por una política pública o una
decisión gubernamental que lesiona intereses de la ciudadanía.
Hoy,
en el concepto terrorista, caben los zapatistas en México, los Mapuches en
Chile, Los del Movimiento Sin Tierra en Brasil, las FARC en Colombia, en fin,
todos los que alzan y muestran una bandera de inconformidad o tratan, por
cualquier medio, de fisurar un
estado de cosas que todos reconocemos que no funcionan y que ameritan ser
renovadas; es el deseo de cambio por una vida mejor.
El
deseo de cambio es la otra ambientación o nube que está sobre el conflicto en
Colombia. Todos los colombianos hablan, escriben y aspiran a que haya un cambio;
un cambio es producto de una deseo, de una esperanzan, de una motivación por
que las cosas que hoy existen deben ser remplazadas por otras que den mejor
resultado y posibiliten un mejor desarrollo de las personas, los grupos y
comunidades que componen la sociedad colombiana.
Hoy día
nadie discute la inviabilidad de los partidos político, la representación política
restringida que ellos tienen de la ciudadanía; la credibilidad en las
elecciones es poca, la democracia procedimental no lleva en su seno la justicia social, la deja como una
asignatura pendiente; las instituciones no son efectivas y la impunidad es
creciente, lo cual despoja a la sociedad de los valores que poseía, tales como
la convivencia, la solidaridad y respeto a los demás. Se está viviendo y
reproduciendo una sociedad sin
virtudes y el déficit de virtudes no va a posibilitar un acuerdo de paz
duradero, una democracia consolidada y la reconstrucción de unas instituciones
fuertes y legítimas.
Entonces
hay que tener en cuenta la deseo de cambio, el cual lo concebimos como la
voluntad individual por el cambio,
que no es lo mismo que la voluntad política, dado que la primera es individual,
personal, la segunda es colectiva, asociativa y ciudadana.
Caminemos
por un momento de la mano de Bauman (Bauman, 2001), quien explica que en
el mundo donde predomina el ejercicio y filosofía social liberal, la libertad
individual puede coincidir con el incremento de la impotencia colectiva, en
tanto los puentes entre la vida pública y la vida privada están desmantelados
o ni siquiera fueron construidos alguna vez. Esto se observa en Colombia, donde
el deseo, el anhelo y la esperanza de paz reposa en la mente e ideal de las
personas, en cada individuo, pero hay extremas dificultades para traducirlo en
una preocupación colectiva, dado el temor, el miedo y la actitud de
sobrevivencia en que se han visto envuelto los habitantes de este país en los
últimos 20 años.
Los
hilos asociativos se han atrofiado, le densa red de la comunicación y las
relaciones sociales están remendadas o rotas, nadie confía en el vecino, en el
compañero de trabajo, en el colega o en el gobierno; cada quien se pasa
rumiando sus quejas, sus lamentos, su inseguridad, pero teme plantearla como un
asunto público y a la inversa, en la esfera de lo privado no se ventila un tema
público.
Se
puede observar en las tiendas, en el transporte colectivo, en los espacios
medianamente reconocidos como público se asoman las quejas, la angustia, el
enojo, los sufrimientos que se derivan de la situación económica, de los
atentados de la guerra o del alza de los precios o servicios públicos, sin
embargo no se convierten en asuntos o temas públicos, solamente se enuncian
pero no se integran en una acción por resolver el estado de cosas.
La
pregunta es ¿por qué no se traducen en acción colectivas? ¿por qué no se
constituyen en causas colectivas?
Una
respuesta es que no existe un centro que aglutine ese deseo de cambio, dado que
los partidos políticos, el gobierno y las instituciones gozan de un déficit de
virtudes cívicas; otro es que la libertad individual es cada día
más insular y está imposibilitada de anudar su aspiración con otras
que pululan en el entorno donde se desenvuelve el individuo. Las identidades
quebradizas, aunadas a lo que Bourdieu denominó
uso cínico, impide tal arribo. Afirmamos que el uso cínico es un aspecto
notorio porque muchos ciudadanos colombianos siempre están pensando en una
estrategia que le permita explotar, en el medio de zozobra y miedo, unas reglas
que le permitan sacar provecho, sin considerar si es justo o injusto, agradable
o desagradable, dañino o nocivo para nuestro sentido moral.
Entonces
si existe el deseo de cambio, pero en el plano individual, por tanto es
fragmentado, y esta circunstancia es caldo de cultivo para los estrategas políticos,
quienes aprovechan este estado de incertidumbre para ofrecer piezas discursivas
cargadas de animo para combatir el
miedo, la inseguridad, el delito, la guerra y el temor. Justo ahí se posiciona
el candidato Álvaro Uribe, quien con promesas implacables ante el delito, ante
las condiciones y presiones delas FARC y la existente zona de exclusión del
Caguán ( hoy inexistente), arremete fuerte para convertir la inseguridad
en un programa electoral, lo cual le ha dado resultados obvios.
La
encuesta de opinión sobre intención de voto de los colombianos Voz y Voto
2002, encomendada por El Espectador, Caracol Radio, Caracol Televisión y cerca
de diez periódicos regionales, dio como resultado que la mayoría de los
ciudadanos cree ahora que Uribe es
el aspirante presidencial más capacitado para resolver los problemas
apremiantes del país: desempleo, conflicto armado, corrupción, calidad de la
educación, cubrimiento en salud, reactivación de la economía, combate de la
pobreza, construcción de vivienda y mejoramiento de los servicios públicos,
entre otros. Esto se debe al uso cínico que comentábamos, principalmente
cuando se analiza el dato siguiente: Una de las mayores diferencias entre Uribe
y sus competidores se da cuando los colombianos expresan su confianza en quién
puede combatir con mayor acierto la guerrilla y los paramilitares. Aquí Uribe
obtiene el 61%, Horacio Serpa el 20% y Noemí el 6%.
Sabemos, desde la ciencia política,
que resolver el conflicto armado en Colombia no es un asunto de elección,
porque el evento político es un aspecto corto, efusivo e inmediato donde se
vale ofrecer, prometer y descalificar, pero una vez que arriban a la
administración no puede obligarse
al gobernante, en caso de que saliera favorecido con el voto, a que cumpla con
lo prometido.
Hay
ingredientes político-militares que van más allá de lo que piensa un
candidato, y de ello se va a dar cuenta cuando arriba al poder, porque salen a
flote los compromisos de campaña, los intereses internos y externos, la
prioridad por mantener la gobernabilidad y de dar continuidad a su gestión de
gobierno.
Por ello,
el conflicto debe asumirse como tal, como una guerra en que uno o varios actores
se encuentran en disputa y que cada uno de ellos trae una carga valórica un
conjunto de intereses de grupo que
lo llevan a defender, hasta la muerte, sus aspiraciones políticas y económicas.
Otro
aspecto que es menester tener en cuenta es la carencia de virtudes cívicas en
la ciudadanía y en el gobierno.
Aceptemos
que las virtudes son cualidades de valor, denuedo, energía y capacidad
que posee un gobernante o ciudadano para realizar grandes y riesgosas
empresas, nobles fines de interés general que
le permiten alcanzar fama, honor y gloria, lo cual se opone a la fortuna.
Cuando
un país se desgarra por la guerra y el
uso clínico, contrario al uso cínico, que nos ayuda a combatir efectivamente
todo aquello que consideramos incorrecto, dañino o nocivo para nuestro sentido
moral está ausente o es remplazado por el uso cínico, las virtudes cívicas se
ahuyentan y desaparecen.
Un
candidato busca fama, aunque esta no necesariamente conduce a la riqueza, pero
les interesa y casi siempre inspirado en el ejemplo inmortal de Eróstrato, que
según la tradición incendió el templo de Diana con el objeto de hacerse
famoso, lo cual consiguió. La fama, en la era postmoderna, no se logra a través
de virtudes cívicas, sino con actos impúdicos, deshumanizados y atroces. Hay
personajes en la vida cotidiana que alcanzan fama porque violaron, porque son
sanguinarios o porque robaron en desmedida. Hoy día la fama se obtiene en la
proporción al tiempo y frecuencia con que
un candidato aparece en la televisión, en la prensa o en los medios de
comunicación más sobresaliente de la comunidad.
Esto
que anotamos es importante tenerlo en cuenta para el caso colombiano, porque el
fenómeno Uribe no es producto de una persona cargada de virtudes para lograr la
hazaña de la paz, puesto que la paz no se logra aniquilando al adversario, sino
negociando y arribando a grandes acuerdos.
Las
virtudes no se muestran en un acto de arrogancia, sino en un proceso de
convivencia entre personas y grupos que la practican; las virtudes son
aspiraciones de un bien común, de un deseo por trabajar en búsqueda de un
bien público y ampliamente abarcativo, por construir una sociedad justa.
