Del 11-S al 15-F y después:
Por una «gramática» del movimiento ante la guerra global permanente[1]
por
Raimundo Viejo Viñas
[ Institut d'Histoire Economique et Social
(IHES) - Université de Lausanne ]
[ raiviejo@hotmail.com
]
para
J.A. Brandariz y J. Pastor (Eds.)
Guerra Global Permanente: La nueva cultura de la inseguridad
2004
[ Versión 2.1 ]
Sumario:
I.- Guerra global permanente y antagonismo
social: introducción.
II. 15 de febrero de 2003, planeta Tierra:
la «heurística del movimiento».
II.1. A
las puertas de la globalización: la forma-Estado y la crisis de la soberanía
nacional.
II.2. La
génesis del movimiento altermundialista.
II.3. La
guerra global permanente como respuesta al desafío altermundialista.
II.4. La
institucionalización imposible del Imperio.
III.- Política y movimiento en la era de
la guerra global permanente: puntos de fuga.
III.1.- La «política del movimiento».
III.2.-
La dimensión comunicativa y la autonomía imposible de lo político.
III.3.- Globalización y política del movimiento.
III.4.- Identidad y clase en la política del movimiento.
Excurso: Los «nuevos movimientos sociales» y
la experiencia «verde» germano-occidental.
IV.- Por una gramática del movimiento.
IV.1.- La
política como «dominación» y la política como «emancipación».
IV.2.- Kairos: cuando el cronómetro salió del taller.
IV.3.-
Del «obrero-social» al «Kognitariat».
IV.4.-
De las masas a las multitudes: por otra teoría de la agencia.
IV.5.- Problemas con el «interfaz» representativo:
por otra teoría de la organización.
IV.6.- Transición hacia la acracia: por otra
teoría del régimen político.
V.- Referencias
I. La guerra global permanente y
antagonismo social: introducción.
El 15 de febrero de 2003, millones de personas salieron a la calle a lo largo y ancho del planeta para expresar un «NO» rotundo y pacifista a una eventual guerra contra Iraq. Esta iniciativa antimilitarista, originada en el Foro Social Mundial de Porto Alegre, alcanzó unas dimensiones y cualidades que sorprendieron a propios y extraños, marcando un punto de inflexión en el desarrollo histórico del movimiento social. Sus efectos, tan influyentes e inesperados como los resultados electorales del 14-M, han configurado una correlación de fuerzas completamente nueva entre el movimiento social y la autoridad gubernamental; entre el activismo antagonista y el gobierno representativo.
A pesar de no haber podido evitar la guerra, el potencial movilizador antimilitarista del escenario global posterior al 15-F está todavía lejos de haberse agotado. A juzgar por la evolución reciente de la situación en Irak (dificultades en la instauración de un régimen afín, radicalización de la resistencia interna, escándalos por las torturas, etc.), no parece que la contienda vaya a resolverse de manera definitiva y triunfal a favor de las potencias ocupantes. Con todo, los problemas de orden marcial más o menos inesperados, o el gasto creciente de la intervención militar, tampoco han impedido que la guerra global permanente haya proseguido su curso dentro y fuera de Irak.
En rigor, más que la guerra global permanente en sí, lo que está en cuestión es el «modo de mando» (governance) de la misma. De hecho, en última instancia, los costes políticos de la guerra han estado guiando y guían, cada vez más, las estrategias de las potencias en su continua adaptación a un contexto global[2]. A resultas de ello, la tensión entre las exigencias autocráticas que reclama el mando bélico, por una parte, y los riesgos que comporta la participación democrática, por otra, se han hecho evidentes a la vista de todo el mundo, sin que por ello parezca conjurado, empero, el espectro amenazante del estado de excepción permanente[3].
En este orden de cosas, el ejemplo del drástico fin de la Era Aznar ha trascendido los límites de la política española, configurándose como un auténtico punto de inflexión en la definición del modo de mando global a partir del cual resulta inevitable contar con el movimento. Desde esta perspectiva, mucho menos importante que la satisfacción electoralista de las exigencias de quienes se manifestaban el 15-F por parte del PSOE, más parece que haya sido el refuerzo del cuerpo diplomático español lo que finalmente se ha dirimido con la retirada de las tropas de suelo iraquí. Las implicaciones de este hecho no son menores, habida cuenta del impacto que sobre el equilibrio de poderes interno del Estado puede tener el reforzamiento de una opción más atenta a los recursos del derecho internacional que a las exigencias cambiantes del estado de excepción.
Desde el punto de vista de quienes se movilizaron contra la guerra, sin embargo, el cambio de gobierno no ha sido más que una cuestión de táctica política; un paso más en la prolongada lucha contra la guerra global permanente, indistinto de una manifestación o cualquier otra práctica de «política contenciosa»[4]. En vano se intente representar el discurso del movimiento como opción electoral. Lejos de reducirse a las decisiones políticas puntuales del juego democrático-representativo mediante las que opera actualmente el Estado nacional, el movimiento social global se articula en toda su radicalidad democrático-participativa frente a la autoridad estatal como un actor esencialmente transnacional. Por esto mismo, intentar analizar las movilizaciones del 15-F en el marco de la forma Estado se revela antes como un ejercicio ideológico de defensa de la soberanía nacional que como una reflexión sobre lo ocurrido fundamentable en un análisis empírico.
La soberanía nacional, empero, no puede articularse en la crisis del gobierno representantivo que inaugura la guerra global permanente. Así lo demuestra, por otra parte, el elevado abstencionismo de las elecciones europeas. Presentadas ante la opinión pública como una suerte de referéndum sobre la inopinada alternancia gubernamental provocada por el 13-M y, por consiguiente, sobre las dos grandes opciones de mando global presentes en la Unión Europea (eje de las Azores y eje franco-alemán), no parece que un planteamiento tal del debate electoral haya logrado ganar una mayor legitimidad para una opción que para otra. Por el contrario, el éxodo de la política de la representación ha proseguido el curso imparable que comenzó con el tránsito al posfordismo hacia finales de los años setenta y comienzos de los ochenta[5].
Por otra parte, el impacto de las movilizaciones del 15-F sobre la propia realidad del movimiento, apenas ha comenzado a ser asimilado por quienes más se interesan en su desarrollo. Buena parte del movimiento sigue empleando un aparato categorial para el análisis de la política deudor de los siglos pasados y sus épicas emancipatorias, carente de otra referencia al movimiento real que la conservación de su memoria. En el mejor de los casos, lo que podemos observar son diferentes tentativas de readaptación retórica de este mismo aparato a los tiempos que corren, sin que por ello se asuman las transformaciones que hoy invalidan, o cuando menos cuestionan, sus fundamentos teóricos y empíricos.
Y, sin embargo, la urgencia de una reflexión crítica al respecto es cada día mayor. Lejos de limitarse a la necesidad de explicar uno u otro aspecto particular del movimiento, este problema se ve dificultado por la complejidad de un contexto global en plena transformación y en cuyo seno apenas hemos comenzado a balbucear las primeras palabras de un discurso político diferente. En el presente capítulo intentamos dar algunos pasos en el ejercicio de la producción de este otro discurso al que consideramos, desde un punto de vista analítico, como eje constitutivo de una «política del movimiento».
A estos efectos, este ensayo ha sido organizado en tres partes: en la primera de ellas se aborda la que denominamos «heurística del movimiento»[6], esto es, la problemática que evalúa la validez de diferentes tesis al hilo de una primera observación aproximativa a los cambios sociales del presente. Dicha problemática viene marcada claramente por la constelación conceptual que nuclean las nociones globalización, altermundialismo, guerra global permanente e Imperio. Precisar el significado de la globalización no sólo permite una evaluación estratégica de los resultados de la ola de movilizaciones de los años sesenta y setenta, sino que, además, posibilita el diagnóstico subsiguiente del presente estado de cosas en el que, a partir de ahora, habrá de operar el movimiento. Hablar de altermundialismo, guerra global permanente e Imperio, por su parte, hace posible la determinación estratégica del estado actual de las luchas antagonistas.
Asimismo, gracias a este análisis, en la segunda parte nos planteamos diferentes puntos de fuga o hipótesis exploratorias de salida a la situación estratégica del movimiento hoy, sin pretender por ello ser exhaustivos ni concluyentes. No se trata de ofrecer un esquema general omnicomprensivo. Lo que pretendemos con ello, antes bien, es abrir diferentes perspectivas trazando las líneas provisorias de una praxis cognitiva a desarrollar en el seno del movimiento; en otras palabras: el primer borrador de un work in progress movimentista. Partimos así de una apuesta concreta que la lectora o lector informad@s podrán identificar rápidamente por las referencias en las que se apoya[7].
La razón de esta apuesta es triple y parte, en cualquier caso, de su adecuación a la heurística que se bosqueja en la primera parte de este estudio: (1) la globalización resulta de un cambio substantivo que se ha operado en el mundo a resultas de anteriores olas de movilización (tesis de la centralidad de lo político); (2) comprender un cambio de estas características no sólo requiere evaluar conceptos, métodos y teorías heredados de olas pasadas, sino también ampliar el potencial explicativo de lo heredado y producir nuevos instrumentos analíticos operativos (tesis sobre la inmanencia del discurso); y (3), sólo mediante la experimentación aplicada en el seno de la ola de movilizaciones en curso podrá validarse un nuevo aparato categorial (tesis sobre la irreificablidad del movimiento y XI tesis sobre Feuerbach de Karl Marx)[8].
Por último, incardinados en las líneas abiertas en la parte precedente, se presentan algunos «fundamentos» para elaborar la que hemos dado en llamar «gramática» del movimiento. Entendemos por gramática del movimiento el análisis de los elementos del lenguaje político y las combinaciones que de ellos se derivan posibilitando el antagonismo social. Se trata, inevitablemente, de una gramática cuya formalización es sencilla y no exige mayores conocimientos teóricos para ser puesta en práctica, toda vez que cada cual dispone de la capacidad necesaria para desarrollarla por medio de la praxis cognitiva que comporta su ser en el mundo.
Se trata, asimismo, de una gramática que consideramos explícita e inmanente a la vez: (A) explícita, porque tanto sus reglas como las condiciones en que éstas operan (el «presente estado de cosas») deben «explicitarse» mediante los procesos de deliberación política que comporta el procedimiento decisional; (B) inmanente, porque proyecta un conjunto delimitado de proposiciones sobre el conjunto infinito de (re-)combinaciones posibles que informan el discurso político. Aludimos, por lo tanto, a un concepto de gramática, a la par analítico y sintético, que no parte del punto de vista del emisor del discurso, sino de la interacción comunicativa entre éste y su destinatario y, por consiguiente, del «poder constituyente» (Negri, 1994) que surge de su experiencia en común o «comunista»[9]. El fin de la gramática del movimiento, por tanto, no sería otro que el de explicitar este conocimiento implícito de los seres humanos.
II. 15 de febrero de 2003, planeta Tierra:
la «heurística del movimiento».
Existen algunas fechas llamadas a permanecer por largo tiempo en la memoria colectiva. En su condición de símbolos capaces de realizar la significación del evento histórico nos ofrecen un punto de referencia en nuestro propio devenir que bien podríamos equiparar a las estrellas que durante siglos han guiado, y todavía guían, a los marinos en sus travesías por los océanos. Con estas señales en el tiempo y en el espacio aspiramos a determinar las coordenadas de nuestras posiciones políticas, a reconocer los infinitos rumbos posibles del movimiento, a proseguir nuestros propios trayectos vitales. El 15 de febrero de 2003 es una de estas fechas.
A las puertas de la globalización:
la forma-Estado y la crisis de la soberanía nacional.
Si se comparan las movilizaciones del 15 de febrero de 2003 con aquellas otras del 15 de enero de 1991 (ultimatum dado a Iraq para abandonar Kuwait e inicio de la que se conoció como «Guerra del Golfo»), resulta difícil no constatar la profunda transformación que en poco más de una década se ha operado sobre los modos de movilización social a escala planetaria.
Por aquel entonces, la organización bipolar del planeta impuesta por la Guerra Fría se encontraba inmersa de lleno en una crisis terminal. El principal instrumento político de aquel «orden internacional», el Estado nacional, todavía constituía, a pesar de las notables transformaciones en curso, la principal palanca a la que podían recurrir l@s activistas de medio mundo para accionar la movilización social[10]. El carácter «internacional», antes que «global», del propio conflicto bélico no impedía, empero, que la organización de la oposición pacifista tuviese lugar, básicamente, al nivel del Estado nacional. Así lo ponían de manifiesto los principales emisores del discurso militarista recurriendo al uso simbólico del Derecho Internacional como dispositivo legitimador de la guerra y así lo evidenciaron los movimientos pacifistas que en cada Estado nacional se opusieron al conflicto bélico, discutiéndoselo.
