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Fue
una era tumultuosa. Gigantescos esferoides, a veces como rocas y otras
mucho más grandes que un meteorito, llamados planetesimales, iban por
todo el Sistema Solar estrellándose y rebotando demoledoramente entre
sí y contra los planetas. Uno ,de esos cuerpos errantes, casi tan grande
como Marte, se disparó desde los confines del Sistema Solar y vino rectamente
hacia la joven Tierra.
Con
apenas un centenar de millones de años, nuestro planeta, aún sin vida,
continuaba mostrando tonos incandescentes bajo una capa de gases venenosos,
como dióxido de carbono, metano y vapores sulfurosos. Con el brutal impacto,
el planetesimal penetró la corteza y alcanzó las profundidades, haciendo
en su trayectoria que la roca derretida se vaporizara. Una enorme nube
de gases ardientes, polvo y fragmentos rocosos se desplegó en el espacio
rápidamente y acabó formando un disco en torno a la Tierra.
Se
repitió entonces, en pequeña escala, el mismo proceso que determinó, millones
de años antes, la formación de los planetas a partir de la nebulosa original:
en tanto que iba enfriándose la caótica nube, las partículas fueron adhiriéndose
unas a otras hasta formar cada vez mayores terrones. Esos terrones se
convirtieron en rocas, y las rocas en peñascos. Así, después de mil años,
los restos del impacto se habían amalgamado hasta formar por sí mismos
un nuevo cuerpo celeste: la Luna.
Tal
escena cataclísmica tuvo su colosal representación hace 4.600 millones
de años, pero bien pudo haber sido escrita por ese falso profeta de la
catástrofe cósmica, el desaparecido lmmanuel Velikovsky, autor de Mundos
en colisión.Porque, de hecho, parece que ésta no sólo es la última, sino
la mejor respuesta a una.de las cuestiones fundamentales de la Astronomía:
¿Cómo se formó la Luna? Es que, aunque sus miradas alcanzan puntos muy
distantes del Universo y pueden examinar raras estrellas, galaxias y remotos
quasares, los astrónomos están aún por. averiguar cómo fue que la Tierra
adquirió su Luna, sin duda un satélite excepcional entre las más de tres
docenas de lunas conocidas que giran en torno a planetas del Sistema Solar.
Nuestra
Luna es una de las más grandes en relación con su correspondiente planeta,
ya que alcanza un cuarto del diámetro de la Tierra y 1/81 de su masa.
Por contraste, los dos endebles satélites de Marte, Phobos y Deimos, tienen
cada uno apenas el tamaño de la isla de Manhattan. La Luna ejerce una
marcada influencia sobre la Tierra. Su gravedad atrae a los océanos, dando
lugar a las mareas (y de paso a las marismas costeras que permitieron
evolucionar hasta salir del mar a los primitivos batracios). La luz que
refleja la Luna estimula el crecimiento de las plantas y marca el ritmo
de los ciclos de reproducción de muchas especies animales. Su presencia
luminiscente se halla entretejida inseparablemente con el lenguaje y la
imaginación de los humanos. Para los antiguos griegos, Selene, diosa que
personificaba a la Luna, no sólo era dadora de vida, sino también destructora
de ella, y su mansión era escala obligada en el camino de los muertos
hacia las estrellas.
Pero,
como contrapartida a tantas ideas poéticas inspiradas por ese astro color
de plata, los científicos se han sentido siempre muy intrigados por él.
Concibieron la esperanza de que los alunizajes del Apollo permitirían
resolver la incógnita de su origen. Pero, en vez de ello, sólo se consiguió
que los 380 kilos de roca y polvo -trasladados a la Tierra a costo muy
considerable- vinieran a aumentar el desconcierto, porque este material
lunar resultó, con mucho, de la misma naturaleza que las rocas terrestres,
aunque con algunas significativas diferencias. Así, pues, los científicos
se vieron obligados a reconsiderar todas las anteriores teorías, tanto
las que sostenían. que la Luna se había formado en las proximidades de
la Tierra, como las que afirmaban que se originó independientemente, quizás
en una región distinta del Sistema Solar.
