DOSSIER ESPECIAL DE IL MANIFESTO

DOSSIER ESPECIAL DE IL MANIFESTO

12 DE NOVIEMBRE 2006

 

EL OBRERISMO

 

Entrevista

Afuera de las normas. El “estilo” obrerista

            “Obreros y capital” de Mario Tronti, la Biblia del obrerismo italiano, vuelve a las librerías editada por DeriveApprodi cuarenta años después de su publicación original de 1966. Es la ocasión  de comenzar a reflexionar sobre el mensaje y la dispersión de aquel libro y sobre el recorrido de todo el obrerismo, una herejía marciana que no desde hoy vive una etapa de redescubrimiento en Italia y el extranjero.

Ida Dorninijanni

 

Obreros y capital, que hoy es vuelto a presentar por DeriveApprodi, cuarenta años después de su edición original del ´66, es considerado el libro de culto del obrerismo. En pocas palabras, ¿podemos restituir el mensaje y el recorrido de aquel libro?

 

Realmente, el resultado fue mucho más allá de la intención. Se trataba de una posición muy solitaria, que rompió el muro de la atención. Todo el mérito corresponde a la magia de los años Sesenta. El mensaje era lo que cantaba Bob Dylan: los tiempos están cambiando. Traducido: es necesario revolucionar el paso de la investigación social y de la práctica política. Luego, el lenguaje, como ha dicho alguien, es el ser. Esto, sobre todo, rompía con la tradición. Obreros y capital es la edad de mi romanticismo político. Y los poetas románticos gustan, siempre.

 

El libro sale, en el ´66, cuando las dos cabeceras del obrerismo, los Cuadernos Rojos de Panzieri y Clase Obrera, ya habían cerrado. ¿En qué relación está aquel texto suyo con la experiencia colectivamente, colectiva del obrerismo?

 

No habría habido libro sin la experiencia obrerista, depositada en la revista y el periódico. En el libro se precipitan ensayos y artículos que venían de allí y que surgen tras reflexiones teóricas. Es el típico murciélago de Minerva, que emprende el vuelo en el crepúsculo del día.

 

En las confrontaciones con el obrerismo italiano, en sus diversas expresiones, hay, hoy, en Italia y el extranjero, y en condiciones sociales y políticas muy diversas, un fuerte interés. Mirando hacia atrás ¿qué ha sido para ti el obrerismo?

 

Tres cosas: un romance de formación intelectual, un episodio de la historia del movimiento obrero, una revolución cultural contra la tradición marxista ortodoxa, italiana y otras. Pero antes que nada, la experiencia del pensamiento y la práctica de un grupo de personas de extraordinaria calidad política humana, que nos movimos en acuerdos divergentes, cementados por un vínculo de amistad indisoluble- cualquiera haya sido el camino que cada uno de nosotros haya emprendido luego. En una palabra, diría que aquella experiencia ha dejado un “estilo” inconfundible: en el modo de escribir, detonante como el ritmo de la fábrica, en el modo de pensar, fuera de las normas, en una especie de “estado de excepción intelectual permanente”. Contando con la fábrica y con el modelo de la lucha obrera nace un nuevo tipo de intelectual, orgánico no al partido sino a la clase, y un nuevo modo de hacer teoría, no de libro sino en el cuerpo a cuerpo con la historia, para subvertir el orden de las cosas. Una práctica de pensamiento político perturbadora,  irreductible a escuelas y tradiciones, que sin embargo ha fecundado también a la innovación disciplinaria, en filosofía, en sociología, en la historiografía.

 

¿Cuáles eran los puntos polémicos más duros con la tradición comunista italiana?

 

El historicismo de la línea De Sanctus-Labriola-Croce-Gramsci, cemento del grupo dirigente togliattiano del PCI en la postguerra y los años Cincuenta. Lo nacional-popular, que Alberto Asor Rosa desmanteló en el ´64-tenía treinta años- en escritores y pueblo. El análisis del neocapitalismo y del nexo fábrica-sociedad-política: mientras el obrero masa, el taylorismo, el fordismo, irrumpían en escena, el PCI se mantenía cerrado al diagnóstico del retraso del capitalismo italiano. Y además, la retórica laborista, que hicimos saltar por el aire con el slogan del “rechazo del trabajo”, y la visión salvadora de la clase obrera, que en el léxico del PCI debía ser siempre “clase general”, actuando por los intereses de todos, que se emancipa a sí misma para emancipar a la humanidad, salvar al país, a la paz, al Tercer Mundo...

 

En cambio, “la ruda raza pagana”, según tu célebre definición, debía salvarse sólo a sí misma... ¿Qué era la ruda raza pagana? ¿No corriste también tu el riesgo de imaginar un mito salvador, de reproponer una filosofía de la historia con el Sujeto obrero en lugar del Espíritu hegeliano?

 

La ruda raza pagana era aquella que ante los portones de la fábrica recibía en mano los volantes y riendo decía “¿Qué son, dinero?. Salario contra ganancia, eso era la clase. No los intereses generales, sino los intereses de parte, que desenmascaraba al universalismo burgués y colocaba en crisis a la relación general del capital. “El salario como variable independiente” no era un slogan económico, era un slogan político, como lo demostró el ´69. Pero mucho antes del otoño caliente, desde las luchas del ´62 en Turín, se desplegaba la inventiva obrera de prácticas antagónicas en la “guerra de posiciones” cotidiana contra el patrón: las luchas de gato salvaje, el salto de la carrocería, los sabotajes en la línea de montaje, el uso insubordinado de los tiempos de producción tayloristas. Aprendíamos de allí: al capital que quería extender el modelo de la fábrica a la sociedad, nosotros le respondíamos extendiendo el modelo de la insubordinación obrera a la política.

 

Estás hablando de los inicios de los años Sesenta, que en toda el memorial comunista, incluso de posiciones distintas de la tuya-pienso en los recientes libros de Ingrao y de Rossanda- resultan los cruciales de la historia republicana. Aquellos años están incluidos entre dos fechas. Hacia atrás el ´56, adelante el ´68. ¿Cómo se ubica la experiencia obrerista entre esas dos fechas?

 

El ´56 fue una fecha estratégica: la estatua de Stalin rodó sobre nuestras cabezas, y en nuestras cabezas ya nada volvió a ser como antes. Los magníficos destinos y lo progresista habían terminado, el comunismo ya no se esperaba en el futuro, reclamaba una autocrítica del presente. Pero mientras los más, ante los hechos de Budapest, redescubrían el valor de las libertades burguesas, para nosotros se entreabría eventualmente el horizonte de la libertad comunista. Hallo intelectual y políticamente inútil mucha autocrítica a posteriori de hoy: el nodo, duro, de desatar era cómo reconstruir las condiciones de la revolución en el occidente neocapitalista, desplazando hacia delante el terreno tanto del conflicto obrero, como de la organización política, sin separar uno de otro.

Personalmente-pero aquí hablo por mí, porque este era el punto contencioso al interior de obrerismo- nunca he pensado que podíamos organizar nosotros a los obreros para arrojarlos, duros y puros, contra el capital. En el medio había un pasaje político que no podía saltarse-aunque ser obrerista ha significado siempre, ahora y antes, saltarlo.

 

¿Cuál era ese pasaje?

 

La formación, dentro de la experiencia de clase, de un grupo dirigente alternativo a aquel togliattiano, que supiera jugar dentro del “desorden” que estaba por venir, y que estallaría en el ´68-´69. La crisis del PCI post-togliattiano, que estallaría en el XI Congreso del ´66, hubiera podido estimular, tal vez, la “larga marcha dentro de la organización” que me parecía necesaria: el Príncipe se quedaba con la clase, el primado permanecía en la lucha, pero para intentar de tener éxito era necesario el instrumento del partido. Pero esta hipótesis del “dentro y contra” no avanzó, prevalece aquella del “dentro o fuera”, por lo tanto, fuera: una lógica para el movimiento, otra para el partido. Con sus resultados perdidosos de los años setenta, y más allá.

 

Pero en medio estuvo el Sesenta y ocho, que cambia no pocas cosas, respecto a la relación con el partido y con las organizaciones... ¿En que  relación está el obrerismo con el Sesenta y ocho?