Desde un punto de vista analítico, al menos hasta cierto punto, todavía resultaba posible distinguir sin problemas la dinámica específica de cada uno de los movimientos sociales nacionales. Y ello con independencia de la notable transnacionalización que comportaba ya la ola de movilizaciones por entonces en curso. Incluso en el caso de aquellos Estados en los que este mismo proceso había alcanzado una intensidad capaz de provocar cambios de régimen en serie (por ejemplo, las «Revoluciones de Terciopelo» de 1989-1991), el Estado nacional se seguía presentando, bajo cualquier perspectiva, como el principal pivote de la acción colectiva. Dicho de otro modo: sin la identificación y reconocimiento de una o más instituciones del Estado como instancias legítimas y responsables ante los conflictos sociales (la autoridad soberana), la movilización social parecía resultar imposible.
Así, la ola de movilizaciones que culminó con la implosión del bloque soviético puede ser considerada como la última impulsada por el movimiento social nacional antes de su integración definitiva en el movimiento social global (Tarrow, 1991). Muy significativamente (por cuanto tenían en común fuentes de legitimidad compartidas), los nacionalismos de la primera mitad de los años noventa fueron a la par el correlato movimentista de la última reconfiguración del mapa de los Estados nacionales y la exploración contenciosa de los límites de la forma-Estado en la modernidad tardía. En lo sucesivo, sin embargo, la «dialéctica» entre nacionalismo y Estado (Breuilly, 1990) se rompió definitivamente: en el caso de las naciones sin Estado, esto se tradujo en una redefinición de la identidad nacional como subjetividad constituyente y, por lo tanto, como singularidad insubordinable a la lógica territorializante y homogenizadora del Estado nacional. Por su parte, las ambiciones neo-imperialistas de los diversos pan-nacionalismos de las naciones con Estado (de los Estados nacionales) pronto se disolvieron en las sucesivas crisis de soberanía sobre las que se sustenta el proceso globalizador.
En este contexto de crisis generalizada, la guerra global permanente ha venido a configurarse como el dispositivo ordenador de los procesos de transferencia de soberanía del Estado nacional hacia las diferentes instancias supraestatales (G-8, OMC, etc). De hecho, con la desaparición de la Unión Soviética, efectiva tras la dimisión de Gorbachov el 25 de diciembre de 1991, se inauguró la etapa de readaptación del proyecto securitario-militarista que habría de alcanzar su madurez tras el 11 de Septiembre de 2001. Durante este periodo, numerosos campos de experimentación como el balcánico, el palestino o el afgano, por citar tan sólo algunos de los más conocidos, sirvieron de escenarios para la redefinición estratégica militarista. La guerra global permanente fue el resultado final de este proceso y en cuanto tal se encuentra tan estrechamente imbricada en la génesis misma de las tentativas por instaurar un modo de mando global que sin su análisis tampoco resulta posible comprender las transformaciones operadas en los modos de movilización social.
Correlativamente, en la misma medida en que el Estado nacional no constituye ya la principal palanca sobre la que se acciona la movilización social, analizar la «política del movimiento»[11] requiere considerar atentamente la crisis de la soberanía y el desarrollo de los subsiguientes procesos de transferencia de la misma hacia instancias supra-estatales que hace posible la guerra global permanente. Esto no significa, claro está, que el Estado nacional haya desaparecido para dar paso a un Estado o confederación de Estados mundial (basta comparar esta idea con la realidad de Naciones Unidas) o al «neo-imperialismo global» de un Estado nacional particular; empezando por el de los propios EE.UU.[12].
Lo que, en rigor, presupone esta premisa de partida es el reconocimiento explícito del carácter abierto, fluido y contingente de los procesos constituyentes en curso a nivel supraestatal, esto es, de la dinámica de redefinición permanente de las estructuras institucionales dentro de la cual se despliega hoy en día el antagonismo social[13]. Este hecho complica, sin duda y de manera extraordinaria, el análisis de la política del movimiento, haciendo de cualquier tesis interpretativa una propuesta extremadamente provisoria. Sin embargo, en el presente estado de cosas, esta premisa constituye la única opción sobre la que resulta posible abrir un horizonte superador de las limitaciones analíticas que comporta, por definición, el estudio del movimiento social nacional.
La génesis del movimiento
altermundialista.
El derrumbe definitivo del «Socialismo realmente existente» fue seguido por un periodo de transición durante el cual una nueva ola de movilizaciones se fue abriendo camino por todo el planeta. Y aunque las primeras expresiones del que habría de llegar a ser movimiento altermundialista pueden retrotraerse a las vísperas de la caída del Muro de Berlín[14], no es fácil hablar del movimiento como tal con anterioridad a la Primera Declaración de la Selva Lacandona del 1 de enero de 1994, momento en que dio comienzo la insurrección zapatista[15]. Después Seattle (1999) vinieron Praga (2000), Génova (2001) y muchas otras ciudades y fechas que configuran la geografía e historia del altermundialismo en una innovadora autocomprensión del propio movimiento social como proceso histórico transnacional, autopoiético y expansivo, capaz de ir más allá de la propia «lógica del capital»[16].
A partir de la invención, apropiación y uso de las nuevas tecnologías de la comunicación y la información, actores como el propio Zapatismo fueron generando resistencias transnacionales irreductibles a la lógica política del Estado nacional (Cleaver, 1998). La transversalidad de las nuevas formas organizativas sustentadas en modelos reticulares (poco importa si se les denominan rizomas, redes sociales o de cualquier otra manera; Cleaver, 1999) se ha traducido en una deslegitimación vertiginosa de las políticas públicas impulsadas por la globalización neoliberal, correlato a su vez de la crisis del gobierno representativo[17]. Para hacerse una idea de la profundidad alcanzada por este proceso, acaso baste con pensar un momento en la evolución de las connotaciones adquiridas por el término «globalización» en el seno de la opinión pública a lo largo de la última década tan positiva en la primera mitad de los noventa como denostada hoy en día.
Pero, más allá de la lucha inmediata por la apropiación semántica del discurso público, uno de los indicadores más significativos del vigor del movimiento altermundialista ha sido la producción incesante de un «diccionario» político novedoso capaz de dar cuenta de la realidad cambiante de la globalización[18]. De hecho, a medida que la ola de movilizaciones altermundialista ha ido progresando se han ido acuñando paralelamente nuevos términos como «Imperio», «multitudes», «cognitariado» o la propia «guerra global permanente».
No obstante, el diccionario altermundialista no siempre ha comportado una terminología diferente a la manejada por las diferentes tradiciones teóricas que reverberan en el discurso del movimiento. En numerosas ocasiones, la producción de este diccionario se ha traducido en una revisión profunda de la semántica de términos con décadas de historia (imperialismo, revolución, proletariado, etc.). En caso como en el otro, esta profunda renovación del léxico y semántica políticos sigue pendiente en muy buena medida de la elaboración de su «gramática» correspondiente, sin la cual más tarde o más temprano abundarán los excesos ideológicos y se terminará produciendo el debilitamiento de los recursos simbólico-culturales del movimiento.
La guerra global permanente como
respuesta al desafío altermundialista.
La espectacular difusión del «movimiento de movimientos», pronto habría de provocar un giro estratégico en las políticas públicas de seguridad. Más allá del obsolescente Estado nacional, esta espiral de violencia, inducida desde instancias supraestatales ante el desbordante aumento de la práctica de la desobediencia civil, se haría palpable, primero, en Gotemburgo, donde un manifestante sería herido de bala y, poco más tarde, en Génova, donde se produciría el asesinato de Carlo Giuliani. En ambos casos, como en prácticamente todos los demás, las agencias de seguridad han optado por una intensificación de la represión basada en el recurso sistemático a un empleo asimétrico de la violencia[19], siempre favorable a su monopolización por las fuerzas del orden y que prefigura, en todo caso, la espiral terrorista; ya sea por activa, como en el caso del terrorismo policial-militar, o por pasiva, como en el caso de la inducción estatal de respuestas violentas de sectores radicales del movimiento. El 11 de septiembre de 2001 abrirá, finalmente, la «ventana de oportunidad política» que aguardaban las grandes agencias de seguridad para diseñar una contraofensiva de carácter global basada en el recorte unilateral de libertades civiles conquistadas por los movimientos sociales en las últimas décadas de la Guerra Fría (Paye, 2004).
Así las cosas, la crisis del militarismo que se había abierto con el fin de la Guerra Fría (Pastor Verdú, 1990: 53-57) ha venido a resolverse finalmente en la estrategia policial-militar que se realiza a través de la guerra global permanente. Lejos de fundarse sobre la configuración de un nuevo orden mundial basado en el Derecho Internacional (tal y como todavía preveían en 1991 algunos apologetas del «fin de la Historia»), la guerra global permanente, guiada por el estado de excepción como auténtico paradigma de gobierno (Agamben, 2003), se ha configurado como un dispositivo capaz de organizar escenarios institucionales contingentes (alianzas diplomáticas, militar-policiales, etc.), extremadamente dinámicos y siempre definidos en función de procesos de transferencia de soberanía desde el Estado nacional hacia instancias supra-estatales que integran, finalmente, ese espacio decisional global hegemonizado (tan sólo en parte y cada vez menos) por la superpotencia norteamericana.
Ante esta estrategia global y globalizadora de respuesta al desafío altermundialista, la teoría y praxis del movimiento no puede seguir articulándose de manera exclusiva sobre la palanca estato-nacional sin arriesgarse a configurar contrapoderes puramente resistencialistas y conservadores (pocos ejemplos más ilustrativos que el Brasil de Lula). En efecto, allí donde, gracias al dispositivo del estado de excepción, la estrategia policial-militar hace progresar la priva(-tiza-)ción de lo social (el «sin-» como definidor de las figuras sociales de la dominación: sin-trabajo, sin-papeles, sin-techo, etc.), el discurso de una ciudadanía activa y participativa no puede limitarse ya a la mera defensa y reivindicación del ejercicio efectivo de los derechos civiles garantizados por el Estado nacional, tal y como otrora hicieran los movimientos sociales de las tres décadas precedentes a la Guerra del Golfo. La cristalización de la estrategia policial-militarista como tentativa por hacer posible un modo de mando global ha comportado un cambio sustancial que reclama una reformulación profunda de la gramática del movimiento y ello más allá de las constricciones inherentes al liberalismo político y la forma Estado en las que todavía se ha estado desarrollado durante los años posteriores al fin de la Guerra Fría[20].
Dicho con otras palabras: una teoría y praxis del movimiento que no se piense como mero resistencialismo debe partir hoy de considerar como único punto de partida posible la obsolescencia de la forma-Estado, incluso en su acepción liberal progresista occidental de la segunda mitad del siglo XX (Estado nacional, de derecho, democrático-parlamentario-representativo y de bienestar). En la medida en que las instancias institucionales sobre las que antaño se producía el antagonismo social se han transformado en ámbitos de expropiación de soberanía del Estado nacional, resultan imprescindibles nuevos instrumentos teóricos, metodológicos y conceptuales, nuevas prácticas y repertorios de la acción colectiva que, además de dar cuenta de las continuidades y discontinuidades de los últimos años, permitan a su vez una praxis cognitiva autónoma y fecunda, capaz de alterar el presente estado de cosas. En el terreno de lo concreto, esto se traduce, antes de nada, en la necesidad de una crítica exhaustiva de la politología liberal dedicada a la investigación de los movimientos sociales; pero también en la indagación y aprovechamiento de los recursos cognitivos acumulados en la memoria del movimiento.
La institucionalización imposible
del Imperio
El 15-F fue la respuesta del movimiento a una espiral militarista intensificada a nivel global, y no por casualidad, tras el 11-S. Por su parte, los atentados contra el World Trade Center tuvieron lugar poco después de un nuevo salto cualitativo en el avance de la ola de movilizaciones altermundialista, a saber: la contra-cumbre de Génova contra el G-8 (Riera, 2001; Samizdat.net, 2002). Para comprender esta correlación entre el despligue del movimiento y las estrategias represivas dirigidas en su contra al amparo de la denominada «lucha contra el terrorismo», es preciso no perder de vista el orden de la secuencia interactiva entre movimiento y autoridad que comienza con la ola de movilizaciones altermundialista. Asimismo, tampoco conviene descuidar la eventual instrumentalización de las capacidades productivas desplegadas en su seno en la perspectiva de lograr la institucionalización del Imperio. De otro modo arriesgamos a confundir la inmanencia de nuestro propio discurso en el dispositivo legitimador de la lógica preventiva de la guerra global permanente, el estado de excepción y la institucionalización imperial.