El primero en esbozar la nueva teoría del impacto -conocida también como
la Teoda del Gran Golpefue el geoquímico William Hartmann, adscrito
al Planetary Science Institute, de Tucson, en Estados Unidos, un científico
que dedica parte de su tiempo a pintar paisajes espaciales. En 1976, un
año después de que Hartmann y su colega Donald Davis (también pintor)
desvelaran sus especulaciones, Alistair Cameron, de la Universidad dr
riarvard, y William Ward, del Jet Propulsion Laboratory del Caltech -ambos
astrofísicos- expusieron una versión más elaborada de la Teoria del
Gran Golpe. No obstante, la teoría seguía en la oscuridad y apenas
era considerada un intento más por explicar el origen de la Luna, si bien
un tanto extravagante. O como dijera Stephen Brush, astrónomo adscrito
a la Universidad de Maryland: «Se trata de una teoría tan extraña y cataclísmica
que, de haber sido propuesta hace veinte años, habría provocado carcajadas».
TEORÍA
DE EL GRAN GOLPE
Según
esta versión del origen de nuestro satélite, un gigantesco
planetesimal, se estrelló contra la Tierra, derritiéndose
las capas superiores de ambos cuerpos y poniendo en órbita, en
torno a nuestro planeta un aro de roca vaporizada. Chocando
entre si, las partículas de nube formaron rocas cada vez más
grandes que, tras milenios, dieron origen a la Luna.
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La
Teoria del Gran Golpe ha ido reforzándose a medida que los
científicos han ido descubriendo la enorme cantidad de bombardeos
que tuvo que sufrir la joven Tierra por parte de los asteroides
-muchos más de lo que en un principio se supusoy sobre las consecuencias
tanto físicas como químicas que tuvo para ella semejante fusilamiento.
El Gran Golpe elimina, virtualmente, todas las teorías alternativas
al explicar mucho mejor semejanzas y diferencias químicas entre
los materiales lunares y los terrestres, así como al aportar una
explicación sobre la forma en que la Luna se situó en su órbita.
Los
astrónomos carecían de pistas para sospechar de dónde vino la Luna
hasta que, en el siglo pasado, el avance técnico de los telescopios
y las más precisas mediciones celestes les permitieron algunas complejas
observaciones, como la de que el día se alarga aproximadamente un
segundo cada 50.000 años, o la de que la Luna se aleja, describiendo
una línea de separación en espiral, a un ritmo de 2,5 centímetros
por año. Una tentación grande era suponer que ese ritmo había sido
siempre constante, y «pasando la película hacia atrás» George Darwin
(uno de los diez hijos de Charles Darwin) calculó, equivocadamente,
que hace 50 millones de años la Luna se hallaba a sólo algo más
de 9.000 kilómetros de la Tierra (contra los 380.000 kilómetros
promedio de ahora) y que el día tenía entonces una duración de apenas
cinco horas. Debido a que el joven planeta de roca derretida giraba
velozmente en torno del Sol -decía Darwin- el poder de atracción
de la gravedad solar le obligó a balancearse de modo tan violento
que su forma se distendió exageradamente. Finalmente una considerable
porción de la Tierra se desprendió y fue a situarse en órbita en
torno al propio planeta.
Para
apoyar esta explicación sobre los orígenes de la Luna, que se hizo
famosa como la Teoria de la Fisión, otros de sus partidarios
arguyeron, sin argumentos serios, que la cuenca del Pacífico constituye
la gran cicatriz causada por el desgarramiento de la Luna. (Los
geólogos ridiculizan hoy la idea de semejante marca del nacimiento
lunar, y remarcan que la superficie terrestre ha cambiado de forma
varias veces debido a los movimientos de la corteza). Mientras los
astrónomos discutían la suposición de Darwin, surgieron dos teorías
opuestas. A una se le conoce como la Hipótesis de la Captura;
postula que la Luna se formó más allá de los confines del Sistema
Solar y que fue atrapada por el campo gravitacional de la Tierra
cuando giraba, en una vasta órbita elíptica, en torno al Sol. La
otra teoría se deduce de la hipótesis general según la cual hubo
una nebulosa en el nacimiento del Sistema Solar. Según este enfoque
del astrónomo francés Pierre Simon de Laplace, la Tierra y la Luna
son planetas hermanos, copartícipes de un sistema binario, y la
Luna fue producto de la condensación de gases que giraban en torno
a la Tierra, de la misma manera que la Tierra y los otros planetas
debieron surgir de la condensación de un anillo semejante que existía
alrededor del recién nacido Sol.
Es
esta la Teoria de la Nebulosa o Teoria Laplace.
