CARTAGENA: CAPITAL DE LA CONTAMINACIÓN.
Este artículo salió publicado en el suplemento semanal del diario "El Mundo" el domingo 17 de Junio de 2001.
Cartagena tiene el discutible honor de ser la ciudad más contaminada de España, según confirma el Ministerio de Medio Ambiente. Con tres fábricas y junto a un megapolígono, una vez al mes alguna planta debe parar por rebasar las emisiones pactadas y hay días que se aconseja que los escolares no salgan al patio. Los hospitales registran numerosos casos de bronquitis y asma, y el total de cánceres de pulmón y vejiga es «alarmante»
La ciudad más
"sucia" de España
EN CARTAGENA la gente convive con olores a azufre, sabor de boca a metal
y picor de ojos y garganta
JUAN PABLO CARDENAL
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No hay carteles de
bienvenida, ni jardines, ni monumentos en la entrada de Cartagena por la avenida
de Alfonso XIII. Todo el protagonismo se lo llevan las tres grandes fábricas
emplazadas allí donde la autovía de Murcia toca a su fin y se encadenan los
primeros semáforos. La que está ubicada en la margen izquierda, a unos 500
metros del casco urbano, pasaría ciertamente desapercibida si no desprendiese
un olor irrespirable a aceite industrial.Pero las otras dos, Potasas y Derivados
y Española de Cinc, están encajadas en plena ciudad, sucias y arrolladoras,
con sus chimeneas lanzando humo a pulmón libre durante las 24 horas del día.
Los edificios adyacentes presentan fachadas desoladas y negruzcas, por efecto de
la exposición continuada a las emisiones contaminantes de anhídrido sulfuroso,
óxidos de nitrógeno y partículas en suspensión (también aerosoles e
hidrocarburos) que inundan el centro de la ciudad, las casas y las gargantas de
los cartageneros.
Daniel, un estudiante de Geografía de 24 años, vive en el décimo piso de un
edificio de la plaza de España, una atalaya desde donde observar en la media
distancia las columnas de humo provenientes de las fábricas. Como muchos
cartageneros, se ha convertido en experto catador de los aromas industriales: «En
los días de inversión térmica, normalmente suele oler a azufre, se tiene un
sabor de boca metalizado y pican la garganta y los ojos».
Se refiere a los días invernales con mucha humedad, en los que una capa de aire
frío situada a media altura hace de tapadera y no deja salir los humos más
calientes procedentes de la combustión industrial. Se produce entonces el
llamado smog, que produce una molesta neblina compuesta por partículas en
suspensión y otros contaminantes como el dióxido de azufre, que en contacto
con la humedad se transforma en ácido sulfúrico, un peligroso contaminante.
Según Daniel, «los episodios más violentos suceden por la noche, cuando hay
mayor humedad», y cuando llueve, «ya que la lluvia dispersa la contaminación
y las fábricas aprovechan para apretar».
Y es que Cartagena lo tiene todo para copar el discutible honor de ser la ciudad
más contaminada de España, según confirman fuentes de la Subdirección de
Calidad Ambiental del Ministerio de Medio Ambiente. Además de presentar una
extraordinaria concentración industrial, está encajonada entre dos montañas
que forman un obstáculo natural para la liberación de humos. Y por otro lado
está el viento.
Que no sople es malo. Muchos días anticiclónicos con vientos de escasa
velocidad impiden su adecuada dispersión. Que sople es incluso peor. Si viene
del noreste el levante, que predomina con mayor frecuencia anual , las emisiones
de las dos fábricas de su núcleo urbano se unen y llegan hasta el casco
antiguo de la ciudad. Si sopla en dirección sureste lebeche , Cartagena recibe
las emisiones del polígono industrial de Escombreras, uno de los corazones
energéticos de España ubicado a cuatro kilómetros de la ciudad.
La cosa viene de lejos. Desde principios del siglo pasado se instaló en el área
la industria minera, y más tarde la química, en los años del desarrollismo
industrial. Tan descontroladamente que en 1979 se declaró a Cartagena «zona de
atmósfera contaminada», lo que permitió el traslado de algunas fábricas y
llevó a la Administración a elaborar un plan de saneamiento atmosférico.
