DOSSIER
ESPECIAL DE IL MANIFESTO
12
DE NOVIEMBRE 2006
EL
OBRERISMO
Entrevista
Afuera
de las normas. El “estilo” obrerista
“Obreros
y capital” de Mario Tronti, la Biblia del obrerismo italiano, vuelve a las
librerías editada por DeriveApprodi cuarenta años después de su publicación
original de 1966. Es la ocasión de
comenzar a reflexionar sobre el mensaje y la dispersión de aquel libro y sobre
el recorrido de todo el obrerismo, una herejía marciana que no desde hoy vive
una etapa de redescubrimiento en Italia y el extranjero.
Ida Dorninijanni
Obreros y capital,
que hoy es vuelto a presentar por DeriveApprodi, cuarenta años después de su
edición original del ´66, es considerado el libro de culto del obrerismo. En
pocas palabras, ¿podemos restituir el mensaje y el recorrido de aquel libro?
Realmente, el resultado fue mucho más allá de
la intención. Se trataba de una posición muy solitaria, que rompió el muro de la
atención. Todo el mérito corresponde a la magia de los años Sesenta. El mensaje
era lo que cantaba Bob Dylan: los tiempos están cambiando. Traducido: es
necesario revolucionar el paso de la investigación social y de la práctica
política. Luego, el lenguaje, como ha dicho alguien, es el ser. Esto, sobre
todo, rompía con la tradición. Obreros y capital es la edad de mi romanticismo
político. Y los poetas románticos gustan, siempre.
El libro sale, en
el ´66, cuando las dos cabeceras del obrerismo, los Cuadernos Rojos de Panzieri
y Clase Obrera, ya habían cerrado. ¿En qué relación está aquel texto suyo con
la experiencia colectivamente, colectiva del obrerismo?
No habría habido libro sin la experiencia
obrerista, depositada en la revista y el periódico. En el libro se precipitan
ensayos y artículos que venían de allí y que surgen tras reflexiones teóricas.
Es el típico murciélago de Minerva, que emprende el vuelo en el crepúsculo del
día.
En las
confrontaciones con el obrerismo italiano, en sus diversas expresiones, hay,
hoy, en Italia y el extranjero, y en condiciones sociales y políticas muy
diversas, un fuerte interés. Mirando hacia atrás ¿qué ha sido para ti el
obrerismo?
Tres cosas: un romance de formación
intelectual, un episodio de la historia del movimiento obrero, una revolución
cultural contra la tradición marxista ortodoxa, italiana y otras. Pero antes
que nada, la experiencia del pensamiento y la práctica de un grupo de personas
de extraordinaria calidad política humana, que nos movimos en acuerdos
divergentes, cementados por un vínculo de amistad indisoluble- cualquiera haya
sido el camino que cada uno de nosotros haya emprendido luego. En una palabra,
diría que aquella experiencia ha dejado un “estilo” inconfundible: en el modo
de escribir, detonante como el ritmo de la fábrica, en el modo de pensar, fuera
de las normas, en una especie de “estado de excepción intelectual permanente”.
Contando con la fábrica y con el modelo de la lucha obrera nace un nuevo tipo
de intelectual, orgánico no al partido sino a la clase, y un nuevo modo de
hacer teoría, no de libro sino en el cuerpo a cuerpo con la historia, para
subvertir el orden de las cosas. Una práctica de pensamiento político
perturbadora, irreductible a escuelas y
tradiciones, que sin embargo ha fecundado también a la innovación
disciplinaria, en filosofía, en sociología, en la historiografía.
¿Cuáles eran los
puntos polémicos más duros con la tradición comunista italiana?
El historicismo de la línea De
Sanctus-Labriola-Croce-Gramsci, cemento del grupo dirigente togliattiano del
PCI en la postguerra y los años Cincuenta. Lo nacional-popular, que Alberto
Asor Rosa desmanteló en el ´64-tenía treinta años- en escritores y pueblo. El
análisis del neocapitalismo y del nexo fábrica-sociedad-política: mientras el
obrero masa, el taylorismo, el fordismo, irrumpían en escena, el PCI se
mantenía cerrado al diagnóstico del retraso del capitalismo italiano. Y además,
la retórica laborista, que hicimos saltar por el aire con el slogan del
“rechazo del trabajo”, y la visión salvadora de la clase obrera, que en el
léxico del PCI debía ser siempre “clase general”, actuando por los intereses de
todos, que se emancipa a sí misma para emancipar a la humanidad, salvar al
país, a la paz, al Tercer Mundo...
En cambio, “la
ruda raza pagana”, según tu célebre definición, debía salvarse sólo a sí
misma... ¿Qué era la ruda raza pagana? ¿No corriste también tu el riesgo de
imaginar un mito salvador, de reproponer una filosofía de la historia con el
Sujeto obrero en lugar del Espíritu hegeliano?
La ruda raza pagana era aquella que ante los
portones de la fábrica recibía en mano los volantes y riendo decía “¿Qué son,
dinero?. Salario contra ganancia, eso era la clase. No los intereses generales,
sino los intereses de parte, que desenmascaraba al universalismo burgués y
colocaba en crisis a la relación general del capital. “El salario como variable
independiente” no era un slogan económico, era un slogan político, como lo
demostró el ´69. Pero mucho antes del otoño caliente, desde las luchas del ´62
en Turín, se desplegaba la inventiva obrera de prácticas antagónicas en la
“guerra de posiciones” cotidiana contra el patrón: las luchas de gato salvaje,
el salto de la carrocería, los sabotajes en la línea de montaje, el uso insubordinado
de los tiempos de producción tayloristas. Aprendíamos de allí: al capital que
quería extender el modelo de la fábrica a la sociedad, nosotros le respondíamos
extendiendo el modelo de la insubordinación obrera a la política.
Estás hablando de
los inicios de los años Sesenta, que en toda el memorial comunista, incluso de
posiciones distintas de la tuya-pienso en los recientes libros de Ingrao y de
Rossanda- resultan los cruciales de la historia republicana. Aquellos años
están incluidos entre dos fechas. Hacia atrás el ´56, adelante el ´68. ¿Cómo se
ubica la experiencia obrerista entre esas dos fechas?
El ´56 fue una fecha estratégica: la estatua
de Stalin rodó sobre nuestras cabezas, y en nuestras cabezas ya nada volvió a
ser como antes. Los magníficos destinos y lo progresista habían terminado, el
comunismo ya no se esperaba en el futuro, reclamaba una autocrítica del
presente. Pero mientras los más, ante los hechos de Budapest, redescubrían el
valor de las libertades burguesas, para nosotros se entreabría eventualmente el
horizonte de la libertad comunista. Hallo intelectual y políticamente inútil
mucha autocrítica a posteriori de hoy: el nodo, duro, de desatar era cómo
reconstruir las condiciones de la revolución en el occidente neocapitalista, desplazando
hacia delante el terreno tanto del conflicto obrero, como de la organización
política, sin separar uno de otro.
Personalmente-pero aquí hablo por mí, porque
este era el punto contencioso al interior de obrerismo- nunca he pensado que
podíamos organizar nosotros a los obreros para arrojarlos, duros y puros,
contra el capital. En el medio había un pasaje político que no podía
saltarse-aunque ser obrerista ha significado siempre, ahora y antes, saltarlo.
¿Cuál era ese
pasaje?
La formación, dentro de la experiencia de
clase, de un grupo dirigente alternativo a aquel togliattiano, que supiera
jugar dentro del “desorden” que estaba por venir, y que estallaría en el
´68-´69. La crisis del PCI post-togliattiano, que estallaría en el XI Congreso
del ´66, hubiera podido estimular, tal vez, la “larga marcha dentro de la
organización” que me parecía necesaria: el Príncipe se quedaba con la clase, el
primado permanecía en la lucha, pero para intentar de tener éxito era necesario
el instrumento del partido. Pero esta hipótesis del “dentro y contra” no
avanzó, prevalece aquella del “dentro o fuera”, por lo tanto, fuera: una lógica
para el movimiento, otra para el partido. Con sus resultados perdidosos de los
años setenta, y más allá.
Pero en medio
estuvo el Sesenta y ocho, que cambia no pocas cosas, respecto a la relación con
el partido y con las organizaciones... ¿En que
relación está el obrerismo con el Sesenta y ocho?
Te respondo por mí, de un modo que muchos de los
compañeros de entonces contestarían vibrantemente, y tu con ellos. El obrerismo
ha sido una premisa del ´68 y, al mismo tiempo, una crítica anticipada. En
Italia el ´68 ha recibido del ´69 obrero una caracterización distinta y más
duradera que en otros lugares, anticapitalista y no solo antiautoritaria.
