por V. Messori ("Il Corriere" del 06/10/2002)
El clima ha cambiado mucho desde aquel 17 de mayo de 1992, día de la beatificación de Escrivá de Balaguer y Albás. Documentándome entonces para un libro de investigación que escribí sobre el Opus Dei, constaté la amplitud del "complot" para impedir o al menos retrasar la glorificación de aquel hombre. Un grupo transversal, dentro y fuera de la Iglesia, desplegó una machacona campaña en los medios de comunicación de medio mundo. Tiempo atrás, en Italia, hubo además una iniciativa parlamentaria para extender a la Obra la ley represora de las sociedades secretas, aprobada con grandes prisas después del caso P2.
El gobierno de Craxi confió al ministro del Interior, Scalfaro, una investigación profunda, que absolvió a los discípulos del sacerdote aragonés, pero que dejó una estela de veneno. La canonización de hoy ha dado, sí, pretexto a alguna pieza pintoresca que, como mera repetición, no ha dejado de utilizar el "deja vu": "masonería católica", "tentáculos clericales", "lobby reaccionario", "club de plutócratas". Y los habituales profesionales de la denigración (tres o cuatro ex-miembros de la Obra, siempre los mismos) han revivido con la historia del cilicio, con las remotas sospechas franquistas, con el oscuro sadomasoquismo hispánico que se habría constatado en Escrivá, padre-padrone. Poca cosa, de todos modos, comparado con el obstinado fuego de contención de hace diez años.
Parece, por tanto, haber tenido éxito la estrategia de la Obra, inspirada por el fundador mismo que, frente a los ataques, repetía su máxima: "Sonreir, rezar, perdonar". Y después, "callar y trabajar". Es un hecho que, auspiciada por un clima más distendido, la Obra ha podido dedicar todas las energías a la organización de la jornada de hoy, que promete superar incluso a aquélla de la beatificación, inaudita por la afluencia de peregrinos y por su buena organización, más germánica que hispana.
Alguien me ha pasado, por debajo de la mesa, la "hoja de disposiciones" distribuida a los jefes de grupo y que ellos deben utilizar sólo verbalmente. Es evidente su "estilo Opus Dei", como en el tercer punto, donde se recuerda que "no es elegante enarbolar carteles o banderines (ni banderas o estandartes) porque dan una imagen de provincialismo". Se conceden los aplausos, pero "sólo en los momentos oportunos" y, en cualquier caso, "evitando gritos más propios de un estadio", dejando cantar sólo a quien haya dado pruebas de saber hacerlo. Nunca "moverse con ruido" y "renunciar a gastos inútiles". Al final, "dejar la plaza completamente limpia, desalojada de todo desperdicio".
Una preocupación por el estilo que habrá agradado ciertamente al nuevo santo que -siendo personalmente sobrio y austero- enseñó siempre que la pobreza cristiana no coincide con la miseria. Que el radicalismo evangélico puede convivir con el buen gusto y las buenas maneras. Y que se puede, se debe, ser devoto y no se deja de serlo por usar la corbata adecuada, si se es laico; o, los sacerdotes, los elegantes gemelos en los puños, como siempre hizo él mismo. Pero evidentemente no está aquí la singularidad de esta canonización. El nuevo santo es único porque en él se reconoce una organización mundial que lo venera como padre, pero de la que siempre ha dicho no ser el fundador.
"Soy un fundador sin fundamento" -repetía-. La fundación del Opus Dei no era idea suya, ni lo imaginaba, ni quería crearlo. Sorprende que tantos voluntariosos investigadores del "secreto" de la Obra no se hayan dado cuenta de que justo aquí está el Secreto, el verdaderamente fundante, de una realidad anómala incluso en la Iglesia, donde es la única Prelatura Personal. En el origen no hay una "fundación", sino una "revelación". Todas las familias religiosas católicas nacen del celo de creyentes que individúan una necesidad, un fin, un objetivo sobre el que la caridad y el esfuerzo deben intervenir. Inspirados, sin duda, y guiados por Dios, fundadores y fundadoras, movidos por una necesidad específica, elaboran planes, hacen proyectos, organizan a los colaboradores, forman discípulos. Pues bien: el Opus Dei no nació así.
A los 26 años, sacerdote desde hacía sólo tres, Josemaría completaba en Madrid sus estudios de Derecho y mientras tanto colaboraba -con aquel pragmático espíritu suyo, ajeno a toda tentación visionaria o mística- en algunos pequeños encargos pastorales. El 2 de octubre de 1928, a mediodía, en la habitación de una casa de los Padres Paúles en la madrileña calle de García de Paredes, de improviso, "Dios se dignó iluminarlo: vio el Opus Dei, así como el Señor lo quería y como debería ser en el transcurso de los siglos".
Son palabras textuales del decreto de canonización. Por tanto, atendiendo al testimonio de Escrivá y a la confianza puesta en él por sus discípulos, la Obra habría sido pensada y querida desde la eternidad por Dios mismo, el cual habría elegido, en su designio inescrutable, a un joven y desconocido sacerdote de Barbastro como simple instrumento para que entrase en la historia este proyecto divino. Asustado por aquella "revelación", don Josemaría trató de eludirla, de huir de la llamada, pero una poderosa evidencia le obligó a cargar sobre sus espaldas lo que, visto humanamente, era una auténtica cruz.
Viene de aquí -de estos orígenes misteriosos- la convicción del Opus Dei de tener por confín el mundo y por término el fin mismo de la historia. Escrivá lo ha repetido siempre: "No somos una organización determinada por las exigencias particulares de una época determinada. La Obra no nace de un proyecto terreno, sino divino; y existirá mientras haya hombres sobre la tierra, porque siempre los hombres tendrán un trabajo con el cual santificarse".
Guiado por un joven numerario americano, recorría un día los pasillos de "Villa Tevere", el gran edificio del Parioli donde tiene su sede el Prelado, con el que mantuve una entrevista. Manifesté mi admiración no sólo por el gusto, sino también por la solidez de los materiales con los que todo, en aquel laberinto, está construido. "Cierto: pero es para ahorrar. Todo esto debe durar siglos, hasta el retorno de Cristo", me respondió, imperturbable, mi acompañante.
Una fuerza tranquila, alejada de todo fanatismo, y a la vez indomable, porque está convencida de realizar un proyecto del Cielo mismo: este es el verdadero Secreto del Opus Dei, del cual San Josemaría Escrivá no fue fundador, sino sólo instrumento, y además, a contrapelo. Un Secreto consolador para las 85.000 personas, en continuo aumento, para las cuales es fuente vigorosa de apostolado y de vida cristiana. Pero, a la vez, un Secreto inquietante para muchos otros: y probablemente se entienda por qué.