Tal es el problema que se ha planteado con el ensayo de Michael Hardt y Antonio Negri (2000), por más que la mayor parte de la crítica a este texto haya escapado a su comprensión contextual, autolimitándose a las mismas prácticas exegéticas de siempre. Concebida en la etapa final de la transición que conduce a la emergencia de la ola altermundialista, la principal tesis de Imperio (la aparición de una forma de soberanía global regida por una única lógica de mando) rápido despertó el interés de defensores y detractores de la globalización. Para los primeros, este texto resultaba particularmente interesante en la misma medida en que diagnosticaba algunos de los puntos débiles en la tentativa de instauración de un modo de mando global. Para los segundos, por el contrario, el principal problema político que suscitaba la obra era la imposibilidad de transponer la noción de Imperio a un régimen político institucionalizado al modo del Estado nacional sobre el que, en su momento, se sustentó el imperialismo. Desde entonces, a medida que el éxito del libro ha ido aumentando (en buena medida sobre la base de las polémicas generadas por estas interpretaciones), los propios autores se han visto constreñidos en numerosas ocasiones a escapar de la lógica de razonamientos ajenos a su intención primera.
En efecto, lejos de producir una praxis cognitiva fecunda, mucho del debate sobre Imperio es deudor de las inercias históricas del movimiento. Paradójicamente (o no tanto), no pocas veces fueron las expresiones movimentistas articuladas sobre la apropiación de esta noción (Tutte Bianche, Disobbedienti, etc.) aquellas que han acometido una crítica más productiva del mismo[21]. Sea como fuere, y dado que el texto fue producido bien pasada la Guerra del Golfo y bastante antes de la Guerra de Kosova, cabe cuestionarse hasta qué punto el Imperio llegará a materializarse finalmente ante nuestros ojos mediante la instauración de un régimen político «constitucional» de algún tipo o si, por el contrario, la liberación de la multitud como constelación de sujetos productivos (no sólo «en», sino también «más allá» del propio contexto en el que se podría institucionalizar un eventual Imperio) llegará a imposibilitar con su lucha la instauración del Imperio mismo[22].
Este es el mismo tipo de problema que se planteaba Lenin cuando, en un contexto bien diferente, criticaba las tesis de Kautsky sobre el «ultraimperialismo» avanzando la posibilidad de una derrota del imperialismo anterior a la instauración de su improbable sucesor (Lenin, [1916] 1945: 77). Consciente de las exigencias estratégicas de su época, Lenin advertía del riesgo de constitucionalización del poder constituyente y razonaba su pronóstico sobre las luchas antagonistas en la propia inmanencia del discurso político del movimiento. No obstante, la posterior conquista y ejercicio del poder estatal por el partido bolchevique (por no hablar ya del salto cualitativo que supuso el paso de la fase leninista a la estalinista), invalidaría su teoría de la organización nucleada en torno a la consabida tríada conceptual «partido revolucionario» (agente), «centralismo democrático» (procedimiento) y «dictadura del proletariado» (régimen); todo lo cual no obsta, en cualquier caso, para que el diagnóstico leninista de la particular heurística del movimiento, tan marcado por la praxis histórica concreta de la experiencia soviética, siga siendo acertado y digno de consideración, mutatis mutandi, a la hora de reflexionar en el actual contexto de debate sobre el Imperio. Así las cosas, el enunciado de una teoría de la organización también se presenta, a día de hoy, como uno de los principales problemas a resolver en el seno del movimiento.
III. Política y movimiento en la era de la
guerra global permanente: puntos de fuga.
Tras haber expuesto a grandes rasgos algunas de las cuestiones de actualidad más destacadas por la «heurística del movimiento», podemos avanzar ahora algunas hipótesis exploratorias pensadas en el ánimo por profundizar en el ejercicio de nuestra praxis cognitiva. Intentamos así ir definiendo algunas nociones útiles al desarrollo del movimiento, indagando al mismo tiempo sus relaciones posibles en el enunciado de un saber del movimiento, o lo que viene siendo lo mismo, de una epistemología de la emancipación. Sobre la base de este trabajo previo, más adelante avanzamos algunos fundamentos útiles a la elaboración de la gramática del movimiento.
La «política del movimiento»
Por política del movimiento entendemos una política que prescinde de la mediación del gobierno representativo y se despliega, en toda su autonomía comunicativa, como auténtico poder constituyente (Viejo Viñas, 2002). Cuando hablamos de política del movimiento, por lo tanto, no nos referimos a una acción colectiva destinada a incidir sobre el gobierno en un sentido u otro. Por más que la influencia de las movilizaciones sociales sobre los procesos de elaboración de las políticas públicas (policy-making) sea uno de sus aspectos más relevantes, reducir el papel del movimiento al de «lobby» o mecanismo de defensa de los «sin-poder» no deja de ser una simplificación interesada destinada a evitar las dificultades teóricas que atraviesan hoy en día los enfoques académicos de inspiración liberal.
En rigor, la política del movimiento ha llegado a articular formas de participación política mucho más complejas que aquellas que facilitaron los partidos políticos en el pasado. De hecho, al igual que a lo largo del siglo XX la «política del partido» alcanzó a integrar la «política de notables» en sus procedimientos, transformándola; la política del movimiento procede hoy a incorporar en su seno, bien que a su manera, la propia política del partido[23]. En este sentido, la experiencia de la «Comuna de Madrid»[24] (VV.AA., 2004: 15-16) ha servido para poner de relieve, precisamente, hasta qué punto la política del movimiento es insubordinable al «Estado de partidos» (Parteienstaat) diseñado en el constitucionalismo de la segunda posguerra mundial (Negri, [1964] 2003).
La razón de esta irreductibilidad radica en la propia crisis actual del parlamentarismo[25]. Al configurarse en la asimetría que dicha crisis abre entre el poder constituyente y el poder constituido, la política del movimiento opera en una lógica procedimental participativa que va mucho más allá de la representación parlamentaria. Gracias a ello, los movimientos logran explotar fuentes de legitimidad que reducen los partidos al rol de apéndices institucionales de su propia política. A diferencia de sus precedesoras, la política del movimiento no se define sobre los dispositivos del juego representativo, sino que lo hace sobre la base de una participación activa muy compleja; participación ésta que se ha facilitado, además, de manera extraordinaria gracias a las nuevas tecnologías de la comunicación y la información.
Pero esto no siempre fue así. A pesar de que las movilizaciones sociales son un fenómeno con profundas raíces en el tiempo, la política del movimiento como tal es algo históricamente reciente; indisociable de las transformaciones sociales que ella misma ha promovido en su desarrollo hasta el presente. El modo de movilización social que se pudo observar en la práctica el 13-M (producción interactiva del discurso en el desarrollo del conflicto sin mediación de intelligentsia alguna; horizontalidad y espontaneidad de la convocatoria, factible gracias el recurso a las nuevas tecnologías; etc., etc.) sólo ha sido posible en un contexto geohistórico particular, impensable hace poco más de una década en un lugar cualquiera.
La dimensión comunicativa y la autonomía imposible de lo político
En el devenir histórico de la política del movimiento, la interacción comunicativa se nos presenta en todo momento como un eje constitutivo capaz de producir la innovación y difusión de formas emancipatorias de hacer política. Ciertamente las expresiones histórico-concretas de este fenómeno han variado enormemente a lo largo del tiempo. Entre los primeros pasquines impresos en los albores de la Edad Moderna y la aparición de Indymedia en el contexto de las movilizaciones de Seattle contra la OMC, un mismo «ejército de desobediencia cuyas historias son armas» (Wu Ming, 2002: 111) ha marchado ante nuestros ojos a través de mil mutaciones; un mismo «infinito de comunicación» (Negri, 1992) se ha revelado una y otra vez como principal fuente de contrapoder. He aquí, pues, la importancia de producir esas historias que son armas, o si se prefiere, ese discurso político diferente que articula la política del movimiento.
El discurso es, ante todo, soporte de la comunicación y ésta el fundamento de la acción política (Marazzi, 2002). Sin embargo, sólo en tiempos muy recientes, con el progreso de la globalización, la comunicación ha llegado a subsumir el conjunto de los procesos productivos, sentando con ello las bases materiales de un cambio sin precedentes: «la entrada de la comunicación y, por lo tanto, del lenguaje en la esfera de la producción constituye, de hecho, el verdadero origen del giro decisivo que, lo queramos o no, caracteriza el presente» (Marazzi, 2003a: 7). Esta relación substantivamente diferente que la globalización ha venido a establecer entre comunicación y producción redimensiona la política del movimiento más allá de los límites en que había sido confinada por la teoría política liberal. Hasta ahora, la comunicación constituía una esfera desdiferenciada de la producción y, por consiguiente, la economía podía ser considerada como una esfera autónoma de la política. Sobre la base de este hecho, el liberalismo ha pensado y, sobre todo, ha podido defender históricamente el ideologema nuclear de su teoría de Estado, a saber: la «autonomía de lo político» (Hardt y Negri, 1994).
Bajo este concepto, puramente ideológico, lo que en realidad se ha venido proclamando sin pudor alguno desde la caída del Muro de Berlín es la pretendida autonomía de la esfera económica respecto a la esfera política; o lo que es lo mismo, la sempiterna voluntad liberal de formular la independencia imposible del capital respecto al trabajo. De hecho, en la misma medida en que la comunicación podía ser situada al margen de la producción, la alienación devenía posible como dispositivo legitimador del trabajo asalariado y fundamento del orden social. En el modelo taylorista de organización, la intuición de Marx al enunciar su concepto de general intellect todavía podía ser conjurada sin que el núcleo de la teoría de Estado liberal saltase en pedazos. Pero en la noción marxiana de general intellect se opera ya un doble razonamiento de inequívoca actualidad para la crítica de las bases materiales de la «sociedad de la información»: por una parte, se introduce la dimensión comunicativa en la esfera de la producción; por otra, se afirma la irreductibilidad de la producción en el capital (Virno, 2003: 77).
Con la entrada del lenguaje en la esfera de la producción, el ideologema liberal de la «autonomía de lo político» ha perdido toda su potencialidad heurística (Tronti, 1998), descubriéndose finalmente como el mito constitucional que en realidad es. Comprender el antagonismo y producir, por ende, la política del movimiento hoy, no es posible ya sin asumir previamente el giro copernicano que, frente a la prédica de la autonomía de la producción (la «lógica del capital»), comporta la afirmación de la centralidad de lo político (el «poder constituyente»). Correlativamente, producir el discurso que articula la política del movimiento desde la centralidad de lo político no resulta posible sin explicitar la importancia de la interacción comunicativa en la construcción del mundo y, por consiguiente, su propia fundamentación productiva.
Globalización y política del
movimiento
Por globalización no se entiende aquí tan sólo la espectacular liberalización de los mercados de los últimos años, como tampoco los intensos procesos de deslocalización de los centros fabriles que han facilitado la emergencia económica del Sureste asiático y otros fenómenos económicos propios del desarrollo capitalista particularmente intensificados en los últimos tiempos. La globalización no es, por tanto, una mera «supresión de barreras» (Beck, 1997) como tampoco es tan sólo una etapa más en la configuración de un «sistema-mundo moderno» (Chase-Dunn, 1999). Desde una perspectiva histórica, todos estos procesos podrían retrotraerse bastante más atrás incluso de la existencia del propio término (hecho éste que, sorprendentemente, no parece plantear mayores problemas analíticos a los partidarios de la conceptualización de la globalización como un proceso histórico de más de cinco siglos).
La globalización es, ante todo, un salto cualitativo en la manera de organizar la producción que resulta de una desterritorialización de los procesos productivos posible gracias a las nuevas tecnologías de la comunicación y la información. En cuanto tal, presupone un cambio de paradigma sin precedentes que pone en cuestión todo el aparato categorial de la modernidad: ¿Qué significa tiempo de producción cuando gracias a la inmaterialización del trabajo resulta posible la simultaneidad de los procesos productivos? ¿Qué quiere decir espacio de producción -la antigua fábrica fordista organizada por el taylorismo- cuando el mundo de la vida ha sido puesto a producir en su integridad? ¿Qué se entiende por producir cuando el lenguaje ha pasado a ser el elemento articulador del trabajo allí donde antes se encontraba una serie de operaciones predeterminada por la mecánica de la cadena de montaje?[26]. Mas allá de la simple «modernización» del tejido productivo, los cambios operados en el tránsito al posfordismo deben ser comprendidos en su conjunto como «crisis-transformación de la sociedad» (Marazzi, 2003a: 10).