Obreros y capital se encontraron materialmente uno frente al otro: en aquel
punto convenía desplazar poder, no solo contestar autoridad. Es una regularidad
histórica: si en el terremoto provocado por las luchas no se abre un proceso
revolucionario guiado y organizado, que desplaza la relación de fuerzas, el
desarrollo capitalista termina utilizando la lucha obrera para sus propios
fines, y todo el aparato de dominio se re-estabiliza, democratizándose. Exactamente
lo que ha sucedido después del ´68. A las luchas por la liberación del segundo
´900 les ha faltado la fuerza del movimiento obrero organizado que obra en
aquellas para la emancipación del primero. Una gran parte de la subjetividad
antagonista de los años sesenta se formó por fuera y creció en contra de los
partidos y los sindicatos, y actuaba para acelerar la crisis. Hasta que en el
´77 se separa definitivamente.
Porque aquella
forma de organización ya no se adaptaba a aquel impulso de libertad...Pero
volvemos a mirar las cosas con los ojos de entonces. En suma, el punto
contencioso en el obrerismo era la organización, el partido, el papel del
político. Tomemos dos fórmulas emblemáticas, el editorial Clase Obrera sin
Aliados de Toni Negri, su Clase Obrera del ´64 y tu ensayo Sobre la Autonomía
de lo político (Feltrinelli) del ´77.
Toni Negri ha significado mucho en la
experiencia de Clase Obrera. El análisis y luego la crítica del obrero
fordista-taylorista, madurada en el laboratorio estratégico de Porto Marghera,
está en la base de todo el recorrido de sus sucesivas investigaciones. Y en la
teoría del pasaje del obrero masa al obrero social, a mediados de los 70, está
toda su inteligencia. Pero “obreros sin aliados” era un error. El sistema de alianzas
predicado por el PCI -trabajadores dependientes-clases medias- Emilia roja-
estaba desmantelado y contestado, pero era necesario construir otro, con las
nuevas figuras profesionales que emergían en el capitalismo desarrollado, con
la producción y el consumo de masas, las transformaciones civiles y el salto
cultural existente en el país; y desplazar para más adelante todo el terreno de
la política, del conflicto a la representación. El obrerismo de los primeros
años 60 intuyó una parte esencial de esta realidad. Al reverla hoy, Clase
Obrera resulta más próxima a Cuadernos Rojos y más alejada de Poder Obrero y de
todo aquello que no derivó en Autonomía Obrera: las primeras dos experiencias
se sintieron críticamente dentro del movimiento obrero, la segunda se colocó en
contra. En cuanto a la autonomía de lo político, que muchos de los compañeros
de entonces siempre me reprochan como un giro inesperado, yo afirmo que su
descubrimiento teórico me llega dentro de la experiencia práctica del
obrerismo, aún cuando su elaboración fue sucesiva. Y fue necesaria cuando, ante
perfilarse de la derrota, el papel y la necesidad de la política me parecieron
más claros. Si aquel “salto” en lo político no se dio, todavía, no fue tanto o
solo por los límites de aquel experimento nuestro, sino por los límites de la
época: con los años Sesenta el tiempo de la gran política no se abre, se
cierra.
Es una tesis tuya
la de La Política va al Ocaso. Pero
si aquel tiempo está cerrado y el obrerismo está inscrito en aquel tiempo, ¿qué
queda del obrerismo?
Hablo, no al azar, de “estilo” obrerista: un
nuevo modo de seres intelectuales, con un pensamiento ligado a la práctica. Hay
un padre y una madre: el primero es la gran historia del movimiento obrero, la
segunda es la gran cultura de la crisis del novecientos. Una espléndida
contradicción, por lo visto. Lo he dicho así: dar una voz alta a los que están
abajo. Un recorrido inquieto: pero habitual para cualquiera que encuentre una
sola sombra de sedimento.
¿Porqué el
obrerismo encontró la cultura de la crisis, volviéndola su horizonte cultural?
Porque el sujeto obrero, por tanto central,
nos apareció como un sujeto social que resultaba de la crisis de su forma
política tradicional. Y esto se inscribía dentro de una crisis general más grande
de las formas, que después de la ruptura de la vanguardia a inicio del 900
nunca había vuelto a recomponerse. Es el ´69, su contraparte, el ensayo de
Cacciari Sobre la Génesis del Pensamiento Negativo, un horizonte que no
abandonaríamos nunca más. Y que se abre a un pasaje sucesivo, de la crítica
destructiva de la ideología a la reconstrucción de categorías políticas como
conceptos teológicos secularizados. Es preciso exprimirse cabeza para
comprender cómo de la ruda raza pagana se llega a la teología política, pero el
nexo está allí y es fuerte. Y en lo que a mí concierne, hay un hilo de
continuidad entre obreros y capital y Política y destino, mi último trabajo que
salió en estos días cerca de Sossella.
“Lenin en
Inglaterra” y “Marx en Detroit”, dos títulos que fueron célebres, de Obreros y
capital. ¿Dónde enviamos hoy a Lenin y Marx? ¿A las fábricas de Shangai, entre
los co-co-pro italianos (contratados flexibilizados, n. del t.), entre los
extranjeros-ciudadanos de los suburbios franceses, a los supermercados de
Wal-Mart de Arkansas? El postscriptum del ´70 a la segunda edición de Obreros y
Capital era una invitación a aprender de las luchas obreras americanas de los
años Treinta, mientras que hoy es como si tu hubieses girado la cámara de
televisión sólo sobre Europa, como Woody Allen...
Es el mundo el que está girando delante de la
cámara. Los tiempos están cambiando, hoy, más por razones objetivas que por
voluntad subjetiva. Tanto son estos generosos y débiles como aquellos son
arrogantes y poderosos. Ando diciendo que está tomando centralidad la
geopolítica. El espacio político no es más aquel de las pequeñas naciones, sino
el de los grandes continentes. La cierto es que los Estados Unidos le temen a
este mundo que cambia. Nosotros, europeos, estamos habituados a la decadencia,
los americanos no. No quieren resignarse: esto explica su neurosis
internacional. Sí, a Marx lo enviaría a Cindia (denominación global de la
región de China, India, Corea, etc.). Pero a Lenin le vería bien abordando los problemas
de organización política del trabajador precario, ¿o acaso no es esta la figura
del trabajador postfordista? ¿Y como se lleva en un call-center la conciencia
política del exterior? ¿Y en un suburbio la idea de que conviene hacer
sindicatos y hacer partidos? ¿Y en un CPT (Comité de Prevención de la Tortura)
la práctica no de la integración sino de la insubordinación? Y más. A Marx se
le puede hacer entender ahora. A Lenin, se le puede hacer actuar ahora, aunque
es algo más difícil. Pero siempre será la misteriosa curva de su recta...
Editorial
Cuarenta años después
La Encuesta Obrera:
científicos en overall azul
Gabriele Paolo
“Obrerismo” es una palabra olvidada. Materia
de pocos cultores de la historia del movimiento obrero. Por otra parte, hoy también
el término “obrero” es confiado a los intereses de los asignados a los
trabajos. Pero, en sus orígenes, el obrerismo italiano representó una
beneficiosa inyección de renovación para la izquierda local. Un poco
marginalizado, es cierto, de las corrientes prevalentes del pensamiento
comunista y socialista, pero vital para señalar la lucha obrera que a caballo
de los años ´70 cambiaron el rostro de Italia. Por este motivo, sin más, releer
hoy “Obreros y Capital” de Tronti representa un ejercicio políticamente útil.
Pero no solo por esto, sino porque aquel libro-y toda la elaboración que lo
posibilita- puede ahora servir para comprender lo crucial de la cuestión social
en la relación entre capital y trabajo, que permanece-a cuarenta años de
distancia- como el nodo crucial e irresuelto de nuestra era. Pese a los
rechazos. Aquel libro se refiere a una división neta, por lo menos en el método
de la acción política, que cala en las contradicciones sociales. Algunos años
antes de su publicación en 1962, Paolo y Carla Gobetti realizaron un film
sirviéndose de los textos de Franco Fortini: “Huelgas en Turín”, era el título.
Vale la pena reverlo, aunque con el libro de Tronti en mano. En el se
reconstruyen las luchas de lo obreros turineses, en particular en la Lancia.
Era una de aquellas advertencias que anunciaban lo que sucedería ente el ´68 y
el ´69 en las fábricas del norte. En aquel film se ve a un joven trabajador
explicar, pluma y papel en mano, como los obreros estaban “usando” la
organización del trabajo para bloquear la producción. En aquello que luego se
llamaría “grupo homogéneo”-los adeptos a una misma elaboración- nacía el vuelco
obrero del taylorismo extremo: la rigidez de los tiempos productivos permitía
que conflictos incluso parciales pudieran bloquear la fábrica, dando nueva
fuerza contractual a la “clase”. Para hacerlo se requería de un impulso
subjetivo y del conocimiento concreto del ciclo productivo: una ciencia obrera.
Esta era la clave de la Encuesta Obrera de Raniero Panzieri y los Cuadernos Rojos.