Si los candidatos a la presidencia
quieren mostrar a la colectividad colombiana que son portadores de un caudal de
virtudes, deben pensar que la mejor forma de atacar la inseguridad y el malestar
de la guerra es a través de una disposición por
a re-pensar y re-negociar algunos presupuestos fundamentales del tipo de
sociedad actual, presupuestos mucho más inconmovibles por ser tácitos,
invisibles o inmencionables, situados más allá de toda discusión o disputa ( Bauman,
Op. Cit.). En esta dinámica, se pueden combinar las estrategias de
negociación de cuestiones intratables (intractable issues) (Albin Cecilia ,
1997) tales como: expansión de los recursos, intercambio de compensaciones,
atribución de competencias a las partes, ejercicio compartido de algunas de
ellas e imaginación institucional. La expansión de recursos consiste en
ampliar el campo de lo negociable, y no sólo su núcleo duro, para poder ceder
mutuamente compensaciones parciales que sean percibidas por las partes como
ganancias parciales ligadas a mantener abierta la línea de negociación, y así
sucesivamente (Vilanova Pere.1998).
Quizá
este deseo nos arrimará al rincón donde se encuentra Cornelius Castoriadis, quien siempre nos reclamó que esta
civilización se resistía a cuestionarse a si misma; ahora les toca a los
colombianos a interrogarse a sí mismo encontrar en ese ejercicio si
verdaderamente estamos actuando bien o equivocado al entregar a una persona el
desafío de todos, construir la paz.
EL
IMPASSE DE LA PACIFICACIÓN
Los
acontecimientos del día 20 y 21 de febrero del presente año, no fue un hecho
aislado de lo que se viene desarrollando al interior del proceso de paz en
Colombia; hay un actor que incomoda
y provoca los rompimiento temporales de la
mesa de negociación y que no está reconocido como interlocutor en el proceso
de pacificación, aunque pareciera que es asunto de dos o tres (Gobierno, FARC,
ELN), la mesa tiene más invitados que no se sientan, pero inciden, presionan y
condicionan, tal es el caso de los EE.UU. actor que tiene antecedentes de
boicotear todo proceso de pacificación que se ha realizado en Centroamérica.
La
ruptura que se presentó en el mes de febrero no tuvo como motivo central el
secuestro del congresista Turbay; la decisión ya estaba tomada desde la visita
que realizaron Marc Grossman, subsecretario de Estado para Asuntos Políticos,
Otto Reich, secretario de Estado Adjunto para Asuntos del Hemisferio Occidental
y el director de Asuntos Internos del Consejo de Seguridad Nacional, John Maisto
entre otros funcionarios norteamericanos que visitaron al país los primeros
cinco días de febrero, para evaluar el Plan Colombia y el avance instrumental
para conectarlo con el Plan Puebla Panamá; asimismo, sopesar los apoyos militares y financiero y verificar si las
bases estratégicas, Tres Esquinas
en Caquetá y Tolemaida, en Melgar, Tolima estaban suficientemente preparadas
para actuar en un asalto a la zona de distensión.
Para
que esto sucediera se requería de un pretexto, el secuestro que se le conoce
como “crónica anunciada del secuestro”, porque el congresista tenía
conocimiento que ello iba a suceder y así lo dio a conocer a su círculo
familiar y de trabajo. Lo demás, es materia periodística reseñada en varios
diarios de Colombia.
Romper
la incipiente mesa de diálogo era un objetivo de dos banda, por un lado,
desconocer los 42.000Kms de la zona de distensión y dispersar la atención de
los colombiano sobre el Caguán; la otra era la operativizar los instrumentos
militares de las dos base mencionadas para conocer su efectividad y mandar un
mensaje a Hugo Chávez en Venezuela y a los demás movimientos insumisos en
Sudamérica de que la guerra contra el “terrorismo” seguía vigente y ahora
le tocaba el turno a Colombia.
El
ejercicio no dio los resultados que se esperaban, se vio un ejercito
modernizado, pero con deficiencias de inteligencia; una brecha entre ciudadanía
y ejercito, de ahí el desconsuelo de los militares que reclamaron que se
sintieron solos y por otra parte, la renuncia del general en Caquetá, Gustavo
Porras, quien al pedir su baja afirmó que
es necesario armar a los civiles y que el poder político no está preparado
para dirigir el Ejército.
Esta
apreciación de un militar de rango nos dice el sentir de un cuerpo armado y a
la vez nos manda el mensaje de que la guerra en Colombia no la puede ganar ni
las FARC ni el Ejercito Nacional, existe un virtual empate y esta situación
exige, reclama la reinstalación de la mesa de negociación que conlleve a
pacificar el país.
Una
pacificación que no va a resolver todos los males del país, pero sí va
ampliar el espacio público para que actores marginados o desconocidos por las
autoridades, disputen audiencia ante la ciudadanía. La pacificación
debe tener como objetivo, romper el círculo del enfrentamiento, negociar
la detención del conflicto armado, y una vez se logre ese objetivo, se abra la
agenda a los demás puntos de carácter político, social, económicos y simbólicos.
Hay
algunos interrogantes que nos asaltan la razón, uno de ellos es la actitud
paradójica de la clase política y oligarca, donde algunas veces se muestra
heterogénea y disímil para apoyar una acuerdo de pacificación, pero a su vez
se homogeniza cuando recibe instrucción de los mandatarios norteamericanos, lo
que conlleva a distanciar a la clase política y oligárquica de la sociedad
civil.
Creemos
firmemente que la nueva mesa de negociación debe invitar a un mediador
internacional, principalmente de Europa, puede ser Alemania, Noruega o Suecia,
esto bajaría perfil a los EE.UU. y los obligaría a retirar las manos de la mesa; por otro lado, el
gobierno debe actuar como interlocutor del otro en conflicto y no como juez y
parte como ha venido sucediendo. Veamos las experiencias de Centroamérica para
que Colombia tenga un aprendizaje de lo que se dio allí, sin tener la necesidad
de transitar el mismo zaguán pacificador.
CÓMO ARMAR LOS ACUERDOS DE PAZ
CON LA EXPERIENCIA CENTROAMERICANA
Un acuerdo de paz es la culminación formal de unas
negociaciones entre dos actores políticos, mediados por uno o varios garantes,
de ahí que sea definido como un esfuerzo de voluntad para llegar a un arreglo
equilibrado.
Los actores que a arriban negociar la salida de un
conflicto, llegan a la mesa de diálogo con un determinado número de demandas
que están llenas de significancias particulares, donde cada uno deposita sus
aspiraciones y trata de defender, hasta
las últimas consecuencias, sus puntos de vistas e intereses.
Bajo el manto de esta definición, los acuerdos de
paz o procesos de pacificación en Centroamérica, por ejemplo, se han
desarrollado en una compleja realidad social que trata, por todos los medios
mantener la unidad nacional, el involucramiento de los actores
marginados o en conflicto en el
cuadrilátero de la política y la lubricación de los mecanismos oxidados por
la exclusión, la descalificación y el enfrentamiento.
Es un desafío ciclópeo, pero necesario para
alentar una ambientación de convivencia política, multipartidista y
plural en una sociedad cada día más heterogénea y requeriente de diálogo y
democracia; ajena a oscilaciones permanentes
que pongan en peligro la gobernabilidad de un país.
La intención
preliminar del diálogo no se mantiene inalterable, va modificándose en
el transcurso de las negociaciones, entreverándose momentos de ruptura,
distensión, polarización de intereses o conciliación desahogada. En el
instante que los medios conciliatorios
se agotan, se apela al discurso de la lealtad a la unidad nacional, aunque ésta
por naturaleza no es monolítica, sino compleja, relacional e integradora;
dichos en otras palabras, es unidiversitiva, y del mismo modo,
razón de peso para seguir manteniendo la prudencia en la plática.
El contrapeso en una negociación, es el negociador o
garante, agente imparcial que acerca a las partes para buscar salidas
razonables, evitando de esta manera imposiciones violentas o irresponsabilidades
a la hora de firmar acuerdos. Casi siempre se recurre a un conciliador ajeno al
país y a los intereses en pugna.
Para el caso centroamericano,
existen tres versiones interpretativas del proceso pacificador (X.Lara y R.
Herrera, 1996): El Acuerdo Integral, Pacificación Técnica y
la limitada.
Esbocemos la singularidad de cada una de ellas.
La pacificación Integral está sustentada por los actores enfrentados
militarmente y que sobreviven a la negociación para poner fin a la guerra
civil.
En esta interpretación se incluye, al mismo
tiempo, aspectos militares, políticos y económicos y sociales, aunque los más
predominantes son los de carácter técnico-militares, porque se refieren a
desarme, reducción de efectivos del ejército, compensación en efectivo para
el desarme y desplazamiento de
grupos armados a zonas neutrales al conflicto.
En lo que corresponde a los asuntos políticos,
tiene que ver con rearticulaciones institucionales, reacomodos de fuerzas políticas,
restablecimiento de canales de comunicación y diálogo interactoral, un marco
jurídico que regule las acciones y ventile las desavenencias que ponen en
riesgo la gobernabilidad.
El contenido económico y social, contempla los
programas de rehabilitación y acondicionamiento de áreas productivas para
desplazados, inversión en proyectos de viviendas, salud, centros de trabajo,
indemnizaciones y capacitación laboral.
La Pacificación Técnica contempla, sin ningún significado político, el
seguimiento y verificación del desarme, entrega de apoyos económicos,
emolumentos, organización de grupos especiales para vigilar los acuerdos y
reclamar, en caso que lo amerite, a las partes a que cumplan con lo pactado.