 

Te respondo por mí, de un modo que muchos de los compañeros de entonces contestarían vibrantemente, y tu con ellos. El obrerismo ha sido una premisa del ´68 y, al mismo tiempo, una crítica anticipada. En Italia el ´68 ha recibido del ´69 obrero una caracterización distinta y más duradera que en otros lugares, anticapitalista y no solo antiautoritaria. Obreros y capital se encontraron materialmente uno frente al otro: en aquel punto convenía desplazar poder, no solo contestar autoridad. Es una regularidad histórica: si en el terremoto provocado por las luchas no se abre un proceso revolucionario guiado y organizado, que desplaza la relación de fuerzas, el desarrollo capitalista termina utilizando la lucha obrera para sus propios fines, y todo el aparato de dominio se re-estabiliza, democratizándose. Exactamente lo que ha sucedido después del ´68. A las luchas por la liberación del segundo ´900 les ha faltado la fuerza del movimiento obrero organizado que obra en aquellas para la emancipación del primero. Una gran parte de la subjetividad antagonista de los años sesenta se formó por fuera y creció en contra de los partidos y los sindicatos, y actuaba para acelerar la crisis. Hasta que en el ´77 se separa definitivamente.

 

Porque aquella forma de organización ya no se adaptaba a aquel impulso de libertad...Pero volvemos a mirar las cosas con los ojos de entonces. En suma, el punto contencioso en el obrerismo era la organización, el partido, el papel del político. Tomemos dos fórmulas emblemáticas, el editorial Clase Obrera sin Aliados de Toni Negri, su Clase Obrera del ´64 y tu ensayo Sobre la Autonomía de lo político (Feltrinelli) del ´77.

 

Toni Negri ha significado mucho en la experiencia de Clase Obrera. El análisis y luego la crítica del obrero fordista-taylorista, madurada en el laboratorio estratégico de Porto Marghera, está en la base de todo el recorrido de sus sucesivas investigaciones. Y en la teoría del pasaje del obrero masa al obrero social, a mediados de los 70, está toda su inteligencia. Pero “obreros sin aliados” era un error. El sistema de alianzas predicado por el PCI -trabajadores dependientes-clases medias- Emilia roja- estaba desmantelado y contestado, pero era necesario construir otro, con las nuevas figuras profesionales que emergían en el capitalismo desarrollado, con la producción y el consumo de masas, las transformaciones civiles y el salto cultural existente en el país; y desplazar para más adelante todo el terreno de la política, del conflicto a la representación. El obrerismo de los primeros años 60 intuyó una parte esencial de esta realidad. Al reverla hoy, Clase Obrera resulta más próxima a Cuadernos Rojos y más alejada de Poder Obrero y de todo aquello que no derivó en Autonomía Obrera: las primeras dos experiencias se sintieron críticamente dentro del movimiento obrero, la segunda se colocó en contra. En cuanto a la autonomía de lo político, que muchos de los compañeros de entonces siempre me reprochan como un giro inesperado, yo afirmo que su descubrimiento teórico me llega dentro de la experiencia práctica del obrerismo, aún cuando su elaboración fue sucesiva. Y fue necesaria cuando, ante perfilarse de la derrota, el papel y la necesidad de la política me parecieron más claros. Si aquel “salto” en lo político no se dio, todavía, no fue tanto o solo por los límites de aquel experimento nuestro, sino por los límites de la época: con los años Sesenta el tiempo de la gran política no se abre, se cierra.

 

Es una tesis tuya la de La Política va al Ocaso. Pero si aquel tiempo está cerrado y el obrerismo está inscrito en aquel tiempo, ¿qué queda del obrerismo?

 

Hablo, no al azar, de “estilo” obrerista: un nuevo modo de seres intelectuales, con un pensamiento ligado a la práctica. Hay un padre y una madre: el primero es la gran historia del movimiento obrero, la segunda es la gran cultura de la crisis del novecientos. Una espléndida contradicción, por lo visto. Lo he dicho así: dar una voz alta a los que están abajo. Un recorrido inquieto: pero habitual para cualquiera que encuentre una sola sombra de sedimento.

 

¿Porqué el obrerismo encontró la cultura de la crisis, volviéndola su horizonte cultural?

 

Porque el sujeto obrero, por tanto central, nos apareció como un sujeto social que resultaba de la crisis de su forma política tradicional. Y esto se inscribía dentro de una crisis general más grande de las formas, que después de la ruptura de la vanguardia a inicio del 900 nunca había vuelto a recomponerse. Es el ´69, su contraparte, el ensayo de Cacciari Sobre la Génesis del Pensamiento Negativo, un horizonte que no abandonaríamos nunca más. Y que se abre a un pasaje sucesivo, de la crítica destructiva de la ideología a la reconstrucción de categorías políticas como conceptos teológicos secularizados. Es preciso exprimirse cabeza para comprender cómo de la ruda raza pagana se llega a la teología política, pero el nexo está allí y es fuerte. Y en lo que a mí concierne, hay un hilo de continuidad entre obreros y capital y Política y destino, mi último trabajo que salió en estos días cerca de Sossella.

 

“Lenin en Inglaterra” y “Marx en Detroit”, dos títulos que fueron célebres, de Obreros y capital. ¿Dónde enviamos hoy a Lenin y Marx? ¿A las fábricas de Shangai, entre los co-co-pro italianos (contratados flexibilizados, n. del t.), entre los extranjeros-ciudadanos de los suburbios franceses, a los supermercados de Wal-Mart de Arkansas? El postscriptum del ´70 a la segunda edición de Obreros y Capital era una invitación a aprender de las luchas obreras americanas de los años Treinta, mientras que hoy es como si tu hubieses girado la cámara de televisión sólo sobre Europa, como Woody Allen...

 

Es el mundo el que está girando delante de la cámara. Los tiempos están cambiando, hoy, más por razones objetivas que por voluntad subjetiva. Tanto son estos generosos y débiles como aquellos son arrogantes y poderosos. Ando diciendo que está tomando centralidad la geopolítica. El espacio político no es más aquel de las pequeñas naciones, sino el de los grandes continentes. La cierto es que los Estados Unidos le temen a este mundo que cambia. Nosotros, europeos, estamos habituados a la decadencia, los americanos no. No quieren resignarse: esto explica su neurosis internacional. Sí, a Marx lo enviaría a Cindia (denominación global de la región de China, India, Corea, etc.). Pero a Lenin le vería bien abordando los problemas de organización política del trabajador precario, ¿o acaso no es esta la figura del trabajador postfordista? ¿Y como se lleva en un call-center la conciencia política del exterior? ¿Y en un suburbio la idea de que conviene hacer sindicatos y hacer partidos? ¿Y en un CPT (Comité de Prevención de la Tortura) la práctica no de la integración sino de la insubordinación? Y más. A Marx se le puede hacer entender ahora. A Lenin, se le puede hacer actuar ahora, aunque es algo más difícil. Pero siempre será la misteriosa curva de su recta...

 

Editorial

Cuarenta años después

 

La Encuesta Obrera: científicos en overall azul

Gabriele Paolo

 

“Obrerismo” es una palabra olvidada. Materia de pocos cultores de la historia del movimiento obrero. Por otra parte, hoy también el término “obrero” es confiado a los intereses de los asignados a los trabajos. Pero, en sus orígenes, el obrerismo italiano representó una beneficiosa inyección de renovación para la izquierda local. Un poco marginalizado, es cierto, de las corrientes prevalentes del pensamiento comunista y socialista, pero vital para señalar la lucha obrera que a caballo de los años ´70 cambiaron el rostro de Italia. Por este motivo, sin más, releer hoy “Obreros y Capital” de Tronti representa un ejercicio políticamente útil. Pero no solo por esto, sino porque aquel libro-y toda la elaboración que lo posibilita- puede ahora servir para comprender lo crucial de la cuestión social en la relación entre capital y trabajo, que permanece-a cuarenta años de distancia- como el nodo crucial e irresuelto de nuestra era. Pese a los rechazos. Aquel libro se refiere a una división neta, por lo menos en el método de la acción política, que cala en las contradicciones sociales. Algunos años antes de su publicación en 1962, Paolo y Carla Gobetti realizaron un film sirviéndose de los textos de Franco Fortini: “Huelgas en Turín”, era el título. Vale la pena reverlo, aunque con el libro de Tronti en mano. En el se reconstruyen las luchas de lo obreros turineses, en particular en la Lancia. Era una de aquellas advertencias que anunciaban lo que sucedería ente el ´68 y el ´69 en las fábricas del norte. En aquel film se ve a un joven trabajador explicar, pluma y papel en mano, como los obreros estaban “usando” la organización del trabajo para bloquear la producción. En aquello que luego se llamaría “grupo homogéneo”-los adeptos a una misma elaboración- nacía el vuelco obrero del taylorismo extremo: la rigidez de los tiempos productivos permitía que conflictos incluso parciales pudieran bloquear la fábrica, dando nueva fuerza contractual a la “clase”. Para hacerlo se requería de un impulso subjetivo y del conocimiento concreto del ciclo productivo: una ciencia obrera. Esta era la clave de la Encuesta Obrera de Raniero Panzieri y los Cuadernos Rojos. Una encuesta en la que investigación, conocimiento y práctica se soldaban estrechamente en un conflicto social que asumía un carácter político general. Han pasado decenios y el capitalismo ha cambiado. Pero como no se ha atenuado (todo lo contrario) la expropiación del tiempo y la vida del trabajo subordinado, aquel método sigue siendo un punto de referencia. Es correcto retomarlo para comprender como enfrentar a la explotación capitalista. A partir de los lugares de la producción, que es donde ella se manifiesta.

