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![]() «...el poder es dañino como un animal no del todo domesticado, es peligroso como un ácido, es dulce y mortal como miel envenenada.» Angélica Gorodischer La loca luz brillante danzando en medio de la luna la luna, la luna diosa luna.... EKXOMA LA CARNE DE LAS BRUJAS AMBITOS OSCUROS DEL DESEO En el inicio la sexualidad. La palabra que marca a las brujas; la voz que las aborrece en su fascinación, la caricia que las hiere al tiempo que excita todas las imaginaciones. Y en el fondo, el poder. Fuerza que las niega y las subraya en el absurdo, que las lleva a la fantasía de los cuentos de hadas o a la noveleta de terror. Pero también la bruja como figura mítica e histórica personifica la resistencia de las mujeres, apelando a un contrapoder secreto, culto a su propia capacidad sexual, exacerbada con mezclas de drogas, con ritos que las hacen misteriosas adoradoras de un Señor de lo oscuro, aparente dios fálico de la maldad, pero más bien un ser ambivalente en su propia prolijidad sexual, pues si es cierto que el diablo de las brujas muestra una capacidad increíble para copular a partir de un poder casi inagotable residido en la enormidad de su pene, también resulta comprobable que este sujeto, al que parecen subyugadas las brujas, posee una multiplicidad erótica inverosímil, que responde igualmente a los anhelos imaginarios de los varones que fantasearon con la existencia de tal ser y sus haceres con las brujas, como halla su contrapartida en la mente de las mujeres, aborrecidas porque su demanda, su deseo es de tal exhuberancia que alcanza para crear y recrear el mito fálico del varón, pero para cubrir sus propias expectativas inconscientes de placer. Brujas, sí, pendencieras, sin duda, imaginadas más por los inquisidores y por la fantasía colectiva que realmente vistas; oscuras y lujuriosas mujeres cuya llamada se escucha en el murmullo del viento, o cuyas formas peligrosas y atrayentes son adivinadas en la hecatombe del rumor que las señala como reales pero que al mismo tiempo las escatima en su exageración. Brujas, sí, mujeres con un poder en el que no es posible pensar si no es desmesuradamente: las brujas pueden vender nudos que atan el viento, para que luego los marineros desaten esas ligaduras compradas y liberen las corrientes de aire que tanta falta hace en el mar de calma chicha. Las brujas, sí, seres que causan risa o deleitables terrores literarios ahora, pero que eran portadoras de un poder casi infinito, usado incluso para desestabilizar reinos, como lo hizo la propia Morrrigan de la leyenda arturiana, que fue capaz de traicionar a su improbable patria. el mítico Camelot y otros senorios que formaban la Inglaterra primigenia, para abrir las puertas a los invasores saxons. En fin, las brujas, entrañables y devastadoras, cachondas agoreras de un oscuro paraíso vivido en la propia tierra de Dios, en la que el poder de los varones es incuestionable, al menos para los términos de los propios hombres. Brujería y magia erótica femenina se confunden en este ámbito, o vienen a ser lo mismo, pues si bien es sabido que individuos del genero masculino practicaron muy diversas vertientes de las artes mágicas en la antigüedad y hasta las eras actuales, también es cierto que han sido las mujeres preferentemente las que ejercitan la enorme esfera existencial que las rodea en la brujería. Una guía critica, un camino de estremecimientos y sabidurías, una excursión hacia la oscura estrella de la brujería, la idea del demonio y los cultos y contraculturas que estos ámbitos históricos han producido, primero siendo centro en civilizaciones arcaicas y prebíblicas, o jubileo religioso y erótico en las culturas preclásicas y clásicas, luego pasando a ser núcleos periféricos de contrapoder en la civilización occidental. LA CARNE DE LAS BRUJAS La brujería puede ser vista como el ejercicio de un poder sobrenatural -según Royston Pike-, generalmente con un propósito perverso, por personas que se suponen aliadas del diablo o de los espíritus malignos; también se le da el nombre de hechicería o magia negra. Tal es el sentido habitual del termino; pero en la historia de las religiones y en la etnología es casi sinónimo de «fetichismo», es decir el estudio de los cultos «primitivos», sobre todo aquellos que atribuyen a un objeto-ídolo propiedades sobrenaturales. Ambas vertientes de exploración histórica elegiremos, según las exigencias de las propias brujas para llegar hasta ellas. La figura de la bruja ocupa un primer lugar a lo largo de toda la historia de la humanidad. Ya en tiempos históricos, aparecen