La Pacificación Limitada, es aquella en que las partes no negocian nada
substancial, más bien llegan a unos acuerdos para mantener una paz parcial, que
permite al gobierno maniobrar sobre una cuerda tensa, manteniendo un equilibrio
para no afectar intereses de los grupos en confrontación. El gobierno,
supuestamente, administra un paz, pero en realidad lo que conduce es un proceso
quebradizo, frágil, que en cualquier recodo puede polarizar las fuerzas
conflictuadas.
La Pacificación Limitada, es una burbuja de oxígeno
para un gobierno que recién se instala después de una confrontación, y busca
afanosamente armar el primer cuadro de leyes o reglamentos para iniciar un diálogo
maduro y responsable, de ahí que la paz sea apenas un anhelo alejado de la
realidad y cercano a su fin.
LA EXPERIENCIA SALVADOREÑA
El FMLN, fuerza política insurgente urgida por
transitar por el camino de la conversión para transformarse en una fuerza política
legal, con opción para participar
en la arena electoral, en las luchas cívicas y abrigar diversas peticiones que
van más
allá de
su estrategia
idealizada, - la toma
del gobierno
por asalto, desplazar
a la
burguesía del
poder
y cambiar
todo el sistema -, debió
asumir el mayor reto de su historia.
El reto
no estaba determinado por los factores externos que se mencionaron, sino por los factores internos, como la
multidimensionalidad de los comportamientos colectivos,
las transformaciones que se habían dado en los ciudadanos y
el archipiélago de actores que se encontraban tejiendo un nuevo orden,
con o sin el FMLN, lo cual llevó al grupo insurgente a pensar que la sociedad
salvadoreña no era un universo homogéneo, que la visión mecánica no
encuadraba con los que acontecía, que había la necesidad de forjar y fomentar
una cultura de la complejidad que negara las certezas definitivas, el
conocimiento absoluto y el progreso lineal.
Se encontraron ante un compás que abría un
ángulo mayor a los 45 grados a los que estaba acostumbrada la guerrilla; el
panorama social era mucho más rico y complejo, pero mostraba nuevos modos de
pensar, de sentir, de actuar y de vivir en sociedad, rompiendo el esquema que se
había configurado en el imaginario de los grupos guerrilleros.
Pasar sobre el axioma de la victoria
absoluta, la centralización del poder, las decisiones y administración de
recursos, como lo exigía la guerrilla, a otra forma más laxa que rompiera el
criterio centralista, sin caer en
la inorganicidad total, es un paso necesario, pero riesgoso,
que podría generar una
anarquía dentro del grupo. Impulsar la coordinación horizontal fue otra
pretensión, pero la resistencia de cuadros tradicionales y con larga
experiencia se opusieron a
socializar lo que la compartimentación en
su tiempo señalaba. En fin, formó una madeja de hilos bastante conflictiva
para desenredar pero el tiempo apremiaba y los pasos tuvieron que darse.
El primer paso que se dio fue el de reconocer
que el FMLN deviene de un agrupamiento multidiverso, compuesto por cinco fuerzas
políticas: ERP, PC, PRTC, FPL y RN; que nació en la década de los 70, con una
configuración de fuerza aglutinadora, donde se dio cobijo a muchas
organizaciones contestatarias de carácter político y militar que
luchaban contra la dictadura en los distintos ámbitos de la vida salvadoreña y
que encontraron en el FMLN la sala común que agrupó en una sola organización
la mayor fuerza opositora. A su vez, con el tiempo,
se fortaleció como fuerza social urbana y significativamente rural
y, a
partir de que ésta última, optó
por conformar un ejército guerrillero, controlando territorios y asumiendo la
conducción de contingentes sociales.
El reconocimiento se da en un escenario donde
predominaba la diversidad y la autonomía de los actores sociales, quienes venían
denunciando la carencia de una descentralización en las esferas del gobierno,
los partidos políticos, los comités cívicos y en el seno del FMLN;
igualmente, reclamaban una participación real en los asuntos que tenían que
ver con la toma de decisiones, principalmente alrededor de asuntos concretos,
inmediatos, de la cotidianidad, pero que lo vieran como sujeto social y no como
objeto manipulable.
Fue el
mayor reto que enfrentó el FMLN como fuerza insurgente, puesto que tuvo que
desnudarse de su ropaje autoritario, vertical y compartimentado, para dar paso a
la horizontalidad gradual, a la alianza convergente que
surge de un proceso que involucra nuevos actores y nuevas bases a partir
de un programa articulador, apto y flexible para constituirse en representante
político para la lucha en los planos electoral y político de los sectores
medios y populares. Un eje convergente, cohesionador programático (Villalobos,
1992) que no intentara centralizar todas las decisiones pero sí capaz de
dar forma y contenido a un sinfín de demandas y orientarlas a una meta
concreta.
El paso trascendental que dio el FMLN lo orilló a
reconocer que en la fuerza convergente no había espacios predados, tampoco
asignados con antelación, sino que se gestaban en la lucha cotidiana
y tenían un carácter "biodegradable", o sea
que una vez alcanzado el logro o que hubiesen cambiado las prioridades,
los reacomodos tenían que darse, sin resistencias ni consideraciones, lo cual
se cumplió en el proceso de paz y posteriormente en
las elecciones de 1994.
La duda
que nublaba el horizonte político del
FMLN era, ¿ de qué modo la fuerza convergente podría permanecer viva, si
muchas de las reivindicaciones eran cortoplacistas, improntas, sin el acompañamiento
de una utopía, como se tuvo
durante veinte años?
La respuesta la tuvieron al decidirse que no
podían quedarse contemplando el nuevo escenario, tampoco en autoflagerarse con una autocrítica desmoralizante por lo que
no se pudo alcanzar, menos en añorar tiempos pasados, ni posibilidades que se
desaprovecharon; sino en definir lo
nuevo, lo que estaba por venir y eso consistía en crear una nueva utopía
claramente definida, razonable y lógica, de lo contrario, sería una lucha sin
rumbo (Villalobos, 1992).
Lo anterior ayudó a resolver, en parte,
las dudas, sobre todo las que tenía que ver con el asunto de la hegemonía
orgánica del FMLN en su nueva vida orgánico-partidaria, que era lo que más
preocupaba a sus dirigentes, porque
no entendían, en toda su amplitud,
la complejidad social; pese a la adversidad, buscaron, de manera
inteligente, garantizar una compactación de pensamiento que le diera vida al
eje convergente, mínimamente para las elecciones de 1994, por ello se
propusieron la meta (garantía utópica), la construcción de una cultura democrática que diera base a
la edificación de un sistema político
y económico plural, incluyente y con plena vigencia de un Estado de derecho.
La búsqueda de esa cultura democrática, fue
la guía que abrió el camino para luchar por la construcción
y el fortalecimiento de las nuevas instituciones que
fuesen surgiendo; se
convirtió en el escudo que agrupó a diversos signos y banderas;
además, dio luz y orientación
al nuevo discurso que se puso en práctica.
Ya había nacido la fuerza política
convergente sin diluir al FMLN; dichos en otras palabras, los farabundistas habían
sido el detonador para propiciar la convergencia,
preservando su autonomía y decisión individual en el contexto salvadoreño,
pero buscando tesoneramente
los puntos de coincidencias que tenían con diversos grupos, qué interés
compartido podían incentivar una alianza y cómo armar un acción colectiva
para enfrentar con garantía de éxito el proceso electoral de 1994.
El segundo paso, fue el de fincar la idea y más
tarde socializar, que el poder institucional no sirve de nada si no se cuenta
con ínsulas de dominio en el seno de la sociedad civil, de ahí la necesidad de
construir redes entre los grupos marginados, los grupos de presión, entre
ciudadanos independientes y sectores medios, con el objeto de acordonar las
islas y dar inicio a los eslabonamiento de
poder desde y con los de abajo, los excluidos por el modelo neoliberal.
El camino idóneo, dadas las características
de El Salvador y el período de posguerra que arrojaba un destrabamiento de las peticiones de empleo, alto a la
represión, respeto a los derechos humanos, fin de los cateos, acuartelamiento
de los militares, etc., era la mutación permanente del FMLN, unas veces
actuando a manera de partido y otras asumiéndose
como grupo de presión para poder así acompasar la dinámica de los movimientos
sociales y conservar viva la esperanza aglutinadora de la convergencia que
estaba construyendo, conjuntamente con otras fuerzas, y se
percibiera como una encubadora de la nueva democracia.
No fue una tarea fácil, tampoco se culminó
el trabajo por la aparición de algunos contratiempos, sobre todo en los cuadros
políticos que no aceptaban esta mutación, pues
tenían la percepción de que todo la labor organizacional que se hizo
durante los 12 años de guerra fue inútil
y se perdía irremediablemente por el revisionismo de los dirigentes y la
desesperación por reposicionarse ante el nuevo escenario. Los cotos de
resistencia se multiplicaron, primordialmente en aquellos que hombres que tenían
la firme convicción de que el poder gira alrededor de la autoridad, y es ésta
la que toma las decisiones. La verdad absoluta que gravitó sobre la necesidad
de tener una única autoridad, depositada en la dirección histórica de la
insurgencia, chocó con las apreciaciones que pedían compartir espacios con una
fuerza insumisa emergente que conminaba a los demás a distribuir
las decisiones y el
poder.