 

 

Entonces y Ahora. Porqué la Encuesta

 

Desde el trabajador fordista al precarizado posfordista, para reconocer las formas del comando del capital y la respuesta obrera. Pero hoy debemos reformular la metodología y las preguntas, sobre el trabajo y sobre la vida.

Vittorio Rieser

 

El trabajo de encuesta de Cuadernos Rojos nace como instrumento de batalla política y “anti-ideológica”. Podemos distinguir esquemáticamente dos fases. La primera comprende el bienio ´60-´61, con encuestas en particular en la Fiat y la Olivetti. Estábamos retomando masivamente la lucha obrera, pero la Fiat quedaba afuera. También por esto se mantenía fuerte, en la izquierda, la ideología que de las formas avanzadas del capitalismo se subrayaba la capacidad de “integración” de la clase obrera. La alienación, y el consiguiente terreno de lucha, se desplazaban a un lugar distinto de la fábrica, al plan de los consumos y de la democracia. Esta ideología era el vuelco simétrico de aquella, entonces dominante en el movimiento obrero, sobre el retraso del capitalismo italiano: si el conflicto de clases en Italia estaba ligado al retraso, la salida del retraso lo reduciría y colocaría en otros terrenos, lejos de los lugares de producción. Las encuestas de los Cuadernos Rojos, al contrario, suministraron elementos esenciales para la hipótesis de que el conflicto de clases se desarrollaba también y sobre todo en el área del capitalismo avanzado, con todas las implicancias estratégicas que esta hipótesis implicaba. Estos elementos fueron confirmados por las grandes luchas obreras del ´62-´63. Y esta batalla no era sólo de los Cuadernos Rojos: era común a buena parte de la CGIL (Confederación Italiana del Trabajo) (en particular turinesa) y en minoría en el PCI y el PSI. Tras las grandes luchas del 62/63, el problema deviene en enmarcar las luchas obreras con su detonante carga política y los propios sindicatos. Frente a este cuadro, era el camino de salida ideológica “deducible” que la lucha obrera iba más allá de las líneas de los partidos y de los sindicatos, colocándose en una perspectiva revolucionaria. Esta era, según Panzieri y sus seguidores, el enfoque de Tronti y los otros compañeros que dieron vida al grupo de Clase Obrera. Frente a esto, Panzieri y los compañeros que permanecen en los Cuadernos Rojos identifican a la encuesta como el instrumento para tomar elemento de antagonismo real (no hipostatizados) y para verificar cómo se colocaban respecto de las organizaciones del movimiento obrero y las instituciones. De hecho, este proyecto de encuesta nunca fue realizado por completo. Sin embargo, por primera vez los Cuadernos Rojos formularon un discurso sobre la función estratégica de la encuesta (y, observemos, que sin conocer las formulaciones de Mao sobre este tema, que a mi entender siguen siendo las más completas y actuales). Además, los Cuadernos Rojos desarrollaron, en campos más circunscriptos y empíricos, trabajos de encuesta en las situaciones en las que había boletines de obreros reales: es el caso de la Olivetti (con el grupo Lucha de Clases) y de la misma Fiat (con el periódico La Voz Obrera). La encuesta de los Cuadernos Rojos se basaba sobre un presupuesto teórico derivado también de la relectura y actualización que Panzieri hacía de Marx, en particular de la cuarta sección del primer libro de El Capital. La hipótesis era que el comando capitalista sobre el trabajo y los desarrollos de las formas en las que el se ejercita fuesen un tema políticamente, no sólo económicamente, central en la elaboración de una estrategia revolucionaria para el capitalismo avanzado. La encuesta de los Cuadernos Rojos tenía como objeto aquello que hoy se llama (tal vez con un cierto desprecio...) el “trabajador fordista”. No en la visión reductora que lo limitaba al obrero, y mucho menos al “obrero masa”- basta pensar en la atención con la que Romano Alquati entrevistaba a jefes intermedios y empleados técnicos. Desde entonces, la situación ha cambiado indudablemente. Sin pretender ofrecer un análisis total, ¿cuáles son los elementos novedosos que presentan implicancias particularmente relevantes desde el punto de vista de la encuesta? Son cambios registrables y legibles mediante los viejos esquemas de encuesta; otros, en cambio, requieren preguntas nuevas y una revisión y redefinición de aquellos esquemas. Desde esta perspectiva me parece que son dos los cambios más relevantes. En primer lugar, la tendencia a una creciente difusión-prevalencia de la dimensión intelectual del trabajo (me refiero a la dimensión intelectual “explícita”, siendo aquella “implícita” ya muy rica en el trabajo del obrero habitual). Lo cual no significa necesariamente trabajo más calificado: significa que en el trabajo la función de elaboración de informaciones resulta siempre más central y explícita. En segundo lugar, el pasaje de un mercado del trabajo “dual”-es decir, dividido en dos segmentos, uno calificado, “fuerte” y estable, y otro descalificado, débil y más inestable- a una precariedad en el mercado del trabajo que infiltra todos los niveles de calificación, y a una diversificación en el propio tipo de relación de trabajo. ¿Cuáles son las consecuencias relevantes de esta nueva situación? Me limito a algunos ejemplos. La calificación, de patrimonio personal construido mediante un recorrido cansador pero coherente, deviene una “potencialidad” hecha de recorridos de aprendizaje y adaptación erráticos y heterogéneos, que a menudo no ofrecen posibilidad de acumulación de experiencia. La precariedad embiste los proyectos de vida, a menudo con un vuelco respecto de la situación del trabajador fordista. Si este podía decir: “hago un trabajo de mierda, pero cuando salgo de la fábrica disfruto de mi tiempo y mi vida”, el trabajador precario calificado actual es fácil que diga lo contrario: “hago un trabajo nada malo, pero apenas salgo del trabajo comienza la angustia de cómo mantener la casa, la familia, etc.”. Más aún, el núcleo central sobre el que hoy hay que concentrar la “atención de investigación” está en los sistemas informativos, es decir en los flujos de información en los cuales, en el trabajo y fuera del trabajo, está situado el trabajador. En el trabajo está situado en un tejido de información más rico que antes (también el obrero de montaje debe digitar información en una computadora, y debe reconocer a alguien que lo resguarde); y es importante la proporción de la porción que ellos pueden, de algún modo, gestionar autónomamente (escogiendo la información y qué uso darle) y la parte “alienada” (si se decide “desde arriba” qué información darles, y esta misma “precribe” también su comportamiento consiguiente”. Fuera del trabajo se abren nuevas posibilidades de inserción en redes más ricas y amplias de informaciones: nuevas “posibilidades en red” que sustituyen el tejido de relaciones más estables pero más circunscriptas del “trabajador fordista”, abriendo nuevas posibilidades ya sobre el terreno profesional como sobre el político; aquí se vuelve importante entender cuánto las informaciones recibidas en el trabajo pueden ser utilizadas autonómicamente sobre el terreno de las conexiones con otros y el de las organizaciones. Junto a estos aspectos, hay una cuestión de fondo. Los recorridos de movilidad en el mercado de trabajo flexibilizado son una trampa entre las elecciones del trabajador y las imposiciones súbitas: ¿cuánto pesan respectivamente los dos aspectos en los recorridos concretos de cualquier trabajador, y de los diversos tipos de trabajadores? (aquí el “masculino-neutro” que he utilizado por brevedad muestra todos sus límites, porque la diferencia de género, y no sólo en este caso, son un elemento decisivo). ¿Quién y porqué prefiere un trabajo estable aunque sea de mierda, y quién elige lo puesto? Nuevamente, de estas opciones posibles se discute a menudo ideológicamente, en términos de “modelos”, sin verificación directa con los interesados. Una encuesta sobre el trabajo en la fase postfordista debe, por lo tanto, entrelazar trabajo, mercado de trabajo y condiciones de vida en mayor medida que antes. Pese a estos importante cambios, todavía, desde la perspectiva de la encuesta, el tema del comando capitalista sobre el trabajo sigue hoy siendo crucial, me parece, por varias razones. El área del trabajo “bajo el comando del capital” se ha extendido en los propios países capitalistas avanzados, pero también y hasta más, en el resto del mundo. Las formas de este comando y las respuestas de los trabajadores se articulan en un modo nuevo, y la encuesta es necesaria para individualizarlo y comprenderlo. Se presentan, en cambio, derivaciones ideológicas no muy disímiles de las que siempre combatió la encuesta de los Cuadernos Rojos. No me refiero aquí tanto a tesis “vulgares” como aquellas sobre la “era post-industrial” o sobre la desaparición de la clase obrera. Pienso en otras tesis, difundidas también en el ámbito de la izquierda y de los propios neo-obreros, que “deducen” de los propios esquemas los comportamientos de los trabajadores, sin “ir a verlos” mediante la encuesta: pensemos en las difusas teorizaciones de la flexibilidad como elección siempre prevalerte entre las nuevas generaciones de trabajadores, y en las hipótesis relativas que ven en varias formas de “flexseguridad” (garantía de capacitación, rentas de mantenimiento) la única estrategia válida en la fase actual. Aquí, un elemento posiblemente cierto (que es el de quien elige la flexibilidad) es hipostatizado y generalizado arbitrariamente. Y pienso también en ciertas teorizaciones sobre el “capitalismo cognitivo” que tiende a extender el área central del conflicto entre capital y trabajo hasta tornarla un todo indistinto. Y recuerdo la teoría de fin de los años ´50 sobre la “alienación que se deposita en el consumo”: tocaba un aspecto real, pero, en vez de proponerlo como extensión de la temática de investigación, lo sustituía por otros aspectos igualmente reales. Como también aparecen tendencias a hipostatizar como “centrales” ciertas figuras del trabajo: del “obrero masa” de los años ´70 se pasa al “trabajador autónomo de segunda generación” y su subespecie de “trabajador cognitivo precario”. Me parece más que actual un perspectiva de encuesta que ponga de nuevo en el centro al comando capitalista sobre el trabajo, incorporando los aspectos nuevos y extendiendo el análisis a los diversos aspectos del comando directo. E indagando los problemas no solo del lado del capital, sino también y especialmente del lado del trabajo, tomando las diferencias objetivas y subjetivas, pero buscando reconducirlas a las relaciones sociales fundamentales de la sociedad capitalista.

