El Camino de Santiago
En este lugar iré narrando poco a poco toda la historia que viví en verano de 1997, al recorrer desde mi ciudad natal, León, el Camino de Santiago. Perdonad si hay alguna laguna, o si no tengo palabras claras para describir correctamente el cúmulo de vivencias adquiridas en la peregrinación, pero quien alguna vez haya hecho la ruta de las estrellas, sabrá comprender que el CAMINO cambia, y penetra en nosotros marcando el alma para siempre...
MANJARÍN o el viaje al pasado...
Pax Domini,
caminantes.
Quiero contaros mi vivencia en Manjarín, ese recóndito lugar de la montaña
leonesa en que vive Tomás el Templario.
Era un día cualquiera, habíamos dejado Astorga temprano, en la mañana. Recuerdo
que desayunamos leche de brick (fría) con unas mantecadas a medio camino. El día
transcurrió lento, pero muy bonito...
Por la tarde llegamos a Rabanal, pero como no había alojamiento (y no nos daba
buenas vibraciones el sitio), seguimos caminando, porque yo tenía un viejo mapa
(y digo viejo porque ni se sabe de donde saqué esa copia ni cuando) en que venía
un albergue a una corta distancia, en algo que se llamaba Foncebadón.
Bien, lo cierto es que bien entrada la tarde, llegamos al susodicho pueblo de
Foncebadón, y cuál sería nuestra sorpresa al descubrir que tan sólo vivían dos o
tres familias allí, lo demás estaba abandonado: muchas casas... la iglesia,
habitada por pájaros, con la sacristía preparada para el ganado...
Yo quería quedarme a dormir allí, pero vimos unos cuantos mastines sueltos con
caras de pocos amigos, y decidimos proseguir...
Llegamos a la Cruz de Fierro. Allí era tarde ya, estaba empezando a oscurecer y
debíamos buscar un lugar para dormir. Yo seguí insistiendo en dormir cobijados
con un toldo plástico que llevaba en la mochila (no me digáis por qué, porque ni
yo mismo tengo idea de por qué estaba en mi mochila). Una furgoneta pasó por la carretera y se bajaron unos hombres.
No sé qué hacían, pero a cada rato nos miraban, y por lógica, eso nos hizo
desistir de quedarnos a dormir alrededor de la ermita.
Nos jugamos el todo por el todo y seguimos avanzando. Ya no teníamos ni fuerzas,
ni ganas. Estábamos derrumbados, porque el refugio de que yo hablaba no aparecía
por ningún sitio.
De pronto, al borde ya de la desesperación y prácticamente de noche... ¡talán,
talán! escuchamos el sonido de una campana. Primeramente nadie dijo nada, porque
nos parecía imposible, en medio de las montañas y los árboles... Pero se iba
haciendo el sonido cada vez más audible...
Eso nos dio fuerzas para seguir, hasta que en una curva del camino, vimos un
letrero que decía: Jerusalén, "muchos km.", y en sentido opuesto, Santiago, con
los km que restaban. Nos miramos todos (íbamos 4 conmigo incluido) y nos
quedamos con caras raras.
En esto, vemos que baja una señora por una cuesta y nos dice, venid, hijos míos,
que os estábamos esperando. Debéis estar cansados, venid, seguidme. Y dicho eso,
nos conduce por la cuesta de donde vino, a la vez que aparece la figura de un
hombrecillo con ropas "extrañas", de templario, acercándose a nosotros:
- "Buenas noches, peregrinos. Os estábamos esperando. Sentaos a la mesa con
nosotros, que ya está la cena lista".
Atónitos por lo que estaba ocurriendo, nos condujeron a unas casita pequeña,
pero llena de encanto, como si fuera de otra época. Allí nos mandaron entrar y
se nos dijo que dejáramos las mochilas y nos pusiéramos cómodos. Era bien de noche,
y la estancia era cálida. Tenía un desván bajo el tejado de un metro y medio de
alto, sin nada, lugar éste donde dormimos todos con el resto de peregrinos de
muy diversos lugares.
Bajamos a cenar, y éramos unos catorce más o menos. Había gente de Bélgica, de
Alemania, de Holanda. Incluso alguien que vino de Israel. Todos en la misma
mesa, compartiendo una cena que nos supo a delicia de dioses...
A la hora de dormir, encendieron unas velas grandes y comenzó a escucharse un
canto gregoriano. Miramos, y vimos a Tomás (así se llamaba el templario),
portando una espada grande y celebrando un ritual con otros de sus ayudantes...
La noche fue la mejor de todo el camino, dormimos en suelo de tabla de debajo
del tejado, sin una gota de frío, y no había aislante... y a la mañana
siguiente, una gran fuerza se nos fue devuelta. Era hora de partir, atrás
quedaría Manjarín, el hogar de Tomás el Templario... pero siempre llevaré el
recuerdo en mi memoria, y en mi corazón. Benditas sean esas gentes que nos
ayudaron sin pedirnos nada a cambio.
Pax Domini.
© Hergoth Melkant, 2000 / 2003