La globalización nos sitúa, por tanto, ante el umbral de un nuevo salto cualitativo, ante un nuevo horizonte para la humanidad. En las interpretaciones más arriesgadas de este proceso en curso, Franco Berardi, Bifo, ha llegado a hablar incluso de un «horizonte posthumano» como alternativa al «globalismo inhumano» del presente (2003: 131-156). «Posthumano» o «inhumano», el resultado final del cambio antropológico en curso se encuentra lejos de haber sido decidido; su contingencia es su única certeza y el antagonismo social, el eje sobre el que se decantará finalmente en uno u otro sentido este proceso que informa ya el futuro. Ante esta disyuntiva, la política se redimensiona mucho más allá del Estado nacional, en lo global, como esfera inexorable en la que se despliega el poder constituyente.
Por esto mismo, la «política del movimiento» se presenta hoy como contraparadigma a la «política del estado de excepción» (Agamben, 2001) que comporta la guerra global permanente. Allí donde esta última promueve una sociedad del conocimiento en la que la ciencia opera como dispositivo reificador que permite la expropiación, venta y consumo de los flujos de información y con ello la dominación de unos seres humanos sobre otros, la primera se constituye en el antagonismo social que surge de la posibilidad misma de la «recombinación» (Berardi, 2003: 177), esto es, de una alteración deliberada y consciente de las relaciones entre elementos capaz de producir resultados semióticos y funcionales diferentes a los previstos, o, por decirlo en una sola palabra, de la «subversión» (Dufrenne, 1980). No hay ya, pues, «superación» dialéctica (Aufhebung) por realizar, sino otro mundo posible que es preciso inventar. Tal es el significado último del célebre lema altermundialista «otro mundo es posible». Una praxis cognitiva recombinante es hoy en día un imperativo político de la apropiación en común del mundo.
El sueño decimonónico de Ferdinand Lasalle que veía en la fusión de esos dos polos opuestos de la sociedad, la ciencia y los trabajadores, la posibilidad misma de la emancipación, ha logrado finalmente realizar sus bases materiales en el tránsito al posfordismo[27]. En vano se afanen, pues, algunos académicos en «volver al Museo Británico» (Elster, 1991: 18) buscando refugio ante la «contrarrevolución» (Virno, 2003: 127), tal y como preconizaban los defensores del marxismo analítico en los años ochenta mientras aguardaban en sus despachos de la academia el retorno de la política del movimiento. Ésta, por el contrario, parece haberse sustraído definitivamente a todo desarrollo cíclico en el seno del Estado nacional y se configura hoy como expansión global del poder constituyente.
Las implicaciones analíticas que se siguen de todo ello no sólo vienen a cuestionar cualquier modalidad de saber estato-céntrico concerniente a la política del movimiento[28], sino que ponen en cuestión igualmente los fundamentos políticos de la producción científica en el contexto de la guerra global permanente. Sólo bajo una perspectiva que considere en toda su magnitud el carácter global de las transformaciones en curso resulta posible la producción del otro mundo posible que impulsa el movimiento global. Pero ensayar una perspectiva tal exige llevar hasta sus últimas consecuencias el cuestionamiento de las estructuras cognoscientes sobre las que se asienta la globalización. La gramática del movimiento deviene así no sólo un ejercicio de «comprensión» (Verstehen) del mundo, sino de «transformación» (Veränderung) del mismo.
Identidad y clase en la política
del movimiento.
El reconocimiento de la centralidad de lo político y el fin de la autonomía de lo económico plantean la cuestión inevitable de la agencia que hace posible la política del movimento. A grandes rasgos, las respuestas que se han avanzado por el momento pueden agruparse en tres conjuntos de teorías o enfoques.
El primero de estos vendría a incidir en la idea de que en la sociedad de la información los procesos de subjetivación identitaria no basados en la clase constituyen la única fuente posible para la reconstrucción institucional de un proyecto alternativo de sociedad (Castells, 1997). Al convertir la producción identidad en variable independiente, estos enfoques tienden a negar el fundamento del interés material que subyace a toda política identitaria. Los estudios sobre movimientos sociales nos han demostrado, por el contrario, que no existe identidad alguna operativa en términos de movilización social que no se articule sobre la existencia de una matriz de intereses concretos. Cosa bien distinta es que estos intereses se correspondan con una clase o fracción de clase particular o que resulten de un pacto interclasista más amplio, tal y como suele ocurrir en las diferentes expresiones movimentistas. Pero decir «inter-clasismo» no significa, claro está, decir «a-clasismo».
El segundo de estos grupos de enfoques, ubicado en las antípodas del anterior, consideraría los procesos de subjetivación como la expresión mecánica e inmediata de contradicciones «objetivas» presentes en la realidad social. La realización de un proyecto alternativo sólo podría llegar a resultar de las contradicciones presentes en formación social concebida, a su vez, como un sistema autopoiético regido por dispositivos trascendentales tales como el mercado o el capital (Lazzarato, 2002). Así, obras encuadradas en el paradigma del «sistema-mundo» como las de Beverly J. Silver (2003), por ejemplo, consideran las contradicciones generadas por el capital en su propio desarrollo la clave explicativa de los procesos subjetivación en su conjunto. En este como en otros casos, la producción de la identidad es convertida en una variable dependiente, negándose con ello la dimensión comunicativa de la política en el seno de los procesos productivos. Bajo esta perspectiva, la explicación de aspectos dependientes de la comunicación como el propio interclasismo al que nos referíamos, por ejemplo, es soslayada directamente mediante argumentaciones de corte estructural-funcionalista. La teoría de la agencia parece haber sido olvidada en algún recóndito lugar de la «black-box» capitalista.
Un último conjunto de aportaciones, originadas a medio camino entre el operaismo italiano y el postestructuralismo francés, ha intentado abordar el problema de la agencia partiendo de considerar la producción de la identidad como clave decisiva en el despliegue de las luchas antagonistas. Para este tercer grupo de enfoques, los procesos de subjetivación operan como una variable interviniente que interviene en el seno de la política del movimiento articulando matrices de intereses. La realización de un proyecto alternativo de sociedad dependería en última instancia del propio desarrollo del conflicto político. Las identidades resultantes serían, por consiguiente, identidades contingentes, no substantivas ni reificables, constituyentes, o, si se prefiere, «singularidades cualesquiera» (Agamben, 1990). Como tales, sólo resultan operativas en virtud de las matrices de intereses de clase que son capaces de articular mediante la interacción comunicativa en el seno de los procesos productivos. De igual modo, la articulación de estos mismos intereses y con ello de un proyecto alternativo de sociedad, dependen en última instancia de su acierto en la expresión del antagonismo social.
Así las cosas, elaborar hoy una teoría de la agencia, o, si se prefiere, una respuesta al problema de los procesos de subjetivación que se inserte en una gramática del movimiento parece radicar antes de nada en la formulación de hipótesis que den respuesta a cuestiones como ¿quien y cómo conforma el movimiento por medio de su participación en las movilizaciones?, ¿cuál o cuáles pueden ser las figuras de clase que protagonicen hoy el antagonismo político y realicen el proyecto emancipatorio?, ¿de qué manera puede definirse un ámbito estratégico que facilite el despliegue de los procesos de subjetivación emancipatorios?
Excurso: los «nuevos movimientos
sociales» y la experiencia «verde» germano-occidental.
A finales de los años setenta, el epicentro de la ola de movilizaciones que recorría Europa desde los sesenta comenzó a desplazarse de Italia hacia Alemania (Bologna, 1999: 18-21). A lo largo de la década siguiente, tuvo lugar una profunda renovación del movimiento social impulsada por las movilizaciones pacifistas, feministas, ecologistas y de cuantos movimientos vendrían a intentar ser reificados en flamantes «objetos de investigación» bajo la etiqueta académica «Nuevos Movimientos Sociales» o NMSs, por evocar aquí la afición a las siglas del marketing académico propia del momento. Esta renovación prefiguró en buena medida lo que habría de ser la política del movimiento posterior y de ahí su interés actual.
La irrupción de estos movimientos en la política alemana había supuesto una fuerte sacudida para un régimen político que hasta entonces se había considerado todo un modelo de integración social (el célebre «Modell Deutschland» socialdemócrata de la Era Brandt). El carácter novedoso de estos movimientos, así como la diversidad de las subjetividades que los constituían (feminista, ecologista, pacifista, etc.), pronto se convirtieron en tema de inagotables controversias teóricas acerca de sus posibilidades de «institucionalización», la política de la identidad y demás cuestiones que se incardinaban, a su vez, en los debates de la teoría política del momento.
En este contexto, a finales de los años ochenta tendría lugar en el seno de la academia alemana un controvertido debate acerca del propio estudio científico de estos «nuevos movimientos sociales». En el artículo que abriría la polémica (Greven, 1988), se ponían en cuestión varios problemas teóricos que hoy, tres lustros más tarde, todavía siguen en buena medida pendientes de solución. Nos interesa destacar aquí básicamente uno de ellos: la relación conflictiva entre la institucionalización de la «investigación sobre el movimiento» (Bewegungsforschung) y su proceloso «objeto» de estudio; pero no tanto en los límites conceptuales que predeterminan estas nociones, como en la perspectiva contenciosa de la emergencia de nuevas figuras sociales vinculadas a la sociedad de la información y su particular «ciencia del movimiento» (Bewegungswissenschaft)[29].
En efecto, buena parte de la crítica académica de Michael Th. Greven partía de constatar la excepción curricular de quienes se dedicaban a los estudios sobre movimientos sociales. Fuertemente implicados en su «objeto» de estudio, las publicaciones de estos científicos singulares no se veían tan condicionadas por las exigencias de las carreras académicas como las de otras áreas de investigación (Greven, 1988: 51). «Hermetización» del conocimiento y «ghettización» en el mundo científico eran las principales consecuencias denunciadas por este autor, a la sazón un relevante académico del momento. Las réplicas de Roland Roth y Dieter Rucht (1989), por una parte, y Karl-Werner Brandt (1989), por otra, se limitaron desafortunadamente a una respuesta meramente defensiva, y hasta cierto punto corporativista, que en última instancia venía a poner de relieve la pérdida creciente de autonomía de la ciencia del movimiento que se estaba operando ya a través del debate sobre la institucionalización de los movimientos sociales[30].
El trasfondo político de todo este debate académico tiene mucho más que ver con la historia particular de los nuevos movimientos sociales y sus protagonistas en la República Federal de lo que en principio se pudiese pensar. A diferencia de los años sesenta y setenta, la reacción estatal de los años ochenta a las movilizaciones sociales tuvo lugar en un contexto político mucho más adverso marcado por el giro conservador que se inicia con la llegada al poder de Helmut Kohl en 1982 (Koopmans, 1993). Los nuevos movimientos sociales deberán hacer frente entonces a una doble dinámica estatal/social de integración/represión que los terminará escindiendo en las estrategias «institucionalista»[31] y «autónoma»[32].
Así, por una parte, los sucesivos éxitos electorales de Die Grünen (Los Verdes), el «partido anti-partido» formado por militantes de los movimientos, permitirían que se fuese formando una elite de origen movimentista adecuada a las exigencias del gobierno representativo (diputados, asesores académicos, periodistas, etc.). Mientras tanto, por la otra parte, una espiral de violencia estatal abocaba a la radicalización de las luchas de base y al incremento del disenso en los debates estratégicos internos del movimiento. La inesperada caída del Muro de Berlín y el acelerón neoconservador que seguiría a la II Unificación de Alemania harían el resto, provocando la escisión definitiva entre los movimientos y su principal plataforma electoral, Die Grünen[33].
El éxito de la política de «cooptación de elites» inducida desde el Estado modificando las estructuras del régimen político facilitaría finalmente el giro conservador neoliberal de la segunda Era Kohl (1989-1998) y aceleraría la transformación subsiguiente del proletariado tardofordista en el cognitariado de la sociedad global de la información posfordista. El regreso al poder de los socialdemócratas, apoyados ahora por los verdes, no modificaría esta tendencia, tal y como demuestran, por demás, las políticas públicas gubernamentales más directamente implicadas en la «modernización» del tejido productivo[34]. Con todo, es de reseñar igualmente la velocidad con que se están produciendo nuevas formas de resistencia social, expresión del antagonismo global.