en la mayor parte de las religiones hombres y mujeres de los que se supone que tienen pactos con poderes personificados del mal. Sin embrago -nos dice Pike-, la brujería que podemos llamar «clásica» es la que se desarrolla en el seno de las religiones surgidas de la Biblia. Desde el lejano día en que el gran legislador hebreo pronuncio la sentencia: «A la hechicera no dejarás viva» (Exodo,XXII, 18), hasta la protesta elevada por John Weslwy en 1768 por el poco interés que los ingleses ponían en perseguir a los hechiceros, la creencia general de los cristianos afirmaba que había un demonio personal que tenía bajo sus ordenes legiones de hombres y mujeres dispuestos a realizar su obra diabólica. En los primeros siglos del cristianismo, la brujería fue muy poco perseguida, pues los propios cristianos eran tenidos como una especie de engendros del mal por los detentadores del poder en el Imperio romano, pero en la Edad Media, cuando las autoridades eclesiásticas consolidaron la institución católica en sus bases y lograron centralizar cierto creciente poderío, también tuvieron que hacer frente al desarrollo de discidencias y herejías; de ahí iniciaron una lucha rigurosa contra los que se considero eran los «aliados de Satanás». La historia de los procesos por brujería es una penosa lectura, como veremos más adelante. Miles y miles de infelices mujeres, así como también un buen numero de hombres, fueron torturados y muertos en una forma horrible (generalmente en la hoguera) por haber practicado las artes diabólicas. Lo más frecuente era que los acusados aceptaran su culpabilidad, siempre bajo tortura, y que ante el cadalso no se arrepintieran de su autoinculpasion debido a que aquella «bruja» que lo hiciese perdía oportunidad de una ultima clemencia: todas o casi todas las victimas que aceptaban sumisas su castigo, eran estranguladas antes de ser encendida la hoguera; las que no, resultaban quemadas vivas. Huelga decir que las pruebas que conducían a tales atrocidades eran minuciosamente detalladas y nunca fueron puestas en duda. Una explicación de la génesis brujeril es la propuesta por Margaret Murrey en un libro publicado en 1929; sostiene, efectivamente, que la brujería era la supervivencia del paganismo clásico, la antigua religión que fue enterrada por la hostilidad cristiana, pero que aun sobrevivía entre los campesinos (los verdaderos pagani en el sentido etimológico). Según esta teoría, el diablo, a quien las brujas admitían haber visto y conocido carnalmente los «sábados» (es decir en las reuniones llamadas sabbat, y conocidas también como aquelarres), era un varón que asumía el papel de dios-hombre, fuera por ambición, lujuria, misticismo equivocado o deseo de servir a sus semejantes. En las reuniones había siempre trece personas -dice Murrey-, incluyendo el jefe, según los propios informes de algunos inquisidores, pero otros perseguidores de brujas sentenciaron en su momento que los grandes sabbats llegaban a reunir hasta cien mil adeptos a Satan, lo que parece exagerado, considerando que ciertos testigos presenciales constataron que habían visto solo diez mil, datos que todavía parecen desmedidos y que no dejan de ser sospechosos tanto por los medios con que se extrajeron esas informaciones, apelando a la tortura y el terror psicológico, como por los propios intereses de jueces, verdugos y legisladores. Lo mas probable es que los grandes sabbats, y solo ellos, lograran reunir entre cien y ciento cincuenta personas, entre brujas, principalmente, y brujos. Como quiera que sea, los sabbats daban lugar a danzas sagradas, festejos y seguramente ritos de promiscuidad sexual. Se instruía también a los adeptos en el arte de curar y en otras más escabrosas, como la búsqueda de vegetales con poderes alucinógenos y/o curativos. La base de la popularidad de la brujería es su intento de aumentar o destruir la fecundidad humana, animal y vegetal, aunque considerando el alto contenido erótico de los rituales primigenios de fecundidad, subyace a este encanto y a la repulsa populares un contenido simbólico relacionado directamente con la propia sexualidad humana. No es raro que los «grandes sábados» se celebraban la noche de Walpurgis (1 de mayo), la víspera de todos los santos (1 de noviembre), la Candelaria y el 1 de agosto; ninguno de estos días tiene relación con el ciclo solar ni con las estaciones, pero si con la época de cría de los animales y hacen suponer, por lo tanto, que la brujería nació en un período anterior a la agricultura, cuando los ritos de contenido erótico-religioso florecieron en Europa y Medio Oriente, como ha ocurrido en