Ése fue el origen de la actual Red de Vigilancia de niveles de inmisión y
meteorología con que cuenta el Ayuntamiento de Cartagena, que en su día fue
pionera en España. Esta instalación mide en tiempo real los niveles de óxidos
de nitrógeno, dióxidos de azufre y partículas en suspensión, así como la
dirección y velocidad del viento o la humedad. Si se detectan niveles máximos
a los pactados con las industrias algo inferiores a los que marca la ley ,
obligan a éstas a reducir su carga de producción o incluso a pararla. Entre
1994 y 2000, se produjeron 395 bajadas y 76 paradas casi cinco bajadas y una
parada al mes .
El problema es que no basta con que cada fábrica se atenga a los límites
pactados. Según Pedro García, presidente de la asociación ecologista ANSE,
las fábricas emiten humos dentro de los límites máximos fijados por la ley,
pero ésta «no tiene en cuenta la gran concentración de industrias que tiene
Cartagena»: individualmente cada fábrica cumple con los límites legales, pero
todas juntas causan gran contaminación global que favorece la aparición de
contaminantes mezclados o secundarios.
Cuando la contaminación es alta el Ayuntamiento avisa públicamente a la
población. Previenen a hospitales, recomiendan a asmáticos y personas con
trastornos respiratorios no salir de casa, e incluso aconsejan a colegios como
el instituto Isaac Peral, muy próximo a las plantas industriales, que anulen
los recreos y las clases de gimnasia.
Una encuesta realizada a finales del pasado año por el Colegio de Médicos de
Cartagena entre 300 médicos locales, revelaba que los picos de alta contaminación
en Cartagena coinciden con una elevada asistencia a centros sanitarios de
pacientes con procesos respiratorios, alérgicos y cardiacos.
Para Carlos León, su presidente, el estudio demuestra que la contaminación
empeora la salud de los que padecen procesos respiratorios asma y bronquitis crónica
, y que en Cartagena «hay más ingresos por bronquitis crónica y asma que en
otros lugares», pese a advertir que la encuesta no tiene base estadística
comprobada. Además, señala que es «alarmante» el número de casos de cáncer
de pulmón y de vejiga, el cual se ha probado científicamente que está
asociado a la contaminación.
A seis kilómetros de Cartagena se encuentra Alumbres, una población de 3.500
habitantes. El complejo industrial de Escombreras está a sólo tres kilómetros
de allí y por ello reciben implacablemente el azote de la contaminación atmosférica.
La cercanía de las emisiones de humo permite a los vecinos reconocer fácilmente
el abanico de olores imperantes: de la térmica, el olor dulzón de los
sulfurosos; de las refinerías, el agrio y podrido de los carburantes; de la
industria química, el amoniaco de los fertilizantes. Cuando el viento sopla del
sur, unos 200 días por año, los aromas alcanzan de pleno a Alumbres, lo que
trae en jaque a todos los aquejados de problemas respiratorios o alérgicos.
Francisco Martínez tiene 68 años y, según sus propias palabras, hace 20 que
no vale para nada. Cada día se acuesta a las 9 de la noche enchufado a una
botella de oxígeno, desde que en 1980, un escape gaseoso de compuestos de
azufre en la refinería donde trabajaba le dejó primero medio asfixiado y luego
con una capacidad pulmonar del 30%.
El legado del accidente fue un encisema pulmonar crónico, que le obliga a
aspirar oxígeno durante horas para renovar el aire interior que no puede
expulsar. Cada mañana abre la puerta de su casa para comprobar la dirección
del viento. «Si sopla levante», que aleja la nube contaminante, «abro las
ventanas de mi casa para ventilarla, pero si sopla del sur, cierro la casa a cal
y canto y me enchufo a la botella durante todo el día, porque me ahogo».
La mayoría de los habitantes de Alumbres trabaja en alguna de las 14 industrias
pesadas cercanas, todas ellas catalogadas como industrias contaminantes, nocivas
y peligrosas. Son, sobre todo, refinerías de petróleo, industrias químicas y
de fertilizantes, centrales térmicas y plantas de tratamiento de residuos. La
zona se ha convertido en un emplazamiento estratégico de almacenamiento de
suministro energético, y, como tal, es un importante foco de descarga de crudo
en el puerto y de transporte al resto de España.
Por Alumbres cruzan a diario una media de 10 convoyes de mercancías peligrosas
por la vía férrea que atraviesa el pueblo. Para el futuro hay proyectadas
cuatro centrales térmicas más en el valle de Escombreras una de las cuales ha
sido ya aprobada y cuya construcción es inminente , que lanzarán a la atmósfera
más de 13 millones de toneladas de dióxido de carbono al año.