Una encuesta en la que investigación, conocimiento y práctica se soldaban
estrechamente en un conflicto social que asumía un carácter político general.
Han pasado decenios y el capitalismo ha cambiado. Pero como no se ha atenuado
(todo lo contrario) la expropiación del tiempo y la vida del trabajo
subordinado, aquel método sigue siendo un punto de referencia. Es correcto
retomarlo para comprender como enfrentar a la explotación capitalista. A partir
de los lugares de la producción, que es donde ella se manifiesta.
Entonces
y Ahora. Porqué la Encuesta
Desde el trabajador fordista
al precarizado posfordista, para reconocer las formas del comando del capital y
la respuesta obrera. Pero hoy debemos reformular la metodología y las preguntas,
sobre el trabajo y sobre la vida.
Vittorio Rieser
El trabajo de encuesta de Cuadernos Rojos
nace como instrumento de batalla política y “anti-ideológica”. Podemos
distinguir esquemáticamente dos fases. La primera comprende el bienio ´60-´61,
con encuestas en particular en la Fiat y la Olivetti. Estábamos retomando
masivamente la lucha obrera, pero la Fiat quedaba afuera. También por esto se
mantenía fuerte, en la izquierda, la ideología que de las formas avanzadas del
capitalismo se subrayaba la capacidad de “integración” de la clase obrera. La
alienación, y el consiguiente terreno de lucha, se desplazaban a un lugar
distinto de la fábrica, al plan de los consumos y de la democracia. Esta
ideología era el vuelco simétrico de aquella, entonces dominante en el
movimiento obrero, sobre el retraso del capitalismo italiano: si el conflicto
de clases en Italia estaba ligado al retraso, la salida del retraso lo
reduciría y colocaría en otros terrenos, lejos de los lugares de producción.
Las encuestas de los Cuadernos Rojos, al contrario, suministraron elementos
esenciales para la hipótesis de que el conflicto de clases se desarrollaba
también y sobre todo en el área del capitalismo avanzado, con todas las
implicancias estratégicas que esta hipótesis implicaba. Estos elementos fueron
confirmados por las grandes luchas obreras del ´62-´63. Y esta batalla no era
sólo de los Cuadernos Rojos: era común a buena parte de la CGIL (Confederación
Italiana del Trabajo) (en particular turinesa) y en minoría en el PCI y el PSI.
Tras las grandes luchas del 62/63, el problema deviene en enmarcar las luchas
obreras con su detonante carga política y los propios sindicatos. Frente a este
cuadro, era el camino de salida ideológica “deducible” que la lucha obrera iba
más allá de las líneas de los partidos y de los sindicatos, colocándose en una
perspectiva revolucionaria. Esta era, según Panzieri y sus seguidores, el
enfoque de Tronti y los otros compañeros que dieron vida al grupo de Clase
Obrera. Frente a esto, Panzieri y los compañeros que permanecen en los
Cuadernos Rojos identifican a la encuesta como el instrumento para tomar
elemento de antagonismo real (no hipostatizados) y para verificar cómo se
colocaban respecto de las organizaciones del movimiento obrero y las instituciones.
De hecho, este proyecto de encuesta nunca fue realizado por completo. Sin
embargo, por primera vez los Cuadernos Rojos formularon un discurso sobre la
función estratégica de la encuesta (y, observemos, que sin conocer las
formulaciones de Mao sobre este tema, que a mi entender siguen siendo las más
completas y actuales). Además, los Cuadernos Rojos desarrollaron, en campos más
circunscriptos y empíricos, trabajos de encuesta en las situaciones en las que
había boletines de obreros reales: es el caso de la Olivetti (con el grupo
Lucha de Clases) y de la misma Fiat (con el periódico La Voz Obrera). La
encuesta de los Cuadernos Rojos se basaba sobre un presupuesto teórico derivado
también de la relectura y actualización que Panzieri hacía de Marx, en particular
de la cuarta sección del primer libro de El Capital. La hipótesis era que el
comando capitalista sobre el trabajo y los desarrollos de las formas en las que
el se ejercita fuesen un tema políticamente, no sólo económicamente, central en
la elaboración de una estrategia revolucionaria para el capitalismo avanzado.
La encuesta de los Cuadernos Rojos tenía como objeto aquello que hoy se llama
(tal vez con un cierto desprecio...) el “trabajador fordista”. No en la visión
reductora que lo limitaba al obrero, y mucho menos al “obrero masa”- basta
pensar en la atención con la que Romano Alquati entrevistaba a jefes
intermedios y empleados técnicos. Desde entonces, la situación ha cambiado
indudablemente. Sin pretender ofrecer un análisis total, ¿cuáles son los
elementos novedosos que presentan implicancias particularmente relevantes desde
el punto de vista de la encuesta? Son cambios registrables y legibles mediante
los viejos esquemas de encuesta; otros, en cambio, requieren preguntas nuevas y
una revisión y redefinición de aquellos esquemas. Desde esta perspectiva me
parece que son dos los cambios más relevantes. En primer lugar, la tendencia a
una creciente difusión-prevalencia de la dimensión intelectual del trabajo (me
refiero a la dimensión intelectual “explícita”, siendo aquella “implícita” ya
muy rica en el trabajo del obrero habitual). Lo cual no significa
necesariamente trabajo más calificado: significa que en el trabajo la función
de elaboración de informaciones resulta siempre más central y explícita. En
segundo lugar, el pasaje de un mercado del trabajo “dual”-es decir, dividido en
dos segmentos, uno calificado, “fuerte” y estable, y otro descalificado, débil
y más inestable- a una precariedad en el mercado del trabajo que infiltra todos
los niveles de calificación, y a una diversificación en el propio tipo de
relación de trabajo. ¿Cuáles son las consecuencias relevantes de esta nueva
situación? Me limito a algunos ejemplos. La calificación, de patrimonio
personal construido mediante un recorrido cansador pero coherente, deviene una
“potencialidad” hecha de recorridos de aprendizaje y adaptación erráticos y
heterogéneos, que a menudo no ofrecen posibilidad de acumulación de
experiencia. La precariedad embiste los proyectos de vida, a menudo con un vuelco
respecto de la situación del trabajador fordista. Si este podía decir: “hago un
trabajo de mierda, pero cuando salgo de la fábrica disfruto de mi tiempo y mi
vida”, el trabajador precario calificado actual es fácil que diga lo contrario:
“hago un trabajo nada malo, pero apenas salgo del trabajo comienza la angustia
de cómo mantener la casa, la familia, etc.”. Más aún, el núcleo central sobre
el que hoy hay que concentrar la “atención de investigación” está en los
sistemas informativos, es decir en los flujos de información en los cuales, en
el trabajo y fuera del trabajo, está situado el trabajador. En el trabajo está
situado en un tejido de información más rico que antes (también el obrero de
montaje debe digitar información en una computadora, y debe reconocer a alguien
que lo resguarde); y es importante la proporción de la porción que ellos
pueden, de algún modo, gestionar autónomamente (escogiendo la información y qué
uso darle) y la parte “alienada” (si se decide “desde arriba” qué información darles,
y esta misma “precribe” también su comportamiento consiguiente”. Fuera del
trabajo se abren nuevas posibilidades de inserción en redes más ricas y amplias
de informaciones: nuevas “posibilidades en red” que sustituyen el tejido de
relaciones más estables pero más circunscriptas del “trabajador fordista”,
abriendo nuevas posibilidades ya sobre el terreno profesional como sobre el
político; aquí se vuelve importante entender cuánto las informaciones recibidas
en el trabajo pueden ser utilizadas autonómicamente sobre el terreno de las
conexiones con otros y el de las organizaciones. Junto a estos aspectos, hay
una cuestión de fondo. Los recorridos de movilidad en el mercado de trabajo
flexibilizado son una trampa entre las elecciones del trabajador y las imposiciones
súbitas: ¿cuánto pesan respectivamente los dos aspectos en los recorridos
concretos de cualquier trabajador, y de los diversos tipos de trabajadores?
(aquí el “masculino-neutro” que he utilizado por brevedad muestra todos sus
límites, porque la diferencia de género, y no sólo en este caso, son un
elemento decisivo). ¿Quién y porqué prefiere un trabajo estable aunque sea de
mierda, y quién elige lo puesto? Nuevamente, de estas opciones posibles se
discute a menudo ideológicamente, en términos de “modelos”, sin verificación
directa con los interesados. Una encuesta sobre el trabajo en la fase
postfordista debe, por lo tanto, entrelazar trabajo, mercado de trabajo y
condiciones de vida en mayor medida que antes. Pese a estos importante cambios,
todavía, desde la perspectiva de la encuesta, el tema del comando capitalista
sobre el trabajo sigue hoy siendo crucial, me parece, por varias razones. El
área del trabajo “bajo el comando del capital” se ha extendido en los propios
países capitalistas avanzados, pero también y hasta más, en el resto del mundo.
