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Ø Ø CÓRDOBA
PREHISTÓRICA
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Ø Ø CÓRDOBA ROMANA
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Ø Ø CÓRDOBA VISIGODA
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Ø Ø CÓRDOBA
MUSULMANA
Ø
Ø Ø CÓRDOBA
CRISTIANA
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Ø Ø CÓRDOBA, SIGLO XVI AL XX
Las informaciones disponibles sobre la Córdoba anterior a la
fundación romana, son imprecisas y están basadas, generalmente, en testimonios
arqueológicos. Las primeras noticias de la existencia de "Corduba"
datan del período del Bronce final. Existió un poblado indígena con dicho
nombre cuyo significado más probable es altozano cerca del río en la zona del
actual parque Cruz Conde; y donde hoy se hallan el Teatro Municipal de la
Axerquía y la zona universitaria, tuvo su asentamiento un tell que proporciona
los vestigios más antiguos finales del segundo milenio A.C. de la Córdoba pre y
proto- histórica.
Por
su posición en un lugar de gran valor estratégico, "Corduba", sirvió
de emplazamiento, primero provisional y después definitivo, a tropas romanas.
Desde entonces 152 a.C. Córdoba se convierte en una colonia latina que perduró,
gozando de tal estado, hasta fines de la República. Estrabón nos da noticia de
que esta primitiva Córdoba, situada al noreste del abandonado emplazamiento
original, tuvo una población compuesta por romanos selectos e indígenas
escogidos, términos vagos en los que, posiblemente, deba de buscarse el
carácter de ciudad doble dípolis que tuvo la Córdoba de ese período , compuesta
por dos "vici" o distritos perfectamente diferenciados uno situado en
torno al foro donde está hoy la planta del templo y otro, cercano al núcleo
original. En seguida se afirmó la utilidad administrativa de la ciudad recién
creada, que facilitaba la seguridad y el avituallamiento de las legiones
romanas, por lo que pasó a ser considerada como capital oficiosa de la Hispania
Ulterior.
Pero
será a partir de las guerras civiles entre Cesar y Pompeyo, cuando Córdoba
entra plenamente en el devenir histórico. Al principio, la ciudad permaneció
indecisa entre la facción de uno u otro general, aunque abundasen los
partidarios de Pompeyo, porque la ciudad fue cuartel general de sus tropas y
principal tribunal de justicia de la provincia. Tras la victoria de Cesar,
sufriría una grave destrucción y una merma demográfica considerable; sin
embargo, no perdió sus privilegios anteriores, pues el gobernador trató con
gran deferencia a sus pobladores, y mantuvo buenas relaciones con los círculos
aristocráticos de Córdoba, entre ellos la familia Annaeus a la que
pertenecieron los dos Sénecas, el retórico y el filósofo y el poeta Lucano.
Séneca
es la figura más importante de la Córdoba hispanorromana, y aunque fue llevado
siendo muy niño a la capital del imperio, en donde llegó a ser preceptor de
Nerón, su relevancia fue tal que, todavía hoy, los actuales cordobeses presumen
de reconocer como propias algunas de las virtudes de aquel acaudalado patricio
y profundo filósofo estoico.
Una
vez concluida la guerra civil, Córdoba recibió el estatuto de colonia, con lo
que se convirtió en la capital de la recién creada provincia Bética, tras las
reformas administrativas emprendidas por Augusto.
Durante
los tres primeros siglos del Imperio romano, la ciudad experimentó mentó un
gran impulso, debido al status derivado de la capitalidad. Autóctonos y romanos
se mezclaban al casarse; la curia municipal, con cien decuriones, era la más
floreciente de Andalucía; existían escuelas de gran nivel; y algunos cordobeses
lograron acceder al rango de senadores en Roma. En aquella época, Córdoba era
el centro del que partían los correos oficiales hacia las urbes y la sede de
los archivos administrativos, en ella se guardaban las listas de los censos
provinciales; el comercio aceite, minerales, productos agrícolas colas adquirió
una gran pujanza y a ello contribuyó también la construcción de la Vía Augusta,
que pasaba por el puente romano del Guadalquivir, que todavía se conserva, y
unía Linares con Cádiz y la Bética con los restantes asentamientos hispanos.
Córdoba
fue amurallada como demuestran los vestigios arqueo lógicos y a las faldas de
su sierra fueron construidas numerosas villas de recreo.
Será con Diocleciano
cuando se inicie el declive, la capitalidad se desplazó a "Hispalis"
(Sevilla) y comenzó la expansión del cristianismo en tierras cordobesas. La
nueva religión tuvo su figura más destacada en el obispo Osio, quien participó
en el Concilio de Ilíberis, localidad cercana a Granada, y en el de Nicea, en
donde adquirió gran renombre; fue el momento en que la comunidades cristianas
comenzaron a tener importancia como demuestran los sarcófagos paleocristianos,
encarga dos en su día a Roma, y que hoy se conservan en el Alcázar y en el
Museo Arqueológico.