Todo esto
enmarañó el
proceso constitutivo
de la convergencia, enfrentando
dos inconvenientes: por un lado, las
fuerzas opositoras
que obraban
al interior del FMLN, y por
otro lado, el
factor tiempo, que
avanzaba muy rápido.
La lucha se centró entre una democracia
restringida, promulgada por los cuadros políticos tradicionales, contra una
democracia ampliada que pugnaban las fuerzas ciudadanas para
romper los diques de contención que impedían el desarrollo de la opinión
de los excluidos. Ese impasse obligó al FMLN a buscar una formula que los
convirtiera en partido y movimiento a la vez, ya que de no hacerlo, su
nacimiento orgánico-partidista política sería estéril.
El discurso utilizado por el FMLN para
atender las dos direcciones, paralelas pero no disociadas, era el renacimiento
de la vida institucional del país y el fomento de una cultura democrática. La
primera se fundamentaba en su inexistencia, porque
los gobiernos, militares y "civiles" con apoyo castrense, le
quitaron la esencia a la vida pública, cerraron los canales de entendimiento de
la ciudadanía con el gobierno, suspendieron
las garantías individuales, quedaron proscritos diversos sindicatos, frentes de
luchas y partidos políticos, y la ley marcial predominó durante mucho tiempo.
La segunda, obedecía a la permanencia de una cultura contestataria que se había
adueñado de los comportamientos colectivos, cuya esencia se manifestaba con el
exterminio o la descalificación del adversario.
Frente a la problemática inédita, el FMLN se
propuso la tarea de fomentar, cultivar, socializar y apropiarse de una cultura
democrática que permitiera, en futuras acciones con determinados grupos o
movimientos sociales, construir redes convergentes para restaurar la
institucionalidad deteriorada y armonizar
la reconciliación democrática. Reconciliarse no era olvidar
las diferencias, sino a procesar
los conflictos en igualdad de condiciones, bajo la bandera del respeto y en un
marco republicano
Entonces vemos dos campos para la actuación,
por una banda estaba la participación partidaria, apoyando, impulsando,
discutiendo el futuro de la nueva vida institucional, cuya tarea inmediata era
la reforma judicial para fundar una
nueva policía nacional civil que incorporara a los excombatientes y a un número
de ex militares; a su vez, que esta corporación policial asumiera un
comportamiento preventivo del delito para que brinde una mayor seguridad a la
ciudadanía; el nuevo rol preventivo sería una práctica renovadora que colocaría
a la institución judicial lejos de las pesquisas, persecuciones y
transgresiones contra la población,
ocurridas durante el periodo 1980-1993.
Por otro lado,
presionó para que se implementase una reforma militar sobre la base de
dos puntos: (a) la reducción sustancial en el número de activos, pues
con la firma del Acuerdo de Paz se garantizaba la convivencia civilizada y el
ejercicio legal; (b)
la definición del papel del ejercito, cuyo papel es asumir la
protección de los intereses
de la nación y no del gobierno en turno.
También fue parte de los arreglos, la división de
poderes para la recuperación de la credibilidad, el ejercicio público
responsable, el respeto de los derechos y garantías individuales. La suma de
demandas conformó los resortes dinámicos
que el FMLN capitalizó para forzar
una reforma Constitucional.
Para no perder su vínculo con la ciudadanía,
adoptó, en ciertos poblados y departamentos, el acompañamiento en las
movilizaciones para apoyar los reclamos de la ciudadanía,
sobre todo para exigir la introducción de servicios públicos, apoyo a
los desplazados por la guerra, incorporación de los excombatientes a tareas
productivas, asignación de terrenos para vivienda, equipamiento de los centros
de salud, escuelas y hospitales, no al incremento al valor del transporte público,
y otras más de menor peso social.
Atendiendo estos dos ejes (formal e
informal), el FMLN fusionó, hasta donde pudo, la nueva versión de partido y
movimiento, única salida que objetivaron para no navegar en una nave-partido
sin tripulantes, y no perder el contacto con los habitantes de El Salvador,
puesto que el reto que tenían ante las elecciones de 1994 y 1997, eran
crucial para su futuro.
LA PACIFICACIÓN EN GUATEMALA
El conflicto en Guatemala es más complejo y de mayor
duración que el de Nicaragua y El Salvador, por ser una sociedad
polarizada en el aspecto político, fruto de un
crecimiento económico desigual que se experimentó en la década de los
setenta y parte de los ochenta, lo cual dibujó una burguesía monopolista pero
diversificada, que controlaba la mayor parte de los bienes del país, en
contraste con una población sumida en la inopia que alcanzaba
85% del total que cubría el país.
El control de los medios de producción más las
remuneraciones obtenidas de las ganancias o excedentes, configuró una clase
oligárquica carente de escrúpulos y ávida por acrecentar el capital y
consustancialmente el poder, para lo cual tuvo que construir alianzas o redes
asociativas con altos oficiales del ejército, a fin de ejercer el control sobre
las masas paupérrimas que amenazaban con movilizaciones o huelgas en los
centros productivos y distributivos.
Una de las características de la burguesía guatemalteca
fue que no creció, o no buscó ampliar su
base social, sino que concentró su poder económico en una esfera exclusivista,
forjando vínculos familiares entre los actores del mismo género y asumiendo un
rol multifuncional, para no abrir
una ventana donde pudiese ingresar un agente de otro estrato social,
pero sí permitirse a ella misma reciclarse, autoreformarse y crecer
en forma de espiral, hasta donde se lo permitiera su fuerza y capacidad
y, cuando necesitaba un apoyo de fuerza para afirmar su hegemonía, extendía
alianzas con los militares aunque delimitando espacios de maniobras e intereses.
Esa "pureza" oligárquica que muestran con
orgullo y sello de clase, del mismo modo se refleja en su rigidez ideológica,
por lo que es considerada, entre los analistas que estudian la región
centroamericana, como la burguesía menos flexible, antireformista e excluyente
de toda el área.
Otro aspecto que resalta en este segmento social, es su
exacerbado racismo contra el indígena, manifestado en la discriminación
absoluta y en la promoción de políticas coercitivas contra la mayoría
pobladora del país. Esta segregación es la reproducción de su complejo como
clase castrada, heredada de la política estadounidense y el capital
transnacional, dos ejes que supeditan a la oronda burguesía guatemalteca y no
le han permitido constituirse en un
grupo industrial más independiente y capaz de promover el desarrollo de un
mercado interno equilibrado en esta área de Centroamérica.
Ahora bien, la clase
oligárquica, ante el umbral de la globalización, el desarrollo tecnológico,
el requerimiento de innovación que
exige la banca y la maquila para la exportación, aunadas a las exigencias del
capital financiero especulativo, se ha visto forzada a compartir diversos nichos
patrimonialistas que tenían reservados para ellos;
a partir de la década de los ochenta, "nuevos" sectores de la
burguesía se ligaron a sus familias y al capital:
los "nuevos ricos"; quienes
se ocupan de administrar empresas con perfil exportador, a la inversión bursátil,
asociaciones de empresarios, bufetes jurídicos, asesorías empresariales y de
capacitación administrativa, estimulando la actividad comercializadora e
incorporando a Guatemala a la órbita internacional de la mundialización.
La incorporación de estos "nuevos ricos o beautiful
people" no ha abierto el compás de la democratización en el país,
aunque su imaginario colectivo es
menos ideologizado, su lógica
comportamental es más exclusivista, individualizada y
conservadora, asimismo oponente acérrimo de las reformas democráticas
que puedan dar un respiro a la nación.
Sin embargo, el problema toral que enfrenta esta burguesía
oligárquica es que no se ha podido legitimar,
que su encasillamiento clasista que no le
permite arribar al poder, por
lo mismo se han visto obligado a construir alianzas con los sectores de alto
rango militar, con la "clase política" y la "tecnoburocracia",
(1) sectores ajenos a su anillo exclusivista, pero cercanos para compartir el
poder y oponerse, mancomunadamente, a cualquier intención de fuerza que ponga
en riesgo el sistema de dominación.
Frente al espectro clasista oligárquico, heterogéneo en
su estructura pero monovalente en su comportamiento político, se encuentra el
amplio mapa actoral popular que se ha venido constituyendo a través de la
encadenada crisis, la lucha contestataria y la resistencia política para
contener el frente excluyente y la
represión indiscriminada emprendida por la clase en el poder.
A través de su comportamiento, los movimientos
sociales-populares, demuestran que
van más allá de la concepción "accionalista", puesto que escenifican la lucha de un sector social
organizado contra un oponente, por
la dirección colectiva de los recursos económicos, políticos e ideológicos
de una sociedad determinada; (Touraine, 1967)
agregándosele el ingrediente de lucha histórica, orientada hacia el
control del proceso producente del cambio histórico-social.
Lo que se emerge es un movimiento social que intenta
construir redes intra e intergrupal, priorizando la interacción interna y
externa, con el objeto de ir edificando un diálogo fecundo entre las distintas
racionalidades que existen en la sociedad marginada guatemalteca, a fin de
distinguirlas, configurarlas y respetarlas, posibilitando así el reconocimiento
de verse diferentes pero admitirse como iguales.