Las formas de este comando y las respuestas de los trabajadores se articulan en
un modo nuevo, y la encuesta es necesaria para individualizarlo y comprenderlo.
Se presentan, en cambio, derivaciones ideológicas no muy disímiles de las que
siempre combatió la encuesta de los Cuadernos Rojos. No me refiero aquí tanto a
tesis “vulgares” como aquellas sobre la “era post-industrial” o sobre la
desaparición de la clase obrera. Pienso en otras tesis, difundidas también en
el ámbito de la izquierda y de los propios neo-obreros, que “deducen” de los
propios esquemas los comportamientos de los trabajadores, sin “ir a verlos”
mediante la encuesta: pensemos en las difusas teorizaciones de la flexibilidad
como elección siempre prevalerte entre las nuevas generaciones de trabajadores,
y en las hipótesis relativas que ven en varias formas de “flexseguridad”
(garantía de capacitación, rentas de mantenimiento) la única estrategia válida
en la fase actual. Aquí, un elemento posiblemente cierto (que es el de quien
elige la flexibilidad) es hipostatizado y generalizado arbitrariamente. Y
pienso también en ciertas teorizaciones sobre el “capitalismo cognitivo” que
tiende a extender el área central del conflicto entre capital y trabajo hasta
tornarla un todo indistinto. Y recuerdo la teoría de fin de los años ´50 sobre
la “alienación que se deposita en el consumo”: tocaba un aspecto real, pero, en
vez de proponerlo como extensión de la temática de investigación, lo sustituía
por otros aspectos igualmente reales. Como también aparecen tendencias a
hipostatizar como “centrales” ciertas figuras del trabajo: del “obrero masa” de
los años ´70 se pasa al “trabajador autónomo de segunda generación” y su
subespecie de “trabajador cognitivo precario”. Me parece más que actual un
perspectiva de encuesta que ponga de nuevo en el centro al comando capitalista
sobre el trabajo, incorporando los aspectos nuevos y extendiendo el análisis a
los diversos aspectos del comando directo. E indagando los problemas no solo
del lado del capital, sino también y especialmente del lado del trabajo,
tomando las diferencias objetivas y subjetivas, pero buscando reconducirlas a
las relaciones sociales fundamentales de la sociedad capitalista.
Escrito
en colaboración con LOAcrobax y Chainworkers.
Cuadernos
Rojos
“Cuadernos Rojos”, la primera revista del
obrerismo italiano fue iniciada en 1961 por Raniero Panzieri con, entre otros,
Mario Tronti, Romano Alquati, Alberto Asor Rosa, Vittorio Rieser, Rita Di Leo,
Toni Negri, Sergio Bologna, Giairo Daghini, Mauro Gobbini, Pierluigi
Gasparotto, Claudio Greppi, Lapo Berti. Salieron seis números- el último
después de la muerte prematura de Panzieri, con sólo 43 años, en 1964- con
estos títulos: Lucha obrera en el desarrollo capitalista; La fábrica y la
sociedad; Plan capitalista y clase obrera; Producción, consumo y lucha de
clases; Intervención socialista en la lucha obrera; Movimiento obrero y
autonomía en la lucha de clases. Pero después del tercer número, en el ´63, el grupo
originario se divide debido a la metodología de la investigación, por el papel
de la política en la organización. Permanecieron, entre otros, Panzieri,
Rieser, Dario y Liliana Lanzardo, Giovanni Montura, Michele Salvati, Edda
Saccomanno, Tronti, Negri, Asor Rosa, Di Leo, Gobbini, Gasparotto, Daghini,
Gobbi, Bologna, Greppi (a los que se les unen otros, como Ferruccio Gambino,
Franco Piperno, Enzo Grillo, Gaspare de Caro) y dieron vida a “Clase Obrera”,
cuyo primer número saldrá ene enero del ´64 con el editorial de Tronti “Lenin
en Inglaterra”. De “Clase Obrera” salieron catorce números, un suplemento y un
volante; alrededor del periódico nacieron una serie de grupos obreristas
locales, sobre todo en Lombardía, Liguria, Veneto, Piamonte, Toscana y Roma. El
conflicto interno del grupo se desencadena esta vez alrededor del problema del
partido, dividiendo a los que querían dar vida a una nueva organización de los
que deseaban formar un grupo de cuadros que diese batalla en la izquierda
histórica y los sindicatos. El grupo se disuelve en 1966, el último número
lleva la fecha de marzo de 1967.
Coinvestigación
El
conocimiento que agrede al presente
El
cambio de signo de la Universidad a los migrantes, luces y sombras de un
trabajo de encuesta para explorar el precariado metropolitano. La lección de
“Obreros y Capital” inmersa en el capitalismo flexible.
Gigi Roggiero
Hay teorías que se extinguen en tanto
inútiles, otras anticipan felizmente la tendencia. De estas, podemos abrir los
cofres de la herencia parafraseando la sugerencia de Obreros y Capital: una
investigación que quiera retomar el discurso sobre la validez de las
afirmaciones obreristas debe confrontarlas con su tiempo, y con el nuestro. En
otras palabras: el método obrerista, y no el pasado obrerismo, es hoy una
formidable arma teórica y epistemológica en la investigación política dentro y
contra la contemporaneidad. Su identificación es el vuelco heurístico
trontiano: el principio es la lucha de clases obrera, luego viene el desarrollo
capitalista. La relectura radical de Marx de Obreros y Capital había encontrado
la carne y la sangre del sujeto revolucionario, desde Turín a Puerto Marghera,
mediante la práctica de la coinvestigación. Su diferencia respecto de la
encuesta obrera, incluso de los Cuadernos Rojos, no pertenece al método de las
ciencias sociales: es completamente política. La coinvestigación es
irreductiblemente unilateral de parte. La separación entre producción de
conocimiento y su representación política queda superada: la producción de
saberes es inmediatamente producción de subjetividad y de organización
política. Diseña imágenes de contornos indescifrables, inquietantes y
monstruosos, que se recomponen solo en una posición particular en el espacio,
para develar figuras antes no perceptibles. Lo monstruoso deviene sujeto. Esta
es la ruda raza pagana. Esta es la multitud estallando en las calles de Génova
o los suburbios parisinos. Para quien la ve como un calco sociológico de la
fragmentación de clase, se le recuerda lo que el propio Tronti escribió:
“Cuando la clase obrera rechaza políticamente volverse pueblo, no se cierra,
sino que se abre la vía más directa para la revolución”. Aún, tras haberse
desenmascarado la mistificación socialista del sol de porvenir, algunos
obreristas quedan detenidos en la nostalgia por un pasado que, finalmente, se
disolvía. El problema, en el mejor de los casos, es que la clase obrera ha
alcanzado apenas la mitad del objetivo: se ha destruido a sí misma, huyendo de
las fábricas y del trabajo asalariado; no ha derrotado a su otro enemigo, el
capital. Pero su ocaso no lleva consigo el fin de la posibilidad de una
transformación radical. Más bien, empuja hacia delante el terreno de la lucha:
sobre el nivel de la globalización y del capitalismo cognitivo. La genealogía
de las transformaciones es de hecho ambivalente: ahora está las luchas-
obreras, feministas y anticoloniales- obligando al capitalismo a responder. En
este cambio se ha hablado mucho de coinvestigación, pero se la practicado poco.
La han hecho las empresas, asimilándola hábilmente en la fórmula administrativa
de investigación-acción. Ahora, la caja de las herramientas obreristas se pone
otra vez a trabajar en las redes transnacionales de activistas, dentro de la
metrópoli productiva, con los precarios del conocimiento y los inmigrantes.
Concientes de que los viejos modelos-basados en la concentración del trabajo y
la linealidad témporo-espacial de la relación entre fábrica y territorio- son
inutilizables. Permanece siendo central el armazón metodológico, advertimos,
que cambia de signo: la coinvestigación parte de la potencia de la
subjetividad, no de la compasión vuelta fotografía de víctimas desencarnadas;
de la autonomía elegida antes que de la precariedad impuesta. Mientras el saber
social cobra fuerza productiva inmediata, el capitalismo es forzado a perseguir
afanosamente cooperación y formas de vida. Las solicitudes de investigación
arraigan en la composición del trabajo vivo. Si la función de la vanguardia ha
sido absorbida en el cuerpo vivo de la lucha, ¿cuáles son las nuevas formas de
organización no representativa, al mismo tiempo soviet y partido, o sea,
conjuntamente máquina de la ruptura revolucionaria y producción de lo común?
