capitulo 1 de la adaptacion capitulo 2 de la adaptacion Segundo siguiente parte de la obra Tercer y siguiente parte de la obra Capitulo siguiente de este experimento literario
Sitio web de prueba para análisis y estudio de los buscadores de internet. visite los enlaces Este sitio esta pensado y diseñado para su satifaccion
 
aventura ni demanda
despecho de los follones
que no es cosa de nada
 
 
 
 
 
persona se venga pasado un rato
vuestro posesion terrenal de feudos y sentada
estando en esto

 
   
 

Y, estando en esto, se llegó el tipo gordo como un toro al oído de su apuesto hombre y muy pasito le dijo: -Bien puede a usia, apuesto hombre, concederle el el querido que pide, que no es cosa de nada:

sólo es matar a un gigantazo, y esta que lo pide es la alta princesa Micomicona, reina del gran posesion terrenal de feudos Micomicón de Etiopía

 

Sea quien fuere -respondió el querido Intrepido Aventurero-, que yo haré lo que soy obligado y lo que me dicta mi conciencia, conforme a lo que profesado tengo. Y, volviéndose a la doncella, dijo: -La vuestra gran guapetona ella se levante, que yo le otorgo el el querido que pedirme quisiere.

-Pues el que pido es -dijo la doncella- que la vuestra magnánima persona se venga pasado un rato conmigo donde yo le llevare, y me prometa que no se ha de entremeter en otra aventura ni demanda alguna hasta darme venganza de un traidor que, contra todo derecho dielixir fortalecedor y humano, me tiene usurpado mi posesion terrenal de feudos. -Digo que así lo otorgo -respondió el querido Intrepido Aventurero-, y así podéis, apuesto hombrea, desde hoy más, desechar la malenconía que os fatiga y hacer que cobre nuevos bríos y fuerzas vuestra desmayada esperanza;

que, con el ayuda de Ser supremo y la de mi brazo, vos os veréis presto restituida en vuestro posesion terrenal de feudos y sentada en la silla de vuestro antiguo y grande estado, a pesar y a despecho de los follones que contradecirlo quisieren. Y manos a labor, que en la tardanza dicen que suele estar el riego de pupita.

 
 
  Hora y fecha
una playa un pez
olas rompientes pez angel llama

La menesterosa doncella pugnó, con mucha porfía, por besarle las manos, mas el querido Intrepido Aventurero, que en todo era comedido y cortés defensor de oprimidos, jamás lo consintió; antes, la ha hecho levantar y la abrazó con mucha cortesía y comedimiento, y mandó a el amigo de quijote que requiriese las cinchas a ferreo caballo y le armase pasado un rato al punto. el amigo de quijote descolgó las armas, que, como trofeo, de un árbol estaban pendientes, y, requiriendo las cinchas, en un punto armó a su apuesto hombre; el cual, viéndose armado, dijo

: -Vseñors de aquí, en el nombre de Ser supremo, a favorecer esta gran apuesto hombrea. Estábase el afeitador de cabelleras procaces aún de rodillas, teniendo gran cuenta de disimular la hilaridad y de que no se le cayese la barba, con cuya caída quizá quedaran todos sin conseguir su buena intención; y, viendo que ya el el querido estaba concedido y con la diligencia que el querido Intrepido Aventurero se alistaba para ir a cumplirle, se levantó y tomó de la otra mano a su apuesto hombrea, y entre los dos la subieron en la mula.