Son movimientos sociales
- populares diferentes a los anteriores, en especial los que se desencadenaron
entre 1973-1976, a modo que ahora mantienen una mayor autonomía frente al
Estado, los partidos políticos e incluso con los grupos armados. Uno de los
elementos analíticos más consistente es el que sostiene que el punto de
partida de la eclosión movimientista fue el terremoto de 1976, detonante que en
medio del desastre natural y la ineficacia del gobierno, buscó formas
asociativas no sólo para sobrevivir, sino para reclamar y exigir sus derechos.
La eclosión movimiental, en los días posteriores al
terremoto, encontró un terreno abonado por la diversidad y la autonomía de los
múltiples actores, porque cada uno tenía una demanda específica, lo cual
atomizaba el espectro orgánico-popular y estructuraba una nueva forma
organizacional descentralizada y
con anhelo de participación; y aunque parezca paradójico, en ese camino que
abre la nueva racionalidad de ires y venires, se fueron forjando las redes.
Las redes se tejieron sobre los traslapes identitarios,
entreverando las diversas exigencias concretas de cada sector hasta convertirlas
en una bandera de lucha, pero bajo una temporalidad perentoria para cristalizar
las metas; la participación en urdimbre no afectó la totalidad de la vida del
individuo o grupo, pues no había
razón para dedicarle tiempo completo, porque la complementariedad horizontal en
los órganos de decisión, facilitaban el trabajo escalonado sin medrar la
corresponsabilidad.
Otro aspecto que tiñe a las organizaciones sociales
populares de Guatemala, es que no se plantearon la construcción de una utopía,
de tal suerte que le sirviera de guía comportamental por mucho tiempo,
precisamente por darse cuenta que los movimientos no eran de largo alcance, sino
mutantes, donde permanentemente pasan de un estado organizacional a otro;
por ello, la participación giró en torno a objetivos concretos,
visualizables y apropiables, con el fin de poder ir creciendo, estimulándose en
el camino de la lucha y sumar adeptos por la escala de logros que vayan sumando.
La estrategia organizacional a través de redes, busca
extenderse y diseminarse a lo ancho de las zonas populares, indígenas y
marginadas; con acuerdos intergrupales, apoyos logísticos, en la medida
de lo posible, con el objetivo de
provocar una participación en los niveles micro, localistas y de esta manera
debilitar el poder central y diluir el grueso de la represión.
Es obvio, que el desenvolvimiento de estos movimientos
sociales populares no fue tan expedito, ni encontraron un camino abonado por la
democracia; antes por el contrario, la represión aumentó, la desaparición de
dirigentes obreros, campesinos, barriales y estudiantiles fue alarmante;
sin embargo, la opción de redes aminoró el costo político,
las desapariciones aminoraron, producto del reemplazo que se hizo al
liderazgo individual, por una
dirigencia de carácter horizontal.
Producto de ese trabajo de redes convergentes entre 1976
y 1978, surge el CUC (Comité de Unidad Campesina), organización nacional que incluía a los campesinos, a
trabajadores agrícolas, indígenas
y ladinos pobres, ante todo bajo el liderazgo indígena; (S.Jonas, 1994)
por su composición heterogénea y su perfil de lucha, el gobierno la
tildó de subversiva, por tanto la represión no se hizo esperar.
Sin embargo, analistas que se han dedicado al estudio de
esta organización plural, han destacado que el CUC no nació revolucionaria,
sino bajo la experiencia de la acción católica y las comunidades eclesiales de
base, con una visión cooperativa y ansias de institucionalizarse como
sindicato, lo cual ocurrió en 1980, pero la insistencia represiva y los
acotamientos que el gobierno imponía a su accionar, cierta cantidad de
individuos del CUC se enlistaron en la guerrilla, unos cuantos de carácter
permanentes, otros intermitentes, cumpliendo el doble rol de sindicalista y
guerrillero.
Algo digno de destacar, y que no sólo impactó en
Guatemala, sino en el sur de México, es la proclama de Iximché de febrero de
1980, donde el CUC expresa en su declaración": Por una sociedad de
igualdad y respeto. Porque nuestro pueblo indio, por sí mismo, puede
desarrollar su cultura rota por los criminales invasores; por una economía
justa en que nadie explote a los otros; porque la tierra sea comunal como la tenían
nuestros antepasados; por un pueblo sin discriminación; porque termine toda
represión, tortura, secuestro, asesinato y masacres; porque se terminan las
agarradas para el cuartel; porque tengamos los mismos derechos de trabajo; para
que no sigamos siendo utilizados como objetos del turismo; por la justa
distribución y aprovechamiento de nuestras riquezas como en los tiempos en que
floreció la vida y la cultura de nuestros antepasados. (A. Arias, 1985)
¿Qué hay de nuevo en esta proclama y porqué el indio
se inscribe en la lucha?
En primera instancia, el indio se reclama para si un
lugar y no múltiples, de ahí que se autodenomina pueblo indio y no pueblos
indios, puesto que la primera acepción denota unidad, identidad, demanda común
y valores homogéneos; la segunda, manifiesta desintegración, multiplicidad,
comportamientos disímbolos, valores heterogéneos y peticiones desarticuladas.
La razón que convierte al indio guatemalteco en actor
protagónico en el conflicto es: (a)
la expulsión de sus tierras por el cambio instrumentado en
la estructura productiva y social
del altiplano; (b) la reorganización de la
agricultura, pasando de la explotación tradicional a las empresas agrícolas,
la cual da trabajo estacional al indio; (c) la descampesinización que los
arroja al ejército de desempleados y (d) la mutación laboral y organizacional
que impacta en su conciencia, por lo que fue tejiendo en su imaginario colectivo
la lucha por la tierra (S.Jonas.op.cit)
Si bien es cierto que el recurso de las armas que opta el
indio para transformar su entorno no es su primera elección; (R. Adams, 1988)
es necesario aclarar que esa idea tampoco estuvo fuera de su sus
reflexiones comunitarias, evidentemente por la fatiga que mostraban sus métodos
de persuasión, diálogo, marchas, protestas y denuncias, haciendo probable el
uso de las armas en caso de que las circunstancias en que se inscribían no
cambiara.
A lo anterior, hay que agregar, que los grupos
insurgentes habían entrado en una etapa de reconsiderandos, de reestructuración
y acuerdos intergrupales, para enfrentar de mejor manera la fuerza
contrainsurgente.
Entre los principales reajustes que hizo la guerrilla,
encontramos que se decidió tomar
distancia de la célebre teoría del FOCO que elaboró Ernesto Guevara,
por los resultados negativos;
otro aspecto considerado, fue ampliar
su base militante, no fincando toda las esperanzas en el ladino pobre, sino en
el indio, población significativa y que en los últimos años, ya mostraba
signos de beligerancia, capacidad organizacional y mayor consistencia en la
lucha con objetivos preclaros.
La incorporación del indio, vieja aspiración de Turcios
Lima, en los mandos medios y en
responsabilidades militares, flexibilizó la ideología marxista ortodoxa, abrió
su concepción sobre la vida, sobre
la lucha, sobre la humanidad y
sobre todo la diversidad de creencias que forman una constelación imaginaria en
la mente de los individuos, de ahí que el pensamiento cristiano, eclesiástico,
cooperativo y escépticos convivieran respetuosamente en los núcleos
guerrilleros, adquiriendo la
nacionalidad guatemalteca, reflejo del mosaico étnico y axiológico,
pero distanciada de la influencia cubana.
El avance que mostraba la guerrilla con los intentos
incorporativistas de los grupos armados, la conformación de la Unidad
Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG) y la apropiación de franjas
territoriales defendidas por las armas, no
dominó su horizonte con excesos triunfalistas, porque tenían claro, en
especial su dirigencia, que por la
vía del derrocamiento la victoria no vendría, dado que la capacidad de
recomposición del sistema cívico-militar de Guatemala, la ayuda y asesoría
significativa de los Estados Unidos y el surgimiento de nuevas ballestas que
impulsaban un nuevo cuadro de exigencias,
demostraban que por la vía armada era difícil triunfar;
la opción que quedaba era la
vía de la pacificación, sin vencedores ni vencidos.
Esta vía de la pacificación tenía un núcleo vital, la
rehabilitación de la confianza del ladino, el indio, el marginado y el
ciudadano en el sistema político, el cual, en los últimos veinte años,
brindaba un horizonte de incertidumbre que hacía más complejo el futuro del país.
¿De qué modo apostarle a un paz, si durante largos años,
los marginados habían puesto sobre la mesa todas sus apuestas en el presente y
en el futuro y hasta hora el fraude, la corrupción, la represión, el exilio y
la muerte eran sus ganancias?
La dirigencia insurgente tuvo que ir tejiendo
cuidadosamente, con hilos finos, la confianza de los involucrados en el
conflicto y que estaban de su lado, para que depositaran en ellos el aval que
necesitaban para apresurar las pláticas pacificatorias.
El respaldo de ese depósito de cuenta corriente, en
moneda de confianza, que le dieron a los insurgentes negociadores, se puede
constatar en los acuerdos que llenan el cuerpo de la agenda aprobada para la
pacificación, más aún, en los convenios que firmaron el gobierno de
Guatemala, representado en la persona de Alvaro Arzú
y la URNG, en Oslo, Noruega,
el 4 de diciembre de 1996.