¿Cuáles son los comportamientos y la microrresistencia, cual es el equivalente
del sabotaje obrero y de las huelgas de una fuerza de trabajo flexible, móvil y
transnacional? En suma: ¿cuáles son las oficinas Putilov del precariado
metropolitano? El problema, para Tronti, era pasar del análisis del capitalismo
a la teoría de la revolución: descubrir a Marx mediante Lenin. Hoy es, tal vez,
encontrar la riqueza de la cooperación en el rechazo del trabajo, el éxodo a
través de la organización de los múltiples, la potencia del común mediante la
afirmación de la parcialidad. Otra vez, ahora, debemos proceder
metodológicamente con “la paciencia de la investigación y la urgencia de la
respuesta”.
El
Parricidio contra el Trabajo
“Tronti
es muchos”: muchos caminos teóricos, muchas experiencias de lucha. De la
duplicidad de la clase obrera a las diferentes figuras del Otro, del fin de la
dialéctica al fin de la identidad. No hay un segundo obrerismo, se siempre el
mismo, enfrentando la globalización y la nueva subjetividad.
Toni Negri
¿Qué ha significado para mí Obreros y Capital?
Muchas cosas, tal vez tantas como los ensayos que este libro comprende. Estos
ensayos se presentan siguiendo una secuencia temporal que no puede ser
recolectada en una única experiencia de lectura. Tronti es muchos, vale decir,
una pluralidad de singulares descubrimientos teóricos y de diferentes
Erlebnisse (Vivencias) y decisiones. Ha modificado mi percepción de la lucha de
clases (y por lo tanto de la realidad histórica y de mi propio compromiso
político en ella) al ritmo de la lectura de estos ensayos. Aún compartiendo las
conclusiones, no obstante sometíamos a verificación los pasajes esenciales.
Íbamos a las puertas de las fábricas, en los años ´60, participábamos de las
reuniones de los comités obreros, escribíamos volantes, discutíamos en los
seminarios universitarios, leíamos El Capital, confrontando siempre las
hipótesis de estos ensayos y los diferentes eventos políticos o las diversas
contingencias de pensamiento con las que nos encontrábamos. Precisamente por
esta complejidad de mi relación con este libro, a los ensayos comprendidos en
él y a sus autores, deberé simplificar y escoger discutir sólo algunos puntos.
Para evitar hacer una experiencia bibliográfica. La primera lectura ha sido
aquella del ensayo La Fábrica y la Sociedad (1962). He estudiado (mis
subrayados de los volúmenes de los Cuadernos Rojos, que aún poseo, lo
testimonian) que “la clase obrera dentro del capitalismo es la única
contradicción insoluble del propio capitalismo: o mejor aún, se transforma en
ella desde el momento en que se auto organiza como clase revolucionaria”. ¿Qué
significaba esto? Significaba que el concepto de capital era único y
totalitario, mientras que el concepto de clase obrera era doble, que, entonces,
a la fuerza de trabajo le era posible auto organizarse dentro de la fábrica y
fuera del- en contra del- capital. Del ´63 es el otro ensayo que ha arrojado
hacia delante la conciencia teórica y la práctica política, mía y de mis
compañeros: El plan del Capital. ¿Qué aprendimos leyéndolo? Que- desde el punto
de vista de la crítica de la economía política- la máquina de la acumulación
capitalista ya estaba fragmentada y que “el capital variable no podía
reintroducirse en el proceso de la producción capitalista si no lo hacía
directamente como clase obrera”; que entonces, desde el punto de vista de la
crítica política, “en este nivel, cuando la clase obrera rechaza políticamente
volverse pueblo, no se cierra, se abre la vía más directa para la revolución
socialista”; consiguientemente, “La clase obrera se torna la única anarquía que
el capitalismo no logra organizar socialmente”, y entonces nos movíamos con
fuerza, sabiendo que “nada será hecho sin odio de clase: ni elaboración de la
teoría ni organización práctica” (¿no fuimos siempre invictos en el más potente
acto de amor? ¿Nunca sorprendidos en un más insidioso deseo?). Tercera ocasión
de re-pensamiento, 1965: Marx, fuerza de trabajo, clase obrera. Aquí, ante
todo, la socialización del proceso capitalista de producción de comando, y del
propio trabajo, es dada como realizada. Es sobre el terreno social complejo,
investido por el plan del capital, donde la fuerza de trabajo propone su contra
plan. Sobre esta base el trabajo se presenta socialmente como no-capital, y la
propia naturaleza doble de la clase obrera revela, en el capital, contra el
capital, una división que ya es contraposición. “El Doppelcharakter (Doble
carácter) del trabajo representado en las mercancías se descubre así como doble
naturaleza de la clase obrera, doble y al mismo tiempo uniforme, uniforme y a
la vez contrapuesta, contrapuesta y a la vez en lucha consigo misma”. Lucha
contra el trabajo: es aquí oportuno preguntarse si “por este camino, en las
confrontaciones de Marx, el punto de vista obrero no llegará al parricidio”.
Conclusión sumaria pero para muchos (para todos aquellos que se adscribieron al
“primer” obrerismo) definitiva. Con ella se confirman algunos puntos que serán
fundamentales en la organización de las luchas entre los ´60 y los ´70-
recuperando, en este ámbito, otra verdad que, en el debate europeo y mundial de
los comunistas entre los años ´20 y los ´60, el pensamiento crítico ya había
construido. Sumariamente, estas tesis son: 1) duplicidad del concepto de fuerza
de trabajo y de clase obrera, de composición técnica y de composición política,
en una relación aleatoria con el concepto de partido y con la historia de los
movimientos sociales; 2) la lucha obrera determina el desarrollo histórico de
toda la sociedad, en la continua transformación y modelación de su composición técnica
y de la movilización de su composición política, la estructura del capital y
del Estado siguen a los movimientos de la lucha; 3) materialismo histórico
contra toda dialéctica y teleología materialista; 4) el comunismo como programa
mínimo. En los años sucesivos, bien asimiladas estas lecturas, tuvimos ocasión
de profundizar la experiencia en aquellos movimientos y aquellas luchas que,
impetuosamente, se renovaron en Europa y el mundo, tanto en el lado capitalista
como en el socialista. Golpeando por un lado las duras cabezas de quienes se
identificaban con el “socialismo real”, desmistificando por otro la ilusión de
que la organización revolucionaria pudiese ahora consistir o formarse según el
canon tercerinternacionalista. Siempre,
en este período, aquella enseñanza de Obreros y Capital continuó pareciéndome
fundamental-cuanto más el tejido de la experiencia revolucionaria era
prolongado con el Sesenta y ocho ampliado y, luego, con el Ochenta y nueve,
profundizado. Finalmente, el socialismo
(como gestión alternativa pero interna y partícipe de la organización
capitalista del trabajo) desapareció del horizonte político revolucionario; el
comunismo, en contra, se repropuso como terreno de y experiencia de lucha
autónoma y social de los trabajadores contra el trabajo y en contra de su
organización por parte del capital colectivo. Ha sido en los decenios sucesivos
a los ´60 y ´70 cuando los principios, construidos en el trabajo trontiano
germinal, se transformaron en una nueva organización del discurso y la practica
de lucha. Se trató de glosar teóricamente y aplicar políticamente aquello que,
del trontismo, devenía un principio de método. Un dispositivo que asociaba al
descubrimiento del principio motor del proceso capitalista (la lucha de
clases), la capacidad de profundizar la encuesta militante y, en consecuencia,
de aproximarse cada vez más a una teoría y práctica de “producción de
subjetividad” militante. A partir de fines de los años ´70, el pensamiento de
Obreros y Capital deviene elemento central en la discusión europea y americana
(y no solamente) ya que permitía relacionar la encuesta sociológica sobre las
transformaciones de la organización del trabajo con el análisis político de la
crisis ya sea del ciclo fordista o de la dependencia tercermundista- es decir,
a las prácticas teóricas que constituían nuevos recorridos militantes y nuevos
dispositivos organizativos de lucha anticapitalista. Los ápices de una nueva y
difusa lectura fueron: 1) la separación de la clase obrera del desarrollo del
capital se muestra ahora como diferencia. En la estructura de una sociedad
subsumida por el capital, la multitud de los explotados es reconocida (y se
reconoce) como contradicción insoluble dentro del capital social y colectivo;
2) son las luchas de la multitud las que transforman la realidad histórica, las
que disuelven las categorías políticas de la modernidad, las que sumergen en el
tiempo y el espacio globales la realidad de la explotación y que desarrollan la
lucha de clases en contra de ella. A aquella interpretada por la clase obrera
se le agregan, en la lucha y la construcción de un nuevo mundo, otras
diferencias (feministas, coloniales, etc.) vale decir, las múltiples figuras
del Otro; 3) aquí no sólo disminuye toda dialéctica y/o teleología, sino que también
disminuye toda identidad posible. Y cuando se repropone de cualquier forma la
identidad, ella es siempre fascista, o sea, un instrumento ideológico del
comando capitalista; 4) aquí, por fin, el comunismo se configura como éxodo, no
simplemente como rechazo del trabajo sino plenamente como proyecto y
construcción progresiva de una sociedad del no-trabajo, como transformación en
acto. Alguno ha intentado hablar de estas conclusiones teóricas como de la
formulación de un “segundo” obrerismo. No, no se trata de una nueva lectura,
sino de la misma de siempre, transformada y confrontada todavía a una nueva
organización de la explotación y a una original producción de subjetividad
revolucionaria. Si se revende un “primer” obrerismo contra un “segundo”, se reduce
el primero a una serie de fórmulas totalmente ineptas para comprender no solo
los pasajes del postcolonialismo, de la globalización, del postsocialismo:
inepto sobre todo para comprender las transformaciones de la fuerza de trabajo
aquí y ahora. Esta nuestra fuerza de trabajo ha, de hecho, absorbido la
mundialización y el deseo de comunismo, construyéndose en una nueva
subjetividad. La crítica obrerista garantiza una continuidad de debate y un
depósito de conocimientos/instrumentos todavía eficaces. Sonriendo, se podría
decir que, como en la patrística se renovó el cristianismo, así, en este
segundo obrerismo, el marxismo ha sido restituido a su destino revolucionario
(y se removió la tentación del parricidio). De nuevo, podemos reconocer que
Tronti es muchos- no simplemente muchos caminos teóricos sino muchas
experiencias de lucha comunista. Debemos retomar esta experiencia, recordando
que (como decía Tronti en el artículo Clase y Partido, 1964, que cierra el
período creativo de su política) “más que sobre las desigualdades del
desarrollo económico del capitalismo, el acento está puesto sobre las
desigualdades en el desarrollo político de la clase obrera”, o sea sobre las
diferencias en/de la multitud- cierto, como sabemos “que la cadena se cortará
no donde el capitalismo es más débil, sino donde la clase obrera”, es decir la
multitud, “es más fuerte”. Abrazos.