Escrito en colaboración con LOAcrobax y Chainworkers.

 

Cuadernos Rojos

“Cuadernos Rojos”, la primera revista del obrerismo italiano fue iniciada en 1961 por Raniero Panzieri con, entre otros, Mario Tronti, Romano Alquati, Alberto Asor Rosa, Vittorio Rieser, Rita Di Leo, Toni Negri, Sergio Bologna, Giairo Daghini, Mauro Gobbini, Pierluigi Gasparotto, Claudio Greppi, Lapo Berti. Salieron seis números- el último después de la muerte prematura de Panzieri, con sólo 43 años, en 1964- con estos títulos: Lucha obrera en el desarrollo capitalista; La fábrica y la sociedad; Plan capitalista y clase obrera; Producción, consumo y lucha de clases; Intervención socialista en la lucha obrera; Movimiento obrero y autonomía en la lucha de clases. Pero después del tercer número, en el ´63, el grupo originario se divide debido a la metodología de la investigación, por el papel de la política en la organización. Permanecieron, entre otros, Panzieri, Rieser, Dario y Liliana Lanzardo, Giovanni Montura, Michele Salvati, Edda Saccomanno, Tronti, Negri, Asor Rosa, Di Leo, Gobbini, Gasparotto, Daghini, Gobbi, Bologna, Greppi (a los que se les unen otros, como Ferruccio Gambino, Franco Piperno, Enzo Grillo, Gaspare de Caro) y dieron vida a “Clase Obrera”, cuyo primer número saldrá ene enero del ´64 con el editorial de Tronti “Lenin en Inglaterra”. De “Clase Obrera” salieron catorce números, un suplemento y un volante; alrededor del periódico nacieron una serie de grupos obreristas locales, sobre todo en Lombardía, Liguria, Veneto, Piamonte, Toscana y Roma. El conflicto interno del grupo se desencadena esta vez alrededor del problema del partido, dividiendo a los que querían dar vida a una nueva organización de los que deseaban formar un grupo de cuadros que diese batalla en la izquierda histórica y los sindicatos. El grupo se disuelve en 1966, el último número lleva la fecha de marzo de 1967.

 

Coinvestigación

El conocimiento que agrede al presente

 

El cambio de signo de la Universidad a los migrantes, luces y sombras de un trabajo de encuesta para explorar el precariado metropolitano. La lección de “Obreros y Capital” inmersa en el capitalismo flexible.

Gigi Roggiero

 

Hay teorías que se extinguen en tanto inútiles, otras anticipan felizmente la tendencia. De estas, podemos abrir los cofres de la herencia parafraseando la sugerencia de Obreros y Capital: una investigación que quiera retomar el discurso sobre la validez de las afirmaciones obreristas debe confrontarlas con su tiempo, y con el nuestro. En otras palabras: el método obrerista, y no el pasado obrerismo, es hoy una formidable arma teórica y epistemológica en la investigación política dentro y contra la contemporaneidad. Su identificación es el vuelco heurístico trontiano: el principio es la lucha de clases obrera, luego viene el desarrollo capitalista. La relectura radical de Marx de Obreros y Capital había encontrado la carne y la sangre del sujeto revolucionario, desde Turín a Puerto Marghera, mediante la práctica de la coinvestigación. Su diferencia respecto de la encuesta obrera, incluso de los Cuadernos Rojos, no pertenece al método de las ciencias sociales: es completamente política. La coinvestigación es irreductiblemente unilateral de parte. La separación entre producción de conocimiento y su representación política queda superada: la producción de saberes es inmediatamente producción de subjetividad y de organización política. Diseña imágenes de contornos indescifrables, inquietantes y monstruosos, que se recomponen solo en una posición particular en el espacio, para develar figuras antes no perceptibles. Lo monstruoso deviene sujeto. Esta es la ruda raza pagana. Esta es la multitud estallando en las calles de Génova o los suburbios parisinos. Para quien la ve como un calco sociológico de la fragmentación de clase, se le recuerda lo que el propio Tronti escribió: “Cuando la clase obrera rechaza políticamente volverse pueblo, no se cierra, sino que se abre la vía más directa para la revolución”. Aún, tras haberse desenmascarado la mistificación socialista del sol de porvenir, algunos obreristas quedan detenidos en la nostalgia por un pasado que, finalmente, se disolvía. El problema, en el mejor de los casos, es que la clase obrera ha alcanzado apenas la mitad del objetivo: se ha destruido a sí misma, huyendo de las fábricas y del trabajo asalariado; no ha derrotado a su otro enemigo, el capital. Pero su ocaso no lleva consigo el fin de la posibilidad de una transformación radical. Más bien, empuja hacia delante el terreno de la lucha: sobre el nivel de la globalización y del capitalismo cognitivo. La genealogía de las transformaciones es de hecho ambivalente: ahora está las luchas- obreras, feministas y anticoloniales- obligando al capitalismo a responder. En este cambio se ha hablado mucho de coinvestigación, pero se la practicado poco. La han hecho las empresas, asimilándola hábilmente en la fórmula administrativa de investigación-acción. Ahora, la caja de las herramientas obreristas se pone otra vez a trabajar en las redes transnacionales de activistas, dentro de la metrópoli productiva, con los precarios del conocimiento y los inmigrantes. Concientes de que los viejos modelos-basados en la concentración del trabajo y la linealidad témporo-espacial de la relación entre fábrica y territorio- son inutilizables. Permanece siendo central el armazón metodológico, advertimos, que cambia de signo: la coinvestigación parte de la potencia de la subjetividad, no de la compasión vuelta fotografía de víctimas desencarnadas; de la autonomía elegida antes que de la precariedad impuesta. Mientras el saber social cobra fuerza productiva inmediata, el capitalismo es forzado a perseguir afanosamente cooperación y formas de vida. Las solicitudes de investigación arraigan en la composición del trabajo vivo. Si la función de la vanguardia ha sido absorbida en el cuerpo vivo de la lucha, ¿cuáles son las nuevas formas de organización no representativa, al mismo tiempo soviet y partido, o sea, conjuntamente máquina de la ruptura revolucionaria y producción de lo común? ¿Cuáles son los comportamientos y la microrresistencia, cual es el equivalente del sabotaje obrero y de las huelgas de una fuerza de trabajo flexible, móvil y transnacional? En suma: ¿cuáles son las oficinas Putilov del precariado metropolitano? El problema, para Tronti, era pasar del análisis del capitalismo a la teoría de la revolución: descubrir a Marx mediante Lenin. Hoy es, tal vez, encontrar la riqueza de la cooperación en el rechazo del trabajo, el éxodo a través de la organización de los múltiples, la potencia del común mediante la afirmación de la parcialidad. Otra vez, ahora, debemos proceder metodológicamente con “la paciencia de la investigación y la urgencia de la respuesta”.