otras partes del mundo. Las ultimas victimas sentenciada a muerte en Europa como brujas, variaron de país a país pues en Inglaterra abolieron las persecuciones de brujas en 1684, en Francia en 1745, en Alemania en 1775, en España en 1781, en Suiza en 1782 y Polonia, donde al parecer fue ejecutada la última bruja, en 1793. Estos hechos pusieron fin a una larga cadena (cerca de 300 000 mujeres) de ajusticiados desde que el Papa Inocencio VIII promulgo su implacable bula de 1484, en la que se declaraba proscrita, perseguida y condenada la brujería. La justificación para emprender estas persecuciones se halla en las siguientes palabras del propio Inocencio VIII, extraídas de su Summis Desiderantes Affectibus: «Ha llegado recientemente a nuestra atención, no sin hondo dolor, que muchas personas de uno y otro sexo, sin pensar en su salvación y desviándose de la fe católica, han tenido comercio infame con demonios machos y hembras, y, mediante sus encantamientos, conjuros, sortilegios y otros horribles hechizos, enormidades y ofensas, destruido el fruto del vientre de las mujeres»... Y luego daba a la historia el nombre de los dos primeros perseguidores de brujas, institucionalmente avalados: «...nuestros amados hijos Henrich Institor y Jakob Sprenger, profesores de Teología de la orden de los frailes predicadores, han sido designados inquisidores de tales depravaciones heréticas» Pero esta brevísima glosa de las palabras de Pike y de otros eruditos nos delata que la carne misma de la bruja se halla ausente de su historia, y es precisamente esta carne, este olor a erotismo místico y oscuro el que debemos perseguir para encontrar a la bruja de verdad, a aquella condenada a la hoguera porque busco el paraíso profundo de la liberación de los sueños secretos. Es necesario, sin embargo, advertir que la fantasía colectiva ha creado diversas imágenes que intentan aprehender la versatilidad de las brujas en modelos estrechos pero perfectamente manejables: la mujer que, con un aspecto más corriente que común, se infiltra en la comunidad e incita a los cristianos a pecar; o la vieja desdentada, de ropajes negros, que vive aislada en una choza que se encuentra en el corazón del bosque y que vende o regala pócimas y hechizos malditos a aquella persona que tiene los suficientes arrestos como para ir a consultarla. Estos no son más que dos figuras descriptivas que se nos han legado de la Alta Edad Media europea o de tiempos posteriores y que no tienen mucho que ver con la exhuberancia sexual de las brujas de épocas más remotas tal y como fueron imaginadas o vistas e incluso sentidas por los seres humanos de las civilizaciones primigenias, o al menos «preclásicas». |
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UNA HISTORIA DEL «TERROR HUMANITARIO» La pena de muerte ha sido una de las más horribles compañeras de la humanidad a lo largo de la historia. Se ha practicado como castigo, como espectáculo público con fines de «edificación moral», ejemplo o simple «recreación», por no hablar de las demostraciones y sacrificios religiosos o la vocación del poder despótico por mostrar su dominio sobre cuerpos y almas de las multitudes representadas en la persona del condenado a suplicio público. La idea que ha animado esta práctica puede encontrarse variada en cada civilización, sea ésta regida por dioses exigentes como los de los celtas, que recibían en sus fauces divinas las almas de aquellos infelices que este pueblo condenaba a la hoguera; sea por un ejercicio de la fuerza del Estado absolutista, oriental u occidental, que ejecutaba a individuos o grupos de ellos para demostrar la vigorosa energía que sustentaba su existencia. Horrible en lo abstracto, la pena de muerte en sus particulares expresiones lo es más, pues el ingenio de los verdugos, los déspotas y los bandoleros no ha escatimado recursos para quitar la vida al prójimo. Se han encontrado testimonios de la antigua Sumer, la legendaria Babilonia, el esplendoroso Imperio Celeste de China y otras primigenias culturas en los que se ve lo prolífico que este ingenio humano se muestra cuando de infligir mortal sufrimiento se trata: desde la simple cuchillada o el degollamiento hasta la quema en pira, el ahorcamiento y la decapitación, pasando por diversos grados de tortura adicional. Además, el suplicio final y el martirio adicional eran selectivos. Por ejemplo, en la Roma clásica, la ley prohibía la tortura de los hombres libres, a los que sólo era aplicable la pena de muerte o el destierro, pero no así a los esclavos, que podían ser martirizados hasta morir. Por ello no es raro que los tesoreros, sobre