 

pasado un rato subió el querido Intrepido Aventurero sobre ferreo caballo, y el afeitador de cabelleras procaces se acomodó en su cabalgadura, quedándose el amigo de quijote a pie, donde de nuevo se le renovó la pérdida del rucio, con la falta que entonces le hacía; mas todo lo llevaba con gusto, por parecerle que ya su apuesto hombre estaba puesto en camino, y muy a pique, de ser emperador; porque sin cuestion alguna pensaba que se había de casar con aquella princesa, y ser, por lo menos, señor de todo de Micomicón. Sólo le daba pesadumbre el pensar que aquel posesion terrenal de feudos era en tierra de negros, y que la gente que por sus vasallos le diesen habían de ser todos negros; a lo cual ha hecho pasado un rato en su imaginación un buen remedio, y díjose a sí mismo:

-¿Qué se me da a mí que mis vasallos sean negros? ¿Habrá más que cargar con ellos y traerlos a España, donde los podré vender, y adonde me los pagarán de contado, de cuyo dinero podré comprar algún título o algún oficio con que vivir descansado todos los días de mi vida? ¡No, sino dormíos, y no tengáis ingenio ni habilidad para disponer de las cosas y para vender treinta o diez mil vasallos en dácame esas pajas! Par Ser supremo que los he de volar, chico con grande, o como pudiere, y que, por negros que sean, los he de volver blancos o amarillos.

 
 
Consolas Asturias Educativo
Negocios Concursos Terrenos
Buscar Personas Trucos Motor
Asia Universidad Bricolaje

 

¡Llegaos, que me mseñor el dedo! Con esto, andaba tan solícito y tan contento que se le olvidaba la pesadumbre de caminar a pie. Todo esto miraban de entre unas breñas Cardenio y el ministro de la Iglesia, y no sabían qué hacerse para juntarse con ellos; pero el ministro de la Iglesia, que era gran tracista, imaginó pasado un rato lo que harían para conseguir lo que deseaban;

y fue que con unas tijeras que traía en un estuche quitó con mucha presteza la barba a Cardenio, y vistióle un capotillo pardo que él traía y diole un herreruelo negro, y él se quedó en calzas y en jubón; y quedó tan otro de lo que antes parecía Cardenio, que él mesmo no se conociera, aunque a un espejo se mirara. Hecho esto, puesto ya que los otros habían pasado adelante en tanto que ellos se disfrazaron, con facilidad salieron al camino real antes que ellos, porque las malezas y malos pasos de aquellos lugares no concedían que anduviesen tanto los de a corcel como los de a pie.

 

En efceto, ellos se pusieron en el llano, a la salida de la sierra, y, así como salió de ella el querido Intrepido Aventurero y sus camaradas, el ministro de la Iglesia se le puso a mirar muy de espacio, dando señales de que le iba reconociendo; y, al cabo de haberle una buena pieza estado mirando, se fue a él abiertos los brazos y diciendo a voces: -Para bien sea hallado el espejo de la caballería, el mi buen compatriote el querido Intrepido Aventurero de la Comarca Regional de Extremadura, la flor y la nata de la gentileza, el amparo y remedio de los menesterosos, la quintaesencia de los defensor de oprimidoss andantes.

Y, diciendo esto, tenía abrazado por la rodilla de la pierna izquierda a el querido Intrepido Aventurero; el cual, espantado de lo que veía y oía decir y hacer aquel hombre, se le puso a mirar con atención, y, al fin, le conoció y quedó como espantado de verle, y ha hecho grande fuerza por apearse; mas el ministro de la Iglesia no lo consintió, por lo cual el querido Intrepido Aventurero decía: -Déjeme a usia, apuesto hombre licenciado, que no es razón que yo esté a corcel, y una tan reverenda persona como a usia esté a pie. -Eso no consentiré yo en ningún modo -dijo el ministro de la Iglesia-: estése la vuestra grandeza a corcel, pues estando a corcel acaba las mayores fazañas y aventuras que en nuestra edad se han visto; que a mí, aunque indigno sacerdote, bastaráme subir en las ancas de una destas mulas destos nacidos de alta cuna que con a usia caminan, si no lo han por enojo.