 

El Parricidio contra el Trabajo

 

“Tronti es muchos”: muchos caminos teóricos, muchas experiencias de lucha. De la duplicidad de la clase obrera a las diferentes figuras del Otro, del fin de la dialéctica al fin de la identidad. No hay un segundo obrerismo, se siempre el mismo, enfrentando la globalización y la nueva subjetividad.

Toni Negri

 

¿Qué ha significado para mí Obreros y Capital? Muchas cosas, tal vez tantas como los ensayos que este libro comprende. Estos ensayos se presentan siguiendo una secuencia temporal que no puede ser recolectada en una única experiencia de lectura. Tronti es muchos, vale decir, una pluralidad de singulares descubrimientos teóricos y de diferentes Erlebnisse (Vivencias) y decisiones. Ha modificado mi percepción de la lucha de clases (y por lo tanto de la realidad histórica y de mi propio compromiso político en ella) al ritmo de la lectura de estos ensayos. Aún compartiendo las conclusiones, no obstante sometíamos a verificación los pasajes esenciales. Íbamos a las puertas de las fábricas, en los años ´60, participábamos de las reuniones de los comités obreros, escribíamos volantes, discutíamos en los seminarios universitarios, leíamos El Capital, confrontando siempre las hipótesis de estos ensayos y los diferentes eventos políticos o las diversas contingencias de pensamiento con las que nos encontrábamos. Precisamente por esta complejidad de mi relación con este libro, a los ensayos comprendidos en él y a sus autores, deberé simplificar y escoger discutir sólo algunos puntos. Para evitar hacer una experiencia bibliográfica. La primera lectura ha sido aquella del ensayo La Fábrica y la Sociedad (1962). He estudiado (mis subrayados de los volúmenes de los Cuadernos Rojos, que aún poseo, lo testimonian) que “la clase obrera dentro del capitalismo es la única contradicción insoluble del propio capitalismo: o mejor aún, se transforma en ella desde el momento en que se auto organiza como clase revolucionaria”. ¿Qué significaba esto? Significaba que el concepto de capital era único y totalitario, mientras que el concepto de clase obrera era doble, que, entonces, a la fuerza de trabajo le era posible auto organizarse dentro de la fábrica y fuera del- en contra del- capital. Del ´63 es el otro ensayo que ha arrojado hacia delante la conciencia teórica y la práctica política, mía y de mis compañeros: El plan del Capital. ¿Qué aprendimos leyéndolo? Que- desde el punto de vista de la crítica de la economía política- la máquina de la acumulación capitalista ya estaba fragmentada y que “el capital variable no podía reintroducirse en el proceso de la producción capitalista si no lo hacía directamente como clase obrera”; que entonces, desde el punto de vista de la crítica política, “en este nivel, cuando la clase obrera rechaza políticamente volverse pueblo, no se cierra, se abre la vía más directa para la revolución socialista”; consiguientemente, “La clase obrera se torna la única anarquía que el capitalismo no logra organizar socialmente”, y entonces nos movíamos con fuerza, sabiendo que “nada será hecho sin odio de clase: ni elaboración de la teoría ni organización práctica” (¿no fuimos siempre invictos en el más potente acto de amor? ¿Nunca sorprendidos en un más insidioso deseo?). Tercera ocasión de re-pensamiento, 1965: Marx, fuerza de trabajo, clase obrera. Aquí, ante todo, la socialización del proceso capitalista de producción de comando, y del propio trabajo, es dada como realizada. Es sobre el terreno social complejo, investido por el plan del capital, donde la fuerza de trabajo propone su contra plan. Sobre esta base el trabajo se presenta socialmente como no-capital, y la propia naturaleza doble de la clase obrera revela, en el capital, contra el capital, una división que ya es contraposición. “El Doppelcharakter (Doble carácter) del trabajo representado en las mercancías se descubre así como doble naturaleza de la clase obrera, doble y al mismo tiempo uniforme, uniforme y a la vez contrapuesta, contrapuesta y a la vez en lucha consigo misma”. Lucha contra el trabajo: es aquí oportuno preguntarse si “por este camino, en las confrontaciones de Marx, el punto de vista obrero no llegará al parricidio”. Conclusión sumaria pero para muchos (para todos aquellos que se adscribieron al “primer” obrerismo) definitiva. Con ella se confirman algunos puntos que serán fundamentales en la organización de las luchas entre los ´60 y los ´70- recuperando, en este ámbito, otra verdad que, en el debate europeo y mundial de los comunistas entre los años ´20 y los ´60, el pensamiento crítico ya había construido. Sumariamente, estas tesis son: 1) duplicidad del concepto de fuerza de trabajo y de clase obrera, de composición técnica y de composición política, en una relación aleatoria con el concepto de partido y con la historia de los movimientos sociales; 2) la lucha obrera determina el desarrollo histórico de toda la sociedad, en la continua transformación y modelación de su composición técnica y de la movilización de su composición política, la estructura del capital y del Estado siguen a los movimientos de la lucha; 3) materialismo histórico contra toda dialéctica y teleología materialista; 4) el comunismo como programa mínimo. En los años sucesivos, bien asimiladas estas lecturas, tuvimos ocasión de profundizar la experiencia en aquellos movimientos y aquellas luchas que, impetuosamente, se renovaron en Europa y el mundo, tanto en el lado capitalista como en el socialista. Golpeando por un lado las duras cabezas de quienes se identificaban con el “socialismo real”, desmistificando por otro la ilusión de que la organización revolucionaria pudiese ahora consistir o formarse según el canon tercerinternacionalista.  Siempre, en este período, aquella enseñanza de Obreros y Capital continuó pareciéndome fundamental-cuanto más el tejido de la experiencia revolucionaria era prolongado con el Sesenta y ocho ampliado y, luego, con el Ochenta y nueve, profundizado.  Finalmente, el socialismo (como gestión alternativa pero interna y partícipe de la organización capitalista del trabajo) desapareció del horizonte político revolucionario; el comunismo, en contra, se repropuso como terreno de y experiencia de lucha autónoma y social de los trabajadores contra el trabajo y en contra de su organización por parte del capital colectivo. Ha sido en los decenios sucesivos a los ´60 y ´70 cuando los principios, construidos en el trabajo trontiano germinal, se transformaron en una nueva organización del discurso y la practica de lucha. Se trató de glosar teóricamente y aplicar políticamente aquello que, del trontismo, devenía un principio de método. Un dispositivo que asociaba al descubrimiento del principio motor del proceso capitalista (la lucha de clases), la capacidad de profundizar la encuesta militante y, en consecuencia, de aproximarse cada vez más a una teoría y práctica de “producción de subjetividad” militante. A partir de fines de los años ´70, el pensamiento de Obreros y Capital deviene elemento central en la discusión europea y americana (y no solamente) ya que permitía relacionar la encuesta sociológica sobre las transformaciones de la organización del trabajo con el análisis político de la crisis ya sea del ciclo fordista o de la dependencia tercermundista- es decir, a las prácticas teóricas que constituían nuevos recorridos militantes y nuevos dispositivos organizativos de lucha anticapitalista. Los ápices de una nueva y difusa lectura fueron: 1) la separación de la clase obrera del desarrollo del capital se muestra ahora como diferencia. En la estructura de una sociedad subsumida por el capital, la multitud de los explotados es reconocida (y se reconoce) como contradicción insoluble dentro del capital social y colectivo; 2) son las luchas de la multitud las que transforman la realidad histórica, las que disuelven las categorías políticas de la modernidad, las que sumergen en el tiempo y el espacio globales la realidad de la explotación y que desarrollan la lucha de clases en contra de ella. A aquella interpretada por la clase obrera se le agregan, en la lucha y la construcción de un nuevo mundo, otras diferencias (feministas, coloniales, etc.) vale decir, las múltiples figuras del Otro; 3) aquí no sólo disminuye toda dialéctica y/o teleología, sino que también disminuye toda identidad posible. Y cuando se repropone de cualquier forma la identidad, ella es siempre fascista, o sea, un instrumento ideológico del comando capitalista; 4) aquí, por fin, el comunismo se configura como éxodo, no simplemente como rechazo del trabajo sino plenamente como proyecto y construcción progresiva de una sociedad del no-trabajo, como transformación en acto. Alguno ha intentado hablar de estas conclusiones teóricas como de la formulación de un “segundo” obrerismo. No, no se trata de una nueva lectura, sino de la misma de siempre, transformada y confrontada todavía a una nueva organización de la explotación y a una original producción de subjetividad revolucionaria. Si se revende un “primer” obrerismo contra un “segundo”, se reduce el primero a una serie de fórmulas totalmente ineptas para comprender no solo los pasajes del postcolonialismo, de la globalización, del postsocialismo: inepto sobre todo para comprender las transformaciones de la fuerza de trabajo aquí y ahora. Esta nuestra fuerza de trabajo ha, de hecho, absorbido la mundialización y el deseo de comunismo, construyéndose en una nueva subjetividad. La crítica obrerista garantiza una continuidad de debate y un depósito de conocimientos/instrumentos todavía eficaces. Sonriendo, se podría decir que, como en la patrística se renovó el cristianismo, así, en este segundo obrerismo, el marxismo ha sido restituido a su destino revolucionario (y se removió la tentación del parricidio). De nuevo, podemos reconocer que Tronti es muchos- no simplemente muchos caminos teóricos sino muchas experiencias de lucha comunista. Debemos retomar esta experiencia, recordando que (como decía Tronti en el artículo Clase y Partido, 1964, que cierra el período creativo de su política) “más que sobre las desigualdades del desarrollo económico del capitalismo, el acento está puesto sobre las desigualdades en el desarrollo político de la clase obrera”, o sea sobre las diferencias en/de la multitud- cierto, como sabemos “que la cadena se cortará no donde el capitalismo es más débil, sino donde la clase obrera”, es decir la multitud, “es más fuerte”. Abrazos.