De esta suerte, tampoco parece que el mundo germánico haya podido a escapar a las transformaciones estructurales en curso. Más aún, la mayor resistencia del neocorporativismo alemán a la globalización está convirtiéndose de alguna manera en su propio talón de Aquiles y explica en muy buena medida el actual proceso de stagnación de la primera economía de la Unión Europea. Las recientes movilizaciones sociales de diverso signo, así como la crisis abierta entre elites gubernamentales y sindicales en el seno del partido socialdemócrata, evidencian un equilibrio político inestable, propio de una crisis cuyas raíces llegan hasta el corazón mismo de la constitución material del país. En este orden de cosas, nociones centrales para el proyecto social-liberal como «nuevo centro» o «tercera vía» no han tenido mayor fortuna que «globalización». Muy al contrario, su deslegitimación en el discurso público se ha producido con mayor rapidez aún de la que cabía esperar, poniendo de relieve la pérdida de credibilidad de los think tanks gubernamentales.
El valor del ejemplo alemán radica precisamente en los nítidos perfiles que adquiere en su seno el impacto de la globalización sobre la expresión más acabada del movimiento social nacional. Los «nuevos movimientos sociales» que irrumpieron en la política alemana durante la década de los años ochenta pusieron de relieve aspectos tales como (1) la proliferación de múltiples subjetividades constituyentes en el seno de los procesos productivos, (2) la imposibilidad de reificar los movimientos como «objetos» de estudio académico, (3) la necesidad de producir la ciencia «en» y no «sobre» el movimiento, (4) la necesidad de la experimentación de formas de democracia participativa, (5) los riesgos de cooptación institucional de elites del movimiento y aun otros que a buen seguro escapan a esta sucinta enumeración. Esta experiencia movimentista germano-occidental, considerada aquí en su condición de etapa final de la ola de movilizaciones fordista, permite indagar, por tanto, en los orígenes de la política del movimiento actual y en las condiciones materiales de su propia producción.
IV. Por una gramática del movimiento.
«Es kann keine
gröbere Beleidigung, keine ärgere Schmähung gegen die Arbeiterschaft
ausgesprochen werden als die Behauptung: theoretische Auseinandersetzungen
seien lediglich Sache der "Akademiker". Schon Lassalle hat einst gesagt: Erst wenn
Wissenschaft und Arbeiter, diese entgegengesetzten Pole der Gesellschaft, sich
vereinigen, werden sie alle Kulturhindernisse in ihren ehernen Armen erdrücken» [35]
Rosa Luxemburg, Sozialreform oder Revolution?
([1899] 1990: 371).
«Il faut une science politique
nouvelle à un monde tout nouveau»[36]
Alexis de Tocqueville, De la démocratie en Amérique
([1835] 1986: 44)
«Die Philosophen haben die Welt
nur verschieden interpretiert;
es kommt aber darauf an, sie
zu
verändern»[37]
Karl Marx, Thesen
über Feuerbach ([1845] 1956: 7)
La política es una pasión vital de la ciudad; la ciudadanía, una forma de vida apasionada por la política. En algún momento indeterminado del pasado, hace miles de años, el «rizoma humano» (Deleuze y Guattari, 1980) comenzó a modularse espacialmente en una constelación de ciudades siempre creciente. Desde entonces, nuestra historia natural no ha dejado de ser una historia de «las cosas de la polis», de la política y, por ende, del permanente conflicto de intereses que ésta comporta. La importancia decisiva del surgimiento de la ciudad, o de la sedentarización si se prefiere, radica en que abrió un nuevo horizonte ontológico para la especie, transformándola, irremisiblemente, en «ser humano». La aparición de la ciudad supuso, por lo tanto, un punto de no retorno para el homínido; el traspaso de un umbral más allá del cual su relación con el medio y, por ende, su propia naturaleza, vino a ser modificada de manera sustantiva y definitiva[38].
El año que viene, aunque tal vez ahora mismo, o quizás hace apenas unos días o unos meses, poco importa, los seres humanos que habitan ciudades habrán superado por vez primera a quienes viven fuera de ellas (Davis, 2004). A pesar de la prolongada gestación de la ciudad como dispositivo que articula espacialmente la vida humana, el momento crítico e irrevocable de su despliegue es históricamente muy reciente y se encuadra precisamente en el proceso que conocemos como globalización. En este sentido, la imbricación de la urbanización en el devenir global conlleva una cesura geohistórica o salto cualitativo espacio-temporal que, a su vez, prefigura un redimensionamiento de la política sin precedentes. Al intentar elaborar una gramática del movimiento, nos ubicamos precisamente ante la exigencia de construir un aparato categorial que sea capaz de dar cuenta de este mismo redimensionarse de lo político más allá de las limitaciones ideológicas que hoy imposta el modernismo.
Kairos: cuando el cronómetro salió
del taller.
En los últimos años, no se ha cesado de insistir, una y otra vez, en la importancia decisiva de los cambios ventajosos que se han introducido en la sociedad gracias al desarrollo de las nuevas tecnologías. Un breve repaso del discurso mediático articulado alrededor de la new economy basta para darse cuenta de ello. Esta retórica del progreso tecnológico, sin embargo, contrasta con la dificultad creciente que se tiene para explicar las paradojas que resultan de la contradicción entre el mayor dominio del mundo que se presupone asociada a este progreso, por una parte, y la ineluctable crisis de lo político, por otra. De esta suerte, la modernidad termina sucumbiendo ante su propio mito prometeico y el discurso sobre el mando global se nos revela, finalmente, como el correlato invertido de la creciente ingobernabilidad del mundo que prefigura la crisis de lo político como apropiación institucional del poder (Rancière, 2004).
En rigor, los cambios sociales introducidos con la globalización tienen un impacto mucho más profundo de lo que los enfoques más o menos neo-institucionalistas de la política alcanzan a explicar y que atañe, en última instancia, a toda una concepción del poder. De hecho, para comprender el alcance de la transformación de lo político que comporta la globalización y elaborar, por consiguiente, un aparato categorial heurísticamente capaz de reubicarnos en el mundo de hoy, es preciso, antes de nada, tener presente la naturaleza del cambio espacio-temporal que se opera con la introducción del lenguaje en la producción.
Gracias a trabajos como los de Benjamin Coriat, entre otros, sabemos que cuando el cronómetro entró en el taller tuvo lugar una transformación sin precedentes de la concepción espacio-temporal del mundo (Coriat, 1979: 12). La fábrica fue el centro sobre el que se articuló esta nueva concepción y desde el que se extendió al resto de la sociedad, configurándola a su imagen y semejanza: los ritmos de la vida se hubieron de acomodar al tiempo del cronómetro. Este cambio de concepción no surgía de la nada, sino que venía a ser la consecuencia directa de la readaptación estratégica de la organización de la empresa capitalista al desafío lanzado por el movimiento obrero a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX en los países industrializados. Sus consecuencias nos son conocidas: una importante crisis en la estructura de clases de las sociedades industriales marginaría la figura del «obrero-profesional» y lo remplazaría por aquel otro que el operaismo italiano habría de identificar como «obrero-masa» (Tronti, 2001). A nivel institucional, la principal expresión organizativa de esta nueva figura habría de ser el «partido obrero», al que, por demás, el constitucionalismo de la segunda postguerra mundial consagraría un importante papel en el seno del «Estado de partidos» (Parteienstaat).
Con el progreso de la nueva ola de movilizaciones de los años sesenta, sin embargo, esta centralidad del obrero-masa vendría a ser cuestionada desde el interior mismo del movimiento y con este cuestionamiento también llegaría la búsqueda de una nueva articulación del mundo de la vida. No por casualidad, entre las reivindicaciones sindicales de la época acabarían cristalizándose en lemas como el célebre «trabajar todos para trabajar menos y vivir mejor». La respuesta patronal no se haría esperar y desde finales de los años setenta tendría lugar una nueva reorganización de la empresa, orientada a capturar la potencialidad constituyente del que se conocería como «obrero-social» (Negri, 1981) y que, en rigor, no era ya una figura unitaria, sino una auténtica eclosión de múltiples singularidades no sujetas al tiempo y espacio fabriles (jóvenes, parados, estudiantes, etc). Su expresión organizativa ya no era el gran partido obrero de masas, sino una constelación de diversas organizaciones vinculadas entre sí de manera más o menos articulada y con notables relaciones más allás de las fronteras del propio Estado nacional.
El modelo de reorganización empresarial consiguiente seguiría este éxodo de la fábrica, adaptándose a sus exigencias desterritorializando la producción, robotizando los procesos productivos, etc (Coriat, 1990). Las nuevas tecnologías de la comunicación y la información harían posible el resto, integrando el lenguaje en la producción y, con ello, el mundo mismo de la vida[39]. Al subsumir los procesos productivos en la comunicación, cada interacción humana se convirtió en una actividad productiva. El tiempo y el espacio de la producción cambiaron radicalmente ya que, desde entonces, tendieron a solaparse cada vez más con los ciclos vitales del ser humano. Este solapamiento, sin embargo, no podría completarse sin provocar una subsunción completa de la vida en el capital. Una subsunción semejante, en la misma medida en que la producción se sustenta sobre el conocimiento (sobre el lenguaje), no es, sencillamente, posible, toda vez que dos espacios nunca pueden solaparse en un único punto sin sustraerse a la actividad del tiempo («La proposición que establece el vínculo entre el conocimiento y lo real, entre el gesto de nombrar y aquello que se nombra, será por consiguiente verdadero cuando se funde sobre la identidad de sujeto y predicado. Pero, "identidad" significa que dos cosas se superponen en el espacio, que se encuentran una sobre la otra en un mismo punto del espacio»; Negri, 2001: 13).
Cabe entonces preguntarse: ¿cuál es la naturaleza de este tiempo o, mejor dicho, de este espacio-tiempo en el que se ha de definir la gramática del movimiento? Para responder a esta cuestión hemos de partir de la afirmación del carácter no cuantificable de este espacio-tiempo, de la imposibilidad de su formalización. No hablamos, pues, del chronos, étimo de aquel cronómetro que entró en el taller, sino de kairos, el «tiempo de la sabiduría». Tal y como nos recuerda Immanuel Wallerstein, kairos es el espacio-tiempo de la «crisis» y la «transición» (Wallerstein, 1995: 169); el lugar y momento exactos en que se nos plantean «decisiones morales fundamentales» de las de no podemos escapar (ibid: 170), las dimensiones últimas de la vida que configuran nuestro ser en el mundo.
La política como «dominación» y la política como «emancipación».
A diferencia de lo que presupone John Holloway (2002), al principio no es el grito, sino la vida, el elan, el deseo. Primero nacemos, después gritamos. Y lo hacemos porque desde el preciso instante de nuestro nacimiento, desplegamos nuestra existencia en un medio en el que queremos llegar a ser. Pero el medio existe y determina nuestra consciencia de forma violenta. Cada cual debe construirse socialmente en el conflicto que comporta la existencia. El grito, por tanto, sólo puede surgir del dolor que nos inflinge el descubrimiento individual del límite a la posibilidad real de intentar la apropiación en común del mundo. Esto no impide, en cualquier caso, que todo límite que se descubre no sea reconocido más que con el objeto de ser rebasado. El punto de partida de la reflexión teórica, por consiguiente, no puede ser «la oposición, la negatividad», por más que sí lo sea «la lucha» (Holloway, 2002: 11). Por otra parte, la lucha (la política) es una actividad intrínseca a la condición del ser humano y, por consiguiente, no es tan sólo negación, sino también invención y difusión interactiva (Lazzarato, 2002: 39-44); recombinación, en definitiva, de los elementos que informan lo real como resultado de una voluntad de apropiación en común del mundo.
El dolor que nos inflinge el descubrimiento del límite a nuestra propia existencia, sin embargo, no es igual para todos (no todos gritamos igual ni en la misma medida, a pesar de que todos gritamos). La constatación de esta asimetría del dolor es lo que nos permite determinar la injusticia del mundo. La vida es el motor de la lucha contra esta injusticia; ella es, al desplegarse en el mundo, la que produce el valor y la consciencia de la contradicción subsiguiente entre lo que es y lo que debería ser. Así, en un mundo que se verifica como injusto a través de la experiencia vital, la política ha de ser, necesariamente, conflicto de intereses entre quienes se benefician de la asimetría del poder (la capacidad real de llegar a ser), y quienes son perjudicados por ella.