Las
tres teorías competidoras cobraban auge o languidecían según la
marea de las preferencias de los científicos. Y parecía que no habría
forma de probar la veracidad de una u otra, hasta que el hombre
puso su planta en la Luna en 1969. A instancias de un premio Nobel
de Química, el doctor Harold Urey, defensor de la Hipótesis de
la Captura, la NASA accedió a que se trajesen muestras del suelo
lunar. «Fue un momento terriblemente emocionante; nunca ha habido
algo semejante recuerda John Wood, geoquímico del Harvard College
Observatory. Todos creíamos que las rocas lunares darían contestación,
una por una, a la totalidad de nuestras preguntas. Pero las muestras
no fueron la Piedra Roseta ni revelaron de inmediato los secretos
del origen de la Luna. La primitiva superficie lunar había sido
acribillada por meteoritos y asteroides y alfombrada por chorros
de lava que casi la destruyeron. La muestra más antigua traída por
la Misión Apolo tenía unos 4.460 millones de años, lo que
la hacía unos 100 millones de años más joven que las "rocas primigenias"
que Urey esperaba.»
De
hecho, las rocas complicaban grandemente el panorama. El descubrimiento
de que su naturaleza química tenía un gran parecido, pero no era
exactamente la misma de las capas exteriores de la Tierra, daba
la impresión de estar en oposición con las tres teorías principales
sobre su origen. En el punto crucial de esta incertidumbre, fue
cuando Hartmann y Davis publicaron su impactante hipótesis, pero
según recuerda Hartmann nadie le concedió mucha atención: «Resultaba
difícil imaginar lo que podía hacerse con nuestra teoría».
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| El
planetoide se dirige hacia la Tierra |
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| El
impacto fusiona ambos cuerpos celestes |
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| Tras
el impacto, los restos proyectados comienzan a orbitar alrededor de
la Tierra |
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| Los
fragmentos en óbita se fusionan y compactan |
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| Tras
cientos de milenios aparece un nuevo cuerpo celeste, la Luna |
En
octubre del 1984, casi un centenar de científicos se reunió en Kona, Hawai
(cerca del Observatorio Mauna Kea, situado a más de 4.260 metros sobre
la cumbre del volcán) para reexaminar el misterio del nacimiento de la
Luna. «Cada una de las teorías contaba con sus defensores, gente de mucho
prestigio, pero ninguna tenía tanto peso como para hacer cambiar de opinión
a los demás», recuerda Wood. Sin embargo, cuando el polvo de la discusión
lunar se asentó, el Gran Golpe pareció quedar a la cabeza.
Unos
cuantos intransigentes recurrieron todavía a una moderna variante de la
Teoría de la Fisión, de Darwin, pero no pudieron explicar cómo
fue que la Prototierra adoptó un ritmo de giro tan salvaje que
acabaría obligándole a lanzar un goterón del tamaño de la Luna, para luego
desacelerarse hasta su actual y razonable velocidad de rotación. Cameron
describe con bastante desdén los esfuerzos que esos científicos hicieron
para justificar su convicción, pero lo cierto es que también él recibió
algunos palos bastante fuertes. Cuando estaba ponderando su teoría sobre
la creación del Sistema Solar, un malicioso colega le espetó: «¿Y qué
hizo usted en el octavo día?»
Por
su parte, la Teoría de la Captura estaba ya muy desacreditada antes
de que la conferencia hubiese empezado. Es que las piedras lunares habían
revelado demasiadas semejanzas químicas entre la Tierra y la Luna como
para que ésta hubiera podido formarse en otra parte del Sistema Solar.
Otra dificultad que hallaron los proponentes fue la de imaginar cómo pudo
el campo gravitacional de la Tierra capturar un cuerpo que pasaba, sin
que el brutal frenazo lo resquebrajara.
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COMO ATRAPAR UN PLANETA, TEORÍA DE LA CAPTURA
Según otra teoría, la gravedad terrestre obligó a reducir su
velocidad a un planetesimal que pasaba cerca y lo hizo entrar en
órbita. Los investigadores más escépticos argumentan que este proceso
habría destrozado el planetesimal; por
otra parte, las rocas lunares deberían ser químicamente semejantes
a otros cuerpos celestes y no a la corteza terrestre.
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Incluso
la hipótesis de Laplace, la más favorecida antes de la conferencia, se
vino abajo ante el alud de cálculos que produjo el debate. Muchos científicos
se han sentido siempre preocupados por una de las condiciones básicas
de tal esquema: la de que la Tierra y la Luna se hallen compuestas por
material exactamente igual (lo cual no es así, pese a su gran parentesco
químico), ya que esto significaría que ambos cuerpos se formaron uno aliado
del otro. Sin embargo, el defecto más serio de la teoría lo constituye
el temido problema del momento angular. El momento angular es la inercia
de rotación o giro de un cuerpo, y depende de su velocidad, dirección
de la rotación y de la distribución de la masa. La demostración clásica
de la relación entre estas tres cualidades, es la de la patinadora girando
sobre hielo: cuando extiende los brazos, separándolos del eje de rotación,
la velocidad del giro disminuye, pero al recogerlos, se acelera.