En
el siglo V se produjo una profunda transformación. Córdoba fue saqueada por los
vándalos, quienes dieron su nombre actual a la extensa región andaluza. El
poder romano fue desapareciendo, aunque no lo hicieron la mayoría de sus
instituciones, y se asentó en la Bética un dux visigodo.
Córdoba sufrió durante algún período las rivalidades entre
facciones que luchaban por el poder, como es el caso de las luchas entre
Leovigildo y su hijo Hermenegildo que acabaría con la conquista de Córdoba por
aquel.
A
partir de ese momento, una minoría dominante, dependiente del reino visigodo de
Toledo, se impuso a la mayoritaria población hispanorromana que vio cómo los
comes y duques se adueñaban de sus palacios y monumentos. Durante el reinado
del católico Recadero, los visigodos construyeron la basílica de San Vicente
según cuenta la leyenda, sobre un templo romano en honor del Sol en el mismo
lugar que posteriormente ocuparía la célebre mezquita aljama.
En plena
canícula del año 711, Córdoba fue conquistada por los generales del invasor
árabe Tariq. Lo cierto es que, más que de una conquista, se trató de una
entrega voluntaria, sellada mediante un pacto que respetó la vida de los
habitantes, excepto la de cuatro cientos caballeros que se hicieron fuertes en
la antigua iglesia de Santa Victoria, situada extramuros y sufrieron un
dramático destino.
Desde el
primer momento, los invasores instalaron la sede de su gobierno en el alcázar
visigodo, situado en las cercanías del actual Alcázar de los Reyes Cristianos,
y designaron un wali o gobernador.
A
los cinco años de la conquista, los árabes distinguieron a Córdoba con la
capitalidad de las tierras de AlAndalus, que hasta entonces había ostentado
Sevilla, y era gobernada por un emir al que el califa de Damasco le otorgó la
independencia. Se reconstruyó el puente romano, se restauraron las murallas y
en la margen izquierda del Guadalquivir se fundó el arrabal, denominado
Secunda, hoy Campo de la Verdad.
En
menos de cincuenta años Córdoba se convirtió en la ciudad predilecta de los
invasores, y en ella se fundó una primitiva mezquitaaljama cuando los omeyas y
los abasidas se separaron definitivamente, tras una pugna sangrienta. En el año
756, el príncipe omeya Abderramán derrotó, en las puertas de Córdoba, al emir
abasida y se alzó, convertido ya en Abderramán I, como la única autoridad de
Andalucía. Aunque construyó a tres kilómetros del centro urbano, en las faldas
de la sierra, la residencia de Arruzafa e impulsó al establecimiento de la
mezquita en el año 786, siempre fue un extranjero no integrado en la población,
de la que gustaba vivir distante.
Sus
sucesores propiciaron el desarrollo de la cultura y en Córdoba se asentaron
místicos, maestros orientales, matemáticos, médicos, filósofos, poetas. Se
acabaría de construir la mezquita que fue ampliada por el soberano Abderramán
II.
Poco
a poco, la civilización árabe se iba consolidando; se fueron construyendo
numerosos baños, mezquitas, fábricas de tapices y distintas obras hidráulicas.
La arabización fue asumida sin problemas por muchas familias de los antiguos
visigodos los muladíes , pero tuvo que vencer la oposición de los cristianos
que vivían bajo dominio árabe los mozárabes. Estos fueron aplastados de forma
expeditiva, y algunos, como San Eulogio o San Pelayo, murieron martirizados.
La máxima grandeza de la Córdoba musulmana fue conseguida por Abderram n III. Tomó el título de Califa en el año 929 e hizo de Córdoba un califato independiente de Damasco y la ciudad más floreciente, culta y poblada de Europa. Volvió a ampliar la mezquita, y la dotó de un patio con pórticos. A ocho kilómetros de la capital, edificó el suntuoso palacio de Medina Azahara, en honor de una de sus favoritas, y para albergue de su corte. Su lujo oriental fuentes de mercurio, celosías de alabastro y elegancia fueron el asombro de sus visitantes. Se cuenta que llegó a sembrar con almendros todo el espacio que separaba Medina Azahara de la ciudad de Córdoba para, de esa manera, recordar anualmente el efecto estético de una nevada que, según la leyenda había caído sobre la ciudad. Su hijo Alhakem II remató las obras palaciegas, volvió a ampliar la mezquita y consiguió reunir una biblioteca de cuatrocientos mil volúmenes, la más importante del mundo. Según fuentes árabes, durante su califato, la ciudad alcanzó el millón de habitantes, y llegó a tener mil seiscientas mezquitas, trescientas mil viviendas, ochenta mil tiendas e innumerables baños públicos.
Ese
esplendor empezó a declinar durante el reinado de su sucesor, quien dejó el
gobierno en manos del caudillo Almanzor, el cual efectuó la última ampliación
de la Mezquita, de decoración menos suntuosa. No pudo evitar que el Califato
comenzara a desmembrarse, dejando de existir en el año 1013, debido a las
guerras civiles, que acabaron con el poder central y fomentaron por toda
Andalucía la formación de los reinos de taifas. Los beréberes, ayudados por el
rey Sancho de Castilla, se apoderaron de Medina Azahara, símbolo del esplendor
califal, en el año 1010; la incendiaron, la saquearon, y casi la redujeron al
estado de destrucción en que se encuentra en la época actual (según atestiguan
las ruinas que hoy se excavan y estudian). En la construcción de muchos edificios
de la Córdoba posterior se utilizaron sillares procedentes de este palacio.