LA PACIFICACIÓN COMO EL RETORNO DE LA POLÍTICA
La pacificación, ámbito
de la política donde la hostilidad
absoluta es marginada y remplazada por la relación de amigo-enemigo público
(competencia entre adversarios), a
simple vista parece el movimiento de dos o tres fichas
en el tablero del ajedrez político de ambos contendientes involucrados
en el conflicto; sin embargo, el desacoplamiento de un conflicto de magnitud
nacional es más complejo que el simple desplazamiento
al que hacemos referencia, a manera que implica retomar en el asunto
desconflictual aspectos técnico-militares,
sociales y políticos. (X.Lara y R.Herrera, op.cit)
Es notorio para los especialistas del área
centroamericana, que la desactivación de los tres conflictos, Nicaragua, El
Salvador y Guatemala, tienen sus ingredientes asociativos, pero destacan más
los singulares, por las características de los actores, sus lógicas
comportamentales y sus intereses; por ello los tres procesos pacificadores no se
encuentran en la misma línea, sino que se ubican en puntos distintos y en ópticas
diferentes.
Reconociendo los rasgos distintivos de cada escenario,
preferimos, para una clara y mayor explicación, abordar la disgregación del
conflicto a partir del análisis de cada país, y de esa manera
ver, con mayor precisión, cual es la línea de comportamiento de los
actores conflictuados, la asunción política de ellos ante la ciudadanía para
rehacer el tejido institucional, la capacidad organizativa para reasumir
espacios de deliberación pública obstruidos por la guerra y la voluntad por
hacer de la negociación pacificadora un puente que traslade a los ciudadanos,
partidos políticos e instancias orgánicas de la sociedad civil, del campo de
la guerra a los medios originales de la política.
LA PAZ EN
EL SALVADOR
La paz que se rubricó el 16 de enero de 1992, entre el
Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN) y el gobierno de El
Salvador, recorrió un largo camino para llegar al momento trascendental que
marcó el fin de una guerra desgastante en el pequeño país
centroamericano.
Por vez primera, en la historia de las revoluciones en América
Latina, un enfrentamiento polarizado ponía término a una lucha irreconciliable
a través del diálogo, el consenso y los acuerdos para vivir en paz. Lo
acontecido en Cuba, el desenlace de los sucesos en Nicaragua y la persistencia
del conflicto en Guatemala, eran indicios de que en El Salvador,
el curso de la lucha sería igual; no obstante, la razón, la
inteligencia y el examen detenido sobre la guerra y sus implicaciones tácticas
y estratégicas, los llevó a aceptar la opción del diálogo, como la mejor
forma de saldar una disputa que no garantizaba, a ninguno de los dos bandos, el
triunfo.
El empeño por el entendimiento tiene su cronología
singular, siendo su primer intento la reunión formal del 15 de octubre de 1984,
escenificándose en la población "la Palma", asistiendo el presidente
recién electo Napoleón Duarte y un grupo de comandantes del FMLN. Ahí se
acordaron dos puntos: mantener la disposición para el diálogo y la conformación
de dos comisiones para proseguir negociando.
Ese mismo año se reunieron, 30 de septiembre, los
avances fueron claros para los dos bandos, dado que se plasmó un acuerdo mínimo
para permitir un libre desplazamiento de personas y vehículos civiles entre los
meses de diciembre de 1984 y enero de 1985, bajando las tensiones y liberando
los sistemas noticiosos y de radio para que divulgaran lo que sucedía en
verdad.
La progresiva
simpatía que capitalizaba el FMLN y la moral creciente en sus combatientes,
motivó al gobierno para detener la dirección que llevaban las conversaciones,
porque el ambiente político no le favorecía; de esta manera endureció su
postura y opto por mantener una oferta monovalente: desarme total e incorporación
a la vida política pública.
La estrategia del FMLN
era desemejante a la oferta gubernamental, tanto que planteaba un
reconocimiento a su fuerza política, el respeto de los derechos humanos y la
instauración de un Estado de derecho. Eran dos paralelas que intentaban un diálogo
sin tender un durmiente entre ellas para construir un canal eficiente donde
transcurrieran las aguas de la tolerancia y el entendimiento entre dos
adversarios, y no entre enemigos que tenían por objetivo exterminarse
mutuamente.
El truncamiento en las negociaciones arrojó fuego sobre
el suelo salvadoreño, la intensidad de los combates crecieron, el saldo de la
guerra cada día se elevaba y la reconciliación se fue esfumando del horizonte
político. Para atenuar la disputa, gobiernos del área y la iglesia, iniciaron
pláticas, reuniones y denuncias para desgastar a los dos bandos y llevarlos
nuevamente a una nueva ronda de negociaciones, planeándose para el 19 de
septiembre de 1986 en la localidad de Sesori, misma que no se llevó a cabo por
la militarización de la zona, previo a la reunión.
Los esfuerzos
internacionales no claudicaron, a partir de 1986, varias reuniones de
mandatarios de la región presionaron para la solución del conflicto;
estaban conscientes que la compleja realidad de la zona y la
particularidad salvadoreña, atosigada por una administración norteamericana
belicista, no eran los ingredientes apropiados para un desenlace sin vencederos
ni vencidos, pero la insistencia diplomática del Presidente Oscar Arias por
reforzar los objetivos del Grupo Contadora a través de la declaración de
Esquipulas, hacían un llamado a un cese el fuego bilateral, diálogo entre las
partes enfrentadas, suspensión de la ayuda internacional y convocatoria a un
gobierno de reconciliación nacional.
La oferta no tuvo aceptación por parte del gobierno de
El Salvador y Honduras, fuertemente comprometidos y condicionados por la política
exterior de los Estados Unidos. El 7 de agosto de 1987 se reunieron los cinco
mandatarios nuevamente en Esquipulas, y salió la declaración Esquipulas ll, la
cual tuvo pocos efectos en Nicaragua y en El Salvador, puesto que la
Administración Reagan hacía caso omiso y entregaba 270 millones a la Contra
Nicaragüense.
Después de esos intentos fallidos y
los dos ejércitos, el oficial y el FMLN, con el imaginario colectivo de
poder derrotar al oponente, se arribó al año 1989, donde los insurgentes
prepararon la ofensiva final, haciendo acopio de armas de todo tipo, afinaron
estrategia, lubricaron los canales de apoyo logístico, trazaron las rutas de
ataque, de posicionamiento, de retirada en caso de contingencia, se colocaron
los buzones estratégicos y las casas de seguridad. Llegó el mes de noviembre y
se desató la acometida contra la capital, San Salvador.
Los embates se dieron de manera contundentes, las bajas
se mostraban en números muy altos en ambos bandos, alejando las posibilidades
de triunfo para el FMLN y el Ejército Nacional, pero avivando la flama
esperanzadora del diálogo, pues era la opción que quedaba para dirimir las
diferencias.
Entre 1990 y todo el año 1991, se gestionó por parte de
los comandantes del FMLN y el gobierno en turno, reuniones de acercamiento;
también se buscó a las Naciones Unidas para que fungiera como mediador, lográndose
concretar sesiones de diálogo aproximador en San José Costa Rica, Caracas,
Venezuela, Nueva York, EE.UU. y México. Fue el 16 de enero de 1992, con la firma
del Acuerdo de Chapultepec donde se puso fin a la guerra.
¿ Qué logros hubo para El Salvador, ya que la victoria
no fue para ninguno de los dos actores en disputa?
Lo principal, fue el retorno de la política a sus medios
originales, lo cual reposicionó a los actores en conflicto, pero a su vez abrió
los espacios para que los otros cuerpos políticos en evolución se involucraran
en el nuevo diseño del cuadrante democrático que el país exigía.
En el terreno de los acuerdos, se pactó
una depuración de las Fuerzas Armadas, pues ya esta institución había
rebasado los marcos Constitucionales y actuaban al libre arbitrio. La
reinstitucionalización que se da vía la reforma, es un paso para la
reconciliación nacional; asimismo desaparecen los dos contingentes armados:
Guardia Nacional y Policía de Hacienda, quienes actuaban como auxiliares en la
labor contrainsurgente, al igual que la Inteligencia Militar, aparato propio de
los gobiernos de seguridad nacional.
Se evitó el reclutamiento forzoso y se creo la Policía
Nacional Civil, abriendo una posibilidad a
los ex combatientes insurgentes para que pudiesen ingresar a ella, más
no al ejército. En lo económico, se contempló ejercitar acción penal contra
los acaparadores de tierra que se resistieran al reparto, puesto que el límite
Constitucional es de 245 hectáreas, y de esta manera armar un programa para
atender las demandas de los desplazados por la guerra.
Bordando las interpretaciones teóricas del Acuerdo
Chapultepec, se observan las garantías que se ofrecen a los combatientes del
FMLN para desplazarse, organizarse, tramitar licencias para conducir y
participar en la vida pública.
Producto de este acuerdo de pacificación, se convocó a
un ejercicio que abriera una brecha entre el odio y la pasión, y el olvido
fuese el mejor aliciente para aceptar las nuevas reglas del juego y por qué no
competir en un nuevo juego.
