La existencia bien podría describirse como una serie de impresiones y experiencias que pasan ante nuestros ojos, se posan y regodean por un instante en la cartografía del cuerpo, para finalmente, desaparecer con el desbocado correr de las manecillas. Sensaciones que rozan nuestros sentidos, abrazan la piel y se funden en la memoria. Frágiles estampas del ayer, cristalinas o arrebatadoras huellas de lo vivido.

Algunas imágenes, algunas porque hablar de totalidad resulta para los oídos críticos sospechoso, abrazan la pretensión de sustraer esos fragmentos temporales de la insaciable voracidad de Cronos; ellas pretenden perpetuar a través de una película fotosensible, de la tela o el papel, esos volátiles recuadros que se erigen como testimonios de mundos que mueren palmo a palmo, para reinventarse a veces mecánicamente, a veces milagrosamente; macrocosmos y microcosmos que coinciden en un mismo destino.

En el trabajo de Angélica es posible reconocer esa inquietud por preservar el instante, el cual, cautivo en el movimiento que dibuja una cortina o en una sedante y marmórea estatua viviente, nos susurra el verdadero móvil de su creación: el deseo.

Desde sus trabajos tempranos el deseo es una sombra que sigilosa la acompaña, esta entidad polimorfa se ha materializado de manera incipiente en forma de Dulcinea, la Maga o Circe. Deseo engalanado de mujer, pero mujeres cuya fuerza evocadora resulta adversa. Ellas son formas del deseo, propio o ajeno, que se pierden en su imposibilidad, en la ausencia o la espera. Ausencia y espera a su vez manifiestas en los pasajes y parajes solitarios, que constituyen gran parte de su trabajo fotográfico.

Quizá toda su producción se desarrolla bajo el signo de la imposibilidad, que es al tiempo el del deseo (¿cita inconsciente de la �novia� inaccesible, creada por uno de sus grandes amores M. Duchamp?). Mi pequeño tesoro reitera esta condición, esas pequeñas mujeres, representadas al estilo del Manga, que �inocentes� o provocadoras se muestran desde su insalvable lejanía.

La mujer como imagen del deseo, imagen especular que le devuelve el reflejo de su propia feminidad y de su propio deseo. Deseo empecinado de perderse en el oficio, al cual se ha dedicado testaruda y férreamente. Deseo siempre presente pero siempre infructuoso de salvar la ausencia.

Pero es a través de esta imposibilidad que el deseo se transforma en fuerza motora, en un impulso que habrá de conducirla a nuevos encuentros con la creación y la pasión por crear.

Circe Rodríguez Pliego
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