Robert Capa, obra fotográfica (Oceano/ Turner, 2001): 937 fotos, cinco centímetros de grueso, 572 páginas y cerca de dos kilos
de peso, ciertamente puros datos externos aunque en ellos está contenida la portentosa obra del maestro Endre o André Friedmann,
mejor conocido como Robert Capa, y en lo que ahora es una de las mejores novedades fotográficas con que comienza a terminar
el invierno.
Conocido originalmente en inglés casi simultáneamente fue lanzado en español la extensa recopilación que conforma Robert Capa,
obra fotográfica, que abarca un poco más de 20 años de un fotógrafo que forjó a sí mismo su leyenda. Nacido en Budapest, Endre
Friedmann, también conocido como Bandi, muy joven salió exiliado de Hungría hacia Berlín en donde trabajaría en la célebre
agencia fotográfica Dephot. Ahí el director de la misma, Simon Guttman, le ofreció su primera oportunidad a quien hasta entonces
era un recadero y ayudante de cuarto oscuro de 18 años. Su primer trabajo: realizar un reportaje en Copenhage sobre
el exiliado ruso Leon Trotsky ofreciendo un discurso a estudiantes daneses. A partir de ahí las cosas ya no volverían a ser
las mismas, Guttman reconoció su talento. Pero para 1934 las cosas se comenzaban a poner feas para Europa. De ascendencia
judía, Endre tuvo que salir en dirección a París al arribo de Hitler como canciller alemán. En esta ciudad conocería a otras
celebridades
fotográficas: André Kertész, quien lo ayudó a sobrevivir, y al joven rico Henri Cartier-Bresson. Aunque también hizo algo
más. Ante tantas carencias económicas y la imposibilidad de vender su obra fotográfica, Gerda Taro, esa bellísima mujer a
quien conocería en París y quien se convertiría en su amante, le ayuda a inventarse otra personalidad: la de un fotógrafo
norteamericano, que respondía al breve y sonoro nombre de Robert Capa (que era una unión cinematográfica proveniente de Robert
Taylor y Frank Capra) con reconocida fama y prestigio pero que nunca se dejaba ver. Gerda se volvió su agente, lo promocionó
entre los diarios y revistas franceses que comenzaron a comprarles sus imágenes, y le inventaría su propia historia a este
huidizo y enigmático fotógrafo. Hasta que se descubrió que aquel fotorreportero de apellido Friedmann, al que pocos tomaban
en cuenta, era el tal Robert Capa.
Por ahí comenzó su leyenda, aunque también por su capacidad de registro de los sucesos que comenzaban a conmocionar Europa.
En 1936, Capa cubre la guerra civil española y las imágenes de este suceso aparecen simultáneamente en la francesa Vu, la
londinense Weekly Ilustrated y la revista norteamericana Life, lo que pocos habían logrado para entonces. Aunque ciertamente
para esos años pretelevisivos las revistas ilustradas se habían vuelto en el gran medio gráfico de información visual, lo
que favorecería la labor de este reportero que apenas rebazaba los 20 años y que ahora se encontraba estrenando nuevo nombre.
Pero ahí también había un ejercicio de eficacia visual. Evidentemente, Capa se había convertido en heredero inmediato de las
vanguardias europeas pero ahora aplicadas éstas a la práctica fotodocumentalista: contrapicados con los que exaltaba la figura
(que aplicados a los escenarios obreros emparentaban sus imágenes con el constructivismo ruso), barridos con los que
obtenía dinamismo o geometrizaciones que le ofrecían dirección a la escena, todo con lo cual obtenía una visión heroica de
los hechos.
La guerra civil de España sin duda determinaría las capacidades de Capa en su movilidad (esa manera de trabajar con la que
logra deslizarse y aplicar distintos puntos de vista) dentro de los conflictos y le daría a su trabajo una especial implicación
hacia la circunstancia humana. Después vendrían los conflictos en París, la guerra chino-japonesa, el
avance nazi en europa y la ocupación alemana en francia. Dentro de todo ello, también estaría México y sus conflictos electorales
de 1940. Un pasaje, de apenas seis meses, casi borrado dentro de su trabajo acaso porque no tuvo las dimensiones épicas que
le precedieron pero que, como se verá, también tuvo lo suyo.
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