 

 

Todos los lugares de un aniversario

 

La utopía occidental de “Obreros y Capital” a prueba en el presente, entre universidad atestada, call center, fábricas chinas, co-co-co (Colaboración Coordinada y Contínua: contratos de trabajo temporales) que despachan currículas, biólogos rusos que hacen de vigilantes.

Sergio Bologna

 

¿Dónde festejamos este aniversario? ¿En algún aula universitaria atestada de reaparecidos, barones, mutilados, viudas, traidores, idiotizados, doctorados? ¿O bien en algún espacioso edificio industrial abandonado, reestructurado con arte de arquitectos de fama, hoy sala de exposición de firmas locales, prestado para la ocasión por el patrocinante, gozoso por oficiar el enésimo funeral de la clase obrera? Prefiero otro lugar. Un call center, por ejemplo, allí donde se requiere la licenciatura en letras (o en ciencias de la comunicación) para conseguir trabajo. O tal vez en Shangai, donde Ronzolon, del difunto Giuseppe da Montebelluna, adiestra chinos en las máquinas utensilios italianas. ¿O quizá en Milán, donde el ex co.co.co. prepara currículas en su bohardilla, esperando una entrevista laboral donde le dirán “Ha pasado los cuarenta”? O tal vez en Granetti & Hijos, decoración de exteriores, donde el socio de private equity tiene ya un plan de reestructuración que caza un poco de gente pero lleva el Ebit (Ganancias antes de los Intereses e Impuestos: método de medida que no incluye al costo del capital) a 2.7. O en un muy normal departamento de clase media, donde una bióloga rusa tiende las camas, lava los pisos pero levanta siempre un pago horario mejor que los hijos del dueño de casa, uno practicante cerca de ser abogado recibido y la otra jornalista de revistas de moda. Recordemos este aniversario en medio del trabajo de los jóvenes de hoy. Con el riesgo, por cierto, de hacer parecer incomprensible el lenguaje de Obreros y Capital, pero es siempre mejor correr este riesgo, exponiendo el texto a la prueba del presente, antes que verlo embalsamado en una vitrina de reliquias. Esa fue la primera gran novedad que Obreros y Capital introdujo en la cultura de los años Sesenta: demostrar que entonces era posible construir un pensamiento. Allí donde imperaban esquemas ideológicos, retazos de las disputas internacionales, Tronti ponía en juego el coraje del pensamiento fundador; allí donde se cocinaban glosas a los escritos de Marx, Tronti recuperaba el sentido de una reinterpretación que devenía sistema. Un sistema cerrado, coherente, coercitivo, afirmativo, expuesto con una pizca de énfasis mesiánico, que rompía el bla-bla del debate cotidiano, del chismorreo, quebraba las demoras del empirismo. Tronti le devuelve ciudadanía a los visionarios, a quienes necesitaban en aquel momento de una utopía occidental, subyugados como estábamos todos por las narraciones revolucionarias que llegaban del Magreb, del Asia, de la América Latina. Y precisamente porque se trataba de un sistema de pensamiento, infundía certeza en aquellos en los que la crisis del comunismo, iniciada con la revuelta obrera de Berlín y luego con la revuelta húngara del ´56, provocaba desconcierto y flaqueza. El punto crítico, se ha dicho, estaba en la relación entre abstracción e investigación empírica. Obreros y Capital no nace del cerebro de un intelectual individual, sino de la pasión que deseaba entender cual raza transformadora había llegado en aquel mundo específico del trabajo que es la gran fábrica; nace de los deseos de interrogarse y comunicarse de centenares de obreros, nace de la impaciencia de militantes de base del PCI, de PSI, de la CGIL, de anarquistas, trotskystas, internacionalistas, es decir, de un personal político preexistente, harto de ser congelado, hibernado en la agonía del comunismo, de los cuales entonces veíamos los primeros síntomas y ahora, maldición, tras cuarenta años, apesta todo. Mario Tronti le da un instrumento teórico a una parte de este personal político, logra encontrar una síntesis a los miles de puntos que la experiencia de cada día, en contacto con una clase obrera que se estaba despertando, permitía transmitir. Panzieri lo había llevado a los Cuadernos Rojos, Negri lo había empujado en Clase Obrera, pero en 1966, cuando sale el libro, el estaba volviendo a la cabecera del comunismo para demostrar un nuevo tipo de vía. La relación con la investigación de base, con el enfoque “sociológico”, era compleja y producía heridas. Y no porque unos eran “concretos” o “realistas” y los otros “abstractos”. Sino porque había que eliminar cincuenta años de un esquema mental que recitaba: primero viene el capital, adquiere las máquinas, recluta la mano de obra, luego se consolida la estructura y la mano de obra se transforma en fuerza de trabajo, luego la acción del partido y del sindicato la volverá clase obrera, sujeto político y económico al unísono. Obreros y Capital, Biblia de lo que será llamado “obrerismo italiano”, invierte la secuencia: primero viene la clase obrera como sujeto político antagónico, (conviene “pensarla” así), luego viene todo el resto, plan del capital, anarquía monetaria, orden político y demás. Por lo tanto, el obrerismo italiano, sin aviso, rompe con la tradición comunista, es el primer movimiento poscomunista. Lamentablemente muchos de sus protagonistas empobrecieron sus mentes en lugar de ser ellos los “verdaderos” comunistas. En algunos supervivientes ha quedado el antiguo deseo de entender porqué el trabajo, en lugar de seguir la profecía obrerista que lo veía unificarse en un bloque social temible, se ha ido disgregando y atomizando (según el último informe anual Istat, el 46.6% de los italianos trabaja en las llamadas “microempresas”, que no son otra cosa, para llamarlas por su verdadero nombre, que laboratorios autónomos con algunos dependientes, dado que sus dimensiones medias son de 2,7 incorporados). Estos supervivientes han trabajado por alrededor de treinta años, avanzando a tientas en una oscuridad teórica, para poder entender dónde estaba yendo el trabajo. No es preciso buscar lejos, sigamos simplemente las vicisitudes humanas de los obreros involucrados en las luchas del otoño caliente y de los años sucesivos, y luego la de sus hijos. Tras treinta años de trabajo un elemento del denominado “posfordismo” estaba en condiciones de ofrecerlo, sus análisis coincidían perfectamente con las investigaciones de medio mundo, las mejores de manos femeninas. Podría ser una base para construir políticas de trabajo en condiciones de reestablecer algunos desequilibrios que ya han espantado también a los liberales honestos. Y sin embargo se encuentran otra vez dejados de lado, y sus treinta años de trabajo puestos a cero por un gobierno que debería ser amigo, con algunos que piensan reproducir la fuerza de trabajo por decreto administrativo (en la tradición comunista se lo hacía deportando), otros que desenvainan un grotesco “neo-obrerismo” volviendo a colocar en el centro el contrato de trabajo por tiempo indeterminado (como si fuese un balón que volviese al centro de la cancha tras hacer un gol), otros que ahora piensan en combatir el trabajo atípico empeorando las condiciones de quienes están obligados a ejercerlo. Todos son de algún modo hijos de la tradición comunista. Y es por todo esto que es bello, gratificante, haber sido “obreristas”, extraños a aquellas tradiciones. A mi entender, Obreros y Capital es todavía un texto que no concilia con la izquierda italiana, no sólo de hoy sino también de ayer. Se emitieron en su contra juicios despreciables: un texto lírico (Tronti un nuevo Petrarca y la clase obrera en el papel de Laura). Fue vituperado como apología del capital, por la tesis de que “la lucha obrera produce desarrollo capitalista”. Pero no estuvo lejos de la verdad, si miramos, por ejemplo, a la fábrica Fiat. Sacudida entre 1969 y 1980 por una conflictividad permanente, asediada por atentados y ataques de pierna (típicos ataques italianos de esa época, hiriendo en las piernas con armas de fuego), la Fiat emerge más fuerte que nunca, con un nivel tecnológico sin igual en el mundo. Entre 1980 y 2002 goza de una paz social absoluta, ejerce un poder indiscutido en la sociedad, y se ha salvado de la quiebra. Sobrepuesto a la prueba del presente, Obreros y Capital aún tiene mucho para enseñar.