Según los vecinos, Alumbres está amenazado por la expansión devoradora de la
industria, que en las últimas décadas ha hecho desaparecer los pueblos de
Escombreras, El Gorguel y el Poblado de Repsol.Esta compañía, además,
pretende construir unos depósitos subterráneos de almacenamiento para 200.000
toneladas de butano y propano, a sólo 350 metros del pueblo.
La intención de la petrolera ha puesto en pie de guerra al pueblo.«Alumbres ha
dejado ya muchas vidas», asegura Fulgencio Andreu, presidente de la Asociación
de Vecinos, en referencia a las cinco personas que en 1994 fallecieron por la
explosión de un depósito de gas butano.
La negativa de los vecinos de Alumbres se basa también en las incontables
irregularidades que, a su juicio, se cometen en la seguridad de dichas fábricas.
Pedro, que lleva 13 años de controlador de proceso en una industria de
fertilizantes, asegura que las industrias «cumplen las normas de seguridad de
puertas afuera, pero los que trabajamos dentro sabemos que los incidentes están
a la orden del día». Pedro, en cuya fábrica ha habido dos incidentes serios
recientemente, sostiene que, más allá de la treintena de incidentes anuales
que no salen a la luz, no ocurre nada grave por puro azar.
La ofensiva para evitar que Repsol instale en Alumbres su planta de
almacenamiento ha destapado irregularidades en las industrias y la dejadez de la
Administración. En materia de seguridad, Escombreras no posee un plan de
emergencia exterior con cara y ojos para sus 3.500 trabajadores o para los
habitantes de la zona. Una fuga de amoniaco o de acetona, por ejemplo, difícilmente
podrían ser atajadas por los bomberos, pues desconocen con qué componentes
exactos trabaja cada industria y no tienen los medios para luchar contra la química.
Luego están los desmanes ecológicos. Vecinos y grupos verdes afirman que las
fugas de crudo y los vertidos ilegales son cotidianos.Las denuncias al respecto
son múltiples, pero desde 1997 sólo dos han derivado en sanciones.
Entretanto, se siguen destapando casos. El más grave de ellos se conoció hace
unas semanas en el valle de Escombreras, cuando se descubrieron 4.700 toneladas
de residuos tóxicos mortales desperdigados (con algunos de los bidones rotos o
abiertos) cerca de una planta que, siendo de tratamiento de residuos, se ha
convertido de hecho en cementerio tóxico para los residuos de otros puntos de
España.
Al lado de la refinería, entre el complejo industrial y Alumbres, se encuentra
el Poblado de Repsol, una antigua localidad hoy convertida en pueblo fantasma.
Fue construido en 1949 por americanos para los trabajadores de la refinería, a
escasos metros de ésta, y en tiempos fue la joya urbanística de la zona. Vivían
más de 500 familias, en casas bajas ajardinadas, con un colegio que era la
envidia de la comarca, un economato donde todo era más barato, una piscina y
una iglesia monumental.
En 1990 se comenzó a despoblar al considerar la compañía que no estaba
garantizada la seguridad aunque los afectados hablen de reducción de costes ,
con lo que hoy es un lugar decadente, lleno de moscas y mosquitos. Tres familias
se han negado a irse y viven en una única calle de un pueblo en el que sólo
hay ruinas, rastrojos y mucho humo procedente de la refinería. También queda
en pie una majestuosa iglesia, que preside el pueblo junto con las chimeneas
vecinas.
Antes de retornar a Cartagena ciudad, en el valle de Escombreras aguardan nuevas
sorpresas. En El Gorguel, otro pueblo engullido por la expansión industrial, se
pasa por el vertedero de materia orgánica proveniente de Cartagena, que es en
realidad un vertedero incontrolado de basuras, plásticos y sólidos repleto de
animales carroñeros, fiel exponente de la escasa sensibilidad medioambiental
oficial.
Ya en Cartagena, dejando la ciudad por la avenida de Alfonso XIII, tampoco hay
carteles de despedida, pero en una sábana que cuelga del último semáforo de
la avenida antes de la autovía se lee estos días: «Potasas se ríe de
Cartagena». A continuación, el tanatorio se anuncia en la noche con la
claridad de su cartel de neón amarillo y, justo después, las dos fábricas
pesadas de Potasas y Cinc siguen echando humo. Que la funeraria y las fábricas
sean vecinas es pura casualidad. Pero al enfilar la autovía de Murcia, el haz
de luz difuminada de las farolas municipales delata un principio de smog que
irrita, a la vez, la garganta y la sangre.
19 PECADOS ECOLÓGICOS