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Los delfines de un tamaño mediano o pequeño se quedan de 5 a 6 minutos debajo del agua, muchos llegan a los 12 o 15 minutos.
La mayoría de estos animales descienden entre 100 y 600 metros en busca de sus presas. El oxígeno constituye la principal
fuente de energía de los animales, incluso antes que el alimento. En los mamíferos que han vuelto al mar, las modificaciones
de la función respiratoria es admirable. Las narices, convertidas en oberturas nasales o espiráculos, han tenido que desplazarse
hasta la parte superior del cráneo; el diafragma ha tenido que reforzarse, y se ha tenido que suprimir cualquier comunicación
entre el aparato respiratorio y el aparato digestivo para que los animales puedan comer debajo del agua sin ahogarse.
El orificio, en forma de media luna, está bordeado de labios confeccionados con un tejido elástico y rígido por músculos potentes.
La obertura actúa cuando se contraen dos músculos dilatadores; la respiración es voluntaria y no un reflejo. En los delfines,
la obertura nasal conduce hasta dos cavidades laterales, las bolsas vestibulares, que su vez comprenden dependencias: el conjunto
se llena de aire debajo del agua y asegura el cerramiento del orificio. Los conductos nasales posteriores van a la laringe,
que determina en una válvula de seguridad cartilaginosa, esta laringe no tiene cuerdas vocales sino que partes vibrantes.
El delfín no puede respirar por la boca ni ahogarse. Su sistema digestivo y respiratorio están separados; las vías aéreas
formen un tubo que atraviesa el esófago, el cual está dividido en dos: el alimento sigue indistintamente la vía de la izquierda
o de la derecha. Los bronquios y los bronquiolos están reforzados con una anilla de cartílagos que resisten el aplanamiento.
Los pulmones, que tienen mucho tejido elástico, tienen un gran número de gruesos alvéolos, de todos modos su volumen no resulta
nada excepcional.
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