 

La paradoja del laboratorio italiano

Una teoría de la revolución que nace en Italia de las luchas de los años cincuenta y sesenta y no podía haber nacido en otra parte. Pero penetra en el mundo anglófono cuando “el experimento italiano” ha finalizado, gracias a su capacidad para leer el naciente posfordismo.

Brett Neilson

 

¿Será acaso que el Lenin de Tronti pasó una temporada no en Italia sino en Inglaterra, y su Marx en Detroit? Escribir sobre la recepción de Obreros y Capital en aquel que en Italia todavía se insiste en definir como “mundo anglosajón” es difícil. Una de las razones reside en el hecho de que el libro de Tronti nunca fue por completo traducido en aquella lengua, el inglés, que era usada  a nivel mundial más como segunda lengua que como lengua madre, el denominado inglés global, el equivalente general de todas las lenguas. Incluso hoy, en inglés se encuentran solo cuatro capítulos de Obreros y Capital, más el “Postscripto de los Problemas” de la edición de 1970; y los cinco están disponibles en Internet. Y es precisamente del conjunto de los capítulos traducidos (y desde ellos y por ellos) que propongo comenzar, no tanto por puntillosidad filológica sino para ofrecer una guía al impacto del primer Tronti en el mundo angloparlante. Primero entonces es oportuno considerar una paradoja de inicio, que influencia no sólo la traducción sino la misma escritura de este ensayo. Por un lado, los conceptos y la metodología de Obreros y Capital son el fruto de las luchas obreras desplegadas en Italia en los años cincuenta y principios de los sesenta. El libro se sitúa en un contexto real, que Tronti llama la fábrica, y que no suministra tanto la base de una teoría como la coordinación de una práctica: un nuevo modo de practicar la política, o, mejor, un nuevo “estilo” político. El obrerismo nació en aquella provincia que se llama Italia, y este nacimiento no pudo ocurrir en ninguna otra parte. Por otra parte, ale leer Obreros y Capital queda claro que el análisis de Tronti se basa sobre una realidad que existe más allá del “caso italiano”, o sea sobre la unidad del movimiento de la clase obrera a nivel mundial. En Lenin en Inglaterra se lee, de hecho: “La fuerza de trabajo obrera nace históricamente ya homogénea sobre el plano internacional y costringe al capital- en un largo período histórico- a tornarse también homogéneo”. Es esta denominada homogeneidad no de la clase obrera sino de la fuerza de trabajo (que, merece recordarse, para Marx no es solo una mercancía circulante junto con otras, sino también una categoría abstracta de la potencialidad) que provee el lugar común a partir del cual es posible entender la difusión del pensamiento obrerista a través de contextos lingüísticos y culturales diversos. Se trata, en suma, de algo más de aquello que Edward Said ha llamado “teoría viajante”. La fuerza de trabajo se vuelve el sitio donde las operaciones del capital y la política de las diferencias geográfico/culturales se tocan y estallan. Y veamos bien: la que se pone en juego es mucho más que el análisis del impacto de la lucha obrera sobre varios contextos histórico/geográficos-un enfoque que de hecho solo ofrecería una crítica apenas parcial del capitalismo. Es en esta óptica que tiene sentido preguntarse sobre el contexto en donde algunos capítulos de Obreros y Capital han sido traducidos en Inglaterra y Estados Unidos en los años setenta, esto es, después de aquel sesenta y ocho que para Tronti sería la vertiente que anuncia el fin del obrerismo. Las primeras traducciones aparecen en los Estados Unidos en el bienio ´72-73, al tiempo de la crisis petrolera, del fin de la guerra de Vietnam y, sobre todo, según autores como Frederic Jameson o David Harvey, de los primeros pasos del capitalismo posfordista. Del ´72 es la traducción en el periódico América Radical de una parte del capítulo de Obreros y Capital intitulado Marx, fuerza de trabajo, clase obrera, junto a un fragmento intitulado Tesis sobre el Obrero Masa y el Capital Social, escrito por Silvia Federici y Mario Montano bajo el seudónimo de Guido Baudi. El mismo año la revista neoyorquina Telos traduce el Postscripto de Problemas con una introducción de Paul Piccone. Sigue luego en el ´73, la traducción en Telos de Capital Social, publicado con el título original El Plan del Capital. Mientras tanto Ed Emery y John Merrington del Colectivo Notas Rojas de Inglaterra traducen varios escritos obreristas, entre ellos Lenin en Inglaterra y La Estrategia del Rechazo que, antes de aparecer como opúsculos, salieron en el ´79 en un volumen titulado Autonomía de la Clase Trabajadora y la Crisis. Este conjunto no solo agota lo que ha sido traducido en inglés de Obreros y Capital, sino lo traducido de toda la obra trontiana (parece que Telos compró los derechos de traducción de Einaudi, pero las intenciones de avanzar se detienen tras la muerte de un editor importante. Vale la pena señalar que si fue tal vez posible aprehender el argumento del libro en su interés y complejidad juntando los fragmentos publicado en circunstancias tan diversas, tal reconstrucción es el esfuerzo de pocos militantes. Las traducciones de Tronti han sido siempre publicadas junto con otras piezas del marxismo internacional o del obrerismo italiano: Georg Lukács y Sergio Bologna en Telos, Toni Negri y el mismo Bologna en Notas Rojas, y luego Bifo, Paolo Virno y otros en la importante antología titulada Italia: Autonomía- Políticas post-política, del ´79, a cargo de Sylvère Lotringer y Christian Marazzi. El punto es que nunca se ha dado el espacio para una lectura sistemática de Tronti en inglés. El Tronti del mundo anglo parlante es parte de una mezcla selectiva del obrerismo y en consecuencia sus conflictos y desacuerdos con tantos de sus compañeros han quedado evidentes. Y esto no obstante el hecho de que el Postscripto del ´71 (publicado no solo en Telos sino también en un volumen británico titulado El Proceso del Trabajo y Estrategias de Clase del ´76) haya sido concebido por el autor como una respuesta al sesenta y ocho, y constituya un salto hacia su tesis sobre la autonomía de la política. De hecho, también en los tratamientos del obrerismo publicados para leer la obra italiana en lengua original, como Harry Cleaver en Estados Unidos o Steve Wright en Australia, el leninismo de Tronti tal vez resulta menos evidente a los lectores anglófonos que a los italianos. Hay dos posibles explicaciones a esta recepción que enfatizaba el rechazo del trabajo y la primacía de la lucha obrera sobre el capital antes que la organización partidaria: por un lado el hecho de que las traducciones sean publicadas después de la experiencia del sesenta y ocho, por otro la difusión del posfordismo, más rápida en los países avanzados del mundo anglófono que en Italia. No es que en Obreros y Capital no fuera evidente el descarte entre la estrategia el rechazo y la necesidad de poder del partido. Y es esta distancia la que empuja a Tronti a argumentar que el marxismo nunca ha tenido una teoría adecuada del Estado, y lo sumerge en sus análisis de Carl Schmitt, definido por Jacob Taubes como “el único antileninista de relieve”. De aquí se despliegan también los discursos sobre la “ruda raza pagana” y la lucidez con que Tronti escribe de la derrota del movimiento obrero después del ´89. no hay dudas de que esta gran negatividad suya produce una capacidad de análisis muy incisiva y se vuelve fuente de inspiración para todos aquellos que no se dejan convencer por el igualmente fuerte spinozismo del Imperio de Michael Hardt y Toni Negri. De hecho es la investigación de una tradición del obrerismo alternativa a estos últimos la que recientemente ha decidido a algunos jóvenes pensadores de lengua inglesa a releer al primer Tronti (ver el blog organizado por Angela Mitropoulos: http://www.longs u n d a y . n e t / l o n g _ s u n - day/2006/03/tronti_blogweav.html). Sin embargo, yo afirmo que es un error leer a Tronti contra Negri. Más urgentes son los intentos de entender como el capitalismo ha cambiado gracias a la lucha obrera, y los desafíos de crear nuevas formas de organización con las cuales combatirlo. La pregunta no es donde pasarían una temporada hoy el Lenin y el Marx de Tronti (¿en China o Bangalore?) sino qué harían en las condiciones actuales de difusa precariedad en las que el partido, el movimiento obrero, la fábrica y las calles ya no son la arquitectura principal de las comunicaciones y la organización. Se trata no solo del emerger de la producción en red sino también de los importantes cambios en el modo en que se organiza la política. El espacio de la política no es más un laboratorio donde se experimenta (y donde la “normalidad” de la política moderna juega un papel de neutralidad sobre cuyo fondo es posible controlar los resultados del experimento), sino una maraña compleja donde la puesta en juego es darle forma política a experiencias difusas a menudo contingentes y contradictorias. ¿Es que la Italia de los obreristas debe ser para siempre concebida como un laboratorio? Creo que esta metáfora debe ser archivada. La experiencia política en la era del posfordismo que estaba emergiendo cuando el primer Tronti fue traducido al inglés no es un experimento sino un complejo de relaciones, mediaciones y afectos mediante los cuales la ontología de la clase política se torna evidente solo fenomenológicamente. Al mismo tiempo, el último Tronti-una voz que se eleva de la modernidad para criticar duramente los intentos posmodernistas de “organizar lo inorganizable”- no es un espectro derridiano. Es una voz inactual que vale la pena escuchar actualmente, no para entrar en la melancolía de una izquierda que no sabe como elaborar el duelo de lo que ha sido, sino para empujar la organización política contra sus cascos más duros, para tener en cuenta que la única acción política sobre la cual vale la pena reflexionar hoy es aquella concebida no con la convicción de que Tronti tenga razón sino con la fuerza de actuar como si tuviese razón.