Esta diferencia de perspectiva ante el ser en el mundo entre quienes se benefician y quienes son perjudicados por la asimetría del poder produce a su vez dos concepciones antagónicas de lo político. Por una parte, se encuentra aquella concepción que considera la política como el arte de la preservación de las asimetrías presentes en lo realmente existente, esto es, la política como «dominación» o Herrschaft, al decir de Max Weber. Por tal se entiende aquí la aspiración al gobierno del otro. La noción de lo político que se sigue de esta perspectiva, alcanza su más rotunda expresión en la definición neoweberiana del concepto de «poder», inspirada en la obra temprana de Robert A. Dahl (1957) y de uso corriente en el mundo académico: «X tiene poder sobre Y en la medida en que (1) X es capaz de conseguir, de un modo u otro, que Y haga algo (2) que es más del agrado de X, y que (3) Y no habría hecho de otro modo» (Goodin y Klingemann, 2001: 27). El poder se define, por consiguiente, como el ejercicio efectivo de la dominación sobre el otro[40].
Existe, por otra parte, una concepción alternativa que se contrapone a las asimetrías de poder en lo realmente existente y que identifica, en la lucha por la restitución de un deber-ser, la posibilidad última de un poder llegar a ser. En otras palabras, la política es entendida bajo esta óptica como un proceso inmanente de lucha por la emancipación o, si se considera más oportuno, de «liberación de la dominación». Tal era la concepción que Marx y Engels tenían in mente al definir comunismo: «El comunismo no es para nosotros un estado de cosas que deba ser instaurado, un ideal hacia el que se haya de orientar la realidad. Llamamos comunismo al movimiento real que supera el presente estado de cosas» ([1845-1846] 1970: 223). En contraposición a la política como dominación, la política como emancipación no aspira al gobierno del otro, sino a una interacción creativa fundada en la construcción en común del propio ser; según la máxima de Louis Blanc: «de cada quien según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades». Dicho en otras palabras, la política como lucha por la emancipación no puede ser sino afirmación de la acracia como régimen político del comunismo.
Esta concepción de la política como lucha por la emancipación no sólo no se somete a «dispositivo trascendental» alguno (Lazzarato, 2002), sino que se reconoce en su propia inmanencia como antagonismo (Hardt y Negri, 2000). Más aún: allí donde la política como dominación se configura sobre la heteronomía del poder constituido, la política como liberación de la dominación se afirma en la autonomía del poder constituyente. Una gramática del movimiento ha de generarse necesariamente a partir de esta misma matriz emancipatoria sin la cual se convertiría en un mero constructo ideológico y, por ende, en dispositivo legitimador de un poder constituido[41].
Del «obrero-social» al
«Kognitariat».
En una sociedad en la que se han asentado las bases para otro modo de producir más avanzado que el actual (su constitución material), pero todavía no se han instaurado las instituciones correspondientes (su constitución formal), el trabajo se convierte en un fin en sí mismo, justo en la misma medida en que deviene innecesario[42]. El agotamiento espacial del capital que hace posible la globalización, inaugura la modalidad temporal (kairos) de la transición. Cuando esto ocurre, la política del movimiento vuelve a desplegarse en el centro de las relaciones sociales que determinan la producción del mundo en toda su potencialidad constituyente. No ya como lucha por el salario en el marco de relación predeterminado por el capital y su «lógica», sino como redefinición posible del conjunto de la organización social considerado en toda la multidimensionalidad creativa del mundo de la vida.
La elaboración de una gramática del movimiento no sólo requiere, por tanto, redefinir el propio significado de la actividad productiva más allá del «trabajo», sino determinar la ubicación de éste en el conjunto de lo social de tal suerte que la emancipación devenga posible. De hecho, el trabajo, tal y como lo conocimos, se extingue. Pero su reparto no se realiza suprimiendo la explotación de una minoría meguante de trabajadores, ni evitando la marginación del resto de los seres humanos. Bajo esta perspectiva, podemos afirmar con Jacques Rancière: «La emancipación es una salida de la minoría. Pero nadie sale de la minoría social, sino por sí mismo. Emancipar a los trabajadores no es hacer aparecer el trabajo como principio fundador de la nueva sociedad, sino hacer salir a los trabajores del estado de minoría (...)» (2004: 90).
Por otra parte, la inmaterialización de los procesos productivos y su subsunción en los flujos de comunicación social reducen cada vez más la parte de la fábrica en la creación del valor e incrementan la relevancia de la expropiación del mundo de la vida (Rullani, 2000). Piénsese en un ejemplo tan sencillo como el que nos puede brindar un éxito discográfico o cinematrográfico. Sabido es que la promoción y distribución del producto acapara un monto creciente y que de sus logros depende en muy buena medida el balance final. Las razones últimas del éxito comercial de uno u otro producto, sin embargo, siguen escapando a las técnicas de marketing más sofisticadas, evidenciando con ello la impotencia heurística de la economía política frente a la psicología económica (Lazzarato, 2002). Si se quiere alcanzar a identificar, por tanto, la figura de clase que opera en la política del movimiento, es necesario partir de reconsiderar en toda su amplitud los procesos de subjetivación que se han desencadenado con la globalización.
En efecto, las luchas de los años sesenta y setenta se llevaron consigo sucesivamente figuras del antagonismo como la «intelligentsia militante» (Marcuse, 1969), el «obrero social» (Negri, 1981) o el «proletariado juvenil en formación» (Berardi, 1997) y dieron paso, en su lucha contra la restructuración posfordista, a la formación de otras como el Kognitariat (Berardi, 2003)[43]. Al definirse en virtud de su capacidad para crear y difundir flujos de información, el «cognitariado» se constituye como la figura de clase por excelencia bajo el mando capitalista de la sociedad de la información. Allí donde el proletariado se configuraba en la dependencia del capital respecto a la fuerza de trabajo y su propia reproductividad (la "prole"), el cognitariado surge de los procesos de subjetivación inscritos en las luchas sociales posfordistas y en la dependencia subsiguiente del capital respecto al mundo de la vida. Pero, si tal y como apuntamos anteriormente, el obrero social no era ya una figura unitaria, sino más bien una constelación de subjetividades constituyentes que resultaban de la negación de la fábrica fordista, el cognitariado se afirma hoy ontológicamente como figura de clase en la multitud; su constitución no es sino aceleración de la potencia que permite recuperar el dominio sobre el mundo de la vida.
De las masas a las multitudes: por
otra teoría de la agencia.
El altermundialismo constituye el desafío más consistente y definitivo que se haya lanzado contra la forma Estado hasta el presente. Cada acción altermundialista socava los cimientos de su soberanía, cuestionando con ello la posibilidad de un mando global. A diferencia de las expresiones geohistóricas de la política del movimiento que le han precedido (desde las primeras revueltas de la Historia moderna hasta los «Nuevos Movimientos Sociales»), el altermundialismo no aspira a la conquista del poder del Estado (Holloway, 2002), sino a la subsunción de éste en la política del movimiento. Ciertamente, esto no significa que en el interior del altermundialismo no existan fuerzas políticas que aspiren a poder llegar a realizar algún día, de algún modo, la reductio ad unum de lo que hoy no es más que puro contrapoder. En cuanto que expresión de la política del movimiento, el altermundialismo no es, empero, una masa informe que sea preciso estructurar[44], como tampoco es, siquiera, la expresión política de un momento negativo de la dialéctica al que habrá de seguir una nueva «superación de la contradicción» (Aufhebung) conducente al «comunismo»[45].
La razón es tan sencilla como (aparentemente) difícil de asumir: el altermundialismo, por su propia etimología política, se resiste a toda constitucionalización. El poder heurístico de la expresión «otro mundo es posible» como fundamento de la crítica del presente estado de cosas radica, precisamente, en que no aspira a substantivar un eventual mundo alternativo mediante la elaboración programática; lo que no obsta para que éste sea el deseo del mando global, tan necesitado de la capacidad creativa del movimiento para poder desarrollar sus políticas públicas. Por el contrario, mediante esta expresión, la política del movimiento tan sólo aspira a constituirse como potencia, a abrir un horizonte de cambio social. Y la constitución de la potencia no puede ser sino «la experiencia misma de la liberación de la multitudo» (Negri, 1994: 408). Comprender el desafío altermundialista requiere, por lo tanto, ir más allá del horizonte que la forma Estado nos impone en la definición estratégica de la política del movimiento.
En este orden de cosas, la experiencia histórica del siglo XX se nos presenta hoy como un punto de inflexión estratégico a partir del cual la conquista del poder del Estado pierde todo sentido y deviene ejercicio efectivo de la dominación. Y esto no sólo por el hecho, empíricamente incontestable, de que todos los procesos revolucionarios protagonizados por las masas han abocado finalmente a una forma u otra de régimen político autocrático (de la URSS a China, pasando por Cuba), sino también, porque, como decía el lema del movimiento autónomo italiano del 77: «la revolución ha terminado, hemos vencido» (Berardi, 1997: 49). Aunque con anterioridad a la globalización, la lectura de este lema no pudiese dejar de presentarse como un mensaje críptico, hoy podemos constatar la vigencia de la afirmación que comporta, a saber: que la «revolución política», entendida como conquista del poder del Estado, no puede suplantar a la constitución de lo social. Después de todo, a lo largo del siglo XX las masas hicieron su propia «revolución social»[46] y se convirtieron en multitudes.
En efecto, el incremento constante de la productividad facilitado por el desarrollo del general intellect que ya Marx intuía en su célebre fragmento sobre las máquinas ([1857-1858] 1953), permitió que se iniciase el éxodo de la fábrica y, con ello, la reconfiguración del espacio-tiempo de la producción. El resultado fue la eclosión de toda una serie de procesos de subjetivación que en vano han intentado ser reificados por medio de las diversas expresiones identitarias del comunitarismo. Muy al contrario, a través de reconocimiento de la diferencia, las masas de otrora desplegaron el principio de individuación en el seno del movimiento alcanzando con ello a formular una nueva singularidad, la singularidad cualquiera (Agamben, 1990).
Frente al individuo concebido como una suerte de «átomo solipsista» (Virno, 2002: 81) que prescribe el individualismo metodológico, la multitud se constituye, en toda su intersubjetividad productiva, como red de singularidades tendente al «número», esto es, al reconocimiento de la singularidad de cada uno de los individuos existentes. La multitud realiza así el principio democrático por el cual el respeto de la minoría, comienza por la minoría de uno. Pero, al mismo tiempo, la multitud deviene, para la gramática del movimiento, el instrumento estratégico que permite ese «salir de la minoría» (Rancière, 2004) que es la emancipación, abriendo con ello el horizonte de la acracia. Más aún, considerada en toda su autonomía constituyente, la multitud se configura estratégicamente como la posibilidad misma de la invención de instituciones sociales alternativas a aquellas otras, de naturaleza meramente jurídica, que informan el gobierno representativo (Ichida, Lazzarato, Matheron y Moulier Boutang, 2002).
Problemas con el «interfaz»
representativo: por otra teoría de la organización.
En los últimos años, la distancia entre las constituciones material (el capitalismo cognitivo) y formal (el gobierno representativo) no ha dejado de aumentar. Tal y como demuestran indicadores de lo más variado (participación, fidelidad de voto, volatibilidad, etc), los problemas de legitimación del gobierno representativo son cada vez mayores. Pocos ejemplos mejores que los últimos avatares de la política europea (elecciones, constitución, etc) para validar esta hipótesis. Ante esta «deserción» generalizada de la política de la representación, paralela por demás al auge de la política del movimiento, un discurso neoliberal imbuido de una retórica de inequívocos tonos biopolíticos no ha hesitado en hablar directamente de «desafección política»[47].
Pero, más sorprendente aún que la debilidad argumental del discurso neoliberal lo es, si cabe, la perplejidad que informa el diagnóstico de importantes sectores del movimiento, en general, y de la «extrema izquierda» parlamentaria, más en particular. No es preciso un análisis detallado para constatar la evidente mimesis discursiva con la que estos sectores interiorizan la hegemonía ideológica neoliberal. Acomodados de una u otra manera al juego pendular de la alternancia política, entre los terceros en discordia (por la izquierda) son escasos los ejemplos de estrategias autónomas en el plano organizativo y la subalternidad es presentada en la mayoría de las ocasiones como única opción. Desde los verdes de Joschka Fischer hasta los refundados comunistas de Fausto Bertinotti, pasando por IU, no parece que se contemple otra perspectiva que la participación gubernamental. Incluso en aquellos casos en los que, como en el trotskismo galo, todavía parecían resonar los antiguos ecos de la dualidad de poderes, no parece que exista una alternativa organizativa distinta de habitar el universo categorial de la representación política[48]. Buena prueba de esto es la acomodación identitaria en la «extrema izquierda» con que LO y LCR se han adaptado al juego mediático[49].