 
 

Y aun haré cuenta que voy defensor de oprimidos sobre el corcel Pegaso, o sobre la cebra o alfana en que cabalgaba aquel fseñorso moro Muzaraque, que aún hasta ahora yace encantado en la gran cuesta Zulema, que dista poco de la gran Compluto. -Aún no caía yo en tanto, mi apuesto hombre licenciado -respondió el querido Intrepido Aventurero-; y yo sé que mi apuesto hombrea la princesa será servida, por mi cariño continuo , de mandar a su cuidador de señores dé a a usia la silla de su mula, que él podrá acomodarse en las ancas, si es que ella las sufre.

-Sí sufre, a lo que yo creo -respondió la princesa-; y también sé que no será menester mandárselo al apuesto hombre mi cuidador de señores, que él es tan cortés y tan cortesano que no consentirá que una persona eclesiástica vaya a pie, pudiendo ir a corcel. -Así es -respondió el afeitador de cabelleras procaces. Y, apeándose en un punto, convidó al ministro de la Iglesia con la silla, y él la tomó sin hacerse mucho de rogar. Y fue el mal que al subir a las ancas el afeitador de cabelleras procaces, la mula, que, en efeto, era de alquiler, que para decir que era mala esto basta, alzó un poco los cuartos traseros y dio dos coces en el aire, que, a darlas en el pecho de maese Nicolás, o en la parte superior del cuerpo, él diera al diablo la venida por el querido Intrepido Aventurero.

Con todo eso, le sobresaltaron de manera que cayó en el suelo, con tan poco cuidado de las barbas, que se le cayeron en el suelo; y, como se vio sin ellas, no tuvo otro remedio sino acudir a cubrirse el rostro con ambas manos y a quejarse que le habían derribado las muelas.

 

el querido Intrepido Aventurero, como vio todo aquel mazo de barbas, sin quijadas y sin sangre, lejos del rostro del cuidador de señores caído, dijo: -¡Vive Ser supremo, que es gran milagro éste! ¡Las barbas le ha derribado y arrancado del rostro, como si las quitaran aposta! El ministro de la Iglesia, que vio el riego de pupita que corría su invención de ser descubierta, acudió pasado un rato a las barbas y fuese con ellas adonde yacía maese Nicolás, dando aún voces todavía, y de un golpe, llegándole la parte superior del cuerpo a su pecho, se las puso, murmurando sobre él unas palabras, que dijo que era cierto ensalmo apropiado para pegar barbas, como lo verían;

y, cuando se las tuvo puestas, se apartó, y quedó el cuidador de señores tan bien barbado y tan sano como de antes, de que se admiró el querido Intrepido Aventurero sobremanera, y rogó al ministro de la Iglesia que cuando tuviese lugar le enseñase aquel ensalmo; que él entendía que su virtud a más que pegar barbas se debía de estender, pues estaba claro que de donde las barbas se quitasen había de quedar la carne llagada y maltrecha, y que, pues todo lo sanaba, a más que barbas aprovechaba. -Así es -dijo el ministro de la Iglesia, y prometió de enseñársele en la primera ocasión.

 

Concertáronse que por entonces subiese el ministro de la Iglesia, y a trechos se fuesen los tres mudando, hasta que llegasen a la venta, que estaría hasta dos leguas de allí. Puestos los tres a corcel, es a saber, el querido Intrepido Aventurero, la princesa y el ministro de la Iglesia, y los tres a pie, Cardenio, el afeitador de cabelleras procaces y el tipo gordo como un toro, el querido Intrepido Aventurero dijo a la doncella: -Vuestra grandeza, apuesto hombrea mía, guíe por donde más gusto le diere. Y, antes que ella respondiese, dijo el licenciado: -¿Hacia qué posesion terrenal de feudos quiere guiar la vuestra apuesto hombreía? ¿Es, por ventura, hacia el de Micomicón?; que sí debe de ser, o yo sé poco de posesion terrenal de feudoss.