Se puso fin a una continuidad de enfrentamientos, de
rupturas y quiebres, para arribar a un estadio de convivencia y confrontación
civilizada, sin olvidar sus principios, ni negar sus convicciones democráticas,
pero esta vez dirimidas dentro de un marco jurídico que garantizara igualdad
de condiciones.
Otro registro de la pacificación, es que sobre el FMLN
no pesa la represión ni la sanción para divulgar a los ciudadanos salvadoreños
qué es lo que realmente sucede en ese país de 21 mil kilómetros cuadrados,
sin romper el marco Constitucional pero con la libertad que le da su plataforma
política y solvencia moral para respaldar lo denunciado.
De esta manera, El Salvador se convirtió en un campo de
lucha de la rearticulación social y la recomposición política, y el FMLN, en
esa marejada, buscó afanosamente acuerpar las intenciones y demandas de
micro organismos sociales autónomos que requerían tejer una red para
llenar de contenido los nuevos espacios políticos.
La intención acuerpadora fue lo que dio vida a la
convergencia, fisurando el ambiente político entre los que persistían por el
estatus quo y los que en verdad luchaban por la democratización de El Salvador.
Sabían los farabundistas que la firma de la paz no
solucionaba el conjunto de demandas que enarbolaban y defendían durante la
guerra; tampoco sentían erubescencia por haber pactado un cese el fuego sin que
el gobierno hubiese solucionado
todo aquello que los insurgentes pusieron sobre la mesa de negociaciones. Pero
de lo que sí estaban seguro los ex combatientes era que el proyecto de nación,
la redefinición de las identidades, la implementación de un modelo económico
más justo, la instrumentación de un Estado de derecho y la competencia abierta
sin cortapisas, se conseguiría a través de la rematrización de la democracia.
Reconocer a la democracia como la matriz que posibilita
la recuperación de contenidos de los grupos sociales, que incentiva el diálogo,
el consenso y la competencia, es aceptar que las puertas de la política se
abren con el noble ejercicio democrático; entonces, el FMLN se decidió a usar
un discurso en que la palabra democracia era el eje matricial para discutir el
rumbo del nuevo Estado, la nación, las autonomías y los asuntos de género;
otorgando licencia a los actores políticos y sociales para discutir y
participar en escenarios más amplios, desbordando la maquinaria burocrática de
los partidos políticos de decisión tradicional e innovando una horizontalidad
fértil para la meta más cercana: las elecciones.
ACUERDO
PARA CESE EL FUEGO EN GUATEMALA
La pacificación en Guatemala, tuvo dos actores orgánicos,
el gobierno, representado por la Comisión Nacional de Reconciliación de
Guatemala - CNR - y la guerrilla, aglutinada en la Unidad Revolucionaria
Nacional Guatemalteca
- URNG -.
Por lo reciente que fue la firma del acuerdo definitivo,
4 de diciembre de 1996, tal pareciera que el
proceso de negociación fue expedito; sin embargo,
las negociaciones empezaron el 30 de marzo de 1990, en Oslo, Noruega, donde las
delegaciones involucradas en el conflicto, expresaron su voluntad política
por encontrar caminos de solución pacífica a la problemática nacional por
medios políticos.
Cabe aclarar, que el término de voluntad política hace
referencia al modo en que las instancias
negociadoras aceptan, celebran o intentan alterar las relaciones de sub y
superorden - el poder de gobernar y la necesidad de obedecer - que se necesita
en toda sociedad (R. Heilbroner, 1996).
Sobre la base de esa voluntad conciliadora, por
reencauzar a la política a sus medios originales, el 24 de abril de 1991, se
dio inició al proceso de negociación
directa - Gobierno de la República de Guatemala y URNG, asumiendo las partes la
responsabilidad de que los acuerdos políticos reflejarían las legítimas
aspiraciones de todos los guatemaltecos y establecerían, con apego al marco
institucional vigente y de conformidad con los acuerdos de
El Escorial, en el cual la URNG y los partidos políticos del país se
comprometieron a promover las reformar de la Constitución Política de la República
que fuesen necesarias para la reconciliación de todos los guatemaltecos, la
finalización del enfrentamiento armado interno y la solución pacífica del
conjunto de problemas de la nación por los medios políticos; el irrestricto
respeto y aplicación de la ley. (Agenda de los Acuerdos, 1994)
El primer paso por la búsqueda de una solución
conjunta, refleja las percepciones y las disposiciones que existen en ambas
partes por bajar los niveles de desconfianza
y evitar
los riesgos que vulneran la identidad de cada actor, en la medida que,
por parte del gobierno, acepta que el conflicto tiene
una naturaleza nacional; que el marco jurídico vigente no posee la
capacidad política para disolver el conflicto, menos aún para digerir la
multidimensionalidad de la guerra nacional, dado que son múltiples los actores
involucrados y amplio los distintos sistemas normativos que requieren
incorporarse en el nuevo reglamentarismo jurídico que salga de la negociación;
en la otra banda, la URNG, acepta discutir en el terreno de la política,
desplazando las armas y reforzando la institucionalidad del sistema político
vigente, sin dejar de lado, la necesidad de introducir cambios que requiere la
nación.
Se observa una negociación que parte de algo, del saldo
de las diferencias, una parte importante en la que los dos actores tienen interés,
voluntad e identidad común, justamente para edificar un diálogo fecundo. No
obstante, la pieza que faltaba por negociar era lo medular, donde uno de los
actores, el gobierno, tenía que
ceder en el aspecto político y en el ejercicio del poder.
Por ello fue notorio que en las negociaciones, los intereses se vieron con
frecuencia inflexible y sujeta a redefiniciones, de tal forma que la
resolución de las diferencias de intereses dependió, en cierta medida, de cómo
las partes se vieron a sí mismas y entre sí (Howard Ross, 1995),
modificándose las percepciones antagónicas bastante arraigadas por la guerra,
pero atenuadas por la voluntad política de encontrar una salida equitativa.
Es de reconocerse que el gobierno guatemalteco tenía una
presión nacional e internacional para resolver el conflicto. La agenda
de W. Clinton para atender los asuntos centroamericanos, tenía un
pendiente, en corchete, sobre la guerra en Guatemala, y que aplazaba en el orden
de prioridad, pero una vez desatados los acontecimientos en México, enero de
1994, con la irrupción del Ejército Zapatista, el corchete fue borrado y quedó
en línea prioritaria la resolución del conflicto, más si tenemos en presente
que el eje identitario entre URNG y Zapatistas es sociocultural.
Otro factor que forzó al Presidente Arzú, fue la presión
de los inversionistas extranjeros y organismos financieros, quienes pidieron una
modernización económica acompañada de una reforma en las instituciones y en
el gobierno, a fin de tener garantías para la inversión futura y el
crecimiento de sus intereses, algo muy propio de los agentes financieros en la
era de la globalización.
En medio de esta operación pinza, se vio forzado a
negociar, pero aprovechó esta contracorriente para legitimarse, alcanzar un
grado de gobernabilidad inusitado y que la comunidad internacional volviera sus
ojos a ese país centroamericano.
La URNG no estaba exenta de presiones, desde la derrota
electoral del FSLN, sintió el peso de la responsabilidad por negociar; sin
embargo, con una habilidad política fue posponiendo y dilatando las rondas de
negociaciones, de marzo de 1990 a diciembre de 1996, seis años que estuvo
maniobrando para que el ambiente internacional no le fuese adverso, por la caída
del muro de Berlín, el desencanto de la política, el desenfreno de la
globalización y la depreciación del socialismo.
Seis años actuando con un arma de doble filo, o una
estrategia de dos caras, atacando militarmente, para reforzar su presencia de
que estaba en guerra y, por otro, asistiendo a conversaciones para demostrar que
estaba dispuesto a retornar a la disputa política. Así aguantó seis años.
Mientras esto sucedía, El FSLN alcanzaba la pacificación en Nicaragua; El
Salvador firmaba su Acuerdo de Paz y asumía la responsabilidad de desenvolverse
en la vida política pública; sólo quedaban
pendientes el Ejército Zapatista y la URNG por negociar en firme.
Un punto prioritario para la URNG, era vulnerar la
concepción monolítica y unitaria del sistema jurídico guatemalteco, cuya
racionalidad ostensiva (O. Correas, 1997) se ciñe a señalar su objeto de
estudio, pero no lo define, de ahí que desconozca la realidad de un mundo
heterogéneo, donde conviven diversos sistemas normativos de comunidades indígenas,
de marginados y grupos sociales
inmersos en el mosaico de la nación centroamericana.
Reconocer que un sistema jurídico unitario en una
sociedad heterogénea, es excluyente y productor
de violencia, invita a asumir una posición frente a un estado de cosas inverosímiles
que ameritan restablecerse, de ahí que la redefinición del Estado guatemalteco
como unidad nacional, multiétnica, pluricultural y multilíngüe, en las
reformas Constitucionales, abrió un espacio de reconocimiento a los pueblos
Maya, Garífuna y Xinca.
No es un mero reconocimiento literal, sino una aceptación
política y social con especificidades espirituales, identitarias, axiológicas,
idiomáticas que sustentan la cultura nacional, por tanto con derechos para
reproducirla, transmitirla y ser oficializada constitucionalmente.