Todos
los lugares de un aniversario
La
utopía occidental de “Obreros y Capital” a prueba en el presente, entre universidad
atestada, call center, fábricas chinas, co-co-co (Colaboración Coordinada y
Contínua: contratos de trabajo temporales) que despachan currículas, biólogos
rusos que hacen de vigilantes.
Sergio Bologna
¿Dónde festejamos este aniversario? ¿En algún
aula universitaria atestada de reaparecidos, barones, mutilados, viudas,
traidores, idiotizados, doctorados? ¿O bien en algún espacioso edificio
industrial abandonado, reestructurado con arte de arquitectos de fama, hoy sala
de exposición de firmas locales, prestado para la ocasión por el patrocinante,
gozoso por oficiar el enésimo funeral de la clase obrera? Prefiero otro lugar.
Un call center, por ejemplo, allí donde se requiere la licenciatura en letras
(o en ciencias de la comunicación) para conseguir trabajo. O tal vez en
Shangai, donde Ronzolon, del difunto Giuseppe da Montebelluna, adiestra chinos
en las máquinas utensilios italianas. ¿O quizá en Milán, donde el ex co.co.co.
prepara currículas en su bohardilla, esperando una entrevista laboral donde le
dirán “Ha pasado los cuarenta”? O tal vez en Granetti & Hijos, decoración
de exteriores, donde el socio de private equity tiene ya un plan de
reestructuración que caza un poco de gente pero lleva el Ebit (Ganancias antes
de los Intereses e Impuestos: método de medida que no incluye al costo del
capital) a 2.7. O en un muy normal departamento de clase media, donde una
bióloga rusa tiende las camas, lava los pisos pero levanta siempre un pago
horario mejor que los hijos del dueño de casa, uno practicante cerca de ser
abogado recibido y la otra jornalista de revistas de moda. Recordemos este
aniversario en medio del trabajo de los jóvenes de hoy. Con el riesgo, por
cierto, de hacer parecer incomprensible el lenguaje de Obreros y Capital, pero
es siempre mejor correr este riesgo, exponiendo el texto a la prueba del
presente, antes que verlo embalsamado en una vitrina de reliquias. Esa fue la
primera gran novedad que Obreros y Capital introdujo en la cultura de los años
Sesenta: demostrar que entonces era posible construir un pensamiento. Allí
donde imperaban esquemas ideológicos, retazos de las disputas internacionales,
Tronti ponía en juego el coraje del pensamiento fundador; allí donde se
cocinaban glosas a los escritos de Marx, Tronti recuperaba el sentido de una
reinterpretación que devenía sistema. Un sistema cerrado, coherente,
coercitivo, afirmativo, expuesto con una pizca de énfasis mesiánico, que rompía
el bla-bla del debate cotidiano, del chismorreo, quebraba las demoras del
empirismo. Tronti le devuelve ciudadanía a los visionarios, a quienes
necesitaban en aquel momento de una utopía occidental, subyugados como
estábamos todos por las narraciones revolucionarias que llegaban del Magreb,
del Asia, de la América Latina. Y precisamente porque se trataba de un sistema
de pensamiento, infundía certeza en aquellos en los que la crisis del
comunismo, iniciada con la revuelta obrera de Berlín y luego con la revuelta
húngara del ´56, provocaba desconcierto y flaqueza. El punto crítico, se ha
dicho, estaba en la relación entre abstracción e investigación empírica.
Obreros y Capital no nace del cerebro de un intelectual individual, sino de la
pasión que deseaba entender cual raza transformadora había llegado en aquel
mundo específico del trabajo que es la gran fábrica; nace de los deseos de
interrogarse y comunicarse de centenares de obreros, nace de la impaciencia de
militantes de base del PCI, de PSI, de la CGIL, de anarquistas, trotskystas,
internacionalistas, es decir, de un personal político preexistente, harto de
ser congelado, hibernado en la agonía del comunismo, de los cuales entonces
veíamos los primeros síntomas y ahora, maldición, tras cuarenta años, apesta
todo. Mario Tronti le da un instrumento teórico a una parte de este personal
político, logra encontrar una síntesis a los miles de puntos que la experiencia
de cada día, en contacto con una clase obrera que se estaba despertando,
permitía transmitir. Panzieri lo había llevado a los Cuadernos Rojos, Negri lo
había empujado en Clase Obrera, pero en 1966, cuando sale el libro, el estaba
volviendo a la cabecera del comunismo para demostrar un nuevo tipo de vía. La
relación con la investigación de base, con el enfoque “sociológico”, era
compleja y producía heridas. Y no porque unos eran “concretos” o “realistas” y
los otros “abstractos”. Sino porque había que eliminar cincuenta años de un
esquema mental que recitaba: primero viene el capital, adquiere las máquinas,
recluta la mano de obra, luego se consolida la estructura y la mano de obra se
transforma en fuerza de trabajo, luego la acción del partido y del sindicato la
volverá clase obrera, sujeto político y económico al unísono. Obreros y
Capital, Biblia de lo que será llamado “obrerismo italiano”, invierte la
secuencia: primero viene la clase obrera como sujeto político antagónico,
(conviene “pensarla” así), luego viene todo el resto, plan del capital,
anarquía monetaria, orden político y demás. Por lo tanto, el obrerismo
italiano, sin aviso, rompe con la tradición comunista, es el primer movimiento
poscomunista. Lamentablemente muchos de sus protagonistas empobrecieron sus
mentes en lugar de ser ellos los “verdaderos” comunistas. En algunos
supervivientes ha quedado el antiguo deseo de entender porqué el trabajo, en
lugar de seguir la profecía obrerista que lo veía unificarse en un bloque
social temible, se ha ido disgregando y atomizando (según el último informe
anual Istat, el 46.6% de los italianos trabaja en las llamadas “microempresas”,
que no son otra cosa, para llamarlas por su verdadero nombre, que laboratorios
autónomos con algunos dependientes, dado que sus dimensiones medias son de 2,7
incorporados). Estos supervivientes han trabajado por alrededor de treinta
años, avanzando a tientas en una oscuridad teórica, para poder entender dónde
estaba yendo el trabajo. No es preciso buscar lejos, sigamos simplemente las
vicisitudes humanas de los obreros involucrados en las luchas del otoño
caliente y de los años sucesivos, y luego la de sus hijos. Tras treinta años de
trabajo un elemento del denominado “posfordismo” estaba en condiciones de
ofrecerlo, sus análisis coincidían perfectamente con las investigaciones de
medio mundo, las mejores de manos femeninas. Podría ser una base para construir
políticas de trabajo en condiciones de reestablecer algunos desequilibrios que
ya han espantado también a los liberales honestos. Y sin embargo se encuentran
otra vez dejados de lado, y sus treinta años de trabajo puestos a cero por un
gobierno que debería ser amigo, con algunos que piensan reproducir la fuerza de
trabajo por decreto administrativo (en la tradición comunista se lo hacía
deportando), otros que desenvainan un grotesco “neo-obrerismo” volviendo a
colocar en el centro el contrato de trabajo por tiempo indeterminado (como si
fuese un balón que volviese al centro de la cancha tras hacer un gol), otros
que ahora piensan en combatir el trabajo atípico empeorando las condiciones de
quienes están obligados a ejercerlo. Todos son de algún modo hijos de la
tradición comunista. Y es por todo esto que es bello, gratificante, haber sido
“obreristas”, extraños a aquellas tradiciones. A mi entender, Obreros y Capital
es todavía un texto que no concilia con la izquierda italiana, no sólo de hoy
sino también de ayer. Se emitieron en su contra juicios despreciables: un texto
lírico (Tronti un nuevo Petrarca y la clase obrera en el papel de Laura). Fue
vituperado como apología del capital, por la tesis de que “la lucha obrera
produce desarrollo capitalista”. Pero no estuvo lejos de la verdad, si miramos,
por ejemplo, a la fábrica Fiat. Sacudida entre 1969 y 1980 por una
conflictividad permanente, asediada por atentados y ataques de pierna (típicos
ataques italianos de esa época, hiriendo en las piernas con armas de fuego), la
Fiat emerge más fuerte que nunca, con un nivel tecnológico sin igual en el
mundo. Entre 1980 y 2002 goza de una paz social absoluta, ejerce un poder
indiscutido en la sociedad, y se ha salvado de la quiebra. Sobrepuesto a la
prueba del presente, Obreros y Capital aún tiene mucho para enseñar.