Así las cosas, resulta evidente que, en el ámbito de la representación, existe una inadaptación organizativa a los procesos de desdiferenciación cognitiva que se refuerzan, con el progreso del movimiento, como afirmación de la autonomía de las multitudes. Ello no invalida, en cualquier caso, la necesidad de una teoría de la organización que, más allá de la herencia leninista, asuma la producción y el manejo de un «interfaz» en el ámbito del gobierno representativo que facilite la organización del éxodo de la política de la representación. Pensar la organización es pensar la transversalidad en la obsolescencia de la forma Estado. Un interfaz de estas características, por tanto, debería instituir un dispositivo capaz de mediar entre la política del movimiento y las instituciones del gobierno representativo gracias a una articulación recombinante e inmediata del discurso, sostenida materialmente sobre una estructura reticular abierta y participativa hacia los sujetos productivos; refractaria y representativa hacia los sujetos de derecho.
Desde un punto de vista funcional, el interfaz representativo debería operar estratégicamente siguiendo el modelo trifásico de la legislatura: (1) presentándose a las elecciones y ocupando espacios de poder, pero sin participar de su lógica institucional; (2) incidiendo en la formación de gobiernos, pero sin tomar parte en ellos; y (3) condicionando el proceso legislativo, pero sin participar en la producción legislativa. Recurriendo aquí a las palabras de Deleuze y Guattari (1980), cabría decir que el interfaz representativo debería ser capaz de «hacer el mapa» (y no el «calco») de la multitud en el seno del poder constituido. En última instancia, su funcionalidad vendría determinada estrictamente como expresión de la potencia de la multitud y no como ejercicio efectivo del «poder» (Herrschaft).
Transición hacia la acracia: por
otra teoría del régimen político.
«Mientras existe el Estado, no existe la Libertad. Cuando haya Libertad, no habrá Estado». No se trata de una máxima de Bakunin, sino de una afirmación de Lenin ([1917] 1997: 94) a comienzos del proceso revolucionario que habría de marcar la historia del «corto siglo XX». Su ubicación espacio-temporal no es fortuita y sigue prefigurando el debate sobre el régimen político del comunismo. En primer lugar, porque nos sigue situando en el horizonte político de la emancipación que se inaugura con la quiebra de la autoridad del Estado y la liberación subsiguiente del poder constituyente (Negri, [1973] 2004). Considerada en su contexto geohistórico concreto, esto es, en la formulación de los dilemas políticos que surgen ante la posible conquista revolucionaria del poder del Estado, se vuelve a abrir la cuestión del procedimiento y su articulación social como régimen político[50].
En este orden de cosas, de las tres opciones posibles que se ofrecen para organizar el dispositivo procedimental del régimen (autocracia, democracia y acracia)[51], las dos primeras conllevan alguna forma de disociación autoritaria que separa las instancias procedimentales del cuerpo social. En el caso de la autocracia, esta disociación antecede a la puesta en marcha del dispositivo procedimental («autos»): el origen del poder es puramente disciplinario, exterior al cuerpo social sobre el que se ejerce. En el caso de la democracia, por el contrario, la disociación autoritaria integra el mencionado dispositivo: por medio de las elecciones, el poder se genera en el control del cuerpo social configurándolo como pueblo («demos»), ordenándolo frente a la multitud (Virno, 2003). Incluso en las acepciones más participativas de la democracia alguna modalidad de «pueblo» es necesaria como instancia de legitimación del procedimiento que permite la interiorización de la autoridad.
Sólo la acracia se constituye en el cuerpo social como el procedimiento que garantiza las condiciones materiales de deliberación, participación y decisión que requiere la política del movimiento. Por su propia configuración central al antagonismo del semiocapital, el cognitariado dispone hoy de los instrumentos para sustentar el proceso de la invención y difusión de las instituciones sociales de la multitud (universalidad del lenguaje, organización en red, etc). La acracia fue, es y seguirá siendo, el régimen político del comunismo.
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[1]
Este trabajo está dedicado a
Anselmo, Ara, Branda, Breo, Carmen, Dani, Elo, Iván, Luis, Maite, Manuel,
Marcos, María, Merce, Raquel, Tinho y Vítor; red inmediata, constelación
auténtica de afectos, debates y prácticas en el seno del movimiento. À Valérie, toujours.
[2] Piénsese, sin ir más lejos, en la importancia que las próximas elecciones presidenciales norteamericanas o las legislativas británicas están teniendo sobre la definición del futuro régimen iraquí.
[3] Pocos datos más alarmantes en este sentido que la previsión de suspender las próximas elecciones presidenciales norteamericanas en caso de atentado.
[4] Hacemos alusión aquí a un programa de investigación interdisciplinar que considera la política más allá de la negociación institucionalizada de intereses entre actores (McAdam, Tilly y Tarrow, 1993). Aun cuando aceptamos esta noción más amplia de la fenomenología de lo político que aquella estrictamente «institucionalista», no por ello se comparte aquí el carácter centrípeto y ordenador que sus formuladores asignan a la forma Estado en la genética del conflicto político. Bien al contrario, en estas páginas partimos de la premisa teórica antagónica que observa en la obsolescencia de la forma Estado y el horizonte de su subsunción real en la sociedad, la génesis de esta misma fenomenología de lo político.
[5] No otra cosa es lo que ponen de manifiesto el ajustado resultado de los dos grandes partidos españoles, PSOE y PP, o, sobre todo, el fracaso electoral de aquellas otras pequeñas opciones electorales que, consideradas como más próximas a las exigencias del movimiento, prefirieron apoyar la investidura de José Luis Rodríguez Zapatero, sumándose con ello, en mayor o menor grado, a la opción en la cual se inscribe, finalmente, la actual política exterior del gobierno español y su cuerpo diplomático.
[6] Esta noción, deudora de la epistemología lakatosiana (Lakatos, [1978] 1983: 65), se formula desde su inserción en el propio movimiento, siendo inoperativa fuera del mismo, toda vez que su poder heurístico depende directamente de su capacidad real para expresar el antagonismo social.
[7] Hemos de precisar, en cualquier caso, que al realizar esta apuesta nos hemos exigido también una autoevaluación crítica mediante el contraste de nuestras premisas de partida con otras opciones igualmente presentes en los procesos deliberativos del movimiento. No sólo hemos intentado, por tanto, determinar la congruencia interna de nuestro discurso, sino que hemos procurado establecer paralelamente algunas hipótesis de control interparadigmáticas.
[8] Véase más adelante, en este mismo capítulo, el encabezamiento del apartado IV y la correspondiente nota a pie de página.
[9] La gramática del movimiento, en tanto que gramática de la interacción, no puede ser sino fuente de un contra-poder político que aspira a la ausencia de dominación (a la acracia) como única forma de «con-»vivencia entre los seres humanos capaz de realizar la premisa del «bien común».
[10] En las palabras de uno de los más destacados especialistas al respecto: «(...) fue la aparición de Estados consolidados como blanco o punto de apoyo de la acción colectiva la que ofreció el marco para el desarrollo del movimiento social. Una vez creado este movimiento, su desafío configuró las relaciones futuras entre los Estados y la acción colectiva más allá de las fronteras estatales. Los Estados aprendían de otros Estados y los movimientos de otros movimientos»(Tarrow, 1997: 118).
[11] Para una definición de la «política del movimiento» véase, más adelante, en el apartado III el epígrafe del mismo nombre.
[12] En un ensayo reciente en el que se lleva esta segunda posibilidad analítica hasta sus últimas consecuencias, el geógrafo David Harvey, ha terminado por descubrirnos las limitaciones heurísticas de su propio análisis. Al circunscribir, en última instancia, al horizonte de la lógica económica capitalista toda interpretación de la actual Guerra de Iraq, Harvey termina reconociendo, bien que por omisión, la imposibilidad de enunciar un concepto operativo de neoimperalismo: «(...) el "nuevo imperialismo" no es ni más ni menos que una reedición del antiguo, aunque en un lugar y momento diferentes. Queda por evaluar si ésta es o no una conceptualización adecuada de la cuestión» (Harvey, 2004: 140) Y evidente, pero sobre todo metodológicamente, no lo es.
[13] Buena parte de los numerosos malentendidos que han tenido lugar en el debate sobre el libro de Michael Hardt y Antonio Negri (2000), Imperio, tiene su origen en la falta de aceptación de la obsolescencia del Estado nacional por parte de quienes, defendiendo legítimamente un concepto de (neo-) imperialismo, se resisten a comprender la lógica constituyente en que opera el discurso de los autores del «manifiesto comunista del siglo XXI» (Zizek, 2001).
[14] En septiembre de 1988 tuvieron lugar en Berlín sendas reuniones anuales del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional. El proceso de movilización, que había comenzado dos años antes, se desarrolló a lo largo de más de 475 acciones públicas entre las que destacaron dos grandes actos: el contra-congreso de expertos opuestos a las políticas de estas instituciones y una manifestación de 80.000 personas convocada por 133 grupos. Resulta difícil no ver en estos acontecimientos las pautas de lo que más tarde serían las contracumbres y foros sociales altermundialistas (Gerhards, 1995).
[15] El rigor histórico nos obliga, con todo, a señalar aquí el carácter igualmente simbólico de esta fecha (otra de esas fechas), ya que, para ser exactos, el origen del Ejército Zapatista de Liberación Nacional se remonta al 17 de noviembre de 1983 (Muñoz Ramírez, 2003).
Por otra parte, al ubicarse en el punto de inflexión que da origen a la ola de movilizaciones altermundialista, la irrupción internacional del zapatismo sólo marca el primero de los puntos necesarios para definir el movimiento. Este segundo punto llegará con las movilizaciones de Seattle contra la OMC.
[16] Recientemente, Christian Marazzi ha propuesto un arriesgado cambio de paradigma que abre las puertas a la reinterpretación de las relaciones históricas entre los ciclos económicos y el desarrollo de los antagonismos sociales (Marazzi, 2003b). Partiendo de una exigente propedéutica de la realidad económica actual y optando por convertir la deflación en variable independiente, este autor nos ofrece la posibilidad de superar las constricciones actuales que imponen al análisis del movimiento social otros enfoques igualmente inscritos en la crítica de la economía política (Arrighi, Hopskins y Wallerstein, 1999). Más allá incluso, el trabajo de Maurizzio Lazzarato sobre la obra de Gabriel Tarde (Lazzarato, 2002) ha contribuido igualmente a abrir la posibilidad de un cambio de paradigma basado en el salto de la economía política a la psicología económica. El potencial del despliegue de estas líneas de investigación en la ciencia del movimiento, apenas sugerido por el momento, bien podría resolver en un futuro no muy lejano buena parte de las exigencias teóricas que se nos plantean actualmente.
[17] A lo largo de los últimos años, al hilo de la propia agudización de las contradicciones entre las constituciones material y formal de los sistemas políticos democráticos, han proliferado de manera notable los estudios sobre la llamada "desafección" política. Parte fundamental del análisis politológico (neo-)liberal sobre la legitimidad, estos trabajos, por lo general de marcado carácter positivista, se han revelado como auténticas sondas exploratorias de los límites del gobierno representativo en su crisis actual, sin por ello apuntar soluciones efectivas a la crisis de legitimidad de los regímenes democráticos actuales.
[18] En las últimas décadas, los estudios culturalistas sobre movimientos sociales han puesto de relieve la importancia del discurso político como factor de movilización. El desarrollo de esta línea de investigación ha permitido poner de relieve, a su vez, el vinculo existente entre el progreso de una ola de movilizaciones y la producción de discurso. De este modo, gracias a trabajos como el de Snow y Benford (1992), podemos constatar empíricamente el progreso y buen estado de salud del ciclo de luchas en curso e incluso avanzar nuevas hipótesis al hilo de los desarrollos más recientes del movimiento.
[19] Véanse sobre este particular, las recientes reflexiones de Francisco Fernández Buey (2004) al hilo de su ensayo sobre la desobediencia civil.
[20] A día de hoy la mayoría de los estudios académicos sobre movimientos sociales se encuadran de uno u otro modo dentro de los enfoques producidos sobre las asunciones normativas prescritas por el liberalismo político. El fracaso teórico de las opciones estructuralistas de inspiración marxiana a la hora de abordar el problema de la agencia del cambio social, combinados con el repliegue movimentista provocado por el inicio de la fase baja de la última ola de movilizaciones fordista (años sesenta y setenta), así como una cierta integración de la «intelligentsia» del movimiento, se tradujo en la aceptación acrítica de toda una serie de premisas inspiradas directamente del neoliberalismo anglosajón en boga que impulsaban los think tanks del tándem Reagan-Thatcher a comienzos de los años ochenta (Dixon, 1998).