todo aquellos encargados de los fondos del Imperio, fuesen esclavos: en caso de desfalco, era más fácil extraer una verdad a base de sufrimientos a un esclavo que esperar que un hombre libre se autoinculpara ante la amenaza de la decapitación o de la expatriación. Se puede decir que la historia de la pena de muerte y sus diversas modalidades y usos es la historia, también, de la lucha por los derechos humanos. No debe extrañar entonces que ese horrible instrumento de muerte que fue la guillotina deba considerarse, en cierta forma, como un triunfo parcial de tales derechos, por mucho que sus funciones de exterminio formen parte de los horribles sucesos acaecidos durante el período de violencia de Estado casi indiscriminada que sucedió a la Revolución francesa y que se conoce genéricamente como el Terror, durante el cual miles de infelices, culpables o inocentes, fueron decapitados. EL FONDO DEL DOLOR Los límites del dolor parecen ser muy extensos, si atendemos a la historia de los suplicios. Los instrumentos y métodos para producirlo han sido innumerables. Los pretextos fueron, y aún son, por desgracia, incontables también. Pero en el centro de ello hallamos, generalmente, el ejercicio del poder, sea este religioso, sea político o sea, incluso, individual. Por ejemplo, los asaltantes de caminos y bandoleros franceses de los siglos XVI y XVII, que según Voltaire fueron los inventores de la tortura en Francia (en lo cual se equivocaba), solían no sólo despojar de bienes materiales a sus víctimas, sino también de su dignidad y su propia vida, infligiéndoles tormentos que iban desde la rotura de dientes por percusión hasta el desollamiento de la espalda por medio de fuetazos. El Estado francés, por su parte, tampoco se mostraba misericordioso, si pensamos en que el rey Luis XI (1423-1483) hacía uso de unas horribles jaulas de metal, estrechas e incómodas, en las que obligaba a pasar días, semanas o incluso meses a aquellos que se granjeaban su animosidad. El miedo y el terror, como bases de dominio, son evidentes en estos dos ejemplos. Un bandolero con fama especialmente cruel podría estremecer a tal grado a los pequeños poblados, que éstos aceptaran pagarle una suerte de tributo con tal de verse libres de sus sanguinarios afanes. Así mismo, un rey particularmente duro en sus castigos si bien no era amado por sus súbditos, por lo menos sí era temido, lo que redundaba en un incremento de las recaudaciones fiscales. Una lógica así también es aplicable al poder de la Iglesia, que hizo del «auto de fe» el acto público de «edificación moral». En él eran mutilados, flagelados, golpeados y vejados aquellos que habían incurrido (real o imaginariamente) en actos de herejía. Pero, para los principales transgresores de la regla religiosa se reservaba la quema en la hoguera, a la vista del público. Y si bien en muchas ocasiones el Estado o la Iglesia aplicaron en cámaras de tortura y sin público numerario sus suplicios, siempre procuraron difundir el rumor de tales horrores, a más de mostrar el resultado final del suplicio en los cuerpos destrozados de los condenados, como bien lo retrató el pintor flamenco Jan Bruguel (1525-1569) en su cuadro La procesión a Calvary en donde se ven, dispersas por el camino, las ruedas de tortura con despojos de los condenados a muerte aún expuestos en ellas. Los españoles que pretendieron cristianizar a los indígenas americanos no fueron, tampoco, demasiado escrupulosos en sus métodos de evangelización: según algunos autores franceses, los españoles bautizaban a los niños americanos sólo para matarlos después, mientras que a sus padres los quemaban vivos si se resistían al poder militar y religioso que se les obligaba a aceptar. La historiadora francesa Françoise Duvignaud ha explorado las motivaciones profundas de estas prácticas en su ensayo El cuerpo del horror: la exhibición tanto del acto de suplicio como de su resultado final implica una amenaza potencial para todo aquel que lo observa. PERDER LA CABEZA La quema en la hoguera, el ahogamiento en un río o una fuente, el descuartizamiento, fueron penas de muerte muy recurridas en la antigüedad y, en algunos países, hasta muy avanzada la edad moderna. La decapitación, por su parte, era considerada un privilegio de la nobleza, tanto en la Europa medieval y renacentista como en la China imperial. Otra cosa resultaba en países islámicos, de los cuales se conserva el siguiente testimonio citado por Roland Villeneuve: El advenimiento al trono de los reyes de Dahomey iba acompañado de ceremonias monstruosas, entre las cuales la decapitación desempeñaba un papel importante e