LA
TEORIA DEL GOTERON LUNAR
Según
la teoría de la fisión, la atracción gravitacional del Sol hizo
que el núcleo de hierro de la Tierra se bamboleara, girando a
gran velocidad. Todavia constituido en parte por material derretido,
nuestro planeta experimentó un marcado alargamiento, llegando
a tal deformación que un enorme trozo se le desprendió, dando
origen a la Luna.

Los
astrónomos han creído que, debido a que la Tierra y la Luna se
formaron a partir del anillo de polvo y gases que giraban en torno
del Sol, debieron recibir su momento angular a fuerza de los golpes
al azar asestados por rocas y partículas que vagaban por el anillo.
Según las leyes de la Física newtoniana, el momento angular se
conserva; por tanto, según infería la teoría binaria, las partículas
que se hallasen asimismo en esa órbita, estarían circundando la
Tierra en la misma dirección en que la Tierra gira en torno del
Sol. Pero la tesis se vino abajo cuando unos cuantos astro físicos
se valieron de simulaciones matemáticas en ordenador para probar
que, en un caso comQ éste, el momento angular no gobernaría por
completo la dirección que seguirían las partículas al circundar
la Tierra, pues las que se aproximasen a nuestro planeta no caerían
todas en la misma órbita, sino que la mitad girarían en una dirección,
en tanto que las demás lo harían en sentido opuesto. Dice Wood
al respecto: «La mayoría terminamos la reunión sin descartar del
todo la teoría dela agregación binaria, pero aceptándola de manera
bastante tibia»
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Sólo
quedaba la Teoría del Impacto, pero también a ésta le hacían falta
unas cuantas piezas más a fin de poder completar el rompecabezas.
Nadie había conseguido explicar como un planetesimal en colisión
pudo arrojar a una órbita el material suficiente para formar una
Luna. «Sería magnífico si se pudiese arrancar un pedazo de la Tierra
y ponerlo en órbita, pero las cosas no funcionan de tal manera -dice
Hartmann. No es algo como poner una roca en el suelo y pegarle con
un palo de golf. Los trozos lo mismo pueden irse al espacio como
volver a caer en la Tierra.»
Cameron
y Ward superaron este. obstáculo, así como otras muchas dificultades,
mediante hábiles simulaciones matemáticas del Gran Golpe. Y vieron
que la única forma de mantener el material en lo alto, era convirtiéndolo
en gases. De acuerdo con sus cálculos, el cuerpo que golpeó a la
Tierra debió ser enorme, cuando menos de la mitad del diámetro del
planeta y de un décimo de su masa aproximadamente. Se desplazaba
a una velocidad de, por lo menos, 11 kilómetros por segundo (39.600
kilómetros por hora) en trayectoria curvada hacia el Sol, y en su
trayectoria dio a la Tierra un golpe directo, oblicuo. La fuerza
del impacto hizo que la Tierra se inclinara ligeramente a un lado
y se generase una presión y un calor tan elevados que gran parte
de la corteza del planetesimal, así como una parte de la terrestre,
se vaporizaron y se convirtieron en gas.
Los
ardientes gases explotaron hacia arriba y afuera, desplazándose
a los lados de la Tierra principalmente en la misma dirección que
había seguido el planetesimal en su viaje. Más de dos veces la cantidad
de material necesario para formar la Luna fue proyectándose al espacio.
Una parte considerable volvió a caer en la Tierra, en tanto que
la restante continuó en órbita. Los geofísicos David Stevenson y
A. C. Thompson, del Caltech, reforzaron las simulaciones de Cameron
con cálculos propios, demostrando que el manto de gases habría envuelto
por completo al globo en el término de unas cuantas horas. Después
de un siglo, el disco se habría expandido más allá del límite dentro
del cual la gravedad de la Tierra podría entorpecer la formación
de cuerpos sólidos a partir de los gases. Un milenio más tarde -lo
que es decir apenas un momento en la vida del Sistema Solar- fueron
condensándose partículas cada vez mayores, procedentes de aquel
gas en enfriamiento, poco a poco la Luna se fue formando. Esta teoría
explica así una relevante peculiaridad de la composición química
de las rocas lunares: su escasez de volátiles, elementos químicos
de fácil vaporación, como el plomo. Pues bien, éstos pudieron perderse
al hervir de inmediato por el calor de la explosión y alejarse en
el espacio.
