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Manuel sierra es un pintor autodidacta con una clara
tendencia figurativa.

Su actividad pictórica se desarrolla en los campos de la pintura (óleo,
acrílico, acuarela, cera y técnicas mixtas), del muralismo, de la
ilustración, de la escenografía teatral y de la edición (grabado,
serigrafía y litografía).
Manuel Sierra, en su plenitud creadora y en su incansable actividad en la
pro- ducción de una obra original, múltiple en temas, técnicas y
soportes, nos presenta de nuevo sus pinturas: paisajes, pájaros.
interiores... Babia sigue siendo aquí metáfora del universo del pintor y
reflejo de su añoranza.

Sierra se adueña de Babia y la recrea en texturas, dimensiones y colores
nuevos. Pule en el exterior las calidades internas. Colores vibrantes,
en atrevidas corre- laciones, en formas recortadas y rotundas, con
estallidos de luz y colores suaves, como soñados, en piezas en las que un
elemento se convierte en protagonista, insistente o desmesurado, dominando
la realidad circundante como domina en la me- moria el tema de una obsesión.
El agua, las montañas, las nubes, las flores Componen el paisaje, pero más
que paisaje agreste es un paisaje humanizado, por la mirada humana que lo
capta y porque integra la fuerza y la soledad del hombre en un tiempo
detenido y un es- pacio casi intacto. El hombre es más relevante por su
misma ausencia. ¿Qué manos callosas sujetan las riendas de bestias
invisibles? ¿Qué pies transitan los caminos? ¿Qué niños se bañan en
los ríos y en los lagos? Sus risas están ahí, en el color ale- gre del
agua y de la orilla, como están los cantos de los pájaros en la luz y en
el aire, pero ¿dónde están sus cuerpos húmedos? ¿Quién habita las
casas agazapa- das? No hay mujeres en las puertas ni en las ventanas, que
detienen al espectador en el umbral del misterio, y si se nos abre un
interior, huyen las gentes: la cama des- hecha, los papeles y la fruta
sobre la mesa nos dicen que el dueño acaba de salir, que el pintor mismo
habita sin habitar su casa del recuerdo y sale y entra para dis- poner los
objetos y para plasmarlos, hurtándonos su imagen, dejándonos cuando más
un retrato de otros tiempos...

No hay perros, ni gatos, ni pollos en los corrales, ni mula o jumento
uncido al carro. Sólo los pájaros son testigo de que la vida animal
existe, pero los pájaros son la canción, que es armonría, y son la
libertad -¿la canción y la libertad del pintor?-, 1a libertad de
permanecer en el nido y en la rama, o de volar al infinito y jugar con las
nubes que se acercan caprichosas y gravitan invitando a las piedras a
gravitar con ellas y fundirse en el paisaje y en la mente.
Pero el hombre está ahí, su trabajo y su reciedumbre: el carro es
central, con sus grandes ruedas y su rojo intenso de pasión, de vida y de
dolor. En él está la huella del artesano y el roce de las manos del
campesrno. A ese protagonista anó- nimo y genérico, sugerido en cada
cuadro, subyace y se superpone la mirada del pintor que se derrama en las
cosas, la pasión del rojo es su propia pasión, y el esfuerzo de su
creación, oculto en la aparente facilidad de su obra bien hecha, es su
propia huella.
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