Flauta

La flauta.

Debe de haber sentido una curiosa impresión el primer hombre que se dio cuenta que , cortando una caña e impulsando el aire en su interior, obtenía un sonido. Y este hombre habrá vivido en una comunidad tan primitiva, tan antes de la Historia propiamente dicha, que su descubrimiento pertenece a ese período de miles de años en el que el hombre andaba sobre la tierra con muy escasa ventaja sobre el resto de los animales. Nadie sabe quién fue, y puede suponerse con fundamento que éste, como el del fuego, será uno de los grandes descubrimientos cuyo origen para siempre permanecerá en el misterio.

Nosotros sabemos ahora que lo que produce el sonido es la columna de aire alojada en el interior del instrumento de viento, la cual es puesta en vibración por el ejecutante, pero el hombre primitivo, sin conocer ni imaginar remotamente esta ley acústica siguió aplicando sus dotes de observación y volvió a encontrar algo fundamental: que las cañas largas producen sonidos graves y que las cañas cortas los producen agudos.

El amor por la variedad, ese verdadero motor del progreso humano, habrá llevado al hombre primitivo a entender que un sonido constantemente repetido engendra monotonía. Sabiendo que podía cambiarlo a voluntad aumentando o disminuyendo el largo de la caña llegó prestamente a fabricar un rudimentario instrumento formado por varias cañas de distintos tamaños atadas con lianas y para cada caña obtuvo un sonido diferente. Esto era un gran progreso y la siringa fue. Desde entonces, un elemento de distracción para las largas horas pasadas en cuidar el rebaño y hasta un medio de ofrendar a los dioses el producto de la inteligencia. Y como nada que no tuviera directa relación con esos dioses valía la pena de ser frecuentado, la siringa se convirtió en el símbolo del dios Pan, que, según la leyenda, era quien la había inventado.

Pero la flauta que nosotros conocemos no está formada de varios tubos sino de uno solo.

Por supuesto, una caña, aunque tenga ocho agujeros, es mucho mas fácil de hacer, transportar y cuidar que una flauta que tiene varias cañas de distintos tamaños, y desde que se percibió esta comodidad la flauta de una sola pieza hizo su fortuna en el mundo, mientras la siringa quedaba como atributo del alegre dios de los bosques y de las praderas, llegando hasta nosotros en su melancólica versión de la flauta del afilador.

Hacia fines del siglo XVII ocurrió un hecho trascendental que ha significado para los instrumentos de viento lo que la electricidad para la industria o el vapor para la dinámica: se inventó la llave. La llave es un dispositivo mecánico que actúa como un dedo postizo que el instrumentista puede poner en movimiento cuando así lo requiere el trozo de música que ejecuta. Ya se podían hacer más agujeros en el tubo y por lo tanto salvar los inconvenientes de la limitación en el número de los sonidos posibles. No era menester encontrar ejecutantes dotados de doce o quince dedos: las llaves se ocupaban de solucionar el problema.

La segunda llave tardó cincuenta años en ser agregada y, esto lo sabemos, fue la obra de un célebre flautista que desempeñó las honrosas funciones de maestro de Federico el Grande, que amaba la flauta casi tanto como la guerra y su adorada Prusia. Johann Joachim Quantz tuvo la fortuna de encontrar en su camino a un poderoso rey que dedicaba tanto tiempo al estudio de la flauta como a las cuestiones de Estado y que, según se dice, fue tan hábil en una como en la otra actividad. Desde su importante puesto, Quantz se encontró en la situación de convencer a muchos compositores de las ventajas de su flauta con dos llaves, que luego fueron aumentando en número, así como otras innovaciones que llevaron a la flauta a un satisfactorio grado de calidad, no lo suficiente, sin embargo, como para que Cherubini, compositor hoy muy olvidado pero que tuvo gran importancia en su época, allá por 1780, señalara que no hay nada peor que una flauta, excepción hecha de dos flautas. Mozart mismo no parece haber sido muy adicto a este instrumento a pesar de que ha dejado un cuarteto para flauta, un concierto para flauta y arpa y un concierto para flauta sola que, como todas las obras de su mano, son irresistiblemente hermosas. Por el contrario, Bach y Haendel la utilizaron con sumo placer y la flauta figura en primer lugar en gran cantidad de sus composiciones instrumentales.

La flauta, gracias a los cuidados de Quantz y otros artistas, había subido numerosos peldaños en la consideración de los compositores y se la encontraba de manera permanente en los conjuntos orquestales de la ópera. Pero faltaba aún el peldaño decisivo, y éste se debe a Theobald Boehm, que fue algo así como el Stradivarius de la flauta. La llevó a tal perfección que hoy día ocupa uno de los más brillantes y considerables puestos en la orquesta sinfónica, en la que asume casi de continuo un papel de primera fila. La velocidad de sus trazos, la perfecta entonación y su hermosa sonoridad (todo ello debido a los desvelos de Boehm) se prestan admirablemente para multitud de momentos expresivos y solísticos. Tiene la gracia y la levedad de una gacela, la agilidad de una ardilla y en su registro medio y bajo puede entonar nostálgicas y encantadoras melodías llenas de infinita sugestión. Por lo general se la ve por pares, especialmente en las composiciones de la época clásica, pero los románticos, y entre ellos Wagner, usaron con frecuencia tres de distintas afinaciones.

Una derivación de la flauta, como si fuera su hijo, es una pequeña flauta o flautín, que suena en el extremo agudo de la orquesta. Alcanza las notas más elevadas con la facilidad de un pájaro, y a pesar de su inofensivo aspecto, cuando habla su conversación sobresale por encima de toda la orquesta, así como los soldados aseguran que durante los bombardeos es posible escuchar el trino de las aves canoras. No puede decirse que el flautín sea un instrumento muy discreto y por eso la orquesta lo utiliza parsimoniosamente, en tanto que la banda lo pone siempre en evidencia, mientras él, muy ufano, hace toda clase de travesuras en regiones tan altas que nadie puede seguirle.

Es cierto que la flauta tiene un lugar preponderante en la orquesta, pero me he detenido en ella más que en ningún otro instrumento porque, hablando de sus principios y de su evolución, no hacía sino referirme de una manera general a todos los restantes instrumentos de viento.

 

Jorge D´Urbano

Del libro "Cómo escuchar un concierto"

Editorial Atlántida

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