La
paradoja del laboratorio italiano
Una
teoría de la revolución que nace en Italia de las luchas de los años cincuenta
y sesenta y no podía haber nacido en otra parte. Pero penetra en el mundo
anglófono cuando “el experimento italiano” ha finalizado, gracias a su capacidad
para leer el naciente posfordismo.
Brett Neilson
¿Será acaso que el Lenin de Tronti pasó una
temporada no en Italia sino en Inglaterra, y su Marx en Detroit? Escribir sobre
la recepción de Obreros y Capital en aquel que en Italia todavía se insiste en
definir como “mundo anglosajón” es difícil. Una de las razones reside en el
hecho de que el libro de Tronti nunca fue por completo traducido en aquella
lengua, el inglés, que era usada a
nivel mundial más como segunda lengua que como lengua madre, el denominado
inglés global, el equivalente general de todas las lenguas. Incluso hoy, en
inglés se encuentran solo cuatro capítulos de Obreros y Capital, más el
“Postscripto de los Problemas” de la edición de 1970; y los cinco están
disponibles en Internet. Y es precisamente del conjunto de los capítulos
traducidos (y desde ellos y por ellos) que propongo comenzar, no tanto por
puntillosidad filológica sino para ofrecer una guía al impacto del primer
Tronti en el mundo angloparlante. Primero entonces es oportuno considerar una
paradoja de inicio, que influencia no sólo la traducción sino la misma
escritura de este ensayo. Por un lado, los conceptos y la metodología de
Obreros y Capital son el fruto de las luchas obreras desplegadas en Italia en
los años cincuenta y principios de los sesenta. El libro se sitúa en un
contexto real, que Tronti llama la fábrica, y que no suministra tanto la base
de una teoría como la coordinación de una práctica: un nuevo modo de practicar
la política, o, mejor, un nuevo “estilo” político. El obrerismo nació en
aquella provincia que se llama Italia, y este nacimiento no pudo ocurrir en
ninguna otra parte. Por otra parte, ale leer Obreros y Capital queda claro que
el análisis de Tronti se basa sobre una realidad que existe más allá del “caso
italiano”, o sea sobre la unidad del movimiento de la clase obrera a nivel
mundial. En Lenin en Inglaterra se lee, de hecho: “La fuerza de trabajo obrera
nace históricamente ya homogénea sobre el plano internacional y costringe al
capital- en un largo período histórico- a tornarse también homogéneo”. Es esta
denominada homogeneidad no de la clase obrera sino de la fuerza de trabajo
(que, merece recordarse, para Marx no es solo una mercancía circulante junto
con otras, sino también una categoría abstracta de la potencialidad) que provee
el lugar común a partir del cual es posible entender la difusión del
pensamiento obrerista a través de contextos lingüísticos y culturales diversos.
Se trata, en suma, de algo más de aquello que Edward Said ha llamado “teoría
viajante”. La fuerza de trabajo se vuelve el sitio donde las operaciones del
capital y la política de las diferencias geográfico/culturales se tocan y
estallan. Y veamos bien: la que se pone en juego es mucho más que el análisis
del impacto de la lucha obrera sobre varios contextos histórico/geográficos-un
enfoque que de hecho solo ofrecería una crítica apenas parcial del capitalismo.
Es en esta óptica que tiene sentido preguntarse sobre el contexto en donde
algunos capítulos de Obreros y Capital han sido traducidos en Inglaterra y
Estados Unidos en los años setenta, esto es, después de aquel sesenta y ocho
que para Tronti sería la vertiente que anuncia el fin del obrerismo. Las
primeras traducciones aparecen en los Estados Unidos en el bienio ´72-73, al
tiempo de la crisis petrolera, del fin de la guerra de Vietnam y, sobre todo,
según autores como Frederic Jameson o David Harvey, de los primeros pasos del
capitalismo posfordista. Del ´72 es la traducción en el periódico América
Radical de una parte del capítulo de Obreros y Capital intitulado Marx, fuerza
de trabajo, clase obrera, junto a un fragmento intitulado Tesis sobre el Obrero
Masa y el Capital Social, escrito por Silvia Federici y Mario Montano bajo el
seudónimo de Guido Baudi. El mismo año la revista neoyorquina Telos traduce el
Postscripto de Problemas con una introducción de Paul Piccone. Sigue luego en
el ´73, la traducción en Telos de Capital Social, publicado con el título
original El Plan del Capital. Mientras tanto Ed Emery y John Merrington del
Colectivo Notas Rojas de Inglaterra traducen varios escritos obreristas, entre
ellos Lenin en Inglaterra y La Estrategia del Rechazo que, antes de aparecer
como opúsculos, salieron en el ´79 en un volumen titulado Autonomía de la Clase
Trabajadora y la Crisis. Este conjunto no solo agota lo que ha sido traducido
en inglés de Obreros y Capital, sino lo traducido de toda la obra trontiana
(parece que Telos compró los derechos de traducción de Einaudi, pero las
intenciones de avanzar se detienen tras la muerte de un editor importante. Vale
la pena señalar que si fue tal vez posible aprehender el argumento del libro en
su interés y complejidad juntando los fragmentos publicado en circunstancias
tan diversas, tal reconstrucción es el esfuerzo de pocos militantes. Las
traducciones de Tronti han sido siempre publicadas junto con otras piezas del
marxismo internacional o del obrerismo italiano: Georg Lukács y Sergio Bologna
en Telos, Toni Negri y el mismo Bologna en Notas Rojas, y luego Bifo, Paolo
Virno y otros en la importante antología titulada Italia: Autonomía- Políticas
post-política, del ´79, a cargo de Sylvère Lotringer y Christian Marazzi. El
punto es que nunca se ha dado el espacio para una lectura sistemática de Tronti
en inglés. El Tronti del mundo anglo parlante es parte de una mezcla selectiva
del obrerismo y en consecuencia sus conflictos y desacuerdos con tantos de sus
compañeros han quedado evidentes. Y esto no obstante el hecho de que el
Postscripto del ´71 (publicado no solo en Telos sino también en un volumen
británico titulado El Proceso del Trabajo y Estrategias de Clase del ´76) haya
sido concebido por el autor como una respuesta al sesenta y ocho, y constituya
un salto hacia su tesis sobre la autonomía de la política. De hecho, también en
los tratamientos del obrerismo publicados para leer la obra italiana en lengua
original, como Harry Cleaver en Estados Unidos o Steve Wright en Australia, el
leninismo de Tronti tal vez resulta menos evidente a los lectores anglófonos
que a los italianos. Hay dos posibles explicaciones a esta recepción que
enfatizaba el rechazo del trabajo y la primacía de la lucha obrera sobre el
capital antes que la organización partidaria: por un lado el hecho de que las
traducciones sean publicadas después de la experiencia del sesenta y ocho, por
otro la difusión del posfordismo, más rápida en los países avanzados del mundo
anglófono que en Italia. No es que en Obreros y Capital no fuera evidente el
descarte entre la estrategia el rechazo y la necesidad de poder del partido. Y
es esta distancia la que empuja a Tronti a argumentar que el marxismo nunca ha
tenido una teoría adecuada del Estado, y lo sumerge en sus análisis de Carl
Schmitt, definido por Jacob Taubes como “el único antileninista de relieve”. De
aquí se despliegan también los discursos sobre la “ruda raza pagana” y la
lucidez con que Tronti escribe de la derrota del movimiento obrero después del
´89. no hay dudas de que esta gran negatividad suya produce una capacidad de
análisis muy incisiva y se vuelve fuente de inspiración para todos aquellos que
no se dejan convencer por el igualmente fuerte spinozismo del Imperio de
Michael Hardt y Toni Negri. De hecho es la investigación de una tradición del
obrerismo alternativa a estos últimos la que recientemente ha decidido a
algunos jóvenes pensadores de lengua inglesa a releer al primer Tronti (ver el
blog organizado por Angela Mitropoulos: http://www.longs u n d a y . n e t
/ l o n g _ s u n - day/2006/03/tronti_blogweav.html). Sin
embargo, yo afirmo que es un error leer a Tronti contra Negri. Más urgentes son
los intentos de entender como el capitalismo ha cambiado gracias a la lucha
obrera, y los desafíos de crear nuevas formas de organización con las cuales
combatirlo. La pregunta no es donde pasarían una temporada hoy el Lenin y el
Marx de Tronti (¿en China o Bangalore?) sino qué harían en las condiciones
actuales de difusa precariedad en las que el partido, el movimiento obrero, la
fábrica y las calles ya no son la arquitectura principal de las comunicaciones
y la organización. Se trata no solo del emerger de la producción en red sino
también de los importantes cambios en el modo en que se organiza la política.