[21] En el contexto español, tan marcado por sectarismos de todo pelaje, la honesta y intervención de Francisco Fernández Buey (2004) constituye, más allá de las legítimas discrepancias de cada cual, una excepción notable a un panorama intelectual no pocas veces desolador a que nos tienen acostumbrada buena parte de la "inteligencia" del movimiento.
[22] En este sentido, el proceso constituyente europeo puede constituir un ejemplo regional del que aprender las dificultades que se plantean hoy en día a la elaboración de una constitución formal en el contexto de la ola de movilizaciones altermundialista.
[23] En
efecto, salvo quizás en el caso de algunas notables excepciones, durante el
largo siglo XIX la política de los «notables» dominó el conjunto de los procedimientos
deliberativos y decisionales que configuraban el régimen político. Con la
llegada del siglo XX y la irrupción de las masas, los partidos políticos
vinieron a convertirse en los útiles institucionales del parlamentarismo sin
que por ello desapareciesen los notables, convertidos ahora en algo semejante a
lo que la publicística española denomina los «barones del partido». Frente a
los mecanismos de relación interpersonales que hacían posible la política de
notables (recuérdense el «turnismo» español, el «rotativismo» portugués o el
«transformismo» italiano), la política de partidos comportó una mediación
institucional hasta entonces impensable.
[24] En un
reciente ciclo de conferencias, Toni Negri recurría a la expresión «Comuna de
Madrid» para designar el proceso de movilización que siguió a los atentados del
11-M, uno solo de cuyos efectos fue la posterior derrota del Partido Popular en
las elecciones generales del 14-M.
[25] Pocos ejemplos mejores de esta crisis que los desarrollos más recientes de la política europea. Desde el fracaso de la Convención y su proyecto de constitución hasta los récords históricos de abstencionismo de las pasadas elecciones del 13 de junio, la crisis del parlamentarismo en la UE pone de relieve, por veces hasta niveles caricaturales, las limitaciones actuales del gobierno representativo.
[26] Ciertamente, no se trata aquí de un debate cerrado. Todavía quedan abiertos diversos programas de investigación científica que afirman, no sin buenas razones, teóricas y empíricas, la potencialidad de sus respectivos "núcleos firmes", esto es, de los conjuntos de proposiciones sobre los que se articulan sus respectivas teorías frente al desafío de explicar la naturaleza del proceso globalizador. Sin ánimo de ser exhaustivos, las últimas aportaciones de la teoría de la dependencia y del sistema-mundo moderno (Arrighi, 1999; Arrighi y Sylver, 2001) o de la escuela marxista mandeliana (Martin, Dupont, Husson, Samary y Wilno, 2002) pueden ser ilustrativas del vivo debate teórico existente entre diferentes tradiciones teóricas.
[27] Véase el encabezamiento del apartado IV.
[28] El retorno al Estado como variable independiente coincide, no por casualidad, con el impulso neoinstitucionalista de los años ochenta y la fase de declive del último ciclo fordista (Evans, Rueschmeyer y Skocpol, 1985).
[29] Es importante distinguir entre ambas expresiones: allí donde la primera alude al hecho de definir y analizar un «objeto» de estudio particular (el «movimiento social» entendido como expresión de protesta ciudadana dirigida hacia el Estado) desde una perspectiva exógena al mismo, la segunda puede ser entendida como el saber que el movimiento tiene de sí mismo y que emplea en su propio, autónomo y libre desarrollo como expresión política del conflicto social con independencia de las instituciones estatales.
[30] Lejos de haberse zanjado, el debate sobre la «institucionalización» sigue desarrollándose en los limitados márgenes del liberalismo político y su comprensión del movimiento como expresión política de una protesta estato-céntrica (Eder, 1998).
[31] Nótese que cuando se habla en este contexto de «institucionalización», antes que en las instituciones del movimiento y su libre desarrollo autónomo, se suele pensar en las instituciones del Estado y su capacidad para «disciplinar» a los movimientos sociales (dimensión fundamental de la institucionalización de acuerdo con los enfoques neoinstitucionalistas que también incluye, claro está, a la «investigación sobre el movimiento»).
[32] A pesar de su voluntad declarada por preservar la autonomía del movimiento respecto al Estado, la propia configuración de la identidad autónoma, así como buena parte de la teoría y práctica del quienes se decían autónom@s, se vio fuertemente condicionada por la inducción estatal (Schultze y Gross, 1997).
[33] La escisión interna de Die Grünen entre «fundamentalistas» (fundis) y «realistas» (realos), la extraña e inesperada muerte de dos emblemáticas figuras fundadoras como Gert Bastian y Petra Kelly, el giro militarista legitimado en las guerras balcánicas, la ascensión meteórica de Joschka Fischer y toda una larga serie de acontecimientos marcan la crisis definitiva del proyecto verde como alternativa democrático-participativa de los nuevos movimientos sociales y su transforación subsiguiente en lo que desde los estudios sobre partidos políticos se suele identificar como cartel-party o partido representante y mediador de intereses (Ditfurth, 2001).
[34] Desde una política universitaria basada en la construcción de un modelo privado y elitista, hasta una política de empleo capaz de contemplar la contratación masiva de informáticos en la India, pasando por la reforma del sistema de pensiones en curso, no es precisamente la escasez de políticas neoliberales lo que define la acción de gobierno del actual ejecutivo alemán.
[35] «No se puede pronunciar un insulto más
grosero, una calumnia más indignante contra los trabajadores que la afirmación:
las discusiones teóricas tan sólo son cosa de “académicos”. Ya Lasalle dijo en
cierta ocasión: sólo cuando ciencia y trabajadores, esos dos polos
contrapuestos de la sociedad, se unan, ahogarán todas las trabas culturales
entre sus brazos de acero.»
[36] «A un mundo completamente nuevo le hace falta una nueva ciencia política»
[37] «Los filósofos sólo han interpretado el mundo de manera diferente; se trata, empero, de cambiarlo».
[38] A raíz de las movilizaciones de Seattle, un autor libertario de nombre John Zerzan, alcanzó cierta popularidad con su prédica anarco-primitivista y RE-evolucionaria en el seno del movimiento altermundialista (Zerzan, 2001). Su obra ha sido objeto de algunas críticas más o menos acertadas que, por lo general, se han centrado sobre cuestiones metodológicas importantes (Bueno Martínez, 2001; Alainc C., ca. 1999).
El problema que nos ocupa, sin embargo, es otro, a saber: la identificación del dispostivo ontológico que permitió en su momento al homínido devenir ser humano o, tal y como ha sido dicho en otro lugar, el reconomiento de que «la evolución humana está más condicionada, desde el inicio, por sus propias estructuras sociales que por la influencia del medio natural» (Alain C., ca. 1999: 9). En este orden de cosas, Alain C. acierta plenamente al identificar en el progreso imparable de la vida la variable independiente de este dispostivo: «El factor más probable es un factor social interno pero a la vez "natural" (aunque se podría discutir seriamente acerca del aspecto "natural" de este factor para las sociedades humanas), es decir, el crecimiento demográfico» (ca. 1999: 9).
[39] Las resistencias que se han desatado contra la voluntad empresarial de regular el tiempo, o, si se prefiere, de constitucionalizar formalmente el mundo de la vida, son mucho mayores de lo que en general se suele pensar desde aquellos paradigmas que todavía parten de la centralidad (centralidad también «política» y no sólo «económica») del trabajo industrial en la producción del valor. En este sentido, a día de hoy, el altermundialismo constituye la principal fuente de resistencia a esta voluntad de supeditar la vida a esa relación social (económica, política, cultural...) que es el capital.
[40] Tal es, por demás, la comprensión cicatera que se ha dado a la noción de lo político desarrollada por Maquiavelo en los albores de la modernidad y que se identifica vulgarmente como «maquiavelismo», allí donde, en rigor, El príncipe pone al descubierto, justamente, la existencia de la asimetría sobre la que se funda el poder constuido (Althusser, 1995).
[41] Tal fue, a fin de cuentas, la suerte que siguió la «dictadura del proletariado» como proyecto estratégico, incluso en algunas de sus acepciones tardofordistas más elaboradas (Balibar, 1976).
[42] He aquí la razón por la que la realidad de hoy no sólo no encaja, sino que incluso escapa a las viejas categorías con que las informaba el movimiento. Al igual que en anteriores contextos de transición, en la actualidad es preciso un discurso político que determine los cambios del presente, que confiera su expresión gramatical a unas relaciones sociales diferentes de las existentes.
[43] El estudiante de hoy, por ejemplo, al formarse, al desarrollar sus competencias lingüísticas, desarrolla una actividad productiva no remunerada (Rodríguez, 2003a y 2003b). El número de quienes deben costear su integración en el mundo laboral, financiando incluso su propio puesto de trabajo, no ha cesado de crecer. Difícil encontrar, por tanto, lemas más en desuso que aquellos que solían comenzar invocando «obreros y estudiantes, unidos en la lucha...» o a «la unidad de las fuerzas de la cultura y el trabajo...». La razón es sencilla, esta separación ha desaparecido y, por consiguiente, nada queda ya por unir.
[44] Una de las evidencias más palmarias de este tipo de discurso es cierta «retórica de la construcción» (o, peor aún, de la «reconstrucción») que informa buena parte del discurso de la extrema izquierda más o menos «post-leninista». Esta voluntad por extraer recursos políticos con los que organizar la enésima conquista del poder estatal, sin embargo, se ha revelado como un discurso de la forma o, si se prefiere, como mera retórica de la revolución.
[45] Buena parte de las dificultades de la obra de John Holloway para comprender la imbricación de los procesos de subjetivación en la teoría de la agencia del cambio social radican precisamente en la negatividad de su análisis, tan deudora de la dialéctica adorniana como de las prácticas zapatistas.
[46] La distinción analítica entre «revolución política« y «revolución social» fue apuntada por Theda Skocpol (1984) y desde entonces no ha dejado de estar presente entre las preocupaciones del programa de investigación de la política contenciosa (Eddie, 1995). La opción neoinstitucionalista por la conversión de la autonomía relativa del Estado en variable independiente, no obstante, ha limitado notablemente la comprensión de los cambios que la globalización ha supuesto para la política del movimiento.
[47] Resulta particulamente instructivo, en este sentido, el «discurso de la incomprensión» con que los grandes medios de comunicación han recibido los récords históricos de abstencionismo en las últimas elecciones europeas. Una buena prueba de ello nos la aporta esa extraña insistencia en atribuir la baja participación electoral a los problemas de percepción de la utilidad del voto o a denunciar el uso instrumental de este tipo de convocatorias (voto de «castigo» a los gobiernos, voto de «protesta» a las candidaturas minoritarias, etc.).
[48] Quizás no esté de más recordar que el origen de la díada izquierda/derecha y sus derivados, centro-izquierda/derecha y extrema-izquierda/derecha, nacen para el gobierno representativo con el parlamentarismo francés de 1789 (ubicación espacial de los diputados en la Asamblea Nacional).
[49] En este sentido, un somero análisis de lo que ha sido el discurso reciente de LO-LCR basta para hacer comprender hasta qué punto su estrategia política ha interiorizado las categorías del gobierno representativo.
[50] Históricamente, la respuesta leninista, formulada a partir del malogrado concepto de «dictadura del proletariado», era clara en este sentido: «Si todos intervienen en la dirección del Estado el capitalismo no podrá ya sostenerse. Y, a su vez, el desarrollo del capitalismo crea las premisas para que "todos" realmente puedan intervenir en la gobernación del Estado» (Lenin [1917] 1997: 98). En este sentido, la posterior evolución mistificadora de este principio sólo llegaría a ser posible sobre la premisa de considerar el «Partido» (agencia), estructurado autoritariamente mediante el «centralismo democrático» (procedimiento), como hipóstasis autocrática de una «dictadura del proletariado» identificada con el ejercicio efectivo del poder del Estado.
[51] No es éste el lugar para desarrollar una crítica a fondo de las tipologías neoinstitucionalistas de los regímenes políticos. Con todo, es importante no olvidar el carácter ideológico que tradicionalmente ha comportado la distinción totalitarismo/autoritarismo. De hecho, sólo recientemente, al hilo de los debates generados tras el fin de la Guerra Fría, se ha podido determinar de una manera más precisa la común naturaleza autocrática de los llamados «regímenes no democráticos» (asunción normativa de partida común a todas estas tipologías).
Sea como fuere, las diversas tipologías que se han ido concibiendo hasta el presente siguen siendo deudoras de una concepción neoweberiana de la política, poco atenta por lo general a considerar la emancipación como horizonte posible de lo político, por lo que, finalmente, no parece que pueda haber lugar en ellas para las formas acráticas de la política que existen entre las instituciones sociales y ello a pesar de la supuesta vocación empírica.