A
pleno sol
(Armas
de mujer)
EL
MUNDO
Viernes,
18 de septiembre de 1998
JOSE
A. GOMEZ MARIN
En
Europa, sobre todo en Francia, la polémica de otoño gira en torno
al libro de Bourdieu La domination masculine, un ensayo audaz
para desenmascarar la «sumisión paradójica» que los machos consiguen
a base de violencia simbólica, es decir, presentando los
valores machistas tradicionales como si fueran
naturales en lugar de contingentes. Un rousseauniano diría
que el varonazgo disfraza
la Historia de Naturaleza y un volteriano, tres
cuartos de lo mismo. Pero aún así, a Bourdieu le ha caído
encima la del tigre feminista
que ha leído al revés su argumento y lo
acusa, en consecuencia, de tratar de imponer los valores
masculinos como los únicos posibles y los feministas como
subversivos y anómicos. Recuerdo que cuando alguien propuso
la candidatura de la Yourcenar
a la Academia, Lévi-Strauss se opuso
tranquilamente con una antropología que era pura
falocracia: «¡Es que las costumbres de la tribu no se cambian
en un día, mon ami!». Además
de verdad. En España la guerra de los
sexos libra sus batallas este otoño al margen de polémicas,
y mientras los conservatas
liberan a la hembra de la penalización
laboral por embarazo proponiendo sustitutos gratis, las
mujeres progresistas se
desgañitan suplicando a los machos dominantes
un vergonzante 40% en las listas y órganos de rebaño.
Lleva
razón Bourdieu al aventurar que la alienación se sostiene
paradójicamente por igual sobre dominantes y dominados.
Y Lévi-Strauss, al invocar
las costumbres de la tribu para ponderar la
velocidad del cambio. En Andalucía no hace tanto que alguna
Lisístrata en nómina propuso -agárrense- un Pacto de carmín.
Diga
lo que quiera el feminismo, Bourdieu lleva más razón que un
santo.