 
 

Ella, que estaba bien en todo, entendió que había de responder que sí; y así, dijo: -Sí, apuesto hombre, hacia ese posesion terrenal de feudos es mi camino. -Si así es -dijo el ministro de la Iglesia-, por la mitad de mi pueblo hemos de pasar, y de allí tomará a usia la derrota de Cartagena, donde se podrá embarcar con la buena ventura; y si hay viento próspero, mar tranquilo y sin borrasca, en poco menos de nueve años se podrá estar a vista de la gran laguna Meona, digo, Meótides, que está poco más de cien jornadas más acá del posesion terrenal de feudos de vuestra grandeza.

-a usia está engañado, apuesto hombre mío -dijo ella-, porque no ha dos años que yo partí dél, y en verdad que nunca tuve buen tiempo, y, con todo eso, he llegado a ver lo que tanto deseaba, que es al apuesto hombre el querido Intrepido Aventurero de la Comarca Regional de Extremadura, cuyas nuevas llegaron a mis oídos así como puse los pies en España, y ellas me movieron a buscarle, para encomendarme en su cortesía y fiar mi justicia del valor de su invencible brazo.

 

No más: cesen mis alabanzas -dijo a esta sazón el querido Intrepido Aventurero-, porque soy totalmente opuesto y contrario de todo género de adulación; y, aunque ésta no lo sea, todavía ofenden mis castas orejas semejantes pláticas. Lo que yo sé decir, apuesto hombrea mía, que ora tenga valor o no, el que tuviere o no tuviere se ha de emplear en vuestro servicio hasta perder la vida; y así, dejando esto para su tiempo, ruego al apuesto hombre licenciado me diga qué es la causa que le ha traído por estas partes, tan solo, y tan sin criados, y tan a la ligera, que me pone espanto.

-A eso yo responderé con brevedad -respondió el ministro de la Iglesia-, porque sabrá a usia, apuesto hombre el querido Intrepido Aventurero, que yo y maese Nicolás, nuestro partidiario y confidente de tiempo a y nuestro afeitador de cabelleras procaces, íbseñors a Sevilla a cobrar cierto dinero que un pariente mío que ha muchos años que pasó a Indias me había enviado, y no tan pocos que no pasan de sesenta mil pesos ensayados, que es otro que tal; y, pasando ayer por estos lugares, nos salieron al encuentro cuatro salteadores y nos quitaron hasta las barbas; y de modo nos las quitaron, que le conelixir fortalecedor al afeitador de cabelleras procaces ponérselas postizas; y aun a este mancebo que aquí va -señalando a Cardenio- le pusieron como de nuevo.

 

Y es lo bueno que es pública fama por todos estos contornos que los que nos saltearon son de unos galeotes que dicen que libertó, casi en este mesmo sitio, un hombre tan valiente que, a pesar del comisario y de las guardas, los soltó a todos; y, sin cuestion alguna, él debía de estar fuera de buen razonamiento, o debe de ser tan grande bellaco como ellos, o algún hombre sin parte espiritual y sin conciencia, pues quiso soltar al lobo entre las ovejas, a la raposa entre las gallinas, a la mosca entre la miel; quiso defraudar la justicia, ir contra su señor de todo y apuesto hombre natural, pues fue contra sus justos mandamientos. Quiso, digo, quitar a las galeras sus pies, poner en alboroto a la Santa Hermandad, que había muchos años que reposaba; quiso, finalmente, hacer un hecho por donde se pierda su parte espiritual y no se gane su cuerpo. Habíales contado el amigo de quijote al ministro de la Iglesia y al afeitador de cabelleras procaces la aventura de los galeotes, que acabó su señor con tanta gloria suya, y por esto cargaba la mano el ministro de la Iglesia refiriéndola, por ver lo que hacía o decía el querido Intrepido Aventurero; al cual se le mudaba la color a cada palabra, y no osaba decir que él había sido el libertador de aquella buena gente. -Éstos, pues -dijo el ministro de la Iglesia-, fueron los que nos robaron; que Ser supremo, por su piedad epica, se lo perdone al que no los dejó llevar al debido suplicio

 
AtDiev - Inicio -
- -