incluso preponderante. Un tal Euschard, comerciante invitado a la coronación de Behanzin, nos dejó este palpitante relato de las principales ceremonias: «Me hicieron subir a una alta plataforma, ante la cual se alineaban dos hileras de cabezas humanas: ¡todo el suelo del mercado estaba bañado en sangre! Aquellas cabezas eran las de cautivos con los que habían practicado el arte infernal de la tortura... «¡Pero eso no era todo! Trajeron veinticuatro cestos; en cada uno de ellos había un hombre al que sólo se le veía la cabeza. Los alinearon por unos momentos ante el rey y, a continuación, los arrojaron uno tras otro, desde lo alto de la plataforma, a la plaza, donde la multitud, cantando, bailando y vociferando, se los disputaba, al igual que en otros lugares los niños se pelean por recoger las golosinas de los bautizos. Todos aquellos que tenían la suerte de atrapar a una víctima y cortarle la cabeza podían ir a cambiar su trofeo por una ristra de cauris que entregaban como prima. «Por último, se celebró un desfile militar en el que participó todo el ejército, compuesto por cincuenta mil combatientes, diez mil de los cuales eran amazonas. Una vez finalizado el desfile, fueron martirizados tres grupos de cautivos, a los que les cortaron poco a poco la cabeza con cuchillos sin afilar para alargar el suplicio. De todos los espectáculos, ninguno tan espantoso como éste.» Este testimonio nos habla del rey entronizado como figura divina a la cual es preciso brindarle un sacrificio humano, pero también la complicidad de la multitud informe para la cual la crueldad del déspota es ocasión de diversiones y hasta de lucro. Con la decapitación en Europa, y particularmente en Francia el hecho se repetirá. HISTORIAS DE VERDUGOS Los antiguos chinos preferían presentar las decapitaciones como un acto de clemencia del poder imperial. Todo aquel que, por alguna razón, generalmente de rango, hubiese inclinado su testa ante el emperador, merecía, si era el caso de ser condenado a muerte, no sufrir otro suplicio que el de perder la cabeza. Es probable que por ello se presentara de pie, ante el público, al condenado, para no restarle dignidad. Pero también se daba ocasión al verdugo para mostrar sus habilidades, pues se le exigía que el tajo de espada fuera limpio y tan certero que bastara un sólo golpe para hacer rodar por el cadalso la cabeza del condenado. En Occidente, en cambio, el condenado debía arrodillarse e, inclinado el tronco, mostrar la nuca al verdugo. A veces se usaba el hacha, en ocasiones la espada, pero parece que los verdugos de Europa no llegaron a desarrollar tan plenamente su arte macabro y hubo varias ejecuciones fallidas. Un testimonio de la época de Luis XIII nos relata la ejecución del conspirador Cinq-Mars, a mediados del siglo XVII: «El señor de Cinq-Mars, sin venda en los ojos, colocó cuidadosamente el cuello sobre el tajo; dirigió el rostro hacia la parte anterior del cadalso, asió fuertemente el tajo con ambos brazos, cerró los ojos y la boca y se dispuso a esperar el golpe, que el verdugo le asestó lenta y pausadamente... «Al recibir el golpe, profirió en voz alta una exclamación que quedó ahogada por su propia sangre, alzó las rodillas como si quisiera levantarse y volvió a caer. Como la cabeza no había quedado totalmente separada del cuerpo, el verdugo pasó por detrás a la derecha del condenado, tomó la cabeza por los cabellos con la mano derecha y sesgó con la cuchilla la parte de la tráquea y de la piel del cuello que no estaban cortadas; después arrojó sobre el cadalso la cabeza, que desde ahí saltó al suelo, donde observamos que dio media vuelta y siguió palpitando durante cierto tiempo». Otro conspirador, el mariscal Bayron, a principios de ese mismo siglo, tuvo que ser engañado por el verdugo para evitar que se moviera y así cumplir su terrible labor. Un testigo ocular dejó el siguiente escrito al respecto: «Si el verdugo no hubiese utilizado ese ardid, aquel miserable e irresoluto hombre se habría incorporado de nuevo; de hecho, la espada le seccionó los dedos al levantar él la mano para aflojarse la venda de los ojos por tercera vez. La cabeza cayó al suelo, de donde fue recogida para ser devuelta a un sudario blanco junto con el cuerpo, que aquella misma noche fue enterrado en Saint-Paul» Si pensamos en la crueldad de estas dos ejecuciones, nos llamará la atención, nuevamente, que el perder la cabeza fuera considerado un privilegio. Pero, comparada la decapitación con otras penas, por ejemplo la rueda de tortura o el simple colgamiento, coincidiremos con esta opinión. |
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