Pero
aún quedaron dos problemas muy inquietantes. El primero implica
a elementos siderófilos (literalmente, «adictos al hierro»)
que se adhieren con prontitud al hierro. Porque, en comparación
con la Tierra, la Luna tiene una gran pobreza de estos componentes;
de hecho sólo posee la cuarta parte del hierro que se esperaría
encontrar en cualquier material rocoso del Sistema Solar. Camero
n ha intentado explicar esta deficiencia, arguyendo que el hierro
de las cortezas del planetesimal y de la Tierra, así como el del
manto, quizá no se vaporizó. Pero Wood no está de acuerdo: «La gente
tiende a olvidar que a alta temperatura el hierro es sumamente volátil
y, por tanto, que bien pudo haber corrido la misma suerte que otros
volátiles, como el plomo, el sodio y el agua.»
El
segundo problema se relaciona con tres isótopos del oxígeno, cuya
abundancia relativa indica en qué parte del Sistema Solar se forjaron
las rocas. Las de la Luna y de la Tierra poseen idénticas impresiones
digita/es en cuanto a isótopos del oxígeno. Esto sugiere que
el cuerpo que golpeó a la Tierra (y que contribuyó con gran parte
de su masa para la Luna), tuvo que haberse formado en las cercanías,
tal como calcularon Hartmann y Davis, y no en algún punto distante.
Cameron ha reconstruido este aspecto, y ahora afirma que un planetesimal
que se hubiera originado cerca de la Tierra, habría podido golpear/a
lo mismo que uno que la acometiera desde muy lejos.
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LA
TEORIA DEL PLANETA HERMANO
En
la hoy algo desacreditada teoría binaria o de Laplace, se
supone que la Luna y la Tierra se formaron de la misma manera, por
coalescencia de partículas menores de la gran nube primigenia
del Sistema Solar, lo que explicaría mejor las semejanzas
que las diferencias químicas entre ambos "astros hermanos".
En cuato a la edad, la Luna pudo haberse formado un poco más
tarde.
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Recientes
descubrimientos sobre la naturaleza del bombardeo de meteoritos han hecho
que el Gran Golpe resulte más fácil de aceptar. «Los científicos tienden
a considerar que algo es más probable cuanto más aburrido resulta», dice
Wood. En cierto sentido, tiene razón. Fue sólo en las pasadas dos décadas
cuando los geólogos advirtieron que la Tierra está repleta de huellas
de colisiones; tantas, que tales sucesos catastróficos llegan a parecer
cosa común. Según los cálculos de Hartmann, durante las últimas etapas
de la formación de nuestro planeta, la frecuencia del bombardeo de meteoritos
y asteroides, de dimensiones entre reducidas y medias, era entonces miles
de veces más alta que ahora. y había suficientes planetesimales surcando
velozmente el Sistema Solar, capaces de asestar un golpe con la potencia
precisa para hacer una Luna. La baja probabilidad de que sucediera tal
cosa explicaría el que nuestro satélite resulte único entre las lunas
del Sistema Solar.
Aunque
el Gran Golpe se apoderó de la imaginación de los lunólogos reunidos
en Kona, cabe preguntarse si el claro de luna no será mucho menos claro
de lo que pudiera desearse. Hartmann está persuadido de que aún pueden
surgir nuevas pruebas: «Si llegásemos a recrear la composición de las
rocas lunares y a establecer que los cambios químicos en la corteza y
en el manto de la Tierra condujeron a esa composición, entonces me daré
por convencido». Pero resulta casi imposible simular las temperaturas
increíblemente altas y las presiones requeridas para alterar la naturaleza
química de una roca. Cameron hace un enfoque más teórico.
Valiéndose
de un superordenador, se propone simular el comportamiento de las rocas
y de los gases durante y después de un impacto. ¿Que si existe ya una
investigación crucial que pueda probar -o descartar- la teoría? No, no
la hay. Declara Cameron: «No es cuestión de que ese test exista
o no exista, sino de que nuestra imaginación pudiera no ser lo necesariamente
amplia para concebir su resultado». Y no lo será, probablemente, antes
de que podamos ir más allá de nuestro diminuto rincón en el Universo y
llegar a un lugar en el que nos sea dado presenciar, de primera mano,
la génesis de otro Sistema Solar, incluyendo a una Luna brillando sobre
otra Tierra.
Shannon
Brownlee y Armando Carranza
Discover, 1985
Javier
Arrimada 2003
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