Sociológicamente, la URNG tuvo el talento de reconocer
que la guerra había debilitado la confianza de los indígenas con respecto al
gobierno y la única forma, en ese
momento, de recuperarla, era a través del descubrimiento de nuevos espacios
alternativos, donde el indio pudiese recrearse en los entornos de la vida nacional y obtener así un
reconocimiento y respeto de su estatus.
El reconocimiento no iba ser mecánicamente aceptado, pero le brindaba la posibilidad al
indio de controlar el miedo racionalizando
la incertidumbre.
¿De qué
modo adquiriría esa racionalización? Llenado de contenido político y cultural
el espacio recién creado, asumiendo el riesgo de tomar decisiones ante las
nuevas exigencias que se desatarían en el futuro cercano y reconociendo que el
riesgo es la limitación de la
visibilidad política pero no la destrucción de su identidad, ni de su espacio
privativo.
Moverse en ese espacio recién estructurado, no iba ser fácil
para el indio, más si reconocemos que la habilitación de la Constitución con
las nuevas reformas, reproducía las diferencias, pero reafirmaba las
identidades, por ello el indígena se abrigó en dos campos para poder crecer en
las nuevas relaciones sociales, uno de ellos fue la memoria histórica, que lo
faculta para pensar y actuar con pertenencia; y lo otro, su memoria política
para meditar y intervenir con responsabilidad frente a lo que pasó en la
sociedad y lo que está por suceder.
Es claro para el indio que el entorno es adverso para su
proyección, que las fuerzas de la libre competencia, la saturación de imágenes,
la racionalidad del mercado quebrantan su memoria (histórica y política) y
lo empujan hacia la negación de su pasado, a perder su capacidad de
pertenecer a algo, a no verse insertado en la sociedad
y a
extraviar la clave de acceso al futuro hasta descender al excelso
individualismo.
Pero no todo es nebuloso, también hay nuevas
apropiaciones y una recuperación de espacios que revaloran las identidades locales, religiosas, étnicas y
grupales; que amplían el horizonte para el inicio de un nuevo diálogo que
involucra y posibilita una nueva pertenencia
con la nación y abre el camino a la democracia ampliada, que permitiría
al indio recuperar sus derechos diferenciados en función del grupo, destacando
la autonomía territorial, representación garantizada, derechos de
autogobierno, etc., que reduzcan la vulnerabilidad de las comunidades étnicas.
(W. Kymlicka, 1996)
Otro aspecto básico de la negociación, es lo que
compete al ejército, cuya modificación apunta a reformular la concepción y
percepción misma de los órganos e instituciones del Estado, con miras al
fortalecimiento de la democracia, en armonía con tendencias constitucionales
modernas.
Se le asigna un rol a las Fuerzas Armadas de permanente
servicio al Estado, pero con la particularidad de ente apolítico,
obediente y no deliberante; también una función de defensa de la soberanía
del Estado y de la integridad del territorio. En lo que concierne a los
tribunales militares, ningún civil podrá ser juzgado por las instancias jurídicas
del ejército.
Se observa que a partir del cese el fuego, momento en que
se suspende todas las acciones insurgentes por parte de las unidades de la URNG
y contrainsurgente del
Ejército de Guatemala, ésta institución castrense deja de ser el promotor de
la guerra, abandona su autonomía en los desplazamientos militares, reduce en un
33% sus efectivos y se acoge a los
poderes del Ejecutivo a partir de 1997.
A la policía nacional, se le inhabilita su capacidad
represiva y se le regulará por
medio de una nueva Ley de Orden Público,
bajo la potestad del Ministerio de Gobernación (interior), la cual introduce el
cambio de hacer presente el carácter multiétnico y pluricultural de Guatemala
en el reclutamiento, selección, capacitación y despliegue del personal
policial; además, dirigiendo los esfuerzos
a la profesionalización de una Policía Nacional Civil que en 1999
contará con 20 mil efectivos en todo el territorio guatemalteco y controlando a
las empresas privadas de seguridad, que
en el pasado reciente asumieron el rol de organismos paramilitares.
Los avances más significativos, en la letra, son los que
abordan los nudos conflictivos de la participación y la decisión comunitaria,
ya que por muchos años, la autoridad se impuso verticalmente, desoyendo las
voces de reclamo que los distintos grupos étnicos y sociales, con base en sus
sistemas normativos tradicionales, exigían para que se les tuviese en cuenta a
la hora de tomar una decisión pública que los involucrara en beneficios o
perjuicios sociales.
Se acordó introducir en el cuerpo de reformas, la
responsabilidad del Estado por capacitar a las organizaciones locales para que
puedan participar efectivamente en la resolución de sus necesidades y sugieran
al C. Presidente de la República, los candidatos a ocupar el cargo de
Gobernador, a través de los Consejos Departamentales de Desarrollos, (CDD)
instancias no gubernamentales que actuarían
como espacios deliberativos de las distintas regiones del país.
Se busca con los CDD, urbano y rural, la oportunidad de
regionalizar los servicios de salud, de educación y de cultura de los pueblos
indígenas, asegurando su participación en la identificación de sus
necesidades, el diseño del programa y la supervisión en la aplicación de los
recursos técnicos y financieros.
Se activa un poder decisional que se encontraba latente y
posibilita a los indios que, en su
nuevo rol de actor comunitario, llene de contenido político y cultural
los espacios recién acordado en el documento de pacificación, los
cuales más tardes tendrán que acoplarse en el cuerpo de la Constitución Nacional de
Guatemala.
En esta ola de reforma pro-pacificación, la URNG
introdujo el derecho y reconocimiento de la mujer en la escala actoral,
aprovechando los avances democráticos que se aprecian en América Latina,
el destacado papel que ha desempeñado Rigoberta Menchú Tum y en la necesidad
de examinar el contenido de la "ciudadanía
diferente" por la que ha luchado la mujer, porque últimamente se ha
perdido esta reivindicación en el manto de la identidad ciudadana, por tanto la
identidad plural que debe prevalecer en la sociedad, se centró en los derechos
ciudadanos, sin distingo de género.
Reconoce, el acuerdo, la igualdad de derechos de la mujer
y del hombre en el hogar, en el trabajo, en la producción y en la vida social y
política y garantizarle las mismas posibilidades que al hombre, en particular
para el acceso al crédito, la adjudicación de tierras y
medios productivos y tecnológicos, eliminando en todo el reglamentarismo
jurídico vigentes, las formas
discriminatorias que se señalan en contra de la mujer y promoviendo la
participación de ellas en la
ejecución y control de los planes
y políticas gubernamentales.
Queda, la mujer, en
mejor posición para luchar, para ampliar los espacios y reestructurar
las nuevas demandas que mitiguen la vulnerabilidad de sus asociaciones,
subjetividades y nueva sociabilidad que vienen forjando en su quehacer
cotidiano. La URNG no pudo hacer más
por las mujeres para ubicarla en
mejor posición política, pero sí le abrió el sendero
para que se le reconocieran reivindicaciones legendarias y para
desactivarle los nudos conflictivos que tenían con los hombres, dejándolas en
una plano espacial favorable para reorganizar sus luchas futuras.
Estos son los puntos menudos que se encuentran en el
Acuerdo por la Paz, aunque lo que mayormente se destaca es la responsabilidad
del Gobierno para promover, ante el Congreso,
un proyecto de Ley de Reconciliación Nacional para impulsar y recrear
una cultura de concordia y respeto mutuo que elimine todo revanchismo o
venganza, y que preserve los derechos de las víctimas. Algunas De esto acuerdos
algunos se han cumplido a medias otros han quedado en el cajón del
olvido, pero la insistencia de la sociedad civil organizada está manifiesta y
latente para que la paz llegue a los objetivos primigenios, falta mucho camino
que recorrer, más si nos situamos en la perspectiva de que la paz debe
aproximarse a la justicia social, la asignatura pendiente en Guatemala.
NOTAS
1/ Los militares involucrados en
esta red asociativa para ejercer el poder, son los que tienen el rango de
general y mayor; la clase política, son aquellos que han edificado su liderazgo
a través de prebendas, corrupción y corporativismo en los partidos políticos;
la tecnoburocracia, son funcionarios de carrera en la burocracia estatal y
personal administrativo y técnico de empresas corporativas extranjeras o
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(*) Robinson Salazar Pérez es Doctor en Ciencias Políticas
y Sociales. Es Investigador en la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS), México
y coordinador del programa de doctorado en Ciencias Políticas, bajo convenio
CIDHEM/UAS 1999-2003. Articulista de revistas científicas entre las que
destacan "Espiral de la Universidad" de Guadalajara, México,
"Reflexión política de la Universidad Autónoma de Bucaramanga, Colombia,
y de las revistas electrónicas "Theorethikos",
"Societatis", "Mar y Arena". También coordina la Red
de Investigadores por la democracia Es coordinador de los libros Sujetos y
alternativas contra hegemónicas en el espacio andino amazónico, Comportamiento
de la sociedad civil latinoamericana, y Conflicto y violencia en la
postmodernidad latinoamericana (en proceso).
http://www.librosenred.com/insumisoslatinoamericanos.asp