 

A Berlín vía Melbourne

Catrin Dingler

 

Una primera recolección de los escritos de los Cuadernos Rojos ha sido publicada en Alemania a inicios de los años setenta, seguida por publicaciones monográficas. Obreros y Capital de Mario Tronti es traducido por primera vez en 1974. estas ediciones se hallan hoy solamente en las bibliotecas, o con un poco de suerte, en la librerías de usados. Una larga serie de artículos y pequeñas investigaciones aparecidos en los mismos años en revistas y periódicos-a su vez hoy casi inhallables- testimonian como la coinvestigación propuesta por Romano Alquati estimuló a diversos grupos locales a analizar las luchas obreras en las fábricas de Mónaco o Colonia. Y precisamente en estos pequeños grupos se ha conservado el interés por el obrerismo. Ya a fines de los años ochenta la obra de Tronti es traducida otra vez y reeditada. A mitad de los años noventa, siguen otras publicaciones sobre los años sesenta y setenta en Italia, la más importante de las cuales es La Horda de Oro de Nanni Balestrini y Primo Moroni, aún hoy en las librerías, que reproduce el famoso texto de Tronti Lenin en Inglaterra. En el mismo período Karl Heinz Roth, en su libro sobre el “retorno de la dimensión proletaria” (...) busca interpretar su tiempo a la luz de los textos italianos de entonces, mientras que la revista “Wildcat” reconstruye en un extenso artículo los orígenes históricos de la coinvestigación. Pero el intento de Roth no prospera y el número donde Wildcat auspicia un “renacimiento del obrerismo” será el último de esa serie de la revista. Solo a partir de la enorme popularidad de Imperio renace un nuevo interés por el obrerismo. El libro de Michael Hardt y Toni Negri es acogido con entusiasmo por el movimiento que se conforma después de Seattle y alrededor del G8 de Génova. Mucho más críticos son, en cambio, los “viejos obreristas” alemanes. Wildcat vuelve a salir en el 2003, añadiendo al artículo sobre el “renacimiento del obrerismo” un Postscripto donde los autores toman distancia del “grito de triunfo emitido” con el que Negri y Hardt anuncian al nuevo sujeto de la “multitud”. Contemporáneamente comienza a circular el libro del australiano Steve Wright, Paraíso Tormentoso. La composición de clase y lucha de clase en el Marxismo Autonomista Italiano (Pluto Press, Londres 2002). El libro, nacido de una tesis de doctorado, es la primer gran reconstrucción histórica de la teoría u la práctica del obrerismo: Sergio Bologna lo reseña en el ensayo El obrerismo como objeto de la investigación histórica, aparecido en la revista “Sozial Geschichte”. El entusiasmo es tal que tres años después sale una edición alemana (Assoziation A. Berlín 2005). El reciente interés por el obrerismo y en particular por los escritos de Tronti es señalado en ese libro. En consecuencia las discusiones alemanas ruedan alrededor de los conceptos más resaltados por Wright, o sea, la “composición de clase” y las formas variables de su lucha. Estimulada por las extensas citas de Wright recomienza la búsqueda de los textos italianos originales. Muchos documentos, no solo dos capítulos de Obreros y Capital, se encuentran hoy en alemán en un ensayo sobre obrerismo, disponible en el sitio web de Wildcat. Pero en cuanto a la recepción de Tronti, las sucesivas fases de su investigación sobre lo político, apunta a una vertiente: desde entonces sus escritos son desconocidos y hasta extraños para las discusiones alemanas. La búsqueda de los primeros escritos del obrerismo italiano continúa, pero su discusión es filtrada por estudios contemporáneos de origen anglo-americano, como por ejemplo aquel de Beverly J. Silver, Fuerzas del Trabajo (Assoziation A, Berlín 2006), y no pasa por la “gramática de la multitud” de Negri. Una muy reciente monografía que traza el recorrido histórico “de la autonomía obrera a la multitud” no casualmente ha sido titulada (Post-) Obrerismo (Schmetterling, Stoccarda 2006)

 

 

Dos Encuentros en Londres y Barcelona

 

Se titula “Nuevas direcciones de la teoría marxista” la Conferencia organizada por la revista “Materialismo Histórico” entre el 8 y el 10 de diciembre del 2006 en Londres, donde Mario Tronti discutirá “el obrerismo y la política” con M Tomba, R. Bellofiore, P. Thomas, A. Callinicos. Mientras que en Barcelona, entre el 11 y el 13 de diciembre, el seminario del Macba sobre “Capitalismo, fuerza de trabajo, política, movimientos antisistémicos” prevé dos sesiones, una con Mario Tronti y Giovanni Arrighi sobre “Capitalismo, hegemonía social, política”, y otra con Sergio Bologna y Beverly J. Silver sobre “Fuerza de trabajo y paradigmas productivos del capitalismo contemporáneo”.

 

De Tronti a Tronti

En las librerías “Política y destino”

 

Casi al mismo tiempo con las reediciones de “Obreros y Capital” llega en estos días a las librerías, editado por Sossella, “Política y destino”, un volumen que recoge el texto (homónimo) de las lecturas magistrales con las que Tronti se ha despedido de la enseñanza de la filosofía en Siena y una serie de comentarios sobre todo el arco de su trabajo, desde el obrerismo de los años sesenta a “La política en decadencia” de 1998.

De ninguna manera una Festschrift (tributo escrito) académica, el libro es una ofrenda de amistad por parte de cuantos han querido volver a cruzar las relaciones políticas e intelectuales mantenidas entre sí en el curso del tiempo. Alberto Asor Rosa analiza el estilo de escritura de Tronti, Massimo Cacciari relee el pensamiento del político, Alberto Olivetti les dedica una “Figura”, Mauro Calise un retrato. Sobre “Obreros y Capital” vuelven, desde ángulos muy diversos, Rita di Leo, María Luisa Boccia, Luisa Valeriani, Aris Accornero; sobre “La política en decadencia” y la crítica de la democracia Ida Dominijanni y el grupo de investigadores “Epimeteo”.

 

 

 

 

Traducción al español: Eduardo Sadier

Buenos Aires, Argentina

Enero 2007