Incluso las dovelas de la Giralda sevillana estuvieron antes en esta mansión
cordobesa que igualaba en fantasía creativa a los palacios de las mil y unas
noches.
Durante
los siglos XI y XII, Córdoba fue una taifa más. Cayó en poder de Sevilla en la
época del rey poeta Motamid, y desde entonces arrastró una decadencia
irremediable, hasta que su último reyezuelo, Ibn Hud, perdió la ciudad a manos
de Fernando III el Santo.
Sería
inacabable la relación de sabios y artistas que se dieron cita en la Córdoba
califal; por eso, en este bosquejo histórico, sólo cabe hacer referencia, dada
la transcendencia que posteriormente tuvieron en la cultura occidental sobre
todo durante el Renacimiento, al poeta Ibn Hazam (994-1064), al filósofo
Averroes (1126-1198) y al médico pensador judío Maimónides (1135-1204).
El
29 de junio de 1236, festividad de San Pedro y San Pablo, Córdoba cayó en poder
de la dinastía castellanoleonesa que encabezaba el rey Fernando III, el cual
llegó con sus huestes y con la Virgen de Linares; esta imagen se conserva en el
santuario del mismo nombre, situado a 12 kilómetros de la capital, en un bello
paraje. Tras firmarse las capitulaciones la población musulmana fue erradicada
de la ciudad. En tiempos de Fernando III comenzaron a construirse nuevas
iglesias, hasta alcanzar el número de catorce parroquias, que pueden
adscribiese, genéricamente. al llamado estilo fernandino o de la Reconquista:
transición del románico monacal, al gótico castellanizado, caracterizado por
una sólida fábrica, artesonados mudéjares y arcos de nervadura en ojiva.
Con
el rey llegó un grupo de castellanos, procedentes de León, Toledo, Talavera,
Burgos y navarros, que se repartieron las propiedades los latifundios y
minifundios procedentes de la época romana; y se intensificó la creación de los
señoríos oligárquicos.
Pese
a los nuevos asentamientos, no cambió el signo de la ciudad: siguió siendo el
epicentro de contiendas civiles. Lo había sido en la época romana, más tarde
con los visigodos y continuó siéndolo con los cristianos.
Sólo
con los Reyes Católicos se apaciguaron las disputas. En 1478, Fernando e Isabel
llegaron a Córdoba para terminar con las pugnas feudales. En 1482, durante una
larga estancia, nació su hija doña María, luego reina portuguesa, y además
establecieron en la localidad el tribunal de la Inquisición, que produjo en
Córdoba numerosas víctimas. En 1486, de nuevo en la ciudad, recibieron a
Cristóbal Colón que les presentó su proyecto ultramarino que fue considerado
irrealizable. El futuro almirante tuvo amores con la cordobesa Beatriz Henríquez
de Arana, de los que nació Hernando Colón. Cordobés eminente de esta época es,
también, Gonzalo Fernández de Córdoba, natural de la cercana Montilla, conocido
universalmente como el Gran Capitán al ser elevado a la gloria militar por sus
campañas italianas.
Posteriormente,
con los Austrias, a pesar de que construyeron la Puerta del Puente y la plaza
de la Corredera y se realizaron las cortes de 1570 con Felipe II, Córdoba vio
cada vez más disminuida su importancia y su población.
En
el siglo siguiente durante el reinado de Felipe IV tuvo lugar el motín del pan
debido a la escasez de trigo. La ciudad pasaba por un crítico período del que
los Borbones tampoco supieron sacar a la cuidad que iba sumiéndose en una mayor
decadencia; lo que no obsta para que se construyesen importantes retablos
barrocos y algunos palacios.
Entre
los primeros, destacan los realizados por Gómez de Sandoval, y entre los
segundos, el Colegio de la Compañía. También, en este momento comenzaron a
erigirse los Triunfos, monumentos muy característicos, dispersos por varias
plazas de la ciudad, con San Rafael arcángel al que los cordobeses son muy
devotos coronando una columna; se construyeron también la conocida plaza de los
Dolores y el Colegio de Santa Victoria, de Ventura Rodríguez.
Ya
durante el siglo XIX Córdoba vivió una gran exaltación patriótica durante la
Guerra de la Independencia en la que tomó parte muy activa el poeta romántico
cordobés Ángel de Saavedra, más tarde duque de Rivas. En esta contienda, la
ciudad sufrió una drástica represión.
En
los años que siguieron a la Guerra de la Independencia, Córdoba vivió un período
de tensas disputas entre absolutistas y liberales.
Durante
el reinado de Isabel II, Córdoba fue cuartel de los liberales que en 1868
derrotaron a los realistas en el puente de Alcolea, lo que significó el
destierro para la soberana.