La fiesta del General
Intellect
Paolo Virno
En los años setenta, el primero de
mayo era una celebración rancia y también un tanto miserable. Rancia, porque la
lucha obrera y la política, y la vida en general se dilataban
escrupulosamente. En aquellas reuniones carentes de toda alegría, estaba
solamente el sindicato en cuanto institución neurálgica del Estado keynesiano.
Las confederaciones sindicales revindicaban a voces, a veces con la rabia de
quien habla solo, su papel de representantes legales de la mercancía ‘fuerza de
trabajo’, la única verdaderamente estratégica en las sociedades modernas
industriales. Los obreros en lucha, que precisamente querían abolir
resueltamente aquella mercancía (en primer lugar inflacionando su precio, hasta
volverla antieconómica), no desfilaban en nombre del nuevo modelo de
desarrollo. Como un adulto apenas razonable no pierde tiempo detrás de los
reyes Magos.
Con los viejos y nuevos modelos
del desarrollo capitalista, las cuentas se arreglaban en la oficina: declararse
en huelga como si se jugara al ajedrez, ‘salto
de la scocca’, reuniones internas en la oficina de la dirección,
salario como variable independiente. También un tanto miserable, aquella
celebración: efectivamente, era denominada sin pudor alguno ‘fiesta del
trabajo’. Como si el trabajo asalariado no fuese una desgracia, como si alguien
pudiese sentirse orgulloso (de ‘orgullo’ hablaba el sindicato, precisamente) de
producir plusvalor en la línea de montaje. El odio y el desprecio por el
régimen de fabrica evocaban la necesidad de una fiesta contra el trabajo.
Después de
Seattle y Génova, el primero de mayo vuelve a ser, con un vertiginoso salto
hacia atrás, lo que fue a finales del S.XIX: el momento privilegiado en el cual
emerge una ‘nueva especie’ social y productiva. La antigua cita es reinventada,
hoy, por la intelectualidad de masa, es decir por aquella multitud de hombres y
mujeres que, usando el pensamiento y el lenguaje como utensilio y materia
prima, constituyen el autentico pilar de la riqueza de las naciones. Migrantes,
precarios de todo tipo, fronterizos entre trabajo y no-trabajo, temporales de
los McDonald y ‘locutores’ a destajo de las chat-lines, investigadores e
informáticos: todos ellos son, con pleno derecho, el ‘intelecto general’, el
general intellect del que hablaba Marx. Aquel general intellect (saber,
iniciativa, subjetividad, fuerza-invención) que es, en conjunto, la principal
fuerza productiva del capitalismo postfordista y la base material para acabar
de una vez con la sociedad de la mercancía y con el Estado en cuanto siniestro
‘monopolio de la decisión política’. A finales del S.XIX, los tipógrafos, los
curtidores, los textiles, etc... en definitiva los miembros de las innumerables
asociaciones de oficios, descubren lo que les unía: ser, todos, abstracto
derroche de energía psicofísica, trabajo en general. El primero de mayo
sanciona este descubrimiento y, por más de una generación, es todo uno con el
reclamo de las ocho horas (menos trabajo, esto es el fundamento de la ética
moderna). Hoy, una multitud de ‘individuos sociales’ tanto más orgullosos de
la propia singularidad irrepetible, cuanto más relacionados entre ellos en una
densa trama de interacción cooperativa, se reconocen como intelecto general de
la sociedad. El primero de mayo contemporáneo, en cuanto fiesta grande del
general intellect (pensamiento que desea y deseo que piensa), tiene su eje en
la razonable pretensión de una ‘renta de ciudadanía’ y en el rechazo de
cualquier copyright sobre los productos de aquel recurso común que es la mente
humana.
Pero hay más. El primero de mayo
globalizado y postfordista hace volver el primero de mayo del siglo diecinueve
también por un motivo más peliagudo: en ambos casos, la pregunta crucial suena
así: ¿cómo organizar una pluralidad (de oficios entonces, de ‘individuos
sociales’ hoy) que, por el momento,
parece fragmentada, constitutivamente expuesta al chantaje, en fin
inorganizable? Es innegable, efectivamente, que a la intelectualidad de masa
logra con dificultad revertir la propia potencia productiva en potencia
política. No llega todavía a incidir sobre la tasa de ganancia, aún no alcanza
a arrojar en el pánico a las direcciones empresariales. Por esto hay necesidad
de convocar a los propios ‘estados generales’, coordinar, deliberar.
La primera cuestión al orden del
día, bajo el sol primaveral del 2004, es la de las formas de lucha. Es estúpido
creer que determinar la modalidad del conflicto (huelga, sabotaje, etc... ) sea
un problema técnico, simple corolario del programa político. Todo lo contrario:
la discusión sobre las formas de lucha es la más intrincada: verdadero banco de
prueba de toda teoría política de cierto aliento (que no se reduzca a una
conspiración iluminista de juristas democráticos). Iniciativa, conciencia compartida,
capacidad de relacionarse e interactuar: estas ‘dotes profesionales’ de la
multitud postfordista deben devenir temibles instrumentos de presión. Las
plataformas reivindicativas, en síntesis el ‘qué cosa queremos’, dependen
enteramente del ‘cómo podamos actuar’ para modificar las relaciones de fuerza
en el interior de esta organización social del tiempo y del espacio. Todo
depende, entonces, de la invención sin prejuicios de nuevos ‘piquetes’ y nuevos
‘cortes internos’, que estén a la altura de la flexibilidad imperante y del
modelo de acumulación basado en el general intellect. Digo más: la salida de
los modelos organizativos del novecientos, malamente predicada por cuantos
recientemente han elevado la no-violencia a fetiche, encuentra aquí, en la cuestión
de las formas de lucha, su efectivo momento de la verdad. Para entendernos: la
superación de la forma-partido es todo uno con el descubrimiento, por parte de
los migrantes, de los precarios Tim, de los colaboradores a tiempo
determinado, del modo más incisivo para chantajear a los propios
chantajeadores.
La gran dificultad para descubrir
formas de lucha adecuadas es también una gran ocasión. Tanto la dificultad como
la ocasión derivan de cuántas y qué cosas están incluidas, hoy, en el proceso
productivo. Se dice: el capitalismo postfordista moviliza, y pone en beneficio,
las facultades principales de nuestra especie: pensamiento, lenguaje, memoria,
afectos, gustos estéticos, etc... Ahora, si esto es verdad, el conflicto sobre
el puesto de trabajo no puede sino concernir a toda una forma de vida. Para vencer un conflicto reivindicativo, es necesario recorrer la
red metropolitana de relaciones que hace de cada uno de nosotros un individuo
social, uno de los ‘muchos’ de que está compuesta la multitud. Es ahí donde se
condensa una fuerza cooperativa autónoma: es ahí que se cambian informaciones,
se toma conciencia, se estrechan amistades. Solamente de esta red, que por
comodidad llamo el ‘recipiente de la intelectualidad de masa’, pueden surgir
los conflictos en el espacio productivo único. Y dar voz al recipiente de la
intelectualidad de masa significa crear nuevos organismos democráticos.
He aquí entonces la gran
dificultad, pero que, sin embargo, es también la gran ocasión. La solicitud de
más salario implica, aquí y ahora, el esbozo de inéditas formas de
autogobierno, la construcción experimental de las instituciones políticas de la
multitud, el gran estreno de una esfera pública que aparte finalmente mitos y ritos de la soberanía estatal.
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Traducción de autsoc, revisada y
corregida por: E.S., Buenos Aires, Argentina