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Éranse una vez cuatro rayas que, por
casualidad, se encontraron un día y decidieron juntarse
para formar una viñeta. Los años pasaron y las
rayas cada vez se conocían más y más. Pero,
como nada ocurría en su interior, las rayas se aburrían.
Así que decidieron no barrer más, con el fin de
que la mierda comenzase a amontonarse y poder, así, entretenerse
con las estructuras atómicas de semejante pila de escombros.
Poco a poco las estructuras conformaron puntos estáticos,
y esos puntos estáticos conformaron líneas verticales.
Estas líneas pronto cobraron conciencia y decidieron que
se sindicarían y registrarían en la oficina de
patentes. Requisito fundamental para tal proceder era la elección
de un nombre, lo cual enfrentó a las líneas entre
sí.
De este modo, surgieron facciones de lo más
diverso, encabezadas por las líneas más carismáticas
que convencían a las que lo eran menos. Pronto se delimitaron
tres facciones que acabarían por absorber a todas las
demás. Unas luchaban por tal nombre y tales principios,
otras por tal nomenclatura y tales revindicaciones y las otras
por nada en concreto y todo en general.
Al final se impuso una de las tres facciones, concretamente
la tercera, que por ser la última fue a la que menos importancia
se le dio y, consecuentemente, la que menos se esperaba que triunfase.
Esta facción decidió que el conjunto en su totalidad
se llamaría «X2,» ante otras opciones como
«log23» o «Lim3xà0,» en honor
al sagrado principio de la continua progresión. Así,
lo que en un principio comenzó con un montón de
mierda acumulada, inconstante e informe, pasó a un constante
estado de semi-permanencia variable en su forma pero no en su
fondo.
Las cuatro grandes líneas observaban todo el
proceso con interés e incredulidad. Sin apartar el mundo
que habían creado de sus pautas cerebrales, resolvieron
no intervenir en este proceso experimental hasta que, bajo su
modesto y honesto punto de vista, pues eran las Cuatro Grandes
Líneas, fuese imprescindible.
Poco a poco, las líneas pequeñas se
cansaron de permanecer siempre en el mismo lugar y, cual placas
tectónicas sin rumbo ni concierto, comenzaron a moverse.
Así empezó a gesticular «X2,» que ahora
trascendía de una mera mierda apilada o de meras líneas
pequeñas horizontales y verticales.
Sin embargo, ninguna agrupación de líneas,
sindicada o no, dura eternamente. Cuando no es «la unión
hace la fuerza» es «divide y vencerás,»
o al menos eso es lo que nos sugiere el comportamiento lineal.
Así, aconteció que lo que otrora formase parte
de la segunda facción en discordia (las de la nomenclatura
y las revindicaciones, vamos, los intelectualillos) se escindieron
del grupo mayor para formar un segundo cuerpo dentro de la viñeta.
Dadas sus preferencias culinarias, acertaron en llamarse «bocadillo»
o «bocadillos,» ya que les resultaba extremadamente
difícil mantener su unidad.
Y, así, los «bocadillos» se autodefinieron
en su diferencia con el gran cuerpo que antes había reunido
las tres facciones. Al mismo tiempo que esto ocurría,
el propio «X2» creó una serie de categorías
englobantes para asegurar su posición dominante en el
panorama viñetístico. Para sí creó
la categoría de «personajes,» diferenciada
de la de los «bocadillos.» Cual constructor de muñecas
rusas, «x2» creó dos pares más de categorías
excluyentes para aliviar su paranoia. Estas eran «protagonistas»
y «no protagonistas,» y «hombres» y «mujeres.»
Más tarde aparecerían los «objetos.»
La realidad se estructuró en planos, en orden de 1º,
2º y 3º de importancia descendente.
Varias generaciones después, surgieron del
seno de los «bocadillos» y del de los «personajes,»
sendas facciones que, de modo semejante, optaron por habitar
el interior de dichos grupos en forma de minorías étnicas.
Así surgieron las «letras» y los «rasgos,»
todos autodenominados «internos,» de «bocadillos»
y «personajes» respectivamente.
Y, así, durante mucho tiempo, las transformaciones
se ocultaban a nivel doméstico o nunca llegaban a ocurrir.
Cada ente funcionaba independientemente de los otros. Todos generaron
sistemas de comunicación hacia el exterior y hacia el
interior.
Pero los años pasan y, no en vano, todo acaba
aburriendo, así que las Cuatro Grandes Líneas,
cansadas de tanta poca comunicación entre «bocadillos,»
«personajes,» «letras,» «rasgos,»
«objetos,» y sus respectivas minorías, étnicas
o no, decidieron entrar en acción. Así, las Cuatro
Grandes Líneas hicieron un supremo esfuerzo de imaginación
e inventaron mil quinientas treinta y siete posturas diferentes
(que aquí no mostraremos por obvias razones de espacio)
en orden decreciente. En las cuatro últimas posturas,
las Cuatro Grandes Líneas se encogían de tal forma
que se producía un vaciado total del espacio interior,
algo que la mierda acumulada, burocratizada y venida a más
sintió como una hecatombe atómico-nuclear.
De esta manera las Cuatro Grandes Líneas se
dieron cuenta de que también habían creado un espacio
exterior y dejaron de mirarse el ombligo. |