El espacio de la política no es más un laboratorio donde se experimenta (y
donde la “normalidad” de la política moderna juega un papel de neutralidad
sobre cuyo fondo es posible controlar los resultados del experimento), sino una
maraña compleja donde la puesta en juego es darle forma política a experiencias
difusas a menudo contingentes y contradictorias. ¿Es que la Italia de los
obreristas debe ser para siempre concebida como un laboratorio? Creo que esta
metáfora debe ser archivada. La experiencia política en la era del posfordismo
que estaba emergiendo cuando el primer Tronti fue traducido al inglés no es un
experimento sino un complejo de relaciones, mediaciones y afectos mediante los
cuales la ontología de la clase política se torna evidente solo
fenomenológicamente. Al mismo tiempo, el último Tronti-una voz que se eleva de
la modernidad para criticar duramente los intentos posmodernistas de “organizar
lo inorganizable”- no es un espectro derridiano. Es una voz inactual que vale
la pena escuchar actualmente, no para entrar en la melancolía de una izquierda
que no sabe como elaborar el duelo de lo que ha sido, sino para empujar la
organización política contra sus cascos más duros, para tener en cuenta que la
única acción política sobre la cual vale la pena reflexionar hoy es aquella
concebida no con la convicción de que Tronti tenga razón sino con la fuerza de
actuar como si tuviese razón.
A Berlín vía
Melbourne
Catrin Dingler
Una primera
recolección de los escritos de los Cuadernos Rojos ha sido publicada en
Alemania a inicios de los años setenta, seguida por publicaciones monográficas.
Obreros y Capital de Mario Tronti es traducido por primera vez en 1974. estas
ediciones se hallan hoy solamente en las bibliotecas, o con un poco de suerte,
en la librerías de usados. Una larga serie de artículos y pequeñas
investigaciones aparecidos en los mismos años en revistas y periódicos-a su vez
hoy casi inhallables- testimonian como la coinvestigación propuesta por Romano
Alquati estimuló a diversos grupos locales a analizar las luchas obreras en las
fábricas de Mónaco o Colonia. Y precisamente en estos pequeños grupos se ha
conservado el interés por el obrerismo. Ya a fines de los años ochenta la obra
de Tronti es traducida otra vez y reeditada. A mitad de los años noventa,
siguen otras publicaciones sobre los años sesenta y setenta en Italia, la más
importante de las cuales es La Horda de Oro de Nanni Balestrini y Primo Moroni,
aún hoy en las librerías, que reproduce el famoso texto de Tronti Lenin en
Inglaterra. En el mismo período Karl Heinz Roth, en su libro sobre el “retorno
de la dimensión proletaria” (...) busca interpretar su tiempo a la luz de los
textos italianos de entonces, mientras que la revista “Wildcat” reconstruye en
un extenso artículo los orígenes históricos de la coinvestigación. Pero el
intento de Roth no prospera y el número donde Wildcat auspicia un “renacimiento
del obrerismo” será el último de esa serie de la revista. Solo a partir de la
enorme popularidad de Imperio renace un nuevo interés por el obrerismo. El
libro de Michael Hardt y Toni Negri es acogido con entusiasmo por el movimiento
que se conforma después de Seattle y alrededor del G8 de Génova. Mucho más
críticos son, en cambio, los “viejos obreristas” alemanes. Wildcat vuelve a
salir en el 2003, añadiendo al artículo sobre el “renacimiento del obrerismo”
un Postscripto donde los autores toman distancia del “grito de triunfo emitido”
con el que Negri y Hardt anuncian al nuevo sujeto de la “multitud”.
Contemporáneamente comienza a circular el libro del australiano Steve Wright,
Paraíso Tormentoso. La composición de clase y lucha de clase en el Marxismo
Autonomista Italiano (Pluto Press, Londres 2002). El libro, nacido de una tesis
de doctorado, es la primer gran reconstrucción histórica de la teoría u la
práctica del obrerismo: Sergio Bologna lo reseña en el ensayo El obrerismo como
objeto de la investigación histórica, aparecido en la revista “Sozial
Geschichte”. El entusiasmo es tal que tres años después sale una edición
alemana (Assoziation A. Berlín 2005). El reciente interés por el obrerismo y en
particular por los escritos de Tronti es señalado en ese libro. En consecuencia
las discusiones alemanas ruedan alrededor de los conceptos más resaltados por
Wright, o sea, la “composición de clase” y las formas variables de su lucha.
Estimulada por las extensas citas de Wright recomienza la búsqueda de los
textos italianos originales. Muchos documentos, no solo dos capítulos de
Obreros y Capital, se encuentran hoy en alemán en un ensayo sobre obrerismo,
disponible en el sitio web de Wildcat. Pero en cuanto a la recepción de Tronti,
las sucesivas fases de su investigación sobre lo político, apunta a una
vertiente: desde entonces sus escritos son desconocidos y hasta extraños para
las discusiones alemanas. La búsqueda de los primeros escritos del obrerismo
italiano continúa, pero su discusión es filtrada por estudios contemporáneos de
origen anglo-americano, como por ejemplo aquel de Beverly J. Silver, Fuerzas
del Trabajo (Assoziation A, Berlín 2006), y no pasa por la “gramática de la
multitud” de Negri. Una muy reciente monografía que traza el recorrido
histórico “de la autonomía obrera a la multitud” no casualmente ha sido
titulada (Post-) Obrerismo (Schmetterling, Stoccarda 2006)
Dos Encuentros en
Londres y Barcelona
Se titula “Nuevas
direcciones de la teoría marxista” la Conferencia organizada por la revista
“Materialismo Histórico” entre el 8 y el 10 de diciembre del 2006 en Londres,
donde Mario Tronti discutirá “el obrerismo y la política” con M Tomba, R.
Bellofiore, P. Thomas, A. Callinicos. Mientras que en Barcelona, entre el 11 y
el 13 de diciembre, el seminario del Macba sobre “Capitalismo, fuerza de
trabajo, política, movimientos antisistémicos” prevé dos sesiones, una con
Mario Tronti y Giovanni Arrighi sobre “Capitalismo, hegemonía social,
política”, y otra con Sergio Bologna y Beverly J. Silver sobre “Fuerza de
trabajo y paradigmas productivos del capitalismo contemporáneo”.
De Tronti a Tronti
En las librerías
“Política y destino”
Casi al mismo tiempo
con las reediciones de “Obreros y Capital” llega en estos días a las librerías,
editado por Sossella, “Política y destino”, un volumen que recoge el texto
(homónimo) de las lecturas magistrales con las que Tronti se ha despedido de la
enseñanza de la filosofía en Siena y una serie de comentarios sobre todo el
arco de su trabajo, desde el obrerismo de los años sesenta a “La política en
decadencia” de 1998.
De ninguna manera
una Festschrift (tributo escrito) académica, el libro es una ofrenda de amistad
por parte de cuantos han querido volver a cruzar las relaciones políticas e
intelectuales mantenidas entre sí en el curso del tiempo. Alberto Asor Rosa
analiza el estilo de escritura de Tronti, Massimo Cacciari relee el pensamiento
del político, Alberto Olivetti les dedica una “Figura”, Mauro Calise un
retrato. Sobre “Obreros y Capital” vuelven, desde ángulos muy diversos, Rita di
Leo, María Luisa Boccia, Luisa Valeriani, Aris Accornero; sobre “La política en
decadencia” y la crítica de la democracia Ida Dominijanni y el grupo de
investigadores “Epimeteo”.
Traducción al español: Eduardo Sadier
Buenos Aires, Argentina
Enero 2007